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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2018

Acción de gracias

31 lunes Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

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Fechas especiales

Marie Cardouat

Ilustración de Marie Cardouat.

El día de acción de gracias, tan celebrado por estadounidenses y canadienses, es una fecha en la que se rememora el festival de la cosecha y se dispone el espíritu para el agradecimiento. Aunque sea en un día diferente al elegido por estos pueblos del norte de América, me ha parecido oportuno no dejar terminar este año sin reflexionar sobre algunas cosas que me han pasado, analizar determinados acontecimientos relevantes y ofrecer un sincero gesto de agradecimiento a las personas que han contribuido a seguir construyendo mi proyecto vital.

Acción de gracias por la certeza y el cobijo de mi familia. No acabaré nunca de agradecerles el cariño genuino, la solidaridad y los cuidados en mi enfermedad, la escucha en los desvelos y las palabras de aliento cuando más lo necesitaba. Sé también que sus oraciones son una fuerza intangible tan potente como el más eficaz medicamento. Me llena de regocijo saberme protegido por esos brazos y esas manos, por la ternura y el amor, que me mueven a levantarme y seguir de pie frente a las adversidades.

Acción de gracias por mis amigos y amigas que logran darle a la lealtad el rostro de la permanencia. Son pocos, pero son la zona de vínculo fraterno en la que puedo confiar sin tener la ambigüedad de los intereses o las maquinaciones engañosas. Esas amistades son como mis hermanos o hermanas, y representan una riqueza tanto más valiosa cuanto más pasa la edad. Varios de ellos me han mostrado grandeza cuando mi salud está quebrantada o los problemas se multiplican. Ahí estuvieron sus llamadas permanentes, sus mensajes de aliento, sus remedios caseros. Sentí que había siempre una voz, una presencia convertida en empuje vivificante.

Acción de gracias por mis estudiantes, especialmente los de la maestría en Docencia de la Universidad de la Salle. Había pasado mucho tiempo sin sentir que le hacía tanta falta a varias personas; me vi reconocido por ellos, y en sus ojos o en las saludes enviadas por colegas, los adiviné haciendo fuerza para que pronto apareciera en su salón a ofrecerles mi saludo y pasión por la docencia. Fueron los abrazos de mis estudiantes los que me sanaron la garganta para volverles a hablar; fueron ellos, los que me dijeron que la cosecha había sido buena y que no debía preocuparme por mi retiro de la universidad. Gracias a todos ellos, a los de Bogotá, a los de Casanare, a los de Pasto y a todos esos otros que mantuvieron su calidez y su preocupación; para todos mis estudiantes, y especialmente para los egresados, les reitero mi gratitud y me enorgullezco de haberlos tenido como alumnos. Cuánta humanidad hay en sus abrazos, cuánta abundancia en sus corazones.

Acción de gracias por las personas que durante este año me acompañaron en la realización de propuestas laborales, en la conquista de sueños profesionales o en el trasegar propio de mi ejercicio formativo. A través de su colaboración, de su gestión o de su confianza, varias ideas se cristalizaron en cursos, seminarios o conferencias. De igual modo, a mi equipo de trabajo más cercano, a quienes durante trece años hemos trajinado compartiendo un mismo objetivo de formación académica responsable y de calidad. Ese equipo merece toda mi gratitud, por su compromiso, por su lealtad, por su solidaria manera de convertir una experiencia de trabajo en una cálida camaradería llena de amistad y mutuo respeto.

Acción de gracias por los cómplices de camino, por esos seres que me entregaron como un regalo especial sus confesiones, sus historias, sus angustias más preocupantes. A esas personas, por departir las peripecias de la vida al lado de un café, por hacerme parte de su existencia, por caminar conmigo muchas calles, a ellas, no solo les debo gratitud, sino un especial afecto por haberme hecho parte de su cotidianidad, por dejarme entrar a sus corazones, por ofrecerme un lugar privilegiado en sus elecciones y preferencias. Mi agradecimiento se transforma en silente discreción y generoso cuidado; solo así se puede corresponder a quien bien tiene ofrecernos la desnudez de su alma.

