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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2018

Cuidar a otro

06 viernes Abr 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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El cuidar a otros nace de un doble movimiento en nuestra conciencia: de un lado, de la valía del prójimo, del hermano, del amigo que sufre o padece alguna pena, la desgracia o la enfermedad. Cuidamos porque el otro congénere nos importa, nos interpela. Y, de otra parte, de la capacidad personal de poder servir, de ayudar o colaborar –solidariamente– a quien sabemos necesita una mano, una palabra, un abrazo fraterno. Así que, cuando hablamos de cuidado es porque movilizamos nuestros sentimientos y nuestras acciones en una doble vía: porque escuchamos al otro y porque al hacerlo salimos de nosotros.

El primer impulso, el de ser sensibles al prójimo, al otro que vemos o sentimos frágil, tiene mucho que ver con la compasión, con la compañía y el apoyo en situaciones desfavorables o realmente dolorosas. El semejante, en esta dimensión, nos interpela de manera significativa. Deja de ser una persona anónima y adquiere un rostro, un nombre; se transforma en un ser con historia. Dicha fragilidad nos cuestiona o nos pone alerta; hace que la despreocupación o la indiferencia se apeen de su pasar de largo y tomen el tiempo necesario para conversar con ese otro ser, para “darle un tiempo” a quien lo necesita. Cuando así procedemos, cuando nos preocupamos por el doliente, el empobrecido, el enfermo, el desafortunado, nos sabemos más que individuos y empezamos a participar de una constitución humana similar. Reconocer el rostro ajeno preocupado, adolorido o lastimado hace que sintamos en nosotros una filiación profunda con esa misma condición. Cuidamos, entonces, porque nos identificamos o participamos de ser profundamente humanos.

El segundo movimiento que motiva el cuidar, afirmábamos, brota precisamente de la urgencia de salir del limitado territorio de sí mismos. Nuestro radio de acción se amplía y va en busca de otras personas que sabemos reclaman una ayuda, un medicamento, una palabra, un abrazo fraterno. Cuidar es una fuerza que nos impele a salir, a caminar, a despojarnos un tanto de nuestras posesiones y de nuestro tiempo. Este desplazamiento conlleva a que rompamos con ciertas rutinas o comodidades para entrar en esa otra zona sensible y delicada de los afectos y sentimientos de las personas sufridas o atrapadas por el infortunio. Al cuidar asumimos que podemos ir más allá de la acción interesada o del cálculo moral de dar algo para recibir otra cosa a cambio; ese cuidar a otro ser transforma la desconfianza en preocupación por el semejante, rompe el tranquilo paraíso de los egoísmos altaneros. El que cuida está afuera o dispone su espíritu para salir al encuentro del menesteroso o desdichado.

Cuando cuidamos tenemos, por lo mismo, la oportunidad de descubrir en nosotros lo que de afectables poseemos como partícipes de una condición humana vulnerable. Renunciamos a mostrarnos como seres todopoderosos, imbatibles, autosuficientes. Al disponernos de esa manera asumimos que los otros completan, añaden, complementan, enriquecen lo que somos o necesitamos ser. El otro nos hace falta en la medida en que reconocemos fronteras o zonas de nuestra personalidad esencialmente endebles, desvalidas; es decir, nos aceptamos como seres sustancialmente necesitados. Porque nos sabemos carentes y expuestos a las privaciones es que solicitamos una ayuda, una voz de aliento, un gesto afectuoso que renueve las fuerzas desfallecidas.

En definitiva, al sacar un tiempo para escuchar con atención al amigo o familiar que está ahogado con sus problemas o sus dolencias interiores; o al mostramos acuciosos para ayudar al que padece un revés de la fortuna o enfrenta un trayecto de la adversidad; o si dentro de nuestras prioridades ponemos en primer orden la llamada a la amiga que padece una dolorosa enfermedad, la visita fraterna al que está soportando el duelo de una pérdida, o la colaboración oportuna al que sabemos radicalmente carente de recursos… cuando todo eso hacemos, la cara anónima de los demás asume un rostro y nuestra palabra, nuestras manos y nuestros brazos hallan otra utilidad diferente al servicio personal. Si cuidamos al otro, en consecuencia, nos desplazamos, salimos de la cápsula de nuestra individualidad, abrimos nuestro corazón para la acogida y la hospitalidad.

