Las redes sociales y los medios masivos de información –en particular la radio– han acentuado la idea de ver los hechos, la personas y la realidad política de manera polarizada. No hay lugar para atender las tonalidades o escuchar diferentes puntos de vista, y más cuando lo que persiguen es capturar audiencias rápidas a como dé lugar. Esta incapacidad para ver los matices, su intencionalidad alarmista y su vínculo con las emociones básicas de la gente es algo que podríamos analizar en esta oportunidad.
Empezaré recordando que el matiz tiene que ver con aspectos no muy fácilmente perceptibles de una cosa, hecho o fenómeno. Requiere cierta capacidad para distinguir tonalidades, modalidades dentro de un mismo aspecto. Supone, por lo mismo, sutileza para percibir diferencias en cosas muy parecidas o perspicacia para advertir variaciones de tono, grado, luminosidad o valor, y en el caso de las ideas, de percepción o interpretación.
De lo anterior se infiere que, para matizar, se necesita agudeza y discernimiento. No es una actitud o una forma de pensar que brote de manera inmediata. El matiz implica observar, cotejar, detenerse, con el fin de percibir esos ligeros cambios o esos grados de tonalidad intermedios que hay entre realidades o situaciones opuestas. Tal necesidad de “detenimiento” riñe con la velocidad de los cortos mensajes en las redes sociales o con el afán novelero que vocifera por los canales radiales. Lo más fácil, entonces, es focalizarse en los extremos, exacerbar una única perspectiva, alimentar los prejuicios y, lo que resulta más perjudicial para la opinión pública, omitir asuntos que no responden a la lógica de lo antagónico, lo incompatible o lo absolutamente disyuntivo.
Precisamente, el canadiense Michael Fullan en su libro El matiz. Por qué unos líderes triunfan y otros fracasan (Morata, Madrid, 2019) ha insistido en que la incapacidad para apreciar los matices nos hace “superficiales” o proclives a “respuestas técnicas” que evitan actuaciones de “inmersión y reflexión”. Insiste este educador en que el matiz supone ver la imagen completa de un hecho o problema a la par que comprender “los detalles, las conexiones y los patrones ocultos que operan dentro de ellos”. No aprenderemos a matizar si no hacemos una pausa de discernimiento, si dejamos de preguntar, si clausuramos en nuestra mente el espíritu crítico y si perdemos las pistas de orientación comprensiva que nos ofrecen los contextos. La credulidad inmediatista y cándida en nada contribuyen a encontrar soluciones para resolver un problema y sí multiplican la actitud fanática de “estás conmigo o estás contra mí”. La incapacidad de atender los matices –en los hechos, los acontecimientos, las relaciones– lleva a percibir la variación como defecto y al contradictor como enemigo.
Hay multitud de razones que nos han “formado” en este modo antagónico y excluyente de entender el mundo, las personas y los problemas. Hemos dejado que se absoluticen las disyuntivas por encima de las convergencias, las polaridades excluyentes en lugar de las gamas y la riqueza tonal. Un sedimento de creencias religiosas ancladas en dividir el mundo entre “buenos y malos” nos ha ido llevando –con un simplismo moral escalofriante– a “guerras santas” y fundamentalismos asesinos. Si fuera tan fácil precisar en las actuaciones complejas de un ser humano dónde hay total bondad y dónde absoluta maldad; si supiéramos con exactitud trazar las líneas de frontera entre lo virtuoso y lo reprochable, seguramente nos resultaría más fácil interactuar y convivir con los demás. Pero, eso no es posible ni deseable. Nos movemos entre escalas de grises porque somos distintos y porque sufrimos transformaciones a lo largo de nuestro ciclo vital. Además, porque albergamos la posibilidad de elegir y tenemos diferentes “marcas personales” que determinan nuestro modo de interpretar la realidad. Esa es nuestra riqueza a pesar de ansiar reducirla a dos tipos de especies o una tonalidad bicolor.
De igual forma considero que nos hemos vuelto incapaces para apreciar los matices porque nos es difícil convivir con la tensión entre fuerzas contrarias o entre el vaivén de lo que parece irreconciliable. Nos hace falta fortaleza en el carácter para movernos en la dinámica de las tensiones, de la elasticidad interpretativa, de la tirantez propia de los conflictos. Si es en una relación interpersonal queremos mirar sólo lo perfecto, pero negando lo imperfecto que hay en todo ser humano; si nos situamos en el mundo de los negocios, nos fijamos sólo en la ganancia, pero ajenos a la sensibilidad social de los beneficios obtenidos; si es en el mundo de las ideas suponemos que lo que creemos es igual a la verdad, a sabiendas de su provisionalidad y los intereses personales involucrados. Al querer desalojar la tensión en nuestro modo de pensar y de actuar hemos caído fácilmente en estereotipos, en la caza de brujas o en una disposición para sectarismos de todo tipo.
