«El contador de historias» de Howard Terpning

La narrativa es consustancial al ser humano. El gestar la tribu y el relatar van de la mano. Al hombre le gusta oír y contar historias. Siempre me ha gustado especular sobre la figura del primer narrador. Alguien que sale de lo conocido, traspasa lo desconocido y vuelve a lo conocido, para hacer lo desconocido familiar. Subrayo de una vez, la última parte: hacer lo desconocido familiar. No se trata sólo de salir, sino de retornar. La narración es, en esencia, el viaje recordado. O si se quiere, un seguir viajando pero en la memoria, en la recordación. La narración comienza con el sedentarismo: y el hecho de salir de un lugar familiar, ese evento de romper las propias fronteras es el que motiva la emergencia del relato. Cuando se retorna, cuando se vuelve a la patria, los que se han quedado en casa, los que no han traspasado el umbral de lo conocido, le reclaman al viajero, al comerciante, que les cuente qué había en esos lugares, cómo eran sus gentes, qué se comía, cómo eran sus atuendos…, y el primer narrador, al lado del fuego tribal, viendo a su alrededor a la tribu en círculo reunida, se pone de pie y empieza a relatar. Pero no son suficientes sus palabras, acude a sus manos, a sus gestos, a un repertorio de sonidos, para acercar aquellas tierras, aquellos hombres, aquellas acciones suyas tan lejanas, para hacer visible lo que en principio es desconocido para sus oyentes. La gente de la tribu lo sigue embebida. El narrador, agiganta algunos rasgos, subsana con su imaginación ciertos vados de la memoria, se anima a multiplicar los hechos, a dotarlos de esa aura particular que tienen los acontecimientos. La tribu sigue expectante. El narrador cambia las tonalidades de su voz para tratar de reproducir la voz genuina con la que estuvo dialogando en esas tierras, allá, mucho más allá de los mares. Los oyentes ríen, se deleitan. Los más chiquillos, adormilados entre los brazos de sus padres, continúan el hilo de la historia, dejándose atrapar por esos mundos, por esos monstruos, por esas palabras vueltas más fascinantes con el crujir de las chispas de la hoguera y el frío de la noche. Una vez más el narrador prosigue con sus relatos. Ahora dibuja en la arena, en la tierra, un mapa rústico para darle una ambientación a sus palabras. Las gentes se inclinan ligeramente para ver cómo una rama seca sirve de punzón para producir aquellas líneas. El narrador se pone de pie. «Allí, dice, en medio de esas montañas, sucedió mi encuentro con la fiera más rara, más peligrosa y más grande que ustedes se puedan imaginar»… El narrador hace una pausa. Un silencio tan denso como la oscuridad que le sirve de telón. Luego agrega: «mañana continuaremos». Y aunque algunos de los miembros de la tribu alegan o piden continuar con el relato, el narrador se niega a proseguir con su historia. El círculo de personas empieza a disolverse. Varios niños siguen alrededor del narrador, implorándole que les adelante algo de aquellas fieras. «Eso será mañana, mañana seguimos con la historia», dice el narrador, empezando a caminar hacia el discreto lugar en donde duerme.