La narración oral de cuentos a los niños

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«El abuelo cuenta una historia» de Albert Anker.

Además de leerles cuentos a los niños, es importante no descuidar la narración oral de los mismos. Ya sean los padres de familia o los maestros hallarán en esta práctica de contar cuentos un excelente medio para fomentar el gusto por la lectura y desarrollar la fantasía de los más pequeños. Exploremos un poco en esta práctica de lectura que muchos consideran un arte de la palabra aunada a una escénica teatral.

Lo esencial es recordar que iniciar al niño en la narración de cuentos es un modo de hacerlo partícipe de la tradición oral. Mitos y leyendas, historias fantásticas y maravillosas son un legado que no podemos negarles a las nuevas generaciones, escudados en el deslumbramiento de “artefactos electrónicos” o en la curiosidad apabullante de la imagen. En los primeros años es fundamental que los niños y niñas escuchen historias, que se entretengan imaginando ambientes y personajes o se deleiten con los gestos y cambios de entonación de quien hace las veces de narrador de las historias. En esta perspectiva, contarle cuentos a quien empieza a formarse es abrirle la mente y el espíritu a “otra realidad” que es embrionaria de la facultad de ensoñación, la inteligencia creadora y la competencia narrativa.

Señalemos, además, que involucrar a los niños en la magia del relato oral les permite ir desarrollando la capacidad de escucha. Antes de atosigarlos de libros ilustrados o de juegos electrónicos, lo esencial es llevarlos, a través de los relatos narrados, a que concentren la atención para que no se pierdan los pormenores de una historia y a que descubran cómo el silencio crea un ambiente especial en donde puede desplegarse un mundo creado sólo con la fuerza gestante de la voz, con ese artilugio sonoro que seduce y solivia el cuerpo, y abre el corazón a las más hondas emociones. Lo primero, entonces, es crear en los niños el hábito de escuchar, de que se dejen habitar por la palabra oral que, como bien se sabe, es más cercana al mundo de la vida y al calor de la fraternidad de la tribu. Por lo demás, si los pequeños descubren que estar atentos y en silencio les permite compenetrarse con la historia contada, seguramente se formará una memoria narrativa que, en principio, servirá de referente cultural y, después, se convertirá en insumo para sus propias creaciones literarias. La escucha de cuentos hace que se consolide en la mente de los niños un sedimento imaginario tanto más consistente cuanto intencionadamente se haga.

Ahora bien, ¿de qué manera tendría que llevarse a cabo la narración de cuentos orales a los niños? En un texto pionero sobre este asunto, El arte de contar cuentos, la escritora norteamericana Sara Cone Bryant señalaba que la selección de los cuentos era la etapa preliminar. No sólo porque habría que tener presente la edad de los niños, sino por algunas características de las historias: la sencillez del relato, los elementos reiterativos y la rapidez en las acciones. Seleccionar un buen cuento según el grupo de edades –y hoy existen, afortunadamente, instituciones de fomento a la lectura y librerías especializadas en este campo, que son de gran ayuda– es lo básico. Por lo mismo, ni se puede proceder de afán o desconocer la experiencia de quienes han dado pistas bibliográficas de cuáles podrían ser los cuentos más “apropiados” para iniciar a los más pequeños en la escucha de la narración oral. Sara Cone Bryant decía que, por ejemplo, para los niños de tres a seis años el cuento de “Los tres cerditos” era una buena selección, entre otras cosas porque, “cada párrafo del relato era un acontecimiento, a cada momento sucedía algo y no había tiempo para explicaciones o descripciones pintorescas o sentimentales”.

Lo que sigue es la preparación y adaptación del cuento por parte del narrador. Este es un punto clave para lograr el mayor impacto en los más pequeños. Ello supone, como bien lo ha expuesto en su libro La aventura de oír la pedagoga en literatura infantil Ana Pelegrín, leer varias veces el cuento, ordenar mentalmente la progresión del mismo y escribir un guion argumental. La autora española recomienda visualizar los personajes y conferirles unas características; y, lo más importante, memorizar fórmulas verbales, al igual recuperar las onomatopeyas o elementos sonoros presentes en el cuento. El narrador oral tendrá que esforzarse por diferenciar vocalmente el narrador de los personajes, ensayar y grabarse, hasta hallar una diversidad dramática en su oralización. Lo medular de esta etapa es el dominio o apropiación del cuento y la “adaptación personal” por parte de quien lo va a narrar.

