Las imágenes en los noticieros que celebran la llegada de un nuevo año, los deseos de familiares y amigos para que el inicio de otro período sea próspero, los brindis que lanzan augurios de bienestar, las proclamas en el ambiente de salud y prosperidad, todo ello contribuye a que en los primeros días de enero se ensanche el deseo de empezar un nuevo proyecto o se reinicie alguno que se había postergado. Pero, ¿qué hay detrás de esos renovados propósitos?, ¿qué importancia tiene en nuestra vida el mantener en alto algún proyecto?
Diría, para empezar, que los proyectos son los que dan sentido a la existencia, más allá de emplear gran parte de ella en la mera sobrevivencia. Los proyectos ofrecen un norte, una intencionalidad o un propósito significativo. Digamos que le otorgan a nuestro cuerpo biológico una extensión menos física, una frontera que rebasa los límites de nuestra condición natural. Los proyectos hacen que vayamos más allá de nuestra condición fisiológica y podamos poner a prueba nuestras capacidades y talentos, el potencial de nuestros sentidos y el venero inagotable de nuestra imaginación.
De otra parte, los proyectos son un buen caudal para desarrollar la fuerza de nuestra voluntad; ese ímpetu del espíritu que reconduce y lleva a no desanimarnos. Los proyectos, en esta perspectiva, son creaciones volitivas, obras de nuestro empeño, creaciones elaboradas con el trajinar de nuestras manos. Así que, si no tenemos un proyecto en curso, fácilmente caeremos en la desidia, en la pereza que apoltrona y conduce al conformismo, en la apatía por la vida misma. Gracias a los proyectos, a su dinámica apasionada y demandante, es que nuestra voluntad se ejercita en resolver problemas, en buscar alternativas, en afinar la recursividad y, con todo ello, evitarnos desfallecer ante los obstáculos o los inconvenientes.
Los proyectos poseen otra virtud y es la de permitirnos priorizar nuestras actividades o las múltiples tareas que hacemos. Cuando en verdad definimos un proyecto, cuando lo alzamos bien alto como si fuera una bandera, lo más seguro es que inmediatamente desplazará o pondrá en su verdadero lugar las otras ocupaciones cotidianas. Los proyectos tienen un campo de fuerza que nos obliga a distinguir lo esencial de lo secundario, lo importante de lo urgente. Porque si bien nos ocupamos de infinidad de asuntos durante el día a día, a veces apabullados por la rutina y el desinterés, otra cosa sucede cuando instauramos con un férreo convencimiento determinado proyecto en nuestro periplo vital: él ocupa la mayor parte de nuestras energías, él nos obliga a organizar mejor nuestro tiempo, él nos vuelve cuidadosos con la administración de nuestros recursos. El radio de acción de un proyecto trae consigo el aprendizaje del valor de las prelaciones.
Por lo demás, los proyectos ayudan a disciplinar o por lo menos a adquirir un método de trabajo. Si se quiere poner en marcha un proyecto, si se desea que avance, si nos interesa concluirlo, es necesario trabajar en él de manera constante; no es con buenas intenciones ni con esporádicas acciones como se conquista su término. Hay que persistir con decisión y empeño, con brío y mano laboriosa. En esta perspectiva, el proyecto demanda disciplinar el cuerpo, incorporar ciertos hábitos que garanticen la efectividad en los resultados, imponerle al espíritu la tenacidad y el temple de la acción incesante. La disciplina educa el comportamiento discontinuo y caótico, ayuda a entender y atender un orden en las actividades, crea conciencia sobre la utilidad de la planeación. Los proyectos regulan los vaivenes del capricho, sujetan los apetitos coyunturales, fijan un itinerario a las ideas divagantes.
Vale anotar otra cosa: las angustias, los desasosiegos, los quebrantos menores de salud pasan a un segundo plano si conservamos en nuestra mente y en nuestro corazón el titilar de un proyecto. Al mantener la mente ocupada en una iniciativa de largo aliento, las preocupaciones entran en una especie de penumbra que les quita su encandilamiento para atrapar toda nuestra atención. Si una buena parte de nuestros pensamientos y nuestros sentidos se concentran en atender el desarrollo de un proyecto con toda seguridad otras molestias, físicas o psicológicas, dejarán de impactarnos con sus letanías de pesadumbre o alarmismos infundados. Ocuparse en un proyecto parece ser un excelente fármaco para aquellas personas que absolutizan sus pesares o convierten cualquier achaque ocasional en una tragedia autocompasiva.
Sobra decir que en todas las etapas de nuestro ciclo vital los proyectos son el lubricante de nuestra existencia. Cuando jóvenes, en la época en que abunda la energía y los imposibles parecen muy cercanos, sirven de cimiento para construir el plano de nuestro futuro; en la edad adulta, amparados en el período de mayor vigor y productividad, permiten realizar los sueños profesionales, consolidar un patrimonio, o producir una obra intelectual relevante; y al entrar en la vejez, cuando tenemos menos fuerza pero mayor experiencia y sabiduría, los proyectos renuevan la esperanza, afianzan la autoestima e irradian una luz de dignidad al seguir mostrando que continuamos siendo útiles. No importa la edad que se tenga, los proyectos movilizan, impulsan, catapultan, honran lo que somos como seres en permanente exploración y búsqueda de utopías.
