Las peculiaridades del asesor

Ilustración de Jim Tsinganos.

Desde su origen etimológico, el asesor es alguien que “se sienta al lado” o, siguiendo a Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana, es una persona que “asiste juntamente con el juez para juzgar y sentenciar algunas causas”. Tal significado primario nos advierte, de una vez, la relevancia positiva o negativa que tiene esta figura, y más cuando en él o ella depositamos la confianza y las expectativas para la solución de un problema. Intentemos, entonces, ahondar un tanto en las peculiaridades del asesor.

Tener un asesor o asesora es un acto de elección. Ya sea en el ámbito personal, empresarial o institucional, la figura del asesor proviene de una selección entre muchas personas al considerarlo digno de credibilidad, bien sea por su conocimiento o por su experticia en determinado campo y, por eso mismo, idóneo para ofrecer un consejo oportuno o una recomendación apropiada. Este hecho es importante señalarlo porque, en muchos casos, las personas se equivocan en tal elección o seleccionan justo a aquella menos indicada para ayudarles a solucionar un problema. Esto sucede porque prima la camaradería sobre la sensatez, el afecto sobre el buen juicio o el amiguismo sobre las capacidades comprobadas. Tal falta de tacto o perspicacia para seleccionar un buen asesor habla mucho de qué tanto conocemos a las personas y su trayectoria, de las pruebas y testimonios que sirven de respaldo para elegirlo y de una percepción afinada para saber aquilatar con tino firme sus fortalezas y sus debilidades.

Es apenas lógico que el asesor o asesora pida información a su asesorado. De alguna manera, la asesoría es una relación en la que alguien “externo” accede a lo “interno” de un individuo, una familia, una organización. En esta perspectiva, si no hay una discreción comprobada y una reserva de la información vuelta confidencia, lo que tendremos es una flagrante pérdida de “la zona privada” de una persona o una institución. Muchas veces, el asesor se apropia de una información privilegiada que termina convirtiéndose en un tipo de poder tácito sobre su asesorado o, cuando se presentan rupturas o alguna desavenencia en dicha relación, se convierten en “un caudal de secretos” que puede asumir un uso claramente pérfido, indiscreto o intimidatorio. De allí la importancia de constatar y validar en el asesor elegido su umbral de sigilo y, especialmente, su generosidad para no aprovecharse de lo que alguien entrega en un momento de crisis o de dificultad ya sean debilidades, miedos, dudas o conflictos.

Los consejos de un asesor tienen como base lo que le dice el asesorado y, como sucede en la anamnesis médica, si no se describe detalladamente la situación, lo más seguro es que el dictamen o consejo no se ajuste cabalmente al problema. Es apenas natural que tengamos “puntos ciegos” sobre nosotros mismos o que, dado el estado de angustia o de ansiedad, dejemos de lado aspectos importantes, minimicemos determinadas conductas o exageremos un hecho. Esto es inevitable. El asunto se complica, cuando pedimos la opinión del asesor a partir de esas parcelas de realidad que le comentamos. Y si el asesor no está preparado profesionalmente para discriminar esas confesiones, si fácilmente se hace un “aliado” de su asesorado, lo más seguro es que su rol termine celebrando decisiones equivocadas o reforzando comportamientos claramente inoportunos.

Si el asesor es responsable, será cuidadoso en el diagnóstico antes de lanzar cualquier pronóstico. Si no usa patrones preestablecidos a conductas o situaciones eventuales (dejando de lado los matices de lo particular) seguramente será más acertado que aquellos que se mueven sobre estandarizaciones del comportamiento o esquemas reductores de la complejidad humana. El trabajar con fórmulas tipificadas de respuesta sobre la inmediatez de un hecho, las soluciones estereotipadas a contextos e individuos diversos, tampoco ayudan a comprender bien cómo lo circunstancial entra a jugar dentro de una trayectoria de vida o cuándo lo accidental necesita aquilatarse con lo primordial y perdurable. Uno de los mayores errores de cualquier asesoría es el desconocimiento de lo ya hecho o construido o la de ignorar la participación de los otros actores involucrados en cualquier problema. Los cortes súbitos en el tiempo o las focalizaciones extremas de una parcela de realidad llevan a que el asesor absolutice una causa, ofrezca una única alternativa o se obsesione en un detalle que lo conduzca equivocadamente a no ver las bondades del conjunto.

