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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2018

Novena, día 5: El reconocimiento

20 jueves Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Joao Fazenda

Ilustración de João Fazenda.

Las épocas de cierre laboral o de fin de año, la gratitud que circula como viento dadivoso en la época navideña, el anhelo de ofrecer felicidad y bienaventuranza a manos llenas, todo ello debe llevarnos a reflexionar sobre la relevancia del reconocimiento y su trascendencia para los seres humanos. Ponernos en esa actitud de agradecimiento o retribución a los que nos sirven, con quienes trabajamos o comparten día a día nuestra existencia, es una bella manera de enaltecerlos y dignificar su contribución o su apoyo amoroso a nuestras metas más queridas.

El reconocimiento nace de hacer un balance sobre las personas que a diario nos acompañan o de esas otras que, hombro a hombro, dan forma a una familia o ponen el plato de alimento caliente en nuestra mesa. Ese ajuste de cuentas, que por la costumbre o la cercanía dejamos de efectuar con frecuencia, es el que nos lleva a ofrecer palabras de elogio o a simbolizar en un regalo nuestra retribución por los favores recibidos, por la compañía incondicional, por la certeza de una presencia. Dichas exaltaciones dicen de nosotros que estamos en deuda con esas personas y que necesitamos rubricar con gestos su valía en nuestra existencia. Al reconocerlas ponderamos su esencial contribución a nuestro proyecto vital o la incidencia que tienen en nuestros logros.

Por eso son tan esenciales los ritos: ellos ayudan a que el reconocimiento tenga una mayor trascendencia, que despliegue cierto aroma sagrado a partir del cual lo más cotidiano o banal adquiera el tinte de lo significativo o digno de grandeza. Y aunque esos rituales sean llevados a cabo en la mesa familiar o en los recintos más humildes, a pesar de no contener en sí mismos cuantiosas sumas de dinero, son poderosos porque muestran nuestra preocupación para que la otra persona se sienta importante y sea atendida como bien lo merece. Los ritos de reconocimiento hacen que lo sencillo, el detalle más insignificante, adquiera una relevancia mayúscula, tanto como para anclarse en forma de recordación y crear en el espíritu de los reconocidos una alegría por la tarea cumplida o el vínculo establecido.

Reconocer es ponerle a la cara anónima un rostro personal y único. Quien así procede es porque no vive o convive con seres desconocidos o indeterminados. Por el contrario, se esfuerza por reconocer en cada quien lo que tiene de singular. Por momentos, reconocer es evocar a una persona y conservarla viva en nuestra memoria; en otros casos, el reconocimiento consiste en buscar a alguien específico para darle un abrazo, hacerle una llamada, invitarlo a una comida. Las personas que proclaman y ofrecen reconocimiento poco hablan de clientes o de estadísticas impersonales; están más bien inclinadas a propiciar el diálogo fraterno, la visita renovadora de las relaciones interpersonales, la poderosa fuerza del encuentro.  Cuando se reconoce al semejante la historia personal substituye a los guarismos abstractos.

Reconocer a los más cercanos es lo más difícil. Bien sea porque nos habituamos a sus mimos y cuidados o porque de tanto contar con su presencia terminamos por pasarla inadvertida. Esa parece ser la paradoja en la que se mueve el reconocimiento: si está muy cerca el ser que nos importa y nos sirve denodadamente, nos parece que no necesita tal estímulo afectivo; pero si ya no está con nosotros, si su muerte o su lejanía nos interpela, entonces sí parece digno de nuestros elogios y de muestras de gratitud. Tal vez deberíamos cambiar la perspectiva y no esperar a que la ausencia de determinados seres nos revele lo que ya sabemos: que gracias a ellos nuestra existencia es menos dura y la soledad más llevadera, que por ellos nos hemos recuperado con prontitud de una enfermedad, que sin ellos buena parte de nuestras metas habrían quedado a medio camino.