Sirvan, entonces, estos primeros días del inicio de año para tomar conciencia de la importancia de los proyectos en nuestra vida. Si alguno de ellos sigue hibernando por nuestra dejadez, puede ser el momento de retomarlo y avanzar hasta concluirlo. Y si no tenemos al menos un proyecto en curso, si hasta ese nivel de pusilanimidad hemos llevado a nuestro espíritu, démonos la oportunidad de comenzar uno, con todo el tesón necesario para que no pierda su impulso apenas comencemos a trabajar o lo dejemos de lado por las vicisitudes cotidianas.
La idea de ir a la fiesta, empezaba antes. En los preparativos de la música que iba a llevar, en los LP seleccionados y marcados tanto en las cubiertas como internamente. Eran vinilos, mucho tiempo de color negro, y después impresos en colores llamativos. Luego venía lo de la llamada a mis primas, Nidia, Elsa, Nelly y Ruby, para empezar. Ellas eran la otra parte del rito previo a la fiesta. Acordada la hora de pasar ese fin de semana por sus casas, no quedaba sino la confirmación a los primos más cercanos y a otros amigos de aquella época. Al final éramos como 10 personas las que formábamos el grupo más estable que asistíamos a las fiestas que aparecían por montones en épocas navideñas.
Las fiestas iniciaban casi siempre a las 10 de la noche. Así que, la búsqueda del taxi comenzaba a eso de la nueve, porque había que ir hasta Kennedy que estaba bien lejos del barrio Estrada, donde yo vivía. De la casa salía con dos de mis primos. En una bolsa llevaba como escuderos mis vinilos, comprados varios de ellos en Discos Bambuco; por supuesto, no podía faltar el último de los 14 Cañonazos bailables que recogía los temas más oídos de aquel año. Pero si de algo me jactaba era que mi selección incluía otras orquestas que muy seguramente no tenían en la casa del anfitrión. Por ejemplo, y sólo como ilustración, llevaba un LP del Super Combo los Tropicales, que incluía temas como “El baile del muñeco”, “La grieta” y uno, en especial, que me fascinaba: “Caimán y gallinazo”. El autor de esta cumbia era el soplavientero Clímaco Sarmiento y lo enaltecía la voz de Doris Salas.
La recogida de las primas iba aumentando el número de taxis. Después de varias escalas nos repartíamos hombres y mujeres en dos carros y empezábamos la ruta hacia los barrios Santa Isabel, Trinidad Galán o Venecia donde nos esperaban otros amigos con sus familiares y un grupo animado de conocidos del barrio. Cuando entrábamos un buen número de personas estaban sentadas alrededor de la sala, desprovista de otros muebles, esperando a que se “prendiera” la fiesta. La música servía de preámbulo y hacía las veces de incitadora a los variados jóvenes que permanecían de pie ansiosos de que llegaran muchachas para formar parejas. En los bafles de los equipos de sonido ya sonaba el último LP de Nelson y sus estrellas que contenía canciones como “El porro”, “La sirena” o “El forastero”. Saludos y abrazos iban y venían en una fraternidad que convertía a cualquier desconocido en un nuevo amigo y permitía, lejos de cualquier amenaza, dejar abierta las puertas de la casa para que algunos transeúntes gozaran de la alegría de esos diciembres. Nos instalábamos en las sillas vacías a la par que nos recibían con algún licor para combatir el frío. Más de una vez constaté que la belleza de mis primas no pasaba inadvertida para la concurrencia.
El anfitrión de la casa sabía que llevaba buena música y me conducía de una vez hasta la mesa que servía de tornamesa. Ponía mis discos parados a un lado del equipo, para que no se fueran a dañar, y escogía uno que sirviera de detonante. Casi siempre la música de la Billo’s Caracas boys, cumplía a la perfección ese propósito. Apenas terminaba el disco que estaba sonando, con mucho cuidado levantaba la aguja y ponía un LP de los que había traído. Una vez más la extraordinaria voz de Cheo García, el guarachero, rompía la timidez de los primeros hombres adolescentes para seleccionar una mujer y empezar a deslustrar el tablado brillante que desde el día anterior estaba listo. “La butifarra de Pacho” sonaba recio en los dos parlantes ubicados estratégicamente en las esquinas de la habitación.
Si la concurrencia no respondía a cabalidad con La Billo’s, lo mejor era echar mano de cualquier tema de Los Corraleros de Majagual. Por ejemplo, “El bailador”. Era efectivo para que tanto los más jóvenes como los mayores sacaran pareja y acompañaran la voz de Eliseo Herrera con las palmas de sus manos. Yo mismo me apartaba por unos minutos del equipo y me integraba al baile. Por lo general, al mostrar a otros mi alegría, los contagiaba para participar de la dinámica vertiginosa de la fiesta.
En muchas ocasiones no había que cambiar inmediatamente el disco porque los temas de una cara tenían la suficiente atracción para no soltar la pareja, pero otras veces lo que había que hacer era buscar un nuevo LP que mantuviera la “energía” del auditorio. Y qué mejor enlace que la voz de Víctor Piñero con el ritmo armonioso de Los Melódicos de Renato Capriles. Mi mano derecha, con pulso firme, levantaba la aguja del tocadiscos y elegía el corte que correspondía a “Cayetano baila”.
A la par que cambiaba la música, se repetía las rondas de algún trago y, dependiendo de las condiciones económicas del anfitrión se compartía algún pasaboca. A esa hora, casi a las once de la noche, el número de invitados estaba a tope y el mismo clima de la fiesta llevaba a escuchar a Rodolfo con Los Hispanos. No importaba el tema elegido, esta música tenía el poder de reavivar la fiesta. Nadie se quedaba sentado y, lo que resultaba más llamativo, todas las personas repetían en coro la letra de la canción porque se la sabían de memoria. “Adonay”, “Los cien años de Macondo”, “El papelito blanco”.
