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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2014

Cuidar la superación de nuestros odios

15 domingo Jun 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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"Caín", del pintor alemán Lovis Corinth.

«Caín», del pintor alemán Lovis Corinth.

El odio no es más que carencia de imaginación.
 Graham Greene

Además del lastre que trae consigo el odio, además de minimizarnos la grandeza de nuestro corazón, el odiar a alguien nos evidencia también nuestra pobreza de espíritu. Quien odia reduce la riqueza y la pluralidad de otro ser humano a unas cuantas características físicas, a unas determinadas palabras o a unas contadas ideas. El odio, por lo mismo, es una mirada simplista sobre los demás. Una pasión que estrecha nuestro entendimiento y restringe nuestra convivencia.

Analicemos nuestra tesis. El odio nos hace esclavos de aquello que despreciamos. Dependemos de él. Y aunque buscamos por todos los medios hacerle daño a esa otra persona, lo cierto es que nos convertimos en sus criados. Tan pendientes estamos de cada acto, de cada palabra dicha por aquel ser objeto de nuestro odio, que condenamos nuestra propia vida a estar encadenada a una vida ajena. Cuando se odia siempre se va a la zaga, siempre se está servilmente detrás de nuestro prójimo. Por eso mismo, el odiar es una manera de mermar o acotar nuestra libertad; cuando esa pasión nos atraviesa perdemos nuestra mirada de águila y asumimos la enceguecida condición de los topos. Aunque nuestro fin es castigar o dañar a un semejante, las lesiones que provoca el odio terminan por herirnos a nosotros mismos.

De otra parte, muchos de nuestros odios tienden a volverse algo repetitivo. Siempre volvemos a la misma frase desagradable, siempre buscamos provocar la misma zancadilla, siempre nos ocupamos de elaborar las mismas estratagemas para “desaparecer” al otro, así sea simbólicamente. Cuando se odia, el tiempo se nos vuelve circular. No se sale del mismo comportamiento. Por eso se habla del odio “encarnizado”, porque en ese caso no hacemos más que redundar en la misma conducta para agredir a alguien, porque no hay variación en ese empeño exterminador, porque asumimos como ritmo vital la monotonía de la animadversión.

Como puede verse, son más las desventuras que trae el odiar que los beneficios. Tal vez deberíamos tomar como consigna en nuestra existencia superar nuestros odios. Obligarnos a no depender eternamente de una ofensa, de una antipatía, de alguna agresión. Ponernos como tarea no quedar prendidos a “eso que tanto dolor nos produjo o que tantas desventuras nos provocó”. Tratar, en lo posible, de desprendernos de esa rémora que a bien tiene enredársenos entre pecho y espalda: cortarla –ojalá de raíz– y dejarla caer por su propio peso en el fondo de su rencor. Tenemos que ser capaces de perdonar. Aprender a dejar atrás, sin remordimientos, el insulto, el perjuicio, la fechoría, el golpe más brutal. Si así actuamos, más fácilmente recuperaremos nuestra salud física y moral, y hasta podremos curar también a aquel que pretende dañarnos.

Un esfuerzo por comprender la naturaleza humana puede sernos muy útil en esto de rebasar o adelantarnos a las furias del odio. Hay personas que actúan negativamente sobre nosotros porque tienen miedo o porque algún rasgo de nuestro ser los amenaza o los pone en evidencia; hay seres humanos que desean fracturar algún espacio profesional nuestro porque lo que hacemos es justo lo que ellos más desearían; hay colegas que se esconden para clavarnos el puñal por la espalda porque no soportan de frente la claridad de nuestra alma. Si se mira con cuidado a cada persona que enfila sus baterías para rompernos el espíritu o para magullarnos el cuerpo, siempre descubriremos algo que explica sus actuaciones o algún motivo no siempre evidente. Entonces, al comprender la causa de ese odio hacia nosotros, bien porque no compartimos una misma ideología o porque tenemos una forma diferente de ser, cuando eso hagamos, lograremos develar sin sufrimientos el trasfondo elemental que da pie a la canallada o la malignidad.

Todo odio nos arrastra hacia el abismo de la destrucción. El odio es el otro nombre de la desolación, porque cuando odiamos queremos que nuestros hermanos desaparezcan. De allí que el odiar vaya en contra de la continuidad de la vida. Y si uno se obstina en odiar, poco a poco se va quedando solo, se va aniquilando hasta la médula, se va despedazando en una horrenda carnicería. El odio es una forma de autofagia. Una imperfección que debemos corregir a toda costa, si es que anhelamos ser constructores de vida y no propagadores de muerte.