Con esas tareas previas entramos a un tercer momento: la narración oral del cuento. Ahora se trata de disponer un rito. Por lo general puede ser en semicírculo –cuando se está en la escuela– o destinar algún espacio de la casa habilitado para tal fin. Y hablo de rito porque supone determinar muy bien el tiempo, el ambiente, las acciones y los objetos que tengamos en mente. Ritualizar es tanto como sacar al niño de su rutina cotidiana para involucrarlo en otra dimensión lo suficientemente cautivadora o misteriosa. El narrador no puede estar muy alejado de los niños y tiene que, sólo con la magia de su voz y su cuerpo, lograr engancharlos o atrapar su atención. Contar cuentos es, en este sentido, una puesta en escena con el suficiente dramatismo o intensidad que evite interrumpir el relato para hacer observaciones disciplinares o mezclarlo con asuntos diferentes a la tensión de la historia. Esa puesta en escena demanda del narrador marcar ciertos desplazamientos según los cambios de acción presentes en el cuento o sacarle todo el provecho al gesto y la expresión no verbal para subrayar elementos sustanciales de la narración. En algunos casos serán las inflexiones de su voz las que marcarán el ritmo del cuento y, en otros, las pausas y silencios los que irán provocando la ansiedad y la curiosidad de los pequeños oyentes. Cuando el narrador oral cuenta una historia lo hace con su voz, con sus manos, con su mirada, con sus desplazamientos cuidadosamente pensados. El cuento se encarna en él y, gracias a esa puesta en escena, cobra vida frente a los ojos y los oídos de los niños.

Es apenas obvio que el narrador de cuentos, según las primeras sesiones de oralidad compartida, podrá evaluar su trabajo y corroborar aquellos aspectos en los que tuvo aciertos, omisiones o descubrir las posibles acciones de mejora. Los niños serán sus mejores evaluadores, en muchos sentidos: ¿fue acertada la elección del cuento?, ¿logró comunicar con claridad los tres momentos básicos de la historia: inicio, nudo y desenlace?, ¿se sintió creíble su puesta en escena o se percibió que el relato estaba cabalmente asimilado?, ¿logró la expresión verbal y no verbal estar acorde a las peripecias del relato?, ¿provocó emoción o generó expectativa en los pequeños oyentes? Varias de estas respuestas las obtendrá de manera inmediata a medida que va narrando el cuento y otras podrán recogerse del diálogo posterior con los niños o de la “resonancia narrativa” que ellos comparten de forma espontánea con sus compañeros de clase o con los miembros de la familia. Es decir, el narrador de cuentos irá –como lo hicieron todos sus antecesores a lo largo del tiempo– perfeccionando sus habilidades expresivas y escénicas, sus técnicas de oralización, al igual que una perspicacia de observación e interacción para saber cómo involucrar a sus oyentes o mover los mecanismos narrativos que conduzcan a provocar los mejores efectos. En todo caso, el buen narrador de cuentos, al decir de la promotora de lectura argentina Alicia Barberis en su libro Viaje hacia los cuentos, “debe tener la suficiente confianza en sí mismo para intentarlo sin temor al ridículo o al fracaso… y debe poner la pasión necesaria para hacer vibrar a un auditorio”.

Por lo dicho hasta aquí, espero haber ofrecido razones y elementos suficientes para darle el valor que merece la narración de cuentos orales a los más pequeños. Esta labor es fundamental en la crianza y hace las veces de otro seno que nutre las semillas de la fantasía y pone en consonancia el mundo literario del pasado con el despertar imaginario de las nuevas generaciones. Antes de leerles cuentos a los niños es fundamental que vivan la magia oral del narrador de historias; antes de leerles e invitarlos a escribir relatos, es necesario despertar en ellos el sentido de la escucha y, con esa disposición para oír con atención, saborear el rumor de la palabra que los vincula afectivamente con sus semejantes y es el mejor puente hacia lo onírico y lo maravilloso.

Bibliografía básica

Sara Cone Bryant: El arte de contar cuentos, Nova Terra, Barcelona, 1967.

Ana Pelegrín: La aventura de oír. Cuentos y memoria de tradición oral, Cincel, Madrid, 1984.

Alicia Barberis: Viaje hacia los cuentos, El arte de Contar cuentos a los niños, Colihue, Buenos Aires, 2013.

Elena Fortún: El arte de contar cuentos a los niños, Espuela de Plata, Sevilla, 2008.

Daniel Mato, Cómo contar cuentos, Monte Ávila, Caracas, 1994.

Eduardo Robles Boza: El arte de contar cuentos. Metodología de la narración oral, Trillas, México, 2012.

El riesgo de aferrarse obcecadamente a las creencias

Ilustración de Pawel Kuczynski.

De cara a la llamada “polarización” política en nuestro país y de las continuas agresiones y conflictos provocados por el fanatismo o los extremismos ideológicos, he vuelto a meditar sobre el papel de las creencias en la vida cotidiana y del uso tendencioso que hacen las redes sociales para exacerbar las pasiones.

