Vargas Llosa y el oficio de escribir

Vargas Llosa en Barcelona, 1970. Fotografía de Alberto Viñals Gisbert.

Sigo creyendo que el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor es leer o releer su obra. Así que, para no caer en la banalidad periodística que todo lo reduce a chisme farandulero, he decidido hacerle un reconocimiento a Vargas Llosa revisando varias de las entrevistas que él concedió a lo largo de su vida.  Me valdré para ello de los diálogos que sostuvo el autor peruano, en diferente época, con periodistas, críticos y escritores como Günter Lorenz (Diálogo con Latinoamérica), Ricardo Cano Gaviria (El buitre y el ave fénix), Ricardo Setti (Confesiones de escritores, The Paris Review) y Joumana Haddad (En busca de los ladrones del fuego). Recogeré, entonces, algunas de sus respuestas enfocadas en el oficio de escribir, asunto sobre el cual Vargas Llosa no sólo habló con amplitud, sino que profundizó en varios seminarios, conversatorios y libros puntuales, como, por ejemplo, Cartas a un joven novelista. Rindámosle, entonces, este pequeño homenaje a uno de los grandes escritores latinoamericanos leyendo con atención sus lúcidas declaraciones, dichas en tono testimonial y con el ritmo propio de la conversación.

Empecemos desde el principio, ¿el pequeño Mario soñaba con ser escritor de mayor?

El pequeño Mario era sobre todo un lector ávido, como todos los escritores, supongo. Para mí, aprender a leer fue el mejor regalo de mi vida. Recuerdo que entonces tenía cinco años, y este hecho cambió el mundo que me rodeaba de una manera tan radical que creo que mi “vocación”, o mi talento literario, nació en aquel momento crucial. Su chispa original fue la felicidad que me otorgó devorar los libros de mi infancia, la etapa de los grandes descubrimientos. De hecho, comencé a escribir de forma casi espontánea en una etapa posterior, cuando todavía era adolescente. Pero fue al entrar en la universidad cuando fui “consciente” de que a la literatura era a lo que quería dedicarme en la vida. Porque de adolescente, en un país como el mío, Perú, no es concebible soñar con ser sólo escritor, sino que había que pensar especialmente en cómo ganarse la vida, porque escribir “no da de comer”. Así que estudié literatura y derecho al mismo tiempo. Aunque, a los diecisiete o dieciocho años, ya había decidido y comprendido que escribir era mi vida.

Podrías decirme ¿por qué y con qué objetivo escribes?

Yo creo que si alguien supiera por qué escribe, entonces no sería escritor. Pienso que en la base de esta vocación hay un esfuerzo, en cierta forma un esfuerzo ridículo, de crear pensamientos, realidades y verdades, es decir, crear con palabras algo semejante, equivalente a esa cosa tan vasta, tan múltiple, tan rica como es la realidad. ¿Por qué se empeña un hombre en producir más vida de la que hay? Tal vez porque la vida no es suficiente para él, porque la realidad no le basta. En otras palabras, porque esa realidad no le satisface, no lo deja conforme. Creo que si uno escribe no está conforme con la realidad; y si intenta crear verdades y realidades lo hace porque no acepta la realidad real. Y su voluntad de crear realidades ficticias es un acto de rebelión, el testimonio de un desacuerdo profundo con el mundo. Esa es, creo yo, la razón de la vocación literaria: rebelión a la realidad, al mundo.

¿A qué te refieres cuando hablas de esa “realidad” contra la que se rebela la vocación del escritor?

Escribir es una manera de negar el mundo, el mundo tal como el escritor lo siente o lo ve. Ahora bien, ¿por qué el escritor es un rebelde? Yo creo que él no lo sabe, porque si supiera la causa de su rebelión la traduciría en actos más directos que el escribir libros, que en última instancia son actos indirectos, una forma de no-acción, de reacción, tan solitarios que casi no significan una acción para el escritor. La dificultad para el escritor reside en que le es desconocida la raíz de su malestar frente al mundo. Y así el escribir es para él un método de indagar y aclarar ante sí mismo las causas y la naturaleza de ese malestar frente al mundo. Trata de explicarse a sí mismo el porqué de esa relación viciada con la realidad. Yo creo que ese es el origen de la vocación literaria, naturalmente expresada muy en general. Es un desacuerdo con el mundo, de raíces oscuras para el propio escritor y por las cuales indaga mediante esa vocación, esa voluntad de crear ficciones.

Se sabe que eres un trabajador muy activo y meticuloso. Me gustaría que me dijeras algo sobre el proceso creador. Es decir, ¿cómo se desarrolla este proceso y cómo se efectúa?

Un escritor como cada poeta tiene su propio mundo, en el que está inmerso, en el cual vive. En mi caso, guiarme por la espontaneidad, por la intuición del momento, por lo que se llamó en un tiempo inspiración, en la cual yo no creo, sería fatal. He comprobado que lo que escribo sin revisión, sin paciencia, sin mucha obstinación, resulta siempre caótico, incoherente. Que las primeras versiones son materiales muy deficientes, son hasta poco legibles; es evidente, pues, que necesito un método especial para escribir. Necesito a través de varias adaptaciones de los episodios descubrir cuál es el tratamiento que conviene más para cada situación, cuál es la técnica apropiada para aprovechar mejor las vivencias que puede encerrar en sí cada episodio. Por otra parte, pienso que la novela en sí misma exige constancia, un rigor más estricto que otros géneros. Es comprensible que un poeta escriba guiándose a veces por la espontaneidad, que no sea laborioso y disciplinado. Pero la novela, que es la creación de un mundo muy vasto, exige que el escritor vaya en cierto modo viviendo este mundo desde adentro, vaya incorporándoselo, vaya siendo aceptado por este mundo. Creo que esto sólo se puede conseguir a través de una disciplina, de una constancia, de una paciencia.

¿Te identificas con los protagonistas de tus libros?

Creo que sólo se puede escribir a partir de ciertas experiencias personales. Experiencias que, por alguna razón, desconocidas para el escritor, lo han marcado más profundamente que otras, han permanecido en él, y se han ido convirtiendo poco a poco en memorias, en recuerdos que lo obseden, que lo atormentan, en verdaderos demonios, esos demonios que él quiere emancipar, exorcizar de sí mismo, y al mismo tiempo quiere salvar del olvido, de la muerte. Entonces creo que el origen de todo lo que he escrito yo está profundamente enraizado en ciertas experiencias de mi vida, y en consecuencia lo que escribo es, por supuesto, una especie de confesión interrumpida, fragmentada, salpicada. Ahora yo creo que en ese sentido toda literatura narrativa es confesional, pero hago esta salvedad: sólo es literatura esta materia confesional en el momento en que se emancipa de su autor, en el momento en que esas experiencias personales se transforman en algo distinto, adquieren soberanía, adquieren vida propia, y por lo tanto pasan a ser experiencias compatibles por los demás hombres. Es decir, se han emancipado, se han liberado del escritor y han pasado a formar parte de una especie de “fondo común” de la sociedad, o de la Humanidad, si se quiere. Este es el objetivo del escritor, convertir esas experiencias personales a través de la imaginación, del lenguaje, y de una estructura, en experiencias comunes, en experiencias imaginarias colectivas.