(De mi libro Custodiar la vida. Reflexiones sobre el cuidado de la cotidianidad, Kimpres, Bogotá, 2009, pp. 149-152).

Sobre el respeto

10 martes Jun 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Antonio Mingote.

Ilustración de Antonio Mingote.

El valor del respeto es, en su esencia, un sentimiento o una actitud de preocupación por nosotros mismos y por nuestros semejantes. Algunos filósofos han hecho énfasis en esta actitud de “miramiento” o de consideración que está en la base del respeto. Quien respeta es porque se siente interpelado por lo que lo rodea.

Somos respetuosos porque nos sentimos parte de algo: de una tradición, de una familia, de unas creencias, de unos referentes morales. La persona respetuosa se siente interpelado por el ambiente, por sus congéneres, por la trascendencia, por sí mismo. Y esa interpelación se le convierte en una obligación, en una demanda que lo lleva a atender determinados rituales o hablar de una especial manera o a actuar o comportarse de una particular forma. En este sentido, el ser respetuoso se sabe corresponsable de su entorno y de sus semejantes. No le son indiferentes ni su pasado ni el porvenir de la humanidad o del planeta en el que habita. Para decirlo lacónicamente: el respeto  riñe con la indiferencia.

De otra parte, el respeto está fuertemente enraizado con la dignidad. En este caso, el respeto subraya esa cualidad o condición esencial de las personas, eso que las convierte en sujetos de derechos y deberes y que las hace únicas e irrepetibles. La dignidad que puede estar referida a un cargo, a una edad o a una envestidura se hace extensiva a una forma de pensar, creer o actuar. El respeto, entonces, es la consecuencia o el resultado de proteger y defender en primerísimo lugar la dignidad del ser humano. Aquí cabe decir, de una vez, que por eso mismo a veces el respeto no hay que solamente ofrecerlo sino, en algunas ocasiones, exigirlo. A sabiendas de que esa dignidad de las personas ha sido, a través de la historia, una conquista de los seres humanos, merece demandarla o darle el lugar de ser un derecho fundamental en todas las naciones. Por eso el respeto es un valor esencial para la garantía práctica de muchas de las normatividades legales y un heraldo de las características esenciales de los seres humanos.

Precisamente, y ese puede ser uno de los aportes mayores de Inmanuel Kant, todos los seres humanos, indistintamente de su riqueza material, sus talentos individuales o su estatuto social, está dotado de dignidad, en tanto participa de una naturaleza racional. Es esa capacidad para imponerse obligaciones morales la que le permite a cualquier persona saberse digna, más allá de los méritos, rangos o profesiones. Y por considerarse sujetos de dignidad es que los seres humanos se imponen ciertas actitudes, asumen una compostura o eligen determinados comportamientos apropiados.

Pero hay más. El respeto es un valor mediador para garantizar la convivencia entre los individuos. Bien vale la pena recordar lo que cuenta Platón en su diálogo del Protágoras al respecto. Allí se relata que Zeus, para evitar la discordia y facilitar la paz entre los hombres, envió a Hermes con dos regalos, el respeto (aidos) y la justicia (dike); dos garantes para facilitar los vínculos de amistad entre los habitantes de las ciudades. Como puede inferirse el respeto es uno de los valores fundacionales de la convivencia. Sin él, no habría posibilidad de continuidad de la especie humana. El respeto contiene en sí mismo a otro valor, la tolerancia y sin él, sin su sangre nutricia, sería muy difícil alcanzar la confianza y con ella la colaboración o la solidaridad. El respeto posibilita el diálogo genuino y lleva a que los miembros de una comunidad puedan sentirse en libertad para expresar sus diferencias o resarcir sus errores. El respeto, en últimas, es garantía para la paz y, de alguna manera, un vocero cotidiano de la justicia.

