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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2017

Fuerza de voluntad

27 domingo Ago 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Ilustración de Jim Tsinganos

Ilustración de Jim Tsinganos.

He constatado durante varios años en muchos familiares y amigos que no tienen el empeño o la tenacidad para llevar a cabo sus propósitos. Fácilmente dejan de lado lo que parecía un gran proyecto o renuncian a un ideal cuando les aparece el primer obstáculo. Con varias de esas personas he conversado y aunque al inicio parecen reaccionar positivamente, apenas pasa un tiempo vuelven a su desidia de siempre acompañada, por lo general, de una disculpa justificadora. Mi conclusión es que esos hombres y mujeres carecen de fuerza de voluntad.

Entiendo que la voluntad es una facultad o una fuerza interior que nos impulsa a convertir nuestras querencias en genuinas acciones. La voluntad, que entre cosas no viene con nuestros genes, es algo que agregamos a lo dado por la especie o la naturaleza. Es una obra nuestra, un andamiaje de nuestra psiquis para acercar lo que parece lejano o domeñar lo que a todas luces resulta inconquistable. Algunos filósofos la consideran una virtud y otros psicólogos la ven como un atributo de la personalidad. En todo caso, considero que sin la voluntad estamos sometidos a la inmediatez de nuestras pasiones o los caprichos de las circunstancias.

Pensándolo con detenimiento, buena parte de poseer dicho atributo está muy relacionado con las particularidades de nuestra crianza. Si nuestros padres o nuestros cuidadores iniciales poco hicieron en templar nuestros apetitos, si tan sólo se dedicaron a complacer y proveernos de cosas, si no hubo una pensada forma de sortear las demandas del capricho, muy seguramente el resultado será una personalidad endeble, frágil y con un mínimo de autodominio o autodeterminación. Por el contrario, si lo que hubo fue una crianza en la que abundaron los retos, las carencias puestas como conquistas, la contención de los antojos, el aprender a vivir con lo estrictamente necesario, el producto final será un carácter férreo con la fortaleza suficiente para sortear los obstáculos o no renunciar a nuestras obras más queridas. Los criadores son definitivos para troquelar los hábitos, para gobernar adecuadamente las pasiones o para desarrollar los músculos de nuestra estructura moral.

Aunque dicha crianza tiene un peso significativo en nuestro desarrollo, también cuenta el tipo de educación que recibimos. Una escuela complaciente y permisiva, unos docentes poco cuestionadores o relajados con nuestro proceso formativo, traerán consigo estudiantes perezosos, cansados antes de empezar cualquier tarea, irresponsables para concluir lo que empezaron. En cambio, un escenario escolar con claras y definidas pretensiones formativas ayuda enormemente a que la voluntad de los estudiantes adquiera buenos soportes y, especialmente, discipline las pulsiones, enfoque los propósitos, ejercite el cumplimiento de tareas. Por eso es que, si bien es cierto que los conocimientos son importantes en un proyecto educativo, lo es aún más el acompañar a niños y jóvenes en su desarrollo personal, ayudándoles a contar con un medio adecuado y apto para ejercer responsablemente su libertad.

El otro ingrediente, el que tiene mayor injerencia, le concierne a cada persona. Es una labor de la que debemos ocuparnos individualmente. En este caso, y eso haría parte de la madurez de nuestro psiquismo, cada quien deberá ejercitar la voluntad hasta el punto de saberse autónomo, autorregulado, responsable de sus apetitos. Cabe decir acá, que no podemos llegar a una edad madura en nuestro cuerpo pero teniendo una voluntad en una etapa adolescente o infantil. Considero una fractura en el esqueleto moral de una persona el llegar a adulto con la incapacidad para mantener en alto un propósito, aletargado por cuanta cosa se le ocurre al mercado de las novedades y las lentejuelas, amodorrado y abúlico, sin tener un proyecto vital que jerarquice y sopese las vicisitudes de su existencia. Este cuidado de sí, incluye desde luego una educación de la voluntad.