Un aspecto, de honda raigambre crítica, es el de la credibilidad que le damos a las opiniones o juicios del asesor. Para algunos puede llegar a ser total, mientras que para otros es asumida parcialmente. Lo más riesgoso, por supuesto, es que se reciban esos “veredictos” sin ningún tamizaje, que se entregue a otra persona el “control” de la propia vida o se pierda el derrotero misional de una organización. No podemos dejar de lado un hecho: los consejos del asesor o asesora son otro punto de vista, otra luz que busca iluminar una situación brumosa, otra “interpretación” de las posibles que hay sobre un asunto. No se las puede tomar como verdades inobjetables o designios de un oráculo infalible; tampoco como juicios inapelables a los cuales no cabe sino la obediencia o el doblegarse de la propia voluntad ante las “revelaciones” de un guía trascendente. Desde luego que si se consulta al asesor es porque se tiene la suficiente confianza en su criterio; pero eso no significa renunciar a la reflexión personal, a las cavilaciones que van afinando, como en un molino, las impresiones y valoraciones que otra persona tiene sobre un conflicto o una apremiante indecisión en la toma de decisiones. La asesoría pierde su sentido cuando anula o suplanta la propia capacidad de decisión.

Otro asunto relevante, para saber la calidad de un asesor, es evaluar con regularidad si lo que aconseja trae beneficios considerables a la persona u ofrece mejoría a una situación conflictiva. De poco sirve mantener por un largo tiempo a un asesor si, mirados los resultados, no se ven cambios significativos, aumenta el estado de ansiedad del asesorado o se multiplican los problemas que pretendidamente deseaba solucionar. Porque también acá hay que decir una cosa con tono de advertencia: especialmente en aquellas etapas de desazón existencial o en períodos de crisis de una organización, abundan los asesores o asesoras que venden ilusiones de felicidad como si fueran panaceas de bolsillo o aparecen avivatos que ven en la asesoría una oportunidad no sólo para sacar beneficios económicos, sino para maquinar el escenario donde logren satisfacer sus propios intereses. Resulta gaseosa la figura del asesor si no hay una validación constante de su consejería, al igual que es nocivo para el asesorado volver la asesoría una dependencia interminable.

Concluyo subrayando que, en muchos momentos de nuestra existencia, en situaciones difíciles de la vida en pareja o de la convivencia familiar, en coyunturas inciertas de las instituciones o de incertidumbre en los negocios, es necesaria la ayuda de un asesor o asesora. Esto es innegable como necesario. Sin embargo, no es bueno “abrir el corazón y la intimidad” a cualquiera que parezca brindar los mejores consejos o dejar a la intemperie zonas frágiles de nuestro ser. El riesgo a largo plazo a veces es mayor que el beneficio pasajero. Aprender a elegir el mejor asesor según la ocasión y el tipo de problema que tengamos es uno de los atributos de las personas prudentes o una aspiración de genuina sabiduría.

El plutócrata

Ilustración de Thomas Nast.

Lo primero que observamos del plutócrata es su gesto soberbio y displicente. Muestra una seriedad semejante al desprecio. Mira a los que están a su alrededor por encima del hombro o con el convencimiento de sentirse superior a ellos. El plutócrata, por eso mismo, habla siempre con imperativos y, la mayoría de las veces, deja entrever en sus discursos una soterrada amenaza para aquellos que piensen contradecirlo. Dada esta forma de comunicarse, prefiere adeptos que compañeros de camino, seguidores y no coequiperos en sus proyectos. El plutócrata es clasista, discriminatorio y, esencialmente, sectario en sus credos e ideologías. Para este personaje no existen medias tintas y su modo de proceder con los demás se rige por la convicción guerrerista de “si no estás conmigo, estás contra mí”.

El plutócrata considera la deliberación una pérdida de tiempo; detesta los acuerdos y los consensos; tiene como rasero axiológico interesarse sólo en aquello que le genere algún beneficio. Al plutócrata se le dificulta demasiado escuchar, porque cree que sus opiniones son verdades y los puntos de vista de los demás flagrantes equivocaciones. En tanto persona autoritaria que infunde temor, fácilmente consigue aduladores que le refuerzan lo que hace o lo que dice al igual que serviles defensores de sus caprichos. Al plutócrata, más que asesores le interesan lisonjeros que le rindan culto; más que miembros diversos para hacer un equipo, lo que ansía es una tropa de obedientes admiradores. Como consecuencia de esta incapacidad para escuchar a otros, este personaje es obcecado, terco y profundamente arbitrario en sus decisiones.

