kaizen Luciano Lozano

«Kaizen», Ilustración de Luciano Lozano.

Lo más común, especialmente cuando de alcanzar alguna meta difícil o terminar un proyecto de largo aliento, es confiar en la buena suerte, el azar o la bendición de alguna divinidad. Se espera tener “todo el tiempo disponible”, contar “con todos los recursos necesarios”, poseer el mejor estado de ánimo o ser visitado por la inspiración mágica, fuerza divina capaz de resolver los más altos inconvenientes. Pero todas estas cosas, además de reforzar la falta de voluntad, lo que muestran es un deseo de lograr las cosas de una vez, de renunciar a los procesos saltándose etapas fundamentales, de esperar el acabado de una obra por las manos ajenas de la fortuna.

Los orientales, y para el caso que me interesa, los japoneses, han confiado más en el trabajo continuado, en los hábitos que lubrican las grandes empresas, y en la poderosa herramienta de dedicarle un poco todos los días a los proyectos mayúsculos, así parezca una actividad pequeña o insignificante. El nombre con el que se le conoce es Kaizen, que según los entendidos, puede traducirse como “cambio mejor” o “cambio bueno”. Lo que está en el fondo de tal manera de proceder es la ventaja de ir poco a poco escalando los imponentes acantilados, y no confiarse en los intempestivos cambios enormes, hechos de golpe y de súbita manera. La esencia del kaizen radica, por lo mismo, en la constancia y en mantener en alto la bandera de una iniciativa, sacando un tiempo para no desconectarse de dicha meta. Es esa continuidad la que dota a este modo de proceder en una excelente estrategia para avanzar sin que nos atenace el ánimo la fatiga o terminemos, como sucede la mayoría de las veces, abandonando lo que iniciamos por pereza o desmotivación.

Es apenas natural que lograr este estilo de trabajo implica una capacidad de dedicación a partir de la cual, y sorteando las múltiples actividades, siempre se tenga un espacio o unos minutos para no perder el vínculo con el proyecto que tenemos entre manos. No es cuestión de postergar o “dejar para el otro día”. Y tendremos que luchar contra muchas cosas que se oponen a tal ímpetu: las angustias de la vida cotidiana, las tareas urgentes que terminan por desbordar la cotidianidad y relegar lo importante, el ocio y los medios masivos de información que nos absorben hasta el punto de banalizar nuestra existencia. Se requiere vigor y fidelidad para no dejar caer el proyecto o la iniciativa que lanzamos al futuro. Es esencial tener el carácter o la fuerza de voluntad para poner a raya todas esas demandas que nos distraen o nos alejan de nuestro propósito de todos los días.

El kaizen contiene, en esencia, un sabor de la vetusta sabiduría oriental: “un viaje que dura diez mil leguas empieza por un paso”. Pero, agrega algo a ese primer impulso: se trata de cada día dar un paso más, de mover nuestro ánimo o nuestras acciones para alcanzar el objetivo. Desde luego, hay un plan que orienta esa marcha. Sabemos que un proyecto se inicia así, elaborando un mapa de trabajo, una ruta ligeramente esbozada. No es bueno andar a tientas por el mero impulso o los deseos intempestivos. Entonces, hecho ese plan, lo que sigue es adquirir la constancia, el hábito de avanzar un trecho, así nos parezca diminuto o nada representativo. Es separar un tiempo para ocuparnos del proyecto, para no irlo aplazando o difiriendo. Al actuar de esta manera, lo que era planeación se vuelve ejecución, y lo ejecutado se va evaluando de manera permanente. Si mantenemos una atención constante sobre la obra de nuestro interés seguramente la estaremos rectificando, ajustando o hallándole nuevas vetas de explotación. Tal es el secreto de la mejora continua, tan usada y valorada en el mundo industrial.

