Tertulia sobre el desamor

Ilustración de Ángel Boligán.

Luis Carlos: Gracias a todos, otra vez, por aceptar la invitación a esta tertulia vespertina que, como nos sucedió en el pasado encuentro, se alargó hasta bien entrada la noche. Por sus miradas sé que será una reunión digna de recordación y más tratándose de un tema que a todos y a todas nos ha afectado. ¿O no, mi querido Alfonso?

Alfonso: Sí, así es, apreciado Luis Carlos. Todos y todas acá hemos sido tocados por el desamor en alguna ocasión… Y en mi caso, de una vez lo confieso, me ha roto más que el alma.

Ezequiel: Nos pusimos pesados. Porque si por allá llueve, por acá no escampa. Pero como el motivo era buscar poemas o textos relacionados con el desamor, quiero abrir la tertulia con un soneto que encontré de Jacinto Benavente. Se titula: “¡Quién retiene al amor cuando se aleja!”

Tanto es mi amor, por todos mis amores,

que en el jardín de la existencia mía

a verlas marchitarse día a día

preferí siempre deshojar sus flores.

 

Cuanto más encendidos sus colores

mueran en su triunfante lozanía,

más triste que la muerte es la agonía

de un amor entre dudas y temores.

 

Triste fin de un amor, cuando engañoso

quiere fingir que a su pesar nos deja,

y más ofende, cuanto más piadoso.

 

¿Y qué logrará la importuna queja

del ofendido corazón celoso?

¡Quién retiene al amor… cuando se aleja!”

Luis Carlos: Cuánta verdad hay en esos versos: “más triste que la muerte es la agonía de un amor entre dudas y temores”. La agonía que trae el desamor me parece una muy buena carta para empezar nuestro coloquio.

Susana: El desamor como un marchitarse, como esas flores que al inicio irradiaban calor y lozanía y luego, poco a poco, van perdiendo su primaveral belleza.

Alfonso: ¡Y cómo duele la piedad del que nos abandona o se aleja!

Natalia: No es fácil retener a una persona que ya no quiere estar con nosotros, eso es lo que me comunica el poema que nos trajo Ezequiel. Y aunque no deja de ser triste ese desenlace del amor, parece que es inevitable.

Alfonso: Recuerdo en este momento unos versos del gran poeta del amor Pedro Salinas, unas líneas que parecen rubricar lo que dice Natalia: “¿Serás, amor, un largo adiós que no se acaba…?”

Luis Carlos: Sin embargo, en ese poema Salinas advierte que “ni en el llegar, ni el hallazgo tiene el amor su cima: / es en la resistencia a separarse / en donde se le siente, / desnudo, altísimo, temblando…” Pareciera que el amor cobra todo su valor precisamente cuando llega a su término; es en la “resistencia a separarse” en donde muestra toda su valía.

Alfonso: En todo caso, según Salinas, “Lo más seguro es el adiós”.

Luis Carlos: A propósito de Pedro Salinas traje para esta tertulia un pequeño poema de él, titulado “La distraída”. Escuchen:

“No estás ya aquí. Lo que veo

de ti, cuerpo, es sombra, engaño.

El alma tuya se fue

donde tú te irás mañana.

Aún esta tarde me ofrece

falsos rehenes, sonrisas

vagas, ademanes lentos,

un amor ya distraído.

Pero tu intención de ir

te llevó donde querías

lejos de aquí, donde estás

diciéndome:

‘aquí estoy contigo, mira’.

Y me señalas la ausencia”.

Ezequiel: Yo viví en carne propia lo que expresa ese poema. A veces la persona que amamos sigue con nosotros, pero su alma ya está en otro lugar o ya han emigrado sus sentimientos.

Susana: Es hermosa esa idea de que el alma se va primero, antes que el cuerpo.

Natalia: Me intriga el título de ese poema, “La distraída”.

Alfonso: Me parece que tiene que ver con la desatención, con la pérdida del foco de atención en alguien…

Luis Carlos: Otra pista más para abordar el desamor: el paulatino descuido hacia otro ser; un descuido que es fermento del olvido.

Alfonso: Yo creo que la ausencia es una de las formas del desamor. O sino miremos lo que Jorge Luis Borges escribió al respecto. He traído una fotocopia para todos.

Susana: Tú siempre tan generoso…

Natalia: Si quieres yo lo leo.

Alfonso: Ni que me hubieras leído el pensamiento.

Natalia: Me disculpan los posibles errores, porque es la primera vez que lo leo:

AUSENCIA

“Habré de levantar la vasta vida

que aún ahora es tu espejo:

cada mañana habré de reconstruirla.

Desde que te alejaste,

cuántos lugares se han tornado vanos

y sin sentido, iguales

a luces en el día.

Tardes que fueron nicho de tu imagen,

músicas en que siempre me aguardabas,

palabras de aquel tiempo,

yo tendré que quebrarlas con mis manos.

¿En qué hondonada esconderé mi alma

para que no vea tu ausencia

que como un sol terrible, sin ocaso,

brilla definitiva y despiadada?

Tu ausencia me rodea

como la cuerda a la garganta,

el mar al que hunde”.

Luis Carlos: ¡Qué texto! Amerita releerse, en particular estas líneas: “¿En qué hondonada esconderé mi alma / para que no vea tu ausencia / que como un sol terrible, sin ocaso, / brilla definitiva y despiadada?”

Ezequiel: Sí, Borges captó bien ese estado de desolación que produce el desamor, esa cantidad de adoquines de vida construida que, como dice el poeta, hay que “quebrarlos con las manos”. La ausencia como una especie de orfandad.

Susana: Me parece que en una perspectiva semejante se inscribe un poema de la nicaragüense Gioconda Belli que encontré en mi pesquisa para este reencuentro fraterno. Tiene como título, “Abandonados”:

“Tocamos la noche con las manos

escurriéndonos la oscuridad entre los dedos,

sobándola como la piel de una oveja negra.

 

Nos hemos abandonado al desamor,

al desgano de vivir colectando horas en el vacío,

en los días que se dejan pasar y se vuelven a repetir,

intrascendentes,

sin huellas, ni sol, ni explosiones radiantes de claridad.

 

Nos hemos abandonado dolorosamente a la soledad,

sintiendo la necesidad del amor por debajo de las uñas,

el hueco de un sacabocados en el pecho,

el recuerdo y el ruido como dentro de un caracol

que ha vivido ya demasiado en una pecera de ciudad

y apenas si lleva el eco del mar en su laberinto de concha.

 

¿Cómo volver a recapturar el tiempo?

 

Interponerle el cuerpo fuerte del deseo y la angustia,

hacerlo retroceder acobardado

por nuestra inquebrantable decisión?

 

Pero… quién sabe si podremos recapturar el momento

que perdimos.

 

Nadie puede predecir el pasado

cuando ya quizás no somos los mismos,

cuando ya quizás hemos olvidado

el nombre de la calle

donde

alguna vez

pudimos

encontrarnos”.

Luis Carlos: Me parece que Gioconda saca a la luz otra arista del desamor: el acostumbramiento a cierto desgano, a dejar que pasen los días de manera intrascendente. El acostumbrarse a la soledad, aunque “por debajo de las uñas” palpite la “necesidad” de amar y ser amados.

Alfonso: La imagen del caracol es fantástica. La soledad del desamor: una soledad encerrada en su mundo, apenas guardando pequeños ecos marinos de felicidad en su concha.

Susana: Es un abandono en doble vía; por eso me pareció interesante compartirlo con ustedes. Porque si bien alguien abandona a una persona, lo cierto es que también ella sufre en carne propia tal dejación.

Natalia: Pienso que las mujeres poetas son como más directas para hablar del desamor, dicen lo que sienten en carne viva, enaltecen su sufrimiento o lo dejan fluir como una dolorosa herida. Pongan atención a este poema de Gabriela Mistral, titulado “Coplas”:

“Todo adquiere en mi boca

un sabor persistente de lágrimas;

el manjar cotidiano, la trova

y hasta la plegaria.

 

Yo no tengo otro oficio

después del callado de amarte,

que este oficio de lágrimas, duro,

que tú me dejaste.

 

¡Ojos apretados

de calientes lágrimas!

¡boca atribulada y convulsa,

en que todo se me hace plegaria!

 

¡Tengo una vergüenza

de vivir de este modo cobarde!

¡Ni voy en tu busca

ni consigo tampoco olvidarte!

 

Un remordimiento me sangra

de mirar un cielo

que no ven tus ojos,

¡de palpar las rosas

que sustenta la cal de tus huesos!

 

¡Carne de miseria,

gajo vergonzante, muerto de fatiga,

que no baja a dormir a tu lado,

que se aprieta, trémulo,

al impuro pezón de la Vida!”

Susana: ¡Qué dilemas los del alma femenina! Parecemos vestales cobardes añorando el fuego. Me quedo con esos versos: “Ni voy en tu busca /ni consigo tampoco olvidarte…” En fin. Yo coincido con Natalia en que la voz femenina es más descarnada para mostrar el desamor. Me maravilló un poema de una poetisa uruguaya, Idea Vilariño, que me conmovió hasta las lágrimas. Ella fue el gran amor del novelista Juan Carlos Onetti.

Alfonso: A ella, precisamente, está dedicada su novela Los adioses…

Susana: Voy a leerlo despacio para que degusten el tono desesperanzado de este poema titulado “Ya no”:

“Ya no será

ya no

no viviremos juntos

no criaré a tu hijo

no coseré tu ropa

no te tendré de noche

no te besaré al irme.

Nunca sabrás quién fui

por qué me amaron otros.

No llegaré a saber por qué

ni cómo nunca

ni si era de verdad

lo que dijiste que era

ni quién fuiste

ni qué fui para ti

ni cómo hubiera sido

vivir juntos

querernos

esperarnos

estar.

