Un brazo de apoyo

Pintura de Sandra Bierman.

Manuel, que estaba sufriendo esos días de una pérdida de masa muscular en sus nalgas y piernas, salió hacia las nueve a su caminata de la mañana. Fue primero hasta un cajero que quedaba a unas seis cuadras de su casa y retiró algún dinero para pagar la cuota mensual de su salud prepagada. Volvió a bajar hasta su residencia, pero antes prefirió ir a buscar unos pandeyucas en un local atendido por una familia boyacense.

Apenas desembocó en una de las carreras principales y pasó la avenida, notó que una mujer estaba ayudando a bajar de un taxi a una anciana. El conductor, sentado, miraba a las dos mujeres sin inmutarse.

—¿Las ayudo? —preguntó el hombre canoso.

—Gracias —respondió la mujer más joven de las dos.

Manuel tomó el brazo izquierdo de la anciana mientras la otra mujer trataba de levantarla, agarrándola del brazo derecho.

—Me duele— musitó la anciana, apenas Manuel hizo un poco de fuerza para impulsarla a salir del taxi y ponerse de pie.

—¡Vamos, mamá! —dijo la mujer de pelo castaño, mirando a Manuel con ojos de agradecimiento.

El taxista seguía la escena, impasible, igual que si estuviera mirando un programa aburrido de televisión.

Después de unos minutos, entre los ayes de la anciana y las voces de aliento de la hija, la señora de pelo blanco logró descender del automóvil y ponerse de pie.

Manuel le ofrecía un brazo de apoyo a la anciana y con el otro le sostenía levemente la cintura.

—Muchas gracias, —le expresó la mujer al taxista quien, indiferente, cerró la puerta y pronto desapareció.

La anciana se quedó de pie, inmóvil, soportada por Manuel y la mujer adulta.

—¿Hacia dónde?

—Aquí, al frente —respondió la mujer más joven, señalando con su cabeza un local de venta de implementos ortopédicos.

El desplazamiento de la orilla de la acera hasta la entrada del local duró un buen tiempo. Cada paso de la anciana era preludiado por la voz de la hija, y cada movimiento parecía ser sacado más de un antiguo hábito que de su voluntad.

—¡Otro paso, mamá!

Manuel seguía al lado izquierdo de la anciana sirviéndole de bastón y de respaldo a su debilidad.

—¿Cómo sigue su mamita?

La pregunta de la mujer tomó por sorpresa al hombre mayor. Pero amparado en aquella complicidad ante la vejez, restituyó los puntos suspensivos del diálogo.

—Bien, ahí va con su artrosis degenerativa, a pesar de ya haber cumplido los ochenta y cuatro…

—Ella tiene diez más —dijo la mujer mirando a su madre.

Manuel trató de buscar en su memoria quién era esa mujer y por qué conocía a su progenitora. Quizá era una de esas vecinas lejanas que su mamá visitaba años atrás, cuando aún caminaba por las calles de este barrio antiguo de Bogotá.

Lo más difícil no fue hacer el recorrido del andén, sino lograr que la anciana subiera tres escalones que conducían a la entrada del local: “Ortopédicos Camel”. El hombre mayor recordó, viendo el nombre del establecimiento, que, durante algún tiempo, cuando era joven y fumaba, le gustaba comprar esa marca de cigarrillos porque olían a picadura; y pensó también en su visita el día anterior a otra tienda de ortopédicos buscando unas pesas y un electroestimulador.

—No mamá, acérquese un poco más.

La anciana trataba de levantar la pierna, pero estaba muy lejos del primer escalón y, por lo mismo, le resultaba imposible tener la suficiente fuerza para impulsar su cuerpo.

Manuel impulsó suavemente a la anciana para que estuviera más cercana a su objetivo. La memoria del hombre mayor retrocedió en el tiempo y se vio a sí mismo sostenido por la fisioterapista que se acomodaba detrás de él para que no perdiera el equilibrio cuando hacía los ejercicios de levantar una pierna sentado en un enorme balón azul.

—Ya casi, mamá.

Luego de una penosa travesía el hombre mayor y la mujer pudieron, por fin, acomodar a la anciana en una de las sillas que estaban en la antesala del local.

—No sabe cuánto le agradezco—dijo la mujer, mirando a Manuel.

El hombre canoso respondió con un gesto cordial.

—Dele saludes a su mamita, que hace rato no la veo.

Manuel se despidió de la anciana y ella, a manera de respuesta, le regaló una frase que correspondía al sentimiento expresado en su mirada.

—¡Que Dios lo bendiga!

