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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2017

El método Murakami para escribir novelas

18 domingo Jun 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Reseñas

≈ 2 comentarios

Haruki Murakami

Haruki Murakami: «los escritores somos como ese tipo de pez que muere ahogado si no nada sin descanso».

He leído con gran atención, y de una sentada, el libro de Haruki Murakami De qué hablo cuando hablo de escribir, publicado por Tusquets en Abril de 2017. Un motivo de la lectura ha sido mi preocupación investigativa durante muchos años sobre las técnicas y los procedimientos de los escritores expertos y, otro, mi curiosidad por saber qué hace en particular este autor japonés cuyas ventas de libros en todo el mundo son un fenómeno comercial de nuestro tiempo.

El libro, como el mismo novelista lo reconoce, utiliza una prosa limpia, testimonial, sin aspavientos de crítica literaria. Es una obra autobiográfica en la que se cuenta desde los inicios de Murakami al oficio de la escritura hasta su salida de Japón y el asentamiento en el mundo norteamericano. Hay muchas anécdotas relacionadas con esa búsqueda personal por hallar un estilo literario y, de vez en vez, ejemplos de otros escritores como Raymond Chandler, Dostoievski, Kafka, o Hemingway. Aunque se reiteran algunas convicciones a lo largo de las 296 páginas, el libro mantiene el interés y permite desentrañar algunas de las claves de este narrador y traductor nacido en Kioto, en 1949.

Una de las primeras confesiones de Murakami es que “escribir una novela o dos novelas buenas no es tan difícil, pero escribir novelas durante mucho tiempo, vivir de ello, sobrevivir como escritor, es extremadamente difícil”. El novelista insiste en ello a lo largo del libro. Se requiere de cierta predisposición y de una disciplina a toda prueba. En el caso de Murakami, son ya más de 35 años dedicado profesionalmente a escribir novelas. Para lograr este cometido, el autor dice que son necesarias la perseverancia y la resistencia “apoyadas en un prolongado trabajo en solitario”. Además,  “una minuciosa atención a los detalles y la necesidad de encerrarse en una habitación se imponen a cualquier otra cosa día tras día”.

De qué hablo cuando hablo de escribir

Esa es la base del método, pero luego viene la disciplina para levantarse temprano todos los días y escribir entre cuatro y cinco horas seguidas. Después, hacer ejercicio para mantener el cuerpo “en forma”, porque debe haber, según Murakami, una combinación entre el ejercicio físico y el trabajo intelectual. Durante ese tiempo, con una dedicación absoluta a la escritura y una meta de 10 páginas diarias, se llega a la primera versión. Cuenta Murakami que cuando termina esa versión suele tomarse unos días de descanso (por lo menos una semana) y después comienza con la “primera reescritura”. En esa segunda etapa, lenta, el autor le “da coherencia al conjunto después de pulir las contradicciones”. Esa tarea puede llevarle dos o tres meses. Enseguida el novelista vuelve a tomarse otra semana para “afrontar la segunda reescritura”.  Ahora se trata de prestar mucha atención a los detalles y corregir los diálogos. No es un trabajo menor: “no se trata de una gran operación, sino la suma de muchas operaciones pequeñas”, afirma Murakami. Concluida esa labor, una nueva semana de asueto y de nuevo al trabajo de corrección, enfocado esta vez a revisar dónde hay que “apretar los tornillos en el desarrollo de la novela y dónde aflojarlos”. Algo así, como saber dosificar la tensión para no llegar a “agobiar a los lectores”. Pero quedan todavía otras etapas de este método: Murakami guarda la novela en un cajón por lo menos dos semanas o un mes, “olvidándose de su existencia”. Hay que dejar, como en las fábricas, “que los materiales duerman”. Pasado ese tiempo el novelista vuelve a otra fase de revisión y reescritura derivada de “defectos invisibles” en las primeras relecturas. Aquí termina, por decirlo así, esa tarea del autor de “tocar y retocar frases hasta descubrir si funcionan o no”. Sin embargo, Murakami afirma que hace falta aún otra etapa: “pedir opinión a una tercera persona”. En este caso, la primera lectora de todas las novelas siempre ha sido su mujer. Otra vez habrá que corregir, manteniendo en mente este principio: “uno puede convencerse a sí mismo de haber escrito algo casi perfecto, pero siempre es mejorable”.