Y al poner un disco de Los Hispanos casi que uno se veía obligado a que el siguiente fuera de Pastor López, en particular un LP que contenía temas como “Callate corazón” y el “Eco de tu adiós”. Las parejas amacizadas giraban y giraban al ritmo de este otro grupo musical venezolano que en aquellas épocas se escuchaba en la radio y en el ambiente decembrino callejero.
Hacia la media noche había un pequeño receso. Los anfitriones de la fiesta empleaban ese tiempo para servir el arroz o el espagueti con pollo a todos los invitados. Más de una persona se acomedía a colaborar y cada quien buscaba un lugar en las sillas disponibles o en las gradas de las escaleras. Los más íntimos podían entrar a la cocina y, si el hambre era mucha, repetir plato. Durante ese lapso, los mosaicos del Cuarteto imperial mantenían el hilo animado de la fiesta.
Terminado el pequeño receso venía la segunda fase de la fiesta. En ese momento casi siempre Nelson Henríquez ayudaba al despegue de este convite de fraternidad y celebración por la vida. “Muchacha de quince”, “La batea”, “Nube viajera”, daban pie a que se reanudara la diversión.
Mis primas y primos íbamos y veníamos al mismo lugar que ubicamos cuando llegamos a la fiesta y compartíamos durante los intervalos de los discos “impresiones” sobre los pormenores de la reunión. A veces no bailábamos un tema para distraernos con los diferentes pasos que ingeniaban determinadas parejas o para ir hasta un corrillo y reanudar el diálogo con amigos y amigas que hacía tiempo no veíamos. Durante esos minutos el anfitrión aprovechaba para poner su música o para elegir dentro de los LP que yo había llevado algún tema que era de su agrado. Por ejemplo, “Tania” de Fruko y sus tesos. La voz potente de Joe Arroyo empezaba a distinguirse entre los cantantes de salsa de aquella época.
A sabiendas de que más o menos a las dos de la madrugada los padres del anfitrión abandonarían discretamente la reunión y antes de que los vecinos de mayor edad empezaran a despedirse, lo más oportuno era poner algún tema decembrino de Guillermo Buitrago o acudir a la voz de Alberto Fernández acompañado de la guitarra de Julio César Bovea. Entonces, dejaba correr dos o tres temas seguidos de Rafael Escalona, interpretados por Bovea y sus vallenatos, comenzando por “El testamento”.
Era normal que durante el desarrollo de la fiesta algunas parejas empezaran a conversar, a buscar puntos de afinidad y, si había un gusto mutuo, daban inicio a uno de esos noviazgos que podían tener una duración corta o prolongarse en el tiempo. Pero lo más importante era que hubiera afinidad en el baile, en la armonía de los movimientos, en cierta cadencia de las caderas que imantara los cuerpos. Así que, consciente de tal evento emocional, lo frecuente era poner un disco de Nelson y sus estrellas, “Llora corazón” que invitaba a dos cosas: a amacizar aún más a la pareja y a que el anfitrión, haciendo de cómplice, apagara una de las luces de la sala, para crear un ambiente de penumbra en el cual fuera posible el roce de las mejillas o el anhelado beso furtivo.
A mí me gustaba el LP titulado Aquellas lindas melodías de Guillermo Portabales para hacer el puente entre la penumbra y la luz plena que regresaba a la sala. La cadencia de “El carretero” provocaba que las parejas se mantuvieran abrazadas pero que poco a poco fueran dejando un espacio entre sus cuerpos para airear sus pasiones.
Y cerca, muy cerca al ritmo de Portabales, estaba La Sonora Matancera, y un tema que volvía a subir la intensidad de la fiesta hasta un punto bien alto. Nelson Pinedo y “El muñeco de la ciudad”.
Ya hacia las tres o cuatro de la madrugada me parecía bien utilizar esos discos que sabía no hacían parte de la discoteca de las casas donde era invitado. Buscaba, entonces, a la orquesta de los Hermanos Flores y su LP titulado La fiesta. La aguja del tocadiscos dejaba escuchar el tema “La bala”. El grupo de bailadores seguía las indicaciones que decía el disco: aplaudía, saltaba, levantaba los brazos, formaba una rueda o, en medio de risas, se integraba a un tren que parecía descarrilarse en cada vuelta. Todo este jolgorio contribuía a fortalecer la confianza y los vínculos humanos.
Aunque el licor se multiplicaba en rondas y brindis sucesivos, el cometido no era emborracharse, sino divertirse hasta que amaneciera o hasta que empezara a clarear para salir a buscar el transporte que nos llevaría a nuestras respectivas casas. Con este fin se le hacía bromas al que empezaba a cabecear por el sueño y se le entonaba en la cara un vallenato en especial, contenido en el álbum Rumor vallenato con la voz potente de Daniel Celedón y el toque vertiginoso de Israel Romero. La invitación no era sólo para animar a los que daban muestras de cansancio, sino para despertar a aquellos pocos que se apoltronaban somnolientos en los asientos. La consigna era perentoria e inapelable: “Amanecemos parrandeando”.
La última hora de la fiesta daba pie para que sacara a escena otros LP, de esos tenidos en reserva y que me parecían formidables. La voz de tenor de Argenis Carruyo se aunaba de manera perfecta al ritmo cadencioso del Supercombo Los tropicales. Las notas del tema “El baile del muñeco” daba nuevo brío a las piernas al igual que reforzaba la garganta de los asistentes.
