Sobre el rumor

El rumor, que es susurrante cuando nace, se hace más fuerte a medida que lo escuchan. Cada persona que atiende sus llamados –sabiéndolo o no– convierte ese leve murmullo en un estridente grito.

*

En momentos o épocas de alta incertidumbre el rumor encuentra un clima favorable para poner sus larvas contagiosas. Las dudas, el desasosiego y la vacilación alimentan esta criatura de mil bocas.

*

El rumor es veloz, de andar alado; la verdad es maciza, de paso lento. Mientras uno se difunde en segundos; la otra necesita horas o días para lograr comunicarse.

*

Al rumor le gusta exagerar porque sabe que la masa, amante del espectáculo, prefiere lo llamativo y efectista sobre lo discreto y natural. El rumor es hiperbólico, ampuloso, claramente melodramático. Y esto es, precisamente, lo que cautiva y vincula emocionalmente al público.

*

El rumor se esparce secretamente como un miasma invisible; vive en el aire, se dispersa como un soplo. Los olores ligeros del rumor se expanden a través del viento de la murmuración.

*

Los rumores difamatorios o calumniosos usados en las campañas políticas buscan no solo minar la credibilidad del opositor, sino exacerbar el odio y la venganza en los copartidarios para ver a los seguidores de otros candidatos como letales enemigos. El rumor se encarna en el alma cuando despierta y promueve el fanatismo.

*

El secreto y el rumor mantienen una lucha permanente: entre más se fortifica el primero, más quiere asediarlo el segundo. El secreto usa torreones y trincheras; el rumor, tropas de asalto. El secreto confía en la lealtad a toda prueba y la reserva de la confidencia; el rumor en el posible desertor y la astucia de la infiltración. Se trata, en últimas, de la antiquísima contienda entre el sigilo de lo privado y la curiosidad de lo público.

*

En el proceso adelantado por el rumor toda rectificación del implicado, por inmediata que sea, resulta extemporánea.

*

El oído es el medio privilegiado del rumor para insuflarse en la mente y en el corazón. Este sentido, desde su pasiva disposición, es proclive a escuchar las diversas manifestaciones del narcisismo y el engreimiento. Por eso el susurro del rumor no deja de ser una forma de tentación.

*

Rumor: comunicación furtiva que seduce a nuestra curiosidad.

*

El rumor se expande como las olas en el agua y de esta manera lleva sucesivamente su mensaje. Aunque muchos participan de tal efecto, nunca se sabe con exactitud quién fue la mano oculta que lanzó la piedra detonante al estanque de la opinión pública.

*

La credulidad es la mejor caja de resonancia para el rumor. Sólo los incautos e ingenuos perciben y difunden todo murmullo como si fuera un estrepitoso y alarmante ruido.

*

El nivel de influencia de las personas dice de ellas el tipo de impacto que tendrá el rumor en sus mentes o en sus corazones: entre más sugestionable sea alguien, más dispuesto estará para creer lo primero que le cuenten. La predisposición hacia el rumor es, en el fondo, una forma de sometimiento.

*

El culto contemporáneo a la velocidad ha fortalecido el rumor mendaz y debilitado la búsqueda de la verdad. A la rapidez le importa poco cotejar las opiniones con los hechos.

*

El rumor, que participa de los ardides de la persecución, lanza sus especulaciones hacia alguien como si fueran perros de cacería. Y aunque la presa huya o se esconda, permanece en el ambiente el asedio, la algarabía y el ladrido de los sabuesos excitados.

*

Para algunos influenciadores en las redes sociales “abrir hilo” es “prender mecha”. El lenguaje explosivo, los calificativos fulminantes, el artificio de impacto en cada mensaje, contribuyen a crear una pirotécnica sensacionalista en sus cortos mensajes. Los propagadores de rumores tienen alma de incendiarios.

*

El rumor puede usarse como un arma de guerra. Sirve para desmoralizar al contrincante, confundir al enemigo, hacerle creer cosas que no son o sacar provecho de situaciones imprevisibles. Por ser un arma de desinformación necesita de canales o voceros que la difundan. La radio sigue siendo el medio idóneo para esta labor propagandística.

*

Antes de las redes sociales el rumor era intermitente y circunscrito; ahora es inmediato, continuo y de amplísima cobertura. La cercanía de la conexión ha convertido la comunicación en patio de conventillo. Y, como es sabido, en el hacinamiento la intimidad se vuelve comidilla de todos.

