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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2018

«No es solo lo que dices, sino el modo como lo dices»

18 lunes Jun 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Conferencias

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Ilustración de Peter Rothmeier Ravn

Ilustración de Peter Rothmeier Ravn.

1. Recuerde que una cosa es la comunicación y otra, bien distinta, la información. La comunicación es más que el mensaje escueto que decimos o enunciamos; la comunicación compromete nuestros sentimientos y nuestras emociones. La información es inmediata; pero la comunicación requiere de tiempos, momentos, espacios y palabras adecuadas. La información cuando es tocada por la comunicación sufre transformaciones, adaptaciones, matices, cambios en su estructura o en su entonación. La información pretende ser neutra e igual para todos; en cambio la comunicación es interesada y busca llegar a cada receptor según su edad, género, condición social, nivel de educación y espacio donde habita.

2. Tenga presente que no sólo comunicamos con nuestras palabras, también entran en juego nuestro cuerpo y nuestra postura, nuestros ademanes y nuestro tono de voz. La comunicación no verbal sazona, merma, aumenta o contradice los mensajes que decimos a otros. Por eso es tan importante entender el papel de nuestra mirada o nuestras manos cuando establecemos relaciones interpersonales o de grupo. El cuerpo es el vehículo de la comunicación; el cuerpo es la energía de la comunicación.

3. Pase lo que pase en sus relaciones personales, de negocios o de trabajo, no olvide que la comunicación es un proceso. Hay que insistir muchas veces en nuestro receptor para que un mensaje sea captado o comprendido en plenitud. Las personas tendemos a “editar” o recortar los mensajes que recibimos bien sea porque nos afectan positiva o negativamente o porque se juntan o chocan con nuestros intereses. Debido a que percibimos la vida y el mundo de manera diferente (hay credos, ideologías, filiaciones políticas), en esa medida pasamos por diversos cedazos los mensajes que nos llegan. No hay que desesperarse si en un primer momento aquello que deseamos comunicar no es asimilado, o si es captado de manera diferente a la intención que buscábamos.

4. No es efectivo, cuando tratamos de comunicarnos con otra persona, suponer que aquélla ya ha entendido porque le decimos o enviamos un mensaje. Siempre es recomendable pedirle retroalimentación o solicitarle que nos diga, en sus propias palabras, lo que ha comprendido. Muchas de las fallas de comunicación (en la pareja, en la familia, en el trabajo) nacen de los sobreentendidos, de lo dado por hecho. Tampoco es bueno, por miedo o timidez, dejar que un diálogo o una conferencia sigan su curso cuando hay palabras o mensajes que no entendemos. No dude en preguntar, interrumpir o pedir explicaciones. Para que la comunicación se dé de manera eficaz requiere que las partes involucradas se asuman como protagonistas, como actores vivos de un diálogo.

5.  Evite en lo posible ser agresivo con sus mensajes. Cuando se comunique, procure por todos los medios, no ofender o herir con sus palabras. Los seres humanos somos muy sensibles al tono, al tipo de palabras empleadas, al momento en que otro nos dice alguna cosa, a la situación en que se nos informa de algo. Piense lo que va a decir; busque los términos más adecuados; sopese el impacto que puede tener su mensaje. Intente ser asertivo; es decir, acepte a los demás y tenga la firmeza para expresar lo que siente o desea. Aprenda a decir “no” cuando sea necesario y reconozca en los demás sus logros o sus aciertos. No intente avasallar; tampoco se muestre en su conversación como alguien intransigente. Si las razones o los argumentos de otras personas son mejores que los suyos, acéptelos.

6.  Aumente cada día su léxico, su capital cultural. Vuelva la lectura un hábito. Sáquele un tiempo, así sea reducido, a frecuentar un libro de relatos o de poesía. Recuerde que los buenos conversadores, los buenos oradores, tienen una variedad de términos. Tenga a la mano un diccionario y léalo no sólo para buscar términos que desconoce, sino como una forma de viajar por el amplio territorio de nuestro lenguaje. La lectura frecuente de buena literatura ayuda a darle flexibilidad y riqueza a nuestro pensamiento; nos dota de un repertorio de ejemplos; nos hace más incisivos y más precisos en los mensajes que emitimos.