El hombre mayor bajó las pequeñas escalas y salió de nuevo a la avenida rumbo al norte. Mientras cruzaba otra de las calles sintió que sus dolencias eran pequeñas frente a aquellas que acaba de presenciar. Esa anciana le llevaba treinta años. El cabello blanco, la mirada un tanto perdida, la pulcritud en el vestuario, la voz tenue… El cuerpo ya casi ajeno, y una hija luchando para que su madre siguiera de pie.

Tal vez fueron las bendiciones de aquella anciana las que hicieron que Manuel se sintiera más fuerte y siguiera adelante otras tres cuadras para buscar los exquisitos pandeyucas que tanto le gustaban a su madre.

A la par que caminaba su mente seguía otro recorrido lleno de cavilaciones. ¿Serían las dolencias de esos últimos meses un preludio a la entrada en la vejez?  Aunque su espíritu continuaba sintiéndose jovial, lo cierto era que su cuerpo por momentos se sentía con falta de fuerzas y la irritación del colon sumado a la gastritis hipertrófica y el reflujo no lo dejaban dormir de corrido, además de haberle ocasionado un desbarajuste muscular en los glúteos y en la pierna derecha. Su aspecto no era el de un viejo, pero las continuas visitas a especialistas y los interminables exámenes, los medicamentos constantes, todo ello, eran indicios de que su organismo empezaba a padecer alguna “avería” o ya era un buen candidato para las enfermedades crónicas.   

En ese instante pasó al frente de un almacén de espumas en el que, días atrás, había mandado hacer una colchoneta para realizar los ejercicios recomendados por la fisioterapista. Elba María, así se llamaba la muchacha. Prosiguió su caminata y llegó al local donde vendían pandeyucas, envueltos, queso y otros alimentos de la gastronomía boyacense. No tuvo suerte. Faltaban por lo menos veinte minutos para que salieran los pandeyucas. Manuel decidió volver más tarde.

Tomó el camino hacia occidente. Bajó una cuadra y pasó por la Iglesia de San Pedro Nolasco, donde su madre, cuando aún asistía a misa, iba con su gran amiga la señora Rosita, la que tenía una tienda al lado del desaparecido teatro Roma. La imagen de su madre hablándole de tener fe en su pronta mejoría y la voluntad de ella para no dejarse doblegar por los “achaques”, todo aquello contrastó con el recuerdo de la anciana que acababa de ayudar.

Volteó la esquina y tomó la dirección sur de su casa. Tuvo un tiempo para entrar a otro lugar en el que vendían aguacates, la única grasa que por esos días su organismo toleraba.

—¿Lo de siempre, vecino? —dijo un hombre joven con sonrisa espontánea.

Manuel salió de aquel sitio con una bolsa y tres aguacates adentro. Caminó varios metros más y entró por fin a su hogar. Pasó directamente hasta la cocina en la que estaba su madre preparando el almuerzo. Ella al verlo dio unos pasos para saludarlo y recibir el paquete de aguacates.

—Todavía no estaban los pandeyucas —dijo el hombre canoso.

—Bueno, mijo, más tarde va.

Manuel se sentó en el comedor. La madre vino a acompañarlo. El hombre mayor le relató a su madre el encuentro con la mujer y la anciana y de cómo el taxista ni se inmutaba por aquel hecho.

—Que muchas saludes.

La madre buscó en su memoria feliz el retrato de esa persona de quien le hablaba su hijo.

—La que tiene una venta de ortopédicos —agregó Manuel, como ofreciendo otra pista a su interlocutora.

—Ah, sí, ella es hija única —dijo la anciana.

Después, uniendo las piezas del rompecabezas de sus recuerdos, agregó:

—Ella es una santa. Es hija única. Y desde hace muchos años vela por su mamá. Le ha tocado muy duro, porque venden muy poco. Pero ella no deja a su mamá por nada del mundo.

Manuel escuchaba a su madre mientras se sobaba la rodilla de la pierna izquierda que a veces le dolía levemente.

—La viejita casi no puede subir al local —rememoró en voz alta.

—Así son los años, mijo. Fíjese en mí, casi ya ni puedo ir hasta la plaza o al supermercado de allí cerquita. No queda sino tener paciencia y pedirle a mi Dios que le dé a uno fortaleza.

—La viejita me regaló unas bendiciones —dijo Manuel, como para cerrar la corta conversación.

—Esas son las obras de caridad que uno recoge para su vejez.

Manuel se levantó de la silla del comedor, que tenía un cojín protector especial de esos que usan las personas que están mucho tiempo en silla de ruedas, y se dirigió a su alcoba. Ya iba siendo hora de empezar con su rutina de ejercicios.