*

Algunos rumores son una respuesta del débil ante los atropellos del poderoso; otros proceden del odio, la envidia o el sectarismo. También se usa el rumor para regular y mantener la moral de la mayoría o para nivelar a los que se destacan dentro de un grupo. Hay rumores que son molestias pasajeras y otros que fracturan para siempre la vida de una persona. Sea como fuere, los rumores son la manifestación susurrante de las pasiones y los sentimientos heridos.

*

Al igual que la ninfa Eco, los propagadores de rumores en las redes sociales andan metidos en sus cuevas, condenados a reenviar los mensajes que les llegan. La rapidez con que los miran apenas les permite ubicar dos o tres palabras que repiten una y otra vez. Por lo demás, los descendientes de Eco –según el saber mitológico– heredan la maldición de no poder expresar rumores de amor. 

*

El rumor desmentido alarga o bifurca su existencia; el confirmado, lo reduce o detiene su vibración. Para desmentirlo se requiere de una voz autorizada; para confirmarlo, no se necesita la presencia de voceros.

*

El espíritu crítico, la duda metódica, el cotejo de información y una dosis de escepticismo siguen siendo el mejor antídoto contra el rumor malintencionado e injurioso. Y, por supuesto, mantener el humor que es un disolvente a todo dramatismo alarmista e injustificado.

*

Esta es la paradoja del rumor: las personas lo eluden y detestan cuando hacia ellas se dirige, pero todos lo buscan y celebran cuando hacia otros fija su objetivo.

Los beneficios formativos de leer biografías

Además del placer que produce la lectura de biografías, las historias de vida cumplen un papel fundante en la formación de niños y jóvenes, y son referentes importantes para enriquecer la edad adulta y sobrellevar la vejez. Las vidas de personas “ilustres”, “notables”, “ejemplares”, pueden ser un buen abono para el espíritu cuando está empezando a consolidarse un carácter, constituyen un repertorio de ejemplos –positivos o negativos– para el autoexamen y la toma de decisiones y son un caudal de experiencia que, generación tras generación, se ofrece como legado a los hombres y mujeres del presente.

¡Cómo son de nutritivas la lectura de biografías en los años de infancia! Escuchadas o leídas, despertaban la imaginación y la fantasía, hacían crecer en nuestra mente infantil deseos de heroísmo o de causas altruistas; nos llevaban a imaginar cierta disposición para la valentía, el fragor de la aventura o una inusitada capacidad para adentrarnos en los misterios de la naturaleza. Héroes patrios, santos, descubridores o científicos, artistas, gobernantes o líderes diversos, recuperaban su figura en los juegos de las horas del recreo o, para poner un ejemplo personal, servían de refuerzo a una pasión por el dibujo. Porque en los cuentos de alquiler, en un ejemplar de las Vidas ilustres, leí la historia de El greco, el pintor que tenía un nombre extraño y, sin embargo, guardé para siempre en mi memoria: Doménicos Theotocópoulos. Esa biografía contada en viñetas de colores me impactó sobre manera porque se hermanaba con mi gusto por ilustrar mis cuadernos. Al igual que él yo copiaba las ilustraciones de los libros, me esforzaba en manejar la pluma y el dibujo a tinta china y pasaba largas horas combinando los colores para darle el mejor tinte a las plumas de las guacamayas. Años después cuando empecé a estudiar diseño gráfico en la Universidad Nacional me volví a reencontrar con este pintor de cuerpos alargados, ojos vidriosos y sombras profundas. Y pasado mucho tiempo pude viajar a Toledo y ver, ya no en láminas sino en el lienzo original, El entierro del conde de Orgaz. Cuento esto para reafirmar mi idea de que la lectura de biografías, especialmente en las edades cuando estamos explorando nuestros talentos, permiten identificar nombres que se convierten en personas a emular o dan forma a vocaciones que aún no podemos delinear con exactitud.