Acción de gracias por el reconocimiento que los hermanos de la Salle y la Universidad en la que he trabajado por más de una década, hicieron “a una vida dedicada a la formación de maestros y a la invaluable producción intelectual en relación con la lectura y la escritura como ámbitos esenciales para el desarrollo del pensamiento crítico”. Este honor lo tomo como un reconocimiento a todos aquellos que siguen izando la bandera de la docencia como una forma de construir esperanza para las nuevas generaciones y de contribuir a la formación de un país menos inequitativo y más propenso para la convivencia. A los hermanos de la Salle les agradezco el haberme respaldado en muchas de las iniciativas, eventos y publicaciones que posibilitaron la acreditación de alta calidad del posgrado a mi cargo. A los hermanos de La Salle mi gratitud por haberme ayudado a entender la importancia de la relación pedagógica, el valor del acompañamiento formativo, y el sentido hondo de la democratización del conocimiento.

Acción de gracias por la ayuda ofrecida de mis colaboradores cotidianos, de mis aliados incondicionales, de esas personas acuciosas y solícitas para convertir ideas en obras, utopías en realidades. Todas esas manos y todas esas voluntades han aligerado el peso de mis retadoras empresas y han sido garantía para los buenos resultados. Sin esos brazos, sin esos consejos, sin ese patrocinio hecho de saberes y oficios, difícilmente mis proyectos más esenciales hubieran podido finalizarse satisfactoriamente.

Acción de gracias, finalmente, a las divinidades protectoras de la vida por permitirme gustar de otro año de existencia, por los múltiples y variados aprendizajes y por dejarme seguir sorprendiéndome de la maravillosa experiencia de ser y convivir con otros en esta parcela de mundo. Del mismo modo, a mi ángel custodio por cubrirme con sus alas en las situaciones adversas o librarme del peligro de la desesperanza. Y al benigno azar o a la estrella de la fortuna por los enriquecedores viajes y por transformar lo inesperado y extraño en un magnífico regalo envuelto en la odisea de cada día.

Novena, día 9: La vida

24 lunes Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Gerard van Honthorst

«La adoración de los pastores» de Gerard van Honthorst.

Poner en el centro de las celebraciones navideñas la figura del nacimiento de un niño es un símbolo de exaltación a la vida. Asistimos o acompañamos, día tras día, el milagro de la natividad. La vida recobra su trascendencia y celebramos mancomunadamente la alegría de acudir a tal evento. Más allá de creer o no en esta conmemoración de la religión católica, resulta significativo poner de nuevo nuestra atención sobre el sentido y la relevancia de la vida humana.

Llegar a la vida es un acto, en sí mismo, maravilloso. La conjugación de los imperativos de la biología y la complicidad entre dos seres permite que entremos al mundo. Y aunque no pedimos o determinamos cómo hacerlo, una vez ya logramos estar en este universo, nos aferramos a él con todas nuestras fuerzas. Participar de la vida, de su desarrollo, del ciclo que nos hace niños, adultos y luego viejos, es un viaje que nunca pierde su fascinación. A pesar de las vicisitudes y los problemas, de las angustias y las reiteradas luchas por la existencia, la experiencia de vivir o haber vivido largo tiempo, es un acontecimiento digno de recordación y de agradecimiento. La vida es un don, un regalo de las estrellas, una odisea de permanentes descubrimientos. 

Por ser algo espléndido y excepcional, por darse de manera única e irrepetible en cada uno de nosotros, merece todo nuestro cuidado. Cuidar la vida es atender nuestra salud, ser preventivos y no meramente curativos; cuidar la vida es tener una vigilancia sobre nuestros apetitos y nuestros pasiones; cuidar la vida es también saber elegir nuestras relaciones y el modo como atendemos o satisfacemos nuestros afectos y nuestros sentimientos. No sobra repetir esto: el cuidado de la vida empieza con el cuidado de sí mismo. Pero no es solo un asunto del cuerpo, de igual modo tenemos que cuidar nuestra alma, nuestros valores, nuestra ética. Si nos cuidamos es porque tenemos, como lo pedía el sabio Sócrates, un continuo examen sobre nosotros mismos; porque no vivimos en función de la inmediatez de nuestras pulsiones, sino guiados por la reflexión y la prudencia.