Si no albergamos en nuestra mente y en nuestro corazón el lente del matiz seguramente nos iremos convirtiendo en habitantes de guetos, en hordas ansiosas de destruir lo que ignoran o no gustan, en marginales incapaces de establecer acuerdos de civilidad y convivencia pacífica. Eso de una parte. De otra, si buscamos siempre el matiz, podremos evitar el exceso de enjuiciar a los otros y modificarlo por el ejercicio meditado de comprender. Es decir, descubriremos que no son buenas las generalizaciones para desentrañar un problema, que hay detalles sin los cuales no se comprende la médula de un asunto, que hay gradaciones o escalas en todos los actos humanos. Al mantener el filtro del matiz, si lo asimilamos como hábito, seremos más tolerantes, no caeremos fácilmente en las provocaciones y menos en la avalancha de los odios infundados. Aprender a matizar puede librarnos del odio gratuito y ayudarnos a fortalecer la tranquilidad interior que sigue siendo un bien de los más preciados en nuestra época.
Sea el momento de recordar el “Arte poético” de Verlaine en el que invitaba a unir “lo indeciso con lo preciso”, “el sueño con el ensueño”, “la flauta con la trompa”. Que evitemos o huyamos de “la punta asesina” de las oposiciones irreconciliables y del “espíritu cruel” que convierte a quien piensa diferente en un contendiente al que hay que humillar, agredir, desprestigiar o desaparecer.
Terminé de leer el libro Soledad & Compañía de la periodista barranquillera Silvana Paternostro en el que, a partir de entrevistas a amigos, “compinches”, editores y familiares reconstruye la vida y obra de Gabriel García Márquez. Se trata de un collage de voces diversas, organizadas a partir de tres grandes apartados: “Antes de Cien años de soledad”, “Después de Cien años de soledad” y “Diez años sin Gabo”, y manteniendo la frescura de la oralidad que permite las reiteraciones, las contradicciones y los olvidos. Por supuesto que ofrece informaciones interesantes sobre la creación de novelas y cuentos del escritor, saca a flote sus manías y hábitos, muestra hechos significativos de su itinerario vital y, especialmente, ofrece los testimonios de sus grandes amigos. Es una “historia de vida” armada con retazos de recuerdos, de teselas de encuentros, de impresiones contadas al lado de un café o un vaso de wiski. La lectura de esta obra me ha llevado a pensar, una vez más, en las complejidades metodológicas y expresivas para reconstruir la vida de una persona. Trataré de mostrar a continuación lo enrevesado de tal propósito.
El primer escollo reside en la selección de los informantes. Desde luego, eso depende de qué tanto acceso se tenga a las personas que conocieron, trataron o mantuvieron una relación permanente con quien nos interesa historiar. Algunas de esas personas, desafortunadamente para el investigador, ya están fallecidas al momento de realizar el trabajo o, por diferentes motivos, no quieren ofrecer su testimonio. Lo ideal es contar con un grupo de familiares, desde los más íntimos hasta aquellas figuras “clave” en su desarrollo vital. Enseguida están los amigos y amigas, los colegas de trabajo, los compañeros de aventura, los cómplices de proyectos, los hitos o referentes del mundo afectivo. Los informantes se elegirían yendo en un movimiento centrífugo, de los más cercanos a aquellos otros ancilares o de circunstancia. La dificultad se presenta porque no siempre se logra una “muestra” representativa de todos estos niveles de informantes, y porque –en muchos casos– el más relevante es justo el que no se ha podido contactar o el acceso resulta bien dificultoso para el investigador.
Superado ese inconveniente, viene otro igualmente complicado: se trata de la calidad discursiva de los informantes. A veces sí se cuenta con el testimonio de la persona indicada, pero al grabar o escuchar lo que dice se descubre que no es lo bastante locuaz, que es poco descriptivo o se expande en otros asuntos que dejan de lado lo que en verdad nos interesa. Tampoco sirve mucho para realizar una historia de vida los testimonios difusos, repletos de “lagunas” o imprecisiones o aquellos otros en que se nota que la fabulación tiende a completar lo que la memoria no logra precisar. Por lo demás, la reticencia o la elusión puede aparecen cuando se tocan aspectos “íntimos” que comprometen o implican al entrevistado. En suma, no siempre se logra que la información de las personas seleccionadas sea relevante o interesante. También sucede que estos testigos, especialmente cuando hablan de una persona con un alto reconocimiento público, tiendan a vanagloriarse, a revelarse como forjadores de su talento o mostrarse más importantes de lo que en realidad son. En estas ocasiones, el discurso deja de tener el tono objetivo del testigo y comienza a asumir la primera persona del pavoneo y el engreimiento.