Al plutócrata le importa poco la justicia, la ley, las normas establecidas. Este individuo considera que él mismo puede cambiarlas, adulterarlas u omitirlas. No teme a la justicia porque considera que el abundante dinero que posee le otorga unos privilegios o un trato diferencial al de la mayoría. Para el plutócrata todo es negociable y circunstancial; y el estamento normativo debe adaptarse a las condiciones de sus demandas. El plutócrata corrompe con facilidad, ofrece dádivas o sobornos, sabe usar las artimañas de los procesos jurídicos o los ardides de los abogados para acomodarlos a sus causas, así sean claramente delictivas o moralmente censurables. Si hay una ideología que gusta a esta persona es la del utilitarismo, sumada a la astucia política de Maquiavelo que recomienda no darles importancia a los medios con tal de conseguir los fines. El plutócrata se burla de las causas altruistas, de los proyectos solidarios, de los movimientos reivindicativos de las minorías. Lo que no está dentro de sus dictámenes o lineamientos económicos es visto como sospechoso o claramente subversivo.

El plutócrata miente con facilidad, engaña a sus interlocutores, los embauca con gran habilidad porque esa es parte de su experticia. No debemos olvidar que él es, antes que nada, un negociante. Entonces, cuando habla de sus iniciativas lo hace como si vendiera uno de sus productos; de allí que exagere, magnifique y multiplique las bondades de sus planes o sus maquinaciones. Lo que le interesa es vender su mercancía, así le toque encubrir los defectos u olvidarse de ofrecerles una garantía de calidad. Por eso el discurso del plutócrata está lleno de eslóganes pegadizos, de consignas de fácil recordación, de frases que prometen la solución para cualquier problema o de sanalotodo para todo tipo de dolencia. En este sentido, el plutócrata pronuncia sus discursos como si fueran proclamas salvadoras de una crisis mayúscula o soluciones perfectas a una tragedia ineluctable. Los mensajes de este personaje no tienen profundidad porque su intención no es provocar la reflexión y el análisis crítico, sino movilizar las pasiones o emociones básicas de la gente. Si algo sabe hacer bien el plutócrata es banalizar lo complejo, usar generalizaciones para disfrazar sus ignorancias, usar epítetos efectistas y acompañarse permanentemente de estratégicas campañas de propaganda para mantener en alto su índice de popularidad. Resalta en el plutócrata el uso descarado de cualquier dato estadístico con el fin de sacar conclusiones alarmistas, aumentar el miedo de las masas y ratificar su designio como el caudillo que estaban esperando.

Si hay un rasgo de personalidad que sobresale en el plutócrata es su egocentrismo. Quiere ser siempre el centro de atención y, para lograr tal objetivo, todo lo que hace lo convierte en un espectáculo o lo usa como motivo para los titulares sensacionalistas de los medios informativos. El plutócrata no puede ser discreto, está en contravía de su envanecimiento; carece de prudencia, porque lo suyo es la temeridad y el atrevimiento. Los ambientes preferidos del plutócrata tienen objetos dorados, decoración resplandeciente que hace sintonía con el brillo de los enormes espejos en que él pueda verse una y otra vez. Al plutócrata no le importa escandalizar, si con ello se mantiene vigente y está en la comidilla de la alta sociedad. Por eso, despotrica e injuria sin cesar; por eso usa la calumnia y la burla como una manera de espolear la reacción pasional de sus contradictores. Lo importante es que se hable de él, ojalá de manera permanente.

Cabe decir acá que el plutócrata se ensaña con los más débiles, humilla con facilidad, es insensible al sufrimiento ajeno y avaro hasta la indolencia. Disfruta viendo cómo el que no tiene mayores recursos tiene que doblegar su dignidad o tragarse en silencio su inconformismo. Al estar motivado por la ambición del dinero, el plutócrata sabe que la política es otra forma de negocio y el Estado una empresa de la que se pueden sacar excelentes dividendos. El ámbito de lo público en él se circunscribe al beneficio particular. El plutócrata pregona y muestra sus bienes como marcas, su mismo ser es una etiqueta; exhibe sus posesiones sin vergüenza, alardeando sus propiedades o sus cuentas millonarias, para crear en torno suyo una aureola de ser exitoso, que merece la emulación y el constante halago. Pero, detrás esa vanagloria, lo que en verdad desea es ratificar en la sociedad que es “único”, “distinguido” y un ser privilegiado, con prerrogativas excepcionales a las que tiene el mayor número de personas condenadas a jugarse cada día la sobrevivencia.