Otra manera de entender el respeto es como la “capacidad o la actitud de ponerse en el lugar del otro”. Cuando así se comprende el respeto lo que se pone en alto relieve es su relación con la capacidad de escucha para lograr “comprender desde dentro” a otra persona; es esa escucha activa la que nos permite asumir, así sea por un momento, el punto de vista de nuestro interlocutor, para así ser sensibles a determinado hecho o situación ajena. Si en verdad nos ponemos en lugar del otro, el respeto hace que nos tomemos en serio a nuestro semejante o que le demos la importancia que merece. Y si se quiere ir más a lo profundo, es esta actitud la que posibilita los gestos de compasión genuina, al considerar a la otra persona como un hermano o compañero de viaje existencial. Digamos que el respeto, en esta perspectiva, es esencial para el mutuo reconocimiento.

Tocamos aquí otra de las bondades del respeto: la de dar cabida al reconocimiento. Dicho reconocimiento puede darse a un lugar de nacimiento, a un linaje, a ciertos ritos, a símbolos o prendas de vestir. El reconocimiento es un acto incluyente. Por eso es fundamental tener presente a qué grupo pertenecen las personas con que tratamos o en cuáles creencias o ideales están inscritas; esas diferentes formas de pertenencia son claves al momento de definir una identidad y hacen parte de los haberes morales que debemos estar atentos a reconocer o subrayar cuando establezcamos nuestra relaciones interpersonales.

Por eso, entre otras cosas, es que el respeto es lo contrario a la humillación. Cuando humillamos lo que hacemos es rechazar algunas de las formas de pertenencia a las que está ligada una persona. La humillación segrega, expulsa a un individuo de la comunidad humana: lo deja, por decirlo así, huérfano de los vínculos sociales. De allí también que el respeto busque valorar esas diferencias de género, de religión, de política o de gustos estéticos. El respeto, así entendido, refrenda la autoestima de las personas y, en última instancia, favorece la autonomía de cada ser humano. Cuando respetamos avalamos el inalienable uso que tiene cada persona de su libertad y de ser sujeto de derechos.

Sobra decir que aprender a respetar demanda una disciplina racional y una voluntad de cuidado sobre sí mismo y sobre los demás. Aquí es importante el papel de la crianza y la tarea formativa de la escuela, sin dejar de lado los aportes que puede hacer la sociedad en su conjunto y otros mediadores de comunicación e información. Recordemos que al capricho voluntarioso de los niños hay que ir educándolo para que tenga límites. Igual sucede con los jóvenes que necesitan ir incorporando a su espíritu libérrimo los linderos de la responsabilidad y la obligación. Tal vez aprender a respetar sea, como quería Kant, la mayoría de edad de nuestra libertad. Y cuando eso se dé ya no necesitaremos de otros que nos digan cómo utilizarla, sino que sabremos, por el contrario, hasta dónde pueden ir sus fronteras y que deberes se derivan de su pleno ejercicio. 

Contemplando a Tadzio

08 domingo Jun 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

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"Muerte en Venecia" de Luchino Visconti.

Aschenbach en «Muerte en Venecia» de Luchino Visconti.

Belleza…, la mano extendida, temblorosa, moribunda; la mano ligeramente temerosa, indecisa por la mirada ya borrosa, ya perdida. Belleza que aún a la muerte se atreve a seducir, que aún puede volver la vista (la misma mirada pero desde otra visión) y despreciar la vida. Esquivarla –si se quiere– coquetamente. Belleza, la mano moribunda, inmoral, tratando de asir la eternidad. Belleza es una mascarada por abarcar en un único instante la totalidad del tiempo. Belleza no habita en la confianza, en el lugar seguro de lo deducible, no; ella se mantiene junto al mar, en la arena o en la noche, siempre moviéndose en el espacio de lo infinito, de lo inconmensurable.

Si alguien pregunta ¿dónde está la belleza? Yo –mostrándole algunos de mis poemas– le diré: “Toma, léelos y te darás cuenta de lo que no es la belleza”; y si insistiese en su pregunta, sólo podría darle un argumento más: “Belleza es tan cercano a muerte, a Dios… Cuando quieres tenerlos y, son tuyos, ya no puedes saber dónde hallar su presencia. Belleza es ansiedad de ver el envés de la vida, la espalda de las cosas, el dorso impenetrable de la sangre… Lo visible, lo que uno se atreve a mostrar como belleza: el poema, la escultura, la pintura: la obra, no recoge la esencia de lo bello, nunca ha podido. Lo que retiene la obra de arte es el apetito, el ansia furibunda de otear aquella ignorada pradera donde, según se dice o se intuye, viven las presencias angélicas, los héroes, la luz intermitente de una virgen y el sello tranquilo con que se impusieron las señales al mundo… Lo que retiene la obra de arte es lo que ella, por sí misma, nunca logrará ser. La belleza que se aposenta no existe, su ser es el movimiento; pero un ritmo tan perfecto que logra ser quietud. La belleza detiene el flujo de lo interior y lo exterior en su fluctuar, lo torna puro equilibrio, símbolo del símbolo”.