Ya no soy más que yo

para siempre y tú

ya

no serás para mí

más que tú. Ya no estás

en un día futuro

no sabré dónde vives

con quién

ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca

como esa noche

nunca.

No volveré a tocarte.

No te veré morir”.

Natalia: ¡Qué fuerza, qué sinceridad, qué valor para decir la pena más profunda!

Luis Carlos: Si bien ya conocía ese poema, me sigue produciendo un efecto conmovedor. Aunque el poema se sitúa en un futuro imposible, en una posible relación fallida de convivencia, lo que nos conmueve hasta el llanto es esa progresiva enumeración de cosas y asuntos compartidos que ya no podrán hacerse o realizarse. Y lo más contundente, lo que toca la fibra más íntima de nuestra humanidad, es el cierre del poema: “No te veré morir”. Porque, de alguna manera, en nuestro imaginario amoroso confiamos en que aquella persona con quien hemos compartido una vida nos acompañe hasta el final de nuestra existencia. Quizá la certeza de ese amor en la senectud nos ayude a sortear el vado de la agonía o nos de fuerzas para entrar en lo absolutamente desconocido.

Alfonso: Y otra cosa, el poema recopila un conjunto de acciones amorosas cotidianas, pero tensadas por la imposibilidad de un futuro. Es el no del desamor, el no que lleva a la despersonalización. El no del olvido, el nunca, a pesar de la terca reverberación de un abrazo inolvidable en la memoria. ¡Muy buen aporte!, mi estimada Susana.

Natalia: Qué demoledora esa afirmación de que la ruptura de amor conlleva a un yo y un tú impersonales, a un retorno al anonimato. Me relees, por favor esa parte…

Susana: Con gusto: “Ya no soy más que yo / para siempre y tú / ya / no serás para mí /más que tú”.

Natalia: El desamor nos quita los nombres particulares, los apelativos cariñosos, y nos deja en un genérico anonimato. ¡Qué amargura!

Luis Carlos: A propósito de ese “ya no estar” que trae consigo el desamor, redescubrí a un poeta peruano, Manuel Scorza. Oigan este poema de una aguda sutileza:

MÚSICA LENTA

“Para que tú entres,

a veces de tristeza, el corazón se me abre.

 

Como una puerta tímida,

para que tú entres, el corazón se me abre.

 

Pero tú no vienes,

no vuelas más sobre los campos.

 

En vano mi corazón

a la ventana de su dolor se asoma.

Pasas de largo,

como si el viento

soplase sólo para allá.

 

Pasa la mañana y no viene la tarde.

Y el corazón se me cierra,

como una mano sin nadie, el corazón se me cierra”.

Ezequiel: Un poeta desconocido que ya entra a formar parte de mis próximas lecturas. Coincido en la esperanza que tiene el palpitar del corazón enamorado, cuando al vivir el desamor, anhela que de pronto haya un gesto, una palabra, una súbita visita, que permita refrescar un poco el dolor.

Luis Carlos: Es tan sutil el poema, expresa algo esencial del dolor que trae el desamor. Porque para que entre ese alguien que ha partido se requiere abrir el corazón de tristeza; no es un acto que hace desaparecer la infelicidad. El corazón del que vive el desamor es como una ventana abierta al paisaje de su dolor. Y como nadie viene, a pesar de esa espera de la mañana a la tarde, el corazón se cierra, oprimiendo aún más su herrumbrosa soledad.

Susana: A veces uno ya no quiere volar sobre esos campos conocidos… O desea descubrir otros nuevos…

Natalia: O está en un momento de vida que no coincide con lo que espera la otra persona.

Alfonso: No resulta fácil sacar conclusiones generales sobre asuntos que terminan siendo “personalísimos”. Pienso que a veces nos aferramos a una etapa del amor, a un momento, y queremos que eso se perpetúe en el tiempo, olvidándonos de que las personas cambian con la edad, son afectadas por las circunstancias. El amor evoluciona al igual que se transforma nuestro cuerpo y nuestras aspiraciones. A veces dejamos de amar a alguien porque “idealizamos” una época con esa persona o soñamos con una idea de felicidad que está más en nuestra fantasía que en la realidad.

Natalia: O dejamos de amarlo porque la rutina rompe el encanto, o porque, sin proponérnoslo, comenzamos a notar más los defectos que las virtudes en aquel ser con quien hemos convivido durante muchos años.

Luis Carlos: Shakespeare escribió, en el Soneto CXVI, que el amor era como un faro perenne que nunca debería dejarse estremecer por las tempestades…

Alfonso: Lo difícil es saber o comprender cómo las mudanzas de las personas no alteran lo esencial del amor. Recordé para esta tertulia un poema de Rafael de León, el poeta sevillano…

Ezequiel: Ah, sí, el de “Pena y alegría del amor…”

Alfonso: Ese, sí. Recordé un poema que se llama “Para toda la vida”, que escuché recitar a mi papá con esa voz que imitaba a la de Rodrigo Correa Palacio:

“’¿Me quieres, amor, me quieres?’

‘¡Sí, para toda la vida!…’

 

Y era yo quien preguntaba,

siempre soñando una espina,

siempre rondando una duda,

siempre imaginando heridas…”

Ezequiel: Ese poema, fíjate las coincidencias, lo traía para compartirlo con ustedes.

Alfonso: Bienvenidas esas coincidencias, apreciado Ezequiel.

Ezequiel: La parte que más me gusta de ese poema es ésta:

“Y de pronto, no sé cómo,

sin una razón precisa,

mi voz amarga y cansada

se fue quedando dormida.

Y cayó sobre mi alma

una lluvia dulce y fina

que se fue cristalizando

en nieve delgada y fría.

Y ya no pregunté más,

corazón, si me querías”  

Luis Carlos: No es fácil mantener la promesa del amor “para toda la vida”. Especialmente porque somos seres variables, porque estamos sujetos al azar y las circunstancias y porque, en muchas ocasiones, nos falta temple y sabiduría para enfrentar la cambiante piel del amor.

Natalia: Sabes que sí, hemos exaltado el amor juvenil o la pasión del amor en primavera, pero poco hemos comprendido del amor otoñal o de ese que se parece mucho a la complicidad fraterna y la ternura.

Alfonso: Lo que noto como constante en estos poemas es el sufrimiento que trae consigo la ruptura amorosa. Es inevitable el dolor cuando el desamor toca nuestro corazón. Pero el dolor, como escribió Pedro Salinas, evidencia que el amor por alguien fue real, profundo, verdadero. Las penas del desamor reavivan la certeza de este sentimiento.

Susana: Yo prefiero enfrentar el desamor con la lejanía. Evitando los encuentros con la persona que he amado durante largos años.

Natalia: Eso ayuda, algunas veces; pero en otros –de eso doy testimonio– multiplica los temores, el remordimiento, la culpa en el alma.

Ezequiel: La experiencia me ha mostrado que el mejor remedio para el desamor es el tiempo. El tiempo que va, poco a poco, provocando el olvido.

Luis Carlos: Me das pie para ir cerrando esta tertulia con un texto de María Mercedes Carranza titulado “Poema del desamor”.

“Ahora en la hora del desamor

Y sin la rosada levedad que da el deseo

Flotan sus pasos y sus gestos.

 

Las sonrisas sonámbulas, casi sin boca,

Aquellas palabras que no fueron posibles,

Las preguntas que sólo zumbaron como moscas

Y sus ojos, frío pedazo de carne azul.

Días perdidos en oficios de la imaginación,

Como las cartas mentales al amanecer

O el recuerdo preciso y casi cierto

De encuentros en duermevela que fueron con nadie.

Los sueños, siempre los sueños.

 

¡Qué sucia es la luz de esta hora,

Qué turbia la memoria de lo poco que queda

Y qué mezquino el inminente olvido!”.

Alfonso: Sí, aunque estemos frente al desamor, ciertas personas como yo no queremos olvidar; sentimos que el olvido es indigno para todo lo que se vivió con alguien. Hay personas tan amadas que no merecen nuestro olvido.

Luis Carlos: Con esa declaración de Alfonso, no queda más que servirnos un vino y escuchar algún bolero de esos que nos dejan el alma a flor de piel.

Rubén Darío, el gran mestizo

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Rubén Darío: «Por eso ser sincero es ser potente…»

Ahí está ante nosotros. El gran mestizo. De ojos y labios grandes. De rasgos marcados por algún ancestro indígena. Ahí está, con su sombrero amplio, aunque también lo vemos de traje militar, de sable y charreteras. Ahí está el mestizo de bigote encorvado hacia arriba en sus puntas, Ahí está, pensativo, de riguroso vestido oscuro o frac de corte inglés. Ahí está, con su hábito imaginario de monje, como si fuera un segundo Dante. Ahí está el mestizo en su lecho de muerte. Ahí está Rubén Darío. El mestizo.

Aquí está con nosotros la figura de Rubén Darío, la persona de Félix Rubén García Sarmiento, el poeta nicaragüense: “¿Hay en mi sangre alguna gota de sangre africana, o de indio chorotega o nagrandano? Pudiera ser, a despecho de mis manos de marqués; mas he aquí que veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles (…) Si hay poesía en nuestra América, ella está en las cosas viejas: en Palenque y Utatlán, en el indio legendario y el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro”.

Rubén Darío, el mestizo. 49 años de vida. Dos fechas: 1867-1916.Varios lugares: Chile, Buenos Aires, Costa Rica, París, Alcalá. Prosas, versos, infinidad de artículos. Rubén Darío y sus obras: Abrojos, Rimas, Azul, Prosas profanas, Cantos de vida y esperanza, El Canto errante, Canto a la Argentina… Rubén Darío, el mestizo.

YO PERSIGO UNA FORMA

“Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo.