No obstante, si bien pareciera fácil dar ese paso hacia el cuidado del otro, lo cierto es que muchas personas no lo logran. A veces por la arrogancia derivada del exceso de bienes o porque siempre se ha gozado de una buena salud o una suerte positiva. Y en otros casos, que son la mayoría, porque hay un miedo interior, un temor a exponerse, a contagiarse de los problemas o las angustias de otro ser humano. Se teme abrir el alma o los brazos porque, al actuar así, ya no tenemos el suficiente control o poder sobre los demás. Ahora es el otro el que nos reclama o nos lanza su llanto o sus desventuras; el que pide socorro o nos invita a entrar a su fisurada historia. Por eso, muchos individuos prefieren tomar distancia o hacerse los desentendidos frente al prójimo doliente. Ese comportamiento es más seguro, menos comprometedor. Lo contrario, y que requiere una buena dosis de valentía en el espíritu, es tomar como bandera la confianza, darle visa a la gratuidad, y extender nuestra piel y nuestras palabras hasta ese otro que sabemos fracturado por las peripecias amargas de la vida. Con ese confiado valor podremos hacer de cada acto de cuidado una ocasión para la ternura, el amor, la protección o la solidaridad.

Como la brisa o el viento inesperado

02 lunes Abr 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Poemas

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Muchacha defendiéndose de Eros

«Muchacha defendiéndose de Eros» de William-Adolphe Bouguereau.

Como la brisa o el viento inesperado

o con sigilo de fiera en fiel acecho,

así llega el amor a nuestro pecho

suave y voraz con su poder callado.

Es una espera tensada como un arco,

una ansiedad total por alcanzar el cielo,

un incendio casual ardiente como el hielo,

un mar llevando a la deriva un barco.

Nadie ha podido asegurar su sino

ni fijar un curso a su luz de cometa;

es un misterio, un lance de adivino,

un alado regalo, una fugaz saeta.

Y a pesar del afán o nuestro desatino,

viene o se va cual mariposa inquieta.

 

Eros y Psique

25 domingo Mar 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Soliloquios

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Eros y Psique Antonio Canova jpg

«Eros y Psique» de Antonio Canova.

Psique: ¿Y por qué no puedo ver tu rostro?, ¿por qué debo aceptar solo palparte en la oscuridad?

Eros: ¿Y por qué es tan importante verme a la luz del sol? ¿Te haría más feliz de lo que eres?

Psique: Creo que sí. Me gustaría no solo adivinarte sino reconocerte en verdad. ¿Eres un hombre, un dios, una bestia?

Eros: ¿No te ha dicho tu corazón lo que soy?, ¿y tus manos y tus labios no han entrevisto mis facciones? Yo aún sin verte conozco el brillo de tu mirada y la grandiosidad de tu sonrisa.

Psique: Sí, yo también te percibo. Pero no sé por qué no puedo estar contigo todo el tiempo; ¿por qué debo conformarme con estos encuentros nocturnos? Odio el amanecer que te aleja de mis brazos.

Eros: Yo siento, en cambio, que sigues en mí, que el día es una eterna noche. No dejo de adorarte, así no te tenga cerca o no pueda oler tu piel.

Psique: A mí, por el contrario, me gustaría compartir esta felicidad con todo el mundo, que estos peñascos, que el viento mismo, los pájaros y los bosques supieran la alegría que me producen tus palabras, tus besos, tu ternura, tus manos cariñosas.

Eros: ¿Para qué?, ¿qué ganarías con ello? ¿Aumentaría lo que sientes?, ¿cambiaría la intensidad de tus sentimientos?

Psique: No sé. Además, ¿por qué mis hermanas no pueden conocerte? Qué bueno sería que mis padres y toda mi familia supieran de ti. Me encantaría decirles a todos que soy infinitamente feliz…

Eros: ¿Lo necesitas en verdad? ¿Tan importante son los demás para rubricar lo que tu cuerpo sabe?

Psique: Es un dilema: cuando llegas, cuando me abrazas, cuando me confundo con tu ser nada importa. Eso parece suficiente. Me colmas, me llenas. Soy como una diosa del Olimpo. Pero apenas te vas, apenas presiento tu partida, todo ese espacio que llenabas se convierte en un hueco, en un vacío que me entristece. Entonces, lo que era plenitud ya no es más que ansiedad, lo que me colmaba se transforma en carencia dolorosa. Ese es mi drama, la tragedia que desde la cuna me anunciaron los dioses. ¿Puedes ayudarme?

Eros: No tengo sino la certeza de lo que siento por ti. Bendigo el día en que con mis propias flechas herí mis manos. Yo que era tu victimario me convertí en tu cuidador.