Mortalidad que, reconociéndose, se afianza en lo inmortal. Finitud que, contemplándose en el espejo, descubre la nostalgia o la reminiscencia del infinito. Muerte que, desde su corte brusco o inesperado –siempre venidero– se levanta insensata, proclamando resurrección. “¡Oh, Dios. Tú que nos has hecho para morir, ¿por qué nos inundaste la sed de eternidad, que hace al poeta?”, reclamaba Luis Cernuda. Belleza es un vaivén, un árbol majestuoso quejándose por no llegar al cielo…; lo bello es seducción de sacrificio, llamado que es destino, camino que es olvido. Bello es el viento en su presencia ausente, en su caricia sin mano, en su frescura impalpable. No, la belleza no está en lo determinado; si hay belleza, ella es ambigüedad. No es bella la mujer, no es bello el hombre; tan solo son hermosos. ¿Quién, entonces, en la vida retiene un soplo de lo bello? ¿Quién juega a mantener la monstruosa sensación de la belleza? Ese quien no se muestra y, si de veras existe, es una peligrosa unión, un contraste de labios rojos, manos largas y ojos tristes somnolientos a playa: el adolescente, la adolescencia. Sólo la juventud; sí, ahí, en el despertar indeciso, en la alegría que es ausencia de conocimiento; ahí, se reclina momentáneamente la belleza, se deja ver, pero no debe tocársele. La mano que roza la belleza, la caricia que se unta de lo bello, quema ardiendo la flor, destruye el espejismo: se conoce su engaño. Su verdad era efímera, su gesto era apariencia. Belleza no hay en las dimensiones conocidas ni en las realidades propuestas por la historia; belleza no se encarna en lo visible, en lo sensual; belleza siempre es límite… limitación del límite. Límite de lo humano que todavía no ha alcanzado más allá de sí mismo y, en esta dirección, límite también de lo inhumano, juego simbólico en el extremo límite terreno. Belleza: el juego en sí, el juego que el hombre juega con sus propios símbolos y así, simbolizando –lo único posible– escapar a la angustia de la soledad.

No es belleza lo que las obras buscan; es belleza lo que las obras niegan. Nada hay perfecto en la imperfección y sólo la imperfección sabe ir a lo perfecto. El barro quiere ser luz iridiscente, la luz tiempo vacío, el tiempo cuerpo, el cuerpo eternidad. No es belleza lo que el poema busca, es belleza lo que huye del poema. Toda obra de arte es imperfecta porque, de otra manera, sería divinidad o mera muerte; y la obra, se esfuerza por ser vida o afirmación de la vida. Así que, tiene que resignarse a la mutilación o lo incompleto. No es belleza lo que el poeta busca; es belleza lo que no es el poeta. Allí, la vida, la realidad manchada de costumbre; allá, lo bello, lo innombrable dispuesto a la sonrisa. Allí, la sensación, el vestigio primario de la esencia; allá, el espíritu, la resistencia imperturbable a ser naturaleza; allí y allá; allá y allí: la levantada insatisfacción, el abandono a lo imposible. No es belleza lo que la vida busca, es belleza lo que la vida ignora. Toda obra de arte repite el mismo movimiento de búsqueda, perpetúa el tintineo de husmear en la prohibición, en el misterio de lo santo. Hay tantas experiencias negadas al entendimiento. Toda obra de arte repite el grito salvador en medio de la peste, la blancura de un traje en medio de la podredumbre del abismo. Toda obra de arte baja como Dante a los infiernos y repite la aventura del sentido. Odisea, travesía, correría. ¿Dónde, dónde la belleza? Al final nunca habita, nunca vive al comienzo. ¿Dónde, dónde la belleza? En el esfuerzo, en el intento, en la paciencia del artesano, en la ignorada persistencia, en el golpeteo constante, en la obra; sí, en la obra de arte se encuentra la belleza, pero sólo sus vestigios. No es belleza lo que las obras tienen; es belleza de lo que las obras dan indicios y… de nuevo, la búsqueda: arte. La promesa: “Lo bello no es tan operante como prometedor”, decía Goethe, y son “solo pocos los que recuerdan lo sagrado que han contemplado”.