¿Cómo se da en el escritor ese primer contacto con la forma y el asunto de lo que desea escribir?

Hay escritores que se atreven a decir que el impulso creador es en ellos no un asunto sino una forma. Hay algunos que sostienen que una novela o un cuento nació en su cerebro inicialmente como una manera de adjetivar, o como un tiempo verbal y que luego, en una segunda fase, la creación consistió en encarnar esas abstracciones formales en una materia o un asunto. Pero indudablemente en la mayor parte de los creadores el estímulo inicial, el impulso primero, es siempre un asunto o, mejor dicho, un embrión de asunto. Un rostro, un suceso, un estado de ánimo, del cual va surgiendo toda una trama, toda una materia a la que hay que tratar de encarnar y vitalizar en un lenguaje, en un orden. Creo que es en esta segunda fase —aunque se dan casi al mismo tiempo y se condicionan mutuamente— cuando el escritor puede gobernarse más fácilmente, mediante esa elección de un lenguaje y un orden, a medida que la materia le va siendo suministrada por la propia realidad, a través de sus propias experiencias. La realidad ejerce una coacción sobre él, una presión invisible, al entregarle según un ritmo imprevisible las experiencias que lo han marcado y que han hecho de él un escritor. También se puede deducir, que es en el dominio de la forma donde realmente se juega todo en literatura, donde se juega la verosimilitud o inverosimilitud de una ficción, su profundidad o su superficialidad, ya que es donde, así mismo, el escritor despliega todos sus poderes intelectuales y culturales, donde realmente maneja las riendas, donde tiene capacidad de decisión.

A este nivel, el tema y la técnica trabajan al unísono, ¿verdad?

El tema y la técnica son elementos que existen a nivel puramente individual y, en última instancia, tienen un significado válido exclusiva y fundamentalmente para el creador. Mi tema es una, o un grupo de experiencias determinadas, válidas sólo para mí porque sólo a mí me han marcado fundamentalmente, enemistándome con la realidad, creando en mí la necesidad de abolirla y de sustituirla por otra. Mi técnica son esos procedimientos, esos métodos, tácticas, trucos de los que me valgo apara empezar a trasvasar ese material, del plano nebuloso de las obsesiones y pulsiones, al plano temporal y concreto de la escritura. En esta etapa, ambas instancias, ambos aspectos son, podríamos decir, incomunicables. En esta etapa, todos los escritores están exactamente en el mismo nivel, en el mismo plano; todos parten de ese mismo punto de partida. Es solamente cuando esos dos aspectos están ya realizados, cuando ya la técnica se ha metamorfoseado en forma y el tema en contenido, que se pueden establecer jerarquías y que ambas cosas se independizan totalmente de su creador, contando ya no en función del hombre particular sino del hombre, ya no del individuo sino de la sociedad.

¿Escribes a mano, mecanografías o alternas?

Primero escribo a mano. Siempre trabajo de mañana, y durante las primeras horas del día siempre escribo a mano. Esas son siempre las horas más creativas. Nunca trabajo más de dos horas de ese modo… se me acalambran las manos. Después empiezo a tipiar lo que escribí, haciendo cambios mientras avanzo; posiblemente ésa sea la primera etapa de reescritura. Pero siempre dejo algunos renglones sin tipiar, porque de ese modo, al día siguiente puedo empezar tipiando el final de lo escrito el día anterior. Prender la máquina de escribir crea cierta dinámica… es como un ejercicio de precalentamiento.

Hemingway usaba la misma técnica, la de dejar una oración por la mitad para poder retomar el hilo al día siguiente…

Sí, pensaba que no tenía que escribir todo lo que tenía pensado, para poder empezar con mayor facilidad al día siguiente. La parte más difícil —o eso me parece a mí— es empezar. A la mañana siguiente, volver a establecer contacto, la ansiedad del momento… Pero si uno tiene algo mecánico que hacer, el trabajo ya está empezado. De todos modos, tengo un riguroso horario de trabajo. Todas las mañanas, hasta las dos de la tarde, me encierro en mi escritorio. Esas horas son sagradas para mí. Eso no significa que me pase todo el tiempo escribiendo; a veces sólo reviso o tomo notas. Pero trabajo sistemáticamente. Por supuesto, hay días buenos para la creación, y también días malos. Pero trabajo todos los días porque, aunque no tenga ninguna idea nueva, dedico el tiempo a hacer correcciones, revisar, tomar notas, etc. A veces decido reescribir algo terminado, aunque sólo sea para cambiarle la puntuación.

¿Y nunca te apartas de esa rutina espartana?

Aparentemente, no puedo. No sé trabajar de otro modo. Si me dispusiera a esperar los momentos de inspiración, nunca terminaría un libro. La inspiración viene a mí gracias al esfuerzo regular. Esta rutina me permite trabajar, con gran entusiasmo o no, según los días.

Acabas de afirmar que en tu caso la inspiración es producto de la disciplina, pero, ¿nunca conociste la famosa “iluminación”?

Eso nunca me ocurrió. Se trata en mi caso de un proceso mucho más lento. Al principio hay algo muy nebuloso, un estado de alerta, cierta cautela, cierta curiosidad. A veces percibo, en la bruma y la vaguedad que despierta mi interés, mi excitación y mi curiosidad, y que luego se traduce en trabajo y notas, el resumen del argumento. Después, cuando ya he hecho el bosquejo y he empezado a poner las cosas en orden, hay algo muy difuso, muy nebuloso, que todavía persiste. La “iluminación” sólo se produce durante el trabajo en sí. Es el trabajo duro el que, en un determinado momento, puede desencadenar esa… percepción acentuada, esa excitación capaz de producir revelación, soluciones y luz. Cuando llego a la médula de una historia en la que he estado trabajando durante cierto tiempo… entonces sí ocurre algo. La historia deja de ser fría, ajena a mí. Por el contrario, se torna tan viva, tan importante, que todo lo que experimento existe solamente en relación con lo que estoy escribiendo. Todo lo que escucho, veo, leo, parece contribuir de una manera u otra a mi trabajo. Me convierto en una especie de caníbal de la realidad. Pero para llegar a ese estado, tengo que pasar por la catarsis del trabajo.

Escribiste gran parte de tu obra fuera del Perú, en lo que podríamos llamar un exilio voluntario. ¿Encontrarse lejos del “vértigo de la realidad” es de alguna manera una ventaja para la reconstrucción de esa misma realidad?

