Contrapunto con versos memorables

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Fotografía de Chema Madoz.

1

“Murmuran que hablo muy poco

alma los que nada saben

de nuestros largos coloquios”.

Miguel Hernández     

A mi alma”.

A veces nuestros silencios no son más que la cáscara del ensimismamiento. Y si nos negamos a hablar es porque no queremos interrumpir esa otra conversación que tenemos con nuestra alma. La parquedad o el mutismo protege las voces de nuestra conciencia y evita que perdamos la atención sobre asuntos que nos preocupan, nos atormentan o que tienen la forma de presentarse como preguntas inquietantes. ¡Cuánto tiempo necesitamos para establecer ese diálogo con nosotros mismos! ¡Y cuánto más para comprender lo que allí decimos de manera silente! En muchas ocasiones, cuando se pierde la confianza en los más cercanos, o cuando los problemas acuciantes atenazan la garganta y multiplican la desazón del espíritu, nos queda la posibilidad de establecer ese coloquio interior, ambientado por el silencio o por el compás de nuestro caminar sin rumbo determinado. Entonces, nos hablamos sin cortapisas, nos decimos lo que nos duele o nos preocupa y, al mismo tiempo, percibimos lo que nuestro propio pensamiento replica o nos cuestiona. Es posible que este diálogo solitario alivie el alma u ofrezca salidas a nuestras dificultades; o que nos ayude a sobrellevar mejor la avalancha de nuestras pesadumbres. 

2

“Oh Dios. Tú que nos has hecho

para morir, ¿Por qué nos infundiste

la sed de eternidad que hace al poeta?”.

Luis Cernuda

“Las ruinas”.

Si tuviéramos la humilde resignación para aceptar nuestra finitud sin decir nada, dóciles al paulatino deterioro de nuestro ser, todo sería más fácil de entender o soportar. Sin embargo, en nuestro espíritu –terco él– ansiamos que la felicidad continúe, que el amor no se canse, que nuestras limitadas manos puedan tocar las estrellas. El dramatismo nuestro reside en esa condición de ser finitos y, al mismo tiempo, tener un corazón con sed de eternidad. Racionalmente entendemos que tenemos que morir y, sin embargo, nuestro apasionamiento irreflexivo siente que esos límites pueden traspasarse con sólo pronunciar unas palabras o alargando los momentos dichosos. Tal dramatismo se hace más intenso, más hondo, cuando quien lo padece es el poeta. Porque con la misma intensidad con que siente el palpitar del mundo o el comportarse de las personas, en esa misma proporción termina siendo afectado, conmovido, o llevado al ensimismamiento. Al haber preparado su alma para lograr captar la “esencia” de los seres y las cosas, para adivinar incluso su secreto palpitar, el poeta tiene un umbral mayor de resonancias íntimas, de afectación emocional. La sensibilidad exacerbada del poeta hace más drástico ese destino ineluctable de los hombres. Y si bien reconoce su condición de ser polvo deleznable, no deja por ello de salvaguardar en su pecho la sed de infinito.

3

“Corta la vida o larga, todo

lo que vivimos se reduce

a un gris residuo en la memoria”.

Ida Vitale

“Residua”.

Lo vivido produce un aserrín, un residuo que vamos almacenando en nuestra memoria. ¿Qué nos queda de todas las experiencias que hemos tenido, si no lo que salvamos a manera de recordación o permanece reverberando en nuestra mente? De allí que el significado o la valoración de una existencia dependa, en gran parte, de su pregnancia en la memoria, del grado de profundidad en el pozo de las remembranzas. Lo vivido adquiere densidad en la medida en que podemos evocarlo o hacerlo nítido en nuestro presente; y es más importante si, a pesar de nuestros años, sigue intacto en sus pormenores y particularidades. Por supuesto, a la par que envejecemos algunos hechos y personas, determinados acontecimientos pierden su irradiación novedosa y empiezan a adquirir una pátina claroscuro, semejante al barniz de los objetos antiguos. Tal opacidad no los hace menos importantes; por el contrario, les otorga una majestad o un encanto especial por ser portadores de las claves de nuestra propia historia. Recordar, en consecuencia, es darle lustre a ese mobiliario personal, limpiarlo del polvo del olvido, abrirle ventanas testimoniales para que entre el aire refrescante de lo memorable.

4

“Mas los que no volvieron viven más hondamente,

los muertos viven en nuestras canciones”.

Aurelio Arturo

“Rapsodia de Saulo”.

Si bien los que ya no están con nosotros –especialmente los más queridos– parecen desaparecer de nuestra vida, en verdad permanecen en relatos que contamos sobre ellos, en anécdotas traídas a colación en situaciones inesperadas, en frases que parecen condensar su legado de sabiduría. Y, si hay talento, esos muertos reviven a través de la alquimia de las formas del arte; renacen por un pincel, una fotografía, una escultura, una canción o un poema.  Y al ver sus rostros ya fallecidos, apreciar una película sobre su existencia o devolverle su fisonomía y su carácter a través de un cuento o unos versos, nos damos cuenta de que su presencia es mayor de lo que pensamos; que tienen una consistencia atemporal o que pueden habitar diferentes espacios. Nuestras evocaciones los hacen revivir, los ponen de nuevo a deambular a la par de nuestra cotidianidad y parece que nunca han partido del hogar de nuestros afectos. Tal vez todo se explique por la consistencia imantada del corazón de los hombres que sigue atrayendo hacia sí todas las partículas del afecto que alguna vez estuvieron pegadas o vinculadas con su ser.

5

“Moneda que está en la mano

quizá se deba guardar;

la monedita del alma

se pierde si no se da”.

Antonio Machado

“Consejos”.