Una tercera dificultad estriba en el momento o época en que los informantes conocieron o tuvieron trato con el personaje que nos interesa. Porque no todos los testimonios siguen el itinerario de una vida ajena o pueden delinear bien los pormenores y cambios que cualquier persona sufre a lo largo del tiempo. La mayoría de las veces lo que se poseen son esbozos o pinceladas de un carácter, de un evento, de una determinada experiencia, pero se tiende a convertir ese fragmento en toda una forma de ser o un juicio global sobre alguien. Y a eso habría que sumarle el hecho de que los juicios que los seres humanos lanzan sobre sus semejantes dependen, en gran medida, de los estados de ánimo o de los sentimientos que los gobiernan al entrevistarlos. Puede suceder, entonces, que en el presente se tenga una evaluación negativa, diferente al aprecio que se tuvo por alguien en el pasado. O que se absolutice un error o un comportamiento indebido en el pretérito y, desde allí, se saquen conclusiones incontrovertibles sobre la identidad de una persona. Lo complicado está en convertir opiniones circunstanciales o apreciaciones ocasionales en rasgos concluyentes o verdades definitivas.
Salta a la vista que otro escollo enorme es la validez de la información ofrecida por los testigos. Sobra decir que el investigador parte de una confianza inicial en lo que dicen los informantes; pero esto no debe llevarlo a la credulidad ingenua o a desconocer que las opiniones están teñidas de intereses, de afectos, de creencias y prejuicios. A veces la verdad que comparten los informantes está “editada” o “maquillada” para salvaguardar el buen nombre o la reputación de una persona; o está lo suficientemente “estereotipada” para responder a lo esperado por la mayoría de la gente; o está plagada de exageraciones y aspectos maravillosos que convierten a un ser humano en un genio o un ser particularmente “extravagante”. De allí la importancia de pasar la información de los testigos por el cedazo de la contrastación, del cotejo de datos, de la “triangulación” entre diversas fuentes. Y, en lo posible, buscar al menos dos sesiones de entrevista con esos testigos para descubrir las recurrencias, los vacíos; preguntar y repreguntar para profundizar en la información y lograr con ello apreciar los matices o descubrir la verdad que sobrenada después de varias sesiones de conversación o advertir flagrantes contradicciones que el testigo, de manera intencionada o no, deja traslucir en sus palabras.
Señalaría una dificultad más que afecta de manera indirecta los testimonios de los informantes: me refiero al poco conocimiento de las realizaciones o logros significativos –profesionales, intelectuales o artísticos– de aquel a quien deseamos historiar y sólo conformarse con las opiniones que sobre dichos asuntos hacen los individuos seleccionados. Si no hay un estudio o investigación preliminar del personaje de nuestro interés, si se carece de un trabajo documental concienzudo, si no se han detallado sus contribuciones, conquistas o producciones, lo más seguro es que se carezcan de elementos contrastantes para sopesar la información de los testigos. Por supuesto que los testimonios son vertebrales o de gran relevancia, pero necesitan aquilatarse con resultados o creaciones, con evidencias de primera mano. Este aspecto se vuelve más sensible cuando la historia de vida desea dar cuenta de los mundos creados por la imaginación de una persona con trayectoria en un campo artístico o literario y apenas se conoce una mínima parte de ella o el grueso de la información que posee el investigador es referida o demasiado genérica. Sin esa labor previa de archivo y estudio de documentos las voces de los testigos parecerán la única interpretación fiable o se sentirán a sus anchas para engatusar o decir cualquier cosa.
Como puede inferirse de lo expuesto, no es tarea sencilla reconstruir la vida de una persona con fragmentos de testimonios. Entre otras cosas porque no todos los testigos tienen acceso al mundo íntimo o a esas “zonas secretas” de un individuo de las cuales sólo él tiene la llave. De igual modo, y eso lo saben muy bien los historiadores de oficio, si no se tiene una suficiente perspectiva temporal, siempre existirá la posibilidad de fallar en el juicio valorativo o quedarse en la superficie anecdótica de un individuo. Los seres humanos tenemos diversas facetas, sufrimos transformaciones y mutaciones a medida que vivimos, cambiamos de creencias y opiniones en tanto somos afectados por diversas experiencias. La dificultad está ahí, precisamente, en ese dinamismo de la personalidad que la hace variante, impredecible y muchas veces contradictoria. Mostramos y ocultamos a la vez; decimos muchas palabras, pero, de igual manera, cuidamos ciertos silencios. En este sentido, una historia de vida es siempre una aproximación, una ruta posible de lectura de un individuo, un mosaico de un ser humano elaborado con testimonios diversos y de distinto colorido.
Las imágenes en los noticieros que celebran la llegada de un nuevo año, los deseos de familiares y amigos para que el inicio de otro período sea próspero, los brindis que lanzan augurios de bienestar, las proclamas en el ambiente de salud y prosperidad, todo ello contribuye a que en los primeros días de enero se ensanche el deseo de empezar un nuevo proyecto o se reinicie alguno que se había postergado. Pero, ¿qué hay detrás de esos renovados propósitos?, ¿qué importancia tiene en nuestra vida el mantener en alto algún proyecto?