Sí, nunca he sido capaz de escribir sobre lo que está próximo a mí. La proximidad es inhibitoria en el sentido de que no me permite trabajar con libertad para estar en condiciones de transformar la realidad, de cambiar a las personas, de hacerlas actuar de manera diferente, o de introducir en el relato algún elemento personal, algo perfectamente arbitrario. Es absolutamente esencial. Eso es la creación. Si uno tiene la realidad delante de los ojos, se convierte en una restricción, al menos para mí. Siempre necesito cierta distancia, cierto tiempo, o mejor aún, una distancia espacio-temporal. En ese sentido, el exilio ha sido para mí muy beneficioso. Por él descubrí la disciplina. Descubrí que escribir era un trabajo y, en gran parte, una obligación. La distancia también me ha resultado útil porque creo en la gran importancia que tiene la nostalgia para un escritor. Hablando en general, diría que la ausencia del tema fertiliza la memoria. Al mismo tiempo, creo que la distancia crea una perspectiva muy útil. Sirve para destilar la realidad, esa cosa complicada que nos embriaga. Es muy difícil seleccionar o distinguir entre lo que es importante y lo que es secundario. La distancia posibilita la distinción. Establece las jerarquías necesarias entre lo esencial y lo secundario.

¿Los muchos años en el oficio te dan más seguridad al escribir?

El trabajo creativo no conduce a esa sensación de seguridad, incluso en el septuagésimo libro. Es la misma confusión, el mismo miedo, diría alarma, ante la terrorífica hoja blanca, la misma amenaza de vacío. El creador es un principiante cada vez, cada vez que dice para sus adentros: “puede que ya no tenga nada más que decir”, pero excava y excava hasta encontrar algo que decir. Es así como con el tiempo se vuelve más estricto consigo mismo, más crítico con su obra y más consciente de lo que ha sido incapaz de lograr, de lo contrario no sobreviviría. Yo no tuve tanto miedo cuando lancé mi primera novela como ahora. Luego está el riesgo de repetirse a sí mismo: esta amenaza siempre debe estar presente en su mente, es algo que le incita a incurrir en nuevas y diferentes experiencias, que no necesariamente tienen que ser exitosas. Dondequiera que vaya el creador hay minas. Entonces, ¿cómo puede sentirse tranquilo? El creador es el personaje dramático raciniano por excelencia.

Como escritor, ¿cuál consideras que es tu mayor cualidad, y cuál tu mayor defecto?

Creo que mi mayor cualidad es mi perseverancia: soy capaz de trabajar muy duro y dar más de mí de lo que me parecía posible. Creo que mi mayor defecto es la falta de seguridad, que me atormenta enormemente. Me lleva tres o cuatro años escribir una novela… y me paso una buena parte de ese tiempo dudando. Es algo que no mejora con el tiempo; al contrario, creo que me he vuelto cada vez más autocrítico y menos seguro. Pero sé que escribiré hasta el día en que me muera. Escribir es mi naturaleza. Vivo toda mi vida según mi trabajo. Quiero escribir muchos libros más, y mejores. Quiero tener aventuras más interesantes y maravillosas que las que he tenido. Me niego a admitir la posibilidad de que ya he dejado atrás mis mejores años, y no lo admitiré, ni aunque me viera enfrentado a evidencias.

Correctores de estilo, lectores cualificados y autocorrección

«La artesanía de la escritura».

Durante mucho tiempo —y excepcionalmente hoy— la figura del corrector de estilo fue determinante a la hora de conseguir un texto escrito de calidad. Los originales al llegar a las manos de esta persona no sólo remediaban problemas de cohesión, concordancia y puntuación, sino que, además, atendían dificultades en la sintaxis o ganaban en precisión semántica. El corrector de estilo era el último filtro en esta labor difícil de escribir bien y con una clara conciencia comunicativa. A medida que el proceso editorial perdió este mediador son más comunes los errores ortotipográficos, al igual que frases repetitivas, desconectadas y llenas de lugares comunes. Cuando todo queda a capricho del autor, de su afán por publicar o de su pereza para realizar enmiendas a su misma escritura, entonces, la figura de ese corrector de estilo es substituida por una hojeada fugaz, sin mayor preocupación por el buen uso del idioma. 

¿Pero por qué hoy no nos parece tan relevante o fundamental acudir a esta “aduana correctiva” en la redacción de textos? En principio, porque las presiones actuales de los medios de comunicación masivos anclados en la velocidad, en atender las urgencias del momento, han ido reafirmando la idea de que no importa cómo se digan las cosas, con tal de opinar en el fragor de la inmediatez. De igual modo ha influido el altísimo narcisismo de nuestra época y la creencia en la autosuficiencia para realizar cualquier actividad, que conduce a no aceptar la ayuda de otra persona para que nos señale omisiones o deficiencias en nuestros escritos, y más cuando se concentra en subrayar las fallas y no tanto en multiplicar los elogios.

Sin embargo, la escritura se cualifica cuando hay otra persona que nos lee de verdad; cuando alguien se toma el tiempo necesario —a veces horas— para mirar el zurcido de nuestros textos. Ese lector atento es el que percibe problemas de coherencia en nuestras ideas, el que advierte fallos en la estructura de los párrafos, el que se da cuenta de una exposición fracturada o pone de manifiesto una flagrante carencia en el uso de algún signo de puntuación. Este lector es fundamental para que la escritura gane en precisión, en claridad, en efectividad comunicativa. Pero, como es de suponer, permitir que otra persona lea lo que escribamos supone dos disposiciones: de un lado, una actitud de apertura mental, de escucha activa, para recibir los comentarios sin molestarse, sin posturas defensivas; sólo así podrá sopesarse lo que dice el lector con lo que se haya escrito. De otra parte, se requiere un talante positivo hacia la imperfección; es decir, una disposición para aceptar que la escritura —en cuanto obra de artesanía y no de inspiración divina— es perfectible, mejorable y, por eso mismo, sujeta a cambios, modificaciones y correcciones permanentes.

Cuando nos cerramos a la opinión del lector cualificado, cuando consideramos que nuestro primer impulso de escritura ya es el texto definitivo, terminamos acudiendo al amigo o colega que nos elogia sin habernos leído o a esas otras personas que pasan las hojas de nuestro texto, dicen algunas generalidades y se ponen a hablar de cualquier asunto. La escritura se enriquece mediante el aporte de otros ojos que, a diferencia de los nuestros, vean como nuevo el escrito que les presentamos; que no estén tan familiarizados con el contenido como para seguir de largo por los diferentes párrafos. De allí la importancia de asesorarse de un corrector de estilo o, en su defecto, tomarse muy en serio las observaciones y anotaciones puntuales que nos hace un profesor al devolvernos lo que escribimos o, si hay suerte, cultivar a algún lector cualificado que, desde una complicidad fraterna, nos indique dónde encuentra imprecisiones notorias, supuestos que dejamos al garete, cacofonías innecesarias o la exposición de ideas atropelladas que resultan muy confusas. 

Y si carecemos de todas esas personas que nos puedan colaborar, si no hay visores de calidad para leernos con juicio, lo aconsejable es aprender algunas estrategias de autocorrección usadas por lo escritores expertos. Señalaré sólo un sexteto de ellas, advirtiendo que en mi libro Escritores en su tinta, podrán ampliarse y corroborarse con un grupo amplio de ejemplos.