Psique: A veces creo que lo que me duele son tus constantes ausencias. ¿No puedes quedarte todo el tiempo conmigo, ¿por qué ese afán de huir de mí cuando viene la aurora?

Eros: ¿Y si no te gustara mi rostro a plena luz, ¿si la claridad develara mi monstruosidad? En muchas ocasiones el exceso de resplandor nos enceguece. Mi forma genuina es ésta: aparecer y desaparecer, al menos para tus ojos exteriores, porque si has escuchado mis palabras, siempre estaré ahí, en tu mente, en tus recuerdos, en tu memoria.

Psique: Recordarte es hermoso pero por momentos no es suficiente. Yo creo que mi condición me lleva a tener la certeza total de lo que eres. Me urge que la penumbra se complete con la claridad.

Eros: ¿Te gusta la rotundidad, los absolutos, la perfección?

Psique: Sí.

Eros: Yo, a diferencia de ti, convierto cada instante en toda la eternidad. Y tus recuerdos, en lugar de dolerme, acrecientan mi amor y mi deseo por volver a verte. Entre más me alejo más te añoro, entre más me distancio de tu lado más presente estás en mis pensamientos.

Psique: Quizá eso sea así porque eres un ser alado. He palpado con mis manos la suavidad de tus alas. Al inicio no supe bien qué eran, pero comprendí que son tu protección. Tal vez por eso no necesitas como yo la permanente presencia. Yo soy alguien condenada al temor de la soledad. Tu ausencia es una cárcel así esté en este hermoso palacio.

Eros: Puedes tener razón. Aunque yo pienso que tú, aun teniéndolo todo, siempre encontrarás algo que te falte.

Psique: ¿Eso es un reproche?

Eros: No. Señalo que tus pensamientos son más ambiciosos que tu propia piel.

Psique: Soy mujer…

Eros: ¿Un hijo colmaría ese vacío infinito?

Psique: Es probable.

Eros: Pues has de saber que dentro de ti ya hay una semilla bienhechora.

Psique: Lo sabes, antes que yo, ¡imposible! Pero, si eso es cierto, con mayor razón deberían conocerlo mis hermanas. ¿Cómo privar a los demás de esta futura felicidad?

Eros: Ahora soy yo quien no te entiende. ¿Para qué ese afán de que los otros confirmen tu dicha?

Psique: ¿Pero a ti no te parece necesario compartir toda esta alegría?

Eros: No. Eso es invocar la envidia de los hombres. Cuando los demás perciben un exceso de felicidad en alguien, inmediatamente traman ardides para traerle la tristeza.

Psique: ¿Debo, entonces, conformarme con una felicidad de manera secreta?

Eros: Íntima.

Psique: Pero al actuar así, bien pareciera que estoy haciendo algo prohibido. Es como si me sintiera culpable de mi propia felicidad.

Eros: Piensas de esa manera porque tienes la eternidad como meta. Yo, a diferencia de ti, hago eternas las horas que paso contigo.

Psique: Ahora que lo dices, creo que es verdad. A mí si me importa mucho saber o tener la claridad de los finales.

Eros: Ese es un misterio que ni mi padre puede saberlo. Fíjate en tus hermanas, aunque ya están casadas y gozan de una presunta felicidad, lo cierto es que añoran lo que tú tienes. Por eso no debes escucharlas, ¿para qué dejar indefenso tu corazón a las consejas y los pareceres ajenos?

Psique: ¿A ti no te importa el punto de llegada?

Eros: Quizá lo importante es el mapa… Eso es lo que garantiza el viaje, la aventura…

Psique: Pero el mapa es importante si uno quiere ir a un lugar específico…

Eros: El mapa orienta, pero nunca sabremos bien lo que acaecerá en la travesía.

Psique: No sé…, tal vez yo vivo de imposibles.

Eros: O te privas de lo posible por añorar esos imposibles.

Psique: Así soy, ¿será que esa es mi tragedia?

Eros: Solo los que no se conforman con las imperfecciones que la vida les regala andan en la permanente búsqueda de lo perfecto.

Psique: Según eso, ¿debo conformarme con las pocas horas que nos quedan antes de que el sol te ahuyente de mi lado?

Eros: Conformarse parece poca cosa, si no entendemos la gratuidad de lo que la vida nos ofrece. La diosa fortuna dispensa favores que algunos leen como sus desgracias. Pienso ahora en la suerte que tuve al ser elegido por mi madre para provocarte un castigo. Fíjate, yo que debía ser tu verdugo ahora soy tu cautivo. Entonces, conformarme contigo es saborear la dicha de ese azar bienaventurado. Nunca quise tenerte, pero al recibir ese regalo lo tomo como si fuera otra ambrosía celestial.