Cabe preguntarse aquí, ¿y cómo se logra tal objetivo? Lo primero está en saber bien qué es lo que queremos con nuestra vida, con nuestro trabajo, con las múltiples posibilidades de nuestras dimensiones humanas. Si no está claro el fin, la meta, el objetivo, con gran dificultad sabremos hacia dónde llevar nuestros esfuerzos. La voluntad necesita avizorar tal cometido, eso la estimula, la espolea. Sobra decir que a veces esa diana está ya consolidada y, en otros casos, es apenas un ideal delineado en nuestra mente. En ambos casos cumple el mismo propósito: servir de detonante para que despunte la voluntad. El segundo asunto tiene que ver con caldear el espíritu de motivación, de ganas o interés. La meta visualizada requiere del calor de las emociones para que movilice los músculos de la voluntad. Finalmente, viene el punto más complejo, la etapa en que la voluntad como tal cumple su rol fundamental: pasar a la acción. Dar ese paso, empezar la tarea, elaborar una parte de un proyecto, disponer un ambiente… es lo que en realidad pone en escena la fuerza de voluntad. Porque lo común es que tengamos ilusiones, sueños; pero lo excepcional es que empecemos a hacer algo para alcanzarlas o realizarlos. La acción, en este sentido, es voluntad encarnada.

Hagamos un alto y advirtamos un asunto. A veces tenemos la voluntad dispuesta pero nos ponemos retos tan desmedidos, pretendemos alcanzar el objetivo de una sola zancada, que el resultado es la reacción contraria. Pasamos al desánimo, a la pereza o el desgano absoluto. Lo mejor, y ese es un consejo de utilidad cotidiana, es empezar por acciones pequeñas, por pasos que aunque parecen insignificantes, van fortaleciendo nuestra voluntad. Son esas pequeñas acciones repetidas, continuas, las que modelan los hábitos. Y los hábitos son una especie de voluntad automatizada; esa que no necesita demasiada vigilancia para que opere. Lo valioso en estas pequeñas acciones es que la voluntad se va haciendo más fuerte; y con mayor fortaleza puede enfrentar distancias más amplias, atreverse a sortear baches más grandes.

Dicho lo anterior, podemos retornar a nuestro planteamiento. Una vez dado ese pequeño paso, interviene otra dimensión de la voluntad: la de la persistencia. No es posible llegar a lo más lejano si no se persiste, si no se sigue dando otro paso y un paso más. Aquí es donde se requiere de fuerza: la voluntad genuina persevera, se mantiene. No baja la guardia. He visto que es en esta zona donde muchas personas terminan por abandonar lo que con tanta alegría y entusiasmo empezaron. Hay ideales y motivaciones que son fruto de un día. De allí que la persistencia demande vencer el cuerpo, imponerle un horario, sacarlo de su cómodo ambiente de la placidez, la comodidad y la satisfacción con las urgencias inmediatas. La persistencia es la manera como la voluntad enfrenta las tentaciones de la inconstancia, la veleidad, la flaqueza y la inestabilidad.

Hay cierto empeño ascético, de dominio de sí, en la fuerza de voluntad. Es en ese resistirse a los malos hábitos o en contenerse para no ceder a lo inmediato, como se mide el talante de nuestra volición. Tener el temple para decir que no, mantenerse en un propósito, cumplir sagradamente un plan de ejercicios, apropiar un nuevo hábito, son evidencias de lo que en verdad es tener fuerza de voluntad. Se requiere asiduidad y obstinación para no entregarse a las banalidades o al mercado de la ilusión de nuestra época que todo parece ponerlo en la bandeja de la facilidad o la inmediatez. Esta generación de la prisa y lo superficial riñe con el desarrollo de la fuerza de voluntad. Todo aquello que demande esfuerzo, perseverancia, tesón, parece relegado o sin valor. Tal vez por eso mismo son mayores la frustraciones y también por ello hay más hastío y una candidez frente a la realidad que raya con la sumisión y el borreguismo. Por no tener fuerza de voluntad es que los astutos engatusadores del comercio hacen su negocio, y los sectarios y fanáticos secuestran el juicio crítico y la autonomía de las personas.

La fuerza de voluntad, en síntesis, subraya la firmeza en nuestras decisiones y la constancia para ejecutarlas. Pone el acento en el dominio de los impulsos o los apetitos sensibles y aboga por el autocuidado, el autocontrol y la autodisciplina. Austeridad, contención, creación de hábitos y objetivos de vida claros son los mejores remedios para una abulia severa. Quien tiene y ejercita esa fuerza interior es el que logra una voluntad de hierro, con la cual hace menos dócil su espíritu a las demandas de la inmediatez y puede llevar a feliz término sus más lejanos objetivos.

Desde el más allá

20 domingo Ago 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Poemas

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Custodio en la séptima

Cuando tu voz no frecuente esta casa

ni tus pasos se escuchen bajando la escalera,

cuando ya no se asomen tus llamados juguetones

por la pequeña ventana del cuarto de baño…

Cuando todo tu ser tan sólo sea una ausencia

más diáfana será tu risa, más frescas tus palabras.

Y seguirás ocupando el asiento norte del comedor

y mi madre te seguirá preparando tus platos predilectos.