Una primera estrategia es la relectura continua de lo que vamos escribiendo. Una vez redactamos una línea, antes de lanzarnos a escribir la segunda idea, es necesario leer y releer lo primero que consignamos. Y si ya vamos a iniciar el segundo párrafo, es fundamental leer completo el anterior. Varias veces. Este ejercicio no solo ayuda a mantener la continuidad en lo que vamos diciendo, sino a descubrir falencias o repeticiones y a ir encontrando la puntuación más indicada. Cuando el texto empieza a crecer, cuando ya pasa las tres páginas, lo más aconsejable es imprimir el documento, y tenerlo a la mano para leerlo todo, en más de una ocasión.

La impresión de lo que vamos escribiendo sigue siendo otra de las más efectivas estrategias para cualificar lo que redactamos. El ojo metido dentro de los márgenes de una pantalla no observa lo mismo que si puede revisar y manipular al mismo tiempo las distintas hojas de un escrito. La visión de conjunto, de totalidad, es fundamental para apreciar la estructura global del texto y evitar concentrarse únicamente en uno o dos párrafos. Es recomendable apostillar ese texto impreso, poner a mano las enmiendas que vayan apareciendo y no mostrarse compasivo —tachar si es necesario— con aquellas líneas insustanciales o con esas otras que, por estar tan mal redactadas, ameritan una nueva organización y no un arreglo superficial. A partir de esas correcciones realizadas a mano sobre el texto impreso se puede volver al documento que vamos redactando en el computador, incorporar los nuevos ajustes y avanzar en el proceso de escritura. Después de otras tres páginas es bueno repetir las acciones mencionadas y releer la totalidad de lo ya elaborado. Insisto en esta estrategia porque gran parte de los errores de estructuración de un escrito se deben a la focalización cerrada de la pantalla, a esas anteojeras que nos privan de la panorámica del conjunto.

Salta a la vista que para escribir con cierta calidad es indispensable elaborar varias versiones del mismo texto. No es asunto de superponer pequeñas modificaciones a un mismo documento, o de conformarse con cambiar un término o de incluir una corta línea. El sentido de este recurso parte de un hecho: trabajar sobre diferentes versiones permite explorar en nuevas perspectivas de organización, en totalidades textuales que respondan a determinada autonomía interna. Numerar cada versión, poderlas comparar, contribuye también a descubrir lo que se va ganando a medida que avanzamos, a repasar y comprobar cuándo una idea gana en profundidad o hacer evidentes apartes que siguen “flojos” o párrafos que merecen trabajarse más. En últimas, mediante el cotejo de esas versiones se lograr ir aprendiendo lo que significa escribir.

Una cuarta estrategia consiste en utilizar diversos colores o marcadores que permitan distinguir diferentes aspectos de una temática o del modo como se desarrollan en el escrito diversas líneas de argumentación. Resaltar sobre el escrito esos hilos organizativos del texto ayuda a visualizar dónde se cortó una exposición, en qué parte es necesario suturar o coser un vínculo expositivo y constatar de qué forma podrían armonizarse las distintas partes con lo medular del conjunto. Al subrayar con diversos colores será más fácil identificar si aquello que prometemos al inicio de nuestro texto sí logra cumplirse, al igual que descubrir párrafos sueltos o puestos sin articularse con una línea argumentativa central. Acostumbrarse a realizar este subrayado discriminador sobre lo que vamos escribiendo rinde grandes beneficios para la consistencia del escrito y es una garantía de comunicabilidad hacia el posible lector.

Someter la propia escritura al espíritu crítico y el examen basado en evidencias resulta muy útil para quienes albergan el deseo de superar permanentemente su producción escrita. En este caso se trata de pasar de una dinámica anclada en la redacción a otra soportada en el ojo analítico y valorativo. Las evidencias, por supuesto, están en las diferentes secciones del texto que nos sirve de motivo para la lectura. Examinar con detalle lo que redactamos, haciendo realmente un ejercicio metacognitivo, es un indicador del compromiso o responsabilidad con que asumimos la labor de escribir y del alto nivel comunicativo con que adelantamos dicha tarea. Este recurso de autocorrección es un buen remedio para “desinflar el ego de la redacción inmediata” y dejar a un lado —en observación— las genialidades complacientes.

Redactar siempre pensando en un posible lector es la sexta de las estrategias de autocorrección de la escritura. Al redactar un texto pensando en otra persona que lo va a leer hace que salgamos de nuestro mundo cerrado y autorreferencial y busquemos maneras de elaborarlo más interpelativo, más legible, más “amigable”. Porque tenemos en mente a un posible lector es que pensamos alternativas de organización de los párrafos, usamos diferentes tipos de letra, nos valemos de subtítulos o usamos con sumo cuidado los conectores lógicos. Esa presencia del futuro lector contribuye a que no nos perdamos entre cavilaciones gratuitas, abusemos de la jerga especializada o convirtamos el escribir en un espejo de palabras para nuestra vanagloria solitaria. La conciencia de saber que escribimos para un lector nos lleva a comprender que las ideas pueden expresarse de diferente forma y que, en esa medida, hay mejores maneras de decir las cosas. Y que escribir, en últimas, consiste en buscar esas vías más idóneas para comunicar un mensaje a otro ser humano.

Con lo dicho hasta aquí espero haber mostrado la necesidad de que cualquier escritor —al menos una vez— se permita someter sus textos a los comentarios de un corrector de estilo.  Los beneficios serán valiosos y ejemplarizantes. Y si hay resistencias interiores o inseguridades a que otra persona critique lo que se ha escrito, al menos necesitamos volver habitual algunas de las estrategias de autocorrección arriba expuestas. Lo que debemos evitar cuando escribamos son las prácticas de expresión a la deriva, de redactar sin corregir, de usar las palabras de cualquier manera y jactándonos de nuestros desatinos o nuestra modorra artesanal.

Tres beneficios de leer poesía con asiduidad

Ilustración de István Orosz.

En la 30ª Conferencia general de la UNESCO, realizada en París el 26 de octubre de 1999, se proclamó el 21 de marzo como día mundial de la poesía. Y en este año, la directora de tal organismo, Audrey Azoulay, ha subrayado que “como forma de expresión íntima que permite abrirse a los demás, la poesía enriquece el diálogo que cataliza todo proceso humano y es más necesaria que nunca en tiempos turbulentos”. Haciendo eco a dicha celebración podemos en esta oportunidad reflexionar un poco sobre los beneficios de la poesía para el desarrollo sensible de las personas, su utilidad expresiva en la plasticidad del pensamiento y su relevancia en el cultivo de la interioridad.