Nuestras riquezas –pocas o muchas– merecen toda la sensatez para no dilapidarlas o malgastarlas en cualquier cosa innecesaria. Saber ahorrar nuestras monedas con perspectiva previsiva, es un consejo de antiquísima sabiduría. Pero, algo diferente ocurre con los bienes de nuestra alma, con nuestros afectos o nuestros sentimientos: si no los compartimos, si no podemos darlos a otros, terminarán perdiendo su valor o, lo más doloroso, herrumbrándonos el espíritu. Ofrecer nuestro afecto, darlo a manos llenas, multiplicar nuestra capacidad de abrazar es una forma de airear la interioridad, de no dejarla que se convierta en agua infecta, amargada y ponzoñosa. Lo que oxigena el alma es nuestra capacidad de albergar a otros seres, de propiciar vínculos, de disponernos en situación de acogida o de franca solidaridad. Tal movimiento de ir con apertura hacia los otros, el cuidado constante hacia la alteridad, es lo que aumenta los caudales de nuestro interior. Dos monedas tenemos en nuestros haberes: una, nos enconcha para la reserva y el desinterés ajeno; otra, nos hace abrir las manos, yendo hacia quien percibimos con rostro de necesitado. Si sólo pensamos en guardar, si la cicatería y el egoísmo rigen nuestras relaciones humanas, con toda seguridad perderemos las riquezas que traen consigo la filantropía y la generosidad.

6

“Si no la infancia, ¿qué había entonces allí que no hay ahora?”.

Saint-John Perse

“Para celebrar una infancia”.

Sabemos, por supuesto, que nuestra infancia ya hace parte del pasado; que la vivimos o disfrutamos a plenitud con esa libertad que se asemeja mucho al divagar del viento. Juegos y algarabía, aventuras y ojos exploradores, ocio infinito compartido con amigos y mascotas y empleado devotamente en odiseas solitarias, todo ello hace que esta etapa de la vida se impregne de manera indeleble en nuestra memoria. Y aunque ya esté lejana en el tiempo, lo cierto es que permanece en nosotros como una reserva de felicidad. La infancia es como una patria del espíritu a la que volvemos siempre, una tierra rebosante de fertilidad, un árbol majestuoso que, además de cobijarnos, nos permite encontrar las raíces de lo que en verdad somos. Lo más común es que al volver a aquellos ambientes de nuestra infancia, ya no estén ni las personas que nos cuidaron ni los escenarios frecuentados por nuestros pequeños pies; sin embargo, al caminarlos, verlos en una fotografía o evocarlos de nuevo con nuestra imaginación, recuperan su radiante plenitud, abren otra vez su esplendor de vida en alborada. La infancia continúa siendo, hasta el final de nuestra existencia, un fuego tutelar que mantiene caliente la morada de nuestro corazón.

7

“Si me quieres, quiéreme entera,

no por zonas de luz o sombra…”.

Dulce María Loynaz

“Si mi quieres, quiéreme entera”.

Quizá por idealizar los afectos o por una cándida manera de entender las pasiones, anhelamos amar a seres perfectos, invariables o que se adecuen a nuestro estereotipo de persona deseable. Olvidamos que todos los hombres y mujeres son falibles, sujetos al error, variables en su carácter y, especialmente, afectables por el paso del tiempo. Porque dejamos de lado estas realidades humanas es que tendemos a recortar a nuestro antojo las personas que dicen amarnos o a quienes queremos amar; a veces las evitamos porque no queremos aceptar sus oscuridades o nos empecinamos en desmancharles lo que no está acorde con nuestros gustos. Nos cuesta amar íntegramente a otro ser, nos confronta abrazar a quien sentimos diferente o, lo que resulta más lamentable, nos obcecamos en tratar de cambiarlo para que se ajuste a nuestros patrones amorosos. Amar a otro ser humano, con sus luces y sombras, con sus aciertos y equivocaciones, supone ampliar los límites del propio corazón. Quien bien ama comprende que hospedar a otro ser, darle rostro y proyección en el tiempo, es una apertura de complicidad con sus fortalezas como también un compromiso fraterno de cuidar sus fragilidades.

El comentario de un texto lírico en cinco momentos

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«La dama del estanque» de Charles Rebel Stanton.

Un ejemplo, mostrado paso a paso, podrá iluminar los momentos y los pormenores de lectura que permiten realizar un comentario de un texto lírico. El poema que he elegido es “los estanques” de la poetisa cubana Dulce María Loynas, contenido en el libro Poemas escogidos, publicado por el Fondo de Cultura Económica y la Universidad de Alcalá de Henares, en 1993. Trascribo el texto:

Los estanques

Yo no quisiera ser más que un estanque

verdinegro, tranquilo, limpio y hondo:

Uno de esos estanques

que en un rincón oscuro

de silencioso parque,

se duermen a la sombra tibia y buena

de los árboles.

¡Ver mis aguas azules en la aurora,

y luego ensangrentarse

en la monstruosa herida del ocaso…!

Y para siempre estarme

impasible, serena, recogida,

para ver en mis aguas reflejarse

el cielo, el sol, la luna, las estrellas,

la luz, la sombra, el vuelo de las aves…

¡Ah el encanto del agua inmóvil, fría!

Yo no quisiera ser más que un estanque.

Primer momento

No es fácil ni expedito hacer un comentario si no leemos varias veces el texto. Leerlo en voz alta para tratar de encontrar el ritmo subyacente del poema. Leerlo de forma entonada prestando especial importancia a la puntuación y las unidades de sentido que, a veces, abarcan más de una línea.  Leerlo como quien hace una interpretación de una partitura. Leérnoslo para hacer que nuestros ojos, nuestra inteligencia y nuestra emocionalidad “habiten” el texto o, si prefiere entender de otra manera, leer el poema hasta apropiarlo en su singularidad.

Durante este primer momento se pueden ir haciendo subrayados, marcas en el texto que desde la segunda lectura nos llaman la atención, nos conmueven o nos interpelan. Para ilustrar lo dicho, basta observar que el poema empieza y termina con las mismas palabras: “Yo no quisiera ser más que un estanque”. De igual modo, en esas relecturas progresivas empezará a ser relevante el uso que la poetisa hace de los colores: “verdinegro”, “oscuro”, “azules”, o el empleo reiterativo de la “sombra”. Hay, por lo demás, líneas señaladas con signos de admiración y es notorio el empleo repetido de los puntos suspensivos.