7.  Por ser la comunicación una tarea de largo aliento; por usar una materia tan ambigua como las mismas palabras, aprenda a pedir perdón o a corregir oportunamente alguna omisión o falta en sus mensajes. No crea que pierde autoridad o dominio. Todo lo contrario: los buenos comunicadores están conscientes de sus errores y pueden pasar de manera rápida a pedir disculpas o a precisar de mejor manera algo que por el afán o la falta de tacto generó en nuestro interlocutor molestia o desagrado. Tenga presente que el malentendido siempre está como telón de fondo cuando tratamos de comunicarnos.

8.  Si va a usar alguna ayuda audiovisual recuerde que cada medio de comunicación tiene su función más adecuada. Ni todo se puede resolver con un power point y un videobeam, ni todo se reduce a una presentación oral. El secreto es combinar diversos medios (orales, escriturales, audiovisuales, de interacción), pero dependiendo del tipo de interlocutores o de auditorio. Antes de utilizar un medio de comunicación o ayuda audiovisual pregúntese primero quién es su público, quiénes y cuántos son a los que les va a hablar. A veces es más efectiva una simple cartelera que una larga exposición con infinitas diapositivas. De igual manera, tenga presente este otro consejo: utilice el medio de comunicación que más conozca o con el que se sienta más cómodo. Eso genera confianza en quien lo escucha.

9. Fíjese con cuidado en las estrategias y técnicas que usan comunicadores de prestigio o que tienen influencia en su entorno o su comunidad. Analice cada detalle y mire el impacto que producen en el público o las personas que lo escuchan. Percátese de las palabras que emplean, de la postura que asumen, de las ayudas de utilizan. Observe las pausas en el discurso, los ejemplos de que se valen, la dosificación del tiempo. Estudie esos comunicadores con mucho detalle. Trate de imitar esas técnicas, poniéndoles su toque personal. Y si quiere complementar este aprendizaje de los expertos, busque en la librería o en una biblioteca algún libro sobre técnicas de comunicación interpersonal.

10. Y por supuesto, practique y ejercítese constantemente en sus tareas comunicativas. En estos asuntos, como en otros, la práctica va puliendo y mejorando lo que en un primer momento sale torpe o a medio hacer. No espere que en la primera vez su comunicación sea exitosa o de alto impacto. Por eso, es importante que evalúe cualquier actividad de comunicación que haga. Deje un tiempo para conocer cómo fueron captados sus mensajes, qué tanto llegaron o de qué manera se comprendió algo que buscaba comunicar. Sáquele provecho a lo que dicen sus interlocutores o su auditorio. No se defienda ni se ofenda. Escuche y tome nota. Fije en su memoria esta consigna: será un mejor comunicador cuanta más capacidad de escucha posea.

Kaizen: ir paso a paso

10 domingo Jun 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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kaizen Luciano Lozano

«Kaizen», Ilustración de Luciano Lozano.

Lo más común, especialmente cuando de alcanzar alguna meta difícil o terminar un proyecto de largo aliento, es confiar en la buena suerte, el azar o la bendición de alguna divinidad. Se espera tener “todo el tiempo disponible”, contar “con todos los recursos necesarios”, poseer el mejor estado de ánimo o ser visitado por la inspiración mágica, fuerza divina capaz de resolver los más altos inconvenientes. Pero todas estas cosas, además de reforzar la falta de voluntad, lo que muestran es un deseo de lograr las cosas de una vez, de renunciar a los procesos saltándose etapas fundamentales, de esperar el acabado de una obra por las manos ajenas de la fortuna.