Se puso una pantaloneta azul petróleo y una camiseta color lila, calzó sus tenis, buscó los implementos, las pesas, la pelota pilates, la banda roja y con el recuerdo de aquella anciana sirviéndole de escenografía, se tendió en la colchoneta. A la par que empezaba a apretar un balón amarillo con sus dos piernas comenzó a levantar su cadera, sosteniéndola arriba y tensando fuerte el estómago. Mentalmente empezó a contar la primera serie de repeticiones: “Uno, dos, tres, cuatro, cinco…”

Importancia y razón de las secuencias formativas

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Ilustraciones de Marshall Arisman.

Los profesores, especialmente aquellos que no poseen ninguna capacitación en pedagogía o didáctica, cuando se los contrata o tienen la responsabilidad de orientar un espacio académico, lo primero que deben presentar es un programa o un documento en donde muestren la parcelación temática de su asignatura. Algunos de estos productos resultan más bien esquemáticos en la división de los contenidos y otros, los más comunes, además de los objetivos subdividen los temas y precisan la evaluación. Estos docentes, a no ser que sean curiosos por la enseñanza o por las maneras de aprender, saben poco de lo que es una secuencia didáctica o, en un sentido más integral, una secuencia formativa.

¿Qué son, entonces, las secuencias formativas?, ¿cuál es la importancia para el proceso de enseñanza-aprendizaje?, ¿qué elementos las constituyen?, ¿en qué se diferencian de la habitual práctica de tener un programa o syllabus de una asignatura? Dediquemos los párrafos siguientes a responder estas y otras inquietudes.

Una primera distinción de mucha ayuda en nuestro planteamiento es que la programación de contenidos o la parcelación de los mismos está más organizada desde la lógica de la enseñanza, en tanto que las secuencias formativas, además de la enseñanza, se preocupan por el aprendizaje. O si se quiere entender de otra manera, los syllabus o programas de una asignatura ponen en alto relieve el conocimiento y dominio disciplinar del profesor, mientras las secuencias formativas destacan el dominio didáctico del docente en cuanto al proceso de enseñar y aprender y su relación pedagógica para lograrlo.

Otro punto relevante para aclarar las diferencias entre estos dos instrumentos de planeación microcurricular es que los programas habituales dejan de lado aspectos como los conocimientos previos, la motivación y la dosificación de los contenidos, mientras las secuencias formativas los consideran de primer orden. La parcelación de un área o un aspecto de una disciplina, por más detallada que esté, no basta para que se produzca una transmisión eficaz. Si no se tiene en cuenta el contexto y las particularidades del que aprende, si parece banal el itinerario epistemológico de lo simple a lo complejo, si no se diseñan situaciones o actividades para transferir un conocimiento, lo más seguro es que no se lograrán aprendizajes significativos y menos aún la asimilación y reestructuración de unos contenidos.

Un tercer filón, para hacernos claridad, es que los programas, por lo general, se entregan o presentan al inicio del semestre o el período académico, pero sin hacer una explicación de los mismos.  Se convierten en un compromiso o una rutina del profesor que, de no cumplirla, podrá tener una evaluación negativa por parte del estudiante. Los programas de la asignatura se entregan al empezar un curso o seminario, pero no tienen un papel protagónico en la enseñanza. Las secuencias formativas, por el contrario, prevén eventos, actividades o el uso de recursos durante todo el tiempo de la relación pedagógica. Si algo caracteriza a las secuencias formativas es el diseño de momentos o actividades de acompañamiento docente. Acá son fundamentales, por lo mismo, explicitar los recursos de comunicación previstos, las dinámicas seleccionadas, los productos esperados. En esta perspectiva, las secuencias formativas sirven de preproducción a la sesión de clase tanto para el profesor como para los aprendices.

Expuestas las anteriores distinciones, podemos agregar ahora que la importancia de las secuencias formativas estriba en pensar de qué manera un conocimiento, una habilidad o una práctica se pueden aprender; en establecer, bien sea de manera preliminar o definitiva, un punto de llegada o nivel de logro esperado. Pero no como algo general o difuso, sino detallando las fases o los momentos para alcanzar dicho propósito. Así que, cuando nos ubicamos en la línea temporal de inicio, desarrollo y cierre, lo que estamos subrayando es que el aprendizaje no se da de golpe o se conquista de cualquier manera. Además, las secuencias formativas son valiosas porque el docente al momento de diseñarlas ha hecho una selección de lecturas, de actividades, de resultados esperados que posibilitan el acceso paulatino a una temática, la apropiación de unos conceptos, el adecuado dominio de una técnica, el conocimiento y uso de útiles específicos. La secuencia formativa evita la dispersión de contenidos al tratar de aprenderlos y la saturación de información cuando somos inexpertos en una disciplina.