Y ni qué decir del impacto de las biografías cuando ya somos jóvenes y estamos en la búsqueda de un campo profesional o luchamos interiormente entre estudiar para conseguir un empleo o seguir una pasión artística llena de incertidumbres. Las vidas de autores reconocidos, las vicisitudes por las que pasaron para alcanzar sus ideales, la forma en que vencieron las adversidades, todo ello se convierte en lecciones indirectas para el futuro de una existencia o en itinerarios posibles cuando se sueña seguir el llamado de una vocación. Recuerdo, en esta perspectiva, la emoción con que devoré en pocos días la novela Anhelo de vivir: La vida de Vincent van Gogh de Irving Stone. Ni me di cuenta en qué momento terminé las 400 páginas sobre el creador de “Los girasoles”, “La noche estrellada”, “Trigal con cuervos…” Qué forma hermosa de aprender la persistencia de un hombre para lograr cumplir sus ideales, la fuerza de carácter para no mentirse interiormente, la importancia de contar con cómplices o personas fraternas para mantenerse en pie y no sucumbir ante las penurias de la sobrevivencia. Este libro, la historia de este pintor fue definitiva para dejar los estudios de derecho que cursaba en ese momento y optar por la literatura. En muchas ocasiones, la lectura de una biografía fortalece el ánimo y direcciona la voluntad o muestra casos concretos de lo que en nuestra mente es apenas un anhelo o una divagante aspiración.

Considero que la escuela y los maestros son fundamentales en este propósito de presentar hombres y mujeres “destacables”, modelos de ingenio, de investigación, de creatividad o de servicio a los demás, ejemplos humanos que desde su misma trayectoria de vida son un testimonio de tenacidad, de consagración a un ideal o de encarnar ciertos valores que rebasan el común comportarse de la gente. Leer esas biografías en clase, volverlas parte de un plan lector institucional, incitar a los estudiantes a hallar “personajes” cercanos a sus expectativas de realización en el futuro, puede llevar a que desde muy pequeños se cultive una afición, se confíe más en las propias habilidades y se hallen mentores que refuercen la “singularidad” y la materialización de ideales aparentemente inalcanzables. Cómo no referir acá la biografía de 11 científicos, Cazadores de microbios de Paul de Kruif; un libro con una prosa ágil e interpelativa para despertar el gusto por la investigación, por la persistencia si se desea responder una pregunta, y por el trabajo denodado y honesto lejos de vanaglorias pasajeras.

Algo semejante ocurre en los estudiantes de educación superior cuando leen biografías de los fundadores, pensadores o referentes claves de una profesión. Aquí hay un buen repertorio de “figuras notables” para ofrecer electivas que contribuyan a entender la historia de un campo disciplinar, los pilares de su desarrollo y, lo más importante, una forma de poner a dialogar la innovación de un campo del saber con el cauce poderoso de la tradición que le da soporte social y fundamento teórico. Digo esto porque cuando se instrumentaliza demasiado una profesión, al dejarla huérfana de aquellos que le dieron consistencia, realce y continuidad en el tiempo, con facilidad se cae en el tecnicismo del operario o en atender únicamente las demandas inmediatas del mercado. Cómo puede ser posible que, sólo como ilustración, salgan egresados de una licenciatura en educación sin conocer las vidas de Montessori, Decroly, Freinet, Pestalozzi, Dewey o Paulo Freire. Pero no me refiero a una reseña rápida de estos “pilares”, sino a estudiar su vida en profundidad para entender bien su aporte a la educación, la forma como respondieron a los problemas educativos de su tiempo, y la manera como fueron elaborando sus propuestas o sus metodologías innovadoras. Si hiciéramos esto de manera intencionada en los currículos los estudiantes sabrían quiénes son esos “autores clásicos” de su carrera, sabrían reconocerlos y dignificarlos, aprenderían a distinguir el origen de diversos enfoques en una misma disciplina y, poco a poco, hallarían razones de peso para amar y enaltecer su profesión.