Los orientales, y para el caso que me interesa, los japoneses, han confiado más en el trabajo continuado, en los hábitos que lubrican las grandes empresas, y en la poderosa herramienta de dedicarle un poco todos los días a los proyectos mayúsculos, así parezca una actividad pequeña o insignificante. El nombre con el que se le conoce es Kaizen, que según los entendidos, puede traducirse como “cambio mejor” o “cambio bueno”. Lo que está en el fondo de tal manera de proceder es la ventaja de ir poco a poco escalando los imponentes acantilados, y no confiarse en los intempestivos cambios enormes, hechos de golpe y de súbita manera. La esencia del kaizen radica, por lo mismo, en la constancia y en mantener en alto la bandera de una iniciativa, sacando un tiempo para no desconectarse de dicha meta. Es esa continuidad la que dota a este modo de proceder en una excelente estrategia para avanzar sin que nos atenace el ánimo la fatiga o terminemos, como sucede la mayoría de las veces, abandonando lo que iniciamos por pereza o desmotivación.

Es apenas natural que lograr este estilo de trabajo implica una capacidad de dedicación a partir de la cual, y sorteando las múltiples actividades, siempre se tenga un espacio o unos minutos para no perder el vínculo con el proyecto que tenemos entre manos. No es cuestión de postergar o “dejar para el otro día”. Y tendremos que luchar contra muchas cosas que se oponen a tal ímpetu: las angustias de la vida cotidiana, las tareas urgentes que terminan por desbordar la cotidianidad y relegar lo importante, el ocio y los medios masivos de información que nos absorben hasta el punto de banalizar nuestra existencia. Se requiere vigor y fidelidad para no dejar caer el proyecto o la iniciativa que lanzamos al futuro. Es esencial tener el carácter o la fuerza de voluntad para poner a raya todas esas demandas que nos distraen o nos alejan de nuestro propósito de todos los días.

El kaizen contiene, en esencia, un sabor de la vetusta sabiduría oriental: “un viaje que dura diez mil leguas empieza por un paso”. Pero, agrega algo a ese primer impulso: se trata de cada día dar un paso más, de mover nuestro ánimo o nuestras acciones para alcanzar el objetivo. Desde luego, hay un plan que orienta esa marcha. Sabemos que un proyecto se inicia así, elaborando un mapa de trabajo, una ruta ligeramente esbozada. No es bueno andar a tientas por el mero impulso o los deseos intempestivos. Entonces, hecho ese plan, lo que sigue es adquirir la constancia, el hábito de avanzar un trecho, así nos parezca diminuto o nada representativo. Es separar un tiempo para ocuparnos del proyecto, para no irlo aplazando o difiriendo. Al actuar de esta manera, lo que era planeación se vuelve ejecución, y lo ejecutado se va evaluando de manera permanente. Si mantenemos una atención constante sobre la obra de nuestro interés seguramente la estaremos rectificando, ajustando o hallándole nuevas vetas de explotación. Tal es el secreto de la mejora continua, tan usada y valorada en el mundo industrial.

Este método de ir por tramos elaborando una gran obra es, en el fondo, un modo de proceder de espíritu artesanal. Ladrillo a ladrillo se fueron construyendo las enormes catedrales, y golpe a golpe sobre el mármol, noche y día, se tallaron memorables esculturas. También los pintores son un ejemplo de esta prolongada pasión poniendo una y otra vez sobre el mismo cuadro pinceladas de color, tratando de revestir poco a poco la blancura del lienzo. Y ni qué decir de los escritores que cada mañana, durante horas intensas de trabajo, producen unos párrafos, al estilo de Flaubert, o se contentan con dejar una página limpia de ripios o libre de cacofonías, como procedía Marguerite Yourcenar o el mismo Gabriel García Márquez. Los artistas, en general, practican, aún sin conocerlo, el kaizen, en tanto mantienen vivo el contacto con la obra en curso. Tal manera de elaboración requiere de ese continuum para no perder el ritmo o el tono. Por eso necesitan absoluta concentración o un hábito de escritura semejante al que poseía Carlos Fuentes o del que hablaba Hemingway. Es decir: todas las mañanas, sentados al frente de su mesa de trabajo, retomaban lo escrito del día anterior y sumaban un poco a lo ya hecho. Durante ese tiempo, releían, apuntaban, tomaban notas, corregían, apostillaban, suprimían, hacían esquemas, y agregaban unas líneas o unas cuantas hojas a su proyecto en curso. El resultado se veía mucho tiempo después: la gruesa novela aparecía como un todo complejo y armonioso. Pero tal cometido sólo era posible, gracias a una labor tesonera de ir línea a línea, noche tras noche, tejiendo tal tejido de palabras.