Psique: Tus palabras me confunden. Sí, soy feliz, no puedo negarlo, pero el solo pensar en que el alba me quitará tu voz, me llena de infinita tristeza.

Eros: Quieres la claridad y la temes a la vez, ¿te has dado cuenta?

Psique: Tal vez yo sea una contradicción. Pero, ¿aun así te gusto?

Eros: Íntegra, toda. La belleza que veo en ti no necesita claridades; mis sentidos te pintan mejor que mi inteligencia. Aun en esta penumbra, al tocarte, mis manos crean un espejo y puedo contemplarte. ¡Eres hermosa!

Psique: Calla. Cúbreme con tus alas y procura que todas mis dudas caigan en un profundo sueño. Al menos por hoy, has que los minutos que nos restan sean una eterna noche.

Eros: Así sea, mi mariposa. Deja que la ensoñación te permita gozar del milagro de este amor.

Psique: ¡No te vayas!

Eros: Todavía sigo aquí…

Los objetos y sus vínculos

18 domingo Mar 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Eso sí era aluminio

“Eso sí era aluminio. Contramarcado. No producía herrumbre, ni nada”.

Algunos objetos guardados y queridos por mi madre, especialmente de la cocina, me han hecho volver a pensar en el significado de las cosas y de cuán honda resulta su relación con las personas. Los párrafos que siguen son un intento por darle extensión y nombre a ese vínculo.

Un primer aspecto de los objetos es su relación profunda con quien los usa. En las cosas se ven las marcas o la impronta de nuestro gusto, de nuestro carácter, de un “estilo” particular. Ellas adquieren, por decirlo así, la señal de un temperamento o de una forma de ser. Y aunque haya objetos semejantes en el mercado, cada uno de ellos va adquiriendo los rasgos de quien lo posee. Bien sea por su protección o su abandono, bien por el maltrato o el cuidado, los objetos reciben de su poseedor una seña de identidad.

En este mismo sentido, los objetos se convierten en una extensión de las personas. Son la prolongación de una forma de vivir o de una manera de pensar. Ellos hacen las veces de emisarios de un individuo; representan, en cierto sentido, la imagen de una personalidad. Bien sea por el costo, el diseño, la marca, el color o cualquier otro rasgo físico, los objetos logran ser emisarios de seres humanos que tienen o desean tener dichas características. En algunos casos, basta saber que determinados objetos están en un lugar para inferir la presencia de un individuo; son las evidencias mudas de un ausente.

De allí que conservar determinados objetos sea tan importante; por eso también, al cambiar de domicilio, trasteamos esas cosas con nosotros, como si fueran miembros insensibles de nuestra familia. Los llevamos como otra parentela que reclama un lugar, un espacio para cumplir su servicio u ofrecer su presencia estética. Desde luego, esto es así porque esas cosas están untadas de afectividad, de recuerdos, de memoria. Yo conservo, por ejemplo, la navaja con que mi padre me cortó el ombligo cuando nací; y también mi Cartilla Charry en la que aprendí mis primeras letras. Aunque pueden parecer objetos nada costosos económicamente hablando, sí son demasiado valiosos en mi capital personal. Perderlos sería como dejar mutilada una parte de mi propia historia.

La barbera

«De usted, hijo, no pueden decir que fue cortado con la misma tijera».

Es evidente: los objetos tienen una carga simbólica tanto más fuerte cuanto comportan zonas de nuestra sensibilidad, de nuestro mundo emocional. Es esa dimensión afectiva la que cubre a los objetos de una pátina especial, de un sentido “sagrado” que les da el toque diferenciador o adquirir otra fisonomía que bien pudiéramos llamar, siguiendo a Walter Benjamín, un “aura”. Un halo destellante que convierte a la más humilde artesanía en una reliquia de valor incalculable. Mi madre guarda, como un tesoro, la pequeña olleta de aluminio en la que me hacía mis primeros teteros, y conserva intacto el último sombrero Barbisio que usó mi padre, envuelto en una bolsa plástica. La fuerza simbólica de esas cosas está asociada a un relato que las justifica y las enaltece. Tocar esos objetos es, al mismo tiempo, despertar la memoria de quien los conserva. La evocación, entonces, es el brillo de las cosas, lo que las convierte en objetos “fulgurantes”, “únicos”, “invaluables”.

