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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2014

La poesía vuelve a la escuela

18 viernes Jul 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Ilustración de Nicoletta Ceccoli.

Ilustración de Nicoletta Ceccoli.

Creo que la oferta poética que circulaba en los textos escolares, de hace por lo menos cuarenta o cincuenta años, era mayor que la de ahora. Más rica, más acorde a las edades de los estudiantes, más pensada en términos formativos, y altamente valorada por los maestros. Por lo demás, la práctica de aprender los poemas de memoria, era una forma de hacer que los estudiantes guardaran un ritmo particular del lenguaje, un repertorio de situaciones o experiencias ajenas a partir del cual era posible comparar o contrastar la propia vida. En suma: la poesía era de esos asuntos que involucraba a toda la escuela.

Lo que sucede hoy, y eso se evidencia a partir de investigaciones tanto de los planes de formación como de la práctica docente, es que la poesía ha ido perdiendo valor e importancia. Apenas se retoman algunos textos de los poetas “consagrados”, pero más para cumplir con los lineamientos oficiales que como una genuina convicción del maestro. Se alega que a los alumnos no les gusta ese tipo de textos y, desde allí, se pasa al silenciamiento de la poesía o a darle un trato de cosa vieja y pasada de moda. Con muy contadas excepciones, la poesía hoy no convoca a la escuela, no es un punto vertebral de su agenda formativa.

Sin embargo, el contacto, la lectura y el trabajo frecuente con la poesía en la escuela, es importante por las siguientes razones: a) porque es una forma particular de acercarnos a la realidad; otro tipo de conocimiento, b) porque es una modalidad de lenguaje en el que las imágenes, los símbolos, se convierten en otra manera de completar nuestros alfabetismos, c) porque además de mostrarnos un lenguaje medido y preciso, es un medio de educar nuestra sensibilidad y d) porque es un testimonio o una modalidad expresiva para dar cuenta de la compleja condición humana.

Por supuesto, para subsanar este abandono, una primera estrategia didáctica tiene que ver con la lectura habitual de poesía en los diversos escenarios de la escuela. Leerla, en principio, para disfrutarla, para ir acostumbrando a nuestros alumnos a esos ritmos, a ese lenguaje, a esas comparaciones. La lectura de poesía implica, además, un cambio de práctica: del poema recitado, al poema entonado. Esta primera estrategia es para el profesor. Él es el directo responsable y no necesariamente supone una actividad posterior de los alumnos, y menos una calificación. Es tomarse unos minutos para que los alumnos se habitúen a escuchar esta otra música.

Un segundo nivel o un grado mayor de contacto con la poesía es el de involucrar a  nuestros alumnos con el comentario del texto poético. Pero no se trata sólo de indagar por el gusto o el impacto. Es más bien una tarea de hacerla legible, de dar pistas no siempre evidentes, de ir de línea en línea sin perder el conjunto, de indagar en los ritmos o en las imágenes del poema… Aunque puede hacerse, por supuesto, de manera oral, el comentario es una oportunidad para poner al estudiante en relación con la escritura. El comentario de textos es una lectura que combina el explicar y el comprender. Un ejercicio de exégesis, de genuina hermenéutica.

También puede ser muy útil enseñarles a nuestros alumnos lo propio del pensamiento relacional, que sigue siendo una de las materias primas para elaborar y leer la poesía. Este tipo de pensamiento, cuyo mejor ejemplo es la analogía, es un pensar de múltiples aristas, un pensar abierto, plural; un pensamiento que a pesar de las diferencias entre los seres y las cosas es capaz de encontrar entre ellas variadas semejanzas. Un pensamiento que, por eso mismo, es menos dogmático, menos sectario, menos intransigente. El pensamiento relacional es el germen de lo simbólico, el lubricante del interculturalismo y de lo trascendente.

De otra parte, la lectura de poesía puede ser una cartilla para que los más jóvenes empiecen a leer el abecedario de los sentimientos y las pasiones. Que tengan otro discurso diferente al de la sociedad de consumo; un lenguaje que les permita confrontar el simplismo y el esquematismo de la cultura light del espectáculo. Es urgente que hablemos en clase, por ejemplo, de cómo nace, se desarrolla y cambia el amor. Y también hablar del desamor, de esa otra dimensión que el mundo frívolo de hoy desea ocultar o ridiculizar. Leyendo poesía podemos mostrar  la complejidad de los sentimientos, con el fin de no banalizarlos o convertirlos en idealizaciones de telenovela.