Más tarde el texto de la novela deberá enfrentarse a nuevas correcciones provenientes de los comentarios o sugerencias de los editores. Salta a la vista, que el método de Murakami está lubricado por la reescritura permanente. El novelista debe tener “instinto e intuición” pero también adquirir la “fuerza de la persistencia”. De allí que el tiempo sea tan importante en este proceso: desde el tiempo de preparación, “un período de silencio durante el cual se gesta y se desarrolla dentro de uno un brote de lo que está por venir”, pasando por el tiempo de composición, las sucesivas correcciones y ese otro tiempo de encajonamiento o reposo de la obra. Sin todos esos tiempos sería muy difícil llegar a construir una novela de largo aliento. Puesto de otra manera: el método implica “preparación, escritura, reescritura, reposo y trabajo cincelado”.

Murakami habla también de cómo encontrar un estilo personal. Afirma que para hallar tal cosa hay que “empezar por el trabajo de ‘escudriñar lo que hay en ti’, en lugar de ‘sumar algo a ti’”. Tener un ritmo en la escritura es otro asunto capital en el método de Murasaki, es una de las claves de la originalidad. El método de Murakami incluye la lectura asidua, constante. Leer es para el autor nipón una especie de “entrenamiento” para escribir. De igual modo hay que adquirir el hábito de “observar en todos sus detalles los fenómenos y acontecimientos que tienen lugar delante de nuestros ojos”, con el fin de ir acumulando todos esos detalles en la memoria, pero siempre con un criterio de selección. Murakami dice que en su caso, lleva en su mente una galería de “colecciones de detalles concretos” que luego baraja según la necesidad de cada novela. Dedica varias páginas a la importancia de la creación de personajes (“los enanitos automáticos”) y al desafío de asumir ciertos objetivos técnicos (narrar en primera o tercera persona) cuando se empieza o se desea trabajar en la elaboración de una novela.

El autor japonés afirma que para escribir una novela es necesario un encuentro con la soledad: “encerrarme en mi estudio durante un año, dos o incluso a veces tres, y durante todo ese tiempo avanzo despacio en soledad sentado en el escritorio”. De otro lado, escribir novelas es “penetrar en la parte más profunda de la conciencia” o “sumergirse en la oscuridad del corazón”. Murasaki observa que al mismo tiempo que se crea una novela “se crea también algo en sí mismo gracias a ella”. Algo le sucede al novelista mientras escribe su novela, algo le pasa a su existencia en ese proceso de “atrapar sombras con una red”.

Como puede notarse, la lectura de esta antología de once “conferencias nunca leídas” de Haruki Murasaki ha resultado muy positiva. Ha sido provechosa en muchos sentidos: he ratificado prácticas de escritura realizadas por mí y otros autores dedicados a este oficio; he comprobado que sin la disciplina el talento no fructifica en la tierra de los procesos creativos; he confirmado que escribir novelas es “expresar cosas que uno lleva por dentro” y tender puentes con distintas generaciones; he rubricado que a veces toca quemar las naves para asumir de tiempo completo una vocación; y he verificado que la pasión por escribir, esa “alegría espontánea y abundante”, más allá de los resultados exitosos o la fama, es un ajuste de cuentas con nuestras “predisposiciones” y es el cultivo de ciertas facultades que merecen ser atendidas “como si se cuidase de una paloma herida”.

Gerentes y líderes

11 domingo Jun 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Liderazgo

Los gerentes organizan, direccionan, tienen control de los procesos y el funcionamiento de una organización. Son, también, excelentes comunicadores y grandes animadores de sus equipos de trabajo. Deben, por lo demás, tener habilidades para la administración y experiencia en los procesos de la gestión, planeación y manejo de grupos. Tienen que poseer, y eso sí que es importante, valores como la honestidad y la responsabilidad mediante los cuales mantengan y fomenten un clima de confianza y transparencia, sin artimañas ilegales o desgreño en una compañía.