Segundo momento

En esta etapa del proceso –y como resultado de las relecturas– lo más seguro es que el lector capte o haya descubierto el tema o motivo central del poema. Me refiero al asunto que vertebra la esencia comunicativa del poema. En muchos casos, el tema está señalado desde el mismo título o aparece repitiéndose a lo largo del poema. En otras ocasiones, el tema está implícito o subyace a la exposición desarrollada en el cuerpo del texto. Si volvemos a nuestro ejemplo, si bien es cierto que la palabra “estanque” se repite en tres ocasiones, además del título, no podríamos llegar a la rápida conclusión de que el tema de este poema es el estanque. Porque ya hemos interiorizado el poema, intuimos que el estanque le sirve a Dulce María Loynaz para representar o simbolizar un estado de ánimo o un deseo interior: quizá la tranquilidad (“tranquilo” está en la segunda línea), o la impasibilidad (y este término está en línea doce), o la serenidad (y hay evidencia de ello en el mismo verso doce). O, si revisamos esas palabras en relación con el conjunto, esos términos pueden estar cobijados o confluir en una temática mayor, que es la de la contemplación. No digo que este sea el único camino posible, pero me ayuda a explicar el meollo de este segundo momento en el proceso de redactar un comentario de un texto lírico.

Con ese tema descubierto o ya puesto sobre la mesa, lo que sigue es volver a mirar todo el poema y corroborar si, verdaderamente, puede validarse a lo largo del texto. Manteniendo en mente nuestro poema referente, diremos que “la contemplación” puede refrendarse en la línea uno y dos, en la cinco, en la seis, en las líneas ocho, nueve y diez, en la once, doce y trece, en la dieciséis. Así que, ya tendríamos el motivo sobre el cual queremos redactar nuestro comentario. Puesto de manera concisa, la brújula de nuestro futuro escrito será el deseo de contemplación. Insisto, de una vez, en que el tema podría haber sido otro: demos por caso, el “anhelo de tranquilidad” o la “búsqueda de la paz interior”. Lo importante es corroborar si ese tema que hemos descubierto después de muchas lecturas está presente a lo largo del poema y no es un motivo secundario o accidental dentro de la exposición lírica.

Tercer momento

Como ya decidimos que el tema del poema “Estanques” es el deseo de contemplación, ahora nos toca ir buscando las palabras o los versos que avalan o ilustran nuestro planteamiento. Si seguimos de cerca la aproximación al poema que nos convoca, extraeríamos, entonces, de la segunda línea “tranquilo, limpio y hondo”; de las línea ocho, nueve y diez: “ver mis aguas azules en la aurora, y luego ensangrentarse en la monstruosa herida del ocaso”; de las líneas once, doce y trece: “para siempre estarme impasible, serena, recogida, para ver en mis agua reflejarse” y de la penúltima línea: “el encanto del agua inmóvil, fría”. Estos apartados son fundamentales para que nuestro comentario no pierda el eje de lo dicho en el poema o para defender, al decir de Umberto Eco “el sentido literal”. Al entresacar estos términos o estas líneas nos protegemos de volver el texto un pretexto para decir cualquier cosa o ponemos a raya la tentadora sobreinterpretación.

Cuarto momento

Para lograr tejer esos apartados recolectados en la etapa anterior, es necesario ahora ver la macroestructura del poema. Cuando contenga diferentes estrofas, cada una de ellas será el camino obligado para ir desarrollando el comentario. En el poema de la poetisa cubana, necesitamos adentrarnos en el contenido. Observamos que inicia dando algunas características de ese estanque que la autora desea ser: “verdinegro, tranquilo, limpio y hondo”. Luego, ejemplifica el tipo de estanque de su anhelo: uno que esté en “un rincón oscuro de silencioso parque”, un estanque de esos que “se duermen a la sombra tibia y buena de los árboles”. Enseguida, la poetisa expone lo que le sucedería si fuera como el estanque de sus anhelos, si en eso se convirtiera podría “ver sus aguas azules en la aurora y luego ensangrentarse en la monstruosa herida del ocaso”. El poema avanza en la posible consecución de ese estado; si eso fuera posible, no sólo se conseguiría “la impasibilidad”, sino que lograría transformar sus aguas en un reflejo que permitiera ver “el cielo, la luna, las estrellas, la luz, la sombra, el vuelo de las aves”. La parte final del poema exalta ese estado anhelado: “Ah el encanto del agua inmóvil, fría” y rubrica el mismo deseo con que empezó en la primera línea.

Lograr describir la macroestructura del poema y el modo como se plantea o desarrolla su propuesta temática es esencial para darle consistencia y progresión al comentario. Si el segundo momento respondía a la pregunta, ¿de qué trata el poema?, esta cuarta fase se centra en contestar a la cuestión, ¿de qué manera lo lleva a cabo? Como se aprecia, estamos hasta ahora dando cuenta del contenido y su organización, describiendo sus pormenores, poniendo en un umbral muy bajo el derivar interpretativo.

Quinto momento

Con los insumos anteriores ya estamos listos para comenzar a redactar el comentario. Si bien puede haber ligeras variaciones o circunstanciales ajustes, la estructura básica es la siguiente:

Pondremos en primer término el poema que nos interesa comentar, cuidándonos de usar una edición con errores, incompleta o mal puntuada. La transcribiremos en letra itálica para diferenciarla del resto del texto, justificándola siempre en la margen izquierda.

Enseguida, usaremos el primer párrafo de nuestro comentario para contextualizar el poema, el libro del que hace parte, algunos datos mínimos del autor y cerraremos el apartado mencionado el tema o motivo que nos interesa comentar.