Aunque resulte una obviedad, los objetos se van desgastando como las personas. El polvo, la intemperie, la humedad, el óxido, todo eso corroe su naturaleza, su esencia. Hay polillas y comején, hay herrumbre y pérdida del barniz. El tiempo asedia las cosas hasta volverlas polvo o hacerlas inservibles. El abandono, el descuido, la muerte misma, llevan las cosas al deterioro, la fractura, el destrozo o la desmorona total. Ellas, como los mismos hombres, están expuestas a las vicisitudes de quienes las poseen o sometidas a los accidentes inherentes a la materia. Son afectados por el entorno y por la más peligrosa de todas las herrumbres: el olvido. Pero aun así, y basta mirar lo que sucede con las ruinas o con los anticuarios, los objetos se resisten a sucumbir cabalmente al paso de los siglos. Recuperan o resucitan, mostrando orgullosos esas heridas, enaltecidos de su pérdida de lustre. Los objetos, al convertirse en antigüedades, ofrecen salidas al inexorable corroer de las horas y los días.

Habría que señalar que los objetos industrializados del mundo de hoy, a diferencia de los hechos en décadas anteriores, están hechos para desaparecer, para durar muy poco. Son cosas con fecha de vencimiento próximo. Pareciera que el mensaje subyacente es que no debemos apegarnos a ellas, que están hechas para servir de manera limitada y, después, deben engrosar el basto muladar o el cementerio de las cosas inservibles o pasadas de moda. Por eso, los materiales con que están elaboradas son de baja calidad, deleznables, de consistencia endeble o abiertamente desechables. Su esencia es pasajera y su objetivo satisfacer las necesidades inmediatas. Se parecen mucho a la época a la que pertenecen: encantada por la novedad, efímera, desdeñosa de las tradiciones y las costumbres, empeñada por lo homogéneo y seriado. 

Cierro estas reflexiones sobre los objetos recordando cómo ellos constituyen o hacen parte de la cultura. Son creación, elaboración de la mano y la inteligencia del hombre. Son tan humildes como complejos en su estructura o su diseño; tienen infinidad de usos y responden a las variadas necesidades de los seres humanos a lo largo de su historia. Prestan sus favores a distintos oficios y profesiones; ofrecen bienestar, ayudan a la sobrevivencia, potencian la innovación, multiplican las interrelaciones entre los hombres y los pueblos, permiten una experiencia estética. Muchos de esos objetos los vamos desgastando con el uso, otros nos sirven durante nuestra travesía vital y otros más lograrán pervivirnos. Varios de ellos quedarán como legado y unos más andarán nómadas, de cuarto en cuarto, perdidos de la mano que los cuidó a lo largo de una existencia.  

Carta de la madre ausente

13 martes Mar 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cartas

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Encuentro Remedios Varo

«Encuentro» de Remedios Varo.

Hola, hija mía,

Te extrañará recibir esta carta. Pero no he podido descansar en paz, sabiendo que tu corazón se quedó con aquellas palabras en las que no te perdonaba tu joven embarazo. Lo sé, porque aquí donde habito, en este purgatorio, parte de mi tormento es soñar los sueños que tú sueñas. Te he visto, especialmente en estos meses, buscarme entre esas imágenes fulgurantes que hacen parte del mundo donde resido. Sé también que tus lágrimas forman parte de esa herencia de sufrimiento que te dejé, pero he de confesarte que la sal de tu llanto me quema los pies. Eso es un asunto inexplicable, pero en varias ocasiones he sentido resecas la planta de esas extremidades que, bien lo sabes, cuidaba con sumo esmero. Te pido, te suplico, que no llores. Tu sufrimiento en este espacio se transforma en un fuego invisible, en una centella que abrasa mi piel.

Pero, no es por eso que me he animado a escribirte esta carta. Tú conoces que yo no era muy buena para escribir. Prefería siempre hablar. Esa era la forma como me protegía, la válvula de escape para no romperme por dentro, el recurso para conservar intacto algún pedazo de mi corazón. Así que nunca tuve necesidad de escribir para nada y para nadie. Además, la sangre caliente que corría por mis venas me llevaba de manera veloz a hilar términos, a engarzar palabras que, al unirse, adquirían la dureza o la ponzoña para ocasionar daño o, por lo menos, defenderme de las desgracias que me sitiaban a diario. Eso no tengo que explicártelo, porque mi vida no fue fácil y no tuve la fortuna de sentirme plenamente amada. Sea como fuere, me he sentido en deuda contigo, y he decidido escribirte estas palabras. Son una manera de resarcir el dolor que pudieron ocasionar aquellas otras, las que escuchaste muchas veces de mí, cuando vivíamos allá, en esa casa de un largo zaguán.