Y ese cuidado de la vida conlleva, aún con mayor responsabilidad, al cuidado del otro, del prójimo. Si valoramos la vida propia, si la tenemos en alta estima, con mayor razón deberemos vigilar para que la vida del semejante sea siempre digna, respetable. Cuidar al otro es ofrecerle siempre un trato amable, deferente, nunca grosero; cuidarlo es empezar por escuchar sus razones y comprender sus diferencias. La vida de los demás nos demanda reverencia y freno a nuestros caprichos. Porque cuidamos a los otros es que observamos y cumplimos las normas y los acuerdos sociales, aprendemos a ser mejores ciudadanos y nos hacemos más tolerantes, más solidarios. El cuidado de los otros es, en últimas, un compromiso con la no agresión, con la no violencia.

De otra parte, la vida trae consigo una cuota de responsabilidad. Si bien es cierto que bastaría con degustarla de cualquier manera, a la topa tolondra de las circunstancias, la vida exige que le demos una dirección, que la convirtamos en un proyecto. Eso es lo que dota de sentido a la sobrevivencia. ¿Qué deseamos hacer con nuestra vida?, ¿hacia dónde queremos conducirla?, ¿cuál es la razón fundamental que inspira nuestras acciones? Para responder a esos interrogantes es necesario elegir un norte en nuestra existencia: a veces, esa estrella polar está en los hijos, en una causa noble, o en un motivo personalísimo. La vida, así iluminada e imantada, halla un camino orientador y colmado de importancia. Vivimos por algo, para algo; dejamos de subsistir y nos volvemos protagonistas de nuestra historia.

Precisamente, porque la vida adquiere un significado mayor al de la subsistencia es que no vale la pena empobrecerla con el pesimismo amargo o el desánimo desesperanzador. Siempre habrá más motivos para celebrar la vida que para maldecirla: tener una familia, ser amado por alguien, poder disfrutar el renacer de un nuevo día, ocuparnos en un oficio, caminar o conversar con los amigos, compartir un alimento, atrevernos a empezar una aventura… El optimismo hacia la existencia, hacia sus posibilidades y sus revelaciones inéditas, continúa siendo la mejor prueba de que la vida es más poderosa que la muerte. Velar para que la vida conserve su feliz irradiación es una de las tareas cotidianas que cada ser humano tiene sobre sí mismo y debe proteger especialmente en los demás.

Novena, día 8: La fe

23 domingo Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Manos rezando

«Manos rezando» de Alberto Durero.

Dice el adagio que la fe mueve montañas y que sin fe muchas cosas negativas no logran tener solución. También se afirma que la fe genuina presupone el fervor y que la fe ardiente y entusiasta convoca al milagro. Pero sin entrar a complejas divagaciones teológicas, lo que resulta significativo en el contexto de la fiesta de la natividad es reflexionar sobre el sentido y los alcances de la fe, es permitirnos el autoexamen y sopesar qué tanta fuerza real tienen nuestras creencias religiosas y de qué modo contribuyen a cualificar nuestro ser y el convivir con nuestros congéneres.

La fe, como se sabe, es una actitud vital acorde a unas creencias, que se convierte en garantía para actuar de una especial manera y relacionarse con los demás. Ese convencimiento íntimo se evidencia en la práctica de unos valores, en la convicción de seguir unas virtudes o en la devoción por determinadas divinidades trascendentes. A pesar de ser una manera individual de convencimiento es, de igual modo, un signo de participación social. La fe regula, direcciona, da soporte, busca la asociación, afianza sentimientos profundos.