Y todos reunidos seguiremos de cerca tus historias,

tus aventuras de boga en el sinuoso Magdalena,

tus penurias de niño, tus hazañas para conquistar un pan

y tus esfuerzos para ser hermano y padre al mismo tiempo…

Cuando tu presencia ya no esté con nosotros,

todas las mañanas vendré a preguntarte que cómo amaneciste

y a despedirme de ti, esperando tus frases cariñosas;

y por las tardes, cuando regrese del trabajo,

subiré a saludarte, a conversar contigo y acariciarte la cabeza.

Porque aunque ya no tengamos tus gestos y tus pasos,

tu voz y tus costumbres vueltas un nombre,

nosotros te seguiremos amando en la distancia.

Queriendo no tu recuerdo sino la vida que nos diste,

tu trabajo, tu afán, tu devoción por mantener una familia.

Esta casa y todo nuestro pecho están llenos de tus obras.

Por eso, cuando vivas en ese más allá, cuando te retires

definitivamente de esta tierra tan querida por tus manos,

me verás acá todas las noches, labrando este cultivo de palabras,

limpiando tu recuerdo de la inmensa maraña del olvido.

 

Y otro tanto hará mi madre cada día, y cada noche,

porque ella te seguirá acompañando en tus horas de insomnio.

Y Margarita, o María como tú la bautizaste,

estará con nosotros, alimentando la lumbre de tu vida.

Puedes estar tranquilo, viejo mío, en cualquiera de mis actos,

cuando esté frente a una clase, o dictando alguna charla,

siempre tendré unos minutos para invocar tu nombre,

para levantar mis brazos hacia el cielo y lanzarte un grito bien alegre

que te despierte en medio de todas las estrellas.

Y con tu único ojo y tus alas de ángel,

porque entonces sí serás un Custodio,

me verás aquí hablando de tus cosas, de tu sabiduría cotidiana,

y sentiré tus alas como abrazos

toda la fuerza de tu sangre campesina,

y ya no tendrás tristeza de tu ida, ni sentirás nostalgia de tu hijo,

porque podrás cantar por todos los rincones de la infinita noche

que abajo de las nubes, bien abajo,

hay un niño que aún necesita tus favores…

Y yo sabré que mis triunfos, mis sueños más antiguos

serán porque tú me has ayudado,

porque has metido tus hombros celestiales,

y seremos felices los dos, todos nosotros,

al saber que sigues manteniendo tu hogar en la distancia.

 

II

Cuando ya no seas más que un punto en el universo, polvo de astros,

y tu presencia se haya diluido entre la noche eterna,

yo seguiré abriendo la ventana de tu cuarto

para recibir tu luz todas las mañanas…

Y entrarás por el segundo piso, y bajarás con tu linterna,

como un Diógenes en camiseta y con chancletas

a prender el calentador a las cinco de la mañana.

 

Cuando ya no te veamos,

cuando la muerte te haya vuelto a las estrellas,

lo sé, seguirás velando nuestro sueño,

apagando las luces,

ahorrando, siempre ahorrando.

Y por la noche, cuando yo esté en mi estudio de trabajo

volverás a pasar frente a mí, para mirar la calle,

y antes de retornar a tu alcoba de luceros

me dirás, como siempre, que ya es tarde, y es tiempo de acostarme;

y ya en la madrugada,

cumpliendo con tus rondas tardías de ángel de la guarda,

escucharás sonidos en mi dormitorio,

y vendrás a golpear la puerta, susurrando mi nombre,

para que apague el televisor y que por fin me duerma.

Sí, padre mío, cuando recorras esta tu casa entre las sombras

yo, desde este alambique de la hoja en blanco,

te veré saludarme con tu sombrero en una mano

y sentiré la ternura de tus brazos a través de mi escritura.

(De mi libro Ese vuelo de palabras, Kimpres, Bogotá, 2011, pp. 73-76)

Tres concepciones sobre la lectura

10 jueves Ago 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios, LECTURA

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Ilustración de Beth Krommes

Ilustración de Beth Krommes.

El texto:

El proceso de lectura: de la teoría a la práctica de María Eugenia Dubois, Aique, Buenos Aires, 1991.

Sinopsis:

La primera parte del texto, escrito entre otras cosas con una sencillez y una claridad meridiana, está dedicada a describir y diferenciar las tres modalidades de lectura que han predominado en los últimos cincuenta años. Habría que aclarar que el texto fue escrito a mediados de 1980. La autora ubica en cada manera de abordar la lectura no sólo las premisas que la constituyen, los autores más representativos sino, además, el proceso mediante el cual se realiza. La segunda parte del texto ahonda en las implicaciones de los modelos mecanicista y organicista de la física para el campo de la lectura y sus vínculos con la práctica pedagógica.