Pero la lectura de biografías no solo es útil en el ambiente escolar o universitario, también es valiosa para la formación personal en cualquier edad de la vida. Y así como las hagiografías tenían una finalidad edificante, las biografías nos ponen en contacto con otras personas, de diferentes épocas y contextos, que nos dan orientaciones sobre cómo enfrentar ciertos problemas o actuar en determinadas circunstancias. Pienso ahora en las Vidas paralelas de Plutarco y la sabiduría contenida en sus páginas, especialmente cuando tenemos algún tipo de poder o estamos sometidos al escrutinio público. Cuántos errores podrían evitarse si hubiéramos leído y apropiado lo que allí se nos cuenta sobre figuras como Alejandro, Julio César, Numa Pompilio, Solón, Pericles, Cicerón o Demóstenes. Cuánta sabiduría tendríamos en nuestro haber si, al decir de Plutarco, supiéramos apropiar de todas esas vidas pasadas las ganancias interpersonales de “un modo de conducirse” o las consecuencias negativas de no templar el carácter. Al leer este tipo de biografías asumimos el papel de beneficiarios del legado de otras vidas, recogemos lo que más nos sirve para dilucidar los problemas de la vida diaria y nos provisionamos de normas de conducta, de virtudes o principios que orienten nuestro proceder en el futuro.

De cara al narcisismo de nuestra época y del desprecio por el pasado, frente al culto a la velocidad y la novelería, la lectura de biografías puede ser un buen camino para que las nuevas generaciones conversen con las anteriores, una forma de aprender las contingencias de la vida desde el testimonio de otras personas, y una forma de dignificar a todos esos hombres y mujeres que abrieron fronteras, hicieron descubrimientos, crearon obras artísticas, lideraron multitudes o contribuyeron a que el mundo que les tocó en suerte fuera mejor o avanzara en alguna dimensión humana.

Las peculiaridades del asesor

Ilustración de Jim Tsinganos.

Desde su origen etimológico, el asesor es alguien que “se sienta al lado” o, siguiendo a Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana, es una persona que “asiste juntamente con el juez para juzgar y sentenciar algunas causas”. Tal significado primario nos advierte, de una vez, la relevancia positiva o negativa que tiene esta figura, y más cuando en él o ella depositamos la confianza y las expectativas para la solución de un problema. Intentemos, entonces, ahondar un tanto en las peculiaridades del asesor.

Tener un asesor o asesora es un acto de elección. Ya sea en el ámbito personal, empresarial o institucional, la figura del asesor proviene de una selección entre muchas personas al considerarlo digno de credibilidad, bien sea por su conocimiento o por su experticia en determinado campo y, por eso mismo, idóneo para ofrecer un consejo oportuno o una recomendación apropiada. Este hecho es importante señalarlo porque, en muchos casos, las personas se equivocan en tal elección o seleccionan justo a aquella menos indicada para ayudarles a solucionar un problema. Esto sucede porque prima la camaradería sobre la sensatez, el afecto sobre el buen juicio o el amiguismo sobre las capacidades comprobadas. Tal falta de tacto o perspicacia para seleccionar un buen asesor habla mucho de qué tanto conocemos a las personas y su trayectoria, de las pruebas y testimonios que sirven de respaldo para elegirlo y de una percepción afinada para saber aquilatar con tino firme sus fortalezas y sus debilidades.

Es apenas lógico que el asesor o asesora pida información a su asesorado. De alguna manera, la asesoría es una relación en la que alguien “externo” accede a lo “interno” de un individuo, una familia, una organización. En esta perspectiva, si no hay una discreción comprobada y una reserva de la información vuelta confidencia, lo que tendremos es una flagrante pérdida de “la zona privada” de una persona o una institución. Muchas veces, el asesor se apropia de una información privilegiada que termina convirtiéndose en un tipo de poder tácito sobre su asesorado o, cuando se presentan rupturas o alguna desavenencia en dicha relación, se convierten en “un caudal de secretos” que puede asumir un uso claramente pérfido, indiscreto o intimidatorio. De allí la importancia de constatar y validar en el asesor elegido su umbral de sigilo y, especialmente, su generosidad para no aprovecharse de lo que alguien entrega en un momento de crisis o de dificultad ya sean debilidades, miedos, dudas o conflictos.

Los consejos de un asesor tienen como base lo que le dice el asesorado y, como sucede en la anamnesis médica, si no se describe detalladamente la situación, lo más seguro es que el dictamen o consejo no se ajuste cabalmente al problema. Es apenas natural que tengamos “puntos ciegos” sobre nosotros mismos o que, dado el estado de angustia o de ansiedad, dejemos de lado aspectos importantes, minimicemos determinadas conductas o exageremos un hecho. Esto es inevitable. El asunto se complica, cuando pedimos la opinión del asesor a partir de esas parcelas de realidad que le comentamos. Y si el asesor no está preparado profesionalmente para discriminar esas confesiones, si fácilmente se hace un “aliado” de su asesorado, lo más seguro es que su rol termine celebrando decisiones equivocadas o reforzando comportamientos claramente inoportunos.