Concluyamos afirmando que la poesía es un refugio para el alma; un murmullo sonoro capaz de aconsejarnos en circunstancias esenciales o determinantes de nuestra vida. Puede que al inicio los estudiantes la perciban innecesaria. Pero los maestros sabemos que fomentar el gusto y la lectura de poesía es una semilla que da sus mejores frutos en el tiempo futuro, cuando sean las dificultades o la desesperanza las que obstaculicen el camino. Vale la pena tener una reserva de poemas, conservar esa caja de primeros auxilios cerca a nuestros haberes más queridos. 

Aprender el arte de perder

13 domingo Jul 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Pintura de Oswaldo Guayasamin.

Pintura de Oswaldo Guayasamin.

Un arte
Elizabeth Bishop
 
No es difícil dominar el arte de perder:
tantas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas,
que su pérdida no es ningún desastre.
 
Perder alguna cosa cada día. Aceptar aturdirse por la pérdida
de las llaves de la puerta, de la hora malgastada.
No es difícil dominar el arte de perder.
 
Después practicar perder más lejos y más rápido:
los lugares, y los nombres, y dónde pretendías
viajar. Nada de todo esto te traerá desastre alguno.
 
He perdido el reloj de mi madre. Y, ¡mira!, voy por la última
–quizá por la penúltima– de tres casas amadas.
No es difícil dominar el arte de perder.
 
He perdido dos ciudades, las dos preciosas. Y, más vastos,
poseí algunos reinos, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.
 
Incluso habiéndote perdido a ti (tu voz bromeando, un gesto
que amo) no habré mentido. Por supuesto,
no es difícil dominar el arte de perder, por más que a veces
pueda parecernos (¡escríbelo!) un desastre.

 

Son más las voces y los textos que nos hablan hoy del ganar, del atesorar, del perdurar y del enriquecernos, que aquellos otros enfocados en reflexionar sobre las pérdidas y las derrotas. Es en esta última perspectiva donde se ubica el poema “Un arte” de la poetisa norteamericana Elizabeth Bishop. Un texto profundamente meditativo, centrado más en el aprendizaje de las pérdidas que en la algarabía de los que pregonan el éxito fácil y el triunfo a cualquier precio.

Mirado en conjunto, el poema de Bishop nos invita a ir en un crescendo, de lo nimio a lo más grande: desde los objetos banales hasta las estimadas posesiones; después, aprender a perder las reliquias atesoradas, los ambientes amados, las ciudades queridas… Y luego, lo más difícil, aprender a perder a las personas, a los seres que hemos amado. Así, aunque parezca difícil de aceptar, debemos ir aprendiendo el arte de perder. La poetisa considera que tal proceso es un arte, entre otras cosas, porque se va aprendiendo poco a poco. No es un aprendizaje que se dé de un momento a otro en nuestra vida; hay que ir asimilándolo día a día, con experiencia, con sabiduría.

¿Y por qué estas pérdidas no son un desastre? ¿Por qué Elizabeth Bishop nos dice que debemos escribirlo? Porque olvidamos que además de piel y músculos, de nervios y sangre, estamos hechos de tiempo. Somos seres de memoria y de costumbres. Dada esa condición, tenemos la capacidad para adaptarnos a las nuevas circunstancias; quizá buena parte de nuestra sobrevivencia como especie se deba a esa vocación para la adaptabilidad. Es normal, por lo mismo, que nos acostumbremos a un ambiente, a determinados objetos, a ciertas personas; pero, de igual modo, nos vamos acostumbrando también a su ausencia o a su pérdida. Porque además tenemos la facultad del olvido, esa otra manera de “aprender a perder”. Tal vez sepamos estas cosas, pero cuando enfrentamos la pérdida de algo o de alguien, nos obstinamos en no aceptarlo. La vida sigue adelante, esa es una lección para repetirnos cada vez que perdamos alguna de nuestras posesiones más queridas.