Belleza… la mano extendida, temblorosa, moribunda; la mano ligeramente temerosa, indecisa por la mirada ya borrosa… La mano del poeta John Keats: “Estoy convencido de que escribiría por puro anhelo y amor de lo bello, aun cuando el trabajo de mis noches apareciera quemado cada mañana y ningún ojo la llegara a contemplar”.

Sobre los libros

03 martes Jun 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos

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Ilustración de Quint Buchholz.

Ilustración de Quint Buchholz.

Hay libros que buscamos y, otros, que silenciosamente nos encuentran.

*

La entrega del libro a su lector es absoluta: si él quiere tomarlo, se ofrece sin reparos; si lo abandona, mantiene intacta su disposición inicial.

*

Si a un amante de los libros se le pierde un volumen, convertirá dicha pérdida en un caso policial: ¡Búsquenlo!, ¡Tiene que aparecer!

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Ciertos libros son de engañosa seducción: recién uno lee entusiasmado las dos primeras páginas, rápidamente siente el deseo de abandonarlos.

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Subrayar los libros es otra forma de tatuaje: cada marcación es una extensión de la identidad de nuestro espíritu.

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Algunos libros siguen esperando al lector ideal, al príncipe azul que los despierte de su letargo silencioso.

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Como ciertas parejas amorosas, existen libros que sólo al llegar al final sabemos si valió la pena el tiempo empleado en esa relación.

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A veces nos sorprende un subrayado hecho por nosotros en un libro tiempo atrás. La explicación es sencilla: lo que consideramos importante depende de la experiencia acumulada.

*

Los diseñadores gráficos son los estilistas de los libros.

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Las formas y colores de la portada son un desesperado llamado del contenido del libro para mostrarle al lector el encanto guardado en  su monótona textura interior.

*

El tipo de papel en el que se imprimen los libros es la piel de su contenido. Y aunque solo sirva de soporte lo cierto es que debe ser acariciado y olido por el lector apasionado. El tipo de papel define el modo de acariciar propuesto por cada libro.

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El que guarda libros lo que anhela atesorar es el testimonio de cada encuentro.

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El polvo es un lector asiduo de los libros. Un lector –si lo permite el tiempo– compenetrado hasta la médula.

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La goma usada en los libros mal empastados está hecha del mismo material de los padres irresponsables.

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El libro virtual confía en su presencia discontinua; el de papel, pega y cose discontinuidades.

*

El que regala un libro más que dar un objeto prefigura un gesto y una emoción futura.

*

La venta de libros usados es un azaroso mercado regido por la ley de desechar lo inútil o encontrar algún tesoro.

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Ciertos libros tienen el don de la regeneración: entre más los leemos más cosas interesantes les encontramos.

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Los libros que releemos son como cómplices amorosos de una aventura apasionada del pasado.

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A veces pasa que dejamos de leer un libro no porque perdamos el interés, sino porque el calado de sus páginas resuena en la profundidad de nuestra vida. Por lo tanto, no es un asunto de apatía sino de íntima afectación.

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El libro pide dos cosas para abrir sus misterios: atención concentrada y fértil imaginación.

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Algunos libros nos impactan del tal manera que necesitamos recomendarlos como si fuéramos poseídos por un fervor contagioso.

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Sorprende que determinados libros vayan pasando de padres a hijos como si fueran una especie de herencia inagotable.

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Los libros sagrados exigen que los ojos del lector, además de leer signos, puedan leer misterios.

*

El libro es como un oráculo: depende de las preguntas que tengamos, así las respuestas.

*

El pasado tiene sus emisarios: los silenciosos libros.

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En la medida en que nos adentramos en un libro fascinante empezamos a creer que ese libro fue escrito especialmente para nosotros.

*

¿Por qué será que así hayamos visitados cientos de veces la misma librería, terminamos encontrando algo que no habíamos visto o que estaba oculto en lo evidente?

*

El que convive entre muchos libros habita en un plácido inquilinato compuesto por personas de distinta época, lengua y condición pero extrañamente pertenecientes a una misma familia.

*

Los libros, para que suelten sus mensajes, debemos hacerlos sonar y resonar en nuestra cabeza.