Tomando como brújula el tema, nuestro segundo párrafo (o si es necesario el tercero y cuarto, dependiendo de la extensión o el número de estrofas) se centrará en describir el desarrollo del poema, o lo que hemos denominado la macroestructura del texto (incorporar el cuarto momento), hallando versos o líneas que vayan ilustrando nuestra apuesta temática (recuperar acá el momento tres ya explicado)  El tono de este apartado, aunque tiene un gran componente descriptivo, requiere no perder de vista que está al servicio de ilustrar, validar o enriquecer la apuesta temática del comentarista.

El siguiente párrafo (que, en algunos casos, será el tercero y, en otros, el cuarto o quinto) es un tanto más libre para, sin perder de vista el eje temático de nuestro comentario, pasar a exponer relaciones más simbólicas. intertextuales o aplicables a los procesos de formación humana o dar luces sobre determinada situación o problema existencial. Es recomendable, cuando se esté en esta deriva interpretativa, recuperar palabras, versos, líneas que ya hemos detectado en el tercer momento.

El último párrafo de nuestro comentario puede dedicarse a ampliar algún aspecto ancilar del poema, pero que resulta valioso para su cabal comprensión; o recuperar el sentido el título, o explorar en la forma poética y el tipo de verso empleado; o llamar la atención del lector sobre otros poemas del mismo autor o que abordan la misma temática. Sea como fuere, lo más importante es cerrar el último párrafo del comentario con observaciones perspicaces de un suficiente calado analítico, que inviten a la relectura del poema o, por lo menos, a subrayar algunos versos que en su recordación aviven la fibra emocional del lector o lo lleven a la autorreflexión.

Expuestos por separado los cinco momentos, podemos ahora presentarlos de manera articulada. He aquí, en concreto, el comentario de un texto lírico:

Aprender a contemplar como los estanques

En medio de un mundo bullicioso, de agitaciones anímicas permanentes y de un vertiginoso proceder, la poetisa cubana Dulce María Loynaz[1] nos propone, en su poema “Los estanques”, asumir una actitud contemplativa en la que primen el silencio y la serenidad[2].

El texto empieza y termina con un deseo de la poetisa: “Yo no quisiera ser más que un estanque”. La explicación a tal deseo es lo que va a exponer a lo largo del poema. Porque no se trata de ser cualquier tipo de estanque, no. La poetisa nos dice que su anhelo tiene unas particularidades: debe ser de color “verdinegro”, estar “limpio” y ser “hondo”. Pero, además, desea que ese manantial en el que cifra su deseo esté “en un rincón oscuro de un silencioso parque” resguardado “a la sombra tibia y buena de los árboles”. Bien podríamos pensar, de una vez, que el estanque que busca Dulce María Loynaz es un lugar apartado o no visible para el público; un estanque secreto. En los versos que siguen el poema prefigura el cumplimiento de ese deseo; al saberse un estanque, al adquirir sus cualidades líquidas, la autora afirma que entonces podrá ver la transformación de sus “aguas azules en la aurora” hasta convertirse en sangre causada por la “monstruosa herida del ocaso”. Gracias a esa nueva condición le será posible observar los cambios de su flujo vital.

Más adelante, como si fuera una convicción adquirida por su deseo, la poetisa afirma que no es una querencia provisional o momentánea; todo lo contrario: su anhelo es permanecer siempre así: “impasible, serena, recogida”. Porque sólo asumiendo esa condición, le será posible mirar en sus aguas “el cielo, el sol, la luna, las estrellas”; al igual que la “luz, la sombra y el vuelo de las aves”. Siendo ya un estanque, no tendrá la mirada directa de sus ojos, sino que serán sus aguas tranquilas las que reflejarán el universo. Justo en la penúltima línea subraya esa capacidad del estanque anhelado: “¡Ah el encanto del agua inmóvil, fría!”. Lo que en verdad quiere la poetisa cubana es adquirir la condición del agua inmóvil para apreciar mejor el mundo que está en movimiento a su alrededor.

Como puede colegirse, la figura del estanque le sirve a la autora para simbolizar el gesto o actitud misma de entrar en contemplación. Porque la contemplación exige aislamiento o la búsqueda de un “rincón oscuro”, lejos de la algarabía; porque la contemplación demanda una actitud de “recogimiento” en la que el aislarse lleve a la meditación. El estanque no puede estar agitado ni sucio, el estanque no puede estar caliente o lleno de barro. Para entrar en contemplación hay que conquistar la condición de “impasibilidad”, es decir, esa capacidad para no dejarse alterar el ánimo por estímulos externos o, al menos, cultivar la “serenidad” el espíritu hasta alcanzar una sosegada paz. Por lo demás, la contemplación supone aplacar el fuego distractor de las emociones y adquirir cierta “frialdad” en el flujo de nuestras pasiones.

Convertirse en estanque tiene su “encanto”, nos dice Dulce María Loynaz[3]. Quizá no todos podamos, como ella, volver dicha actitud una condición permanente; sin embargo, si frente a estos tiempos vertiginosos y centrados en las demandas del afuera, nos interesa cuidar nuestra interioridad, vale la pena sumarnos al deseo de la poetisa para querer ser como estanques. Estanques “tranquilos” que nos lleven a apaciguar nuestro ritmo de vida; estanques “serenos” que no se dejen provocar por cualquier agresión; estanques apartados que logren interiorizar el aplomo y la calma para no privarse de exaltar la riqueza de la naturaleza y mantener el asombro de la vida. Un poco de estas aguas reflectantes nos pueden ayudar a aumentar el caudal de nuestra sabiduría o a entrar en relación con la “escucha interior” de la que hablan los budistas.

Notas y referencias

[1] Dulce María Loynaz nació en La Habana en 1902 y murió en esta misma ciudad en 1997. De ella ha dicho el poeta Gerardo Diego que su poesía “es tan desnuda, temblorosa e interior que sólo así, susurrada al escucho de cada uno de sus devotísimos oyentes, puede ser comunicada sin menoscabo de su apretada y esencial hermosura”. Entre sus libros de poesía podemos mencionar: Versos, 1920-1938 (1938), Juegos de agua (1946), Poemas sin nombre y Carta de amor a Tut-Ank-Amen (1953), Obra lírica (1955), Últimos días de una casa (1958), Poesías escogidas (1985); de igual modo su novela lírica Jardín (1951).