Botón de pensamiento que busca ser la rosa;

se anuncia con un beso que en mis labios se posa

al abrazo imposible de la Venus de Milo.

 

Adornan verdes palmas el blanco peristilo:

los astros me han predicho la visión de la Diosa;

y en mi alma reposa la luz como reposa

el ave de la luna sobre un lago tranquilo.

 

Y no hallo sino la palabra que huye,

la iniciación melódica que de la flauta fluye

y la barca del sueño que en el espacio boga;

 

y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,

el sollozo continuo del chorro de la fuente

y el cuello del gran cisne blanco que me interroga”.

II

Rubén Darío, un poeta que, según Martín de Riquer y José María Valverde, partió en dos la literatura hispanoamericana. Con Rubén Darío se inicia verdaderamente nuestra historia literaria. Octavio Paz así lo corrobora: “Darío no es únicamente el más amplio y rico de los poetas modernistas: es uno de nuestros grandes poetas modernos. Es el origen”. Otro tanto ha dicho el narrador argentino Manuel Gálvez: “Darío enseñó que cada palabra tenía un valor musical.; él aumentó el dominio de la sensibilidad; él nos hizo ver que la poesía era una arte serio, no un ejercicio de retóricos; él modernizó nuestra lengua e inició la formación de un castellano nuevo, y él, al propagar la obra de tantos escritores extranjeros desconocidos, fue un profesor de cultura”. Gracias a Darío nuestra poesía salió de un enclaustramiento imitativo y accedió a lo universal, aspiró a lo posible, se propuso inventar. El crítico literario Enrique Anderson Imbert aclara cuál fue ese gran aporte: «Rubén Darío dejó la poesía diferente de como la había encontrado (…) Sus cambios formales fueron inmediatamente apreciados. La versificación española se había reducido, durante siglos, a unos pocos tipos. De pronto, con Rubén Darío se convirtió en orquesta sinfónica. Dio vida a metros y estrofas del pasado, aun a los que sólo ocasionalmente se habían cultivado, haciéndolos sonar a veces con imprevistos cambios de acento; y además inventó un lenguaje rítmico de infinitas sorpresas, sin salir de la versificación regular. Que otros lo aventajaron en el dominio de tal o cual forma métrica tradicional, es posible; pero nadie pudo haberle disputado el señorío sobre la mayor diversidad de metros en nuestra lengua. No sólo desarrolló todas las posibilidades musicales de la palabra, sino que para cada estado de ánimo usó el instrumento adecuado. Leyéndolo uno educa el oído; al educarlo, más planos sonoros aparecen en el recitado. Por su técnica verbal Darío es uno de los más grandes poetas de todos los tiempos; y, en español, su nombre divide la historia literaria en un ‘antes’ y un ‘después’. Pero no sólo fue un maestro del ritmo. Con incomparable elegancia poetizó el gozo de vivir y el terror de la muerte».

Pedro Salinas, en el amplio estudio que le dedicó a Rubén Darío, dice que su poesía se articula desde tres principios activos, desde tres pilares, o tres líneas rectoras: de un lado, el erotismo agónico, el eros sin amada; de otro, la preocupación social y, por último, su ideal de arte en donde Darío halla un espacio innovador. Escribe Salinas: “El alma de Rubén actuó sobre estos tres temas tan disímiles como opera siempre el espíritu poético original, a manera de fuerza correlacionante, de potencia combinatoria, la cual percibe las secretas proximidades de las cosas lejanas y apartadas, sus misteriosas referencias a un centro común, y atrayéndolas desde sus distancias, realiza en sí el inesperado contacto, del cual tan sólo él descubrió que eran capaces”.

Rubén Darío fue puente, enlace, animador, espectador, crítico y capitán de la batalla modernista. Con él empieza el Modernismo y con él acaba, pero su obra –afirma Octavio Paz– “no termina con el modernismo: lo sobrepasa, va más allá del lenguaje de esta escuela y, en verdad, de toda escuela. Es una creación, algo que pertenece más a la historia de la poesía que a la de los estilos”. En “El canto errante” Darío se confiesa y resume sus convicciones creativas:

“Yo he dicho: Ser sincero es ser potente. La actividad humana no se ejercita por medio de la ciencia y de los conocimientos actuales, sino en el vencimiento del tiempo y del espacio. Yo he dicho: Es el Arte el que vence el espacio y el tiempo. He meditado ante el problema de la existencia y he procurado ir hacia la más alta idealidad. He expresado lo expresable de mi alma y he querido penetrar en el alma de los demás, y hundirme en la vasta alma universal. He apartado  asímismo, como quiere Schopenhauer, mi individualidad del resto del mundo, y he visto con desinterés lo que a mí yo parece extraño, para convencerme de que nada es extraño a mi yo. He cantado, en mis diferentes modos, el espectáculo multiforme de la naturaleza y su inmenso misterio. He celebrado el heroísmo, las épocas bellas de la historia, los poetas, los ensueños, las esperanzas. He impuesto al instrumento lírico mi voluntad del momento, siendo a mi vez órgano de los instantes, vario y variable, según la dirección que imprime el inexplicable Destino”.

Con lo ya expuesto, podemos decir que la importancia de Rubén Darío, la validez actual de sus creaciones y sus ideales estéticos radica en esa “voluntad de estilo”, en esa sinceridad por decir lo propio.  Darío es un poeta que inaugura el no avergonzarse de lo personal, que sobrepasa la tradicional manera de copiar y sopesa las fuerzas de todas las influencias. Darío es el poeta que se atreve a inventar, diciéndonos, eso sí, el riesgo que conlleva tal invención. Darío abrió, dejó libres las esclusas de la creatividad. Darío persiguió lo imposible y eso lo torna absolutamente moderno; husmeó en los límites, se aventuró a ir a tientas por los recovecos del arte, no imponiendo un modelo o un código literario, sino proclamando la invencible voluntad de crear:

“Construir, hacer, ¡oh, juventud! Juntos para el templo; solos para el culto. Juntos para edificar; solos para orar. Y la constancia no será la menor virtud, que en ella va la invencible voluntad de crear (…) El don del arte es un don superior que permite entrar en lo desconocido de antes y en lo ignorado de después, en el ambiente del ensueño o de la meditación. Hay una música ideal como hay una música verbal. No hay escuelas; hay poetas. El verdadero artista comprende todas las maneras y halla la belleza bajo todas las formas. Toda la gloria y toda la eternidad están en nuestra conciencia”.

III

Dejemos por un momento la poesía y los poemas de Darío y miremos de cerca al Modernismo. El modernismo es más que una escuela, fue un tipo de actitud. “Un estado de conciencia”, escribió el historiador y crítico literario uruguayo Alberto Zum Felde. Y también fue, según el pensar de Pedro Henríquez Ureña, un alzamiento contra la pereza romántica, mediante la autoimposición de severas disciplinas, tomando ejemplos de Europa, pero pensando en América, según el “juicio criollo” de Martí, los “Cantos de Vida y Esperanza” de Darío y el “Sentimiento americano” de José Enrique Rodó. El modernismo bien puede considerarse como un estado de maduración de la cultura americana, un añejamiento, un árbol que por fin muestra sus frutos. O, en otros términos, el Modernismo es la inserción americana en el tiempo universal.

Pero el Modernismo es, de igual modo, una postura que divorció la poesía de la política: a un lado quedaron, entonces, el general y el dictador, la levita, el guante blanco, y en el otro, el poeta. El Modernismo hizo claridad ética. Igualó el ideal de la belleza y el ideal de la verdad.

Octavio Paz, en un magnífico ensayo “EL caracol y la sirena”, nos aclara aún más lo que era el arte para los modernistas: “El Modernismo no fue una escuela de abstención política sino de pureza artística. Su esteticismo no brota de una indiferencia moral. Tampoco es un Hedonismo. Para ellos el arte es una pasión, en el sentido religioso de la palabra, que exige un sacrificio como todas las pasiones. El amor a la modernidad no es el culto a la moda: es voluntad de participación en una plenitud histórica hasta entonces vedada a los hispanoamericanos. La modernidad no es sino la historia en su forma más inmediata y rica. Más angustiosa también: instante henchido de presagios, vía de acceso a la gesta del tiempo”.

Con el Modernismo por fin tenemos –como quería Martí– vino añejo, aunque fuera de plátano. Por fin tenemos vino propio. Julián del Casal, Manuel Gutiérrez Nájera, Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig, José Martí, Rubén Darío… El anacronismo colonial ha quedado sepultado.

IV

Pero volvamos de nuevo a Félix Rubén García Sarmiento. Volvamos a Darío. Y preguntémonos, ¿qué color enmarca su obra? Por supuesto el azul, el azul que le viene de Víctor Hugo. El arte es azul. El azul que es perfección, melodía ideal, belleza. Azul de aguas tranquilas, azul de cielo sin nubes. Aunque a veces el azul es suma blancura.

¿Y habría algún mito que identificara la poesía de Darío? Desde luego: el mito de Leda y el Cisne. El mito de la belleza permutada. De un lado, la diosa, la perfección desnuda y, de otro, el cisne como cantor que intenta poseerla. Leda y el Cisne: unión de la noche y el sol. Leda y el Cisne, posibilidad de que el poeta consiga el ideal, de que el anhelo encarne. Y, sin embargo, mito que explica también una imposibilidad. El cisne canta un himno de muerte. Siempre huye la diosa, siempre huye la palabra.

Nos quedaría por saber si hay en Darío alguna flor, ¿alguna flor en particular? Puede que no sea tan particular, es común en la poesía: la rosa. La rosa de dolor, la gracia femenina. La rosa boca de princesa. La rosa en botón, la que quiere ser la rosa. La blanca rosa. “La rosa sexual que al entreabrirse conmueve todo lo que existe”.