Podían seguir después discos como “Soy parrandero” de Emir Boscán y los Tomasinos, “Promesas de cumbiambera” de la Orquesta La Playa, o “Ni Calor ni frío” de la Orquesta La Tremenda…, o, para fomentar de nuevo el amacice, uno de los temas vallenatos de los Hermanos Zuleta, muy escuchado en el año 1974: “Río crecido”.
Las primeras luces del día anunciaban el fin de la fiesta. La música bajaba de volumen mientras iba desocupándose la sala de bailadores. Cada subgrupo de amigos empezaba a prepararse para la despedida. La charla era abundante. Los agradecimientos al anfitrión se multiplicaban cada vez que entregaba los bolsos y prendas personales guardadas al llegar a la fiesta. Las llamadas por teléfono para solicitar un taxi se repetían muchas veces, a pesar de que algunos preferían salir en grupo a buscar transporte en una de las avenidas cercanas. Durante esos minutos todo transcurría en la entrada de puerta de la casa. Los abrazos interminables parecían prolongar las horas de alegría compartida.
Apenas aparecían nuestros taxis nos acomodábamos de manera semejante al viaje inicial. El recorrido ahora inverso, porque debíamos llevar a las primas a sus residencias. Las anécdotas divertidas, las cualidades del anfitrión, la exquisitez de la comida, eran indicadores de la calidad de la rumba. Sobre mis piernas, y cobijados por mis brazos, los discos que había traído reposaban de su largo trabajo durante esa noche, pero a la expectativa de una próxima fiesta.
Es aconsejable desconectarse unos días de los medios masivos de comunicación que, cada día, refunden información con opinión, creencias personales con noticias validadas. Los medios masivos, y muy especialmente la radio y la televisión, contribuyen a que nuestra mente pierda la capacidad de ver los matices y se encasille en apreciar la realidad sólo a partir de los opuestos. El afán de los medios por crear debate, por incendiar los ánimos, conlleva a aumentar nuestro estrés y a que asumamos, a veces sin darnos cuenta, posturas o discursos que rayan con el extremismo o la intransigencia.
Prevenirse de la ola de rumor negativo que crean y amplifican los medios masivos es una de las formas del cuidado de sí de nuestro tiempo. Desde luego, los medios buscan intervenir la opinión pública, influenciarla para que tome una u otra tendencia, pero en ese afán por captar audiencias, fácilmente calumnian, propagan falsas noticias, se ensañan con sus adversarios políticos y, lo que resulta más nocivo para el bienestar mental, amplifican lo nimio, sólo ven una cara del poliedro, reiteran sin cesar en las carencias o los errores de sus oponentes. Si nuestra mente no está atenta para sopesar los dos lados de la balanza, con facilidad caeremos en el pesimismo más rampante o nos sumaremos al coro pregonero de que “todo va mal”, y que “este es el peor mundo en que vivimos”.
No dejarse imponer en las conversaciones de la vida cotidiana la agenda de los medios me parece otro remedio efectivo para nuestra salud mental. Recuperar la riqueza de otros temas, sazonar nuestras charlas con colegas y amigos sobre experiencias de vida y eventos ejemplarizantes, tiene más provecho que andar repitiendo como loros los infundios de la clase política o los “editoriales” de las vedettes mediáticas. Traer a la charla en el trabajo, en los diferentes espacios de interrelación social, algo que se haya experimentado, visto o leído diferente a la agenda que trazan los noticieros o programas radiales, renueva la conversación, enriquece la socialización, multiplica los puntos de vista. Cuando nos volvemos monotemáticos y parecemos un perifoneo de lo mismo que pregonan los medios masivos, además de aburridos, perdemos flexibilidad cognitiva, hacemos más estrecho nuestro capital cultural y vamos asentándonos en el dogmatismo.
De otra parte, desintoxicarse de la dependencia de las redes sociales, de los mensajes continuos que destilan antipatía, animadversión, o abiertamente odio hacia alguien o algo evita que nuestra mente confunda verdad con creencia, emoción con realidad. Las redes sociales sacan el mejor provecho de nuestra parte emotiva, exacerban esa zona de las pasiones en la que, por lo general, la función analítica y el cedazo del discernimiento pasan a un segundo plano. Liberarse de estos focos de rumor y, especialmente, dejar de ser propagadores de esta información envenenada es vital si queremos liberarnos del afán de los prejuicios que nublan la comprensión y el buen juicio sobre los hechos o las personas.
En este mismo sentido, dimensionar bien lo que se publica en las redes sociales, en particular la información personal, es una manera de salvaguardar la intimidad. Contagiados por la ola de que “todo lo de una persona tiene que saberse”, especialmente el mundo privado de los afectos, se ha ido perdiendo esa zona sagrada de lo particular, esa reserva inviolable del fuero íntimo. Ponerle coto a lo que compartimos abiertamente de nuestra vida cotidiana, de las relaciones sentimentales que tenemos o de las peripecias de nuestra existencia, contribuye a mantener un control sobre nuestra privacidad, a la par que nos previene del uso indiscriminado que otras personas puedan hacer de una confesión, un cambio en nuestras elecciones afectivas o un momentáneo estado de ánimo. Distinguir y defender una frontera privada es una forma de ganar tranquilidad para nuestro espíritu.