[2] El poema hace parte de su libro Juegos del agua, editado en La Habana en 1947, recogido en el libro Poemas escogidos, publicado por la Universidad de Alcalá y el Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1993.l

[3] Vale pena recordar aquí la definición que daba Dulce María Loynaz de Lo que era su oficio: “un poeta es alguien que ve más allá del mundo circundante y más adentro en el mundo interior. Pero además debe unir a esas dos condiciones, una tercera más difícil: hacer ver lo que ve”. Consúltese la magnífica compilación de artículos críticos sobre su obra en la serie Valoración múltiple del Centro de investigaciones literarias Casa de la américas dedicada a su nombre, preparada por Pedro Simón y editada en La Habana en 1991.

Cuervos sobre un trigal

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«Campo de trigo con cuervos volando» de Vincent Van Gogh.

Este es un cuadro de Van Gogh que me intrigó desde la primera vez que lo vi. Hay en él un contraste de colores, una vigorosa manera en las pinceladas, un cierto misterio en el asunto expresado que me hizo detenerme y entrar en actitud contemplativa. “Campo de trigo con cuervos volando”, lo tituló el holandés; pero, además de esos dos actores pictóricos, yo percibo que hay otros “personajes” en juego, otros elementos significativos en este lienzo magnífico de un metro por cincuenta centímetros.

2

Me intriga, por ejemplo, uno de los caminos. El camino que irrumpe en el trigal y que parece terminar en el centro mismo del cuadro. Este camino cobra más valor en la medida en que fractura y equilibra la mitad de la composición; y deja en el espectador la duda de si hasta ese punto llega o si continúa detrás de los trigales. No lo sabemos. Lo cierto es que ese camino abre una línea de horizonte a la mirada y, al mismo tiempo, clausura la posibilidad visual de seguir adelante. Los otros dos caminos se abren como los brazos de una cruz.

3

Me conmueve en esta pintura el contraste entre dos fuerzas antagónicas: el oscuro cielo y el destellante cultivo de trigo. Entre esos dos elementos –decía– está el camino, un camino que parece concluir justo allí, en medio de esa confluencia de atmósferas. La confluencia o choque de esas dos fuerzas provoca una explosión de aves negras.

4

Observo con detalle la bandada de cuervos. Las aves –lo compruebo– son el resultado de la lucha entre el amarillo solar y el azul crepuscular. El estallido entre lo celeste y lo terrígeno las hace abrir sus alas y desperdigarse en dos direcciones. Pocos de esos cuervos, los de la izquierda, vienen hacia nosotros; la mayoría, los de la derecha, levantan su vuelo hasta confundirse con el cielo. Los cuervos se aproximan o se van, descienden o ascienden, dejando a mi imaginación suponer que son la evidencia o la premonición de una lucha interminable: la del combate entre las sombras siempre amenazantes de la muerte y la vida luminosa empecinada en buscar la luz.

5

Miro una y otra vez el cuadro: el cielo está encapotado; el trigal, por el contrario, arde atizado por el viento. Van Gogh logra comunicar ese movimiento de flama a la naturaleza; hay una energía en cada espiga del trigal que contribuye a que nuestros ojos se lancen hacia el horizonte; pero, al mismo tiempo, los nubarrones del cielo tienen tal pesadez que parecen aplastar la dirección de nuestros ojos. No hay manera de que sobresalgan las nubes blancas; no es posible que el cielo se muestre despejado o que aflore la claridad. El incendio desaforado del trigal está amenazado por los nubarrones de tormenta. ¡Qué carga de simbolismo! ¡Qué manera de expresar el conflicto entre la pasión por expresarse libremente a través del arte y las contradicciones y dudas de un alma atormentada!

6

Mi gusto especial por este cuadro se refrendó cuando leí la novela Anhelo de Vivir. La vida de Vincent Van Gogh de Irving Stone. Este autor considera que dicha obra fue la última que pintó Van Gogh y, en este sentido, contiene la melancolía de un adiós. Después averigüé y supe que no, que este cuadro fue uno de los últimos que pintó, pero no el definitivo. Sin embargo, al novelista como a mí nos cautivó la nube de pájaros negros que “llenaron el aire y oscurecieron el sol y cubrieron a Vincent con sus alas oscuras”. Lo cierto es que este cuadro antecede o está íntimamente ligado al suicidio de Van Gogh: “Por mi trabajo arriesgo la vida, y mi razón ha naufragado casi en la empresa”, le escribió Vincent a su hermano Theo, en julio de 1890.

7

En reproducciones a doble página, como la de Taschen con textos del historiador alemán de arte Ingo F. Walter, descubro la potencia del viento sobre el trigal. El viento doblega las espigas, las somete a una fuerza aplastante. Es una ráfaga que sale como de debajo de la tierra y lanza el trigal hacia el fondo de la escena. Este viento parece un soplo descomunal, una avalancha invisible. Y, por contraste, del fondo del cuadro, del cielo lejano, provienen los cuervos de la izquierda, luchando contra la corriente vertiginosa; en tanto las otras aves, las de la derecha, continúan o multiplican la arremetida de este viento expansivo. Es indudable que el viento es otro protagonista de esta obra; el viento, es decir, la fuerza del espíritu creador.