Por supuesto, y esto no es menos importante, las secuencias formativas incluyen los eventos de interacción entre el que enseña y el que aprende. No son los contenidos lo único que se pone en movimiento en una secuencia formativa: están las expectativas y los presaberes de los estudiantes; están las interrelaciones de habla y las dudas y comentarios entre los que aprenden; están los procesos de pensamiento que se movilizan y los productos derivados de tales procesos; y están los momentos de reconocimiento y evaluación académica o de valoración cognitiva al lado de situaciones para la dignificación de la persona y la formación en valores. Todo eso se pone en juego en un acto pedagógico. De allí que, cuando se piensa y redacta una secuencia formativa, es necesario tener presente los posibles errores o confusiones del que aprende, los elementos de refuerzo, la dinámica al interior de los grupos, el fomento de la autorregulación y la autonomía en el estudiante.

Concluyamos diciendo que las secuencias formativas, a diferencia de otros instrumentos de planeación docente, destacan o hacen explícita la intencionalidad en los aprendizajes. No son temas o contenidos parcelados y dispuestos a la buena voluntad del estudiante ni una lista de referencias bibliográficas con alguna tarea al final. Se trata de otra cosa: de articular de manera intencionada los diferentes actores y elementos de un evento de enseñanza aprendizaje. Las secuencias formativas a la par que detallan el acceso gradual y encadenado de un saber, también especifican el empalme de acciones didácticas –realizadas en tiempos y espacios discontinuos– en una unidad pedagógica con un propósito formativo definido.

Características notorias de los textos académicos

Ilustración de Aad Goudappel.

Son variados los textos académicos que en los espacios educativos solicitan los maestros a sus estudiantes. Los hay cortos o de larga extensión, con medianos o altos requisitos formales, pero siempre asociados a ejercicios de escritura sobre la comprensión de un texto disciplinar, o usados como práctica de lectura frecuente y cotidiana en diferentes áreas del conocimiento para aprender los pormenores de un campo del saber. De igual modo, son prueba de suficiencia y comprobación del dominio en un área, evidencias de las etapas de un proceso investigativo, o requisitos de grado para acceder a un título universitario. En definitiva: los textos académicos forman parte de la dinámica habitual de la enseñanza y el aprendizaje.

No obstante, a veces los aprendices tienden a no diferenciar este tipo de textos de otros que circulan en la vida social o se olvidan de sus particularidades. Tal inadvertencia lleva a que se los enfrente de cualquier manera, sin las herramientas cognitivas y materiales requeridos, y, además, se pierda o minimice la importancia que tienen para un proceso formativo. Así que vale la pena delinear un grupo de características de los textos académicos con el fin de que, antes de entrar en relación con ellos, se comprenda bien su pertinencia, uso y modo de leerlos o escribirlos.