De otra parte, está nuestra terquedad por el apego. Ese es uno de los grandes inconvenientes para aceptar las pérdidas en nuestra vida. El apego, debemos tenerlo presente, es una de las causas profundas de nuestros sufrimientos. El apego es la no aceptación de que las cosas cambian, de que las personas crecen, de que la vida evoluciona. El apego es nuestra terquedad por mantener inalterables la siempre dinámica y sinuosa vida. Nos hemos creído, o lo hemos aceptado cándidamente, que todo debe permanecer inmodificable, que nuestros cuerpos no pueden envejecer, que siempre seremos jóvenes, que nunca se agotará el dinero en nuestras arcas. Nos hemos apegado tanto a los bienes materiales y a las personas que para donde miremos usamos el ojo paralizante de Medusa. Allí, en esa dependencia del apego, hay otra razón para que sea difícil el aprendizaje de perder.

Es innegable que echaremos de menos a algunas personas cuando ya no estén con nosotros; por momentos, sentiremos pesadumbre al perder un empleo al que estábamos acostumbrados o una posesión por la que luchamos arduamente; padeceremos oleadas de incisiva rememoración por épocas o momentos pretéritos que nos fueron altamente significativos, pero eso será por un tiempo y “no será ningún desastre”. Otras personas ocuparán el puesto que nosotros teníamos; nuevos proyectos y nuevos ideales desplegarán sus alas; inéditas tierras reclamarán el tesón y la valentía de jóvenes descubridores. Así ha sido siempre a lo largo de nuestra humanidad. También es esa la manera como la vida avanza y crece y fructifica. Si nos quedáramos paralizados por el rostro de la Gorgona de la conservación eterna, sólo tendríamos a nuestro alrededor un museo de cosas y personas muertas.

Realista y sincero el poema de Elizabeth Bishop del cual hemos hablado. Realista porque nos advierte que no somos irremplazables ni inmortales. La finitud y el olvido también están en nuestros genes. Y sincero porque, usando ese tono de fraterna compañía, nos ofrece un consejo esencial sobre nuestra condición humana: hay que aprender a perder porque, de otra manera, no seguiríamos adelante. Las pérdidas, si así lo hemos comprendido, son el lastre que debemos liberar si es que ansiamos continuar ascendiendo en el globo de nuestra existencia.

(De mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, Kimpres, Bogotá, 2012, pp. 71-76).

Sobre la envidia

07 lunes Jul 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos

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"La envidia", según el grabador holandés Jacob Matham.

«La envidia», según el grabador holandés Jacob Matham.

El corazón del envidioso tiene las características de los dientes de los roedores: su rencor crece a medida en que va desgastándose.

*

El que cultiva envidias cosecha recelos y almacena semillas de odio.

*

La codicia del envidioso se consume, como las llamas, en su propio resentimiento.

*

La envidia es un padecimiento: un anhelo que termina por doler en el propio cuerpo.

*

Donde los demás ven aliados, los envidiosos perciben rivales.

*

Schopenhauer consideraba que la envidia era un enemigo de nuestra felicidad. Eso es cierto. La envidia nos quita la posibilidad de disfrutar lo que tenemos por andar mirando en otros lo que nos falta.

*

La envidia es el lado cortante de la admiración.

*

La envidia es una forma de resentimiento. Una rabia contra los demás por una ofensa fraguada sólo en nuestra imaginación.

*

La envidia es una forma de egoísmo. No toleramos que nadie más tenga o sea como nosotros.

*

El envidioso es un esclavo de lo que apetece. Un servil dependiente de aquello que detesta.

*

El envidioso sufre por exceso o por defecto. Algo le falta o algo le sobra. El envidioso padece la inconformidad caprichosa de los niños.

*

El envidioso es un celoso obsesivo: Imagina rivales en todas partes.

*

El espejo ha sido un objeto socorrido para simbolizar la envida. Quizá porque en el fondo el envidioso no sea sino un ser ensimismado luchando con su propio reflejo.

*

La envidia es una variedad de la disnea: se vive suspirando permanentemente por lo que no se tiene.

*

La envidia, como ciertos isópteros, va carcomiendo el alma. El corazón del envidioso termina hueco sin que él se dé cuenta.