Un primer aspecto a dilucidar –olvidado con facilidad– es que la creencia reconoce como verdadera o le concede toda validez a una opinión que no ha sido comprobada ni verificada. El conocimiento de la creencia es superficial, basado en ideas comunes, en prejuicios o en impresiones de esas que Francis Bacon agrupaba bajo la denominación de “los ídolos de la caverna”. Y por proceder de esta manera, por moverse sobre nociones o impresiones, la creencia es proclive a exagerar, a inventar o a echar mano de la imaginación y la fantasía. Si no fuera así, no existirían las leyendas y los mitos. Pero una cosa es el papel loable de las creencias en el mundo de la ficción, y, otra, bien diferente, el proceder de las creencias cuando se trata de las ideologías, especialmente políticas. En este caso, se vuelven un terreno fértil para la demagogia, el odio al contradictor y para azuzar las pasiones masivas. Los partidos políticos saben que los extremismos, la calumnia, la mentira, son buena semilla para el terreno de las creencias; y porque conocen esa parcela de “verdades no discutibles” utilizan formas y medios masivos para convertirlas en punta de lanza de la opinión pública.

De otra parte, las creencias son ideas infundadas o, por lo menos, “transmitidas” por otros, ya sean familiares, educadores, medios masivos de información o “influenciadores” de todo tipo. En esta perspectiva, las creencias son aceptadas por una adhesión afectiva, de autoridad o de fe. Y dependiendo de quién sea la “fuente” o “iniciador” en determinadas creencias así será su profundidad, el grado de confiabilidad o el tipo de adhesión establecida. Dicho de otra manera: no nacemos con creencias, sino que, dependiendo del tipo de crianza, educación y socialización, se va conformando o consolidando una constelación de ideas consideradas como ciertas, sin prueba de verificación y que, de forma inconsciente, adoptamos como propias.   

Por supuesto, las creencias parten de una confianza en otros, de cierto asentimiento a lo que alguien a bien tiene enseñarnos, contarnos o informarnos. En este sentido, asumir ciertas creencias es poner nuestra mente o nuestro espíritu en actitud de “fidelidad” o “afiliación” a esa persona, credo, ideología o partido que ha servido de emisor o semilla de unas ideas. De allí por qué, especialmente en el espacio religioso, las creencias se identifiquen con la fe o con la aceptación de “dogmas” incuestionables. La “devoción” o entrega irreflexiva a un líder, minimiza sus errores o, lo que resulta más grave, para cualquier espacio de convivencia social, convierte sus consignas en mandatos inapelables, en órdenes de conducta ciega o desaforada. La consecuencia, desde luego, es la irritación de los ánimos y la obcecación de la mente: los que no comparten las mismas creencias se convierten en adversarios sospechosos, en enemigos acérrimos o en personas destinadas al menosprecio, el ultraje o la flagrante indignidad.

Salta a la vista que tener algunas creencias es apenas necesario para darle sentido al mundo que vivimos y hacernos una representación “posible” de la realidad. Si no confiáramos en una constelación de ideas consideradas como ciertas difícilmente podríamos compartir una vida social, establecer relaciones afectivas o comerciales de largo aliento, aliarnos para avizorar proyectos y fraguar utopías, o consolidar un repertorio de convicciones personales que terminan transformándose en rasgos distintivos de nuestra identidad. Ese no es el problema con las creencias. Lo complicado empieza cuando dotamos a esas creencias de los atributos de la verdad absoluta o las convertimos en banderas dogmáticas, extremistas y sectarias. La dificultad es teñir esas creencias con el tinte del fanatismo, y convertirnos en “idiotas útiles” de intereses ajenos o en crédulos defensores de amañadas percepciones. Porque, así estemos ahítos de convencimiento de nuestras creencias –y más aún si se refieren a tendencias políticas–, no podemos perder el espíritu de sospecha sobre lo que nos dicen o nos cuentan los medios masivos de información, sobre los mensajes incendiarios de las redes sociales, sobre el chisme tendencioso del colega de trabajo. Si perdemos el filtro de la “lectura crítica” a los mensajes circulantes, si nos ponemos la venda del idólatra intolerante perderemos la capacidad de análisis, la posibilidad de ver los matices de la realidad y la oportunidad de descubrir fisuras o falencias en nuestras creencias más arraigadas.

Aferrarse obstinadamente a unas creencias, volverlas un pasaporte para integrarse o segregar a otros, termina siendo una gran limitación para cualquier persona. No es bueno para los seres humanos reducir su mente a la burbuja de unas pocas ideas consideradas como verdades incontrovertibles. La historia misma nos ha dado pruebas de cómo determinadas creencias dadas por ciertas en un momento fueron consideradas después flagrantes errores, y nos ha mostrado también las consecuencias que ha tenido para la humanidad querer imponerlas a la fuerza o mediante la estigmatización o el exterminio. Las creencias necesitan escrutinio permanente; no podemos dejar que ellas aniden acríticamente en nuestro corazón. Y si en verdad nos interesa abogar por una sociedad más inclusiva, más participativa y democrática, con mayor razón tendremos que aceptar la provisionalidad de nuestras creencias, su fisonomía sesgada y su frágil consistencia argumentativa.

