Desde su origen etimológico, el asesor es alguien que “se sienta al lado” o, siguiendo a Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana, es una persona que “asiste juntamente con el juez para juzgar y sentenciar algunas causas”. Tal significado primario nos advierte, de una vez, la relevancia positiva o negativa que tiene esta figura, y más cuando en él o ella depositamos la confianza y las expectativas para la solución de un problema. Intentemos, entonces, ahondar un tanto en las peculiaridades del asesor.
Tener un asesor o asesora es un acto de elección. Ya sea en el ámbito personal, empresarial o institucional, la figura del asesor proviene de una selección entre muchas personas al considerarlo digno de credibilidad, bien sea por su conocimiento o por su experticia en determinado campo y, por eso mismo, idóneo para ofrecer un consejo oportuno o una recomendación apropiada. Este hecho es importante señalarlo porque, en muchos casos, las personas se equivocan en tal elección o seleccionan justo a aquella menos indicada para ayudarles a solucionar un problema. Esto sucede porque prima la camaradería sobre la sensatez, el afecto sobre el buen juicio o el amiguismo sobre las capacidades comprobadas. Tal falta de tacto o perspicacia para seleccionar un buen asesor habla mucho de qué tanto conocemos a las personas y su trayectoria, de las pruebas y testimonios que sirven de respaldo para elegirlo y de una percepción afinada para saber aquilatar con tino firme sus fortalezas y sus debilidades.
Es apenas lógico que el asesor o asesora pida información a su asesorado. De alguna manera, la asesoría es una relación en la que alguien “externo” accede a lo “interno” de un individuo, una familia, una organización. En esta perspectiva, si no hay una discreción comprobada y una reserva de la información vuelta confidencia, lo que tendremos es una flagrante pérdida de “la zona privada” de una persona o una institución. Muchas veces, el asesor se apropia de una información privilegiada que termina convirtiéndose en un tipo de poder tácito sobre su asesorado o, cuando se presentan rupturas o alguna desavenencia en dicha relación, se convierten en “un caudal de secretos” que puede asumir un uso claramente pérfido, indiscreto o intimidatorio. De allí la importancia de constatar y validar en el asesor elegido su umbral de sigilo y, especialmente, su generosidad para no aprovecharse de lo que alguien entrega en un momento de crisis o de dificultad ya sean debilidades, miedos, dudas o conflictos.
Los consejos de un asesor tienen como base lo que le dice el asesorado y, como sucede en la anamnesis médica, si no se describe detalladamente la situación, lo más seguro es que el dictamen o consejo no se ajuste cabalmente al problema. Es apenas natural que tengamos “puntos ciegos” sobre nosotros mismos o que, dado el estado de angustia o de ansiedad, dejemos de lado aspectos importantes, minimicemos determinadas conductas o exageremos un hecho. Esto es inevitable. El asunto se complica, cuando pedimos la opinión del asesor a partir de esas parcelas de realidad que le comentamos. Y si el asesor no está preparado profesionalmente para discriminar esas confesiones, si fácilmente se hace un “aliado” de su asesorado, lo más seguro es que su rol termine celebrando decisiones equivocadas o reforzando comportamientos claramente inoportunos.
Si el asesor es responsable, será cuidadoso en el diagnóstico antes de lanzar cualquier pronóstico. Si no usa patrones preestablecidos a conductas o situaciones eventuales (dejando de lado los matices de lo particular) seguramente será más acertado que aquellos que se mueven sobre estandarizaciones del comportamiento o esquemas reductores de la complejidad humana. El trabajar con fórmulas tipificadas de respuesta sobre la inmediatez de un hecho, las soluciones estereotipadas a contextos e individuos diversos, tampoco ayudan a comprender bien cómo lo circunstancial entra a jugar dentro de una trayectoria de vida o cuándo lo accidental necesita aquilatarse con lo primordial y perdurable. Uno de los mayores errores de cualquier asesoría es el desconocimiento de lo ya hecho o construido o la de ignorar la participación de los otros actores involucrados en cualquier problema. Los cortes súbitos en el tiempo o las focalizaciones extremas de una parcela de realidad llevan a que el asesor absolutice una causa, ofrezca una única alternativa o se obsesione en un detalle que lo conduzca equivocadamente a no ver las bondades del conjunto.
Un aspecto, de honda raigambre crítica, es el de la credibilidad que le damos a las opiniones o juicios del asesor. Para algunos puede llegar a ser total, mientras que para otros es asumida parcialmente. Lo más riesgoso, por supuesto, es que se reciban esos “veredictos” sin ningún tamizaje, que se entregue a otra persona el “control” de la propia vida o se pierda el derrotero misional de una organización. No podemos dejar de lado un hecho: los consejos del asesor o asesora son otro punto de vista, otra luz que busca iluminar una situación brumosa, otra “interpretación” de las posibles que hay sobre un asunto. No se las puede tomar como verdades inobjetables o designios de un oráculo infalible; tampoco como juicios inapelables a los cuales no cabe sino la obediencia o el doblegarse de la propia voluntad ante las “revelaciones” de un guía trascendente. Desde luego que si se consulta al asesor es porque se tiene la suficiente confianza en su criterio; pero eso no significa renunciar a la reflexión personal, a las cavilaciones que van afinando, como en un molino, las impresiones y valoraciones que otra persona tiene sobre un conflicto o una apremiante indecisión en la toma de decisiones. La asesoría pierde su sentido cuando anula o suplanta la propia capacidad de decisión.
Otro asunto relevante, para saber la calidad de un asesor, es evaluar con regularidad si lo que aconseja trae beneficios considerables a la persona u ofrece mejoría a una situación conflictiva. De poco sirve mantener por un largo tiempo a un asesor si, mirados los resultados, no se ven cambios significativos, aumenta el estado de ansiedad del asesorado o se multiplican los problemas que pretendidamente deseaba solucionar. Porque también acá hay que decir una cosa con tono de advertencia: especialmente en aquellas etapas de desazón existencial o en períodos de crisis de una organización, abundan los asesores o asesoras que venden ilusiones de felicidad como si fueran panaceas de bolsillo o aparecen avivatos que ven en la asesoría una oportunidad no sólo para sacar beneficios económicos, sino para maquinar el escenario donde logren satisfacer sus propios intereses. Resulta gaseosa la figura del asesor si no hay una validación constante de su consejería, al igual que es nocivo para el asesorado volver la asesoría una dependencia interminable.
Concluyo subrayando que, en muchos momentos de nuestra existencia, en situaciones difíciles de la vida en pareja o de la convivencia familiar, en coyunturas inciertas de las instituciones o de incertidumbre en los negocios, es necesaria la ayuda de un asesor o asesora. Esto es innegable como necesario. Sin embargo, no es bueno “abrir el corazón y la intimidad” a cualquiera que parezca brindar los mejores consejos o dejar a la intemperie zonas frágiles de nuestro ser. El riesgo a largo plazo a veces es mayor que el beneficio pasajero. Aprender a elegir el mejor asesor según la ocasión y el tipo de problema que tengamos es uno de los atributos de las personas prudentes o una aspiración de genuina sabiduría.