  1. Presentan información compleja o, por lo menos, diferente al discurso del habla común. Son textos que incluyen diversas capas de información, que involucran una manera de argumentar muy diferente a la que apreciamos en una página de periódico, en el papeleo administrativo o en las transacciones comerciales. Su complejidad entraña cierto nivel de dificultad comprensiva.
  2. Exigen una atención mayor para entenderlos que la usada para los textos de circulación cotidiana. Los textos académicos, por su misma complejidad, necesitan para su lectura concentración, interés manifiesto y una intencionada vigilancia a los pormenores de su contenido. Sin la atención debida, el lector fácilmente cae en la indiferencia o la incomprensión.
  3. Tienen unas marcas especiales en su tipografía, a veces usan subtítulos y muestran una jerarquía en el diseño de la información. Estos textos presentan en su aspecto formal distinciones en el tamaño y estilo de letra, usan subtítulos u otras marcas para dividir la información, con el propósito de darle una estructura organizada al contenido y hacerla más comprensible al lector.
  4. Suponen para su comprensión disponer a la mano de otras fuentes de referencia. Por su misma complejidad, porque incluyen un lenguaje depurado o relacionan autores especializados en un campo, los textos académicos invitan a que el lector tenga a la mano otras fuentes de consulta para aclararlos o ahondar en su mensaje. Los diccionarios especializados son imprescindibles.
  5. Ofrecen conocimientos o informaciones no tan comunes o en gran parte desconocidas. Los textos académicos exploran en conocimientos diferentes a los que circulan en la vida cotidiana de las personas o, por lo menos, muestran otros aspectos de asuntos o problemas habituales. Parte de su riqueza es que nos ponen en contacto con temas, preguntas o cuestiones a las que muy difícilmente accederíamos o investigaríamos por nuestra cuenta.
  6. Tienen una estructura particular y un modo de presentar u organizar el discurso. La organización formal de estos textos se estructura a partir de determinados formatos o responden a las características de una tipología textual específica. Conocer y acatar ciertos modelos o patrones de construcción y presentación hace parte de su identidad académica.
  7. Incluyen muchas veces un buen número de citas y notas a pie de página. En estos textos lo común es que aparezcan abundantes referencias a otros autores o que se agregue información adicional de lo que se esté tratando. Tal manera de presentar la información no solo apunta a mostrar un respaldo de autoridad dentro de una disciplina, sino a señalar responsablemente que hay una tradición acumulada en cualquier campo del saber.
  8. Se centran en el desarrollo de un tema o en la suma de argumentos para soportar una tesis. Por lo general, los textos académicos buscan explicar un tema de la manera más clara, ordenada y precisa o se enfocan en presentar una tesis avalada con argumentos fundamentados y consistentes. Su propósito vertebral es adentrarnos en una materia u ofrecernos elementos para analizar un asunto que, al mismo tiempo, ofrezcan razones de peso para saber argumentarlo.
  9. Exigen la relectura de sus apartados para entender cómo se relacionan las partes con el conjunto. Por presentar información compleja y mantener una exposición o argumentación durante una extensión considerable, los textos académicos demandan la práctica de la relectura. Estos textos nos imponen avanzar y retroceder constantemente para saber articular los fragmentos con la totalidad. Descubrir el andamiaje de su estructura es esencial para alcanzar su comprensión.
  10. Obligan a que el pensamiento del lector haga constantemente análisis, inferencias, relaciones congruentes. Los textos académicos están confeccionados para que la mente del lector vaya más allá del sentido literal de los términos. Estos textos, además de informarnos, son más para examinarlos en profundidad, para cotejar sus afirmaciones y descubrir semejanzas y diferencias en su contenido. Los textos académicos convocan las principales operaciones lógicas del pensamiento.
  11. Requieren más tiempo para entenderlos que otro tipo de textos. Por exponer información compleja o desarrollar argumentaciones de largo aliento, los textos académicos no se captan completamente en una primera lectura, ni pueden abordarse de forma rápida o con un simple vistazo. La disponibilidad de tiempo nos indica que los textos académicos son para estudiarse. Es decir, que es necesario aplicar la inteligencia, memorizar un contenido, esforzar el entendimiento.
  12. Suponen el empleo de habilidades como el subrayado, la toma de apuntes, el resumen, los esquemas y otros recursos de discriminación de información. Por sus particularidades y su estructura densa los textos académicos presuponen el uso de técnicas de aprendizaje o el manejo de herramientas asociadas al trabajo intelectual. El conocimiento de estas técnicas es una labor previa o paralela durante su lectura.
  13. Poseen la función implícita de provocar la producción oral o escrita de quien los lee. Los textos académicos son un referente privilegiado para ejercitar la conversación, el debate, el intercambio de opiniones o de juicios. Los textos académicos hacen las veces de punto de encuentro para retomar y hacer avanzar el flujo de las ideas, para asimilar y producir conocimiento, para desarrollar la creatividad y el pensamiento crítico.
  14. Son usados en ambientes educativos para el aprendizaje de una disciplina o una profesión. Además de mostrar información nueva o satisfacer la curiosidad, los textos académicos tiene una intencionalidad didáctica; es decir, son confeccionados o adecuados para cumplir una mediación formativa, concebida y planeada con unos objetivos determinados y el logro de unas capacidades específicas.
  15. Están interrelacionados con otros textos y hacen parte del capital cultural de una sociedad. Los textos académicos se relacionan con otros semejantes, tienen vínculos interdisciplinares y forman parte de un acervo valioso de conocimientos; en este sentido, sirven de artefactos culturales para transferir información preciada y útil a las nuevas generaciones.
  16. Presentan marcas de autoridad que los hacen confiables o dignos de credibilidad. Una buena parte de los textos académicos rubrican o destacan el aporte de personas dedicadas a reflexionar un oficio o profesión, o enaltecen los resultados de quienes se dedican a la investigación. En este sentido, privilegian la confiabilidad en los contenidos al igual que la sustentación en las ideas al escribirlos.
  17. Poseen una identidad bibliográfica precisa con el fin de ubicarlos, datarlos y referenciarlos. Los textos académicos son celosos del modo como se conserva su procedencia y, al mismo tiempo, de su ubicación en determinados espacios de acopio de información. Los textos académicos se comportan como genuinos documentos y, en esa medida, obligan a cumplir estándares de almacenamiento, acceso y circulación.
  18. Necesitan de una alfabetización y acompañamiento continuado para entender sus particularidades y el modo de abordarlos. Debido a su complejidad o por la especialización de la que tratan, los textos académicos presuponen una inducción o acompañamiento que ofrezca las claves para desentrañarlos y los métodos más adecuados para interactuar con ellos. En este aprestamiento está la garantía de su eficacia como útiles de aprendizaje y el secreto de su cabal apropiación.
  19. Obedecen normas de presentación específicas, y usan una redacción cuidadosamente elaborada. Los textos académicos no se conciben de forma espontánea ni se redactan de cualquier manera; buena parte de la dificultad para producirlos reside, precisamente, en atender normas y lineamientos acordados por comunidades académicas o científicas. Quien escribe un texto académico debe usar un lenguaje tamizado, vigilar las reglas mínimas de la gramática y aspirar a un alto grado de comunicabilidad.
  20. Muestran un estilo de pensamiento riguroso y una argumentación clara y consistente. Por basarse en el análisis y la reflexión continuas, los textos académicos se destacan por el razonamiento deductivo o inductivo y por la exigencia intelectual de mantener a lo largo de su discurso la cohesión y la coherencia entre las ideas. Los textos académicos privilegian la explicación razonada, revestida de abstracciones, que la opinión ligera o la expresión emotiva.