No debemos olvidarlo: las creencias son ideas o pensamientos que asumimos como verdaderas, pero que no lo son, o parecen serlo parcialmente. En consecuencia, ni debemos darles total crédito, ni esparcirlas por las redes sociales como anatemas llenos de odio, ni sucumbir a la propaganda que de ellas hacen los políticos ladinos y los embaucadores de conciencias incautas e insensatas.

La Chuchumeca

«Alegoría del invierno» de Remedios Varo.

Cuando Catalina era niña, niña y de cachumbos, escuchó hablar a su madre de La Chuchumeca:

—Algún día la conocerás —le dijo, mientras le peinaba su largo cabello ondulado.

—¿En cuánto tiempo?, mamá —preguntó intrigada Catalina.

—En muchos años, mi amor, en muchos años vendrá a visitarte.

A la niña le intrigó aquella respuesta de su madre Hermelinda. Pero a pesar de preguntarle en varias ocasiones por el mismo asunto, todas las veces obtuvo la misma respuesta:

—Con los años podrás conocerla.

Quizá porque siempre andaba ocupada recogiendo los huevos, desgranando el maíz, trayendo astillas para prender el fogón en las mañanas, dándole de comer a los marranos, atendiendo los mandados que le pedía su madre o estudiando de memoria las lecciones que le ponía la profesora Beatriz en la escuela, a Catalina se le fue olvidando conocer a La Chuchumeca.

Después pasó el tiempo, Catalina dejó de ser una niña, se convirtió en una mujer de manos diligentes, abrió su corazón al amor y se casó de blanco. Fue madre muy joven, supo mantener durante varios años un humilde hogar y, de manera inesperada, por el miedo a los bandoleros, tuvo que huir con Bonifacio, su marido, a la ciudad capital dejando atrás sus más queridos recuerdos.

No resultó fácil para Catalina adaptarse a la gran ciudad. Sin embargo, amparada en el amor de Bonifacio y de su hijo Israel, logró mantener viva la alegría en su pecho y conservar la tenacidad necesaria para enfrentar las dificultades cotidianas.

Una noche de frío intenso, recostada al lado de su esposo, sin saber bien por qué, Catalina recordó a La Chuchumeca. Le sorprendió escuchar una respuesta parecida a la que le dio su madre años atrás:

—Lo que yo sé es que cuando uno menos lo espera, ella viene a visitarlo.

—¿Y tú la conoces? —le preguntó Catalina a Bonifacio.

—Todavía no, pero sé que la voy a conocer.

Después se abrazaron, como lo venían haciendo durante muchos años, y subieron el volumen de un pequeño radio para escuchar uno de los programas musicales que transmitían los domingos hacia las seis de la tarde.

Catalina logró con su marido mantener durante largo tiempo un pequeño negocio de panadería y, tras una larga peregrinación de inquilinatos, pudo celebrar en familia la posesión de un techo propio. Su corazón se llenó de mucha alegría cuando Israel se hizo profesional y consiguió un empleo. Todo parecía ir muy bien hasta que una enfermedad le arrebató a su querido Bonifacio. Fueron años difíciles, pero, refugiada en el amor de su hijo y fortalecida por sus oraciones diarias, Catalina siguió adelante con su vida, centrada en el cuidado de Israel y las labores de su casa.

Una tarde de mayo, mientras se tomaba un chocolate caliente, oyó que alguien timbraba en la puerta de su casa. Cuando fue a levantarse sintió un dolor fuerte en las rodillas que, solo hasta ahora le engatillaban las piernas. Pasados unos segundos, se sobó con sus manos ambas rodillas y fue hasta el portón.

Al abrir la puerta descubrió que no había nadie. Catalina pensó que debía ser alguna broma de los niños de un colegio cercano que oprimían el timbre y salían corriendo.

Esa noche, cuando Israel llegó de trabajar le contó que le habían estado doliendo fuerte las rodillas. Y que ella se había estado aplicando un ungüento para mitigar el dolor.

—Mamá, esos son los años —dijo su hijo—. No en vano ya vas a cumplir los ochenta.

—Debe ser, hijo, pero lo raro es que antes no me dolían.

Como sucedía en los últimos años, compartieron la comida y, luego, cada uno se fue a dormir en su habitación. Catalina se puso una pijama azul de estrellas y se acomodó lo mejor que pudo en su colchón. El dolor en las rodillas la acompañó toda la noche.