Evitar o eludir, especialmente en los diálogos familiares, enfrascarse en discusiones que provienen de lo escuchado en los medios masivos o de algún mensaje visto en las redes sociales contribuye a que no volvamos los espacios de la fraternidad en campos de batalla para la intolerancia o el sectarismo ideológico o político. Lo peor que puede sucederles a las aguas refrescantes de la familia es que se contaminen con el discurso político del momento o con las consignas partidistas intolerantes y fanáticas. Si en algo valoramos las herencias morales cosechadas en la familia, lo que menos debiéramos legar son antipatías infundadas, resentimientos enquistados y aversiones por ideas contrarias a la nuestras. La mayoría de las veces el humor o el silencio resultan más provechosos que las acaloradas discusiones que fracturan los vínculos filiales y ponen a los padres o hermanos en el sitial de enemigos.
Y si nos es tan necesario consumir la información del día a día, lo más aconsejable es no volverse un seguidor acéfalo de la misma emisora, del mismo canal televisivo, de un único periódico o revista. Buscar fuentes alternativas de información resulta en nuestros días una manera de salvaguardar el espíritu crítico y mantener una toma de distancia frente a los hechos o las personas para tener el mejor juicio posible. No hay que olvidar que la oralidad es fugaz, agonística, divagante; como tampoco hay que perder de vista que detrás de los conglomerados informativos hay intereses económicos y líneas de negocio en que importa poco “la objetividad y el respeto por la audiencia”. Aprender a variar de canal, a aquilatar la oralidad con la escritura, a leer entre líneas, a sospechar de lo que parece la opinión mayoritaria, son remedios caseros que afianzan y mantienen el criterio de indagar y pensar por cuenta propia.
Lo que no puede convertirse en un vicio es mantenerse conectado desde la mañana hasta la noche a los telediarios o a los radionoticieros, o gastando cantidad de tiempo todos los días replicando mensajes en las redes sociales para azuzar la inquina o contribuyendo a la perversa mendacidad. Estos hábitos terminan por debilitar nuestra capacidad de análisis, nos hacen proclives a la manipulación y a una candidez que se parece mucho a la credulidad. Saber desintoxicarse de estos hábitos, aprender a dosificar el consumo de medios, tener la suficiente contención para abstenernos de injuriar u ofender en las redes sociales puede liberarnos de la ceguera sectaria y de la obcecación que conduce a las violencias de todo tipo. Es urgente romper estos hábitos de información circulante, estos patrones de opinión pública, si queremos mantener nuestro bienestar psicológico que, como se sabe, es un baluarte de nuestra salud general.
La primera carta escrita por Juan Rulfo a Clara Aparicio, en octubre de 1944, ya deja entrever lo que significaría esta mujer para el autor mexicano. En esta misiva se pueden apreciar sus diversos rostros y la manera como los percibe el creador de Pedro Páramo: ella es claridad que llena la vida, calmante para el dolor, cuidadora que quita el miedo y el deseo a rebelarse, mano amiga que ampara… Profundicemos un poco en algunos roles a medida que vamos leyendo las ochenta y una cartas, escritas entre 1944 y 1950, publicadas por Plaza & Janés bajo el título Aire de las colinas.
Clara, la alegría que salva de la tristeza
En buena parte de las cartas, Rulfo se confiesa triste, un pobre diablo y muy “amante de quejarse”. Antes de conocer a la “pequeña amiga”, el escritor le dice que el mundo “estaba cerrado y oscuro”, que “eran mis pensamientos los que me llevaban y me traían de un lado a otro por puros campos de tristeza”, pero que “si hubiera estado en mis manos conocer antes la alegría que tú ibas a significar para mí, siempre, en cada hora de mi pasado hubiera sido feliz, porque sabría que al final de todo estabas tú, con ese amor tuyo tan hermoso”. Clara es el “retrato de la alegría”, “la pura y viva alegría de los días de la vida”, alguien que “hace bonita la vida”. Recordar a su “criatura” es un modo de decirle “hasta mañana, a sus tristezas”, aunque sabe que “vendrán mañana y pasado mañana”. Solo ella ha sido capaz de “quitar lo triste y lo amargoso” a esos días que le faltan a Rulfo por vivir, sólo ella tiene el poder de disipar su afligimiento: “ya no sé reírme. No, ya ni aquellos pujidos que yo daba en lugar de la risa, no los doy ya. Pero yo creo que con el tiempo volverán, volverán en cuanto te vea y me dé cuenta de que eres tú la causa de que yo haya vuelto a conocer la alegría”. El escritor mexicano no se cansa de agradecer la bendición del “Dios bueno” al haberle dado como regalo a esa “mujercita fea”: “cada día creo más en Dios y le estoy muy agradecido por concederme una cosa así como tú. Seguramente a Él le dio mucha lástima verme siempre triste y por eso quiso ponerme a un lado tuyo, junto a esa adorada criatura tuya, para que se me quitara para siempre la tristeza”.
Clara, la cuidadora de un alma quebrada
“Yo siempre me he sentido miserable, enormemente miserable, como te lo he dicho varias veces. Mucho, porque yo he querido serlo, mucho porque me han hecho sentir que lo soy. Me han golpeado, sabes, me han dado duros golpes en eso que le llaman sentimiento. No sé quién; pero sí sé que a veces, cuando me examino el alma, la siento un poco quebrada”. Así se confiesa Rulfo en la carta XXIV. Y en esa misma misiva, el escritor le dice a Clara lo que ella ha hecho por él, le describe el modo como ha recompuesto ese estado de sentirse miserable: “y tú me has aliviado, simplemente, de la manera más sencilla, has puesto parchecitos allí por donde se me salía el ánimo, donde yo más los necesitaba”. No deja de ser conmovedor esta forma de percibir el amor de otro ser, como alguien que alivia y cuida la fragilidad de un alma quebrada. No es la exaltación de la pasión a borbotones, ni la valentía de un amante romántico y perfecto, sino la declaración de alguien que se atreve a poner su dolor más íntimo en las manos de otro ser que pueda atenderlo en sus flaquezas y debilidades más íntimas.