Comentario:

Sorprende  de este pequeño texto (no mayor a 20 páginas) la amplia bibliografía que le sirve de soporte. María Eugenia Dubois, por lo que se aprecia en la bibliografía consultó más de 100 textos, entre libros y artículos especializados. La revisión bibliográfica le permitió hacerse un mapa de las tradiciones sobre la enseñanza de la lectura desde los años 60 hasta los 8o o 90. Esas concepciones, como las llama la autora, son tres: la lectura como conjunto de habilidades, la lectura como proceso interactivo y la lectura como proceso transaccional.

La primera concepción se inscribe y sustenta desde un modelo mecanicista de la realidad. Según esta perspectiva, tan cara a los años sesenta, el texto es una realidad autónoma, compuesta de partes, y que contiene un significado que el lector debe “extraer” o sacar a la luz. Para los abanderados de esta perspectiva, la lectura debía cumplir con una serie de niveles: primero, identificar las palabras; segundo, comprenderlas; y, tercero, asimilar su significado. La segunda concepción, considera que la lectura es un “proceso de lenguaje” en el que el lector, con sus esquemas previos, interactúa con el texto y, de este proceso, brota el significado. En este segundo modo de entender la lectura, el papel del lector es importante porque es él el que construye el sentido de lo que lee. Los que así concibieron y defendieron esta propuesta, psicolingüísticas y psicólogos cognitivos de en los años 70 especialmente, pensaban que el proceso lector empezaba con el reconocimiento de la información gráfica que suscitaba alternativas de conocimiento en la mente del lector y, dependiendo del rechazo o aceptación de esas posibilidades, obtener un información nueva. Salta a la vista que, a diferencia de la anterior concepción, la lectura no es algo que ya está en el texto sino en la mente del lector. La tercera y última concepción, que entre otras cosas es la que avala María Eugenia Dubois, concibe a la lectura como un proceso en el que el lector actualiza o vivifica el texto. Y no se trata sólo de un proceso mental, sino más bien de un ejercicio de compenetración en el texto; un texto que, y esto es muy importante, admite variedad de lecturas. Ya no se tratar de extraer algo fijo en el texto o de ajustar la información a determinados esquemas, sino de entrar de lleno en una dinámica recíproca entre el texto y el lector. Una dinámica mutua dependencia e interpenetración.

Es interesante la relación que establece la autora entre los paradigmas de la física y las concepciones de lectura. Es decir, cómo un mundo pensado desde los postulados newtonianos en donde las partículas permanecen siempre idénticas, influyó también en una manera de pensar la lectura según la cual, bastaba identificar las partes del texto (palabras) para así lograr la comprensión. Por lo mismo, fue claro dedicar un gran esfuerzo en la escuela a los procesos de decodificación. Caso contrario sucede, si nos ubicamos más en la física del siglo XX, en donde la realidad es concebida como cuerpos en movimiento y como una red de relaciones entre cosas y sucesos. Cuando así se piensa, entonces, la escuela centrará más sus esfuerzos en los procesos de comprensión y la construcción de potenciales significados.

Me parece que el tipo de lente usado por María Eugenia Dubois no es el de descalificar o de “quebrar la tradición”, como ella misma lo dice, sino de asumir otra actitud frente a los procesos de lectura. Tal cambio de orientación puede ayudarnos a entender, como lo ha desarrollado la teoría de la recepción alemana, que el lector también aporta algo a la lectura, que no es un sujeto pasivo o un mero “minero” de los textos; además, que todo texto es más que la suma de sus partes y, por eso mismo, el sentido a veces rebasa el significado y, finalmente, que la lectura es una práctica social en la que intervienen diferentes actores sociales, variadas tácticas y estrategias específicas como bien lo analizara Michel de Certeau y, por supuesto, una concepción del hombre, del mundo y de la vida.

Análisis de contenido para un mundo de canciones

04 viernes Ago 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Cerebro analítico

Lo fundamental para un análisis de contenido es la relectura del material objeto de mi interés. Pero no me refiero a una lectura sólo de pasar los ojos por las páginas, sino de una labor de los ojos y de la mano, con transcripciones y toma de notas. Es una tarea lenta, minuciosa, en la que intento ir encontrando algunos indicios, ciertas constantes, un término recurrente, un motivo prioritario.