*

La envidia es un monstruo que anda dormido en nuestro interior. La ostentación y la vanagloria lo despiertan.

*

La envidia tiene algo de fuerza demoníaca o posesión inexplicable que, a pesar la persona, se apodera de su voluntad y su pensamiento. Por algo María Zambrano la llamó “el mal sagrado”.

*

El envidioso es un ladrón en potencia: sufre del deseo intenso de obtener lo ajeno.

*

A Jesús no lo mataron por la expulsión de los vendedores del Templo sino por envidia. Muchos fariseos esperaban en el fondo de su corazón ser el Mesías.

*

La envidia es una forma de autofagia. El envidioso termina devorándose a sí mismo.

*

Los envidiosos concitan para propagar la animadversión o el descrédito hacia aquel que descuella, triunfa o sobresale. Así ha sido siempre: lo común envidia a lo excepcional.

*

Cierta forma de envidia se siente en los dientes. Es como si el bien ajeno nos destemplara el alma.

*

¿Por qué ese tiene lo que yo no tengo?, se pregunta enconado el envidioso. ¿Por qué me da pesar saberlo?, vuelve y se interroga entristecido.

*

El envidioso padece de la vista. No puede ver a los demás sino con la mirada torcida de la malevolencia.

*

Hay personas más inclinadas a la envidia. Aquellos que nunca están satisfechos ni con lo que son ni con lo que tienen.

*

Las críticas del envidioso son dardos de una alta precisión. Obvio, parten de identificar en los demás aquellos asuntos que él no posee.

*

La tarea del envidioso consiste en magnificar detalles o minimizar prestigios.

*

El envidioso usa el “pero” como una forma de ver en las obras de su colega primero la mancha antes que el logro.

*

Luzbel, que era soberbio, es un envidioso encarnizado. Y su mayor maldad es tentar al ser humano para que caiga al igual que él. Luzbel busca que el hombre pierda el paraíso de su terrena felicidad.

*

La bala que el envidioso apunta sobre el envidiado tiene como diana su propia cabeza.

*

La emulación nos obliga a ser mejores; la envidia nos lleva a sacar lo peor de sí. 

*

El soberbio mira a los demás con desprecio; el envidioso lo hace con apasionada atención.

*

Las injusticias que el envidioso argumenta son, en verdad, formas de expresar su resentimiento.

*

El envidioso sufre porque nadie le reconoce lo que, según él, es un bien o un logro importante. Los demás –afirma– son ciegos para sus virtudes. Esa es la causa de su resentimiento.

*

El envidioso es un astuto; sus actividades tienen un fin doble para hacer creer que no padece aquello que en su interior le corroe.

*

El envidioso, por mirar torcidamente, no se percata  de las cualidades del envidiado. O si las mira, lo hace distorsionándolas. Todo envidioso sufre de miopía o astigmatismo.

*

El envidioso trata de ocultar la envidia como el tímido su rubor. Y entre más niega su ojeriza por alguien más se evidencia su antipatía.

*

Todo envidioso es un pesimista. La vida siempre le parece injusta y sus propios talentos despreciables.

*

¿Y si Dios hubiera visto con buenos ojos las ofrendas de Caín? ¿Habría en el corazón de Abel lugar para la envidia? ¿O será que únicamente habita en los espíritus que son avaros en ofrendas y faltos de gratitud?

*

De la historia bíblica de Saúl y David podemos aprender una cosa: el envidioso confía en que algún filisteo mate al envidiado. Y, otra más: si se quiere ofender a un envidioso lo mejor es contestarle como David respondió a los oficiales de Saúl, “yo no soy más que un hombre común y corriente”.

*

En el paraíso de la amistad ronda ocultándose la serpiente de la envidia.

*

La envidia es una tentación que, al morderla, conduce al éxodo.

*

Hay envidias que llevan a la emulación y, otras, a la animadversión. Todo es cuestión de simpatía o de miedo ante el semejante.

*

La envidia es una forma de masoquismo moral.

*

“La envidia es una herida en el alma”, dijo Sócrates. Una herida incurable, habría que agregar.

*

La envidia, para aniquilar a su presa, lanza primero su perro de caza preferido: la calumnia.