Allí donde proliferan los ciudadanos crédulos y dóciles, en las sociedades movidas por la polarización política y la animadversión hacia los considerados diferentes, en ese ambiente social de fanatismo y de ambición por el éxito económico y la celebridad mediática, el plutócrata halla el mejor caldo de cultivo para crecer a sus anchas. El odio entre coterráneos lo fortalece, la mínima formación política de las personas le ofrece oportunidades para lanzarse a la plaza púbica, la desinformación constante y las noticias falsas de las redes sociales y los medios masivos de información contribuyen a su ungimiento o su mitificación. Con la llegada del plutócrata a las más altas esferas del gobierno las razones argumentadas que llevan a los consensos, se hacen trizas; la búsqueda de soluciones participativas para la solución de los problemas de las mayorías, se detiene o entra en hibernación. El plutócrata en el poder es un ser peligroso para las democracias porque tiende a diluir los límites reguladores de las leyes, coarta la participación ciudadana deliberativa y ahonda la inequidad social entre unos pocos que multiplican sus ganancias y los millones de personas que se verán lastimosamente más empobrecidas.

Puntos clave para realizar una historia de vida

Etiquetas

,

Obra en madera reciclada del artista belga Stefaan De Croock.

En una pasada entrada de este blog hablé sobre los pormenores de los informantes cuando se quiere realizar una historia de vida. En esta ocasión me interesa profundizar en otros aspectos clave y su incidencia en la calidad de este tipo de investigación biográfica.

Comenzaré llamando la atención sobre los criterios orientadores que focalizan la realización de la historia de vida. Dichos criterios pueden enfatizar el desarrollo intelectual, las realizaciones artísticas o profesionales, el itinerario de formación, las peripecias del mundo íntimo o afectivo. En algunos casos dichos criterios hacen las veces de capítulos o, cuando se desea ahondar en alguno de ellos, sirven para desechar otros como irrelevantes. Contar con esos criterios no sólo ayuda a la selección de los aspectos medulares de la guía de entrevista o la búsqueda documental, sino que facilitan la recogida de información y su posterior organización. Los criterios orientadores obligan al investigador a buscar información pertinente, a estudiar previamente al personaje, a tener claridad sobre los objetivos de su búsqueda. Si no se poseen esos criterios o son demasiado difusos no se logrará delimitar el alcance de la historia de vida, como tampoco se tendrán elementos de juicio para el análisis posterior de la información recogida.

Un segundo punto esencial en la elaboración de una historia de vida son los llamados incidentes críticos. A qué me refiero. Una historia de vida no es una cronología en la que se vayan detallando, año a año, el mayor número de datos sobre una persona; se trata, más bien, de la reconstrucción de una vida orientada por determinados criterios. Así que, bien sea a partir de entrevistas o de una labor documental, hay que descubrir esos momentos altamente significativos, esos giros en un itinerario vital, esos hitos que hacen las veces de puntos de referencia en la trayectoria de una existencia. El investigador en educación Antonio Bolívar los entiende también como “puntos de inflexión” que permiten identificar momentos o circunstancias –positivas o negativas– en el desarrollo normal de una vida. Los incidentes críticos se evidencian en las “fases de cambio notorio”, en los “períodos de crisis”, en las “epifanías” o episodios de transformación interior, en el contacto o relación con determinadas personas de gran influencia en el sujeto motivo de nuestra pesquisa, en “experiencias impactantes” que conducen a rupturas o virajes en una trayectoria personal, intelectual, científica o profesional.  