Prefiero usar, en estos casos, el mapa de ideas como recurso. Utilizo una hoja de papel y pongo en el centro de ella el término que después de una primera lectura me parece preponderante; luego, empiezo a aglutinar alrededor de ese término pedazos de texto, ideas relacionadas, subtemas derivados, asociaciones brotadas de las nuevas relecturas. Uso diversos colores para ir discriminando toda esa información. El mapa de ideas me sirve de laboratorio para ir descubriendo los motivos, las constantes o el campo semántico emergente. Utilizo además flechas, recuadros, subrayados. Empleo marcadores de colores de punta fina con el fin de jerarquizar o valorar de diferente manera los fragmentos de texto. Cuando noto algo que me parece muy interesante de la lectura lo escribo en mayúsculas o lo ubico en las márgenes de la hoja, con el objetivo de tenerlo presente más tarde al momento de redactar el análisis.

Mediante esta relectura continuada mi mente empieza a guardar apartados y la memoria a establecer puentes, vínculos. Es común que la propia hoja, en donde he ido transcribiendo mis lecturas, sirva de detonante para el esbozo de una escritura preliminar o de inicios de párrafo. Esto acontece por una “ley de imantación” entre las ideas. Al estar puestos en un mismo espacio, despuntan o sobresalen aspectos que de otra forma hubieran permanecido ocultos o inadvertidos. Son estas hojas, estos mapas de ideas, la chispa para develar lo implícito, lo disgregado, lo atomizado en varios documentos, entrevistas, letras de poemas, o en las páginas de un libro.

Cuando ya tengo ese mapa amplio de ideas con  el eje ubicado, fruto de las iniciales lecturas, saco aparte (en otra hoja) ese tema y comienzo a releer todo el material elegido. Es una lectura enfocada, fijándome únicamente en ese aspecto, dejando de lado otras cosas. Lo que pretendo es enriquecer con particularidades dicho asunto. El resultado, por cierto muy provechoso, deja ya esquemáticamente preparada la estructura de un párrafo. O de varios, dependiendo la complejidad o la cantidad de texto allí consignado. A veces, resultado de la práctica en este tipo de análisis, me resulta útil ir llenando a la vez dos o tres temas subsidiarios con las citas o fragmentos que voy descubriendo.

Concluida esta actividad de diseño y puesta en una hoja (o varias) de las relecturas, viene el momento de empezar a redactar. Cada hoja se convierte en un esbozo o en un plan de lo que deseo escribir. La memoria sirve de celestina y los temas motivo de ejes articuladores. La ventaja de proceder así es que trabajo con “material directo”, con “voces fidedignas”, con “fragmentos literales”, y no con impresiones o divagaciones subjetivas. El soporte de mi escritura proviene de las mismas fuentes analizadas. Es con base en ellas que más tarde construyo la interpretación.

Sirva de ilustración, para lo que vengo diciendo, el análisis que hice de las 208 canciones de José Alfredo Jiménez. Por lo menos una semana gasté en leer, releer y elaborar esos mapas de ideas. Casi al puro inicio ya había descubierto el tema-eje del destino y, más tarde, encontré que esa mala suerte de José Alfredo tenía como consecuencia el amor desdichado y el refugio en la bebida. Para cada uno de esos tópicos empleé mapas de ideas diferentes, y abrí campo a otros temas subsidiarios como el orgullo y la traición. Desde ese triple mirador organicé el escrito que titulé “El trovador del dolor”. Lo más difícil estuvo en hilar dentro de mi discurso los versos de las canciones y en dar unidad de sentido a lo disgregado o diseminado entre esas trescientas páginas del Cancionero completo. Por lo demás, al revisar mi ensayo, al leerlo en varias oportunidades, aparecieron otros hallazgos. La misma escritura dejó entrever nuevas relaciones que las hojas sueltas no permitían apreciar. Esto me llevó a reestructurar el texto, a cambiar de lugar una cita porque era más conveniente en otro sitio y a seleccionar un subtítulo preciso para cada apartado.

Observo también, para seguir con el ejemplo, que el libro que usé para este análisis (publicado por Océano-Turner en el 2002) lo fui subrayando con diferentes colores: el naranja para las cosas relacionadas con el destino, el morado para la bebida y la borrachera, y el verde para resaltar lo del amor. Usar esos colores me sirvió de gran ayuda al momento de tener que cotejar o buscar el texto completo de una canción. Nunca olvido en el análisis de contenido que las partes adquieren verdadero sentido cuando las apreciamos a la luz de conjunto. Me doy cuenta, y esa es otra clave en esta labor, que con otra tinta englobé términos o versos que aunque no analicé con profundidad en esta ocasión sí podrían tener importancia en la interpretación, o merecían destacarse por su poca presencia en los textos elegidos o ser objeto de otro estudio posterior. Por ejemplo, los términos “camino” o “Dios”. De otra parte, me doy cuenta de que también subrayé determinados títulos de las canciones (que podrían convertirse en otro análisis semejante) bien porque me parecieron representativas de cierta temática o porque en algunas de ellas se condensaban los tres tópicos mencionados. Ese el caso de “Yo”, “Tu recuerdo y yo”, “Le pido a la suerte”, “La estrella”, “En el último trago” o “Cuando juegue el albur”.