Diría, para empezar, que los proyectos son los que dan sentido a la existencia, más allá de emplear gran parte de ella en la mera sobrevivencia. Los proyectos ofrecen un norte, una intencionalidad o un propósito significativo. Digamos que le otorgan a nuestro cuerpo biológico una extensión menos física, una frontera que rebasa los límites de nuestra condición natural. Los proyectos hacen que vayamos más allá de nuestra condición fisiológica y podamos poner a prueba nuestras capacidades y talentos, el potencial de nuestros sentidos y el venero inagotable de nuestra imaginación.
De otra parte, los proyectos son un buen caudal para desarrollar la fuerza de nuestra voluntad; ese ímpetu del espíritu que reconduce y lleva a no desanimarnos. Los proyectos, en esta perspectiva, son creaciones volitivas, obras de nuestro empeño, creaciones elaboradas con el trajinar de nuestras manos. Así que, si no tenemos un proyecto en curso, fácilmente caeremos en la desidia, en la pereza que apoltrona y conduce al conformismo, en la apatía por la vida misma. Gracias a los proyectos, a su dinámica apasionada y demandante, es que nuestra voluntad se ejercita en resolver problemas, en buscar alternativas, en afinar la recursividad y, con todo ello, evitarnos desfallecer ante los obstáculos o los inconvenientes.
Los proyectos poseen otra virtud y es la de permitirnos priorizar nuestras actividades o las múltiples tareas que hacemos. Cuando en verdad definimos un proyecto, cuando lo alzamos bien alto como si fuera una bandera, lo más seguro es que inmediatamente desplazará o pondrá en su verdadero lugar las otras ocupaciones cotidianas. Los proyectos tienen un campo de fuerza que nos obliga a distinguir lo esencial de lo secundario, lo importante de lo urgente. Porque si bien nos ocupamos de infinidad de asuntos durante el día a día, a veces apabullados por la rutina y el desinterés, otra cosa sucede cuando instauramos con un férreo convencimiento determinado proyecto en nuestro periplo vital: él ocupa la mayor parte de nuestras energías, él nos obliga a organizar mejor nuestro tiempo, él nos vuelve cuidadosos con la administración de nuestros recursos. El radio de acción de un proyecto trae consigo el aprendizaje del valor de las prelaciones.
Por lo demás, los proyectos ayudan a disciplinar o por lo menos a adquirir un método de trabajo. Si se quiere poner en marcha un proyecto, si se desea que avance, si nos interesa concluirlo, es necesario trabajar en él de manera constante; no es con buenas intenciones ni con esporádicas acciones como se conquista su término. Hay que persistir con decisión y empeño, con brío y mano laboriosa. En esta perspectiva, el proyecto demanda disciplinar el cuerpo, incorporar ciertos hábitos que garanticen la efectividad en los resultados, imponerle al espíritu la tenacidad y el temple de la acción incesante. La disciplina educa el comportamiento discontinuo y caótico, ayuda a entender y atender un orden en las actividades, crea conciencia sobre la utilidad de la planeación. Los proyectos regulan los vaivenes del capricho, sujetan los apetitos coyunturales, fijan un itinerario a las ideas divagantes.
Vale anotar otra cosa: las angustias, los desasosiegos, los quebrantos menores de salud pasan a un segundo plano si conservamos en nuestra mente y en nuestro corazón el titilar de un proyecto. Al mantener la mente ocupada en una iniciativa de largo aliento, las preocupaciones entran en una especie de penumbra que les quita su encandilamiento para atrapar toda nuestra atención. Si una buena parte de nuestros pensamientos y nuestros sentidos se concentran en atender el desarrollo de un proyecto con toda seguridad otras molestias, físicas o psicológicas, dejarán de impactarnos con sus letanías de pesadumbre o alarmismos infundados. Ocuparse en un proyecto parece ser un excelente fármaco para aquellas personas que absolutizan sus pesares o convierten cualquier achaque ocasional en una tragedia autocompasiva.
Sobra decir que en todas las etapas de nuestro ciclo vital los proyectos son el lubricante de nuestra existencia. Cuando jóvenes, en la época en que abunda la energía y los imposibles parecen muy cercanos, sirven de cimiento para construir el plano de nuestro futuro; en la edad adulta, amparados en el período de mayor vigor y productividad, permiten realizar los sueños profesionales, consolidar un patrimonio, o producir una obra intelectual relevante; y al entrar en la vejez, cuando tenemos menos fuerza pero mayor experiencia y sabiduría, los proyectos renuevan la esperanza, afianzan la autoestima e irradian una luz de dignidad al seguir mostrando que continuamos siendo útiles. No importa la edad que se tenga, los proyectos movilizan, impulsan, catapultan, honran lo que somos como seres en permanente exploración y búsqueda de utopías.