Con estos elementos ya podemos lanzar un cuarteto de conclusiones: la primera, que los textos académicos merecen un lugar importante en los currículos de las instituciones educativas, al igual que una reflexión entre colegas para acordar cuáles son los más pertinentes o los más necesarios para alcanzar un perfil de egreso. Una segunda conclusión es ésta: los textos académicos exigen el desarrollo previo de habilidades lógicas de pensamiento que, si no se conocen y ejercitan en los primeros años de escuela, y se refuerzan en la educación media, difícilmente lograrán madurar en la educación superior. La tercera consecuencia de las características presentadas es que saber escogerlos, dosificarlos, diseñar guías, protocolos u otros recursos de acompañamiento, son funciones de los buenos maestros si, en verdad, les importa que sus estudiantes tengan una relación motivada por el deseo de saber y aprendan cómo sacarle el mejor provecho a este tipo de textos. Y una conclusión final: ser un usuario competente y productor de textos académicos es uno de los indicadores de calidad de un profesional preparado, reflexivo y crítico, como también es un atributo de visibilidad de quienes se dedican a investigar y buscan mediante esta modalidad de textos compartir sus hallazgos y someterlos al escrutinio de sus pares. 

Ejercicios de escritura creativa

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Ilustración de Valeria Docampo.

Son variadas las formas y las alternativas de jugar con las palabras, de explorar la potencia creativa del lenguaje. Presento acá cuatro ejercicios que pueden utilizarse como motivación para “calentar la mano”, si tenemos la pasión por escribir, o de referencia didáctica si quiséramos utilizarlos en el aula con un grupo de estudiantes.

  1. Inventar retahilas y trabalenguas

De lo que se trata es de elaborar un texto, por lo general poético, en el que se atiendan las dificultades de pronunciar ciertos términos a la par que se estimulen la fantasía y la fascinación con el ritmo de las palabras.

“En clave de C”

Con la Ce

se compran cosas

difíciles de comer:

como el caldo con costilla

los huevos en cacerola

y el cacao o el café.

Con la Ce

se compran cosas

muy fáciles de comer:

como la concha del coco

la cáscara de la yuca

y el cocido de ciempiés.

Con la Ce

se compran cosas

cualquier cosa con la ce:

cigarras encebolladas

cucarachas encurtidas

y caballo en canapé.

Con la Ce

se compran cosas,

muchas cosas de comer.

Con la Ce

se compran cosas…

Qué deliciosa es la ce.

 

Con “G” de Gael

Un gato con gorra

hacía la guerra

a dos gotas de agua.

Una de las gotas

agarró la gorra

y con un gotero

la llenó de agua.

La otra gota al gato

le pegó al bigote

una goma amarga.

¿Quién ganó la guerra?

Las dos gotas de agua.

  1. Redactar un juramento o un manifiesto

Consiste en redactar un texto, de mediana extensión, en el que se presente de forma organizada y coherente un conjunto de afirmaciones o declaraciones que voluntariamente se desean cumplir y que hagan las veces de consignas orientadoras para llevar a cabo determinado oficio o actividad.