Al otro día, cuando su hijo vino a despertarla antes de irse a su trabajo, le refirió que no había pasado buena noche y que tenía un desaliento en todo el cuerpo.

—Ay, mamá, —respondió su hijo—, si sigues así hay que ir al médico.

—Eso se me pasa durante el día —fue la respuesta de Catalina, mientras recibía el beso de Israel.

Durante toda esa semana, y las que siguieron, los dolores en las articulaciones ocuparon la atención de Catalina. Justo un jueves, mientras terminaba de preparar el almuerzo, escuchó el timbre a la entrada de su casa. Dejó lo que estaba haciendo y fue hasta el portón. Abrió la puerta y no halló a nadie. Se lamentó de haber caído de nuevo en la trampa de algún chiquillo travieso y volvió a su cocina. Extrañamente se sintió fatigada, como si el aire le fuera esquivo a sus pulmones. Se sentó por unos momentos en un asiento puesto al lado de la estufa y recuperó las fuerzas.

A la mitad de la tarde, después de subir con dificultad las escaleras hacia el segundo piso, quiso llamar a una de sus hermanas, pero, extrañamente, olvidó el número del teléfono. Por más que lo intentó los números no venían a su memoria; entonces buscó una pequeña libreta y allí encontró escrito el teléfono de Helenita. Apenas la hermana contestó, Catalina le contó lo del olvido de ese número que había marcado muchas veces.

—Eso es normal con la edad que ya tienes —le respondió su hermana—; hay que tener paciencia y resignación.

Sin saber bien por qué, en ese instante Catalina recordó a Hermelinda, y esta súbita rememoración la llevó a formularle una pregunta a su hermana, quien era menor cinco años.

—¿A ti ya te visitó La Chuchumeca?

—No, señora. Pero según decía nuestra madre, tarde que temprano me visitará.

Las dos hermanas hablaron de sus hijos y de las vicisitudes cotidianas, evocaron anécdotas de su pasado y de las preocupaciones que las atormentaban. Catalina terminó la llamada y se refugió en el rezo del rosario con absoluta devoción. A pesar de su optimismo para enfrentar la vida, se sintió nostálgica.

Esa noche, después de compartir con su hijo la comida, de dialogar con él sobre sus achaques, de frotarse un gel calmante en las rodillas y en la cintura, y de contarle mentalmente a Bonifacio, su difunto esposo, los pormenores de aquel día, pudo dormir unas horas. El sueño que tuvo se convirtió poco a poco en pesadilla:

Se vio a sí misma de niña, subida en la cúspide del Cerro Colorado, mirando en lejanía un humo denso que venía serpenteando por la base de las montañas de Lomalarga. Después, como si fuera en un vuelo mágico, pudo verse en uno de los apartamentos en arriendo que compartió con su marido y su hijo, mirando por la ventana esa misma niebla gris que parecía aposentarse agazapada en las calles vecinas. Luego, en un rápido desplazamiento, se trasladó a su casa, la que ahora habitaba, y comprobó que toda la pared de la fachada, especialmente el portón, estaba copada por ese humo denso, de una tonalidad ceniza. Sintió que debía subir a refugiarse en su alcoba, pero el ahogo y las piernas no le obedecían… en ese momento entró Israel a despertarla. El hijo abrió las cortinas y el sol iluminó la habitación.

—Ese humo no podía pararlo, no podía pararlo —le comentó agitada a Israel— Se metía por debajo del portón, y yo veía cómo seguía avanzando hacia el comedor y la cocina y empezaba a subir por las escaleras…

—Debió ser algo que te cayó mal —respondió el hijo—. Recuerda que no debes comer nada después de las seis y media de la tarde.

—Y el humo me ahogaba y se me metía en los ojos como si fuera una catarata… una cosa horrible, horrible.

Israel se acercó a la cabecera de la cama de Catalina, le dio un beso en la frente y le puso un cojín que le sirviera de soporte para recostarse.

—Como te he visto últimamente renqueando un poco te compré un bastón para que te ayudes a caminar.

—Gracias, hijo, gracias.

La reverberación del sueño le duró buena parte de la mañana. Desayunó algo ligero y ensayó durante un buen tiempo caminar con el bastón negro que le había comprado el hijo. Se sintió algo extraña moviéndose de esa manera. Ese día fue consciente de que la fatiga era más constante. Sin embargo, sobreponiéndose a esas dolencias empezó a preparar el almuerzo. Casi al medio día volvió a escuchar el timbre en la puerta de su casa. Adivinó que seguramente era una broma e hizo caso omiso del sonido repetitivo. Pasados unos minutos el timbre volvió a inundar buena parte del pasadizo del primer piso. Catalina pensó que, de pronto, era la persona de la energía que mensualmente pasaba a mirar el contador de la luz y prefirió encaminarse hacia el portón. Apoyada en su bastón abrió la puerta. Un chiquillo de ojos vivos estaba justo en ese instante intentando otra vez oprimir el timbre. Catalina lo interpeló de manera severa:

—¡Deje de molestar!, coja oficio.