Si el asesor es responsable, será cuidadoso en el diagnóstico antes de lanzar cualquier pronóstico. Si no usa patrones preestablecidos a conductas o situaciones eventuales (dejando de lado los matices de lo particular) seguramente será más acertado que aquellos que se mueven sobre estandarizaciones del comportamiento o esquemas reductores de la complejidad humana. El trabajar con fórmulas tipificadas de respuesta sobre la inmediatez de un hecho, las soluciones estereotipadas a contextos e individuos diversos, tampoco ayudan a comprender bien cómo lo circunstancial entra a jugar dentro de una trayectoria de vida o cuándo lo accidental necesita aquilatarse con lo primordial y perdurable. Uno de los mayores errores de cualquier asesoría es el desconocimiento de lo ya hecho o construido o la de ignorar la participación de los otros actores involucrados en cualquier problema. Los cortes súbitos en el tiempo o las focalizaciones extremas de una parcela de realidad llevan a que el asesor absolutice una causa, ofrezca una única alternativa o se obsesione en un detalle que lo conduzca equivocadamente a no ver las bondades del conjunto.

Un aspecto, de honda raigambre crítica, es el de la credibilidad que le damos a las opiniones o juicios del asesor. Para algunos puede llegar a ser total, mientras que para otros es asumida parcialmente. Lo más riesgoso, por supuesto, es que se reciban esos “veredictos” sin ningún tamizaje, que se entregue a otra persona el “control” de la propia vida o se pierda el derrotero misional de una organización. No podemos dejar de lado un hecho: los consejos del asesor o asesora son otro punto de vista, otra luz que busca iluminar una situación brumosa, otra “interpretación” de las posibles que hay sobre un asunto. No se las puede tomar como verdades inobjetables o designios de un oráculo infalible; tampoco como juicios inapelables a los cuales no cabe sino la obediencia o el doblegarse de la propia voluntad ante las “revelaciones” de un guía trascendente. Desde luego que si se consulta al asesor es porque se tiene la suficiente confianza en su criterio; pero eso no significa renunciar a la reflexión personal, a las cavilaciones que van afinando, como en un molino, las impresiones y valoraciones que otra persona tiene sobre un conflicto o una apremiante indecisión en la toma de decisiones. La asesoría pierde su sentido cuando anula o suplanta la propia capacidad de decisión.

Otro asunto relevante, para saber la calidad de un asesor, es evaluar con regularidad si lo que aconseja trae beneficios considerables a la persona u ofrece mejoría a una situación conflictiva. De poco sirve mantener por un largo tiempo a un asesor si, mirados los resultados, no se ven cambios significativos, aumenta el estado de ansiedad del asesorado o se multiplican los problemas que pretendidamente deseaba solucionar. Porque también acá hay que decir una cosa con tono de advertencia: especialmente en aquellas etapas de desazón existencial o en períodos de crisis de una organización, abundan los asesores o asesoras que venden ilusiones de felicidad como si fueran panaceas de bolsillo o aparecen avivatos que ven en la asesoría una oportunidad no sólo para sacar beneficios económicos, sino para maquinar el escenario donde logren satisfacer sus propios intereses. Resulta gaseosa la figura del asesor si no hay una validación constante de su consejería, al igual que es nocivo para el asesorado volver la asesoría una dependencia interminable.

Concluyo subrayando que, en muchos momentos de nuestra existencia, en situaciones difíciles de la vida en pareja o de la convivencia familiar, en coyunturas inciertas de las instituciones o de incertidumbre en los negocios, es necesaria la ayuda de un asesor o asesora. Esto es innegable como necesario. Sin embargo, no es bueno “abrir el corazón y la intimidad” a cualquiera que parezca brindar los mejores consejos o dejar a la intemperie zonas frágiles de nuestro ser. El riesgo a largo plazo a veces es mayor que el beneficio pasajero. Aprender a elegir el mejor asesor según la ocasión y el tipo de problema que tengamos es uno de los atributos de las personas prudentes o una aspiración de genuina sabiduría.

El plutócrata

Ilustración de Thomas Nast.