El peso del método kaizen está en el efecto acumulativo de esas pequeñas acciones cotidianas. Si uno mantiene una mirada vigilante sobre un proyecto, una obra, un propósito, lo más seguro es que logre incrementarlo de manera gradual, paulatina, imperceptible. Por eso, también, son vertebrales en este modo de trabajar el cuidado sobre los detalles, el esmero por atender lo pequeño o aparentemente minúsculo. La calidad no lograría alcanzarse si no se tuviera ese miramiento de lo ínfimo o una especial escrupulosidad sobre los pormenores o las particularidades de un objeto, una iniciativa, una propuesta. Estar alertas sobre la parcela de nuestro interés presupone, al decir de Masaaki Imai, el pionero de esta propuesta, un “celo misionero”, una asiduidad y una perseverancia muy cercanas de la convicción a toda prueba. De allí que sin autodisciplina o sin autorregulación no sería posible practicar este método de mejora continua.

Expuestas así las cosas, a simple vista parece fácil dar ese primer paso y, luego, otro más; sin embargo, esto conlleva a hacer cambios en nuestra manera de pensar y de actuar. Es ahí donde está lo más difícil. Adquirir ese hábito, romper con rutinas ancladas en perder el tiempo o sujetas al vaivén de lo ocasional, es el obstáculo mayor para adquirir este método de trabajo. En consecuencia, y esa parece ser la estrategia del método kaizen, es fundamental empezar modificando mínimas actitudes o adquiriendo lentamente nuevos comportamientos. Los cambios radicales no son los más apropiados ni terminan dando buenos frutos. Hay que proceder de manera sosegada, pero constante; ir con calma, sin caer en la falsa creencia de modificaciones inmediatas. Si se tiene la meta de tener un nuevo hábito se hace indispensable adquirir la incesante paciencia de la gota de agua en su oficio leve de socavar la roca. Es ese el secreto de los deportistas consumados, de los expertos en una disciplina, de los empresarios exitosos y de todos los que podemos llamar artesanos de las ideas. Mediante ejercicios diarios, afinando permanentemente una práctica, haciendo siempre  pequeños ahorros, organizando el tiempo para tener la cita diaria con la propia obra, así es como lo imposible se torna realizable y los proyectos o las iniciativas mayúsculas terminan estando al alcance de nuestras manos.

Referencias

Kaizen. La clave de la ventaja competitiva japonesa, Masaaki Imai, Editorial Patria, México, 2015.

Un pequeño paso puede cambiar tu vida. El método kaizen. Robert Maurer, Ediciones Urano, Barcelona, 2015.

Las consignas del liderazgo

04 lunes Jun 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

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Liderazgo transformacional

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En la amplia y diversa bibliografía sobre el liderazgo se pueden encontrar frases, citas memorables o principios que bien vale la pena analizar o darles una resonancia interpretativa con el fin de comprender su alcance y vislumbrar rutas de aplicación.

1

“El liderazgo es elevar la visión de una persona a las altas visiones, aumentar el rendimiento de una persona a un nivel superior, la construcción de una personalidad más allá de sus limitaciones normales”.