Volviendo a las minucias del análisis de contenido, al menos en la manera como yo lo entiendo, cabe ahondar mucho más en cualquier tópico o temática descubierta. Cada tema puede derivarse en otros y, éstos últimos, en otros más. Esta fineza en el método es clave al momento de elaborar las categorías, procedentes del análisis,  y llevan a hallazgos realmente novedosos. Sin embargo, lo fundamental está en las operaciones o las tácticas aquí compartidas: lectura, ubicación de términos recurrentes, relectura, organización de mapas de ideas a partir de términos recurrentes, uso de colores para discriminar la información, relectura a partir de un tema específico, relectura del término recurrente en relación con el conjunto, apropiación del mapa de ideas como esbozo de apartados o párrafos del escrito, articulación entre los diversos apartados, redacción preliminar del análisis, relectura de la redacción preliminar para encontrar nuevos hallazgos, reelaboración y ajuste tanto temático como de estructura, escritura casi definitiva del proceso analítico.

Posterior a este ejercicio de desmonte lingüístico viene la tarea de la interpretación. Soportado en esa tierra analizada cabe ahora sí que el analista tome partido, se aventure a sacar conclusiones, haga valoraciones o establezca juicios. Por supuesto, no se trata de perder de vista lo ya realizado, sino de dotar de sentido lo que pacientemente se ha diseccionado. Después de haber realizado un proceso minucioso de explicación el analista toma distancia y empieza a reconstruir el tejido de la interpretación.

El trovador del dolor: José Alfredo Jiménez

29 sábado Jul 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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José Alfredo Jiménez

“Cantar para recordar el amor perdido”: José Alfredo Jiménez.

De las 208 canciones que compuso José Alfredo Jiménez (al menos esas son las que aparecen en el Cancionero completo, publicado por Océano-Turner, en el 2002), hay tres ejes temáticos recurrentes que pueden ser las claves del mundo construido por el compositor dolorense. Teniendo como fondo sus rancheras, huapangos y corridos, adentrémonos en las letras de este poeta popular muerto a la edad de 47 años.

Marcado por el destino

“No es posible ganarle al destino”. El destino es implacable. El destino da: “cuánto me debía el destino que contigo me pagó”, pero, especialmente, quita: “el destino es decir adiós”. Se puede quebrar momentáneamente al destino pero al final éste es el que gana: “que al fin y al cabo algún día el destino quiera o no me ha de matar”. El destino viene y hay que tomarlo o quererlo como venga, porque “el destino todo cobra y nada olvida”. El destino “cambia la suerte”, el destino “lleva a otros rumbos”. Por eso, cuando se desconoce al destino, “se empieza a llorar a la mitad del camino”; y por esa misma razón, hay que “jugar al albur la propia vida, así el destino nos la haga perder”. A veces, en muy contadas veces, se tienen los ases, pero lo común es que la suerte nos falle, y la vida misma se pierda “en un abismo profundo y negro como la mala suerte”.

¿Y cuál es ese destino en las canciones de José Alfredo Jiménez? Es el destino de “morir por un querer”. Ese destino, esa “mala estrella” de José Alfredo confirma una ley de su existencia: “adorar para sufrir”. El compositor lo repite en muchas de sus obras: que su mala suerte es “después de una pena volver a sufrir”, es “estar perdiendo y volver a perder”. El destino es “maldecir y recordar las tristezas del ayer”. José Alfredo nos advierte que él no puede evitar ese destino porque “no tiene la culpa de tener corazón”, porque “no más pa’sufrir ha nacido y que de pena tiene que morir”.