A veces el orgullo o la soberbia, cuando no la ingratitud altanera, son los causantes de nuestra falta de reconocimiento a los demás. Pensamos que realzar o encomiar al amigo, al ser querido, al trabajador o colaborador, nos hace dependientes o nos subordina el espíritu. Equivocadamente creemos que “no debemos deberle nada a nadie” o que nuestra estima se rebaja si nos mostramos humildes o agradecidos. Nos falta sutileza moral para entender que los actos o expresiones de reconocimiento brotan de la grandeza de espíritu y no de la pequeñez de nuestros egoísmos o la tacañería de nuestros afectos. Reconocemos a otros porque tenemos amplitud de corazón, porque nos sabemos necesitados, y porque vemos a las personas no como fichas utilitarias sino como aliados insustituibles.

No perdamos, entonces, la oportunidad de reconocer a los que más nos sirven o nos entregan cotidianamente su amor, no nos cansemos de reiterarles nuestro aprecio y gratitud. Convirtamos ese reconocer en un mensaje de paz y concordia decembrina.

Novena, día 4: La sinceridad

19 miércoles Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Javier Jubera García

Ilustración de Javier Jubera García.

En un contexto en el que abunda el encubrimiento, la trampa y la mentira campea por doquier, mostrarnos sinceros es una tarea de primer orden de nuestro carácter y una garantía para la permanencia en el trato con las personas. Si nos comportamos de esa manera, si hay franqueza en nuestro decir y autenticidad en nuestro actuar, en mucho ayudaremos a destronar el imperio de la hipocresía y la artificialidad que nos ronda como una atmósfera asfixiante.

La sinceridad empieza por no perder nuestra espontaneidad; en asumir tranquilamente, con naturalidad, un pasado, un origen, unas marcas de identidad que se traducen en un modo de hablar o de pensar. Si nos libramos del esclavismo del “qué dirán”, si no falsificamos nuestra esencia por la apariencia y la vanagloria, seguramente seremos más felices y haremos más plenos a otros. Si somos espontáneos en la manifestación de nuestros afectos, si menos elucubramos la expresión de nuestros sentimientos, tendremos un mejor escenario para hallar el amor, mantener una amistad o consolidar los lazos de confianza entre familiares o  con colegas de trabajo. Cuando los demás perciben nuestra sinceridad abren una vía para la lealtad y lo fraterno, para el abrazo abierto y la mano sincera.

Al actuar de otra manera, al construirnos una personalidad artificial; al elaborar sofisticados montajes sobre lo que no somos, o aparentar lo que no tenemos, terminamos desfigurando nuestro ser, lo vamos diluyendo en una gelatinosa figura tan poco confiable como carente de certidumbres. La falta de sinceridad nos va llevando al autoengaño, a volvernos solapados y a tener lo postizo como moneda de trato cotidiano. Lo engañoso y disfrazado, la mascarada,  termina por imponérsenos como el propio rostro. Olvidamos la gran lección de Rubén Darío, el poeta nicaragüense, quien nos había dicho que “ser sinceros es ser potentes” y que “de desnuda que está, brilla la estrella”.

Por supuesto, la sinceridad y la verdad van de la mano. Es muy difícil ser sinceros cuando detrás de nosotros no tenemos sino la sombra de la mentira. Pero no es únicamente la veracidad la que avala el ser sinceros, también están la honradez y la rectitud. Esas otras virtudes, o esos otros valores, son los que respaldan un actuar leal y abierto, franco y cordial. Porque no hay nada de qué avergonzarse, porque se tiene la conciencia limpia, se puede ser sincero y manifestarse sin hipocresía alguna. Aquí es oportuno decir que la sinceridad impone un cuidado sobre el itinerario de nuestra historia personal, una vigilancia sobre nuestra vida privada y, especialmente, sobre nuestra vida pública. Si ese recorrido vital es íntegro, si hemos logrado, como dicen los filósofos, llevar una “vida buena”, podremos obtener el derecho a ser sinceros, tendremos la autoridad moral para manifestarnos sin eufemismos y con verdad.