¿Y qué nombre de mujer llenaría las hojas del diario íntimo de Darío? ¿Qué mujer es derrotero en su camino? El nombre ideal sería el de Venus. O si se prefiere una mujer bifronte, que sea agua y sangre al mismo tiempo; es decir, que conjugue a Eva y Salomé. Pero en la vida real Darío optó por la hembra, e hizo de las mujeres, la mujer. Rosario Murillo, Rafaela Contreras, Francisca Sánchez. En todo caso, Darío no fue un hombre afortunado en el amor. La mujer fue siempre para él la gran pregunta sin respuesta. El enigma distante.

VENUS

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.

En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.

En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,

Como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

 

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,

que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín,

o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,

triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.

 

‘¡Oh, reina rubia! –díjele–, mi alma quiere dejar su crisálida

y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;

Y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,

 

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar’.

El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.

Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar”.

V

En todas las antologías de poesía hispanoamericana no pueden faltar los versos de Rubén Darío. Esos poemas ya hacen parte de la memoria colectiva de los latinoamericanos. Por ejemplo, el inicio de la “Canción de otoño en primavera”: “¡Juventud, divino tesoro, / ya te vas para no volver!”; o las primeras líneas de “Sonatina” que aparece en la mayoría de los libros de lectura: “La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa? / Los suspiros se escapan de su boca de fresa, / que ha perdido la risa, que ha perdido el color”. Los antologistas coinciden en destacar un poema como “Lo fatal”, dedicado a su amigo y poeta chileno René Pérez, que ilustra bien el alma melancólica de Rubén Darío:

LO FATAL

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque ésa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

 

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror…

Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por

 

lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,

ni de dónde venimos…!”

También coinciden los críticos en elogiar el primer largo poema de Cantos de vida y esperanza: “Yo soy aquel que ayer no más decía” o el poema XIV titulado: “Marcha triunfal”. Y cómo no sumar a esa selección el “Coloquio de los centauros”, “Los motivos del lobo” o la “Letanía de Nuestro Señor Don Quijote”, ese homenaje a la figura literaria del supremo ideal que empieza con unos versos magníficos:

“Rey de los hidalgos, señor de los tristes,

que de fuerza alientas y de ensueños vistes,

coronado de áureo yelmo de ilusión;

que nadie ha podido vencer todavía,

por la adarga al brazo, toda fantasía,

y la lanza en ristre, toda corazón.”

La selección puede ampliarse y prolongarse. No obstante, quedémonos con un poema más, uno de los finales de Prosas profanas y otros poemas, “Alma mía”:

ALMA MÍA

Alma mía, perdura en tu idea divina;

todo está bajo el signo de un destino supremo;

sigue en tu rumbo, sigue hasta el ocaso extremo

por el camino que hacia la Esfinge te encamina.

 

Corta la flor al paso, deja la dura espina;

en el río de oro lleva a compás el remo;

saluda el rudo arado del rudo Triptolemo,

y sigue como un dios que sus sueños destina…

 

Y sigue como un dios que la dicha estimula,

y mientras la retórica del pájaro te adula

y los astros del cielo te acompañan, y los

 

ramos de la Esperanza surgen primaverales,

atraviesa impertérrita por el bosque de males

sin temer las serpientes, y sigue, como un dios…”

VI

Leopoldo Lugones declaraba que la influencia de Rubén Darío fue definitiva para la moderna poesía española: “después de él, todos cuantos fuimos juventud cuando él nos reveló la nueva vida mental, escribimos de otro modo que los de antes. Los que siguen, hacen y harán lo propio. América dejó ya de hablar como España, y en cambio ésta adopta el verbo nuevo. El pájaro azul cantaba y detrás de él venía el sol”. En esa misma perspectiva se expresó Jorge Luis Borges: “cuando un poeta como Darío ha pasado por una literatura, todo en ella cambia. No importa nuestro juicio personal, no importan aversiones o preferencias, casi no importa que lo hayamos leído. Una transformación misteriosa, inasible y sutil ha tenido lugar sin que lo sepamos. El lenguaje es otro” (…) Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magua peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y des sus lectores. Su labor no ha cesado y no cesará; quienes alguna vez lo combatimos, comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar el Libertador”. Por todas estas razones y por sus lecciones estéticas de caminar sin miedo por el “vago desierto de la página blanca” es que vale la pena releer a Rubén Darío, el gran mestizo.

TODO LO QUE ENIGMÁTICO DESTINO…

Todo lo que enigmático destino

ponga de duro, o ponga de contrario

al paso del poeta peregrino:

flecha de tenebroso sagitario,

insulto de sayón, o golpe rudo,

caída en el camino del Calvario,

lo resiste quien lleva por escudo,

tranquilo y fuerte en la gloria del día

y con el sueño azul en la cabeza,

la devoción de la Alta Poesía

y de Nuestra Señora la Belleza”.

La información envenenada de los periodistas radiales

Las creencias personales de un buen número de periodistas radiales se han convertido en el filtro para tamizar las noticias que brindan cotidianamente. Ya no se trata de informar, sino de “ajustar” los hechos al credo político del periodista, al partido más afín a sus preferencias ideológicas. Esta clara tendencia hacia el favorecimiento de un grupo de personas, de un grupo de poder, ha fracturado el vertebral propósito periodístico de la imparcialidad. En consecuencia, en lugar de “desentrañar” la verdad de los hechos, lo que escuchamos ahora es cómo se van “perfilando” los acontecimientos según los intereses particulares de estos comunicadores.

Cediendo a la ola emotiva y vertiginosa de las redes sociales, los periodistas radiales han refundido la información con la opinión. A la par que mencionan un acontecimiento mezclan sus opiniones y creencias llevando a la audiencia a no diferenciar un suceso de la valoración hecha por dichos comunicadores. Tal forma de informar, marcadamente tendenciosa, desorienta a la opinión pública, crea ambigüedad sobre determinados asuntos sensibles para una sociedad y refuerzan estereotipos, prejuicios o flagrantes mentiras. Así que, más que ofrecer una información fidedigna, oportuna y cotejada, lo que se escucha y propaga es una interpretación amañada de la realidad. Este filtro de las opiniones del periodista sobrepuesto a la información exalta detalles distractores, acalla hechos significativos, exacerban los prejuicios de la audiencia, deja sin voz a fuentes esenciales para comprender cabalmente un hecho.

Basta mirar con algún detalle la manera como se llevan a cabo las entrevistas en vivo. Cuando se está al aire con los invitados, en lugar de indagar y profundizar en situaciones relevantes de interés general lo que se hace es denigrarlos, humillarlos o someterlos a un juicio sin posibilidad de defensa. Preguntas del tipo “diga sí o no”, muestran la soberbia de estos comunicadores para quienes la presunción de inocencia, el respeto por la dignidad de las personas, el derecho al debido proceso y el buen nombre parecen no importarles. Cada invitado se convierte en un “objetivo de rapiña” al cual hay que asediar a como dé lugar, bien sea usando afirmaciones provenientes de las redes sociales o de rumores claramente sensacionalistas. Lejos de un escenario judicial en el que las partes merecen ser oídas antes de proferir un veredicto, estos periodistas ya han dictaminado la culpabilidad del personaje, descalificado su honra y lo han expuesto al escarnio público. Desde luego, el tono cambia y se vuelve complaciente cuando el entrevistado es afín con la ideología del periodista o hace eco de sus convicciones políticas.

Todo ello se agrava al obviar o reducir el cotejo de las fuentes de información. El mandato supremo de poner en la balanza los pros y los contras sobre un hecho, queda desbalanceado por los prejuicios, por las preferencias ideológicas, por la amplificación de una sola cara de la moneda, por la alineación política al medio en que laboran los periodistas. Las fuentes casi siempre son las mismas o pertenecen al mismo credo que defiende el periodista. Basta un trino de una red social o una llamada instantánea a alguien, para sacar ingentes conclusiones o “comprobar” la primicia noticiosa. Y si por casualidad se muestran dos perspectivas sobre algo, siempre se exaltará la que es afín al periodista, y se subrayará como negativa la contraria. O lo que resulta más censurable para el oficio periodístico: a pesar de las razones argumentadas ofrecidas por algún oponente ideológico, se preferirá y divulgará como verdad la obcecada creencia o suposición del comunicador.  

Otra práctica de estos periodistas radiales es la reiteración –en la misma emisión o durante varios días– de un hecho o sobre determinada actuación de una persona, por lo general de la esfera política. Esta repetición se hace con el objetivo de convertir los supuestos en evidencias, de desvanecer toda duda, de instaurar como verdad lo que es apenas una opinión, un rumor o una interpretación infundada. Los periodistas radiales adscritos a estas prácticas de redundancia informativa se asemejan a “perros de cacería” que no dejan ningún día sin roer el buen nombre de una persona, sin magnificar un error o un comportamiento fallido, sin burlarse de una declaración o arrogarse la última palabra sobre su talla moral. Y así le den a la contraparte la oportunidad de defenderse –cuando excepcionalmente lo permiten– el resultado sigue siendo el mismo: el entrevistado ya ha sido condenado por estos periodistas y las palabras del entrevistado quedan sepultadas por un adjetivo o un epíteto descalificador.

Poco a poco se ha ido dejando de lado la reportería, el trabajo de campo, la investigación en búsqueda de la polifónica manera como se interpretan los hechos, para aproximarse a la figura del influencer de las redes sociales o –y hay varios ejemplos para comprobarlo–, al vedetismo de los medios masivos. Lo que menos importa, entonces, es la información, sino quién te la cuenta o te la edita. El vedetismo desplaza la cuidadosa tarea de informar por otra más irresponsable que es la de opinar, sin mucho soporte o autorregulación ética. En ese sentido, lo fundamental no está en la información, sino en erigirse como figura reconocida por la gente, en acaparar la atención mediática, en aparecer como figura de renombre público. Lejos estamos de aquellos tiempos en que lo fundamental del periodismo era ese pacto tácito de esclarecer los hechos para orientar a la opinión pública. Y para lograr este cometido, tales periodistas radiales se han vuelto cada día más agresivos hasta bordear el irrespeto, más intransigentes y obsesivos, más despóticos y monologantes. El vedetismo es el culmen de la opinión egocéntrica que sacrifica la lenta y penosa tarea de buscar la verdad por el afán novelero y escandaloso de captar más seguidores.