Los gerentes son necesarios e importantes para una organización en la medida en que se requiere darle unidad a una política, asentar un modelo, establecer un orden de cosas. Eso convierte a los gerentes en aliados para que una misión se lleve a cabo o para que la empresa esté ordenada y tenga alguna certeza de prosperidad. En la gerencia, por lo mismo, está amarrado el orden jerárquico de una institución, y es la garantía para que los grandes objetivos se repliquen o se hagan realidad en los espacios más operativos o de labores cotidianas. Sin la gerencia se perdería fácilmente el propósito de una empresa, cundiría el desorden, el desaprovechamiento de recursos y la desazón entre sus miembros o empleados.

Son necesarios, pues, los gerentes para ejecutar los planes de desarrollo, para movilizar el engranaje de una estructura compleja y para direccionar los esfuerzos y los talentos de las personas. Sin gerentes acuciosos y disciplinados, sin su ojo vigilante y de asistencia oportuna, cualquier organización quedaría desarticulada o estancada en sus metas.

No obstante su importancia, no todos los gerentes tienen madera de administradores responsables y cuidadosos. Es común que la gerencia termine en la burocratización de funciones, en la repetición de procedimientos o en una absoluta falta de renovación de lo ya conocido. Es ahí donde es necesaria la pasión desbordante de los líderes.

Los líderes son más atraídos por la renovación, por lo diferente. Los líderes abren caminos, avizoran geografías todavía no colonizadas y tienen una capacidad de riesgo a toda prueba. Los líderes no se contentan con lo establecido, rompen modelos, se atreven a proponer formas diferentes de estructuración, proponen otras alternativas, idean mecanismos para darle un ritmo diferente a los grandes mecanismos de una empresa. Ellos son los que, a partir de una lectura atenta de los contextos y las circunstancias, saben persuadir a otros para remontar el vuelo y salir de los lugares conocidos; están convencidos de la existencia de utopías y, aunque a veces no puedan mostrar el mapa de aquellas tierras, tienen la certeza de que existen más allá de lo que alcanza la mirada e intuyen –con gran perspicacia– los beneficios de empezar a desplazarse para ir hacia ese mundo inédito, desconocido y rico en posibilidades.

Los líderes, por lo general, no son obedientes y conformes como los gerentes. Tienen en su corazón una alta dosis de rebeldía o, por lo menos, cierto inconformismo con lo vigente que los lleva a parecer desacomodados o rebeldes. Los líderes, en esta misma perspectiva, son tildados de locos o desadaptados por todos aquellos que prefieren las cosas como están, defienden el statu quo y el acomodamiento sin interrogantes. Los buenos líderes tienen un “halo” de marginalidad que, en muchos casos, los convierte en personas no comunes o teñidos de extrañeza y excepcionalidad.

Tal vez sea eso mismo lo que los hace fascinantes y seductores. El carisma de los líderes, molesto para algunos, es la misma fuerza de atracción para otros. Hay una zona de imantación que atrae a unos pocos al comienzo y a otros tantos después. Los líderes atraen con su discurso, con sus ideas, con su particular manera de comportarse, de enfrentar una situación o resolver un problema. En el estilo de comunicación empleada hay una gran parte de su éxito. La otra causa de su atracción está en el carácter que poseen. Los líderes son decididos, arriesgados, con valores como la tenacidad y la valentía. Además, orientan su vida por unos ideales que parecen su único motivo de existencia. Los líderes tienen un propósito, unas metas precisas, un proyecto personal de largo alcance.

Sobra decir que una organización sin líderes se estanca, se amodorra en sus logros del presente. Sin líderes las instituciones fácilmente se rutinizan y terminan momificadas o enceguecidas para ver otras oportunidades de cambio o mejora. Son los líderes, esos díscolos no fáciles de manejar o encausar en lo establecido, los que logran sacar a las empresas de su marasmo. Ellos son los genuinos heraldos de la innovación y la renovación de aquellas estructuras con moho de sedentarismo y pesadez en todos sus engranajes. Son los líderes, a veces incómodos para la gran mayoría, por momentos contestatarios o divergentes, los que arriesgan soluciones, diseñan alternativas, abren otras vías a las transitadas rutas de hacer siempre lo mismo. Por eso hay que conservarlos y saberles dar su justo lugar en las organizaciones; porque son ellos los augures del porvenir.