*

Antes se usaba la palabra “livor” para definir a la envidia; seguramente por la relación de la cara del envidioso con el color morado propio de los muertos.

*

Existe un vínculo entre la envidia y la codicia. En ambos casos se trata de un irrefrenable deseo por poseer los bienes ajenos.

*

La prosperidad ajena aguijonea a la envidia como la espuela a la cabalgadura.

*

El padecimiento de la envidia no tiene convalecencia. Por el contrario, es una enfermedad que tiende siempre a empeorar.

*

La envidia es un sentimiento que, después de un tiempo, ya es una posesión.

*

Parte del éxito del envidioso es que el envidiado nunca sabe de sus intenciones. Simulación y silencio forman parte del camuflaje de la envidia.

*

El envidioso siente que si emula a alguien se humilla. Cree que todo amor conlleva a la esclavitud.

*

La ingratitud y la desconfianza son los heraldos de la envidia.

*

Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana, simbolizaba a la envidia con una lima sobre un yunque: exacta alegoría de una pasión que a la par que desbasta va al mismo tiempo desgastándose.

*

El infierno del envidioso consiste no sólo en su tristeza eterna sino en su envenenada soledad.

*

El codicioso desea tener los bienes del prójimo; el envidioso, anhela su ser.

*

Escribe San Basilio que la envidia es parecida a un buitre: huele los defectos y las fallas del envidiado, nunca la grandeza de sus obras. La envidia ulcera lo vivo.

*

La envidia es un veneno que se irriga más rápidamente y surte su mayor efecto cuanto más el envidiado aumenta sus bienes o multiplica sus logros.

*

De todas las hijas que Santo Tomás atribuía a la envidia, las más poderosas son la murmuración y la detracción. Y lo son porque tienen pies ligeros y ofrecen placer con facilidad.

*

Los cristianos oponen a la envidia la caridad. Interesante manera de entrever que en el máximo bienestar del prójimo siempre hay una zona de carencia. Se es caritativo porque el otro algo necesita.

*

Existe un remedio casero contra la envidia: alegrarse con el triunfo de los amigos. Desde luego, hay que macerar lentamente el egoísmo con el agua cristalina de la confianza.

*

Bien vale la pena recordar la personificación de la envidia propuesta por los renacentistas: es una mujer vieja, flaca y sucia, que se alimenta de víboras, devora su propio corazón y lleva como soporte una vara de espino. ¿Podría imaginarse mayor sufrimiento?

*

El envidioso solo ríe cuando ve que el envidiado cae en desgracia.

*

Las enmiendas del envidioso tienen la misma consistencia de la Hidra: apenas se corta un remordimiento reaparecen dos nuevas murmuraciones.

*

La envidia es una bestia de caza: anda al acecho oliscando espíritus afortunados.

*

El sol del éxito proyecta siempre una sombra: la envidia.

*

En el escudo de armas del envidioso puede leerse esta divisa: “Calumnia, calumnia , que algo queda”.

*

La reina del cuento de Blancanieves es un buen ejemplo de la obsesiva preocupación de la envidia: “Espejito, espejito que me ves, la más bella de todo el reino, dime, ¿quién es?”.

*

La virtud tiene una compañera silenciosa: la envidia.

*

De los tres perros feroces de que hablara Lutero (ingratitud, soberbia y envidia) el más peligroso es el último porque este perro persigue sus presas aún después de muerta la víctima.

*

Los que afirman que la envidia es un principio del igualitarismo dejan de lado el valor de la meritocracia. El talento, lo sabemos, es más aristocrático que populista.

*

Los espacios cerrados o amurallados son más proclives a la envidia. La cercanía y la constante familiaridad traen consigo la mutua observación. En los pueblos y los conventos el murmurar atenúa el aburrimiento.

*

Al gran simulador, que es todo envidioso, lo peor que le puede pasar es que se descubra su malquerencia por alguien. La envidia, entonces, se transforma en descrédito.

*

Desconocer las cualidades del hermano o reconocerlas. Ese es el dilema del envidioso.

*

“La envidia ve el mar pero no las rocas”, dice un proverbio ruso. Eso pasa con el envidioso: supone que los bienes del vecino se lograron sin esfuerzo o que el talento del colega no conllevó ninguna disciplina. El envidioso desea los beneficios pero evitándose toda fatiga.