¿Qué riesgos trae esta información envenenada? De una parte, el descrédito o minusvalía de una profesión que a todas luces sigue siendo indispensable para la toma de decisiones en los procesos democráticos; de otra, una oleada de odios infundados, de fanatismos enardecidos, de propagación del miedo y de ataque al que piensa diferente, al que no sintoniza con la “tendencia difamatoria del momento”, o que se niega a entrar en el juego de las polarizaciones. Los periodistas radiales adscritos a esta modalidad de informar son en gran parte responsables de agrietar más las desigualdades sociales, de diseminar la desesperanza, de azuzar las pasiones primarias de la gente. Los opinadores con poder son tan peligrosos como aquellos “inmorales” que dicen combatir, porque en el fondo no los anima el deseo de contribuir a restablecer los vínculos sociales, sino en sacar provecho personal de las crisis y las debilidades humanas. La opinión tendenciosa disfrazada de información, además de confundir al público, emponzoña las conciencias de animadversión y multiplica los escenarios para la agresión violenta.

Lo paradójico es que cuando se critica a estos periodistas radiales por esa manera de comunicar, se rompen las vestiduras, dicen que se está atentando contra la libertad de prensa y buscan el apoyo de la misma gente que ha embaucado con sus opiniones tendenciosas. Se olvidan de una cosa: no hay libertad de prensa sin responsabilidad sobre lo que se informa, sin respaldo de pruebas contundentes, sin prudencia y buen juicio sobre el impacto que puede tener una noticia en un momento histórico determinado. Quien difama a alguien comete un delito, quien atenta contra el derecho de la presunción de inocencia y el debido proceso no puede escudarse en sus meras creencias o en alegar censura cuando en realidad lo que se le pide es que responda por sus afirmaciones en un medio masivo. Suena extraño argüir censura y persecución cuando estos periodistas radiales las practican cotidianamente en sus espacios informativos. Las opiniones privadas son inalienables, pero las que se hacen públicas obedecen a regulaciones, atienden a códigos deontológicos especiales, y cuando vulneran derechos fundamentales de una persona tienen la obligación perentoria de presentar una rectificación. No podemos olvidar que el acceso a una información precisa, completa, oportuna y relevante nos atañe a todos y, en esa medida, debemos protegerla y defenderla de los arrogantes periodistas que la usan como estrategia discriminatoria o la trastocan en un relato malintencionado de soterrada influencia manipuladora.

 

Tertulia sobre la rosa

«El alma de la rosa» de John William Waterhouse.

Andrés: Para hablar de las rosas, para iniciar esta tertulia a la que nos convocaste, estimado Eugenio, voy a empezar entonando un poema de Jorge Luis Borges, titulado así: “La rosa”.

“La rosa,

la inmarcesible rosa que no canto,

la que es peso y fragancia,

la del negro jardín en alta noche,

la de cualquier jardín y cualquier tarde,

la rosa que resurge de la tenue

ceniza por el arte de la alquimia,

la rosa de los persas y de Ariosto,

la que siempre está sola,

la que siempre es la rosa de las rosas,

la joven flor platónica,

la ardiente y ciega rosa que no canto,

la rosa inalcanzable”.

Eugenio: “La que siempre está sola”, la inalcanzable rosa. Una magnífica elección y un buen punto de partida para nuestro coloquio vespertino. Los he invitado a hablar sobre la rosa, entre otras razones por ser mayo el mes que tradicionalmente se asocia con el amor, por la abundancia de regalos florales que damos o recibimos y por el mero gusto de reencontrarnos a partir de un motivo literario. Gracias por aceptar mi invitación.

Edgar: Me siento feliz de ver rostros amigos y haber tenido la oportunidad de revisar a poetas conocidos, como Rainer María Rilke:

“Te miro, rosa, libro entreabierto,

que tantas páginas contiene

de gozo detallado,

que nadie ha de leerlo nunca, Libro-mago,

 

se abre al viento y puede ser leído

con los ojos cerrados…,

salen de él mariposas confundidas

de haber tenido idénticas ideas”.

Eugenio: Esa asociación entre los pétalos de la rosa y las páginas de un libro me resulta imaginariamente precisa. Yo recuerdo de Rilke su epitafio, que él mismo escribió en su testamento y que resume bien la belleza y el misterio de esta flor:

“Rosa, contradicción pura,

placer de no ser sueño de nadie

entre tantos párpados”.

Mónica: Celebro también este reencuentro. Yo hallé un poema que, si bien no está centrado en la rosa, habla del sentido profundo de las flores. Es del poeta portugués José Sobral de Almada Negreiros…

“Se le dice a un niño: ¡Dibuja una flor! Se le da lápiz y papel. El niño va a sentarse al otro extremo de la habitación, en donde no hay nadie. Pasado algún tiempo, el papel está todo lleno de rayas. Unas en una dirección, otras en otra; unas más gordas, otras más finas; unas trazadas con soltura, otras con dificultad. El niño ha puesto tanta vehemencia en algunas rayas que el papel por poco se rompe. Otras eran tan delicadas que el sólo peso del lápiz resultaba excesivo.

Después, el niño viene a enseñar esas rayas a las personas mayores: ¡una flor!

Las personas mayores no encuentran esas rayas parecidas a una flor.

Si embargo, la palabra flor ha andado dando vueltas en el interior del niño, de la cabeza al corazón y del corazón a la cabeza, en busca de las rayas con que se hace una flor, y el niño ha puesto en el papel algunas de esas rayas o tal vez todas ¡Quizá las haya puesto fuera de su sitio, pero son esas las rayas con que Dios hace una flor!”

Eugenio: Es indudable que la literatura está llena de coincidencias. Lo que decía hace un momento el poeta portugués se asemeja a lo expuesto en El Principito. Las personas mayores, las que se sienten mayores, nunca entienden el dibujo o los garabatos de un alma inocente. Mucho menos pueden apreciar la hechura de una flor y, sería casi imposible para ellas, captar la esencia de una rosa.

Edgar: Yo leí que la rosa simboliza el desarrollo espiritual, la regeneración, la fecundidad y la pureza. La rosa es logro absoluto, perfección, centro místico. Se la asocia con el corazón, con el sexo femenino, con la mujer amada.

Andrés: En la historia del cristianismo la rosa ha tenido diversos simbolismos: la caridad, la piedad, el perdón universal, el amor divino, el martirio y la victoria. La castidad de la virgen María se identifica con la rosa blanca; la rosa roja es el símbolo de la caridad y del martirio que brotó de las gotas de sangre de Cristo en el Calvario.

Edgar: Para los griegos era una flor muy apreciada; tejían coronas de rosas y con ellas adornaban a los comensales en los banquetes. En la Roma antigua era el símbolo de la victoria, del orgullo y del amor triunfante. También era la flor de Venus, la diosa del amor.

Eugenio: Según leí, cuando Venus nació de las espumas del mar quiso dar una prueba de su poder y, para ello, ideó crear algo perfecto y hermoso como ella; y mientras las últimas gotas de agua resbalaban por su blanquísima piel, surgió del seno una flor maravillosa: una rosa blanca. Venus la escogió como su flor y se adornó con ella, sin permitir que ninguna mujer tuviera otra semejante. Pero Baco se acercó a la Venus y dejó caer de su copa una gota de vino tinto; al caer sobre el seno de la bellísima diosa esta gota de vino tiñó la rosa y le confirió la fascinación de su color.

Andrés: Otros mitos atribuyen el color rojo de las rosas a la leyenda de Venus y Adonis. Porque cuando Venus supo de la muerte de su amado Adonis, por culpa del jabalí, salió corriendo en su búsqueda. Pero al pasar por un rosal de rosas blancas, las espinas hirieron su cuerpo. Fue su sangre la que tiñó de rojo escarlata las antiguas rosas blancas.

Eugenio: ¡Otra coincidencia literaria! Precisamente, revisando una antología de poesía francesa, hallé un poema de Clément Marot que recoge este mito. En una de sus estrofas dice:

“Venus un día tras de su Adonis iba

por un jardín de espinos y de ramas

con pies desnudos e inmaculados brazos,

y de un rosal hirióse con la espina:

eran entonces todas las rosas blancas,

mas con su sangre volviéronse encarnadas”.

Edgar: Son variadas y múltiples las leyendas asociadas a la rosa. En la antigua Inglaterra se afirmaba que las rosas eran las gotas de sangre de Jesucristo y la Virgen misma se la asociaba con esta flor. De allí la creencia de que ni las brujas ni los poseídos podían oler el aroma de las rosas y que los hombres lobo, al momento que tocaban el escaramujo o rosal silvestre, inmediatamente volvían a asumir la forma humana.

Andrés: Vuelvo con Jorge Luis Borges que tanto escribió sobre la rosa. “La rosa amarilla”:

“Ni aquella tarde ni la otra murió el ilustre Giambattista Marino, que las bocas unánimes de la Fama (para usar una imagen que le fue cara) proclamaron el nuevo Homero y el nuevo Dante, pero el hecho inmóvil y silencioso que entonces ocurrió fue en verdad el último de su vida. Colmado de años y de gloria, el hombre se moría en un vasto lecho español de columnas labradas. Nada cuesta imaginar a unos pasos un sereno balcón que mira al poniente y, más abajo, mármoles y laureles y un jardín que duplica sus graderías en un agua rectangular. Una mujer ha puesto en una copa una rosa amarilla; el hombre murmura los versos inevitables que a él mismo, para hablar con sinceridad, ya lo hastían un poco:

Púrpura del jardín, pompa del prado.