Es evidente, que no todos los líderes alcanzan a cumplir sus propósitos cabalmente. A veces, su mismo entusiasmo o su lucidez se convierten en un impedimento para finiquitar sus sueños. Hasta puede suceder que la soberbia los lleve a senderos desérticos. Pero aun así, son indispensables para una organización. Ellos jalonan, dan nuevos aires, llenan de vida lo exánime y deslucido, recuperan la esperanza y los motivos para no sucumbir ante un fracaso, una bancarrota o el declive de una organización. Los buenos líderes son la reserva de futuro, la despensa humana para sobrevivir en las épocas de crisis o incertidumbre generalizada.

Escritor bloguero

03 sábado Jun 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Ilustración de Douglas Smith.

Ya van a ser cinco años desde cuando empecé a llevar este blog. La experiencia ha sido gratificante y me ha permitido descubrir las posibilidades de este medio al igual que sus demandas. Aprovechemos, entonces, el quinquenio de existencia para hacer un balance y reflexionemos un poco sobre esta bitácora virtual.

Creo que si no hubiera tenido con anterioridad el hábito de escribir en mi diario habría sido muy difícil mantener el rito de “subir” por lo menos un texto cada semana. Tal constancia, además de obligarme a tener durante siete días un tema dando vueltas en mi cabeza, ha hecho que los lectores (lo noto por el reporte de visitas) busquen con regularidad qué hay de nuevo en este espacio virtual. Insisto en ello: el contar con el hábito de escribir ha sido garantía para que este blog mantenga su vigencia y garantice cierta sorpresa para los posibles lectores.

De igual modo, el haber adquirido el compromiso de responder todos los comentarios, el no dejar de contestar lo que a bien dicen o preguntan los visitantes, ha hecho que se cree una comunidad de diálogo o una tertulia de tiempos discontinuos. Dicha circunstancia, a diferencia de la escritura íntima (esa que se engaveta o permanece inédita para los lectores) es una de las grandes ventajas de esta bitácora en el universo de la web. Es como si la escritura tuviera de forma casi inmediata un reflejo o una réplica a través de los comentarios o las inquietudes de una audiencia no necesariamente cercana a los amigos o conocidos.

Precisamente, al observar que este blog tiene lectores en países latinoamericanos, norteamericanos o europeos es una evidencia de que la virtualidad crea otros escenarios para nuestra escritura. Noto, por ejemplo, que en México, Argentina, Chile, Ecuador, Brasil, Perú, Guatemala, Costa Rica y Venezuela hay lectores asiduos. Descubro también que en España, Francia, Estados Unidos o  Suiza aparecen otros internautas interesados o curiosos por lo que aquí se publica. Es probable que este múltiple interés provenga de muchas cosas: de las temáticas, de las ilustraciones (sobre las cuales hablaré más adelante), de la propuesta de mostrar varias páginas en un mismo sitio, o de las propias lógicas de los intertextos que vuelven a la internet un juego infinito de vasos comunicantes.

Decía que las ilustraciones (fotografías, pinturas, grabados, caricaturas) son una intencionada manera de presentar cada entrada. Pienso que, y esto es importante recalcarlo, cualquier ilustración puesta en el blog es un homenaje a cada uno de los artistas gráficos que ha logrado a través de líneas y colores, o mediante los nuevos recursos de la imagen digital, elaborar obras artísticas interesantes, fantásticas, provocadoras o altamente cuestionadoras. Considero fascinantes, por ejemplo, las ilustraciones de Christoph Niemann, Craig Frazier, Brad Holland, Nicolette Ceccoli, Chris Gall, Toni De Muro, Michael Marsicano o Tang Yau Hoong; la ironía de Pawel Kuczinski o los mundos fantásticos de Yacek Yerka, Quint Buchlolz y Rafal Olbinski; el surrealismo de Rob Gonsalves, Alessandro Gottardo, Vladimir Kush, Jim Tsinganos, o los fotomontajes de Jimmy Lawlor o Igor Morski. Así que, no uso dichas ilustraciones como un relleno o una parte vicaria de mis artículos, sino como otro lenguaje que ilumina, contrasta, amplía o genera una zona colateral de sugerencia. Encontrar esas ilustraciones, buscarlas, escanearlas o hallar la mejor resolución, forma parte esencial de cada entrada a este diario virtual.