Clara, el antídoto contra la soledad esencial
En carta XVI Rulfo le explica a su “mujercita” un estado de soledad que lo ha acompañado durante mucho tiempo: “desde que estuve en la escuela, de esto, como has de suponer, hace ya miles de años, desde entonces, allí comenzó a formárseme el sentimiento de que estaba solo en la vida y de que nadie me quería. Llegué a llorar por eso, arrinconado en algún lugar oscuro”. Es esa sensación de soledad profunda la que lo hace dudar de la relación con Clara: “pues yo no te quería entregar un corazón enfermo como el mío y un espíritu (muchos dicen alma) cansado de tanto andar solo por el mundo. Pues, yo, y esto no te lo he contado todavía, desde que yo me acuerdo, siempre fui un sujeto dado a estar solo”. Tan enraizada ha estado esa soledad en su corazón que ha llegado a amarla o a buscar espacios y momentos para disfrutarla: “y la soledad es una cosa que se llega a querer del mismo modo como se quiere a una persona. Viví en medio de ella”. La niñez de Rulfo no fue fácil, lo sabemos. Perder a sus padres tan pequeño lo impactó de manera profunda: “pero ellos me dejaron solo y, quién sabe si para bien o para mal, eso me formó ciertas defensas”. El escritor le reitera a su “Mayecita” que “la vida está empañada cuando uno no tiene a nadie”, pero que, al conocerla, al encontrarla en su camino, descubrió “una mano amiga”, y por eso ya no le teme a nada, y por eso también ella es “la compañera”, alguien que está junto a él para ayudarlo: “la única persona en este mundo capaz de ayudarme a defenderme de mi mismo”.
Clara, el remedio para la melancolía
En un gran número de cartas, Rulfo le comparte a Clara sus temores, sus desazones, sus angustias, bien sea porque sigue a la espera de un aumento de sueldo, o porque no tiene definido lo de la casa donde van a vivir recién se casen, o cierto temor antes las cosas futuras. El escritor sufre constantemente de las “malas pesadumbres”: “de lo que todavía estoy un poco malo es de la melancolía; pero eso que me dices tú de que no me rompa la cabeza pensando, sino ir resolviendo las cosas conforme se vayan presentando, me da el remedio, y así voy a hacerlo”. Clara le ayuda a Rulfo a “levantar la cabeza”, a dejar de preocuparse tanto por la suerte del mañana: “y tú, termómetro de mis sueños, me calmas y me dices que no piense ahora en cosas, porque me rompo la cabeza”. El escritor es reiterativo: “pienso tantas cosas a la vez que me cuesta trabajo desprender una de otra”, “estas pláticas que yo tengo con mi conciencia son a veces muy largas, duran día enteros”, “porque yo siempre ando pensando más de la cuenta”. La razón de imaginar esos posibles eventos desafortunados provienen de cierto destino infausto o de la consecuencia de ver la realidad como una enemiga: “yo odio mucho al mundo y mi odio es constante. Quizá por esto el mundo me ha tratado mal y me ha hecho desafortunado”. No obstante, Clara es la certeza del hoy, la mano que apacigua el miedo del porvenir: “me pareció como si eso nos uniera para comenzar a pelear contra el miedo, que en este caso se pudiera llamar temor hacia el mañana”.
Clara, la madre del alma bondadosa
“Me acuerdo que yo casi me sentía tu hijito cuando estaba cerquita de ti. ¡Eres tan amorosa y tan buena! (…) Mi voluntad se ha roto muchas veces y si no fuera por ti no se hubiera remendado ya más; pero tú me has sostenido, mantenido y criado en tu propia alma”. Es el amor de Clara el que le ha permitido a Rulfo renacer, volver a vivir. Es ese regazo, esa “pureza de su alma”, la que le ha servido para restaurar la confianza en la vida. En este sentido, Clara es la que “ha formado nuevos y recién estrenados sentimientos”; y por considerarse hijo de su alma bondadosa, Rulfo siente “que estoy hecho a tu imagen, que tú me has ido haciendo así, para ti y para bien mí. Bien mío”. Son varias las cartas en que el autor mexicano cierra sus misivas autollamándose “hijo”, “hijo único y consentido”, “tu hijo que tanto ama a tu alma”. La carta LVII rubrica esta voluntad de filiación amorosa, este vínculo de nudos entrañables: “tú me formaste. Y mi cariño, este que te tengo, nació de ti, así que tú lo conoces tan bien como yo, pues es una cosa que salió de ti misma”.
He destacado cinco de los roles más recurrentes de Clara en las cartas escritas por Juan Rulfo. Agregaría otras facetas como ser un medio “para conocer el sabor de la esperanza”, una “tablita para sentirse aferrado a algo”, “un sueño que se puede tocar”, una matadora de demonios, “una playa buena, donde se acaban las olas malas”, un árbol grande que “crece para el bien de alguien y que, sin saberlo, limpia con sus manos el aire y vuelve el mundo cariñoso y habitable”. Diferentes rostros de una misma mujer que hicieron de Rulfo “un hombre más amigo de la vida”. La carta LVI, escrita en enero 28 de 1948, sintetiza bien esta fuerza vivificante que fue Clara Aparicio para el escritor: “yo creía antes que no entendía la vida. Que no sabía para qué era, ni con qué fin vivía uno. Pero Dios solo sabe lo que hace con sus criaturas. Me llevó hasta ti como si me indicara cuál era el camino; me llevó hasta donde tú estabas y me dijo: escóndete entre esos brazos y conocerás cuánta ternura hay allí y cuánto consuelo, y será como si comenzaras a vivir”.