Este método de ir por tramos elaborando una gran obra es, en el fondo, un modo de proceder de espíritu artesanal. Ladrillo a ladrillo se fueron construyendo las enormes catedrales, y golpe a golpe sobre el mármol, noche y día, se tallaron memorables esculturas. También los pintores son un ejemplo de esta prolongada pasión poniendo una y otra vez sobre el mismo cuadro pinceladas de color, tratando de revestir poco a poco la blancura del lienzo. Y ni qué decir de los escritores que cada mañana, durante horas intensas de trabajo, producen unos párrafos, al estilo de Flaubert, o se contentan con dejar una página limpia de ripios o libre de cacofonías, como procedía Marguerite Yourcenar o el mismo Gabriel García Márquez. Los artistas, en general, practican, aún sin conocerlo, el kaizen, en tanto mantienen vivo el contacto con la obra en curso. Tal manera de elaboración requiere de ese continuum para no perder el ritmo o el tono. Por eso necesitan absoluta concentración o un hábito de escritura semejante al que poseía Carlos Fuentes o del que hablaba Hemingway. Es decir: todas las mañanas, sentados al frente de su mesa de trabajo, retomaban lo escrito del día anterior y sumaban un poco a lo ya hecho. Durante ese tiempo, releían, apuntaban, tomaban notas, corregían, apostillaban, suprimían, hacían esquemas, y agregaban unas líneas o unas cuantas hojas a su proyecto en curso. El resultado se veía mucho tiempo después: la gruesa novela aparecía como un todo complejo y armonioso. Pero tal cometido sólo era posible, gracias a una labor tesonera de ir línea a línea, noche tras noche, tejiendo tal tejido de palabras.

El peso del método kaizen está en el efecto acumulativo de esas pequeñas acciones cotidianas. Si uno mantiene una mirada vigilante sobre un proyecto, una obra, un propósito, lo más seguro es que logre incrementarlo de manera gradual, paulatina, imperceptible. Por eso, también, son vertebrales en este modo de trabajar el cuidado sobre los detalles, el esmero por atender lo pequeño o aparentemente minúsculo. La calidad no lograría alcanzarse si no se tuviera ese miramiento de lo ínfimo o una especial escrupulosidad sobre los pormenores o las particularidades de un objeto, una iniciativa, una propuesta. Estar alertas sobre la parcela de nuestro interés presupone, al decir de Masaaki Imai, el pionero de esta propuesta, un “celo misionero”, una asiduidad y una perseverancia muy cercanas de la convicción a toda prueba. De allí que sin autodisciplina o sin autorregulación no sería posible practicar este método de mejora continua.

Expuestas así las cosas, a simple vista parece fácil dar ese primer paso y, luego, otro más; sin embargo, esto conlleva a hacer cambios en nuestra manera de pensar y de actuar. Es ahí donde está lo más difícil. Adquirir ese hábito, romper con rutinas ancladas en perder el tiempo o sujetas al vaivén de lo ocasional, es el obstáculo mayor para adquirir este método de trabajo. En consecuencia, y esa parece ser la estrategia del método kaizen, es fundamental empezar modificando mínimas actitudes o adquiriendo lentamente nuevos comportamientos. Los cambios radicales no son los más apropiados ni terminan dando buenos frutos. Hay que proceder de manera sosegada, pero constante; ir con calma, sin caer en la falsa creencia de modificaciones inmediatas. Si se tiene la meta de tener un nuevo hábito se hace indispensable adquirir la incesante paciencia de la gota de agua en su oficio leve de socavar la roca. Es ese el secreto de los deportistas consumados, de los expertos en una disciplina, de los empresarios exitosos y de todos los que podemos llamar artesanos de las ideas. Mediante ejercicios diarios, afinando permanentemente una práctica, haciendo siempre  pequeños ahorros, organizando el tiempo para tener la cita diaria con la propia obra, así es como lo imposible se torna realizable y los proyectos o las iniciativas mayúsculas terminan estando al alcance de nuestras manos.

Referencias

Kaizen. La clave de la ventaja competitiva japonesa, Masaaki Imai, Editorial Patria, México, 2015.

Un pequeño paso puede cambiar tu vida. El método kaizen. Robert Maurer, Ediciones Urano, Barcelona, 2015.