La fe, en sentido estricto, es la adhesión inequívoca hacia una religión. Profesar esa fe es compartir un conjunto de creencias y dar testimonio de las mismas. No es un asunto solo de ideas metafísicas, sino especialmente de acciones y relaciones vivas. Se profesa una fe cuando hay concordancia entre lo que se cree y como se actúa, entre el escenario de la oración y la beatitud y ese otro que acaece con nuestra pareja, en el hogar, en el vecindario. Si algo pide la fe es coherencia en nuestra vida; si algo exige es atestiguamiento, pruebas de que aquello en lo que creemos puede certificarse con nuestro proceder cotidiano. La fe nos compromete, nos implica, nos suscribe a un orden moral y, en muchos casos, a abrazar y defender un tipo de ética.

En otra perspectiva, menos sagrada, la fe también es una extraordinaria forma de confianza en uno mismo, de certeza íntima en alcanzar una meta, lograr atravesar una situación adversa o ir más allá de los propios límites. La fe, así entendida, es un refuerzo a la voluntad, un vigoroso estímulo para la acción y la continuidad en los propósitos. Sin esa fe renunciaríamos al primer escollo que apareciera cuando llevamos a cabo un proyecto; sin fe fácilmente sucumbiríamos al veredicto desesperanzador de una enfermedad; sin fe nos conformaríamos con la suerte o con las condiciones que a bien tuvo darnos la naturaleza. La fe hace que nos atrevamos a vencer muchos temores, a no desistir de una posible curación, a sobreponernos del infortunio, a intentar vencer nuestras restricciones o dificultades físicas.

No obstante la importancia de tener una fe incitante y reguladora, deberíamos tener cuidado para que ella no se vuelva motivo de conflicto con las otras personas. La fe madura no quiere ser fanática; la fe adulta es incluyente. Y menos aún, convertirse en un sectarismo acusador. Entender la diversidad de creencias es un mandato de la sana convivencia y de una ciudadanía saludable. No podemos, por la piedad exaltada o la idolatría apasionada, ir a todas partes pregonando la equivocación de los demás, denunciando y tachando el pecado ajeno y considerándonos en la única vía de salvación. Una fe prudente riñe con la intolerancia y la intransigencia. Cuando la fe alcanza su mayor nivel de desarrollo moral deja de ser una lucha de supremacía por convertir al descreído y se convierte en un motivo para el diálogo ecuménico y la solidaridad fraterna.

En todo caso, la fe es muy importante para mantener equilibradas las fuerzas de nuestro espíritu o nuestro psiquismo. Cuánto le deben los enfermos desahuciados y los marginales empobrecidos a la fe; cuánto los solitarios y proscritos en una cárcel; cuánto los que están atribulados por las dificultades y los problemas enloquecedores. Es mediante la fe como los seres humanos recuperan la esperanza, es con fe que se vuelve a sembrar la semilla en la aridez de la existencia, y es con la ayuda de la fe como se soporta la vejez y se hace más llevadero el tránsito hacia la muerte. Por lo tanto, no es un asunto banal el tener o no tener esa convicción suprema, esa certeza en nuestro corazón. 

Novena, día 7: La confianza

22 sábado Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Julia Solans

Ilustración de Julia Solans.

En un mundo que ha acentuado la competencia y la deslealtad para lograr el éxito, en una sociedad cada más escéptica del vecino, es bueno volver a poner en el centro a la confianza. Por ser ella una especie de esperanza firme en las personas, por considerarla la base de muchas modalidades de relación interpersonal y porque sin ella se arruina el tejido de la sociabilidad y se malogran los vínculos de lo íntimo. Necesitamos que la confianza sea un eje ético a partir del cual podamos abrir nuestro corazón sin temor a ser engañados o abrir las puertas de nuestras casas sin el miedo a ser asaltados en nuestra hospitalidad. Requerimos que la confianza y no la delación sea el soporte de nuestra civilidad, y que confiar sea el modo como recuperamos la fraternidad y el espíritu solidario.