Peter F. Drucker 

Aunque a primera vista pareciera que liderar es un logro para el beneficio personal o un sitial para vanagloriarse, lo que en verdad resulta más significativo es la capacidad de los líderes pera ayudar a otros a ir más allá de sus límites o sus posibilidades. El líder acompaña, impulsa, da ánimo, invita a enfrentar y traspasar los vados del pesimismo, la falta de confianza personal o las arenas movedizas del miedo. Esa parece ser la mayor virtud de un líder: promover o contribuir para que otro ser humano logre avanzar en su propio desarrollo o alcance las metas que durante mucho tiempo ha soñado. Ahí radica la clave de la motivación, la médula de las relaciones interpersonales y del trabajo en equipo. Lejos de esperar un séquito de servidores obedientes o sumisos, lo que el líder hace es invitar a otros a vencer una presunta limitación, mostrarles alternativas, facilitarles hasta donde le sea posible recursos o condiciones, abrirles fronteras a sus sueños. Los verdaderos líderes crean condiciones para que otros descuellen en sus proyectos más queridos, exploren nuevos talentos, conquisten tareas aparentemente imposibles de lograr.

2

“El liderazgo no es algo que se imponga a la gente, es algo que se hace con la gente”.

Ken Blanchard y Patricia Zigarmi 

Una de las trampas del liderazgo es confundirlo con los puestos de poder o de mando. De allí que, en muchas ocasiones, cuando alguien asume u obtiene una posición de alta jerarquía siente que está autorizado a imponer su voluntad o su capricho sobre sus subalternos. No obstante, el liderazgo implica otra cosa: involucrar a un grupo de personas, hacerlos partícipes de un sueño o una particular visión. Se trata de interrelación, de habilidades sociales, de constante comunicación y escucha activa, de estrechar y unir manos y brazos. Es con otros que el liderazgo cobra sentido; es mediante el trabajo colaborativo y cooperativo como los grandes líderes se afirman y logran reconocimiento. Por supuesto, estar y compartir con la gente es una labor que no puede hacerse desde el buró autocrático y soberbio. Muy por el contrario, la tarea cotidiana de todo líder es conocer muy bien a las personas con las que trabaja para descubrir en cada una sus talentos, sus demandas, sus expectativas. Más que imponerse, el líder teje iniciativas, pone en relación personas, agrupa esfuerzos para alcanzar un fin común.

3

“La gestión controla a las personas impulsándolas  en la dirección adecuada; el liderazgo los motiva satisfaciendo necesidades humanas básicas”.

John P. Kotter

Esta esta otra confusión muy común: la de suponer que todo gerente es un líder. La gerencia es importante en una organización para que la gestión (que planifica, controla y evalúa) cumpla su cometido. No es algo menor o sin importancia. La gerencia se basa en mantener lubricado el statu quo. Vigila los resultados del presente. Pero el liderazgo, va un paso más allá: le importa más el futuro, aboga por cosas que aún no están pero deberían conseguirse. El liderazgo, en este sentido, tiene una preocupación fundamental por la innovación, por el cambio de paradigmas, por la valentía para entrar de lleno al mar de lo desconocido. De igual manera, la gerencia pone todo su acento en la eficacia laboral, en el proceso y el resultado esperado o convenido; en cambio, el liderazgo procura, además de dichas cosas, estimular a los trabajadores, motivarlos, contagiarlos de una meta o un proyecto. Bien podríamos decirlo de otra forma: a la gerencia la gobierna la racionalidad técnico instrumental y, a los líderes, un proceder ético humanístico.

4

“La confianza es la argamasa emocional que une a los seguidores con el líder. La acumulación de confianza es una medida de la legitimidad del liderazgo. No se puede ordenar ni comprar; hay que ganarla”.