De otra parte, la sinceridad nos impone una valentía o una fuerza interior capaz de sobrepasar los miedos o las angustias de expresar lo que pensamos o sentimos. No es aconsejable callarse lo que a todas luces fractura nuestra alma o nos apesadumbra el espíritu. Por eso, para ser sinceros se necesita vigor en el corazón, decisión y coraje en la voluntad para no “atragantarse” o soportar con hondo rencor lo que nos ofende, humilla o mortifica. Declarar, decir, confesar, descargar con sinceridad la culpa o la afrenta que nos quita el sueño o descompone nuestras vísceras es una forma de “mayoría de edad” de nuestras emociones. Lo peor es –por cobardía o pusilanimidad– hacer como si nada, dejar que las cosas sigan su “curso normal”, fustigar la fiera herida del resentimiento. Si hay coraje íntimo, la sinceridad apacigua los odios y el resquemor que lleva a la desconfianza.

Es probable que al actuar con sinceridad se nos diga que somos ingenuos o que nos falta suspicacia para adivinar el maquiavelismo del prójimo. O que nos tilden de cándidos por no prever los efectos nefastos de los marrulleros y taimados. O que nos censuren por querer agrandar los problemas y sacar a la luz lo que debería permanecer encubierto. Todo eso es posible. Pero aun así, a pesar de tales críticas, la sinceridad nos debe permitir ser genuinos, mantenernos sencillos, abrir con claridad las ventanas de lo que somos. Mejor ser y proceder de esa manera, que deambular como fingidores o farsantes en el teatro brumoso de la falsedad.

Novena, día 3: El respeto

18 martes Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Miramiento a nuestros mayores

Todo lo que hagamos por reivindicar o destacar el valor del respeto es fundamental para la sana convivencia y el fluir de las relaciones humanas. Sin ese lubricante se atascan los vínculos, se dificulta la vida en pareja y en familia y se está siempre abocado al conflicto o la agresión interpersonal. El respeto es la base de la interacción entre personas y uno de los pilares fundamentales para construir comunidad. Por ello es significativo ponerlo como un propósito de actuación pacífica y como un emblema de los tiempos de fraternidad navideña. 

Aprender a respetar a nuestros padres es el primer mandato de la crianza genuina. Gracias a tal consigna las nuevas generaciones tienen un lazo con la tradición y se permiten una continuidad con sus descendientes. Respetar a los progenitores, resulta esencial si queremos que el legado moral del pasado no se haga trizas o se desvanezca entre la insolencia y el desacato. El respeto parte de la consideración a los que nos dieron la vida, a los que formaron nuestra primera salvaguarda para nuestra endeble existencia y a los que nos prodigaron un techo y un alimento. No podemos ser groseros o irreverentes ante esos brazos y esas manos amorosas, y menos cuando han permanecido ofreciéndonos cuidado y apoyo a lo largo de muchos años.

Este imperativo del respeto se hace extensivo a nuestros mayores. Los abuelos, los más viejos del clan familiar, son otros depositarios de nuestra deferencia y nuestra atención. Si somos amables y considerados con ellos, si observamos ciertos modales de cuidado y escuchamos sus palabras, muy seguramente honraremos y enalteceremos su valía como personas. Porque seguimos admirando y dignificando la presencia de nuestros mayores es que les debemos gratitud y solicitamos sus consejos sabios o su voz orientadora. Respetar a los ancianos de la tribu es reconocer que nuestra verdadera fuerza está en las raíces que nos soportan y en el legado cultural tejido a lo largo de muchas estirpes.

Pero el respeto no solo abarca al núcleo familiar; cobija de igual modo a los demás, llámense vecinos, semejantes o personas de nuestra comunidad. Respetar a las otras personas es uno de los principios de la buena ciudadanía. Es respeto tiene que ver con la zona sagrada de su intimidad, con sus credos o sus preferencias sexuales, con sus inclinaciones, sus gustos o sus particulares maneras de entender la vida. Si somos respetuosos, en consecuencia, somos más tolerantes y grandes defensores de las minorías. El respeto nos hace proclives a entender el pluralismo, la divergencia, los matices y el abanico de las diferencias. Por tener enarbolado en nuestro espíritu el respeto somos más incluyentes, menos fanáticos y altamente participativos.       

