Las creencias personales de un buen número de periodistas radiales se han convertido en el filtro para tamizar las noticias que brindan cotidianamente. Ya no se trata de informar, sino de “ajustar” los hechos al credo político del periodista, al partido más afín a sus preferencias ideológicas. Esta clara tendencia hacia el favorecimiento de un grupo de personas, de un grupo de poder, ha fracturado el vertebral propósito periodístico de la imparcialidad. En consecuencia, en lugar de “desentrañar” la verdad de los hechos, lo que escuchamos ahora es cómo se van “perfilando” los acontecimientos según los intereses particulares de estos comunicadores.
Cediendo a la ola emotiva y vertiginosa de las redes sociales, los periodistas radiales han refundido la información con la opinión. A la par que mencionan un acontecimiento mezclan sus opiniones y creencias llevando a la audiencia a no diferenciar un suceso de la valoración hecha por dichos comunicadores. Tal forma de informar, marcadamente tendenciosa, desorienta a la opinión pública, crea ambigüedad sobre determinados asuntos sensibles para una sociedad y refuerzan estereotipos, prejuicios o flagrantes mentiras. Así que, más que ofrecer una información fidedigna, oportuna y cotejada, lo que se escucha y propaga es una interpretación amañada de la realidad. Este filtro de las opiniones del periodista sobrepuesto a la información exalta detalles distractores, acalla hechos significativos, exacerban los prejuicios de la audiencia, deja sin voz a fuentes esenciales para comprender cabalmente un hecho.
Basta mirar con algún detalle la manera como se llevan a cabo las entrevistas en vivo. Cuando se está al aire con los invitados, en lugar de indagar y profundizar en situaciones relevantes de interés general lo que se hace es denigrarlos, humillarlos o someterlos a un juicio sin posibilidad de defensa. Preguntas del tipo “diga sí o no”, muestran la soberbia de estos comunicadores para quienes la presunción de inocencia, el respeto por la dignidad de las personas, el derecho al debido proceso y el buen nombre parecen no importarles. Cada invitado se convierte en un “objetivo de rapiña” al cual hay que asediar a como dé lugar, bien sea usando afirmaciones provenientes de las redes sociales o de rumores claramente sensacionalistas. Lejos de un escenario judicial en el que las partes merecen ser oídas antes de proferir un veredicto, estos periodistas ya han dictaminado la culpabilidad del personaje, descalificado su honra y lo han expuesto al escarnio público. Desde luego, el tono cambia y se vuelve complaciente cuando el entrevistado es afín con la ideología del periodista o hace eco de sus convicciones políticas.
Todo ello se agrava al obviar o reducir el cotejo de las fuentes de información. El mandato supremo de poner en la balanza los pros y los contras sobre un hecho, queda desbalanceado por los prejuicios, por las preferencias ideológicas, por la amplificación de una sola cara de la moneda, por la alineación política al medio en que laboran los periodistas. Las fuentes casi siempre son las mismas o pertenecen al mismo credo que defiende el periodista. Basta un trino de una red social o una llamada instantánea a alguien, para sacar ingentes conclusiones o “comprobar” la primicia noticiosa. Y si por casualidad se muestran dos perspectivas sobre algo, siempre se exaltará la que es afín al periodista, y se subrayará como negativa la contraria. O lo que resulta más censurable para el oficio periodístico: a pesar de las razones argumentadas ofrecidas por algún oponente ideológico, se preferirá y divulgará como verdad la obcecada creencia o suposición del comunicador.
Otra práctica de estos periodistas radiales es la reiteración –en la misma emisión o durante varios días– de un hecho o sobre determinada actuación de una persona, por lo general de la esfera política. Esta repetición se hace con el objetivo de convertir los supuestos en evidencias, de desvanecer toda duda, de instaurar como verdad lo que es apenas una opinión, un rumor o una interpretación infundada. Los periodistas radiales adscritos a estas prácticas de redundancia informativa se asemejan a “perros de cacería” que no dejan ningún día sin roer el buen nombre de una persona, sin magnificar un error o un comportamiento fallido, sin burlarse de una declaración o arrogarse la última palabra sobre su talla moral. Y así le den a la contraparte la oportunidad de defenderse –cuando excepcionalmente lo permiten– el resultado sigue siendo el mismo: el entrevistado ya ha sido condenado por estos periodistas y las palabras del entrevistado quedan sepultadas por un adjetivo o un epíteto descalificador.