Warren Bennis y Burt Nannus 

Es casi imposible ejercer el liderazgo si antes no hay un terreno fértil de la confianza. Confiar en otro, entregarle parte de nuestra intimidad, depositarle nuestros ideales o nuestras esperanzas es un asunto que merece tratarse con sumo cuidado. Y para lograr esa confianza, para no defraudar a esos que forman parte de un equipo o que laboran mano a mano con nosotros, se requiere demasiada prudencia. Lo que se escucha no debe convertirse en un arma o un motivo de manipulación. Los líderes genuinos son reservados y conocen las leyes de la confidencialidad; tampoco andan en la permanente murmuración que tanto daño hace a los lazos invisibles de la confianza. Y será la forma discreta de actuar y de hablar del líder la que irá mostrando que es una persona digna de confianza, que hay cierta sinceridad de base que atraviesa sus decisiones. Porque se lo percibe así, porque da claras muestras de mínima falsedad o astuto maquiavelismo, es que las demás personas le reconocen su liderazgo y, con el tiempo, le otorgan su lealtad.

5

“Para que los equipos se desarrollen en todos los niveles se necesitan líderes en cada nivel”.

John C. Maxwell

Quizá porque el líder se obnubila con su propio poder o porque sus seguidores asumen un servilismo acrítico es que se pierde de vista una clave del engranaje humano en las instituciones o las empresas: se requieren líderes distintos y diferentes tipos de liderazgo en las diversas instancias de una organización. No es suficiente con una única persona en la cima; el liderazgo bien enraizado cubre o se multiplica en todas las áreas y departamentos, en todas secciones o divisiones de una organización. Precisamente, una de las cualidades más importantes de un líder es identificar dónde están esas personas y saber potenciarlas para que ejerzan ese liderazgo en sus puestos de trabajo. Más allá de buscar alcahuetas o meros replicantes, el líder experimentado construye un equipo de semejantes. Por lo demás, si en realidad cuenta con un equipo de líderes, menos será su trabajo (porque no tendrá que hacer y resolverlo todo) y mayor será su capacidad de delegación (si es que en verdad confía en sus colaboradores). Esta idea de tener un equipo de líderes en una organización es más poderosa y de mayor permanencia en el tiempo que aquella otra centrada únicamente en un único líder carismático e irremplazable.

6

“El liderazgo necesita ir más allá del qué y el cómo para comprender el quién del líder, luego de un viaje profundo a su interior”.

Russ Moxley 

Más allá de las habilidades o de las competencias que debe tener un líder, de todas las técnicas de manejo de grupos o de administración necesarias, es indispensable que el líder se conozca profundamente. Sin un examen o un discernimiento sobre su persona, sobre sus miedos y su temperamento, lo más seguro es que el resto de cosas fracase. El cultivo de la interioridad es la primera aduana por la que debe pasar un líder, y más si su labor implica tratar con otros individuos y, de alguna forma, mostrarse o ser un punto de referencia. Este autoexamen incluye un balance sobre su proyecto de vida, sobre el gobierno de sus emociones y las pasiones, sobre sus logros y fracasos; en suma, una reflexión franca y sin ambages sobre su trayectoria experiencial. Dicho en otras palabras: el líder necesita conocerse con el fin de detectar sus puntos fuertes y débiles, sus zonas inexploradas o aquellas otras en las que merece un arduo trabajo para madurar cierta dimensión de su desarrollo físico, profesional o moral. Aquí se abre un escenario para el autoaprendizaje, el autocuidado y una disposición especial para explorar en las marcas de una historia personal y comprender los hitos positivos o negativos de la propia vida.

7

“Ningún líder puede hacer un cambio efectivo –que es de lo que se trata el liderazgo– sin comprender y experimentar el proceso de transición”.