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Buscando otras reproducciones de la obra me encuentro con esta afirmación del historiador y crítico de arte alemán Rainer Metzger: “El cuadro refleja la constante amenaza de una vida en la que la libertad se convierte en abandono y la independencia en aislamiento”. Y para reforzar su interpretación, recupera la carta 133 de Van Gogh a su hermano Theo: “El pájaro, que en otro tiempo ansiaba volar en el cielo tormentoso, ahora tiene que luchar tenazmente contra la superioridad de los elementos”. El motivo, entonces, es la “conexión paradójica del consuelo y la tristeza”. Reflexiono sobre estas afirmaciones y observo de nuevo el cuadro. Sí, la obra me conmueve porque pone en disonancia la felicidad de crear y los obstáculos personales para hacerlo; sí, porque el cuadro muestra en una amalgama de fuertes tonalidades la soledad y la alegría; sí, porque la libertad de elección trae consigo la pérdida de otras alternativas. El cuadro me interpela profundamente porque representa el encuentro tormentoso entre nuestros anhelos y nuestras limitaciones, entre la avidez por la vida y la inminencia de su término.

9

En este cuadro, como en otros, Van Gogh usa pinceladas a la manera de arañazos, de improntas existenciales, de testimonios expresivos convertidos en trazos contundentes. Sus obras quieren zaherirnos, rompernos el cascarón de lo dado por visto. El paisaje deja de ser, entonces, un ambiente exterior para convertirse en una muestra del estado interior del artista, de la contienda habida con su propio espíritu. Aunque vemos el trigal y el cielo encapotado, los cuervos y los caminos, en verdad estamos en presencia de una contienda del alma, de una lid mayúscula, personificada por los elementos de la naturaleza. Y eso es, precisamente, lo que me sobrecoge: cómo los zarpazos de color desean sacar de dentro del lienzo el motivo interior padecido por el alma del artista.

10

Como a varios de los amantes de las pinturas de Van Gogh me intrigaba también esas dos nubes blanquecinas que aparecen extrañamente hacia la mitad del cielo encapotado. Algunos las han confundido con presuntos soles, pero no es así. Herbert Frank, en su biografía de Van Gogh, formula una hipótesis sobre dichas nubes: “Vincent se sentó con su caballete frente al campo de trigo, recorrido por dos verdes caminos rurales que ascendían hacia el horizonte, e hizo dos disparos, primero a la izquierda y después a la derecha. Esto se ve con toda claridad en el cuadro. La bandada de pájaros de la izquierda desciende hacia la tierra, mientras que la de la derecha busca la lejanía en densa bandada. Las dos manchas claras en el cielo, naturalmente, no representan soles, sino más bien el humo producido por los dos tiros. La nube de humo de la izquierda ya se está retirando, mientras que la de la derecha todavía se encuentra en expansión”. Además del dato esclarecedor, lo que aporta el biógrafo es la reiteración en que esta obra –hasta en sus mínimos detalles– ha convocado el interés de muchísimos espectadores. Y ese par de bolas de humo del disparo, en consecuencia, cobran más significado porque preludian otro más, el que se propinaría Van Gogh en su pecho el 27 de julio de 1890. El humo de ese disparo terminará refundiéndose con las volutas de la pipa que fumaba el artista antes de fallecer dos días después.

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Observo el cuadro de nuevo y siento que la obra me contagia una soledad esencial o, al menos, una honda tristeza. Pero esa tristeza, metaforizada por los pinceles de Van Gogh, purifica el alma.

La narración oral de cuentos a los niños

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«El abuelo cuenta una historia» de Albert Anker.

Además de leerles cuentos a los niños, es importante no descuidar la narración oral de los mismos. Ya sean los padres de familia o los maestros hallarán en esta práctica de contar cuentos un excelente medio para fomentar el gusto por la lectura y desarrollar la fantasía de los más pequeños. Exploremos un poco en esta práctica de lectura que muchos consideran un arte de la palabra aunada a una escénica teatral.

Lo esencial es recordar que iniciar al niño en la narración de cuentos es un modo de hacerlo partícipe de la tradición oral. Mitos y leyendas, historias fantásticas y maravillosas son un legado que no podemos negarles a las nuevas generaciones, escudados en el deslumbramiento de “artefactos electrónicos” o en la curiosidad apabullante de la imagen. En los primeros años es fundamental que los niños y niñas escuchen historias, que se entretengan imaginando ambientes y personajes o se deleiten con los gestos y cambios de entonación de quien hace las veces de narrador de las historias. En esta perspectiva, contarle cuentos a quien empieza a formarse es abrirle la mente y el espíritu a “otra realidad” que es embrionaria de la facultad de ensoñación, la inteligencia creadora y la competencia narrativa.

Señalemos, además, que involucrar a los niños en la magia del relato oral les permite ir desarrollando la capacidad de escucha. Antes de atosigarlos de libros ilustrados o de juegos electrónicos, lo esencial es llevarlos, a través de los relatos narrados, a que concentren la atención para que no se pierdan los pormenores de una historia y a que descubran cómo el silencio crea un ambiente especial en donde puede desplegarse un mundo creado sólo con la fuerza gestante de la voz, con ese artilugio sonoro que seduce y solivia el cuerpo, y abre el corazón a las más hondas emociones. Lo primero, entonces, es crear en los niños el hábito de escuchar, de que se dejen habitar por la palabra oral que, como bien se sabe, es más cercana al mundo de la vida y al calor de la fraternidad de la tribu. Por lo demás, si los pequeños descubren que estar atentos y en silencio les permite compenetrarse con la historia contada, seguramente se formará una memoria narrativa que, en principio, servirá de referente cultural y, después, se convertirá en insumo para sus propias creaciones literarias. La escucha de cuentos hace que se consolide en la mente de los niños un sedimento imaginario tanto más consistente cuanto intencionadamente se haga.

Ahora bien, ¿de qué manera tendría que llevarse a cabo la narración de cuentos orales a los niños? En un texto pionero sobre este asunto, El arte de contar cuentos, la escritora norteamericana Sara Cone Bryant señalaba que la selección de los cuentos era la etapa preliminar. No sólo porque habría que tener presente la edad de los niños, sino por algunas características de las historias: la sencillez del relato, los elementos reiterativos y la rapidez en las acciones. Seleccionar un buen cuento según el grupo de edades –y hoy existen, afortunadamente, instituciones de fomento a la lectura y librerías especializadas en este campo, que son de gran ayuda– es lo básico. Por lo mismo, ni se puede proceder de afán o desconocer la experiencia de quienes han dado pistas bibliográficas de cuáles podrían ser los cuentos más “apropiados” para iniciar a los más pequeños en la escucha de la narración oral. Sara Cone Bryant decía que, por ejemplo, para los niños de tres a seis años el cuento de “Los tres cerditos” era una buena selección, entre otras cosas porque, “cada párrafo del relato era un acontecimiento, a cada momento sucedía algo y no había tiempo para explicaciones o descripciones pintorescas o sentimentales”.