La tercera clave está en disponer o elaborar un archivo. Esto supone adquirir algunas habilidades en manejo de documentos, tales como datación, indexación, uso de descriptores y, desde luego, la organización de la información en carpetas de fácil acceso.  Por lo general, el archivo se clasifica según los criterios orientadores; esto permite ganar tiempo durante la pesquisa y contribuye a hacer visibles los aspectos ya trabajados al igual que aquellos otros en los que se tiene poca o ninguna información. Todo documento –textual, de audio, de video– debe fecharse y acompañarse de una mínima referencia en la que se incluyan datos esenciales, útiles para la redacción posterior de la historia de vida. De otra parte, un buen archivo es fundamental para la triangulación de la información; es decir, para el cotejo de diferentes documentos cuando se tengan dudas o se quiera validar información diferente sobre un mismo asunto. Es recomendable también incluir dentro del archivo el “cuaderno o libreta de notas” en las que el investigador va consignando breves observaciones sobre determinado aspecto del personaje, sus “impresiones en caliente” después de realizar una entrevista, los puntos recurrentes detectados a partir de las diversas fuentes consultadas, los nuevos interrogantes surgidos al leer un documento o por el testimonio de un testigo.

Otro asunto clave, a medida que se van realizando las entrevistas, es ir haciendo la selección de voces que puedan ser útiles para la construcción del texto. Estas voces hacen las veces de “citas” o “fragmentos relevantes” que van sirviendo de testimonios a lo largo del relato de la historia de vida. Las voces, en la medida en que son apartados de un texto más amplio o responden a una pregunta específica, requieren darles un contexto que las ubiquen o expliquen bien a qué se refieren. No sobra usar alguna codificación que facilite su manipulación o la revisión del contenido cuando haya alguna duda o confusión. Salta a la vista que cuando se comienza a redactar la historia de vida habrá que combinar la propia voz expositiva del investigador con las voces de los informantes; saber entretejer esos “apartados” es lo que le va da dando validez a la información recogida y le otorga al texto un carácter interpelativo o lo torna interesante para el lector. Siempre es bueno tener un mayor número de voces de las que finalmente van a utilizarse en la redacción final e irlas agrupando por los criterios o temas predeterminados.

Agregaría algo más a estas reflexiones sobre la elaboración de historias de vida, que resulta definitivo para lograr “objetividad” o “ponderación” en los resultados: y es mantener siempre un espíritu crítico sobre la información recolectada. Porque realizar una historia de vida no es un panegírico desaforado sobre un personaje o una transcripción sin tamizaje de lo que dicen los informantes. Se necesita el análisis de los documentos, el contraste y comparación de fuentes, la perspectiva histórica que posibilita revisar los testimonios con la lupa de evidencias confiables. Quien realiza una historia de vida asume una perspectiva valorativa, determina unos criterios, interpreta los datos recolectados, pone en alto relieve lo que –por diferentes motivos– ha estado oculto o invisibilizado. Por eso se trata de una “reconstrucción” en la que cuenta mucho la pericia del artesano que trabaja con pequeñas piezas al igual que el horizonte de sentido en el que desea ubicar a su persona investigada. De alguna manera, al redactar una historia de vida se valida o legitima la trayectoria vital de una persona, de un ser humano en particular, y eso demanda buen temple ético y un rigor académico con lo que se afirma, enjuicia o se considera digno de reconocimiento público.

El matiz, una alternativa a la polarización

Ilustración de Riccardo Guasco.

Las redes sociales y los medios masivos de información –en particular la radio– han acentuado la idea de ver los hechos, la personas y la realidad política de manera polarizada. No hay lugar para atender las tonalidades o escuchar diferentes puntos de vista, y más cuando lo que persiguen es capturar audiencias rápidas a como dé lugar. Esta incapacidad para ver los matices, su intencionalidad alarmista y su vínculo con las emociones básicas de la gente es algo que podríamos analizar en esta oportunidad.

Empezaré recordando que el matiz tiene que ver con aspectos no muy fácilmente perceptibles de una cosa, hecho o fenómeno. Requiere cierta capacidad para distinguir tonalidades, modalidades dentro de un mismo aspecto. Supone, por lo mismo, sutileza para percibir diferencias en cosas muy parecidas o perspicacia para advertir variaciones de tono, grado, luminosidad o valor, y en el caso de las ideas, de percepción o interpretación.

De lo anterior se infiere que, para matizar, se necesita agudeza y discernimiento. No es una actitud o una forma de pensar que brote de manera inmediata. El matiz implica observar, cotejar, detenerse, con el fin de percibir esos ligeros cambios o esos grados de tonalidad intermedios que hay entre realidades o situaciones opuestas. Tal necesidad de “detenimiento” riñe con la velocidad de los cortos mensajes en las redes sociales o con el afán novelero que vocifera por los canales radiales. Lo más fácil, entonces, es focalizarse en los extremos, exacerbar una única perspectiva, alimentar los prejuicios y, lo que resulta más perjudicial para la opinión pública, omitir asuntos que no responden a la lógica de lo antagónico, lo incompatible o lo absolutamente disyuntivo. 