El niño, sonriente, le lanzó una respuesta mientras salía corriendo a toda prisa:

—¡Vieja Chuchumeca!

Las ideas-fuerza, una fructífera estrategia de lectura

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«Mujer leyendo» de Pablo Picasso.

En algunos de mis libros y en materiales didácticos para cursos y seminarios sobre prácticas de lectura he propuesto trabajar con ideas-fuerza. Dada la potencialidad de este recurso, me ha parecido bien, en esta ocasión, explicar detalladamente de qué se trata y mostrar sus bondades en un proceso de comprensión lectora o para la crítica de textos escritos.

Lo primero que debemos recordar y evaluar es una práctica de lectura –muy utilizada en los colegios– que aboga por encontrar en un texto tanto las ideas principales como las ideas secundarias. Y si bien esto se puede lograr después de haber leído y releído todo un texto, no resulta fácil identificar cuál es una u otra a medida que se va leyendo. Esa es, precisamente, la mayor debilidad de este modo de ir desentrañando los textos. De otra parte, es obvio que, para saber discriminar las ideas principales de las secundarias, se requiere cierta perspicacia o por lo menos una experiencia validada en tal modo de abordar un documento escrito.

Para responder a este modo habitual de comprender los textos es que nace la apuesta por las ideas-fuerza. Es decir, de reconocer en lo que vamos leyendo ideas (no palabras) que nos llaman la atención, ya sea porque nos identificamos con sus planteamientos, porque nos generan inquietudes o porque estamos en desacuerdo con lo que allí se enuncia. En este sentido, las ideas fuerza son una modalidad del subrayado, pero sin determinar una jerarquía estructural o captar una organización de subordinación. Se trata más bien de ir adentrándonos en el texto subrayando apartados con sentido completo que interpelan nuestro ojo lector, ponen en movimiento nuestro pensamiento, nos invitan a reflexionar o conmueven nuestra sensibilidad. Precisamente por eso tienen el calificativo de “fuerza”, porque rompen la pasividad mecánica del ojo, y exigen recuperar el dinamismo del entendimiento, la participación activa del lector con el texto. Son ideas-fuerza porque nos inducen a interactuar con ellas, a responder de alguna manera, a superar la condición de pasivos leedores.

Si bien estas ideas-fuerza pueden identificarse con un color, la experiencia nos va ayudando a entender que usar varias tonalidades tiene más potencialidades en un proceso de comprensión lectora. Lo importante es que logremos darle un relieve a la superficie plana del texto. Sabemos que el territorio de los textos no es uniforme: a la par que uno va leyendo se encuentra con diferentes cosas, hay ideas que se reiteran, otras que se mutan, se derivan o se entrecruzan. Entonces, poco a poco se necesitan colores diferentes para atrapar las metamorfosis de las ideas. Advierto que este modo de subrayar ideas-fuerza con dos o más colores, es algo que se va adquiriendo en la medida que trabajamos con los textos, en que dejamos de ser espectadores de una información, y nos convertimos en receptores antagonistas de un mensaje.

Una bondad de esta estrategia de lectura, y que resulta muy valiosa en la formación de lectores, es la de permitir expresar las marcas significativas entrevistas por determinada persona; es decir, cada quien subraya las ideas fuerza que estén más cercanas a su historia personal, a su mundo intelectual, a su radio de interés. No hay un repertorio de ideas ya establecidas a las cuales deberían llegar todos los lectores. Cada quien irá repujando apartados del texto que luego, en el diálogo con los compañeros de clase o a partir de las ideas fuerza destacadas por el profesor, podrá descubrir si son coincidentes, divergentes o discrepantes de la mayoría. Desde esta perspectiva, las ideas-fuerza favorecen el diálogo, el debate, el foro, y todas las llamadas “hablas plurales”. Más que buscar la unanimidad, las ideas-fuerza anhelan que la conversación en clase se movilice desde las propias marcas, desde un lugar personal que dice “este apartado es importante para mí”, y luego, en la exposición compartida, se sabrán las razones de tal selección textual. Seguramente, sobre varias de esas ideas habrá puntos en común, pero en otras, se podrá notar cómo la perspicacia en ver los detalles, la atención vigilante y la exposición frecuente a los textos ofrecerá subrayados no por todos vistos o considerados relevantes.