Lo que sigue es la preparación y adaptación del cuento por parte del narrador. Este es un punto clave para lograr el mayor impacto en los más pequeños. Ello supone, como bien lo ha expuesto en su libro La aventura de oír la pedagoga en literatura infantil Ana Pelegrín, leer varias veces el cuento, ordenar mentalmente la progresión del mismo y escribir un guion argumental. La autora española recomienda visualizar los personajes y conferirles unas características; y, lo más importante, memorizar fórmulas verbales, al igual recuperar las onomatopeyas o elementos sonoros presentes en el cuento. El narrador oral tendrá que esforzarse por diferenciar vocalmente el narrador de los personajes, ensayar y grabarse, hasta hallar una diversidad dramática en su oralización. Lo medular de esta etapa es el dominio o apropiación del cuento y la “adaptación personal” por parte de quien lo va a narrar.

Con esas tareas previas entramos a un tercer momento: la narración oral del cuento. Ahora se trata de disponer un rito. Por lo general puede ser en semicírculo –cuando se está en la escuela– o destinar algún espacio de la casa habilitado para tal fin. Y hablo de rito porque supone determinar muy bien el tiempo, el ambiente, las acciones y los objetos que tengamos en mente. Ritualizar es tanto como sacar al niño de su rutina cotidiana para involucrarlo en otra dimensión lo suficientemente cautivadora o misteriosa. El narrador no puede estar muy alejado de los niños y tiene que, sólo con la magia de su voz y su cuerpo, lograr engancharlos o atrapar su atención. Contar cuentos es, en este sentido, una puesta en escena con el suficiente dramatismo o intensidad que evite interrumpir el relato para hacer observaciones disciplinares o mezclarlo con asuntos diferentes a la tensión de la historia. Esa puesta en escena demanda del narrador marcar ciertos desplazamientos según los cambios de acción presentes en el cuento o sacarle todo el provecho al gesto y la expresión no verbal para subrayar elementos sustanciales de la narración. En algunos casos serán las inflexiones de su voz las que marcarán el ritmo del cuento y, en otros, las pausas y silencios los que irán provocando la ansiedad y la curiosidad de los pequeños oyentes. Cuando el narrador oral cuenta una historia lo hace con su voz, con sus manos, con su mirada, con sus desplazamientos cuidadosamente pensados. El cuento se encarna en él y, gracias a esa puesta en escena, cobra vida frente a los ojos y los oídos de los niños.

Es apenas obvio que el narrador de cuentos, según las primeras sesiones de oralidad compartida, podrá evaluar su trabajo y corroborar aquellos aspectos en los que tuvo aciertos, omisiones o descubrir las posibles acciones de mejora. Los niños serán sus mejores evaluadores, en muchos sentidos: ¿fue acertada la elección del cuento?, ¿logró comunicar con claridad los tres momentos básicos de la historia: inicio, nudo y desenlace?, ¿se sintió creíble su puesta en escena o se percibió que el relato estaba cabalmente asimilado?, ¿logró la expresión verbal y no verbal estar acorde a las peripecias del relato?, ¿provocó emoción o generó expectativa en los pequeños oyentes? Varias de estas respuestas las obtendrá de manera inmediata a medida que va narrando el cuento y otras podrán recogerse del diálogo posterior con los niños o de la “resonancia narrativa” que ellos comparten de forma espontánea con sus compañeros de clase o con los miembros de la familia. Es decir, el narrador de cuentos irá –como lo hicieron todos sus antecesores a lo largo del tiempo– perfeccionando sus habilidades expresivas y escénicas, sus técnicas de oralización, al igual que una perspicacia de observación e interacción para saber cómo involucrar a sus oyentes o mover los mecanismos narrativos que conduzcan a provocar los mejores efectos. En todo caso, el buen narrador de cuentos, al decir de la promotora de lectura argentina Alicia Barberis en su libro Viaje hacia los cuentos, “debe tener la suficiente confianza en sí mismo para intentarlo sin temor al ridículo o al fracaso… y debe poner la pasión necesaria para hacer vibrar a un auditorio”.

Por lo dicho hasta aquí, espero haber ofrecido razones y elementos suficientes para darle el valor que merece la narración de cuentos orales a los más pequeños. Esta labor es fundamental en la crianza y hace las veces de otro seno que nutre las semillas de la fantasía y pone en consonancia el mundo literario del pasado con el despertar imaginario de las nuevas generaciones. Antes de leerles cuentos a los niños es fundamental que vivan la magia oral del narrador de historias; antes de leerles e invitarlos a escribir relatos, es necesario despertar en ellos el sentido de la escucha y, con esa disposición para oír con atención, saborear el rumor de la palabra que los vincula afectivamente con sus semejantes y es el mejor puente hacia lo onírico y lo maravilloso.

Bibliografía básica

Sara Cone Bryant: El arte de contar cuentos, Nova Terra, Barcelona, 1967.

Ana Pelegrín: La aventura de oír. Cuentos y memoria de tradición oral, Cincel, Madrid, 1984.

Alicia Barberis: Viaje hacia los cuentos, El arte de Contar cuentos a los niños, Colihue, Buenos Aires, 2013.

Elena Fortún: El arte de contar cuentos a los niños, Espuela de Plata, Sevilla, 2008.

Daniel Mato, Cómo contar cuentos, Monte Ávila, Caracas, 1994.

Eduardo Robles Boza: El arte de contar cuentos. Metodología de la narración oral, Trillas, México, 2012.