Si hay un aspecto llamativo en el estilo de Juan Rulfo es la manera como el escritor describe o narra los diferentes fenómenos de la naturaleza. Este es uno de los aspectos que dota a la prosa de un tono especial y que, desde mi perspectiva, da pie para enmarcarlo dentro del realismo lírico. Para argumentar mi tesis voy a retomar algunos de los más recurrentes en Pedro Páramo, mostrando sus variaciones, manifestaciones y simbolismo.
De los variados fenómenos naturales, Rulfo empieza detallando la colosal vuelta que da la tierra para llegar a un nuevo día: “en el comienzo del amanecer, el día va dándose vuelta, a pausas; casi se oyen los goznes de la tierra que giran enmohecidos; la vibración de esta tierra vieja que vuelca su oscuridad”. La descripción de Rulfo convierte el despuntar del día en un acontecimiento colosal; se trata de un cambio de postura de la vetusta tierra, de un giro sobre su eje enmohecido, de los chirridos que da el planeta para voltear su postura y dejar de ofrecer la oscuridad para disponerse a la luz. La imagen del amanecer es contundente: “el día desbarata las sombras. Las deshace”. Al avanzar el sol en su camino se produce un cambio que afecta a todo el paisaje: “al recorrerse las nubes, el sol sacaba luz a las piedras, irisaba todo de colores, se bebía el agua de la tierra, jugaba con el aire dándole brillo a las hojas con que jugaba el aire”. La luz del sol transforma, por ejemplo, la llanura en otra cosa, diluye su solidez para hacerla vaporosa: “en la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris”. Y cuando llega el atardecer, Rulfo nos ofrece detalles de los rayos y las sombras producidas por el sol: “era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aún las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol”; esta luz del ocaso tiñe a las personas con otro vestido, les otorga otra fisonomía: “ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del cielo”.
Los personajes de Pedro Páramo se extasían con la lluvia: “el agua que goteaba de las tejas hacía un agujero en la arena del patio. Sonaba: plas, plas, y luego otra vez plas, en mitad de una hoja de laurel que daba vueltas y rebotes metida en la hendidura de los ladrillos. Ya se había ido la tormenta. Ahora de vez en cuando la brisa sacudía las ramas del granado haciéndolas chorrear una lluvia espesa, estampando la tierra con gotas brillantes que luego se empañaban. Las gallinas, engarruñadas, como si durmieran, sacudían de pronto sus alas y salían al patio, picoteando de prisa atrapando las lombrices desenterradas por la lluvia”. Pedro Páramo o Dolores Preciado pueden describirla de manera minuciosa y precisa. También ciertos personajes saben de su olor: “Fulgor Sedano sintió el olor de la tierra y se asomó a ver cómo la lluvia desfloraba los surcos”; de su particular sonido: “el siseo de la lluvia como un murmullo de grillos”; y del modo como cae sobre la tierra: “y miran la lluvia desmenuzada y al cielo que no suelta las nubes”. Otro tanto sucede con las nubes, esas aliadas de la lluvia. Rulfo no las usa como un decorado de la historia, sino como actores que anuncian, rubrican o amplifican un estado emocional: “de regreso miró el cielo lleno de nubes: ‘Tendremos agua para un buen rato’. Y se olvidó de todo lo demás”. Estas formas atmosféricas tienen vida propia: “y las nubes se quedaban allá arriba en espera de que el tiempo bueno las hiciera bajar al valle”; y su dinamismo le sirve al novelista para vincular el pasado con el presente: “mi madre me decía que, cuando empezaba a llover, todo se llenaba de luces y del color verde de los retoños. Me contaba cómo llegaba la marea de las nubes, cómo se echaban sobre la tierra y la descomponían cambiándole los colores”. Sea como fuere, la lluvia tiene repercusiones importantes en la novela ya que, al humedecer la tierra, provocan otro tipo de vida en Comala: “a los muertos viejos cuando les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan”.