Poco a poco se ha ido dejando de lado la reportería, el trabajo de campo, la investigación en búsqueda de la polifónica manera como se interpretan los hechos, para aproximarse a la figura del influencer de las redes sociales o –y hay varios ejemplos para comprobarlo–, al vedetismo de los medios masivos. Lo que menos importa, entonces, es la información, sino quién te la cuenta o te la edita. El vedetismo desplaza la cuidadosa tarea de informar por otra más irresponsable que es la de opinar, sin mucho soporte o autorregulación ética. En ese sentido, lo fundamental no está en la información, sino en erigirse como figura reconocida por la gente, en acaparar la atención mediática, en aparecer como figura de renombre público. Lejos estamos de aquellos tiempos en que lo fundamental del periodismo era ese pacto tácito de esclarecer los hechos para orientar a la opinión pública. Y para lograr este cometido, tales periodistas radiales se han vuelto cada día más agresivos hasta bordear el irrespeto, más intransigentes y obsesivos, más despóticos y monologantes. El vedetismo es el culmen de la opinión egocéntrica que sacrifica la lenta y penosa tarea de buscar la verdad por el afán novelero y escandaloso de captar más seguidores.
¿Qué riesgos trae esta información envenenada? De una parte, el descrédito o minusvalía de una profesión que a todas luces sigue siendo indispensable para la toma de decisiones en los procesos democráticos; de otra, una oleada de odios infundados, de fanatismos enardecidos, de propagación del miedo y de ataque al que piensa diferente, al que no sintoniza con la “tendencia difamatoria del momento”, o que se niega a entrar en el juego de las polarizaciones. Los periodistas radiales adscritos a esta modalidad de informar son en gran parte responsables de agrietar más las desigualdades sociales, de diseminar la desesperanza, de azuzar las pasiones primarias de la gente. Los opinadores con poder son tan peligrosos como aquellos “inmorales” que dicen combatir, porque en el fondo no los anima el deseo de contribuir a restablecer los vínculos sociales, sino en sacar provecho personal de las crisis y las debilidades humanas. La opinión tendenciosa disfrazada de información, además de confundir al público, emponzoña las conciencias de animadversión y multiplica los escenarios para la agresión violenta.
Lo paradójico es que cuando se critica a estos periodistas radiales por esa manera de comunicar, se rompen las vestiduras, dicen que se está atentando contra la libertad de prensa y buscan el apoyo de la misma gente que ha embaucado con sus opiniones tendenciosas. Se olvidan de una cosa: no hay libertad de prensa sin responsabilidad sobre lo que se informa, sin respaldo de pruebas contundentes, sin prudencia y buen juicio sobre el impacto que puede tener una noticia en un momento histórico determinado. Quien difama a alguien comete un delito, quien atenta contra el derecho de la presunción de inocencia y el debido proceso no puede escudarse en sus meras creencias o en alegar censura cuando en realidad lo que se le pide es que responda por sus afirmaciones en un medio masivo. Suena extraño argüir censura y persecución cuando estos periodistas radiales las practican cotidianamente en sus espacios informativos. Las opiniones privadas son inalienables, pero las que se hacen públicas obedecen a regulaciones, atienden a códigos deontológicos especiales, y cuando vulneran derechos fundamentales de una persona tienen la obligación perentoria de presentar una rectificación. No podemos olvidar que el acceso a una información precisa, completa, oportuna y relevante nos atañe a todos y, en esa medida, debemos protegerla y defenderla de los arrogantes periodistas que la usan como estrategia discriminatoria o la trastocan en un relato malintencionado de soterrada influencia manipuladora.