Lo primero que observamos del plutócrata es su gesto soberbio y displicente. Muestra una seriedad semejante al desprecio. Mira a los que están a su alrededor por encima del hombro o con el convencimiento de sentirse superior a ellos. El plutócrata, por eso mismo, habla siempre con imperativos y, la mayoría de las veces, deja entrever en sus discursos una soterrada amenaza para aquellos que piensen contradecirlo. Dada esta forma de comunicarse, prefiere adeptos que compañeros de camino, seguidores y no coequiperos en sus proyectos. El plutócrata es clasista, discriminatorio y, esencialmente, sectario en sus credos e ideologías. Para este personaje no existen medias tintas y su modo de proceder con los demás se rige por la convicción guerrerista de “si no estás conmigo, estás contra mí”.

El plutócrata considera la deliberación una pérdida de tiempo; detesta los acuerdos y los consensos; tiene como rasero axiológico interesarse sólo en aquello que le genere algún beneficio. Al plutócrata se le dificulta demasiado escuchar, porque cree que sus opiniones son verdades y los puntos de vista de los demás flagrantes equivocaciones. En tanto persona autoritaria que infunde temor, fácilmente consigue aduladores que le refuerzan lo que hace o lo que dice al igual que serviles defensores de sus caprichos. Al plutócrata, más que asesores le interesan lisonjeros que le rindan culto; más que miembros diversos para hacer un equipo, lo que ansía es una tropa de obedientes admiradores. Como consecuencia de esta incapacidad para escuchar a otros, este personaje es obcecado, terco y profundamente arbitrario en sus decisiones.

Al plutócrata le importa poco la justicia, la ley, las normas establecidas. Este individuo considera que él mismo puede cambiarlas, adulterarlas u omitirlas. No teme a la justicia porque considera que el abundante dinero que posee le otorga unos privilegios o un trato diferencial al de la mayoría. Para el plutócrata todo es negociable y circunstancial; y el estamento normativo debe adaptarse a las condiciones de sus demandas. El plutócrata corrompe con facilidad, ofrece dádivas o sobornos, sabe usar las artimañas de los procesos jurídicos o los ardides de los abogados para acomodarlos a sus causas, así sean claramente delictivas o moralmente censurables. Si hay una ideología que gusta a esta persona es la del utilitarismo, sumada a la astucia política de Maquiavelo que recomienda no darles importancia a los medios con tal de conseguir los fines. El plutócrata se burla de las causas altruistas, de los proyectos solidarios, de los movimientos reivindicativos de las minorías. Lo que no está dentro de sus dictámenes o lineamientos económicos es visto como sospechoso o claramente subversivo.

El plutócrata miente con facilidad, engaña a sus interlocutores, los embauca con gran habilidad porque esa es parte de su experticia. No debemos olvidar que él es, antes que nada, un negociante. Entonces, cuando habla de sus iniciativas lo hace como si vendiera uno de sus productos; de allí que exagere, magnifique y multiplique las bondades de sus planes o sus maquinaciones. Lo que le interesa es vender su mercancía, así le toque encubrir los defectos u olvidarse de ofrecerles una garantía de calidad. Por eso el discurso del plutócrata está lleno de eslóganes pegadizos, de consignas de fácil recordación, de frases que prometen la solución para cualquier problema o de sanalotodo para todo tipo de dolencia. En este sentido, el plutócrata pronuncia sus discursos como si fueran proclamas salvadoras de una crisis mayúscula o soluciones perfectas a una tragedia ineluctable. Los mensajes de este personaje no tienen profundidad porque su intención no es provocar la reflexión y el análisis crítico, sino movilizar las pasiones o emociones básicas de la gente. Si algo sabe hacer bien el plutócrata es banalizar lo complejo, usar generalizaciones para disfrazar sus ignorancias, usar epítetos efectistas y acompañarse permanentemente de estratégicas campañas de propaganda para mantener en alto su índice de popularidad. Resalta en el plutócrata el uso descarado de cualquier dato estadístico con el fin de sacar conclusiones alarmistas, aumentar el miedo de las masas y ratificar su designio como el caudillo que estaban esperando.