El liderazgo y la política

25 domingo May 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Quino.

Ilustración de Quino.

El escenario político que estamos viviendo en Colombia, la facilidad con que se calumnia o se busca desacreditar a un oponente, la imprudencia en el decir y en el actuar, me ha hecho reflexionar sobre el sentido del liderazgo. Pero no solo del de los políticos sino de todos aquellos que tienen la responsabilidad de orientar, guiar o servir de referentes a un grupo de personas.

Creo que el actual momento histórico está signado por líderes que buscan únicamente sacar provecho personal pero negándose a aceptar las responsabilidades de dicho rol o misión. Es tal la avaricia de poder, de dinero, que se actúa maquiavélicamente sacrificando cualquier cosa con tal de alcanzar los fines. Nada parece importar o servir de límite: ni los valores, ni los principios, ni la vergüenza. Muy por el contrario, se acude a cuanta estratagema haya –desde las más burdas hasta calculadas y sofisticadas intrigas– para hacer creer que el beneficio propio es una necesidad o una prioridad de la mayoría.

Este tipo de líderes (si es que este apelativo puede aplicárseles con propiedad), muy cercanos a las formas de ser del tunante o el comerciante sin escrúpulos, hoy cuentan con nuevos medios de comunicación y con conglomerados económicos que amplifican –sin saberlo o sabiéndolo– sus ideas, sus voces, sus discursos a cada hora. La idea de fondo es saturar a la opinión pública de unas consignas lo suficientemente altisonantes y emocionales como para ensordecer el análisis o adormecer la indagación sobre los propósitos que las animan o los intereses que encubren. Estos líderes, por lo mismo, acuden a estrategias de medios y estrategias de mercadeo. Así, como si se tratara de vender un detergente o un producto de consumo. Bien podríamos decir que estos líderes más que representar o abogar por otros, se venden a sí mismos. Y lo que debería ser servicio se convierte en beneficio; y lo que es proyecto social se convierte en negocio de unos pocos.

Precisamente, y de esto participan los políticos actuales, es la poca o nula relación con un programa, un plan, una agenda de gobierno. La minucia y alcance de los proyectos, los grandes propósitos nacionales, quedan sepultados por el eslogan incendiario, la consigna insustancial o una banalidad de declaraciones magnificadas por la imagen de la televisión o las redes sociales. Lo que cuenta, en consecuencia, es el rumor, el chisme farandulero, la última declaración repetida una y mil veces por los “seguidores”. Y al presentarse así, por ser aceptados de esta manera, a estos líderes en el futuro no puede confrontárseles o pedírseles cuentas por un programa de gobierno o un proyecto. Refundido el plan o la ruta de navegación, pueden al final sacar cualquier disculpa o dejarnos varados en cualquier lugar. Al igual que con los ídolos del momento, semejantes a los artículos de consumo, lo que le queda al gran público, a la sociedad, es cambiar de producto o asumir un escepticismo conformista.

Sin embargo, deberíamos recordarles a los líderes de nuestra época algunos asuntos que han olvidado o que astutamente anhelan que los ciudadanos o la sociedad ignoren o no les den la suficiente importancia.

Lo primero es que el liderazgo genuino conlleva múltiples responsabilidades: con los contemporáneos pero, especialmente, con las nuevas generaciones. El líder verdadero es capaz de interpretar una herencia del pasado y vislumbrar los escenarios del porvenir. No es un funcionario del presente. Su labor consiste, precisamente, en tejer los logros de sus antecesores con las rutas por las que sus sucesores podrán transitar en el mañana. El líder retoma y entrega; recoge y da en herencia. Por eso, ¿qué se puede esperar de unos dirigentes que desconocen con sus actuaciones, con sus palabras, el efecto que tienen en los más jóvenes?, ¿qué tipo de políticos son aquellos que por favorecer un interés personal mandan al traste la institucionalidad o que desconocen las leyes constituidas?

Otro rasgo del liderazgo está en la “zona de referencialidad” que irradia, en el “campo de réplica” que produce. El líder, insisto, es emulado. En consecuencia, la prudencia parece ser su mejor consejera. Prudencia en lo que dice, en cómo actúa; prudencia en lo que hace, en las actividades en que participa; prudencia en sus pasiones y en sus afectos; prudencia en lo que escribe o lo que firma. Por ser un “objeto de mirada” el líder necesita dar ejemplo de manera continua; y su vida privada se convierte en una extensión de su vida pública. Eso era lo que los griegos antiguos llamaban areté; esa “excelencia” reconocida por sus semejantes; esa virtud regulada por el deshonor, el descrédito o la vergüenza.