Sirvan, entonces, estos primeros días del inicio de año para tomar conciencia de la importancia de los proyectos en nuestra vida. Si alguno de ellos sigue hibernando por nuestra dejadez, puede ser el momento de retomarlo y avanzar hasta concluirlo. Y si no tenemos al menos un proyecto en curso, si hasta ese nivel de pusilanimidad hemos llevado a nuestro espíritu, démonos la oportunidad de comenzar uno, con todo el tesón necesario para que no pierda su impulso apenas comencemos a trabajar o lo dejemos de lado por las vicisitudes cotidianas.
La idea de ir a la fiesta, empezaba antes. En los preparativos de la música que iba a llevar, en los LP seleccionados y marcados tanto en las cubiertas como internamente. Eran vinilos, mucho tiempo de color negro, y después impresos en colores llamativos. Luego venía lo de la llamada a mis primas, Nidia, Elsa, Nelly y Ruby, para empezar. Ellas eran la otra parte del rito previo a la fiesta. Acordada la hora de pasar ese fin de semana por sus casas, no quedaba sino la confirmación a los primos más cercanos y a otros amigos de aquella época. Al final éramos como 10 personas las que formábamos el grupo más estable que asistíamos a las fiestas que aparecían por montones en épocas navideñas.
Las fiestas iniciaban casi siempre a las 10 de la noche. Así que, la búsqueda del taxi comenzaba a eso de la nueve, porque había que ir hasta Kennedy que estaba bien lejos del barrio Estrada, donde yo vivía. De la casa salía con dos de mis primos. En una bolsa llevaba como escuderos mis vinilos, comprados varios de ellos en Discos Bambuco; por supuesto, no podía faltar el último de los 14 Cañonazos bailables que recogía los temas más oídos de aquel año. Pero si de algo me jactaba era que mi selección incluía otras orquestas que muy seguramente no tenían en la casa del anfitrión. Por ejemplo, y sólo como ilustración, llevaba un LP del Super Combo los Tropicales, que incluía temas como “El baile del muñeco”, “La grieta” y uno, en especial, que me fascinaba: “Caimán y gallinazo”. El autor de esta cumbia era el soplavientero Clímaco Sarmiento y lo enaltecía la voz de Doris Salas.
La recogida de las primas iba aumentando el número de taxis. Después de varias escalas nos repartíamos hombres y mujeres en dos carros y empezábamos la ruta hacia los barrios Santa Isabel, Trinidad Galán o Venecia donde nos esperaban otros amigos con sus familiares y un grupo animado de conocidos del barrio. Cuando entrábamos un buen número de personas estaban sentadas alrededor de la sala, desprovista de otros muebles, esperando a que se “prendiera” la fiesta. La música servía de preámbulo y hacía las veces de incitadora a los variados jóvenes que permanecían de pie ansiosos de que llegaran muchachas para formar parejas. En los bafles de los equipos de sonido ya sonaba el último LP de Nelson y sus estrellas que contenía canciones como “El porro”, “La sirena” o “El forastero”. Saludos y abrazos iban y venían en una fraternidad que convertía a cualquier desconocido en un nuevo amigo y permitía, lejos de cualquier amenaza, dejar abierta las puertas de la casa para que algunos transeúntes gozaran de la alegría de esos diciembres. Nos instalábamos en las sillas vacías a la par que nos recibían con algún licor para combatir el frío. Más de una vez constaté que la belleza de mis primas no pasaba inadvertida para la concurrencia.
El anfitrión de la casa sabía que llevaba buena música y me conducía de una vez hasta la mesa que servía de tornamesa. Ponía mis discos parados a un lado del equipo, para que no se fueran a dañar, y escogía uno que sirviera de detonante. Casi siempre la música de la Billo’s Caracas boys, cumplía a la perfección ese propósito. Apenas terminaba el disco que estaba sonando, con mucho cuidado levantaba la aguja y ponía un LP de los que había traído. Una vez más la extraordinaria voz de Cheo García, el guarachero, rompía la timidez de los primeros hombres adolescentes para seleccionar una mujer y empezar a deslustrar el tablado brillante que desde el día anterior estaba listo. “La butifarra de Pacho” sonaba recio en los dos parlantes ubicados estratégicamente en las esquinas de la habitación.
Si la concurrencia no respondía a cabalidad con La Billo’s, lo mejor era echar mano de cualquier tema de Los Corraleros de Majagual. Por ejemplo, “El bailador”. Era efectivo para que tanto los más jóvenes como los mayores sacaran pareja y acompañaran la voz de Eliseo Herrera con las palmas de sus manos. Yo mismo me apartaba por unos minutos del equipo y me integraba al baile. Por lo general, al mostrar a otros mi alegría, los contagiaba para participar de la dinámica vertiginosa de la fiesta.
En muchas ocasiones no había que cambiar inmediatamente el disco porque los temas de una cara tenían la suficiente atracción para no soltar la pareja, pero otras veces lo que había que hacer era buscar un nuevo LP que mantuviera la “energía” del auditorio. Y qué mejor enlace que la voz de Víctor Piñero con el ritmo armonioso de Los Melódicos de Renato Capriles. Mi mano derecha, con pulso firme, levantaba la aguja del tocadiscos y elegía el corte que correspondía a “Cayetano baila”.
