"Orfeo y Eurídice" del pintor inglés George Frederick Watts

«Orfeo y Eurídice» del pintor inglés George Frederick Watts

“El poema es el amor realizado del deseo que permanece como deseo”

                                                                                            René Char

La afirmación de René Char, que tanto le fascinaba a Olga Orozco, merece una lectura atenta, no sólo porque es una declaración del sentido profundo de la tarea del poeta, sino por otra razón: la de hacer evidente la lucha circundante o siempre aproximativa con las palabras.

Para empezar, la proposición de Char deja en claro que el hacer del poeta es siempre inacabado, que no alcanza a satisfacerse completamente, aunque eso no implique una derrota o una frustración dolorosa. Más bien se trata de una especie de goce especial, de un deseo cumplido aunque no terminado. Igual que en el juego amoroso en donde cada encuentro cierra y abre de nuevo la herida del deseo. 

Creo que en este momento puede ser útil hacer una distinción relacionada con el deseo: me refiero a la habida entre placer y goce. El placer, tan cercano a los órganos, a lo inmediato; el goce, hijo de la imaginación y fiel devoto de la mediatez. Uno y otro se necesitan, se retroalimentan y entran como en un juego de relevos. El goce insta al placer, lo fustiga con sus demandas oníricas y fantasiosas; el placer recibe ese reclamo pero no puede sino atenderlo con su piel finita, sus fluidos y sus ansias de corto vuelo. Y he aquí lo interesante: buscamos saciar el goce a través del placer, pero, al saciarlo, no agotamos el goce. Por eso retornamos al placer, con la esperanza de, alguna vez, satisfacer o tener la siempre huidiza forma del goce.

Bien podríamos, con el párrafo anterior de referente, analogar el trabajo del poeta con la poesía. En este caso, la poesía es el goce esperado, lo que se ansía tener o conquistar a plenitud; el poema, siguiendo el ejemplo, sería el placer: aquello que nos sirve de medio o embarcación para arribar a tan preciada meta. Y cada viaje, cada recorrido, cada intento resultaría siempre incompleto porque, lo que parecía tierra firme o puerto seguro, después de conquistarlo, se torna de nuevo punto de ida y no tranquilo espacio de llegada. El poeta es un errante navegador con sus palabras. 

Claro. Esto se debe a que las mismas palabras, el lugar placentero del poeta, son insuficientes o no alcanzan a decir todo lo que el poeta anhela, intuye o imagina. Hay siempre algo que no pueden desvelar; un misterio imposible de traspasar o comprender; una zona abisal donde no sirve su luz. Aunque, y eso hay que resaltarlo, al poeta lo que le importa es el viaje en sí mismo, la odisea de aproximarse, de ir a la deriva en búsqueda de esa Ítaca. Sabe, de alguna forma, que su goce, ese ideal de hallar las palabras precisas, únicas, fundantes (las palabras de un dios) dejan apenas un perfume cuando el poeta las entrevé en el horizonte. Más no es una labor de infelicidad. El placer de escribir lo colma, lo deja satisfecho. Al menos por un tiempo. Porque el poeta conoce esa sed oculta, la brasa que arde en el carbón extinto, el recuerdo que aguijonea la memoria.

El deseo siempre permanece porque no está hecho de carne sino de imaginación. El placer brilla, resplandece, como las estrellas a punto de consumirse. El deseo es una ausencia absoluta; una carencia suprema; el placer es la certeza fugaz de una presencia, la inasible alegría de lo que huye. El poeta no puede colmar su propósito sino entregándose al placer de las palabras; el poeta no cuenta sino con esas manos y esos brazos para hacerlo; el poema, por más que seduce y seduce a la poesía, apenas la roza, sólo alcanza a acariciarla en su fulgor o en su levedad de pies alados. Eso parece ser lo que de fondo nos quiere compartir René Char: el poema es el testimonio de una felicidad perdida, la satisfacción de un goce ilimitado.

Cerremos estas reflexiones con otra analogía: así como los cuartos, los lechos y las sábanas guardan en sus rincones y en sus ajadas formas, el testimonio de placeres consumados; de igual manera el poema, señala en cada línea, en cada verso, la prueba de sus conquistas con lo innombrable. El placer como el poema son cenizas de un fuego inacabado. Perenne incandescencia.