Pero ese imperativo del respeto no cubre solo a los individuos, también incluye los pactos, las leyes, los acuerdos sociales. Si somos respetuosos de las normas tendremos menos conflictos y podremos facilitar la convivencia; si no buscamos profanar o desobedecer los preceptos que garantizan un orden dentro de la vida en común, mayor será nuestra confianza en nuestros gobernantes; si acatamos las observancias con las que la vida cotidiana nos regula, disminuirán los motivos de conflicto o los conatos de violencia que tanta sangría provocan en transeúntes y paseantes citadinos. Respetar las normas o los mínimos códigos de lo público es la garantía para que nuestro propio mundo sea respetado por los demás.    

Desde luego, el respeto a los otros no puede darse sin el respeto a nosotros mismos. Al sentirnos dignos, valiosos, cabales, nos debemos un miramiento y un aprecio especial. Por querernos y tener una alta autoestima no nos denigramos ni nos sometemos a la humillación condescendiente. Por sabernos más que un cuerpo finito es que nos llenamos de espíritu trascendente y voluntad alada, y por eso somos respetuosos de los ideales y los sueños imposibles. Sin el respeto a nosotros mismos, sin ese cultivo de sí, sería imposible considerarnos dignos de ser amados o necesarios e importantes para nuestros congéneres.

Resulta oportuno en este tiempo, al menos como una ofrenda decembrina, procurar el respeto con nuestros gestos y nuestras palabras. Que merme la grosería entre parejas o familiares, que no agobiemos al vecino con nuestros escándalos, que reverenciemos cariñosamente a nuestros ancianos, que no desperdiciemos nuestra vida en acciones denigrantes o conduzcamos nuestro ser a relaciones vergonzosas.   

Novena, día 2: La caridad

17 lunes Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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San Juan de Dios salvando a los enfermos

«San Juan de Dios salvando a los enfermos del incendio del Hospital Real», pintura de Manuel Gómez-Moreno González.

A la par de las festividades y el ambiente de jolgorio, de la alegría y el deseo por vacacionar, sería conveniente y necesario tomarnos un tiempo para ser caritativos. Albergar en nuestro corazón el deseo de compartir un pan, de acompañar al solitario o al postrado por la enfermedad es una de las tareas esenciales de las fiestas navideñas. Que las luces del regocijo o los excesos de la parranda no nos hagan sordos para sentir y reflexionar sobre el dolor o el sufrimiento ajeno.

El primer mandato de la caridad es de orden sensible: que podamos compadecernos ante los menos favorecidos, que los anónimos seres mendicantes tengan rostro, que nos interpele el anciano o el niño abandonado. Se es caritativo, en un primer nivel de afectación, cuando sentimos el clamor del prójimo, del vecino, del colega. Cuando el otro, en sentido profundo, no nos es indiferente. Esta sensibilidad social se transforma en solidaridad, en asistencia, en protección o defensa de los empobrecidos, de los alicaídos, de los maltrechos por la desgracia o por el paso de los años.

Qué sencillo es ser caritativo con los enfermos, por ejemplo. Visitarlos, estar con ellos, ofrecerles nuestro abrazo o nuestras palabras para mitigar un tanto su pena. Llevarles el regalo de nuestra presencia y nuestra escucha, ofrecerles el consuelo fraterno y la siempre necesaria esperanza. Si procedemos así es porque comprendemos el lado frágil de lo humano, lo deleznable de nuestra condición, el súbito trabajo del corroer del tiempo, como decía el poeta Eduardo Cote Lamus. Esta forma de ser caritativos tiene mucho que ver con nuestro talante humanitario, con nuestra capacidad para no abandonar al desvalido, con nuestro compromiso, como seres comunitarios, de cuidar a los débiles de cuerpo y alma.