William Bridges 

Los líderes novatos creen que basta con tener una visión y algún poder para lograr sus resultados. Pero esto no es así. Cualquier proyecto de cambio requiere unas etapas, un proceso, un itinerario en el que son fundamentales varias cosas: en principio, como si fuera un lubricante, se necesita la ayuda de la comunicación en todas sus medios y niveles; después, hay que buscar aliados que compartan de alguna forma lo que el líder mismo avizora; enseguida, hay que ir poco a poco, invitando o convidando a otros colegas o empleados a unirse a dicho cambio, pero respetándolos, no violentando sus formas de pensar o proceder; más tarde, hay que ir participando a todos los miembros de una empresa o una institución los pequeños logros o los resultados de esas primeras transformaciones. Lo que importa señalar acá es que cambiar a los seres humanos no es un asunto de decreto o imposición de normas. Mucho menos se trata de alardear del autoritarismo o la amenaza. Es todo lo contrario: más bien un ejercicio de reconocimiento a lo ya hecho, de dignificación al talento humano, de confianza en que las personas, aun las que no comparten la visión del líder, pueden participar y ser útiles a dicha iniciativa. Los cambios de timonazo brusco, de capricho arbitrario o régimen dictatorial lo que hacen es multiplicar la sumisión, reforzar lo ya conocido, temer el impacto de lo novedoso.

8

“El carácter es el núcleo fundamental de la efectividad del liderazgo”.

John H. Zengen y Joseph Folkman 

Si no hay firmeza en el ánimo ni temperamento para tomar decisiones, el líder no alcanzará su cometido. El liderazgo implica vigor, un grado de valentía para impulsar lo que aún no despega y de aguante para mantener en vilo que ya ha comenzado. Ese carácter será tanto más necesario cuanto aparezcan los escollos, las dificultades, la desidia de los dirigidos. Es ahí, en ese momento, cuando se nota la estabilidad emocional, la firmeza para no desfallecer o mantener en alto una bandera.  El carácter del líder es lo que lo lleva a ser tenaz, a no tenerle miedo a los conflictos, a enfrentar las mil caras de lo desconocido. Carácter es pulso para mantener los compromisos establecidos, temple para no abandonar el barco de la visión a las primera dificultades y, especialmente, renuncia a la flojedad en el espíritu, a no mostrarse como una persona pusilánime, apocada o medrosa para hacerle frente a los contradictores o decidida al tomar una determinación de alto riesgo. El carácter es el talante, el sello de personalidad de los líderes auténticos.

Carta a un nuevo directivo

27 domingo May 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cartas

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carátula

Ilustración de Julio Carrión Cueva, «Karry».

Sirvan estas letras para saludarte y celebrar tu nuevo nombramiento. De seguro, el puesto que ahora ocupas, es el resultado o la consecuencia de tu tenacidad, tu talento o el conjunto de variadas habilidades profesionales. Esto ya es de por sí motivo de elogio y admiración.

No obstante, me he atrevido a enviarte esta misiva por la responsabilidad que entraña tu nuevo puesto de mando. Y lo digo, por el número de personas que ahora dependen de tus decisiones. Cada cosa que hagas o que digas tendrá un efecto mayor a las hechas y dichas anteriormente. Así que, amparado en nuestra amistad, he sentido la confianza suficiente para compartirte algunas sugerencias y dejar a tu buen criterio la puesta en práctica de varios consejos.

Lo primero, y este es un asunto que ha sido profusamente recalcado por estudiosos de la política, es que las personas cambian cuando tienen poder en sus manos. Unos, mudan su carácter y su comportamiento; pareciera que desdibujaran su ser para adquirir otra figura, otra forma de comportarse. También hay otros que al tener poder, se vuelven indolentes, arbitrarios, cabalmente insensibles. Es como si ese atributo o ese cargo les hicieran olvidar su esencia, su frágil condición humana, sus aspiraciones y limitaciones. En consecuencia, se tornan inflexibles, autoritarios, implacables en sus dictámenes o en el trato con las personas. Por eso, mi primera advertencia, es que no dejes que ese puesto pervierta lo que eres, que no caigas en la tentación de sentirte tan superior que olvides tu propia condición. Lo mejor, entonces, es entender que ese poder es pasajero, circunstancial, y que tarde que temprano volverás a tu condición esencial, con los tuyos, a seguir el curso normal de tu existencia. Toma ese poder no como un enaltecimiento o cambio de personalidad, sino como otra tarea de las muchas que has tenido a lo largo de tu vida.