Empezaré por pedirte perdón. Sé que esperabas una mayor comprensión de mi parte a tus errores de madre adolescente; sé que a escondidas reclamabas un gesto o un abrazo de solidaridad ante tus fallas juveniles. Perdóname por no poderte ofrecer esa pócima de cariño. Tal vez no sabía cómo hacerlo o creí, con torpeza, que era una manera de prevenirte para futuras acciones semejantes. Reconozco, desde la claridad que ofrece toda retrospectiva, que me faltó valor para abrazarte más, para escucharte, para juntar nuestras almas en un abrazo silencioso. Pero, las dos sabemos que el miedo ha estado atenazándonos la garganta y el abrazo. En todo caso, considero que esta misiva puede ayudarme a decirte que a pesar de mi lejanía o mi dureza verbal, lo cierto es que por dentro mi corazón anhelaba estrecharte para decirte que no estabas sola, que contabas con mi cariño maternal, que aún en ese dramático problema había una esperanza al final del camino. Me faltó valentía para ofrecerte el amor que tanto esperabas. Por eso, te pido que me perdones. Borra de tu mente lo que te dije. Déjame resarcir mediante estos signos muertos las ofensas que te lancé cuando estaba viva. Concédeme entrar a tu alma para sanar esas heridas; deja que mis cuidados de madre, que poco ofrecí cuando estaba contigo, en este tiempo sean mi ocupación predilecta. Sí, hija, perdóname. Permíteme acariciarte el cabello, pasar mis manos invisibles por tu frente y así disipar las culpas y las tristezas que siguen oscureciendo tus pensamientos.

También deseo que entiendas que no vale la pena seguir cargando con esos recuerdos tristes. Has de saber que en este territorio, como bien lo han entrevisto los poetas, son únicamente los recuerdos felices los que nos permiten ver un poco de luz del ansiado paraíso; los otros recuerdos, nos halan hacia abajo, hacia las sombras más negras; nos lastran el espíritu. Por eso es mejor que te deshagas de esas afrentas o esa maldición que alguna vez lancé a tu cara. Ayúdame con recuerdos alegres, amorosos; concédeme la dicha de que tu mente tenga una imagen agradable y placentera de mí. No sabes cuánto alivio produciría ese acto. Te sugiero que busques una fotografía mía en la que esté sonriendo o que transpire felicidad; elige una foto de las que más te gusten y mándala ampliar. Ponla, te lo solicito, en un lugar visible donde vives y deja que ella haga lo que no pude hacer yo cuando vivía. He aprendido en esta tierra medianera que los muertos hablamos mejor a través de las imágenes. Entonces, cuando me mires, cuando veas esa foto, sabrás que te estoy acompañando, que no hay quejas ni reclamos, que sólo está mi mirada comprensiva y el gesto rotundo de mi amor por ti. Anhelo llegar a tener ese lugar privilegiado en tu cuarto y en tu corazón.

No quisiera terminar esta carta sin contarte otro secreto de mi alma. Siempre te admiré. No te lo dije nunca. Eso también lastima mi conciencia. Pero me sentía, en secreto, orgullosa de tu lucha, de tu tenacidad en medio del abandono, de tus pocas fuerzas en medio de la tormenta. Y admiré tu terquedad, tu voluntariosa manera de enfrentar la adversidad con tan pocos recursos. Todos sabíamos que tú eras la mejor guerrera de la familia y por eso la vida o las circunstancias te ponían las pruebas más duras. Lamento no habértelo dicho, pero esa valentía ponía a prueba mi carácter. Te cuento esto ahora porque sin esa tenacidad, sin ese empeño que ya traías desde pequeña, sé que no lograré una paz en mi conciencia. Ayúdame, hija mía. Socórreme para salir de este purgatorio; préstame tus manos para descorrer la ventana del pasado y gozar de la luz que se esconde allá arriba. Haz que tu perdón sea la salida a esta repetida letanía de arrepentimientos y confesiones acalladas. Sálvame, mi niña, te lo ruego, concédeme mirar la sonrisa festiva de tu rostro. En tu felicidad está el secreto de mi propia salvación.

Te beso desde mi cercana lejanía…

 

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