Juramento de un artesano de la escritura

Pondré todas mis fuerzas en alcanzar un estilo claro y sin extenuantes digresiones. Procuraré usar el punto seguido más que la abundancia de comas entre las diferentes ideas de un párrafo. No olvidaré que un conector lógico es una forma de cortesía comunicativa con el lector. Tendré a la mano un diccionario razonado de sinónimos y antónimos y otro de ideas afines. Pase lo que pase, aunque me sienta seguro del significado de un término, revisaré el Diccionario de uso del español de María Moliner. Todos los días trataré de aprender una nueva palabra y me ejercitaré en memorizar tres de un mismo campo semántico. Volveré un hábito la lectura de poesía con el fin de hacer más dúctil mi mente y descubrir la potencia del pensamiento relacional. Combinaré en mis escritos los conceptos con las imágenes para convocar no solo la inteligencia sino la imaginación del lector. Seguiré este método cuando redacte un texto: apenas lance las primeras palabras, las volveré a leer para poner las que siguen; enseguida que escriba la primera frase, la releeré muchas veces antes de poner la idea siguiente; una vez haya escrito el primer párrafo lo releeré en sendas oportunidades como condición de las palabras del párrafo inmediato; terminado un apartado considerable o un capítulo, volveré a repasarlo hasta empezar el otro; y al concluir de escribir un texto lo leeré en muchas ocasiones para descubrir en él oportunidades de mejora. Consideraré que tachar no es un defecto, sino la forma como la escritura se destila hasta alcanzar su exquisito sabor. Dedicaré un buen tiempo a las enmiendas de mis escritos amparado en la convicción de que siempre es posible encontrar un mejor modo de expresar una idea. Tendré en mente siempre no solo que mis frases sean claras y precisas, sino que tengan ritmo. Me habituaré, por lo mismo, a leer en voz alta lo que escriba y a corregir no tanto con los dictámenes sintéticos de los ojos sino con el consejo analítico del oído. No dejaré que las modas literarias contaminen mis propias búsquedas o decidan el estilo que he ido consiguiendo a partir de tenacidad y trabajo. Llevaré un diario porque es allí en donde el cuerpo aprende a armonizar con los ejercicios de la mente. También portaré una libreta de notas y estaré atento a registrar voces, términos o ideas que se me ocurran en tareas cotidianas o diligencias de todo tipo. Me impondré la consigna de escribir un párrafo de calidad cada día y al menos un texto de fundamento a la semana. Mantendré siempre cercana la obra de un escritor de cabecera, la cual leeré asiduamente hasta descubrir su modo particular de componer. Visitaré librerías con regularidad confiado en que habitar y conocer las obras de otros escritores motiva y estimula mis proyectos creativos. Estaré convencido de que escribir es una labor artesanal, humilde, sin pretensiones de genialidad ni extravagancias populistas. Procuraré no mentirme en mis búsquedas ni renunciar al itinerario interior de mis proyectos. Me consideraré un custodio de la prosa meditada y pulida e intentaré poner mi experiencia al servicio de otros noveles escritores, por eso dignificaré los momentos de enseñanza y leeré con atención lo que escriban mis aprendices.

  1. Responder una pregunta con otra pregunta

Con este ejercicio no solo se incita a la creatividad para buscar y redactar un grupo de preguntas relacionadas con un tópico en particular, sino que se espolea al ingenio para responder a tales cuestionamientos usando otros interrogantes. No se trata de contestar de cualquier manera, ni de perder el foco de la cuestión; más bien el reto consiste en ofrecer implícitamente la respuesta, pero derivándola hacia una nueva pregunta.

—¿Nace uno escritor?

—¿Son los genes un destino?

—¿O se forma como escritor?

—¿Qué son nuestros instintos sin la educación?

— ¿Existen los géneros literarios?

— ¿Afecta de igual manera el tiempo a los hombres?

— ¿Y qué es el estilo?

— ¿Hay rasgos del carácter que impregnen una forma de ser?

— ¿Qué es lo primero que debe saber alguien que desee ser escritor?

—¿Hay algo más hermoso y vasto que las palabras?

—¿Y qué útiles son indispensables para empezar ese oficio?

—¿Dónde se guardan de manera ordenada las palabras?

— ¿Existe la inspiración?

— ¿No son las obsesiones una manera de hallazgo?

— ¿Qué papel cumple la etapa de corrección en los escritos?

­— ¿Se puede llegar a la estatua sin tallar el mármol?

— ¿Es bueno imitar a otros escritores para aprender a escribir?

— ¿Cuánto tiempo perderíamos si cada persona tuviera que recorrer toda la historia de la humanidad?

—¿Qué importancia tiene publicar?

—¿Sirve de algo hornear el pan si no hay bocas dispuestas a degustarlo?

  1. Elaborar un corto texto a partir de un campo semántico

El cuarto ejercicio creativo es de gran utilidad para enriquecer la afinidad o sinonimia entre las palabras (aumentar el vocabulario) y, al mismo tiempo, ofrece la oportunidad de usar el diccionario con el fin de afinarse en la precisión semántica. Se trata de emplear todas las palabras previstas en el campo semántico propuesto (conjugándolas, si son verbos), pero sin repetirlas.

CAMPO SEMÁNTICO DE MITIGAR (apaciguar, moderar, atenuar, aplacar, arreglar, suavizar, ajustar, frenar, contener).

Modo 1: en forma de diálogo teatral

—Póngale freno a esa lengua —dijo el hombre a su mujer.

—Usted es el que tiene que aplacar sus ofensas —contestó la mujer airada.