Una parte de este blog ha servido para ayudar a otros a escribir. El pretexto ha sido el curso o los talleres de escritura que oriento en la Universidad de La Salle. En este caso, el blog se ha vuelto una genuina práctica de acompañamiento personalizado en la que, poco a poco, se va perfeccionando un texto hasta lograr la mejor forma posible. He aprendido mediante este blog que no se puede corregir todo a la vez, que es mejor ir afinando un aspecto en particular, bien sea en la precisión semántica, la sintaxis de un párrafo o en un signo de puntuación específico. De allí que a veces se necesite de ocho o más versiones para lograr plantear correctamente una tesis, desarrollar una analogía o utilizar de manera precisa los conectores lógicos. Sobra decir que mantener esta retroalimentación individualizada y constante me ha llevado a disponer de muchas horas para atender cada caso. Pero al mirar los resultados, me he dado cuenta de que es de esta manera  como realmente se mejora o se cualifica la escritura. Solo mediante ese acompañamiento es que cada aprendiz de escritor encuentra las claves o las técnicas apropiadas para expresar sus propias ideas.

Un asunto adicional es el haber incluido en este blog diversas tipologías textuales. De un lado porque forman parte de mi interés investigativo; de otra, porque son diversas formas de acceso a este mismo espacio. A veces es el cuento el que mejor dice un estado de ánimo o una preocupación literaria; en otros casos, es el diálogo platónico la mejor ayuda para hacer comprender un tema o un problema determinado. De igual modo el aforismo, con su lógica esencial y precisa, puede ser el medio para desentrañar un concepto, una pasión o una práctica cotidiana. Otro tanto podría decirse del poema, esa destilación del pensamiento, o del ensayo, que ha sido el principal actor en esta palestra virtual. Sea con uno u otro recurso, he logrado una diversidad en los contenidos y una posibilidad múltiple de producción que hace más lúdica y creativa esta página.

Mirado en retrospectiva, y anclado en mi propia experiencia durante estos cinco años, considero que el blog tiene grandes posibilidades para ejercitar y caldear la escritura y es un medio eficaz para divulgar nuestras ideas. El mantener atizada la mente y los mecanismos de la producción escrita, el forjarse esa meta o ese propósito semanal, permite que las operaciones del pensamiento se mantengan alertas y que la imaginación halle su clima más propicio. Además, el recibir comentarios o contrapuntos a lo expresado, pone nuestras ideas en un lugar dialógico menos encerrado y más abierto a las opiniones de los receptores. Me anima saber que algunas de estas reflexiones o varios de los artículos sirven a otras personas; me alegra comprobar cómo otros colegas usan estos textos para debatir con sus alumnos o de referencia para indagaciones de distinto tipo; me compromete enormemente la confianza que los lectores depositan en sus comentarios e inquietudes. Quizá por todas esas cosas es que continúo con gusto llevando este blog y asumo alegremente la tarea de escribir semana tras semana.

Los versos del escriba

24 miércoles May 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Poemas

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El escriba y sus instrumentos

El escriba y los instrumentos de su oficio. Museo del Louvre, Paris.

I

antes del Verbo fue el Olvido

el caos que los órdenes

los paraísos no se escriben

son los éxodos los que tienen escritura

 

II

es por el rebaño

por el miedo a la pérdida

como emergen las cifras:

piedras inscritas ‒calculus‒

nudos hechos ‒quipús‒

La herencia del contar es la escritura

 

III

primero fue la marca, la seña,

la impronta vuelta muesca

el grafo hecho uno con la roca…

primero estuvo el cuerpo

el gesto que precede a la palabra

 

IV

pintar es colorear los rastros

buscarles una forma,

dejando atrás la garra

o el zarpazo,

pintar es prepararle una piel a la palabra

 

V

el ojo imita al mundo, busca las cosas,

teje una copia elaborada por la mano

crea filigranas, hunde pliegues,

el ojo y la mano le dan una topografía a la palabra

 