Comenzaré explicando por qué considero que la lectura frecuente de poemas contribuye a desarrollar la sensibilidad. Como es bien sabido, la sociedad en la que vivimos, además de su vertiginosa y utilitaria manera de comportarse, poco a poco va adormeciendo nuestra capacidad para “impresionarnos” o conmovernos por lo que acaece a nuestro alrededor. Frente a ese amodorramiento sensible, los poemas hacen las veces de chispazos que producen un despertar, una inquietud, un sobrecogimiento. Al leer esos destellos verbales se rompe el letargo de nuestra emotividad. La poesía, en cuanto testimonio decantado de otras vidas, nos exacerba los sentidos, aumenta el umbral de nuestra sensibilidad y, al hacerlo, nos dota de una piel más permeable a las vicisitudes de la existencia humana. Tanto propias como ajenas. La forma depurada de los poemas nos comunica los pormenores de la alegría, la soledad, el sufrimiento; al igual que el sentido esencial de la solidaridad, el perdón, la ternura. Ese despertar de los sentidos, que trae la lectura continuada de poemas, renueva nuestra capacidad sensible para dejarnos invadir por las maravillas de la naturaleza, el milagro de la vida o la fascinación por el misterio que habita en las fronteras de la trascendencia.

Otro tanto podría decirse de la altísima desatención en nuestra época al modo como los seres humanos inician, enfrentan y desarrollan sus sentimientos, sus afectos, su dimensión emocional. Eso queda a la suerte de cada quien o dependiendo de la oferta de la sociedad de consumo o de la estereotipada cartilla de la publicidad y las redes sociales. El resultado es un simplismo tanto en la concepción como en el ideal de las relaciones afectivas que repercute en la incapacidad para vivirlas intensamente o en una renuncia a apropiarlas en su justo valor. Ni se sabe muy bien cómo evolucionan los sentimientos, sus variaciones y conflictos, ni se cuentan con referentes que ayuden a fortalecer lo que se experimenta entre ignorancias y clisés masificadores. Precisamente, en tal “vacío formativo” es que la poesía ofrece pistas orientadoras sobre tales eventos emocionales, sobre sus manifestaciones y reticencias, sobre sus plenitudes y altibajos. La lectura frecuente de poemas es un buen repertorio experiencial para sopesar el impulso emocional con la idealización de los afectos, un abanico de testimonios vívidos para comprender la ambigüedad de los sentimientos y un susurro de advertencia cuando se entra en la obcecada turbulencia de las pasiones. 

Valga señalar ahora, un segundo campo de utilidad: la lectura asidua de poemas contribuye a darle plasticidad al pensamiento. El sedimento analógico, que es una de las piedras angulares de este tipo de expresión, hace que nuestra mente incorpore la riqueza de los símiles y metáforas, logrando con ello romper los esquematismos de un “único modo de ver o decir”. Con el lenguaje de la poesía nuestras operaciones cognitivas aprenden la potencialidad de las relaciones, descubren puntos de unión entre realidades irreconciliables y acceden a las fuentes de un manantial inagotable para la expresión creativa e innovadora. La lectura asidua de poemas va creando en nuestra mente un “banco de imágenes” que tendremos a la mano cuando deseemos expresar asuntos profundos de nuestro ser, cuando tengamos que darle carne a emociones que nos sobrecogen, cuando queramos emitir mensajes que realmente lleguen al corazón de nuestros interlocutores. La poesía hace maleable la dureza conceptual, multiplica los miradores de nuestra percepción, nos hace más diversos y plurales en la manera de comunicarnos.

Si algo aporta la lectura frecuente de poesía es liberarnos de una lenguaje hegemónico o estereotipado. La poesía diluye “los lugares comunes”, las “fórmulas estandarizadas”, para mostrarnos los diversos matices de la realidad, de las pasiones humanas, de la complejidad de la existencia en todos sus niveles. En esto participa de la función primordial de todo arte: ayudarnos a recuperar el asombro y la lucidez para ver con otros ojos a las personas y al mundo que vivimos. Y no es que la poesía sea importante porque diga “cosas bonitas”, sino porque expresa, con delicada precisión, aspectos profundos o inadvertidos de algo que sentimos, percibimos o nos acontece. Este lenguaje nos invita a no olvidar asuntos que por la premura y las demandas del momento empiezan a desaparecer de nuestras prioridades, terminan siendo invisibilizados o, lo más grave, se banalizan hasta el punto de hacerles perder su esencia. El lenguaje de la poesía, en esta dimensión, nos restituye la admiración, el deslumbramiento o la primicia de estar vivos, de compartir con otros nuestros sueños, de comprender nuestra finitud a la par que nuestra capacidad para soñar y esperanzarnos.

Y ni qué decir de los beneficios que aporta el trato frecuente con la poesía para el cultivo de sí, para el conocimiento y talla de nuestra interioridad. Muchos poemas hacen el papel de espejos para reconocernos, especialmente en aquellos aspectos que aceptamos con dificultad, al igual que sirven para adentrarnos en zonas abisales de nuestra conciencia. La poesía nos ha mostrado sendas posibles de ir hacia el insondable territorio de nuestra personalidad, dejando en los versos indicios que parecen lecciones breves de sabiduría. Pero no sólo esto; de igual modo, la poesía ha respondido preguntas fundamentales sobre el sentido de la existencia o se ha atrevido a formular otras que con algún temor no nos atrevemos a decir en voz alta. Leyendo esos poemas, habitándolos desde la relectura y la meditación, la poesía va dotando el alma o el espíritu de claves para descifrar su esencia y del sentido que tiene una vida finita en el vasto e infinito universo.

Contar con un buen número de poemas en nuestra memoria, haber encontrado la afinidad con el mundo lírico de uno o varios poetas, apropiar el hábito de leer poesía con regularidad, todo ello contribuye a no descuidar la esencia dinámica de nuestro ser. La poesía sirve de refugio cuando las tribulaciones nos asedian; aporta consuelo cuando la soledad o la desesperanza nos hieren el corazón; y mantiene encendida la dimensión contemplativa, justo cuando todo parece estar condenado al inmediatismo utilitario y la voracidad del consumo. La poesía abre rutas de sentido en la inexperta juventud, afianza opciones de vida en la edad adulta y es compañera invaluable en la ensimismada travesía de la vejez.

Atender la fragilidad

«Goya a su médico Arrieta», cuadro de Francisco de Goya.

Francisco: ¿Y cómo van tus cosas?

Gabriel: Un tanto preocupado por la salud de mi madre…

Francisco: ¿Y eso?

Gabriel: Su artrosis degenerativa, su arritmia, sus ahogos…. Sus casi 88 años.

Francisco: La mía también anda muy complicada con lo de su diabetes… y ahora le resultó algo con la vesícula…

Gabriel: Me duele mucho verla sufrir… el dolor en los seres que amamos se hace más fuerte en la medida en que revela también nuestra impotencia ante su deterioro… Aunque ella hace todo el esfuerzo para mostrar fortaleza.

Francisco: La mía se aferra a su rosario.

Gabriel: Igual, es mi Vieja. En esta etapa de su vida, además de mis palabras de aliento, ahora son mis manos acuciosas las mejores portadoras de todo mi amor.

Francisco: Creo que lo más importante es estar con ellas.

Gabriel: Así es, estimado amigo.

Francisco: ¿Y cómo te ha ido con los médicos?

Gabriel: Esa ha sido otra de mis preocupaciones de estos meses.