O llevar un poco de alegría a los ancianos, participarles algún alimento o una prenda que caliente sus huesos. La caridad, en estos casos, demanda desposesión. Porque no se trata de regalar lo que ya no usamos o de despojarnos de las vejeces que no sabemos dónde ponerlas. La caridad nos impone un mandato de dignificación: el otro no puede merecer nuestros desechos. Por el contrario, si en verdad somos caritativos es porque podemos despojarnos de algunos de nuestros bienes para compartirlos, para prodigar felicidad a otras personas que no tienen con nosotros ningún lazo de sangre o ningún vínculo interesado. Aquí la caridad se emparenta con la filantropía y el desapego. Si podemos ofrecer alimento y cobijo, si contribuimos a que los viejos no sean tratados como residuos improductivos o trastos inútiles, nuestra caridad será como una cena esplendorosa en la que brillen lo inesperado, la generosidad y lo gratuito.

A pesar de que nuestras arcas no estén rebosantes, más allá de que el dinero nos sobre, es bueno albergar en nuestro pecho el sentido de la donación, el impulso por contribuir a causas sociales que merecen todo nuestro respaldo. Hay tantos desplazados, tantas criaturas abandonadas, tantos desamparados que no podemos apretar nuestros puños como avaros indiferentes. Ser caritativos es aprender a compartir, a mermar el atesoramiento egoísta, a poner un puesto de más en nuestra mesa. Las donaciones hacen parte del simbolismo del regalo, pero con una variante: ya no es el obsequio personal por un motivo específico, sino que se trata de una ofrenda anónima para una causa común. Quizá este tipo de caridad sea de los más profundos, porque consiste en producir bienestar a otros sin esperar retribución ninguna.

De otra parte, sería bueno manifestar nuestra caridad mediante cualquier forma de voluntariado. Poner nuestros conocimientos, nuestra experiencia o nuestro trabajo al servicio de causas sociales, de protección civil o de ayuda con los excluidos, marginados o incapacitados es un modo efectivo de cooperar para solucionar en algo los problemas vitales de nuestros semejantes. Cuando actuamos como voluntarios nuestra caridad se transforma en participación ciudadana, en una fuerza colectiva que rebasa las obligaciones de la beneficencia estatal.  

O podríamos también hospedar al peregrino, que es una de las más antiguas maneras de mostrar caridad.  En este caso, al albergar al “extranjero”, al abrirle un espacio dentro de nuestra casa, lo que hacemos es ampliar las fronteras de nuestra parentela familiar, extender los vínculos humanos hacia la fraternidad universal. Hospedar a otro, llámese vecino o invitado, es un acto profundo de confianza, de poner a raya nuestra prevención o nuestros recelos infundados. La hospitalidad es acogida, resguardo para el visitante, asilo al perseguido. Al ser hospitalarios nos convertimos en guardianes y defensores de la dignidad de los demás.

Dejemos, entonces, que el espíritu de la caridad llegue a nuestras casas y se instale en nuestros corazones. Mostrémonos compasivos con los que padecen cualquier tipo de encierro, benevolentes con los culpables, solícitos con los hambrientos o sedientos, generosos con los que por alguna razón han sido o se sienten abandonados. Que nuestra caridad sea el mejor regalo con nuestros semejantes, el aguinaldo amable brotado de nuestro pecho solidario.

Novena, día 1: La comprensión

16 domingo Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Rafa Alvarez

Ilustración de Rafa Álvarez.

Debería ser un propósito en muchas de nuestras relaciones interpersonales el tratar de comprender a los demás. Detenernos para analizar o entender por qué las personas con las que vivimos o trabajamos hablan o actúan de una determinada manera, antes de juzgarlas o favorecer el nacimiento o prolongación de un conflicto, una desavenencia o una enemistad. Quizá tendríamos que poner esa consigna al lado de las peticiones al árbol de navidad o entre nuestros empeños del año que comienza.