Y así como existe una relación profunda entre la lluvia y las nubes, en la novela hay otro vínculo entre los pájaros y el viento. Juan Preciado recuerda que en Sayula “había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecían teñirse de azul en el cielo del atardecer”. Pedro Páramo evoca la época de muchacho cuando volaba cometas con Susana San Juan: “el aire nos hacía reír; juntaba la mirada de nuestros ojos, mientras el hilo corría entre los dedos detrás del viento, hasta que rompía con un leve crujido como si hubiera sido trozado por las alas de algún pájaro. Y allá arriba, el pájaro de papel caía en maromas arrastrando su cola de hilacho, perdiéndose en el verdor de la tierra”. Es evidente la relación: la cometa y el pájaro son habitantes del aire. Si nos detenemos un poco más en el viento, Rulfo describe sus tareas en el valle o la llanura, nos dice que el aire arrastra hojas, orea cosechas, genera cambios: “ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos”; “el viento de febrero que rompía los tallos de los helechos, antes que el abandono los secara”. En la novela, el viento sube y baja como los caminos, provoca frescura o sumo calor, juega con las nubes, danza con las hojas de los árboles: “el viento bajaba de las montañas en las mañanas de febrero. Y las nubes se quedaban allá arriba en espera de que el tiempo bueno las hiciera bajar al valle.; mientras tanto dejaban vacío el cielo azul, dejaban que la luz cayera en el juego del viento haciendo círculos sobre la tierra, removiendo el polvo y batiendo las ramas de los naranjos”. Este viento se manifiesta de manera diferente en el día y en la noche, participa de dos estados del tiempo, actúa como otro sensible personaje: “de día era pasajero; retorcía las yedras y hacía crujir las tejas en los tejados; pero de noche gemía, gemía largamente”. De igual manera, Los pájaros también son significativos en el paisaje rulfiano: “cruzan como cuervos el cielo vacío”, “gruñen como si roncaran y después de que sale el sol desaparecen” o están como “zopilotes solitarios meciéndose en el cielo”. Por momentos aparecen como testimonios alados de un espacio o una condición atmosférica: “había chuparrosas. Era la época. Se oía el zumbido de sus alas entre las flores del jazmín que se caía de flores”; “y los gorriones reían; picoteaban las hojas que el aire hacía caer, y reían; dejaban sus plumas entre las espinas de las ramas y perseguían a las mariposas y reían. Era esa época”. O hacen las veces de referentes para anunciarnos un cambio temporal en la narración: “como si hubiera retrocedido en el tiempo. Volví a ver la estrella junto a la luna. Las nubes deshaciéndose. Las parvadas de tordos. Y enseguida la tarde todavía llena de luz”. De igual modo, y este recurso estilístico no solo lo aplica el escritor a las aves, sirven de reforzadores a un momento de la historia o asumen los rasgos de otros personajes, se antropomorfizan: “un pájaro burlón cruzó a ras del suelo y gimió imitando el quejido de un niño; más allá se le oyó dar un gemido como de cansancio, y todavía más lejos, por donde comenzaba a abrirse el horizonte, soltó un hipo y luego una risotada, para volver a gemir después”. O, en el caso de Pedro Páramo cuando ha perdido para siempre a Susana San Juan, adquieren la forma de un claro simbolismo: “pero pasaron años y años y él seguía vivo, siempre allí, como un espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna”.
Buena parte de estos fenómenos naturales siguen en el inframundo de Comala: “y en días de aire se ve el viento arrastrando hojas de árboles, cuando aquí, como tú ves, no hay árboles” afirma Damiana Cisneros; y Juan Preciado, preso de miedo y aguantando la respiración, en el cuarto de Dorotea ve pasar “por el techo abierto al cielo parvadas de tordos, esos pájaros que vuelan al atardecer antes que la oscuridad les cierre los caminos”, y, posteriormente, en el momento de su agonía, cuando “sorbe el mismo aire que salía de su boca”, observa “algo así como nubes espumosas haciendo remolino sobre su cabeza y luego enjuagarse con aquella espuma y perderse en su nublazón”. La canícula abarca todo el purgatorio de Comala; en este espacio de puertas y ventanas desvencijadas, “el viento sigue soplando”. En el paisaje de Comala “hay estrellas fugaces. Caen como si el cielo estuviera lloviznando lumbre”; pero lo que más abundan son los murmullos y los “ecos de las sombras”: “este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras”. Comala es un lugar en el que los fenómenos naturales se agudizan porque responden a la lógica de los “pueblos que saben a desdicha” y que se los conoce “con sorber un poco de aire viejo y entumido, pobre y flaco como es todo lo viejo”, al decir de Bartolomé San Juan.
Juan Rulfo contrasta este mundo con otro bien diferente, el de los recuerdos: “hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista más hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche”. Es la geografía que responde a la evocación, especialmente de los seres más queridos. Dolores Preciado le lega esos recuerdos a su hijo: “mi pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos”. Y Pedro Páramo se entusiasma recordando su infancia con Susana: “en las lomas verdes. Cuando volábamos papelotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma, en tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento”. Estas imágenes usadas por el novelista construyen un lugar paradisíaco, un sitio en el que era posible la ilusión y la “tibieza del tiempo”: “llanuras verdes. Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos. El color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel derramada”. En la novela Pedro Páramo, los recuerdos son verdes, pero la realidad con que se encuentra Juan Preciado está “perdida en la sonoridad del viento debajo de la noche”, llena de ánimas vagabundas; un mundo, en suma, “que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndonos en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre”.
Decía al inicio que esta forma de escribir de Juan Rulfo se inscribe dentro del realismo lírico; para ello el novelista mexicano analoga realidades naturales con estados de ánimo, procesos de pensamiento, momentos temporales o flujos de conciencia: “afuera, el limpio aire de la noche despegó de Pedro Páramo la imagen de Susana San Juan”; “mi mano se sacudió en el aire como si el aire la hubiera abierto”. En este mismo sentido, cuando Rulfo desea describir los estados de la naturaleza se apoya en gran medida en el uso de las sinestesias; es decir, en asociar sensaciones que pertenecen a diferentes sentidos: “se oía el aire tibio entre las hojas del arrayán”; “la luz entera del día que se desbarataba haciéndose añicos”. Este recurso estilístico le permite al novelista hacer que la tierra escuche, que el sol adquiera cuerpo humano, que la tarde parpadee y emita gritos, que el crepúsculo sea líquido, que las alas de los pájaros se conviertan en emanaciones de la luz y que la lluvia sea como otra sangre. Los anteriores procedimientos expresivos dotan a la prosa de Juan Rulfo de una singular belleza: “una lámpara regó su luz sobre la cara de algunos hombres”; “y debajo de sus pies regueros de luz; una luz asperjada como si el suelo debajo de ella estuviera anegado en lágrimas”.