La alternativa es jugar a la suerte, porque el desenlace se sabe de antemano: siempre la partida “ya está casi perdida”. El destino señala las cartas, ya está escrito. José Alfredo lo sabe: él en la vida “no trajo suerte”, “no tiene fortuna”, “nació con el santo de espaldas”. El compositor lo confiesa: “no nací pa’ vivir sin consuelo, todo el mundo me hiere y me olvida”. En fin, se nace o no con suerte, y en consecuencia, el destino nos obliga a “rodar y rodar” por el mundo, o usando otra imagen que le gustaba utilizar a José Alfredo, a “navegar por la vida”. Por eso también está el presentimiento de que en la indecisión de no saber cuál camino elegir, se tomará la peor de las alternativas: “escogeré del mundo el peor de los caminos”. Lo que queda es clamar a Dios o a la virgencita del cielo para obtener consuelo o “rezar una oración a ver si ella compone el propio destino”. 

Bohemio por una reina

Esa “bola negra de la mala suerte” conduce de manera inevitable a dos cosas: a la bebida y a la imposibilidad de ser feliz en el amor. José Alfredo siempre está “borracho y enamorado”, es  un “borracho de amor”. Lo que vive o espera es “un tequila y un beso el mismo día para andar de borracho y seguir queriendo todavía”. El compositor lo repite muchas veces en sus canciones: “en cada copa miro una pena y en cada pena miro un querer”. Y bebe una y otra vez, bebe como un cobarde “que ya no puede con su dolor”. En síntesis, “por ser desdichado en los amores es borracho y trovador”.

Por ser el destino cruel, “es necesario llevar muchas botellas de vino”. Se va a las cantinas “arrastrado por el mundo porque se quiere a una mujer” y, como su recuerdo persiste, “no se deja de beber”: “borracho de mezcal dicen que vengo, borracho de dolor debo venir”. En algunas ocasiones se deja servida la mitad de la copa, mientras aparece un nuevo amor, pero luego del desamor, se regresa a la cantina para tomar el resto de licor. “Los hombres no aguantan la traición”, dictamina el compositor mexicano.

A la cantina se va para desahogarse de una infidelidad, de un abandono: “y si me vuelvo borracho será por culpa de una traición”; pero a la cantina también se invita a un viejo amor para recordar una pasión que fracasó: “y estamos recordando nuestra historia nomás mientras tomamos cuatro copas”. José Alfredo, que “ha caminado en el mundo tras los placeres, entre el amor engañoso de las mujeres” tiene razones de sobra para “tomar cualquier licor”. Son tantas las mentiras, las promesas no cumplidas, que lo mejor es “agarrar una botella y acordarse de una ingrata y a salud de sus desprecios dedicarle una canción”. La cantina y el desengaño: esos dos ambientes se retroalimentan de manera progresiva: “estoy en el rincón de una cantina oyendo una canción que yo pedí; me están sirviendo orita mi tequila, ya va mi pensamiento rumbo a ti… yo sé que tu recuerdo es mi desgracia”. Es definitivo: “el mundo es una cantina tan grande como el dolor” en el que se dan al inicio copas de besos pero después se sirven solo desprecios.

La mujer es el inicio y también el final de las borracheras. El bohemio está “arrastrado por el mundo porque quiere a una mujer”, ese es el motivo; “no te importe que venga borracho a decirte cositas de amor, tú bien sabes que si ando tomando cada copa la brindo en tu honor”, ese es el resultado. Y la mayor petición de los que se juegan la suerte en una botella es que se comprenda que aunque digan que la existencia de un borracho es “una vida sin decencia ni moral” lo cierto es que es una opción de exaltación a las causantes de ese dolor: “yo me paro en las cantinas y a salud de las ingratas hago que se sirva vino pa’que nazcan las serenatas”.

El estilo Jalisco de hallar el olvido es ése: “alzar la copa y brindar por la que se fue”. El licor es la forma de enfrentar el desamor: “esta noche me voy de parranda para ver si me puedo quitar una pena que traigo en el alma que me agobia y me hace llorar”. José Alfredo espera que la mujer amada, al igual que él la evoca bebiendo, ella lo recuerde: “extráñame cuando te ofrezcan una copa, extráñame cuando te besen en la boca”. Sea como sea, por el motivo que haya, al bohemio enamorado deben perdonársele sus faltas ya que esa “noche venía muy borracho” y, especialmente, “por haber nacido mexicano y tener como orgullo echarse un trago a salud de una mujer”.

Con una espina en el corazón

El amor presentado en las canciones de José Alfredo Jiménez es una cruz, un sufrimiento interminable. No hay victoria en el amor, por eso él es “el derrotado”, el “vencido”. Por eso tanto llanto en sus composiciones: “y yo que la quiero tanto quisiera calmar mi llanto pero es inútil, no puede ser”. Si se quiere amar, hay que aceptar que “el amor tiene cosas de veras muy crueles”, que tarde o temprano “vamos a morirnos de amor”, y que “es bonito perder y llorar”. Las penas de amor no cicatrizan, continúan abiertas: “yo soy el mismo de siempre, sigue sangrando la herida que un día de la vida me dio tu querer”. La conclusión es perentoria para José Alfredo Jiménez: “las más grandes penas las debe a sus amores”.