Francisco: Pensé que era solo a mí que me tocaban los más regularcitos.

Gabriel: Fíjate, la semana pasada tuve que pedir un domiciliario por una complicación de mi Vieja en su piel, y me tocó en suerte una médica que la revisó, la formuló, cobró el copago, pero sin mostrar ningún tipo de interrelación especial con una persona mayor.

Francisco: El aspecto humanitario de la medicina ha sido olvidado. O por atender las condiciones laborales que les imponen las empresas donde trabajan, se ha ido desdibujando o terminó en una indiferencia hacia el paciente.

Gabriel: He reflexionado mucho en qué características debería tener un médico que atiende especialmente a un anciano enfermo. Y hasta tengo ganas de compartir algunos de esos principios en mi Facebook, a ver si otros se suman a mis “reglas de oro”.

Francisco: Me gusta la idea. ¿Y ya tienes algunas para que me compartas?

Gabriel: Sí. Las he ido haciendo como si fueran principios deontológicos o recomendaciones de conducta…

Francisco: Qué más podría esperarse de alguien que le ha gustado siempre la filosofía y la literatura.

Gabriel: Varias de estas reglas de oro están destiladas de lo que he visto y sentido durante estos años acompañando a mi Vieja a consultorios de diferentes especialidades y por historias que me han contado familiares y amigos.

Francisco: Bueno, no le des más vueltas al asunto. Compárteme algunas de esas reglas de oro para los médicos cuando tienen que atender a los ancianos enfermos.

Gabriel: La primera regla de oro la redacté así: “Recuerde siempre que atender a un viejo es custodiar la fragilidad de otro ser humano”.

Francisco: ¡Qué bien dicho! Porque la vejez es esencialmente eso, fragilidad. Y la fragilidad nos hace terriblemente vulnerables.

Gabriel: Esa fragilidad supone, entonces, cambiar el protocolo habitual para un paciente joven o adulto por otro en el que se afiance primero la confianza o se tenga delicadeza para decir las cosas, mandar hacer unos exámenes, apaciguar los temores…

Francisco: De acuerdo, un viejo es muy vulnerable y espera que el médico lo acoja comprensivamente o, al menos, le permita expresar su sufrimiento.

Gabriel: Precisamente, en ese sentido, escribí otra regla de oro: “Antes de examinar al anciano, construya un puente comunicativo cálido y fraterno”. Porque la que vino a ver a mi Vieja, de habilidades comunicativas con personas de la tercera edad, nada de nada. Y por más que mi madre trataba de hablarle o crear cierto vínculo cordial, ella la cortaba o le hacía notar que no le interesaban sus comentarios.

Francisco: Sí, ese es otro punto que mi mamá también ha padecido. He visto médicos poco afables, soberbios y con un malestar contenido porque la paciente no lo entiende o quiere hacerle una pregunta al margen.

Gabriel: Y si a eso le sumamos la hipoacusia de buena parte de los viejos, ya te podrás imaginar la fractura en esa interacción comunicativa. Por eso es tan importante que el médico esté muy atento para saber cuándo debe repetirle asuntos claves de su diagnóstico y, especialmente, de las indicaciones sobre determinada medicación o procedimiento.

Francisco: Oyéndote, y aunque no sea un experto en redactar reglas de oro, a mí se ocurre una que podría quedar así: “Al paciente anciano háblele con claridad, explicándole los tecnicismos y repitiendo cuantas veces sea necesario los procedimientos a seguir y la medicación indicada”.

Gabriel: Para ser la primera, te quedó muy bien… Rubrico tal regla de oro. Se me ocurre otra, derivada de la que mencionaste: “Cuando formule los medicamentos al anciano dimensione los efectos en la salud integral del paciente”.

Francisco: Sí, sí… a veces formulan unas drogas sin ni siquiera revisar la historia de vida del anciano, sus predisposiciones, sus otras dolencias en curso.

Gabriel: Se pierde de vista la totalidad del enfermo y no se aquilata bien la receta con las consecuencias en su calidad de vida.

Francisco: Lo que me extraña es que ellos pueden ahora ver la historia clínica mediante plataformas en su computador, pero llegan sin esos referentes a atender al anciano. Quizá sea por tanto paciente que les toca visitar en un día.

Gabriel: Eso es probable, pero el viejo necesita crear unos lazos emocionales que le den seguridad, así sea por el tiempo de la consulta. Me gustó lo que dijiste hace un momento: el viejo requiere, antes que nada, sentirse acogido por el médico. Que sea algo así como un refugio para sus dolencias; un sitio en el que pueda descargar la pesada maleta de sus largos años.

Francisco: Es que el solo hecho de ir a un consultorio o hacerse unos exámenes ya es de por sí una odisea para un viejo. Por eso hay que mirar al enfermo de manera integral, no por pedacitos…

Gabriel: Recién empecé a reflexionar sobre estas cosas, pensé en una regla de oro general o que sirviera de telón de fondo para las otras. Sería más o menos así: “Tenga presente que la medicina es una profesión de servicio y hace parte de las artes del cuidado”.

Francisco: Servir a otro, cuidar de otro ser humano. Me parece fundamental. A pesar de que algunos galenos piensen que se trata de algo menos altruista o comprometedor.

Gabriel: Y a propósito de las profesiones de servicio, he venido pensado que las labores del médico y el educador tienen cierta semejanza: el primero se encarga de la salud del cuerpo; el segundo, de la salud del espíritu. Y hacen parte de las artes del cuidado, porque la motivación principal está en otro ser que nos interesa, en otra persona que no interpela desde sus dolores o su inexperiencia. En últimas, Pachito, son oficios en los que se desplaza el interés por el yo hacia las demandas de un tú…

Francisco: Te metiste en honduras filosóficas, querido amigo. Pero me animaste a elaborar, de manera provisional, otra regla de oro. Aquí va: “Deje que el anciano, así sea por unos minutos, haga catarsis de sus penas y quebrantos. Antes de cualquier cosa, escuche con actitud empática”.

Gabriel: Subrayo ese aporte. Yo creo que el secreto de una buena consulta médica consiste, esencialmente, en una escucha activa. Y más cuando los que se atienden son ancianos que, en muchas ocasiones, no tienen a quien contarle sus dolores.

Francisco: Tanto del cuerpo como del alma.

Gabriel: A mí me parece que no todos los médicos tienen ese tacto para entrar en relación con los viejos. Es un público para el cual hay que prepararse y al cual no se le puede aplicar el mismo “protocolo” usado para pacientes más jóvenes. Me parece que hay que ajustar o graduar el manejo de las emociones, los sentimientos, la paciencia, la empatía, cuando se interactúa con enfermos de la tercera edad. Hay un campo de saber, la gerontología, en el que se combinan la psicología, la sociología y las disciplinas del cuidado, que hay que conocer y aprender, apropiar y descubrir tanto en sus recurrencias como en sus matices…

Francisco: Sabes que sí, los médicos deberían tener formación en gerontología. Y más si nos tomamos en serio lo que se avecina porque, según leí, la población mayor de 65 años se duplicará en América Latina durante los próximos 25 años…

Gabriel: Viejos, y sin médicos preparados para saber entenderlos y atenderlos.