Comprender a otro ser humano requiere disposición y voluntad. Disposición para albergar en nuestra alma y en nuestra mente a otro ser humano con sus particularidades, su temperamento, sus ideas y convicciones. Es decir, permitir que seres diferentes entren a nuestras fronteras sin que por ello nos sintamos amenazados o débiles. La disposición es un acto profundo de buscar empatía, de tejer vínculos, de percibir en el semejante una hermandad de espíritu. Porque nos reconocemos en el otro, llámese familiar, colega o amigo, es que estamos dispuestos a tratar de comprenderlo. Digamos que por más extraño o diferente que sea, siempre habrá algunos rasgos comunes a partir de los cuales es posible desplegar el afecto, la confianza o determinado tipo de vínculo social.

Lo segundo, decíamos, es la voluntad. Porque para comprender a otra persona se requiere el esfuerzo de nuestro entendimiento, de nuestras emociones, si queremos domeñar la inmediatez de lo que no nos gusta o a simple vista nos parece detestable. Sin voluntad de comprensión, sin esa fuerza de nuestro carácter, el prójimo será siempre visto como una amenaza o como algo que merece nuestra repulsión o nuestro vituperio. Comprender es, entonces, una meta que demanda esfuerzo moral. Presupone tiempo y una concentración de nuestra atención para percibir las minucias, los matices, los detalles con que otros individuos se comportan o expresan sus sentimientos. Al darle a nuestra voluntad ese norte, muy seguramente descubriremos que las personas actúan así por una causa razonable o tienen motivos justificados, inadvertidos si solo los miramos desde el juicio apresurado.

Pero, además de eso, la comprensión presupone un resguardar la agresión, la ofensa o la descortesía. Quien busca comprender procura por todos los medios dejar a un lado el sarcasmo, la ironía burlona o el comentario venenoso. La comprensión nos impone dejar de ser groseros con el semejante, nos obliga a pensar muy bien lo que vamos a decir o replicar. En este sentido, la comprensión es un ejercicio del cuidado de la palabra y de los gestos denigrantes. Si uno ansía comprender a otro ser humano menos serán sus injurias, reducidas serán sus habladurías y nulas las difamaciones sobre dicha persona. La comprensión pone límites a la lengua y nos obliga a tener prudencia, a desarrollar el tacto para guardar silencio o la amabilidad suficiente ante situaciones hostiles.

Existen demasiados motivos o causas que nos llevan a comprender el comportamiento de otra persona. A veces son las marcas de crianza o de ambiente, la misma educación que ha tenido, las peripecias por las que ha pasado, las marcas que la vida le ha impuesto en cada una de sus experiencias, el conjunto de ideas que rigen su existencia, su credo religioso o sus convicciones políticas… todo eso confluye y configura una personalidad. Y es tan variado ese capital cultural, tiene tantas tonalidades, que es muy difícil comprender a alguien en unos minutos o en contados días. Hay que convivir, dejarse habitar, compartir un camino, para conocer un poco a otra persona y entender su fisonomía íntima, la cartografía que lo funda y lo define.

De allí que sea tan importante para comprender a alguien darle cabida a la escucha. Sin esa actitud, la comprensión es imposible. Escuchar es darle importancia al otro, dignificar su historia, considerar valiosa su presencia en nuestro mundo. La escucha empática, esa que nos permite atravesar las vallas de lo público, es una de las acciones que más contribuye a que nuestros prejuicios o nuestros miedos dejen de ser infundados y podamos entrar en relación con otros de manera más espontánea y en franca concordia. La escucha, por lo mismo, acrecienta la comprensión y contribuye de manera rotunda a enriquecer nuestra sabiduría.

Roguemos para que cada día aumente el caudal de nuestra comprensión sobre los seres que nos rodean, insistamos en anteponer la lentitud de la comprensión a la rapidez de nuestros odios, esforcémonos para hallar en las personas diferentes a nosotros un motivo de enriquecimiento y no una causa para empobrecernos con nuestra intransigencia.   

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