Por supuesto que al tener las ideas-fuerza ubicadas, al contar con esa evidencia, se podrán hacer diferentes ordenaciones y jerarquías: desde el simple listado (que dará pie a constatar las reiteraciones del autor) hasta los racimos asociativos o los mapas de ideas. Ahora sí, mediante el análisis de dichas ideas-fuerza –que provienen del texto en su totalidad– se sabrá cuáles son ideas realmente vertebrales y cuáles secundarias o no tan sustanciales. Las ideas-fuerza, en esta perspectiva, son un grupo de frases subrayadas por el lector que, al mirarlas en conjunto, permiten valorar o tener elementos confiables de juicio crítico sobre el contenido de un texto.

Las ideas-fuerza pueden servir de dispositivo didáctico para que el docente inicie la entrada a un texto, desmontando párrafo a párrafo con sus estudiantes la comprensión del mismo; contribuyen a mostrar colectivamente la riqueza de significados, las complejidades de la interpretación.  De igual modo, las ideas fuerza son muy útiles en el “trabajo previo de lectura” para luego, en pequeños grupos de una clase, compartirse, discutirse, o generar acuerdos enfocados a presentarse en una plenaria. Otro tanto cabe decir del uso de las ideas-fuerza para el trabajo de “reconstrucción sintética” al cerrar una temática o el abordaje de un documento. Bien sea como actividad preliminar, como “subrayados personales” para la discusión o como producto de una sesión de aula, las ideas-fuerza ofrecen prolíficos resultados.

De igual manera, emplear el recurso de las ideas-fuerza resulta provechoso para otra estrategia –esta vez de escritura– que he venido promoviendo y desarrollando durante varios años. Me refiero al uso del contrapunto. En este caso, las ideas-fuerza hacen las veces de motivo o detonante para provocar la amplificación, la disminución, la réplica, la transposición, la derivación, el contraste o el análisis. Las ideas-fuerza sirven de germen, de acicate, para que el lector de un paso más allá y se atreva a escribir algo sobre lo que acaba de subrayar en un texto. Las ideas-fuerza merman el miedo o la incertidumbre a no saber por dónde o sobre qué escribir, especialmente cuando se trata de elaborar documentos expositivos o argumentativos. Por el contrario, con un repertorio de ideas-fuerza será más fácil entrar en interlocución con un texto y, desde esas piedras de toque, hallar la chispa para redactar un comentario o un ensayo.

Como puede colegirse de lo dicho, la estrategia de lectura de las ideas-fuerza posibilita adentrarse en la médula de los textos. Invita a mantener un trato activo con aquello que leemos y a aprender a foguearnos con ideas ajenas. Pero, sobre todo, son un antídoto contra esas prácticas de lectura superficiales que terminan en la opinión gratuita y en la divagación sin referencias ancladas a determinado documento.

El vulnerable y olvidado peatón

“¿Respetamos y defendemos la zona sagrada de los peatones?” Fotografía de Olmo Calvo.

“El tacto de la ciudad es percibido por los pies”.

Ezequiel Martínez Estrada

 

Para todos aquellos que disfrutamos caminar, o para quienes no hemos perdido la curiosidad por indagar en los vericuetos de la ciudad donde vivimos, cada día notamos que los espacios disponibles para desplazarnos resultan más reducidos, invadidos o accidentados. Reflexionar, entonces, sobre la suerte del peatón parece no solo necesario, sino esencial en una defensa del transeúnte.

Si bien todas las políticas públicas de movilidad, expresada en documentos y materiales de divulgación, afirman que el peatón es lo más importante –lo que hay que cuidar a toda costa–, lo cierto es que es un actor secundario. El transeúnte, por ejemplo, debió ceder el espacio sagrado del andén a los ciclistas, a los patinadores e incluso a los motociclistas. Y ni qué decir de toda la economía informal que, sin ninguna regulación, se fue asentando en las aceras, copando las zonas de movilidad o dejando apenas un pequeño intersticio para desplazarse. O, para agravar la situación, la cantidad de automóviles que convirtieron los andenes en zona libre de parqueo, obligando al peatón a transitar por las congestionadas calles y avenidas. Todo ello muestra que el transeúnte, el paseante, más que ser un actor importante dentro de la movilidad urbana, se ha vuelto una persona secundaria, sin pocos derechos y altamente vulnerable.