El riesgo de aferrarse obcecadamente a las creencias

Ilustración de Pawel Kuczynski.

De cara a la llamada “polarización” política en nuestro país y de las continuas agresiones y conflictos provocados por el fanatismo o los extremismos ideológicos, he vuelto a meditar sobre el papel de las creencias en la vida cotidiana y del uso tendencioso que hacen las redes sociales para exacerbar las pasiones.

Un primer aspecto a dilucidar –olvidado con facilidad– es que la creencia reconoce como verdadera o le concede toda validez a una opinión que no ha sido comprobada ni verificada. El conocimiento de la creencia es superficial, basado en ideas comunes, en prejuicios o en impresiones de esas que Francis Bacon agrupaba bajo la denominación de “los ídolos de la caverna”. Y por proceder de esta manera, por moverse sobre nociones o impresiones, la creencia es proclive a exagerar, a inventar o a echar mano de la imaginación y la fantasía. Si no fuera así, no existirían las leyendas y los mitos. Pero una cosa es el papel loable de las creencias en el mundo de la ficción, y, otra, bien diferente, el proceder de las creencias cuando se trata de las ideologías, especialmente políticas. En este caso, se vuelven un terreno fértil para la demagogia, el odio al contradictor y para azuzar las pasiones masivas. Los partidos políticos saben que los extremismos, la calumnia, la mentira, son buena semilla para el terreno de las creencias; y porque conocen esa parcela de “verdades no discutibles” utilizan formas y medios masivos para convertirlas en punta de lanza de la opinión pública.

De otra parte, las creencias son ideas infundadas o, por lo menos, “transmitidas” por otros, ya sean familiares, educadores, medios masivos de información o “influenciadores” de todo tipo. En esta perspectiva, las creencias son aceptadas por una adhesión afectiva, de autoridad o de fe. Y dependiendo de quién sea la “fuente” o “iniciador” en determinadas creencias así será su profundidad, el grado de confiabilidad o el tipo de adhesión establecida. Dicho de otra manera: no nacemos con creencias, sino que, dependiendo del tipo de crianza, educación y socialización, se va conformando o consolidando una constelación de ideas consideradas como ciertas, sin prueba de verificación y que, de forma inconsciente, adoptamos como propias.   

Por supuesto, las creencias parten de una confianza en otros, de cierto asentimiento a lo que alguien a bien tiene enseñarnos, contarnos o informarnos. En este sentido, asumir ciertas creencias es poner nuestra mente o nuestro espíritu en actitud de “fidelidad” o “afiliación” a esa persona, credo, ideología o partido que ha servido de emisor o semilla de unas ideas. De allí por qué, especialmente en el espacio religioso, las creencias se identifiquen con la fe o con la aceptación de “dogmas” incuestionables. La “devoción” o entrega irreflexiva a un líder, minimiza sus errores o, lo que resulta más grave, para cualquier espacio de convivencia social, convierte sus consignas en mandatos inapelables, en órdenes de conducta ciega o desaforada. La consecuencia, desde luego, es la irritación de los ánimos y la obcecación de la mente: los que no comparten las mismas creencias se convierten en adversarios sospechosos, en enemigos acérrimos o en personas destinadas al menosprecio, el ultraje o la flagrante indignidad.

Salta a la vista que tener algunas creencias es apenas necesario para darle sentido al mundo que vivimos y hacernos una representación “posible” de la realidad. Si no confiáramos en una constelación de ideas consideradas como ciertas difícilmente podríamos compartir una vida social, establecer relaciones afectivas o comerciales de largo aliento, aliarnos para avizorar proyectos y fraguar utopías, o consolidar un repertorio de convicciones personales que terminan transformándose en rasgos distintivos de nuestra identidad. Ese no es el problema con las creencias. Lo complicado empieza cuando dotamos a esas creencias de los atributos de la verdad absoluta o las convertimos en banderas dogmáticas, extremistas y sectarias. La dificultad es teñir esas creencias con el tinte del fanatismo, y convertirnos en “idiotas útiles” de intereses ajenos o en crédulos defensores de amañadas percepciones. Porque, así estemos ahítos de convencimiento de nuestras creencias –y más aún si se refieren a tendencias políticas–, no podemos perder el espíritu de sospecha sobre lo que nos dicen o nos cuentan los medios masivos de información, sobre los mensajes incendiarios de las redes sociales, sobre el chisme tendencioso del colega de trabajo. Si perdemos el filtro de la “lectura crítica” a los mensajes circulantes, si nos ponemos la venda del idólatra intolerante perderemos la capacidad de análisis, la posibilidad de ver los matices de la realidad y la oportunidad de descubrir fisuras o falencias en nuestras creencias más arraigadas.

Aferrarse obstinadamente a unas creencias, volverlas un pasaporte para integrarse o segregar a otros, termina siendo una gran limitación para cualquier persona. No es bueno para los seres humanos reducir su mente a la burbuja de unas pocas ideas consideradas como verdades incontrovertibles. La historia misma nos ha dado pruebas de cómo determinadas creencias dadas por ciertas en un momento fueron consideradas después flagrantes errores, y nos ha mostrado también las consecuencias que ha tenido para la humanidad querer imponerlas a la fuerza o mediante la estigmatización o el exterminio. Las creencias necesitan escrutinio permanente; no podemos dejar que ellas aniden acríticamente en nuestro corazón. Y si en verdad nos interesa abogar por una sociedad más inclusiva, más participativa y democrática, con mayor razón tendremos que aceptar la provisionalidad de nuestras creencias, su fisonomía sesgada y su frágil consistencia argumentativa.

No debemos olvidarlo: las creencias son ideas o pensamientos que asumimos como verdaderas, pero que no lo son, o parecen serlo parcialmente. En consecuencia, ni debemos darles total crédito, ni esparcirlas por las redes sociales como anatemas llenos de odio, ni sucumbir a la propaganda que de ellas hacen los políticos ladinos y los embaucadores de conciencias incautas e insensatas.