A la par que cambiaba la música, se repetía las rondas de algún trago y, dependiendo de las condiciones económicas del anfitrión se compartía algún pasaboca. A esa hora, casi a las once de la noche, el número de invitados estaba a tope y el mismo clima de la fiesta llevaba a escuchar a Rodolfo con Los Hispanos. No importaba el tema elegido, esta música tenía el poder de reavivar la fiesta. Nadie se quedaba sentado y, lo que resultaba más llamativo, todas las personas repetían en coro la letra de la canción porque se la sabían de memoria. “Adonay”, “Los cien años de Macondo”, “El papelito blanco”.
Y al poner un disco de Los Hispanos casi que uno se veía obligado a que el siguiente fuera de Pastor López, en particular un LP que contenía temas como “Callate corazón” y el “Eco de tu adiós”. Las parejas amacizadas giraban y giraban al ritmo de este otro grupo musical venezolano que en aquellas épocas se escuchaba en la radio y en el ambiente decembrino callejero.
Hacia la media noche había un pequeño receso. Los anfitriones de la fiesta empleaban ese tiempo para servir el arroz o el espagueti con pollo a todos los invitados. Más de una persona se acomedía a colaborar y cada quien buscaba un lugar en las sillas disponibles o en las gradas de las escaleras. Los más íntimos podían entrar a la cocina y, si el hambre era mucha, repetir plato. Durante ese lapso, los mosaicos del Cuarteto imperial mantenían el hilo animado de la fiesta.
Terminado el pequeño receso venía la segunda fase de la fiesta. En ese momento casi siempre Nelson Henríquez ayudaba al despegue de este convite de fraternidad y celebración por la vida. “Muchacha de quince”, “La batea”, “Nube viajera”, daban pie a que se reanudara la diversión.
Mis primas y primos íbamos y veníamos al mismo lugar que ubicamos cuando llegamos a la fiesta y compartíamos durante los intervalos de los discos “impresiones” sobre los pormenores de la reunión. A veces no bailábamos un tema para distraernos con los diferentes pasos que ingeniaban determinadas parejas o para ir hasta un corrillo y reanudar el diálogo con amigos y amigas que hacía tiempo no veíamos. Durante esos minutos el anfitrión aprovechaba para poner su música o para elegir dentro de los LP que yo había llevado algún tema que era de su agrado. Por ejemplo, “Tania” de Fruko y sus tesos. La voz potente de Joe Arroyo empezaba a distinguirse entre los cantantes de salsa de aquella época.
A sabiendas de que más o menos a las dos de la madrugada los padres del anfitrión abandonarían discretamente la reunión y antes de que los vecinos de mayor edad empezaran a despedirse, lo más oportuno era poner algún tema decembrino de Guillermo Buitrago o acudir a la voz de Alberto Fernández acompañado de la guitarra de Julio César Bovea. Entonces, dejaba correr dos o tres temas seguidos de Rafael Escalona, interpretados por Bovea y sus vallenatos, comenzando por “El testamento”.
Era normal que durante el desarrollo de la fiesta algunas parejas empezaran a conversar, a buscar puntos de afinidad y, si había un gusto mutuo, daban inicio a uno de esos noviazgos que podían tener una duración corta o prolongarse en el tiempo. Pero lo más importante era que hubiera afinidad en el baile, en la armonía de los movimientos, en cierta cadencia de las caderas que imantara los cuerpos. Así que, consciente de tal evento emocional, lo frecuente era poner un disco de Nelson y sus estrellas, “Llora corazón” que invitaba a dos cosas: a amacizar aún más a la pareja y a que el anfitrión, haciendo de cómplice, apagara una de las luces de la sala, para crear un ambiente de penumbra en el cual fuera posible el roce de las mejillas o el anhelado beso furtivo.
A mí me gustaba el LP titulado Aquellas lindas melodías de Guillermo Portabales para hacer el puente entre la penumbra y la luz plena que regresaba a la sala. La cadencia de “El carretero” provocaba que las parejas se mantuvieran abrazadas pero que poco a poco fueran dejando un espacio entre sus cuerpos para airear sus pasiones.
Y cerca, muy cerca al ritmo de Portabales, estaba La Sonora Matancera, y un tema que volvía a subir la intensidad de la fiesta hasta un punto bien alto. Nelson Pinedo y “El muñeco de la ciudad”.
Ya hacia las tres o cuatro de la madrugada me parecía bien utilizar esos discos que sabía no hacían parte de la discoteca de las casas donde era invitado. Buscaba, entonces, a la orquesta de los Hermanos Flores y su LP titulado La fiesta. La aguja del tocadiscos dejaba escuchar el tema “La bala”. El grupo de bailadores seguía las indicaciones que decía el disco: aplaudía, saltaba, levantaba los brazos, formaba una rueda o, en medio de risas, se integraba a un tren que parecía descarrilarse en cada vuelta. Todo este jolgorio contribuía a fortalecer la confianza y los vínculos humanos.