La razón de este sufrimiento proviene de una paradoja: para el compositor mexicano el amor debe ser eterno, inmortal: “ni los años ni el tiempo ni nada ni nadie ha podido matar nuestro amor”, “nuestro amor es más grande que todas las cosas del mundo”. “No te acabes, amor”, parece ser la súplica de José Alfredo Jiménez. Pero, y de ahí proviene la tragedia, debido el destino, a la mala suerte, ese amor siempre acaba: “no hay amor eterno”. Lo cierto, la gran verdad del amor es el abandono o el olvido: “pero todo se acaba, la dicha grande también se va y nos deja no más recuerdos, recuerdos de ella que no vendrá”. Ese destino es el que maldice una y otra vez el compositor mexicano en sus canciones: “quién iba a decirme que amor tan seguro tenía que perderlo”. La única salida, entonces, es cantar para recordar el amor vivido, el amor perdido: “llorando no se curan las heridas, con llanto no se quita un cruel dolor, por eso voy cantando aunque me digan que llevo destrozado el corazón”.

La escapatoria es recordar o aspirar a que se borre de la memoria un nombre, una historia compartida, un amor: “mañana mismo te olvidas de mi nombre, que yo del tuyo también me he de olvidar”. Sin embargo, lo que sucede es todo lo contrario;  o bien por culpa de las copas o porque ella misma, “la que se fue” decide regresar, el olvido es inadmisible: “es imposible que yo te olvide, es imposible que yo me vaya”. Hay como una especie de condena por amar o haber amado. Para alguien que “quiere con devoción”, que puede “morirse de amor”, es imposible decir adiós: “es inútil dejar de quererte, yo no puedo vivir sin tu amor; no me digas que voy a perderte, no me quieras matar, corazón”.

Tal vez este sufrimiento se deba a que el enamorado “pone los ojos en una estrella que está muy alta” y lo que consigue con ello es la humillación, el desprecio o el aborrecimiento: “ya perdí por tu amor la mitad  de mi orgullo, tú que vuelas muy alto muy chiquito me ves”. En el mundo amoroso de José Alfredo Jiménez las mujeres “tienen la costumbre de no corresponder”, y “los hombres siempre pierden”. No obstante, por el mismo orgullo o por esa porfía del charro mexicano, se sigue queriendo a la “ingrata” aunque haya ofensas y humillación. Se llega hasta exhibir la cobardía, hasta perder la vergüenza: “me arrastré por el mundo por querer a una mujer”. Tan hondo es el sufrimiento amoroso que “duele hasta recibir la compasión”.

Son contadas las canciones en que se plantea alguna salida a esta desgracia en el amor. Como en las “cosas del querer no se perdona nada”, la posibilidad escasa es que la madre “consuele las negras penas”, que Dios “nos conceda la venganza” del desprecio o asumir la mentira para decir que se “ha triunfado en el amor y que nunca se ha llorado”.

Un alma perdida y sin fe

Mirados en conjunto estos tres ejes recurrentes en las canciones de José Alfredo Jiménez, leídas y escuchadas sus canciones, podemos concluir que son el testimonio de alguien que vivió errante con “el alma perdida y sin fe”. De un hombre que aunque contadas veces estuvo en las nubes “a pesar de todo recordaba el abismo”. La lección que nos dejan las canciones de José Alfredo Jiménez raya con el pesimismo: “como en esta vida no hay cariño sin falsedad, más vale no dar el alma y andar con calma pa’ no llorar”.

La filosofía de este hijo del pueblo es contundente: “el mundo es cruel”; “es injusto”, además. El camino de la vida es duro, “comienza siempre llorando y así llorando se acaba”. La suerte siempre nos falla y el ser que más amamos, “nos abandona el día que más lo queremos”. Quizá todo esto es lo que lleva a concluir al compositor mexicano que “la vida no vale nada” o que cuando se desea enfrentar al destino cara a cara, al final un albur nos vence. Todo parece predestinado: “árbol que nace torcido no se endereza jamás”. El futuro no existe. La única evasiva es el pasado recordado. Un ayer doloroso al que se anhela volver pero a sabiendas de que es imposible. Por eso lloran los hombres como si fueran niños; porque en la vida se pierden las ilusiones, porque “siempre hay alguien que nos hace mal” y porque hay seres que van por el mundo como si fueran “por un camino de penas sembrado”.

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