—Pero si era una broma, para ver si se le atenuaba el mal genio.

—Esas bromas suyas en lugar de contenerme me alborotan más la sangre.

—Bueno. Yo lo que afirmo es que es mejor suavizar los reproches si queremos arreglar las cosas.

—Era otra su verdadera intención —le replicó la mujer con ironía.

—No. Es cierto. Si usted ajusta las palabras de seguro a mí se me apacigua el ánimo.

—Ya veremos. Modere por ahora sus chistecitos flojos.

Modo 2: en forma de párrafo argumentativo

A pesar de que las personas tienen la voluntad para frenar la lengua cuando hablan o comentan algo negativo de sus semejantes, lo que acontece es todo lo contrario: no apaciguan su discurso cuando sienten una molestia, como tampoco moderan el tipo de lenguaje empleado. Ni suavizan sus críticas, ni atenúan sus apreciaciones. De su boca sale lo que primero que se les ocurre, sin hacer ningún alto para aplacar sus emociones o sin ninguna esclusa que contenga la avalancha de sus pasiones. Los que así actúan, por lo general olvidan que la convivencia nos obliga a ajustar lo que expresamos con las posibles consecuencias de nuestros mensajes y a arreglar o buscar el mejor modo de decir lo que nos incomoda sin agredir u ofender a los demás.

El despertar de José

Ilustración de Alberto Breccia.

José, con una barba larga y espesa de un color casi níveo, despertó de su sueño en la eternidad. Todo era a causa de alguien que, a muchos kilómetros de su natal Perdriel, estaba limpiando con esmero un ejemplar de la primera edición de su obra más querida, la que lo había ocupado por tantos años.

Miró hacia abajo de su mundo –no supo bien si con sus ojos o con su pensamiento– y vio cómo esa persona se esforzaba, con papel de lija, para que el amarillento lomo de las hojas del libro recuperara la lozanía del papel original. Observó que luego, con la ternura de una madre con su propio hijo, lo limpiaba con una crema para aminorar la suciedad en las solapas y en el lomo del volumen de cubiertas azules.

Súbitamente tuvo el recuerdo del rostro de Estrada cuando le entregó los originales de sus versos. Reconoció las manos flacas de aquel editor que confiaba en él, a pesar de que su estilo no era lo común en ese tiempo.

—Quinientos ejemplares, para empezar —había puntualizado—, poniendo en las últimas palabras un acento muy rosarino, como si preguntara o dejara una inquietud en el interlocutor.

Enseguida vio al hombre, terminada la limpieza, echarle un líquido blanco al lomo desprendido del libro y, acto seguido, apretarlo con las dos manos para que el pegamento hiciera efecto. En esa posición y con el fuerte sol que entraba por una claraboya de la casa, lo consideró un ser caritativo, como si fuera la aparición de un ángel, y por su empeño dedujo que también debía ser un escritor.

Se acarició la barba mentalmente, porque entonces comprobó que no tenía manos, y comenzó a pergeñar unas líneas, semejantes a esas que hacía cuando la pampa era su paisaje cotidiano. Se maravilló de cómo los versos le salían sin esfuerzo, con una fluidez parecida al agua que tanto le encantaba oír cuando se sentía cansado de su trabajo:

Yo quisiera agradecer

a esas manos tan prolijas

que con goma y buenas lijas

supieron recuperarme

y a poco lograron darme

vida nueva a mi valija.

 

Porque en aquella maleta

que escribí en un encierro

bien vale su desentierro

pa que el tiempo y la polilla

no acaben con la semilla

de mi gaucho el Martin Fierro.

Sintió nostalgia de no tener un papel a la mano, de no contar con una pluma. Pero prefirió no angustiarse. Volvió a repetir sus sextillas y hasta hizo unas sutiles correcciones a esas líneas en su pensamiento. Retornó a mirar hacia abajo y se sumó a la alegría del hombre quien, satisfecho de su labor, había cogido el libro para conducirlo hasta uno de los anaqueles de su biblioteca. Enseguida, rememorando al sufrido gaucho de sus querencias, se le ocurrieron unos consejos. Se sintió feliz de no haber perdido la inspiración a pesar de su interminable edad…

Es bueno que el hombre guarde

y conserve en su memoria

lo que ha sido y es su historia

pa no dejar que el olvido

vuelva todo tan perdido

como excremento o escoria.

 

Porque si nada guardamos

la vida que ha sido hermosa

será igual a cualquier cosa

y las personas que amamos

o los hechos que forjamos

se hundirán en nuestra fosa.

 

Limpien todos cada día

sus recuerdos más preciados

no dejen que sean ajados

por la lerda ingratitud

mejor pulan –y es virtud–

las hojas de su pasado.