Gema de primavera, ojo de abril…

Entonces ocurrió la revelación. Marino vio la rosa como Adán pudo verla en el paraíso y sintió que ella estaba en su eternidad y no en sus palabras, y que podemos mencionar o aludir, pero no expresar, y que los altos y soberbios volúmenes que formaban en un ángulo de la sala una penumbra de oro no eran (como su vanidad soñó) un espejo del mundo, sino una cosa más agregada al mundo.

Esta iluminación alcanzó Marino en la víspera de su muerte, y Homero y Dante la alcanzaron también”.

Eugenio: Es indudable que en el espacio poético es donde la rosa ha sido cantada y tenido su mayor despliegue imaginario. Por momentos, asimilándola a la belleza o a la mujer y, en otros, relacionándola con la brevedad de la lozanía o el tiempo instantáneo. La rosa ha mantenido para los poetas un misterio perenne. Por ejemplo, este soneto de Góngora que me parece maravilloso:

“Ayer naciste, y morirás mañana.
Para tan breve ser, ¿quién te dio vida?
¿Para vivir tan poco estás lucida,
y para no ser nada estás lozana?

Si te engañó tu hermosura vana,
bien presto la verás desvanecida,
porque en tu hermosura está escondida
la ocasión de morir muerte temprana.

Cuando te corte la robusta mano,
ley de la agricultura permitida,
grosero aliento acabará tu suerte.

No salgas, que te aguarda algún tirano;
dilata tu nacer para tu vida,
que anticipas tu ser para tu muerte
”.

Mónica: Es como una reflexión lírica sobre la vanidad de la belleza, sobre el engaño que posee la belleza.

Edgar: O sobre el destino de la belleza: la lozanía será desvanecida por el tiempo. La lozanía está signada por el tiempo.

Mónica: Sí, eso: “porque en tu hermosura está escondida
la ocasión de morir muerte temprana”.

Eugenio: Yo creo que los poetas le cantan a la rosa porque ella representa al mismo tiempo la cara y el envés del anhelo artístico. La rosa como el poema buscan perdurar. El poeta quiere asir la forma perfecta, pero es imposible alcanzarla. Eso lo describió bien Rubén Darío, el poeta nicaragüense: “Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, botón de pensamiento que busca ser la rosa…” Algo semejante pensaba Rilke, en uno de sus Sonetos a Orfeo:

“Oh tú entronizada rosa, para los antiguos
eras un cáliz de borde sencillo.
Para nosotros eres la flor plena e infinita,
un objeto inagotable.

En tu riqueza luces vestido sobre vestido
alrededor de un cuerpo hecho tan sólo de esplendor;
pero a la vez cada uno de tus pétalos
es como un negar y rehusar todo ropaje.

A través de los siglos nos llega tu perfume,
llamándonos con sus nombres más dulces;
de pronto descansa como un loor en el aire.

Pero no lo sabemos nombrar, lo adivinamos…
Y va a incorporarse a él el recuerdo
que suplicamos en las horas de evocación”.

Andrés: La rosa es ante todo ambigüedad, seducción que encanta por ser intocable. La rosa encarna la forma perfecta; es decir, aquella se desvanece antes de serlo; la que oculta los pliegues que la delimitan. La rosa fascina en su aletargado despertar que retiene para sí un espacio de penumbra vacía. La rosa fascina al poeta por ser una flor pudorosa, por insinuar ocultándose.

Edgar: Yo encontré un poema de Miguel de Unamuno que compara la rosa con la luna.

“En el silencio estrellado
la Luna daba a la rosa
y el aroma de la noche
le henchía –sedienta boca–
el paladar del espíritu,
que adurmiendo su congoja
se abría al cielo nocturno
de Dios y su Madre toda…

Toda cabellos tranquilos,
la Luna, tranquila y sola,
acariciaba a la Tierra
con sus cabellos de rosa
silvestre, blanca, escondida…
La Tierra, desde sus rocas,
exhalaba sus entrañas
fundidas de amor, su aroma …

Entre las zarzas, su nido,
era otra luna la rosa,
toda cabellos cuajados
en la cuna, su corola;
las cabelleras mejidas
de la Luna y de la rosa
y en el crisol de la noche
fundidas en una sola…

En el silencio estrellado
la Luna daba a la rosa
mientras la rosa se daba
a la Luna, quieta y sola”.

Mónica: ¿La rosa y la luna se emparentan por estar solas?, me pregunto. ¿O es que la luz de la luna se asemeja al aroma de la rosa?

Eugenio: Es una unión mística; el cielo y la tierra fundidos en un solo cuerpo. Pero el encuentro de la luna y la tierra se hace patente a través de la rosa. La luz es un aroma que todo lo inunda; el aroma, otra luz que todo lo impregna. Dos cuerpos lejanos tan sedientos como necesitados. Y lo más sutil del poema reside en que ese encuentro se da en silencio; es una fusión secreta, escondida, nocturna.

Andrés: Oscar Wilde, en su cuento El ruiseñor y la rosa, explora en el costo de tener una flor perfecta para trocarla por el amor. “Ella bailaría conmigo si le llevara una rosa roja! Pero, no hay rosas rojas en el jardín…” El problema es dónde encontrar un ruiseñor que se sacrifique por hallar esa rosa roja, “porque solo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa”. Es un cuento que habla de la belleza, de la inutilidad del sacrificio, de la muerte y de la variabilidad de lo femenino.

Eugenio: La rosa y la muerte guardan una secreta relación. Encontré un poema de William Blake, titulado “La rosa enferma” que recoge esta hermandad entre la rosa y la muerte.

“¡oh, rosa, estás enferma!

El gusano invisible

que vuela en la noche,

en la furiosa tormenta,

ha descubierto tu lecho

de alegría carmesí;

y su amor, oscuro y secreto,

destruye tu vida”.

Edgar: Es indudable que la rosa alberga dentro de sí los opuestos. Por eso Rilke decía que la rosa era contradicción pura; porque en ella se aúnan el florecer y el marchitarse. Y esa contradicción se da en el instante. La rosa es lo contrario a la duración: la rosa es del instante. La rosa no tiene memoria, porque ella misma es fugacidad.

Andrés: Pero a pesar de esa fugacidad, cada quien desea conservar una rosa. Revisando algunos poemas para este encuentro descubrí que Borges quería guardar la postrera rosa que el poeta Milton, acercó a su cara, sin verla; y César Vallejo, el peruano Vallejo, anhelaba retener la rosa blanca, la rosa náufrago ataúd.

Eugenio: Sí, cada quien desea conservar una rosa en particular. Como aquella rosa especial mencionada en El Principito. Antoine de Saint-Exupéry, explica muy bien ese vínculo que establecemos con una determinada rosa: “El tiempo que perdí por mi rosa hace que mi rosa sea tan importante… Vosotras, rosas, no sois en absoluto parecidas a mi rosa. No sois nada aún. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois bellas, pero estás vacías… No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa que he regado. Puesto que es ella la rosa a quien abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aún algunas veces, callarse. Puesto que ella es mi rosa”.

Mónica: Ese capítulo del libro lo he leído muchas veces. La rosa me parece que allí simboliza el sentido profundo del amor; que es cuidado, que es elección y conservación, que es protección y escucha de otro ser. La rosa se vuelve importante para una persona en la medida que le dedica tiempo, en que se preocupa por su bienestar y salvaguarda.

Edgar: En mi búsqueda de textos para esta tertulia encontré un poema de Pablo Neruda, que es una “Oda a la rosa”. Lo que más me llamó la atención es un apartado en que el poeta imagina el modo como la rosa elabora su perfume, su color. Escuchen:

“Rosa obrera,

trabajas

tu perfume,

elaboras

tu estallido escarlata o tu blancura,

todo el invierno

buscas en la tierra,

excavas

minerales,

minera,

sacas fuego

del fondo

y luego

te abres,

esplendor de la luz, labio del fuego,

lámpara de hermosura”.

Eugenio: Qué capacidad de Neruda para entrever realidades profundas a partir de cosas evidentes. Qué imagen tan vigorosa esa de asociar el color de la rosa como el resultado de un trabajo de minería de la flor, como una excavación profunda a las entrañas de la tierra.

Mónica: Y lo más admirable es que, luego, ese encendido fuego se abre a los demás… como “una lámpara de hermosura”.

Andrés: No deja de sorprenderme la riqueza mitopoética que hemos hallado de esta flor. La rosa, hija del rocío que nació de la sonrisa de Eros o cayó del cabello de Aurora, diosa del alba, cuando se peinaba… La rosa mística, la cantada por Dante, la que simboliza el Paraíso, la rosa del amor divino.

Eugenio: Así es, apreciado Andrés. La tertulia nos ha permitido indagar y escuchar historias y leyendas, leer poemas y fascinarnos con la figura de la rosa. Deseo ir cerrando nuestro encuentro de esta tarde con un poema de un poeta victoriano inglés que asocia la rosa con el misterio. Se trata de Ralph Hodgson y su poema se titula, precisamente, así: “El misterio”:

“Vino, me tomó de la mano

y me llevó a un rosal de flores rojas;

se guardó Su secreto,

pero me dio una rosa.

 

Aunque no le rogué

que llegara a mostrarme

Su misterio.

Ya me era bastante

aspirar en aquella rosa el Cielo

y ver Su propia cara”.

Edgar: Yo no quisiera terminar nuestro coloquio sin darte las gracias a ti Eugenio y a Mónica y Andrés que trajeron para compartir todas esas “joyas literarias”. Mi espíritu se va enriquecido. Y deseo aportar un poema más, un corto texto de Juan Ramón Jiménez que sintetiza la esencia de la rosa a la par de la fugacidad de la belleza:

“¡No le toques ya más,

que así es la rosa!”

