Ilustración de Andrew Judd

Ilustración de Andrew Judd.

Priorizar es una de las condiciones para que nuestra vida no termine a la deriva o al bamboleo de las circunstancias. Saber imponer una jerarquía tanto en asuntos laborales como personales resulta definitivo a la hora de realizar un balance de nuestra existencia. De no hacerlo, terminaremos lamentándonos de asuntos que debieron ocupar un lugar preponderante en un momento de la vida o dejando al garete decisiones que son determinantes para nuestro futuro. Priorizar es, para decirlo enfáticamente, lo que nos permite mantener la brújula, el norte, en un periplo vital y darle enfoque a muchos de nuestros proyectos.

Si uno se acostumbra a priorizar será poco afectable por lo urgente; si existe ese baremo de prioridades, menos tiempo perderá en asuntos baladíes y menos energía gastará en cosas que sabemos de entrada nos alejan de lo esencial. El que prioriza cambia su agenda; elige de mejor manera las personas que lo circundan y toma conciencia del valor del tiempo. En consecuencia, mayor provecho sacará de las eventualidades y será más hondo el calado de sus experiencias. Priorizar, en este sentido, es dejar de andar en el mundo de las generalizaciones y empezar, en serio, a darle foco a las particularidades. Si uno prioriza es porque comprende la brevedad de la vida y el valor de sacarle el mejor jugo a ese pequeño espacio de temporalidad que nos fue dado como un regalo.

Piénsese en la cantidad de tiempo que perdemos dilapidándolo en desvaríos ajenos o engatusados por las lógicas consumistas de la moda o el chisme farandulero. Cuántas horas o días empleamos en husmear vidas ajenas o en propagar, a través de las redes sociales, informaciones insustanciales. O las extensas jornadas utilizadas en no hacer nada, en “pasar el tiempo” yendo de un canal a otro al frente de una pantalla televisiva o de un computador. O esas charlas inútiles con conocidos que tienen como centro el rumor malsano sobre los colegas o las quejas infinitas alrededor de una empresa o una institución. Si uno contara todo ese tiempo descubriría que son meses o años malgastados en función de llenar un hastío o una desidia que impregna hasta el propio corazón.

Pero si uno prioriza se vuelve celoso de sus minutos. Los hace productivos en la medida en que contribuyen a realizar un proyecto, enriquecer una experiencia, cualificar un arte. Este celo sobre las horas y los días hace que, de igual modo, se tenga más cuidado sobre las personas con que nos juntamos o aquellas otras que dejamos entrar a nuestra vida. Porque priorizamos nos volvemos selectivos, y prestamos especial cuidado a esos seres que sabemos nos ayudan a realizar una meta, sortear una dificultad o alcanzar el más querido de nuestros ideales. Así que, ya no nos da igual estar con una u otra persona; por el contrario, preferimos compartir con aquellas que son riqueza para nuestra alma o pábulo para nuestro pensamiento. Son esos seres los que merecen nuestra mayor consideración y a los que entregamos nuestra confianza o el tesoro de nuestra intimidad.

Está visto que si uno no actúa así, si no muestra o defiende sus prioridades, los demás pensarán que pueden disponer de nuestro tiempo o de nuestras manos. Lo peor que le puede pasar a una persona es estar siempre acomodándose a las demandas ajenas, andando en derredor de las vicisitudes ocasionales o asumiendo un gesto complaciente para ser querida o aceptada. Si no se esgrimen las prioridades cualquiera puede disponer de nuestros espacios, de nuestro dinero, de nuestro trabajo. Por eso a las prioridades hay que hacerlas valer, defenderlas a pesar de nuestro miedo o la amenaza de la soledad. Esas prioridades son al fin y al cabo nuestros verdaderos haberes, nuestro capital humano, nuestra reserva afectiva o intelectual.

Desde luego, cuando uno prioriza también renuncia, deja de lado, elige. A diferencia de las actitudes infantiles o adolescentes, en las que se quiere tener todo y estar en todo, la madurez nos va llevando a escoger, a distinguir. El que prioriza sabe o logra diferenciar lo necesario de lo suntuario, lo principal de lo secundario. Y porque hace ese ejercicio de valoración es que puede encauzar sus pasos y sus actuaciones, es que logra dirigir su existencia hacia una misión que lo impele desde el fondo de su alma, o encaminar su voluntad hacia un proyecto largamente esperado. Porque es capaz de rechazar o desechar es que un ser humano se convierte en dueño de su propio destino. No sobra decir que toda escogencia u opción trae consigo el rehusar o repudiar otras cosas o personas. Por eso, es un acto de madurez o al menos de sabiduría vital.

Recordar la importancia de fijar prioridades resulta fundamental en nuestros días cuando el culto a lo masivo y la avalancha de información parecen diluir la obstinación de algunos rebeldes en no sucumbir a la mayoría frívola y cortoplacista. Priorizar es ponerse a salvo de la masificación alienante y homogénea. Es darle un rostro único a ciertas personas; es impregnar de axiología los vínculos sociales; es ejercer nuestra libertad y, con ella, asumir la responsabilidad de haber preferido un camino, una relación o determinado propósito.