La tercera condición de un genuino líder está asociada a las cualidades del servicio, de interesarse por las necesidades de sus semejantes. Aunque parezca obvio decirlo, no hay liderazgo sin altruismo, sin una sensibilidad social o una preocupación por subsanar una injusticia, propiciar condiciones más equitativas o luchar por un futuro más favorable para todos. Si un líder pierde este interés por el prójimo; si solo escucha al sanedrín más próximo, irá perdiendo su razón de ser, su esencia. Aquí es oportuno señalar la diferencia entre servicio y demagogia; la preocupación auténtica del favor oportunista. Un líder no es un salvador ni un dispensador de prebendas. Su tarea es más estructural, menos casuística. Y por eso necesita de un equipo, de un grupo de convencidos que compartan ese mismo horizonte de construir condiciones favorables para la mayoría; un equipo ocupado de lo importante para una sociedad y no de las urgencias de unos pocos; un equipo para diseñar escenarios, utopías, en las que puedan realizarse de mejor manera los seres humanos de su tiempo y aquellos otros que están por nacer.

Una cuarta cualidad de los líderes auténticos podría centrarse en poseer un temperamento o una disposición para asumir los cambios. Para saber cuándo la obcecación debe ceder su lugar a la tolerancia, y cuándo las convicciones rayan con el fanatismo. Los líderes genuinos pueden flexibilizar sus ideas sin quebrarse; pueden reconocer puntos de vista diferentes sin ver en cada contrincante un enemigo peligroso; son plurales, abiertos, hábiles en fomentar la participación y el disenso. Quizá la mayor tentación de un líder esté en ese anhelo de perpetuar una creencia o volver determinada ideología en un dogma irrefutable. Los autoritarismos, las dictaduras y los totalitarismos son ejemplos de esta negación al cambio y a las variadas formas de manifestarse la condición humana. Digámoslo en voz alta: los líderes auténticos se renuevan sin perder su esencia, aceptan las contradicciones sin que por ello renuncien a sus fundamentales propósitos.

Pero, entre todas las posibles cualidades, sin lugar a dudas es la integralidad la que más debe regir las acciones de un líder. Sin honradez y rectitud es imposible mantener la condición de dirigente. Esta integralidad –tan determinante en un político– es lo que genera confianza y la que rubrica adhesiones sinceras. Gracias a esta cualidad la verdad se convierte en una bandera cotidiana y la honestidad en una línea de conducta. Sin integralidad no hay transparencia y sin integralidad se pierde la autoridad y el respeto de los demás. Por supuesto, para ser íntegro es indispensable tener un temple moral a toda prueba y unos valores que sirvan de guardianes en cualquier toma de decisiones. De allí por qué, para ser un auténtico líder no sea suficiente con presentar credenciales de un eficaz administrador; también es indispensable o definitivo el haber cultivado a lo largo de la vida unas virtudes y haber mantenido encendida la luz de ciertos principios éticos.

Decía al inicio que la motivación principal de estas reflexiones sobre el liderazgo ha sido la desalentadora política colombiana actual. Me he sentido ultrajado como ciudadano y especialmente como educador. Ojalá las cualidades de los líderes auténticos arriba esbozadas les sirvan de recordación a los actuales dirigentes pero, muy especialmente, sean una advertencia o consejo para las nuevas generaciones que anhelan adentrarse en el camino sinuoso de la política. 

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Mensaje Importante

«El hombre se vierte en el ritmo, cifra de su temporalidad; el ritmo a su vez, se declara en la imagen; y la imagen vuelve al hombre apenas unos labios repiten el poema…»

 

Celebrando la Vida

 

Su Señora Madre Maria Catalina Rodríguez de Vásquez, su esposa Margarita María Ríos González y demás familiares agradecen a sus amigos y allegados la asistencia a la misa de exequias realizada en la Parroquia Cristo Rey (Calle 98 # 18a-23) el día sábado 4 de julio de 2026.

 

 

Le invitamos a dejar su mensaje en la publicación «Legado», con el que haremos un homenaje a nuestro Maestros de maestros.

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