Si hay un rasgo de personalidad que sobresale en el plutócrata es su egocentrismo. Quiere ser siempre el centro de atención y, para lograr tal objetivo, todo lo que hace lo convierte en un espectáculo o lo usa como motivo para los titulares sensacionalistas de los medios informativos. El plutócrata no puede ser discreto, está en contravía de su envanecimiento; carece de prudencia, porque lo suyo es la temeridad y el atrevimiento. Los ambientes preferidos del plutócrata tienen objetos dorados, decoración resplandeciente que hace sintonía con el brillo de los enormes espejos en que él pueda verse una y otra vez. Al plutócrata no le importa escandalizar, si con ello se mantiene vigente y está en la comidilla de la alta sociedad. Por eso, despotrica e injuria sin cesar; por eso usa la calumnia y la burla como una manera de espolear la reacción pasional de sus contradictores. Lo importante es que se hable de él, ojalá de manera permanente.

Cabe decir acá que el plutócrata se ensaña con los más débiles, humilla con facilidad, es insensible al sufrimiento ajeno y avaro hasta la indolencia. Disfruta viendo cómo el que no tiene mayores recursos tiene que doblegar su dignidad o tragarse en silencio su inconformismo. Al estar motivado por la ambición del dinero, el plutócrata sabe que la política es otra forma de negocio y el Estado una empresa de la que se pueden sacar excelentes dividendos. El ámbito de lo público en él se circunscribe al beneficio particular. El plutócrata pregona y muestra sus bienes como marcas, su mismo ser es una etiqueta; exhibe sus posesiones sin vergüenza, alardeando sus propiedades o sus cuentas millonarias, para crear en torno suyo una aureola de ser exitoso, que merece la emulación y el constante halago. Pero, detrás esa vanagloria, lo que en verdad desea es ratificar en la sociedad que es “único”, “distinguido” y un ser privilegiado, con prerrogativas excepcionales a las que tiene el mayor número de personas condenadas a jugarse cada día la sobrevivencia.

Allí donde proliferan los ciudadanos crédulos y dóciles, en las sociedades movidas por la polarización política y la animadversión hacia los considerados diferentes, en ese ambiente social de fanatismo y de ambición por el éxito económico y la celebridad mediática, el plutócrata halla el mejor caldo de cultivo para crecer a sus anchas. El odio entre coterráneos lo fortalece, la mínima formación política de las personas le ofrece oportunidades para lanzarse a la plaza púbica, la desinformación constante y las noticias falsas de las redes sociales y los medios masivos de información contribuyen a su ungimiento o su mitificación. Con la llegada del plutócrata a las más altas esferas del gobierno las razones argumentadas que llevan a los consensos, se hacen trizas; la búsqueda de soluciones participativas para la solución de los problemas de las mayorías, se detiene o entra en hibernación. El plutócrata en el poder es un ser peligroso para las democracias porque tiende a diluir los límites reguladores de las leyes, coarta la participación ciudadana deliberativa y ahonda la inequidad social entre unos pocos que multiplican sus ganancias y los millones de personas que se verán lastimosamente más empobrecidas.

Puntos clave para realizar una historia de vida

Etiquetas

,

Obra en madera reciclada del artista belga Stefaan De Croock.

En una pasada entrada de este blog hablé sobre los pormenores de los informantes cuando se quiere realizar una historia de vida. En esta ocasión me interesa profundizar en otros aspectos clave y su incidencia en la calidad de este tipo de investigación biográfica.

Comenzaré llamando la atención sobre los criterios orientadores que focalizan la realización de la historia de vida. Dichos criterios pueden enfatizar el desarrollo intelectual, las realizaciones artísticas o profesionales, el itinerario de formación, las peripecias del mundo íntimo o afectivo. En algunos casos dichos criterios hacen las veces de capítulos o, cuando se desea ahondar en alguno de ellos, sirven para desechar otros como irrelevantes. Contar con esos criterios no sólo ayuda a la selección de los aspectos medulares de la guía de entrevista o la búsqueda documental, sino que facilitan la recogida de información y su posterior organización. Los criterios orientadores obligan al investigador a buscar información pertinente, a estudiar previamente al personaje, a tener claridad sobre los objetivos de su búsqueda. Si no se poseen esos criterios o son demasiado difusos no se logrará delimitar el alcance de la historia de vida, como tampoco se tendrán elementos de juicio para el análisis posterior de la información recogida.