Francisco: Pero, me dejaste iniciado con las reglas de oro para médicos que atiendan ancianos enfermos. ¿Tienes otras de esas a la mano?

Gabriel: Claro que sí. Escucha ésta a ver cómo te parece: “Cierre su consulta con unas palabras esperanzadoras, recalcando siempre su disposición para atender cualquier eventualidad o indicando qué debe hacer si la dolencia se complica”. La redacté después de ver cómo la médica aquella terminó la consulta con mi Vieja. No hubo ningún mensaje que le levantara el ánimo o que le ayudara a sortear la dificultad por la que estaba pasando. Y lo más grave, no dio información sobre a quién o donde acudir frente a las posibles vicisitudes adversas en la evolución de su enfermedad. Fue una consulta discontinua, que empezó y terminó en ese momento. Después la paciente y sus familiares verán cómo enfrentan lo que sigue. Se cree que con la entrega de la fórmula ya termina el trabajo médico o que su dictamen es tan preciso que no puede albergar complicaciones.

Francisco: Eso que describes, ese acompañamiento al anciano enfermo por parte del médico o de la institución a donde él está adscrito, es algo que también ha pasado a un segundo plano. Se cree que un paciente atendido es igual a paciente curado.

Gabriel: Tengo en remojo alguna regla de oro en la que sea esencial la paciencia comprensiva. Como sabes, Pacho, los viejos son tercos, aferrados a sus hábitos, reiterativos en sus padecimientos… y la mejor manera de sobrellevar tales actitudes o comportamientos es con la paciencia comprensiva. Es decir, poniéndose por un momento en el lugar de esa persona, aumentando nuestra capacidad de tolerancia, siendo más flexibles en nuestro modo de relacionarnos.  

Francisco: Además le ayudaría mucho al propio médico para mermarle al estrés y mostrarse solidario con el anciano.

Gabriel: Y por aquí tengo otra regla de oro que debería estar enmarcada y bien visible en todos los consultorios médicos: “Durante la consulta salvaguarde a toda costa la dignidad del paciente”.

Francisco: Esa es una regla de oro que aplica no solo para los viejos enfermos, sino para todos los que hemos padecido tratos indignos, impropios o degradantes.

Gabriel: Totalmente de acuerdo. En todo caso, estos eventos de visita de médicos domiciliarios y consulta a especialistas para mi Vieja me han servido para repensar el sentido de la profesión médica. Aunque también hemos tenido la suerte de encontrar médicos empáticos con una anciana llena de achaques, y algunos más que desde su afabilidad y genuina preocupación por otro ser humano han logrado “darle rostro e historia” a una paciente y ofrecerle una voz de aliento y horizontes esperanzadores.

Francisco: A mí este encuentro me ha servido para conocer de tus actuales preocupaciones y ofrecerte, como siempre, mi abrazo de apoyo.

Gabriel: Gracias, apreciado Pachito.

Francisco: Y me ha quedado una tarea tan retadora como creativa: elaborar otras reglas de oro para médicos que traten ancianos enfermos. Me pondré en esas y te las mandaré a tu correo.

Gabriel:  Estaré atento. Salúdame a tu madre. Yo seguiré cuidando de la mía, soportando a estos médicos y médicas que contrarían el juramento hipocrático y esperando encontrar a esos otros galenos que alivian el sufrimiento y mejoran la calidad de vida de las personas. Especialmente, si ya están al final de su ciclo vital. 

Recursos para superar los bloqueos a la hora de redactar una historia de vida

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«La pasión de la creación» de Leonid Pasternak.

En otros textos he escrito sobre el temor a la hoja en blanco y sobre los obstáculos frecuentes al momento de escribir. En esta ocasión me quiero centrar en diversos recursos para superar los bloqueos que tienen los investigadores cuando van a redactar una historia de vida. Y si bien los bloqueos que señalo pueden tenerlos otros profesionales, me enfocaré en aquellos que, después de recoger datos suficientes sobre una persona, haber entrevistado al protagonista (de estar vivo) y a otros testigos, de revisar diversos tipos de documentos, se enfrentan a la tarea de poner toda esa información recolectada en palabras. En un discurso coherente, interesante y que tenga una extensión aproximada entre 10 y 15 páginas.

Pero, antes de ofrecer este repertorio de ayudas, vale la pena recordar que lo prioritario es no perder de vista el objetivo que nos proponemos con nuestra historia de vida. ¿Queremos recuperar sólo la dimensión personal, sus relaciones familiares y filiales, las vicisitudes de su existencia, los pormenores de su ciclo vital?; ¿nos interesa más describir el desarrollo profesional, artístico o intelectual de esa persona?; ¿lo que nos anima es descubrir los aportes de nuestro personaje a una disciplina, un campo investigativo o un área particular de conocimiento? Nos impulsa el deseo de abarcar varios de esos aspectos y, de ser así, ¿cuál de ellos es el que va a servir de columna vertebral de nuestro texto? Digo lo anterior, porque si se pierde el propósito medular de la investigación las estrategias que siguen tendrán poco efecto o terminarán alejando al investigador de la meta prevista.

Una primera alternativa para subsanar este bloqueo de redacción es el de elaborar un guion de trabajo, una tabla de contenido posible, una ruta de subtemas, un listado de los puntos que se desean tener en cuenta. O, como lo he explicado en otros artículos, que recoja los “incidentes críticos” o los hechos más relevantes de la persona que nos interesa biografiar. Este guion de trabajo sirve también para ir filtrando la información recolectada; y da buenas luces para los posibles subtítulos del texto en cuestión. De igual modo, ayuda mucho para saber sobre cuáles de los aspectos se tiene información suficiente y cuáles merecen una mayor pesquisa o alguna entrevista adicional. No sobra decir que el guion de trabajo se redacta a la manera de indicaciones por hacer u objetivos previstos para cada apartado; son indicaciones de preproducción escritural.

Una segunda estrategia, que supone la revisión pormenorizada de documentos, entrevistas y otros materiales recolectados, es agrupar tal información en grupos temáticos o de aspectos similares. En este caso, es necesario imprimir y tener tijeras a la mano o ir abriendo carpetas con los recortes respectivos: un grupo o carpeta para todo lo relacionado con su vida personal; otro, para incluir ahí lo de sus estudios; uno adicional, en el que se guardarán testimonios u opiniones sobre su obra intelectual o profesional; otro más, para incluir hechos o eventos claves en los que ha vivido o participado (el trasfondo histórico) … La idea es que a medida que se selecciona la información vayan apareciendo pistas para armar la historia de vida. Luego de esto, se procederá a redactar lo concerniente a cada grupo o carpeta y, una vez terminado, se le pondrá un subtítulo acorde a su contenido.    