VI

las cosas y los signos:

equivalencias

las repeticiones infinitas

las series

Las cosas y los signos:

balbuceo de la palabra

 

VII

el oído cierra los ojos del escriba  

los signos escuchan

quieren copiar un ritmo:

lo infinito tiene una medida

El oído condensa la palabra

 

VIII

la mano es lenta

el pensamiento vuela

abreviar es acercar el tiempo

‒no hay vocales‒

la mano es lenta: hay escrituras

 

IX

las rectas dicen lo sagrado

las curvas van de la mano del humilde

en la recta, la escritura separa

en la curva, la escritura reúne

 

X

el poder precedido del agua

crea un río,

la oreja sumada a un dragón

gesta un sordo:

en la escritura china habita la metáfora

 

XI

de derecha a izquierda

o de izquierda a derecha

‒o como los bueyes: ¡bustrófedon! ‒

hacia abajo o hacia arriba

caminos y veredas: un sendero

Escribir es trazar y transitar un recorrido

 

XII

ansiedad del afuera

ruptura con todas las placentas

apetito de mundo…

el alfabeto alumbra:

la escritura es nuestro segundo nacimiento

 

XIII

del dibujo a la idea

de la idea al sonido

del sonido al silencio

Escritura:

irrupción de lo negro

entre espacios en blanco

 

(De mi libro Ese vuelo de palabras (antología poética), 2011, Bogotá: Kimpres, pp. 153-156).

Magisterio y discipulazgo en la mira de George Steiner

19 viernes May 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in OFICIO DOCENTE, Reseñas

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Lecciones de los maestros, George Steiner

Como una manera de celebrar el pasado día del maestro, he vuelto a leer el libro de George Steiner: Lecciones de los maestros (Siruela-Fondo de Cultura Económica: 2004). Lo interesante de esta obra, que está basada en las conferencias Eliot Norton impartidas por el autor en la Universidad de Harvard en el curso 2001-2002, es el análisis a esa compleja relación entre maestro y discípulo. Steiner, echando mano de ejemplos tomados del arte y, especialmente de la literatura, dibuja un cuadro –por momentos con visos históricos o filosóficos– de los no siempre felices vínculos entre un maestro y un aprendiz.

El libro está constituido por una introducción, seis capítulos y un epílogo. Además de una prosa rica en intertextos, hay profundas reflexione sobre este vínculo que por momentos bordea la admiración y en otros casos termina en el odio o la envidia más flagrante. El escritor y políglota judío pasa revista a diferentes facetas del rol del maestro, repasa su poder, se detiene en las particularidades de la seducción de enseñar y deja abiertas unas inquietudes sobre el valor o la importancia del maestro en una época como la nuestra en la que prima la irreverencia. Más que postular y defender una tesis a lo largo del libro, lo que hace Steiner es poner en alto relieve algunos problemas de la relación pedagógica, ilustrados con casos del mundo del arte, la ciencia, la filosofía o simbolizados en obras literarias.

El primer capítulo pasa revista a los orígenes de esa relación entre enseñanza y discipulazgo. Mediante los ejemplos de Empédocles, Pitágoras, Platón y Jesús, el autor entrevé una base oral de tal relación. Afirma que, a pesar del desprecio a los sofistas, fueron ellos lo que sentaron las bases de una “pedagogía sistemática”. Subraya, además, la importancia y el cuidado de la formación, ya que “enseñar con seriedad es poner las manos en lo que tiene de más vital un ser humano”. Todos los ejemplos mencionados ponen en evidencia que la relación del maestro con el alumno oscila entre la “confianza y la vulnerabilidad” y que, los casos por él relacionados, muestran que “la lealtad y la traición están estrechamente unidas”.

La segunda parte, siguiendo un hilo histórico, pone el acento de la relación maestro alumno en el entrecruzamiento de dos corrientes de larga trayectoria en Occidente: el cristianismo y el neoplatonismo. Se extiende en las particularidades de Plotino, Agustín, Dante y concluye con unas referencias a Fernando Pessoa. Lo que muestra este periplo por autores y obras es que desde la mayéutica socrática, pasando por los sermones agustinos, hasta el peregrinaje-aprendizaje cantado en la Divina Comedia, la relación de maestro y discípulo comporta aspectos no solo intelectuales, sino también estéticos y profundamente humanos.