Aunque el licor se multiplicaba en rondas y brindis sucesivos, el cometido no era emborracharse, sino divertirse hasta que amaneciera o hasta que empezara a clarear para salir a buscar el transporte que nos llevaría a nuestras respectivas casas. Con este fin se le hacía bromas al que empezaba a cabecear por el sueño y se le entonaba en la cara un vallenato en especial, contenido en el álbum Rumor vallenato con la voz potente de Daniel Celedón y el toque vertiginoso de Israel Romero. La invitación no era sólo para animar a los que daban muestras de cansancio, sino para despertar a aquellos pocos que se apoltronaban somnolientos en los asientos. La consigna era perentoria e inapelable: “Amanecemos parrandeando”.
La última hora de la fiesta daba pie para que sacara a escena otros LP, de esos tenidos en reserva y que me parecían formidables. La voz de tenor de Argenis Carruyo se aunaba de manera perfecta al ritmo cadencioso del Supercombo Los tropicales. Las notas del tema “El baile del muñeco” daba nuevo brío a las piernas al igual que reforzaba la garganta de los asistentes.
Podían seguir después discos como “Soy parrandero” de Emir Boscán y los Tomasinos, “Promesas de cumbiambera” de la Orquesta La Playa, o “Ni Calor ni frío” de la Orquesta La Tremenda…, o, para fomentar de nuevo el amacice, uno de los temas vallenatos de los Hermanos Zuleta, muy escuchado en el año 1974: “Río crecido”.
Las primeras luces del día anunciaban el fin de la fiesta. La música bajaba de volumen mientras iba desocupándose la sala de bailadores. Cada subgrupo de amigos empezaba a prepararse para la despedida. La charla era abundante. Los agradecimientos al anfitrión se multiplicaban cada vez que entregaba los bolsos y prendas personales guardadas al llegar a la fiesta. Las llamadas por teléfono para solicitar un taxi se repetían muchas veces, a pesar de que algunos preferían salir en grupo a buscar transporte en una de las avenidas cercanas. Durante esos minutos todo transcurría en la entrada de puerta de la casa. Los abrazos interminables parecían prolongar las horas de alegría compartida.
Apenas aparecían nuestros taxis nos acomodábamos de manera semejante al viaje inicial. El recorrido ahora inverso, porque debíamos llevar a las primas a sus residencias. Las anécdotas divertidas, las cualidades del anfitrión, la exquisitez de la comida, eran indicadores de la calidad de la rumba. Sobre mis piernas, y cobijados por mis brazos, los discos que había traído reposaban de su largo trabajo durante esa noche, pero a la expectativa de una próxima fiesta.
Es aconsejable desconectarse unos días de los medios masivos de comunicación que, cada día, refunden información con opinión, creencias personales con noticias validadas. Los medios masivos, y muy especialmente la radio y la televisión, contribuyen a que nuestra mente pierda la capacidad de ver los matices y se encasille en apreciar la realidad sólo a partir de los opuestos. El afán de los medios por crear debate, por incendiar los ánimos, conlleva a aumentar nuestro estrés y a que asumamos, a veces sin darnos cuenta, posturas o discursos que rayan con el extremismo o la intransigencia.
Prevenirse de la ola de rumor negativo que crean y amplifican los medios masivos es una de las formas del cuidado de sí de nuestro tiempo. Desde luego, los medios buscan intervenir la opinión pública, influenciarla para que tome una u otra tendencia, pero en ese afán por captar audiencias, fácilmente calumnian, propagan falsas noticias, se ensañan con sus adversarios políticos y, lo que resulta más nocivo para el bienestar mental, amplifican lo nimio, sólo ven una cara del poliedro, reiteran sin cesar en las carencias o los errores de sus oponentes. Si nuestra mente no está atenta para sopesar los dos lados de la balanza, con facilidad caeremos en el pesimismo más rampante o nos sumaremos al coro pregonero de que “todo va mal”, y que “este es el peor mundo en que vivimos”.
No dejarse imponer en las conversaciones de la vida cotidiana la agenda de los medios me parece otro remedio efectivo para nuestra salud mental. Recuperar la riqueza de otros temas, sazonar nuestras charlas con colegas y amigos sobre experiencias de vida y eventos ejemplarizantes, tiene más provecho que andar repitiendo como loros los infundios de la clase política o los “editoriales” de las vedettes mediáticas. Traer a la charla en el trabajo, en los diferentes espacios de interrelación social, algo que se haya experimentado, visto o leído diferente a la agenda que trazan los noticieros o programas radiales, renueva la conversación, enriquece la socialización, multiplica los puntos de vista. Cuando nos volvemos monotemáticos y parecemos un perifoneo de lo mismo que pregonan los medios masivos, además de aburridos, perdemos flexibilidad cognitiva, hacemos más estrecho nuestro capital cultural y vamos asentándonos en el dogmatismo.