Andenes rotos, baldosas “escupidoras” quebradas, medidores de agua robados que dejan un hueco para luxarse un pie, pavimentación irregular o inexistente por doquier… En suma, un descuido del mantenimiento de los andenes, un abandono de la “malla vial” del peatón, tanto más lamentable cuanto pasan los meses y los años y no hay ninguna intervención para mejorarla. A ninguna autoridad le importa o consideran que ese es un asunto menor frente a la renovación de la señalización de las ciclorrutas o la repavimentación de una avenida. Por lo demás, cada dueño de un local hace intervenciones según su antojo: sube el nivel del andén, se inventa obstáculos, amplía los límites de su negocio para ganar algunas mesas adicionales, rompe el pavimento para determinada intervención de gas o agua sin preocuparse por resanarlo o dejarlo como estaba. No resulta fácil para un peatón –y más si tiene una alguna incapacidad física– mantener la continuidad en sus desplazamientos, porque además de sortear en los andenes este paisaje lamentable de baches, obstáculos diversos, y bolardos de diverso tamaño, tiene que eludir caballetes publicitarios, paraderos de motos de domiciliarios y bicicletas encadenadas a postes de la luz.

Igual situación acontece con las llamadas “calles peatonales” que, originariamente, fueron diseñadas para que el caminante pudiera estar a sus anchas. Basta que se habilite un espacio como estos, libre de carros, para que se empiece a llenar de “mercados de las pulgas”, exhibición de cuanto cachivache se quiera, y ventas de todo tipo de alimentos. De nuevo, la indefensión del peatón es evidente. Nadie quiere asumir el “costo político” de regular, ordenar o liberar las zonas de tránsito pleno para el peatón. Todos los funcionarios o las autoridades competentes prefieren dejar que este mercado persa se multiplique, trayendo consigo la basura por doquier, el olor de orines, la contaminación auditiva y la presencia de viciosos que usan el andén como dormitorio. Al peatón le toca saltar, esquivar, zigzaguear, apurar el paso, manteniendo el ojo avizor y la vigilancia en cada instante.

Parte de esta mirada subvalorada del peatón tiene que ver con el culto al automóvil y, por supuesto, con buscar mejores vías para los motorizados. Es común ver cómo se angostan los andenes para darle mayor espacio a los vehículos o, lo más indignante, cómo se ha ido legitimando que los andenes son para parquear los automotores. Los dueños o inquilinos de cada casa o negocio consideran que también son dueños del pedazo de andén y, en esa medida, se adueñan de esos metros, pasando por alto que están infringiendo una norma del código nacional de tránsito. La acera es para el peatón y no para los vehículos. Pero, como el carro está cargado de esa “aura” de poder o de “importancia” social, entonces se volvió costumbre adueñarse de un espacio público que es de todos los ciudadanos y no de una persona en particular. Estoy convencido de que la sobrevaloración del vehículo sobre el peatón es uno de los indicadores de la baja cultura ciudadana y un ejemplo flagrante de cómo la sobrevaloración del automóvil ha ido relegando el respeto a las personas.

Las políticas sobre el espacio público, las medidas que se tomen, deberían incluir en serio la voz del peatón. Tendríamos que sumar ideas y esfuerzos para fortalecer las asociaciones y federaciones –porque las hay– para el beneficio de los transeúntes y caminantes de nuestras ciudades. Y así como se divulgan con gran despliegue en medios masivos campañas para la movilidad de carros y bicicletas, de motos y patinetas, de igual manera tendrían que ser prioritarias las iniciativas y programas para el bienestar y movilidad del peatón. Subrayo uno de los principios de la Federación internacional de peatones: “caminar es una opción atractiva y complementaria del transporte motorizado”. Desde luego, esto no sólo les compete a las autoridades gubernamentales, a los urbanistas y constructores, sino a cada ciudadano. Somos corresponsables de un “espacio físico saludable” en nuestras ciudades: evitar sacar y botar la basura en los días no estipulados, prohibirse tirar los escombros en las esquinas, dejar de estacionar en los andenes, sustraerse de poner mesas, estanterías comerciales o piezas publicitarias en el pórtico de los negocios, abstenerse de construir rampas u obstáculos en las aceras…, cada una de estas pequeñas acciones contribuye a garantizarles a los caminantes un continuo y mejor desplazamiento y hace realidad otro aspecto sensible de la convivencia ciudadana.

Abogar por el peatón y sus derechos es también una manera de elogiar el desplazamiento a pie y el acto mismo de caminar. Los beneficios para la salud física y mental son de todos conocidos. Andar a pie rompe la costra del sedentarismo, nos hace conscientes de realidades y situaciones sociales que difícilmente son perceptibles desde el asiento de un automóvil, deja abiertas las puertas para los reencuentros personales. En esta época de encerramiento frente a una pantalla de computador y obsesión por el celular, cuánto necesitamos salir de nuestros cuartos, propiciar el diálogo fraterno y “habitar” la ciudad en la que residimos. Caminar habitualmente es un excelente ejercicio cardiovascular, un estímulo al discurrir del pensamiento, un aporte personal para mermar la contaminación ambiental y un modo de vivir cotidianamente la sorpresa de la aventura.