*

Es un grado muy sutil el que va de la admiración a la envidia. Todo depende de la sensibilidad del espíritu y la consistencia del carácter. 

Con la camiseta en alto

29 domingo Jun 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

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Mundial de fútbol, Vida cotidiana

Colombia está frente al mundo. El fútbol es el escenario y la tribuna que convoca multitudes; pero, más que eso, es la imagen del país ante otros territorios y otras gentes. En el fútbol, lo individual, o la negación de la solidaridad se deshacen frente a la sensación del patriotismo, el fervor y la identidad de un pueblo.

Un Mundial es un punto de encuentro. Cada partido, cada espectáculo representan la armonía de muchas naciones unidas. Cada raza, pueblo o país se reúnen en torno del juego y, simultáneamente, constituyen un sólo género: el género de la diversidad. La reunión de tantas culturas en torno del fútbol constituye un espacio que permite el juego del pluralismo, que da lugar al abanico de lo heterogéneo y consigue un consenso universal sobre un único punto: la convivencia pacífica.

La coyuntura de este Mundial también nos puede ayudar a pensar lo fundamental que es el trabajo en equipo. Sirva de ejemplo la colaboración entre un estratega experimentado como Pékerman, la preciosa armonía de los pases de James, la velocidad impredecible de Cuadrado y las atajadas imposibles de Ospina. El Mundial nos sirve para valorar la importancia de un proyecto en común, de un sueño en el cual es tan importante el buen arquero, la defensa segura, la ofensiva eficaz, como el mediocampo organizador y oxigenado.

Colombia está en los cuartos de final; en Fortaleza, Brasil, bajo el clamor de mil banderas, con la camiseta en alto, el sudor en el cuerpo y su fútbol festivo, allí estará nuestra selección. Y  de igual manera estaremos cada uno de nosotros, acompañándolos, siguiendo de cerca cada jugada, cada toque y cada avance, cada gol de esos que llenan las calles de nuestro país en un júbilo que a todos nos torna hermanos; un gol de esos que nos permite volver a abrazar al vecino, dialogar con aquellos otros que apenas saludábamos, compartir una bebida olvidándonos de las pequeñas diferencias cotidianas.

Ojalá los días del Mundial sean un tiempo y un espacio propicios para recibir y generar más alegría, para ser más solidarios, para tener una sonrisa a la mano. Un tiempo para reconquistar la tolerancia y la confianza hacia los otros. !Sí, sí, Colombia!..

Calistenia escritural

23 lunes Jun 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Es como para que no se aflojen los músculos de la mano, para que no pierdan su agilidad o las múltiples posibilidades de movimiento. Es puro ejercicio, pero así como en el ballet, o en la música. Se trata de una práctica. Un ejercitamiento… O como dice Augusto Monterroso, se trata de «educar el cuerpo y deseducar la mente para que sea el cuerpo el que escriba, como es el cuerpo del bailarín el que baila y el del alpinista el que escala montañas».

Escribir, continúa Monterroso, «implica siempre un esfuerzo que la mente (de por sí propensa al autoengaño) se halla con frecuencia dispuesta a desarrollar, pero al que el cuerpo, el brazo, la mano, se niegan». Y se niegan, precisamente, porque empiezan a sufrir de una especie de cansancio, de desidia, de agotamiento por inacción; una especie de flaccidez que termina por postergar siempre la escritura. «Mañana», «después», «cuando tenga más tiempo disponible», «cuando esté mejor de salud»… tales afirmaciones no son más que autoengaños, son pura falta de dedicación para enfrentar la resistencia, cuando no la modorra, que opone el cuerpo a la escritura.

Hace poco, cuando visité mi médico, volvió a repetirme la importancia del deporte, del ejercicio físico. «Por aquello de la circulación». Y ahora, quizá porque estoy hablando del cuerpo, y últimamente no me he sentido del todo bien de salud, se me ocurre que para que la escritura fluya, para que la sangre de la idea no tenga ningún obstáculo, se requiere una dieta o un programa de ejercicios cotidianos. Para que no se pierda o desaparezca la fuerza y el vigor propios de una escritura «siempre joven», tenemos que ponernos la «sudadera».