El tercer capítulo, titulado “Magnificus” se enfoca inicialmente en Marlowe, Goethe y Valéry. El eje de la disertación está en las minucias entre aprendiz y maestro representadas en una obra como Fausto. Afirma Steiner: “Los brujos tienen aprendices, los maestros tienen discípulos y un ordinarius o profesor tendrá ayudantes”. Después, el autor analiza las tensiones de los vínculos entre Husserl y Heidegger, y entre Heidegger y Hannah Arendt. Como corolario, Steiner señala que existe un eros del discipulazgo, que lleva a que con facilidad en las relaciones entre un maestro y un aprendiz se pase de la absoluta admiración a la mayor antipatía.

El cuarto apartado, comienza en la Francia ilustrada y llega hasta el gran maestro Emile-Auguste Chartier, quien firmaba como “Alain”. La fuerza de este capítulo recae en el papel de los maestros para enseñar a pensar. Steiner recalca que enseñar es “despertar dudas en los alumnos, formar para la disconformidad”. Por supuesto, esto siempre comporta un riesgo: “enseñar sin un grave temor, sin una atribulada reverencia por los riesgos que comporta, es una frivolidad. Hacerlo sin considerar cuáles puedan ser las consecuencias individuales y sociales es ceguera”. Este capítulo concluye hablando de Nietzsche y de cómo “sólo un total aislamiento y soledad pueden generar un pensamiento de primera categoría”.

En capítulo siguiente está anclado en algunos maestros norteamericanos, pero en particular en la gran maestra de piano Nadia Boulanger, “la profesora más grande que ha habido desde Sócrates” y el entrenador Knute Rockne, creador de una escuela de entrenadores. Por las manos de la primera maestra pasaron Aaron Copland, Leonard Bernstein, Elliot Carter, y a todos ellos les interiorizó una consigna: “no os limitéis a hacerlo lo mejor que podáis. Hacedlo mejor de lo que podáis”. El caso de Rockne le sirve a Steiner para mostrar cómo la relación planteada por él, traspasa lo académico para entrar en zonas de lo familiar y lo personal de cada discípulo. Desde luego, al hacerse más íntima esa relación, mayores serán también los celos, las envidias y las irracionales pasiones humanas.

La última parte del libro comienza resaltando la especificidad de la relación pedagógica en el contexto de la tradición judía. Esa tradición, lo confiesa Steiner, es lo que ha preservado la identidad judía “incluso cuando las condiciones nacionales y materiales de la vida judía casi han sido aniquiladas”. Aquí sabemos del virtuosismo de la parábola del rabino Baal Shem y de sus discípulo Pinhas de Koretz. La segunda parte de este capítulo explora en el confucianismo chino y en las prácticas del zen. Steiner cierra su disertación deteniéndose en los seminarios de Popper y los conflictos con su antiguo discípulo Joseph Agassi.

En el epílogo, Steiner plantea el futuro de la relación maestro alumno, especialmente en una época de “astutos charlatanes” y culto a la celebridad. En esta sociedad “adicta a la envidia, a la denigración, a la nivelación por abajo”, el autor sigue creyendo positivamente en la vocación por enseñar, porque “despertar en otros seres humanos poderes y sueños que están allá de los nuestros” o “inducir a otros el amor por que nosotros amamos”, o “hacer de nuestro presente interior el futuro de ellos”, sigue siendo un oficio privilegiado.

El libro, como puede apreciarse en esta corta reseña, me parece una buena recomendación para los educadores y para los formadores de maestros; una obra para volver a reflexionar sobre la relación pedagógica tanto en sus bondades como en sus riesgos inminentes. Pero, también, el texto es un ejemplo de cómo imbricar el discurso propio de los filósofos y los historiadores con el conocimiento derivado de la narrativa, con ilustraciones precisas de novelas, poemas u obras de teatro. Steiner por momentos saca sus propias conclusiones pero sin un tono dogmático o perentorio. Es la prosa del ensayista maduro, que con una erudición no agobiante, nos invita a compartir sus lecturas, sus análisis incisivos y, desde luego, sus cuestionamientos.

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