Precisamente, el canadiense Michael Fullan en su libro El matiz. Por qué unos líderes triunfan y otros fracasan (Morata, Madrid, 2019) ha insistido en que la incapacidad para apreciar los matices nos hace “superficiales” o proclives a “respuestas técnicas” que evitan actuaciones de “inmersión y reflexión”.  Insiste este educador en que el matiz supone ver la imagen completa de un hecho o problema a la par que comprender “los detalles, las conexiones y los patrones ocultos que operan dentro de ellos”. No aprenderemos a matizar si no hacemos una pausa de discernimiento, si dejamos de preguntar, si clausuramos en nuestra mente el espíritu crítico y si perdemos las pistas de orientación comprensiva que nos ofrecen los contextos. La credulidad inmediatista y cándida en nada contribuyen a encontrar soluciones para resolver un problema y sí multiplican la actitud fanática de “estás conmigo o estás contra mí”. La incapacidad de atender los matices –en los hechos, los acontecimientos, las relaciones– lleva a percibir la variación como defecto y al contradictor como enemigo.

Hay multitud de razones que nos han “formado” en este modo antagónico y excluyente de entender el mundo, las personas y los problemas. Hemos dejado que se absoluticen las disyuntivas por encima de las convergencias, las polaridades excluyentes en lugar de las gamas y la riqueza tonal. Un sedimento de creencias religiosas ancladas en dividir el mundo entre “buenos y malos” nos ha ido llevando –con un simplismo moral escalofriante– a “guerras santas” y fundamentalismos asesinos. Si fuera tan fácil precisar en las actuaciones complejas de un ser humano dónde hay total bondad y dónde absoluta maldad; si supiéramos con exactitud trazar las líneas de frontera entre lo virtuoso y lo reprochable, seguramente nos resultaría más fácil interactuar y convivir con los demás. Pero, eso no es posible ni deseable. Nos movemos entre escalas de grises porque somos distintos y porque sufrimos transformaciones a lo largo de nuestro ciclo vital. Además, porque albergamos la posibilidad de elegir y tenemos diferentes “marcas personales” que determinan nuestro modo de interpretar la realidad. Esa es nuestra riqueza a pesar de ansiar reducirla a dos tipos de especies o una tonalidad bicolor.

De igual forma considero que nos hemos vuelto incapaces para apreciar los matices porque nos es difícil convivir con la tensión entre fuerzas contrarias o entre el vaivén de lo que parece irreconciliable. Nos hace falta fortaleza en el carácter para movernos en la dinámica de las tensiones, de la elasticidad interpretativa, de la tirantez propia de los conflictos. Si es en una relación interpersonal queremos mirar sólo lo perfecto, pero negando lo imperfecto que hay en todo ser humano; si nos situamos en el mundo de los negocios, nos fijamos sólo en la ganancia, pero ajenos a la sensibilidad social de los beneficios obtenidos; si es en el mundo de las ideas suponemos que lo que creemos es igual a la verdad, a sabiendas de su provisionalidad y los intereses personales involucrados. Al querer desalojar la tensión en nuestro modo de pensar y de actuar hemos caído fácilmente en estereotipos, en la caza de brujas o en una disposición para sectarismos de todo tipo.

Si no albergamos en nuestra mente y en nuestro corazón el lente del matiz seguramente nos iremos convirtiendo en habitantes de guetos, en hordas ansiosas de destruir lo que ignoran o no gustan, en marginales incapaces de establecer acuerdos de civilidad y convivencia pacífica. Eso de una parte. De otra, si buscamos siempre el matiz, podremos evitar el exceso de enjuiciar a los otros y modificarlo por el ejercicio meditado de comprender. Es decir, descubriremos que no son buenas las generalizaciones para desentrañar un problema, que hay detalles sin los cuales no se comprende la médula de un asunto, que hay gradaciones o escalas en todos los actos humanos. Al mantener el filtro del matiz, si lo asimilamos como hábito, seremos más tolerantes, no caeremos fácilmente en las provocaciones y menos en la avalancha de los odios infundados. Aprender a matizar puede librarnos del odio gratuito y ayudarnos a fortalecer la tranquilidad interior que sigue siendo un bien de los más preciados en nuestra época.

