«La veo sentada frente a un espejo de la vieja casa de los Rodríguez…»

Tiene el mismo vestido color naranja, el mismo color de piel de mi tía Purificación, esa tía que ahora, cuarenta años después, viene cada semana a planchar alguna de mi ropa.

Es joven como lo fue mi tía. Y tiene, por esa lógica perfecta del azar, la misma forma de los dedos, con nudillos protuberantes y uñas cortas. Pero lo que más me sorprende son los vellos de sus brazos; brillantes como una pelusa amarilla sobre esa piel terrosa… Idéntico paisaje al de mi tía, cuando yo la veía llegar de Armero, repleta de bolsas, con unos enormes mangos, como regalo para el sobrino querido que estaba de vacaciones en Capira… Yo estuve enamorado de esos vellos, de ese color de piel, de esas piernas… Fue ella, el primer objeto de mis placeres solitarios. Ahora miro a la mujer, la que ocupa el puesto 18 D, al lado derecho mío, y pienso en el golpecito de mi tía al llegar a mi casa a las seis y cuarto de la mañana. Un toque hecho con alguna moneda, un toque seco y repetitivo. Un toque como de alguien desesperado por dentro.

En la mano izquierda tiene un anillo, parece de oro y diamantes… Y un reloj entre plata y oro. Recuerdo el “Mido” de mi tía, con el mismo color, el mismo diseño, la misma pulsera metálica. Bajo mi mirada y veo sus tacones. Negros, brillantes. Mi tía usaba unos tacones altísimos. “Tacón puntilla”, lo llamaban. Vuelvo a subir la mirada y me detengo en las pestañas; parecen postizas, pero no. Seguramente usa “encrespador”, mi tía también usaba uno. Un aparatico que no sé por qué secreta relación asocio con unas tijeras o con una máquina de afeitar. La veo arreglándose las pestañas, encrespándolas, como construyendo un parasol para la mirada. La veo sentada frente a un espejo de  la vieja casa de los Rodríguez. Una casa que tenía las puertas del mismo color naranja que el de la mujer que acaba de leer “Semana”; ha cambiado de posición sus piernas e intenta dormir después de más de tres horas de espera en este “aircraft” A320, la última tecnología…

Su busto es amplio, pero no tan pródigo como los senos de mi tía. Purificación tenía, porque ahora ya parecen odres desmayados, los mejores senos de todas las hijas de Hermelinda y Eliseo. También por esos globos de leche sin abrir, porque mi tía no tuvo hijos, yo me escondía entre los árboles y la hojarasca, lejos, bien lejos de la casa paterna para calmar mis apetitos de niño, mi ansia; un calor infinito que hacía que mi cuerpo entrara en desazón y buscara entre mis manos algún paliativo para esa sed inexplicable.

“Chaleco salvavidas debajo del asiento”, ha vuelto a leer por enésima vez la mujer. Tiene un cabello no tan negro como el de mi tía, pero con la misma forma; un cabello ensortijado hacia los hombros, dejando entrever unos ojos brillantes y una boca cuidadosamente retocada por un colorete. También mi tía gastaba largo tiempo pintándose los labios. Y como era bien morena, usaba un rojo fuerte, para que no fueran labios sino frutas los que colgaran debajo de su nariz. La mujer, de nuevo, ha vuelto a tomar el anillo para darle vueltas una vez más. Está nerviosa. De reojo, escudriña mi libreta de apuntes. Luego, vuelve a colocar su mirada hacia el espaldar del asiento delantero: “Abroche su cinturón mientras esté sentado”.

Congelo por un momento la imagen naranja de la mujer y voy volando, como este avión, a mi casa donde, seguramente, “Purita”, como le decimos, debe estar lavando las camisas y la ropa menuda. A lo mejor ya se ha tomado el chocolatico, porque mi tía, no ha abandonado ese ritual del chocolate por la mañana y a la mitad de la tarde; un ritual que yo asocio con otra práctica, una práctica adivinatoria: la lectura del chocolate. La veo ahora, más joven, no tan encorvada, sentada en el quicio de la cocina de techo de paja, leyendo en voz alta las formas, las huellas, los puntos marrones dejados por el chocolate. “Alguien va a venir, acá se ve como un avión”… “Aquí se ve como un camino”.