Y para evitar las objeciones de parecer cándidos o ingenuos frente a este cometido, deberíamos proveernos de mucha autoestima y de una fe interior que apacigüe la duda y nos aquiete los prejuicios. Para atrevernos a confiar es indispensable conocernos bien, habernos examinado para saber lo que somos en verdad, y tener la suficiente abundancia de corazón como para que nuestras elecciones no dependan del fluctuar de los demás. Además, si nos atrevemos a confiar es porque las coordenadas de nuestro proyecto vital están bien definidas, y en consecuencia podemos deambular por las peripecias de los afectos ajenos sin que perdamos el rumbo de lo que queremos. 

Es importante recordar que la confianza se conquista: con nuestra prudencia, con nuestras actuaciones, con nuestro cuidado al hablar o con la discreción. Se requiere sabiduría e integridad para que alguien nos considere dignos de confianza, al igual que entereza de espíritu para mantenernos fieles y leales a los acuerdos y los juramentos. Así digamos y proclamemos que somos personas confiables, será nuestro comportamiento cotidiano el que evidencie o testimonie tal afirmación. Porque son los otros los que rubrican tal calidad moral, son las personas más allegadas las que avalan tal certidumbre. La confianza no se presume; nos la reconocen.

¿Y cómo se gana la confianza?, podemos preguntarnos. Seguramente la primera respuesta está asociada a la lealtad o la fidelidad a un compromiso, a una relación, a un proyecto. Al ser firmes en ese empeño, en ese pacto o en esa asociación, iremos ganando más y más confianza. Si con nuestros comportamientos damos prueba de que no defraudamos a los demás, que podemos mantener una adhesión a pesar del paso de los años, o que no abandonamos al amigo o compañero apenas tiene un revés de la fortuna, el resultado será que nos consideren personas confiables. La otra causa proviene de la sinceridad o la franqueza, de la transparencia en el trato. Confiamos en alguien porque no nos dice verdades a medias o anda astutamente en dobles aguas. Es por esa sencillez generosa y por la limpidez en sus afectos que una persona logra inspirar confianza y hacerse depositaria de toda nuestra credulidad.

La confianza se defrauda, se erosiona, se quebranta. Es decir, pierde su consistencia, su fuerza relacional, por muchos motivos. El más frecuente de ellos es la traición: el engaño, la perfidia o la delación ponen en vilo lo que era compacto o resistente; lo que parecía imposible de romper o que poseía la firmeza de las promesas hechas con sangre, muestra su falsedad, su impostura o su inconstancia. Se fractura la confianza cuando divulgamos un secreto puesto en nuestras manos como una sagrada confidencia; cuando pervertimos el sentido hondo de un compromiso amoroso; cuando la astucia y la mentira pueden más que la familiaridad y el cariño.  Otro de los motivos es la falta de honradez. Cuando la ambición o la codicia fisuran o rompen el saco de la confianza es porque nuestra voluntad o nuestros valores son inferiores a la tarea de custodia que nos ha sido encomendada. La falta de probidad o de conducta intachable transforma la confianza en recelo, suspicacia o prevención.   

Ojalá podamos, en nuestras relaciones personales o en nuestro trabajo, ser dignos de confianza. Que las acciones que hagamos, que nuestra discreción o nuestra lealtad nos permitan concitar ese sentimiento de seguridad. Si tal fe logramos provocar, si los demás se sienten tranquilos para ser como son, si hallan en nosotros la suficiente reserva como para hacernos partícipes de su intimidad, habremos logrado ser garantes de los vínculos sociales y ejemplo de que la certidumbre es más provechosa que el miedo o la sospecha.

Novena, día 6: El diálogo

21 viernes Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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JOSÉ LUIS ÁGREDA

Ilustración de José Luis Ágreda.

Es posible que el exceso de rencillas, la exagerada violencia entre parejas o entre los miembros del grupo familiar se deba a que hemos ido perdiendo la costumbre de dialogar, de tratar de acudir a la conversación, como un recurso para expresar nuestras molestias o nuestros desacuerdos. Al no darle a la conversación esa importancia nos hemos quedado con el estallido de las emociones y con el ambiguo significar de los sobreentendidos o los irresponsables prejuicios. Si no abogamos por las bondades del diálogo nos iremos acostumbrando a la agresión alevosa o al aislamiento emponzoñado.