Sea el momento de recordar el “Arte poético” de Verlaine en el que invitaba a unir “lo indeciso con lo preciso”, “el sueño con el ensueño”, “la flauta con la trompa”. Que evitemos o huyamos de “la punta asesina” de las oposiciones irreconciliables y del “espíritu cruel” que convierte a quien piensa diferente en un contendiente al que hay que humillar, agredir, desprestigiar o desaparecer.

Reconstruir una vida con fragmentos de testimonios

Etiquetas

, , ,

Ilustración de John Craig.

Terminé de leer el libro Soledad & Compañía de la periodista barranquillera Silvana Paternostro en el que, a partir de entrevistas a amigos, “compinches”, editores y familiares reconstruye la vida y obra de Gabriel García Márquez. Se trata de un collage de voces diversas, organizadas a partir de tres grandes apartados: “Antes de Cien años de soledad”, “Después de Cien años de soledad” y “Diez años sin Gabo”, y manteniendo la frescura de la oralidad que permite las reiteraciones, las contradicciones y los olvidos. Por supuesto que ofrece informaciones interesantes sobre la creación de novelas y cuentos del escritor, saca a flote sus manías y hábitos, muestra hechos significativos de su itinerario vital y, especialmente, ofrece los testimonios de sus grandes amigos. Es una “historia de vida” armada con retazos de recuerdos, de teselas de encuentros, de impresiones contadas al lado de un café o un vaso de wiski. La lectura de esta obra me ha llevado a pensar, una vez más, en las complejidades metodológicas y expresivas para reconstruir la vida de una persona. Trataré de mostrar a continuación lo enrevesado de tal propósito.

El primer escollo reside en la selección de los informantes. Desde luego, eso depende de qué tanto acceso se tenga a las personas que conocieron, trataron o mantuvieron una relación permanente con quien nos interesa historiar. Algunas de esas personas, desafortunadamente para el investigador, ya están fallecidas al momento de realizar el trabajo o, por diferentes motivos, no quieren ofrecer su testimonio. Lo ideal es contar con un grupo de familiares, desde los más íntimos hasta aquellas figuras “clave” en su desarrollo vital. Enseguida están los amigos y amigas, los colegas de trabajo, los compañeros de aventura, los cómplices de proyectos, los hitos o referentes del mundo afectivo. Los informantes se elegirían yendo en un movimiento centrífugo, de los más cercanos a aquellos otros ancilares o de circunstancia. La dificultad se presenta porque no siempre se logra una “muestra” representativa de todos estos niveles de informantes, y porque –en muchos casos– el más relevante es justo el que no se ha podido contactar o el acceso resulta bien dificultoso para el investigador.

Superado ese inconveniente, viene otro igualmente complicado: se trata de la calidad discursiva de los informantes. A veces sí se cuenta con el testimonio de la persona indicada, pero al grabar o escuchar lo que dice se descubre que no es lo bastante locuaz, que es poco descriptivo o se expande en otros asuntos que dejan de lado lo que en verdad nos interesa. Tampoco sirve mucho para realizar una historia de vida los testimonios difusos, repletos de “lagunas” o imprecisiones o aquellos otros en que se nota que la fabulación tiende a completar lo que la memoria no logra precisar. Por lo demás, la reticencia o la elusión puede aparecen cuando se tocan aspectos “íntimos” que comprometen o implican al entrevistado. En suma, no siempre se logra que la información de las personas seleccionadas sea relevante o interesante. También sucede que estos testigos, especialmente cuando hablan de una persona con un alto reconocimiento público, tiendan a vanagloriarse, a revelarse como forjadores de su talento o mostrarse más importantes de lo que en realidad son. En estas ocasiones, el discurso deja de tener el tono objetivo del testigo y comienza a asumir la primera persona del pavoneo y el engreimiento.    