La tercera ayuda –que es muy utilizada por los escritores expertos, en particular los dedicados a la narrativa– en lanzarse a redactar un primer párrafo a partir de algo que, durante las entrevistas, la lectura de documentos o el cotejo de información, nos ha llamado poderosamente la atención, algún evento que el entrevistado principal o los secundarios resaltaron con lujo de detalles. No importa que al inicio ese párrafo salga suelto, que parezca algo desperdigado o que no sepamos bien cómo encajará dentro de la totalidad del texto. Porque lo importante de esta estrategia es romper la parálisis o la indecisión del investigador, impulsarlo a tener ese primer lance con las palabras, llevarlo a romper el hechizo de “no sé por dónde comenzar”. Cuando tal cosa hacemos, lo que sucede es que ese hilillo de redacción convoca al flujo de la escritura. ¿A qué me refiero? A medida que vamos metiéndonos en la dinámica de las primeras líneas, en cuanto leemos y releemos lo que vamos redactando, en esa misma proporción se van despertando relaciones con otros asuntos que obtuvimos durante el trabajo de campo o se nos ocurren cosas que no habríamos conseguido si no hubiéramos tenido ese primer párrafo generador. Con toda seguridad, así sea poca o mucha la producción, al concluir de redactar ese párrafo tendremos un buen semillero de futuras ideas.

La cuarta estrategia, que sigo considerando muy poderosa para empezar a redactar la historia de vida, es la de glosar respuestas de las entrevistas ya sean del autor o de las otras personas seleccionadas, o apostillar apartados de algún texto del autor, fragmentos de su producción intelectual, o ideas subrayadas de una semblanza que alguien escribió sobre nuestro personaje. Glosar es como sacarle provecho al contenido de un pedazo de la información recogida, exprimir su sentido profundo, derivar lo que allí se dice hacia el objetivo que traemos entre manos. El texto base para este ejercicio, como bien se sabe, debe ser una idea completa o una proposición cabal y comprensible. Con esa idea en mente se empieza a desmenuzarla, a verle sus flancos de significado, sus implicaciones o aportes para nuestra pesquisa. Este ejercicio de glosar guarda un gran parecido con lo que he denominado contrapunto a las citas de autor y que, en este mismo blog he explicado y ejemplificado en varias entradas. Sea como fuere, el texto base hace las veces de soporte-motivo o piedra de toque para, desde ahí, impulsarnos a redactar y sortear así la parálisis mental o el entumecimiento de nuestra mano de escritores.    

Un recurso que podemos añadir, a los ya expuestos, es el de transcribir la información recolectada que está en fotocopias, en PDF, en medios digitales de audio o de video. Al transcribir, por ejemplo, una entrevista, no sólo vamos teniendo más dominio de lo que allí se dice, sino que esa labor se convierte en un dispositivo de recordación para fijarlo en nuestra memoria. La transcripción de declaraciones, de citas, de testimonios, de valoraciones críticas, hace que nuestra mente empiece a impregnarse del mundo del personaje, crea un clima cognitivo para sentirlo más cercano, para poner en alto relieve sus convicciones profesionales, su modo de pensar, sus principios rectores, su manera de entender el contexto en que le tocó vivir y dentro del cual ideó o puso a prueba sus proyectos e ideales. Transcribir buena parte de la información recolectada –con paciencia y buena atención– es una manera de contagiarse de la visión de mundo del autor, asimilar sus enunciaciones identitarias y crear un vínculo discursivo para que, al momento de hablar de él, no lo sintamos demasiado lejano o inaccesible.

La sexta ayuda consiste en seguir, paso a paso, la línea de tiempo del autor, para irse enfocando en cada una de esas diferentes etapas. Desde luego, se empezaría por el nacimiento, se pasaría enseguida por su juventud y madurez hasta concluir en el presente o en su muerte, si ya ha fallecido. Esta línea de tiempo señala los puntos de referencia o los hitos existenciales que servirán de guía al que no sabe cómo o por dónde comenzar a redactar. Por supuesto, y eso no sobra repetirlo, una historia de vida no es una cronología rigurosa, año a año, sino una selección de los eventos más significativos o más relevadores de una persona; habrá, entonces, que seleccionar aquellos en los cuales hay “densidad biográfica” o que, mirados en relación con otros, tienen un subrayado o gran trascendencia. A veces, esa línea de tiempo, se divide por décadas o por grupos de años que pueden abarcar la época de infancia, la etapa de formación, el período de producción o realización profesional, o los años de madurez, vejez y muerte. En cualquier modo de parcelar este itinerario de una vida, la clave está en la certeza que ofrece esa cadena de tiempo para no perderse entre las muchas informaciones recolectadas.

Otra estrategia para aquellos que permanecen inmovilizados frente a la pantalla de su computador y, después de un largo tiempo, siguen sin empezar a redactar la primera página sobre la persona en la que han estado trabajando por varios días, consiste en leer apartes de otras historias de vida, con el fin de “inspirarse” o ver alternativas de solución a este tipo de pesquisa. Desde luego, las historias de vida elegidas o las biografías –en sentido amplio– que tienen más fuerza motivacional son aquellas con un buen tono narrativo o que, según la crítica, son ejemplo de calidad en esta forma textual. La lectura de estas obras cumple su cometido cuando despiertan en quien tiene el bloqueo un asomo de posibilidad para empezar su labor o sirven de modelaje para emular un estilo, una estructura, un modo de articular diferentes aspectos de una persona. La idea, por lo mismo, es ir leyendo, dejarse habitar por esa escritura, para después intentar esbozar unas líneas en la misma tonalidad o tratar de seguir la organización de un párrafo o apropiar determinados recursos para darle inicio al texto, subtitularlo o intercalar las voces de los entrevistados. Se lee a los escritores que han realizado excelentes biografías para, desde un proceso de imitación, tratar de interiorizar esas formas sobresalientes de escritura. Más allá de lograr un resultado perfecto, lo que se pretende con este recurso es tener textos-tutores que nos acompañen en nuestros escarceos de redacción vacilante.

Sumadas a estas siete ayudas para superar el bloqueo de iniciar la redacción de la historia de vida, creo oportuno señalar, de manera puntual, tres más: darle extensión o desarrollo a una pequeña anécdota contada por el protagonista o relatada por alguno de los informantes; elaborar un breve retrato del personaje en cuestión retomando, de aquí y allá, rasgos físicos y de carácter, atributos de su personalidad o características notorias de su modo de hablar, relacionarse o comportarse en determinadas situaciones; exponer, a manera de síntesis de una hoja de vida, los trabajos desempeñados, los proyectos llevados a cabo, las obras intelectuales publicadas, calcando el estilo de la presentación de los currículum en los que, de forma resumida, se destacan las habilidades, la experiencia y logros más significativos de una persona.

Confío en que por lo menos una de estas iniciativas contribuya a deshacer ese estado de embotamiento, inacción o marasmo de los investigadores al momento de poner por escrito las historias de vida documentadas y, a la vez, sirvan de indicios cuando se quiera buscar la mejor vía para hacer coincidir la ambición entusiasta de realizar un buen trabajo con los recursos de redacción necesarios para materializar tal deseo.