De otra parte, desintoxicarse de la dependencia de las redes sociales, de los mensajes continuos que destilan antipatía, animadversión, o abiertamente odio hacia alguien o algo evita que nuestra mente confunda verdad con creencia, emoción con realidad. Las redes sociales sacan el mejor provecho de nuestra parte emotiva, exacerban esa zona de las pasiones en la que, por lo general, la función analítica y el cedazo del discernimiento pasan a un segundo plano. Liberarse de estos focos de rumor y, especialmente, dejar de ser propagadores de esta información envenenada es vital si queremos liberarnos del afán de los prejuicios que nublan la comprensión y el buen juicio sobre los hechos o las personas.
En este mismo sentido, dimensionar bien lo que se publica en las redes sociales, en particular la información personal, es una manera de salvaguardar la intimidad. Contagiados por la ola de que “todo lo de una persona tiene que saberse”, especialmente el mundo privado de los afectos, se ha ido perdiendo esa zona sagrada de lo particular, esa reserva inviolable del fuero íntimo. Ponerle coto a lo que compartimos abiertamente de nuestra vida cotidiana, de las relaciones sentimentales que tenemos o de las peripecias de nuestra existencia, contribuye a mantener un control sobre nuestra privacidad, a la par que nos previene del uso indiscriminado que otras personas puedan hacer de una confesión, un cambio en nuestras elecciones afectivas o un momentáneo estado de ánimo. Distinguir y defender una frontera privada es una forma de ganar tranquilidad para nuestro espíritu.
Evitar o eludir, especialmente en los diálogos familiares, enfrascarse en discusiones que provienen de lo escuchado en los medios masivos o de algún mensaje visto en las redes sociales contribuye a que no volvamos los espacios de la fraternidad en campos de batalla para la intolerancia o el sectarismo ideológico o político. Lo peor que puede sucederles a las aguas refrescantes de la familia es que se contaminen con el discurso político del momento o con las consignas partidistas intolerantes y fanáticas. Si en algo valoramos las herencias morales cosechadas en la familia, lo que menos debiéramos legar son antipatías infundadas, resentimientos enquistados y aversiones por ideas contrarias a la nuestras. La mayoría de las veces el humor o el silencio resultan más provechosos que las acaloradas discusiones que fracturan los vínculos filiales y ponen a los padres o hermanos en el sitial de enemigos.
Y si nos es tan necesario consumir la información del día a día, lo más aconsejable es no volverse un seguidor acéfalo de la misma emisora, del mismo canal televisivo, de un único periódico o revista. Buscar fuentes alternativas de información resulta en nuestros días una manera de salvaguardar el espíritu crítico y mantener una toma de distancia frente a los hechos o las personas para tener el mejor juicio posible. No hay que olvidar que la oralidad es fugaz, agonística, divagante; como tampoco hay que perder de vista que detrás de los conglomerados informativos hay intereses económicos y líneas de negocio en que importa poco “la objetividad y el respeto por la audiencia”. Aprender a variar de canal, a aquilatar la oralidad con la escritura, a leer entre líneas, a sospechar de lo que parece la opinión mayoritaria, son remedios caseros que afianzan y mantienen el criterio de indagar y pensar por cuenta propia.
Lo que no puede convertirse en un vicio es mantenerse conectado desde la mañana hasta la noche a los telediarios o a los radionoticieros, o gastando cantidad de tiempo todos los días replicando mensajes en las redes sociales para azuzar la inquina o contribuyendo a la perversa mendacidad. Estos hábitos terminan por debilitar nuestra capacidad de análisis, nos hacen proclives a la manipulación y a una candidez que se parece mucho a la credulidad. Saber desintoxicarse de estos hábitos, aprender a dosificar el consumo de medios, tener la suficiente contención para abstenernos de injuriar u ofender en las redes sociales puede liberarnos de la ceguera sectaria y de la obcecación que conduce a las violencias de todo tipo. Es urgente romper estos hábitos de información circulante, estos patrones de opinión pública, si queremos mantener nuestro bienestar psicológico que, como se sabe, es un baluarte de nuestra salud general.
Ilustración de Pawel Kuczynski.
Mensaje Importante
«El hombre se vierte en el ritmo, cifra de su temporalidad; el ritmo a su vez, se declara en la imagen; y la imagen vuelve al hombre apenas unos labios repiten el poema…»
Celebrando la Vida
Su Señora Madre Maria Catalina Rodríguez de Vásquez, su esposa Margarita María Ríos González y demás familiares agradecen a sus amigos y allegados la asistencia a la misa de exequias realizada en la Parroquia Cristo Rey (Calle 98 # 18a-23) el día sábado 4 de julio de 2026.
Le invitamos a dejar su mensaje en la publicación «Legado», con el que haremos un homenaje a nuestro Maestros de maestros.