Polifonía Vargas Llosa sobre la novela

Ilustración de Luis Grañena.

Para continuar con mi homenaje-relectura a Mario Vargas Llosa, he acudido en esta ocasión a su voz, expresada en entrevistas, conferencias, discursos, cartas, diálogos entre colegas o consignada en ensayos. Con esas voces (numeradas y referenciadas al final) he confeccionado una especie de polifonía que tiene como eje el tema de la novela en sus variados aspectos. Invito, entonces, a que lean en voz alta estos testimonios del escritor peruano quien, como se puede constatar en su amplia producción, reflexionó, enseñó y creó obras destacables sobre este género narrativo.

Historia de la novela

“La novela nació algo más tarde que la poesía, en los mismo albores de la historia humana, y sólo alcanzaría una cierta plenitud cuando, mezclada a los libros de caballería, rehízo el mundo y confirmó que éste giraba en torno al honor y la matanza, y el caballero solitario recorría los bosques, desguarnecido, ganando batallas en nombre de su dama, proezas que entretenían a las gentes en las tabernas o las reunían en las esquinas de las calles para oír las voces de los memorialistas y lectores que repetían (o leían) aquellas historias truculentas y desatinadas, que, sin embargo, echaban los cimientos de la novela moderna” (1). “En las novelas de caballería me gusta, sobre todo, esa concepción ancha, generosa de la realidad y por lo tanto del realismo literario. La realidad para ellos es algo múltiple, hecho de todo lo existente, de la razón y de la sinrazón, de seres de carne y hueso (los hombres que sufrían, mataban o se hacían matar, se enamoraban, viajaban o danzaban en los castillos), y por otro lado de esos seres que sólo existían subjetivamente, en la imaginación y el terror de la época: los endriagos, los dragones, las hadas, los animales fantásticos de la zoología medieval, etc. En esos creadores hay una visión totalizadora de la realidad; ellos no excluían nada de lo existente: la realidad estaba compuesta para ellos tanto de lo que los hombres eran como de lo que creían ser, soñaban o inventaban” (3). “La novela nace cuando el eje de la vida pasa a ser más urbano que rural. Más que a la burguesía, el surgimiento de la novela está ligado a la ciudad. El mundo rural produce poesía, pero la ciudad fomenta el desarrollo de la narrativa. Eso ocurre prácticamente en todo el mundo. La novela describe fundamentalmente una experiencia ciudadana, e incluso en el género pastoril se trata de una perspectiva urbana. Cuando la vida se centra en la ciudad, el género novelesco alcanza un gran desarrollo. No nace precisamente con la ciudad, pero es en ese momento cuando la narrativa se populariza y llega a tener una aceptación muy grande” (2). “Toda novela moderna está íntimamente alterada desde aquel hallazgo de Flaubert y es sin duda la más importante incorporación de esa voz anónima –la de ese Dios que nunca se deja ver– en las historias que cuentan sus contemporáneos. Sin saberlo, Flaubert, gracias a su descubrimiento del silencioso e invisible narrador, produjo esa separación entre novela moderna y clásica, en la que reunió sin preverlo ni quererlo, a multitud de obras narrativas que, hasta entonces, no habían advertido que el narrador invisible reducía extraordinariamente la presencia de narradores en el espacio narrativo. Ésa fue la gran lección de Flaubert, y, por supuesto, la de trabajar con empeño fanático, como si la vida se le fuera en ello, en busca de aquella perfección que convertía al escritor en una suerte de apuntador de Dios, o en Dios mismo” (1). “Creo que es el novelista más importante de nuestra época, el que ha llegado a construir una realidad verbal más rica, más profunda, más original y también más actual en el sentido de que todas esas zonas silentes que hemos estado, o descubriendo o creando o añadiendo a la realidad en los últimos decenios y que han engendrado, para poder ser representadas en la literatura, nuevas técnicas, nuevos procedimientos, llegan, en el caso de Faulkner, a cristalizar de una manera totalizadora” (3). “La novela va evolucionando junto con la historia y los avances de la civilización. En el mundo moderno sabemos que hay una dimensión de nuestra personalidad que no controlamos, pero que está ahí y que guía de algún modo nuestra conducta: hay una interioridad fascinante. La novela moderna quiere llegar a expresar todas las dimensiones de la realidad” (2).

El género novelístico

“Creo que la novela, como género, tiende al exceso. Tiende a la proliferación. El argumento se desarrolla como un cáncer. Si el escritor sigue cada punta de la novela, ésta se convierte en una jungla. La ambición de contarlo todo es inherente al género. Aunque siempre he sentido que llega el momento en que uno tiene que matar la historia para que no siga indefinidamente, también creo que contar una historia es un intento de alcanzar la idea de la novela ‘total’” (6). “La novela es un género invasor, el más imperialista de los géneros, porque utiliza todos los otros géneros para sus fines y los integra dentro de una síntesis superior. La novela utiliza la poesía, utiliza el diálogo teatral, incorpora el ensayo” (6). “La novela es un género envenenado de humanidad. La imperfección es característica de lo humano; lo perfecto es sólo atributo de la Naturaleza o de Dios. De modo que una cierta dosis de imperfección es necesaria en una realidad que aspira a dar una imagen de lo humano, evidentemente. Pero hay otra cosa… no hay temas en sí mismos malos ni buenos. Todos los temas pueden ser malos o pueden ser buenos, eso no depende nunca del tema. Un personaje no llega a ser un gran personaje en sí mismo, ni una anécdota a ser fascinante por sí misma, sino, únicamente, por la escritura y la estructura en que esos temas, situaciones y personajes encarnan. Es la forma la que hace que un asunto sea totalmente convincente o que sea inverosímil” (8). “El narrador siempre es un personaje, en todas las novelas. Puede ser visible o invisible, pero el narrador es el personaje principal de toda novela. Hay alguien que cuenta lo que ocurrió y ese alguien nunca es el autor, sino una voz que inventa el autor. El autor se despersonaliza e inventa un personaje que narra. Puede ser un narrador personaje, un narrador omnisciente, pero siempre es un narrador inventado” (2). “Toda buena novela dice la verdad y toda mala novela miente. Porque ‘decir la verdad’ para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión y ‘mentir’ ser incapaz de lograr esa superchería. La novela es, pues, un género amoral, o, más bien, de una ética sui generis, para la cual verdad o mentira son conceptos exclusivamente estéticos” (4). “Pienso que la novela es sobre todo un género desinteresado, que es una representación verbal de la realidad que no persigue, que no puede perseguir una función de tipo pedagógico ni ejemplarizadora ni didáctica” (6). “Una novela lograda es una esforzada operación intelectual, el trabajo de un lenguaje y la invención de un orden narrativo, de una organización del tiempo, de unos movimientos, de una información y unos silencios de los que depende enteramente que una ficción será cierta o falsa, conmovedora o ridícula, seria o estúpida” (11). “Nada se ha inventado hasta ahora como la novela para mantener vivo el sueño de una sociedad mejor que ésta en que vivimos, en la que todos hallarían suficientes materiales para su felicidad, palabra que parece locura irreal en estos tiempos, y que, sin embargo, alimentó por siglos el anhelo de millones de seres humanos” (1).

Novela y realidad

“La novela está íntimamente ligada a aquello de lo cual es representación, que es la realidad” (6). “La novela nos permite entender una realidad que sin ella y otras instituciones culturales –la religión, las ideologías– sería para nosotros puramente caótica” (7). “La novela es una forma de contestación de la realidad” (3). “Las grandes novelas han tratado de abarcar siempre múltiples sectores de la realidad y múltiples experiencias: son grandes novelas por su calidad literaria pero también porque cuentan muchas cosas y narran muchas experiencias para retratar a un individuo entreverado con esa masa que es la sociedad” (2). “Una novela representa simultáneamente muchos más planos de la realidad, y la rebeldía profunda del creador no tiene que ser siempre de tipo social y político” (3). “Las buenas novelas nos enseñan a mirar la realidad de una manera más compleja. Las grandes novelas nos muestran que la pura apariencia no lo dice todo, que se trata de una superficie muy engañosa, y que para entender el mundo hay que indagar a fondo para descubrir los mecanismos detrás de las conductas, detrás de los hechos” (2).

El novelista

“Un novelista es un hombre con un estatuto social igual a los otros hombres, que padece las mismas miserias y que goza las mismas alegrías que otros hombres, y a la vez hay en él como otro hombre, siempre frío, siempre alerta, que acumula estas experiencias fríamente, las selecciona, deshecha algunas, almacena otras en la intimidad de la conciencia, y más tarde se sirve de ellas, las devuelve al mundo en forma de ficciones” (6). “La autobiografía más auténtica de un novelista son sus novelas. Creo que uno transpone enteramente su experiencia vital no sólo en lo anecdótico, los hechos que le ocurrieron, las personas que conoció, sino también toda su personalidad secreta, lo que fueron sus reacciones profundas frente a esas experiencias, en esas fantasías que son sus novelas” (7). “La novela es, para el novelista, una tentativa de recuperación o de exorcismo de una zona determinada de la realidad. El novelista sería una especie de rebelde que ignora los orígenes de esa rebeldía, un ser esclavizado a una insatisfacción, a una especie de solitaria, que se alimenta de él, que vive de él, de la cual trata de librarse, a la que trata de desalojar escribiendo, y que justamente a través de ese ejercicio se alimenta, se apodera de él y va tiranizándolo” (6). “Como todos los novelistas, yo trabajo con la memoria, porque allí se conservan imágenes que pasan a ser el punto de partida de una historia” (2). “Parece que al novelista el alimento que más le conviniera desde el punto de vista social, histórico, fuera la carroña. Las mejores novelas reflejan –creo yo– justamente sociedades que están por perecer. Es como si desde el punto de vista social e histórico las novelas surgieran a fin de recuperar, de salvar, de rescatar de la nada a esas realidades que van a morir, que van a desaparecer, que van a cambiar, de rescatarlas y también de exorcizarlas, porque justamente esas sociedades que ellas reflejan, que ellas muestran, son sociedades roídas por la descomposición, son sociedades enfermas, y las novelas son también, al mostrar ese mal, esas deficiencias, esos daños, esas lacras, como tentativas de exorcismos de esos mismos daños, de esas lacras y deficiencias” (6). “El novelista no elige sus temas; es elegido por ellos. Escribe sobre ciertos asuntos porque le ocurrieron ciertas cosas. En la elección del tema, la libertad de un escritor es relativa, acaso inexistente. Mi impresión es que la vida –palabra grande, ya lo sé– le inflige los temas a través de ciertas experiencias que dejan una marca en su conciencia o subconciencia, y que luego lo acosan para que se libere de ellas tornándolas historias” (10). “Creo que el novelista es ante todo aquél que no está satisfecho con la realidad, aquel hombre que tiene con el mundo una relación viciada. Un hombre que, por alguna razón, en determinado momento de su vida, ha sentido que surgía entre él y la realidad una especie de desacuerdo, de incompatibilidad” (6).