Sudar el cuerpo puede ser el párrafo o las dos hojitas consignadas en mi libreta de notas, o esas otras frases apuntadas en cualquier recibo o en cualquier tarjeta de presentación, o las glosas o comentarios hechos al margen del libro que estoy leyendo. Sudar el cuerpo son las dos horas diarias (a pesar del cansancio del día), sentado aquí, frente al computador. La disciplina, se dirá. Yo corregiría: se trata de la resistencia o de aprender a persistir; de sobreponerse al sueño, a ese estado de ensoñación que nos invita –de manera un tanto absurda– a buscar cualquier programa insulso de la televisión o a ir de un sitio a otro de la casa, como un sonámbulo, entregado al hacer nada.

Está claro que la mano, el brazo, el cuerpo se resiste a la escritura. Escribir no es un acto mecánico. Si no hay una anticipada y continuada preparación física, el proyecto escritural queda atrapado en el desánimo, el cansancio o la flojera. Piénsese que flojo no sólo remite al apático, sino también a lo que está suelto, a lo que no es consistente o apretado. Flojedad es falta de músculo, de lasitud y, a la vez, de distensión o desmadejamiento.

A lo mejor ese es el sentido o la utilidad del diario. Un escenario o arena de papel para el calentamiento. Pienso ahora en los Cuadernos de Notas de Henry James, o enos Diarios de Kafka, o en el de Virginia Woolf. Hasta el mismo Oficio de vivir, oficio de poeta de Pavese. Los diarios son como gimnasios para que el cuerpo se mantenga en forma; y, cumplen, además, la función adicional del hábito, de la constancia. Buena parte de los diarios de escritores, más que un recuento pormenorizado de las actividades cotidianas, son escenarios para que la escritura ensaye, para que la mano, el brazo, el cuerpo no pierdan su estado físico. Los diarios permiten que el escritor no entre en frío a una obra de envergadura o de alto vuelo; son como los combates de estudio o las peleas previas a la gran noche. Los diarios permiten que el escritor se conserve o mantenga en forma: la conquista de un estado corporal que termina por convertirse en una confianza.

Y si no es el diario, algunos escritores prefieren imponerse la tarea del artículo en el periódico o el comentario semanal en la revista. No más de cuartilla y media, le advierten; entregarlo a más tardar el jueves en la tarde, vuelven a repetirle. Tales recomendaciones pueden convertirse en otros lugares o sitios para que el cuerpo se acostumbre, para que no desconozca –como el caballo que dura largo tiempo sin monta– el ritmo y el movimiento propios de la escritura. Pienso ahora que estos trabajos de ejercitar la mano, incluso pueden llegar a asumir el rostro de la docencia; de la clase escrita como labor previa a la exposición oral. ¡Cuántos lazos de filiación hay entre escritura y educación, entre escribas y pedagogos!

Las anteriores reflexiones  –el ejercicio de escritura precedente– nacieron de mi lectura, entre las horas de la madrugada de ayer y la tarde de hoy, del texto La letra e (Fragmentos de un diario) de Augusto Monterroso. Allí, en ese libro, mezcla de artículos publicados en periódicos, notas para conferencias, rememoración de lecturas…, se ve cómo el escritor guatemalteco prepara la mano, el brazo, el cuerpo. Allí, hay un buen ejemplo de lo que podríamos llamar calistenia escritural.

(De mi libro Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Kimpres, Bogotá, 2008, pp. 554-557).

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Mensaje Importante

«El hombre se vierte en el ritmo, cifra de su temporalidad; el ritmo a su vez, se declara en la imagen; y la imagen vuelve al hombre apenas unos labios repiten el poema…»

 

Celebrando la Vida

 

Su Señora Madre Maria Catalina Rodríguez de Vásquez, su esposa Margarita María Ríos González y demás familiares agradecen a sus amigos y allegados la asistencia a la misa de exequias realizada en la Parroquia Cristo Rey (Calle 98 # 18a-23) el día sábado 4 de julio de 2026.

 

 

Le invitamos a dejar su mensaje en la publicación «Legado», con el que haremos un homenaje a nuestro Maestros de maestros.

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