Una tercera dificultad estriba en el momento o época en que los informantes conocieron o tuvieron trato con el personaje que nos interesa. Porque no todos los testimonios siguen el itinerario de una vida ajena o pueden delinear bien los pormenores y cambios que cualquier persona sufre a lo largo del tiempo. La mayoría de las veces lo que se poseen son esbozos o pinceladas de un carácter, de un evento, de una determinada experiencia, pero se tiende a convertir ese fragmento en toda una forma de ser o un juicio global sobre alguien. Y a eso habría que sumarle el hecho de que los juicios que los seres humanos lanzan sobre sus semejantes dependen, en gran medida, de los estados de ánimo o de los sentimientos que los gobiernan al entrevistarlos. Puede suceder, entonces, que en el presente se tenga una evaluación negativa, diferente al aprecio que se tuvo por alguien en el pasado. O que se absolutice un error o un comportamiento indebido en el pretérito y, desde allí, se saquen conclusiones incontrovertibles sobre la identidad de una persona. Lo complicado está en convertir opiniones circunstanciales o apreciaciones ocasionales en rasgos concluyentes o verdades definitivas.

Salta a la vista que otro escollo enorme es la validez de la información ofrecida por los testigos. Sobra decir que el investigador parte de una confianza inicial en lo que dicen los informantes; pero esto no debe llevarlo a la credulidad ingenua o a desconocer que las opiniones están teñidas de intereses, de afectos, de creencias y prejuicios. A veces la verdad que comparten los informantes está “editada” o “maquillada” para salvaguardar el buen nombre o la reputación de una persona; o está lo suficientemente “estereotipada” para responder a lo esperado por la mayoría de la gente; o está plagada de exageraciones y aspectos maravillosos que convierten a un ser humano en un genio o un ser particularmente “extravagante”. De allí la importancia de pasar la información de los testigos por el cedazo de la contrastación, del cotejo de datos, de la “triangulación” entre diversas fuentes. Y, en lo posible, buscar al menos dos sesiones de entrevista con esos testigos para descubrir las recurrencias, los vacíos; preguntar y repreguntar para profundizar en la información y lograr con ello apreciar los matices o descubrir la verdad que sobrenada después de varias sesiones de conversación o advertir flagrantes contradicciones que el testigo, de manera intencionada o no, deja traslucir en sus palabras.

Señalaría una dificultad más que afecta de manera indirecta los testimonios de los informantes: me refiero al poco conocimiento de las realizaciones o logros significativos –profesionales, intelectuales o artísticos– de aquel a quien deseamos historiar y sólo conformarse con las opiniones que sobre dichos asuntos hacen los individuos seleccionados. Si no hay un estudio o investigación preliminar del personaje de nuestro interés, si se carece de un trabajo documental concienzudo, si no se han detallado sus contribuciones, conquistas o producciones, lo más seguro es que se carezcan de elementos contrastantes para sopesar la información de los testigos. Por supuesto que los testimonios son vertebrales o de gran relevancia, pero necesitan aquilatarse con resultados o creaciones, con evidencias de primera mano. Este aspecto se vuelve más sensible cuando la historia de vida desea dar cuenta de los mundos creados por la imaginación de una persona con trayectoria en un campo artístico o literario y apenas se conoce una mínima parte de ella o el grueso de la información que posee el investigador es referida o demasiado genérica. Sin esa labor previa de archivo y estudio de documentos las voces de los testigos parecerán la única interpretación fiable o se sentirán a sus anchas para engatusar o decir cualquier cosa.

Como puede inferirse de lo expuesto, no es tarea sencilla reconstruir la vida de una persona con fragmentos de testimonios. Entre otras cosas porque no todos los testigos tienen acceso al mundo íntimo o a esas “zonas secretas” de un individuo de las cuales sólo él tiene la llave. De igual modo, y eso lo saben muy bien los historiadores de oficio, si no se tiene una suficiente perspectiva temporal, siempre existirá la posibilidad de fallar en el juicio valorativo o quedarse en la superficie anecdótica de un individuo. Los seres humanos tenemos diversas facetas, sufrimos transformaciones y mutaciones a medida que vivimos, cambiamos de creencias y opiniones en tanto somos afectados por diversas experiencias. La dificultad está ahí, precisamente, en ese dinamismo de la personalidad que la hace variante, impredecible y muchas veces contradictoria. Mostramos y ocultamos a la vez; decimos muchas palabras, pero, de igual manera, cuidamos ciertos silencios. En este sentido, una historia de vida es siempre una aproximación, una ruta posible de lectura de un individuo, un mosaico de un ser humano elaborado con testimonios diversos y de distinto colorido.