El diálogo se deriva de nuestro gusto por el encuentro, por establecer lazos afectivos, por renovar relaciones. Dialogamos para conocer a otras personas y para afianzar determinados vínculos. El diálogo es una de las claves de nuestra sociabilidad y un medio inigualable para que las desavenencias no prosperen o los malentendidos logren subsanarse. Sin el diálogo, sin la conversación, estaríamos condenados al mutismo de la soledad o al ostracismo de los apátridas; mediante el diálogo desahogamos las penas, pedimos ayuda, nos hacemos copartícipes de experiencias ajenas y construimos un relato capaz de darle sentido a nuestra historia y a la de los demás. Quien tiene por hábito dialogar alberga o guarda menos pesadumbre en el corazón y mantiene abiertos los brazos para lo comunitario.

La conversación presupone que la otra persona con quien nos juntamos la consideremos un interlocutor válido. El diálogo empieza con ese reconocimiento y prospera en la medida en que le damos la oportunidad a otro ser para que nos enriquezca, nos interpele, nos amplíe nuestros horizontes. Conversamos para expandir nuestras fronteras y favorecer la retroalimentación, que sigue siendo la mejor forma de vencer nuestro individualismo ególatra. Al dialogar, el “tú” de los demás entra a formar parte del “yo” hasta tornarse en un “nosotros”. Y son los demás, cuando así los aceptamos e incorporamos en la conversación, los que pueden sacarnos de las cárceles del dogmatismo o la testarudez. Porque somos seres dialógicos sabemos que la polifonía es más provechosa y más fértil que el monólogo.

Pero saber dialogar requiere una gran capacidad de escucha. Se es un buen conversador en la medida en que lo que dicen o comentan los contertulios sea significativo e interesante para nosotros. El diálogo no depende tanto de lo mucho que decimos, sino de la paciente escucha que podemos ofrecerle a otra persona. Porque sin esa atención intensa y empática es muy difícil que se logre traspasar la barrera de la confianza. La escucha es la garantía para que en el diálogo aflore la intimidad, se produzca la confesión y se pueda hacer “catarsis” de los dolores que aquejan el alma. Dialogar, por lo mismo, es una asociación espontánea en la que dos o más personas deciden libremente escucharse entre sí para aliviar las cargas de la existencia, compartir un logro, discutir un tema o solazarse, con un buen vino, en los goces de la lúdica de la palabra.

De todas las bondades del diálogo, la más valiosa o más necesaria es la de ser un medio para evitar o resolver los conflictos. Si tenemos la voluntad de dialogar difícilmente recurriremos a la violencia física o a la agresión denigrante; por el contrario, tenderemos siempre a pasar los desacuerdos por el filtro de la conversación. Procediendo así se disipan las dudas, se atenúan las maquinaciones, se buscan soluciones colegiadas. El diálogo es un fármaco efectivo para contrarrestar la incomprensión y la no siempre fácil lógica de los sentimientos y los afectos. El mutismo o la indiferencia no son buenos consejeros cuando del corazón se trata. Conversar es más provechoso, más sanador y contribuye a que la confianza vuelva a su cauce. Por eso es esencial dialogar a tiempo, no dejar que los resentimientos hagan nido en nuestra alma, atender oportunamente el inicio de la animosidad o el rencor.

En resumidas cuentas, nos hace falta en esta época dialogar más, romper la burbuja del ensimismamiento de las nuevas tecnologías, ofrecer el coloquio cara a cara para celebrar, vivificar las relaciones y sentirnos parte de una colectividad. Es urgente dejar por unas horas la dependencia de los aparatos y revivir la grata reunión con seres de carne y hueso. Tenemos que recuperar la práctica de la tertulia, mantener el rito de compartir un café, o hacer en familia la novena de navidad, como maneras de darle al diálogo su potencial interactivo y contribuir a que el aislamiento de nuestro tiempo no siga propagándose en nuestros hogares.

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