Escribir novelas

“Escribir una novela es una ceremonia parecida al striptease. Como la muchacha que, bajo impúdicos reflectores, se libera de sus ropas y muestra, uno a uno, sus encantos secretos, el novelista desnuda      también su intimidad en público a través de sus novelas. Pero, claro, hay diferencias. Lo que el novelista exhibe de sí mismo no son sus encantos secretos, como la desenvuelta muchacha, sino demonios que lo atormentan y obsesionan, la parte más fea de sí mismo: sus nostalgias, sus culpas, sus rencores. Otra diferencia es que en un striptease la muchacha está al principio vestida y al final desnuda. La trayectoria es inversa en el caso de la novela: al comienzo el novelista está desnudo y al final vestido. Las experiencias personales (vividas, soñadas, oídas, leídas) que fueron el estímulo primero para escribir la historia quedan maliciosamente disfrazadas durante el proceso de creación que, cuando la novela está terminada, nadie, a menudo ni el propio novelista, puede escuchar con facilidad ese corazón autobiográfico que fatalmente late en toda ficción. Escribir una novela es un striptease invertido y todos los novelistas son discretos exhibicionistas” (9). “Mi punto de partida para escribir una novela siempre ha sido una historia, o un personaje o una situación dada. Luego va saliendo la forma, que permite ver claro lo que se quiere contar. El gran trabajo creativo consiste en encontrar la forma que mejor permita aprovechar la anécdota, darle más relieves y más verosimilitud a los personajes y a las ocurrencias de la narración. La forma va surgiendo como una transpiración de la propia anécdota y al mismo tiempo me permite ver claro, porque nunca veo claro hasta que tengo una historia ya hecha” (2). “Una cosa es la novela proyectada y otra la novela realizada. Las novelas se escriben principalmente con obsesiones y no con convicciones, la contribución de lo irracional es, por lo menos, tan importante como la de lo racional en la hechura de una ficción” (9). “A la hora de escribir una novela la razón, la inteligencia, el conocimiento no son necesariamente el ingrediente principal. Otros factores espontáneos, irracionales, instintivos, intuitivos, pueden jugar un papel tan importante como la pura razón y muchas veces arrastrar a la racionalidad detrás de algo que viene de unas profundidades irracionales de la personalidad. Yo creo que se escriben novelas con la totalidad humana, con lo que uno sabe, con lo que uno conoce, con su razón, con su inteligencia, pero también con esos fondos oscuros de la personalidad de los que somos vagamente conscientes, que tenemos ahí abajo escondidos y que, a la hora de crear una historia, de pronto van como reflotando” (7). “En todas las novelas que he escrito hay siempre ese secreto que yo llamo el dato escondido. El dato siempre está ahí, pero como una ausencia que marca profundamente su entorno, que está más presente de lo que ocurriría si saliera a la luz. La novela siempre incluye datos escondidos porque es imposible contarlo todo” (2). “Para dotar a una novela de poder de persuasión es preciso contar su historia de modo que aproveche al máximo las vivencias implícitas en su anécdota y personajes y consiga transmitir al lector la ilusión de su autonomía respecto del mundo real en que se halla quien la lee. El poder de persuasión de una novela es mayor cuanto más independiente y soberana nos parece ésta, cuando todo lo que en ella acontece nos da la sensación de ocurrir en función de mecanismos internos de esa ficción y no por imposición arbitraria de una voluntad exterior. Cuando una novela nos da esa impresión de autosuficiencia, de haberse emancipado de la realidad real, de contener en sí misma todo lo que requiere para existir, ha alcanzado la máxima capacidad persuasiva” (10). “Una de las características de la novela moderna, de la novela de nuestro tiempo, es que la organización del tiempo no tiene por qué aparentar ser cronológica. Uno puede descomponer el tiempo y convertirlo en un espacio. Así como uno puede moverse en el espacio, también en la novela moderna se mueve en el tiempo: salta hacia episodios que van a ocurrir en el futuro, o regresa a episodios que ocurrieron en el pasado” (2). “Cuando uno termina una novela, siente un vacío, una nostalgia, y también una incomodidad, porque una novela a formar parte de la vida de uno, es una cosa que se integra enteramente a la existencia de uno. Y de pronto uno queda privado de eso. Supongo que le ocurre al alcohólico que deja de beber, o al drogadicto que deja de drogarse. Hay algo que era no un ingrediente, sino en verdad su vida entera, que de pronto le ha sido arrebatado” (5). “He vivido cada una de las novelas que he escrito como una aventura. Mientras investigaba iban surgiendo materiales muy ricos. Por eso me gusta mucho, cuando inicio una novela, empezar la investigación, porque sé que van a ir saliendo cosas que van a enriquecer muchísimo el proyecto inicial” (2). “Siempre he creído que escribir novelas ha sido, en mi caso, una manera de vivir las muchas vidas –las muchas aventuras– que hubiera querido tener, y no descarto que, en ese fondo oscuro donde se traman nuestros actos, fuera la tentación de la aventura, antes que ningún altruismo, lo que me empujara a la política profesional” (11).

Leer novelas

“Cuando leemos novelas no somos el que somos habitualmente, sino también los seres hechizos entre los cuales el novelista nos traslada. El traslado es una metamorfosis: el reducto asfixiante que es nuestra vida real se abre y salimos a ser otros, a vivir vicariamente experiencias que la ficción vuelve nuestras. Sueño lúcido, fantasía encarnada, la ficción nos completa, a nosotros, seres mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida y los deseos y fantasías de desear mil. Ese espacio entre nuestra vida real y los deseos y las fantasías que le exigen ser más rica y diversa es el que ocupan las ficciones” (4). “Las novelas que a mí me han fascinado han sido novelas que, más que entrar por la inteligencia, por el puro intelecto, por la pura razón, me han hechizado literalmente, es decir, se han convertido en historias que, de cierta forma, destruían toda la capacidad crítica en mí, y me hacían preguntarme: ‘¿Qué va a pasar? ¿Qué va a pasar?’ Este es el tipo de novela que a mí me gusta leer. Y éste es el tipo de novela que me gustaría escribir. Así, para mí es muy importante que todo el elemento intelectual, que es inevitable que haya en una novela, de alguna manera esté disuelto en episodios que deberían seducir al lector, no por sus ideas, sino por su color, por su sentimiento, por sus emociones, sus pasiones, por su novedad, por su carácter insólito, por el suspenso y el misterio que puede emanar de ellos. Para mí, la técnica de la novela es, fundamentalmente, conseguir eso, conseguir disminuir, y en lo posible eliminar, la distancia entre la historia y el lector. En ese sentido, creo que soy un escritor del siglo XIX. Para mí, la novela sigue siendo la novela de aventura, la novela que uno lee de ese modo especial, subyugado por la historia” (5). “Las novelas mienten –no pueden hacer otra cosa– pero ésa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse disimulada y encubierta, disfrazada de lo que no es. Dicho así, esto tiene el semblante de un galimatías. Pero, en realidad, se trata de algo muy sencillo. Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos –ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros– quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar –tramposamente– ese apetito, nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener.” (4). “¿Cómo puede una novela conmover esa historia que se hace cada día? Simplemente existiendo, llenando de aspiraciones y deseos a los lectores, inoculando en el ellos el virus de la ambición y la osadía fantástica de una visión mejor, o en todo caso distinta” (1).

LAS VOCES

(1). “Discurso de ingreso a la Academia Francesa”, en Un bárbaro en Paris. Textos sobre la cultura francesa, Random House, Bogotá, 2023.

(2) Conversación en Princeton con Rubén Gallo, Alfaguara, Random House, Bogotá, 2017.

(3) “Mario Vargas Llosa o la suplantación de Dios”, entrevista con Ernesto González Bermejo, en Cosas de escritores, Biblioteca De Marcha, Montevideo, 1971.

(4) La verdad de las mentiras, Seix Barral, Barcelona, 1990.

(5) Diálogo con Vargas Llosa de Ricardo A. Setti, Kosmos, Costa Rica, 1989.

(6) La novela, América Nueva, Buenos Aires, 1974.

(7) La literatura es mi venganza, Anagrama, Barcelona, 2014.

(8) El buitre y el ave fénix, conversaciones con Ricardo Cano Gaviria, Anagrama, Barcelona, 1972.

(9) Historia secreta de una novela, Tusquets, Barcelona, 1971.

(10) Cartas a un joven novelista, Random House, Bogotá,2024).

(11) El pez en el agua, Alfaguara, Madrid, 2005.