Un segundo punto esencial en la elaboración de una historia de vida son los llamados incidentes críticos. A qué me refiero. Una historia de vida no es una cronología en la que se vayan detallando, año a año, el mayor número de datos sobre una persona; se trata, más bien, de la reconstrucción de una vida orientada por determinados criterios. Así que, bien sea a partir de entrevistas o de una labor documental, hay que descubrir esos momentos altamente significativos, esos giros en un itinerario vital, esos hitos que hacen las veces de puntos de referencia en la trayectoria de una existencia. El investigador en educación Antonio Bolívar los entiende también como “puntos de inflexión” que permiten identificar momentos o circunstancias –positivas o negativas– en el desarrollo normal de una vida. Los incidentes críticos se evidencian en las “fases de cambio notorio”, en los “períodos de crisis”, en las “epifanías” o episodios de transformación interior, en el contacto o relación con determinadas personas de gran influencia en el sujeto motivo de nuestra pesquisa, en “experiencias impactantes” que conducen a rupturas o virajes en una trayectoria personal, intelectual, científica o profesional.  

La tercera clave está en disponer o elaborar un archivo. Esto supone adquirir algunas habilidades en manejo de documentos, tales como datación, indexación, uso de descriptores y, desde luego, la organización de la información en carpetas de fácil acceso.  Por lo general, el archivo se clasifica según los criterios orientadores; esto permite ganar tiempo durante la pesquisa y contribuye a hacer visibles los aspectos ya trabajados al igual que aquellos otros en los que se tiene poca o ninguna información. Todo documento –textual, de audio, de video– debe fecharse y acompañarse de una mínima referencia en la que se incluyan datos esenciales, útiles para la redacción posterior de la historia de vida. De otra parte, un buen archivo es fundamental para la triangulación de la información; es decir, para el cotejo de diferentes documentos cuando se tengan dudas o se quiera validar información diferente sobre un mismo asunto. Es recomendable también incluir dentro del archivo el “cuaderno o libreta de notas” en las que el investigador va consignando breves observaciones sobre determinado aspecto del personaje, sus “impresiones en caliente” después de realizar una entrevista, los puntos recurrentes detectados a partir de las diversas fuentes consultadas, los nuevos interrogantes surgidos al leer un documento o por el testimonio de un testigo.

Otro asunto clave, a medida que se van realizando las entrevistas, es ir haciendo la selección de voces que puedan ser útiles para la construcción del texto. Estas voces hacen las veces de “citas” o “fragmentos relevantes” que van sirviendo de testimonios a lo largo del relato de la historia de vida. Las voces, en la medida en que son apartados de un texto más amplio o responden a una pregunta específica, requieren darles un contexto que las ubiquen o expliquen bien a qué se refieren. No sobra usar alguna codificación que facilite su manipulación o la revisión del contenido cuando haya alguna duda o confusión. Salta a la vista que cuando se comienza a redactar la historia de vida habrá que combinar la propia voz expositiva del investigador con las voces de los informantes; saber entretejer esos “apartados” es lo que le va da dando validez a la información recogida y le otorga al texto un carácter interpelativo o lo torna interesante para el lector. Siempre es bueno tener un mayor número de voces de las que finalmente van a utilizarse en la redacción final e irlas agrupando por los criterios o temas predeterminados.

Agregaría algo más a estas reflexiones sobre la elaboración de historias de vida, que resulta definitivo para lograr “objetividad” o “ponderación” en los resultados: y es mantener siempre un espíritu crítico sobre la información recolectada. Porque realizar una historia de vida no es un panegírico desaforado sobre un personaje o una transcripción sin tamizaje de lo que dicen los informantes. Se necesita el análisis de los documentos, el contraste y comparación de fuentes, la perspectiva histórica que posibilita revisar los testimonios con la lupa de evidencias confiables. Quien realiza una historia de vida asume una perspectiva valorativa, determina unos criterios, interpreta los datos recolectados, pone en alto relieve lo que –por diferentes motivos– ha estado oculto o invisibilizado. Por eso se trata de una “reconstrucción” en la que cuenta mucho la pericia del artesano que trabaja con pequeñas piezas al igual que el horizonte de sentido en el que desea ubicar a su persona investigada. De alguna manera, al redactar una historia de vida se valida o legitima la trayectoria vital de una persona, de un ser humano en particular, y eso demanda buen temple ético y un rigor académico con lo que se afirma, enjuicia o se considera digno de reconocimiento público.