Hablando del poder, seguramente ya habrás notado que cuando se tiene algún cargo de mando, aparecen los intrigantes, los chismosos aduladores. Recuerda que esos áulicos que tanto te exaltan y lanzan vítores por ti, son los mismos que luego hablarán mal de tu gestión o propagarán un rumor venenoso. Evita a estos personajes; esos zalameros son mala influencia y crean una energía negativa para tu gestión. Y si algún chisme traen, si una información ponzoñosa sobre alguien te llevan, escúchala con una oreja, pero si tomas una decisión hazlo con la otra. No te confíes. Esos individuos algo ocultan, algo traman. Te recomiendo no promover el rumor; trata de no entrar en esa lógica de las habladurías y el chismorreo que terminan por afectar el clima laboral y la confianza entre un grupo de personas. Otra cosa, no hables mal de las personas que diriges, ni de tus antecesores en el cargo. No trates de enaltecer tu labor embarrando la memoria de los ausentes. Deja que sean tus acciones las que muestren dónde hubo una carencia en el pasado, dónde un desacierto, dónde una falta significativa. No sobra repetírtelo, cuida tus palabras, ellas son el termómetro de tu mismo prestigio.

Conociéndote, sé que ya estarás pensando hacer muchos cambios en tu lugar de trabajo. Eso está bien. Una innovación, si obedece a un análisis sesudo del contexto, seguramente rendirá buenos dividendos. Pero no te apresures a modificar todo, ni desorganices la empresa o institución por el mero capricho de parecer novedoso. Observa primero a aquellos que diriges o gobiernas. Busca aliados entre ese grupo. Escucha a la gente, con mucha atención. Reconoce lo que se ha hecho y retoma varias de las iniciativas que ya llevan un recorrido y merecen continuarse. No perturbes todas las aguas; no rompas lo que funciona bien ni cambies todo el cuadro directivo de tu unidad o espacio de trabajo. Ten presente que los cambios necesitan tiempo para la adaptación de la gente y el concurso de un grupo de aliados que puedan impulsar con ahínco lo que es apenas una iniciativa tuya. Lo olvidaba: comunica esos cambios en todos los niveles y a todas las personas; no te calles. Especialmente si lo que tienes en mente implica modificaciones estructurales o toca la médula de la organización. No estigmatices a aquellos que no comparten tu sueño o a esos otros que no lo entienden: Explica. Es bueno alimentar el diálogo, el debate de ideas. No temas a los que se oponen a tus proyectos; óyelos, a lo mejor te dan pistas para corregir esa utopía que tienes entre manos; de pronto en sus opiniones está la respuesta a ciertos interrogantes que te quitan el sueño. No permitas que tu gestión se convierta en una logia de simpatizantes serviles y sin criterio. Eso, que parece un logro en el corto tiempo, es la ruina de los equipos a largo plazo. Asesórate con frecuencia; acoge diversos puntos de vista.

Sé un facilitador, un punto de apoyo, una mano que impulsa o colabora para que todos los miembros de tu área pongan sus proyectos en primera línea. Presta tu inteligencia y el lugar estratégico donde llegaste para que los que están bajo tu mando, crezcan, se potencien o saquen a la luz lo que es semilla u obra apenas esbozada. No creas que lo único significativo y valioso son tus proyectos o tu ruta de acción. También cuentan los de aquellos que ahora están bajo tu tutela. Contigo no empieza el mundo; ni a partir de ti se construye lo valioso. Hay personas que ya llevan un recorrido, hay iniciativas de hondo calado que te preceden, y lo mejor es mantenerlas o potenciarlas aún más para que lleguen a cimas inusitadas. Párate, como decía el gran inventor Thomas Alva Edison, sobre los hombros de gigantes para que tu sueño llegue más alto. Si lo consideras conveniente, cede la prioridad de tu sueño a esas otras personas; después ya verás cómo ellas mismas serán el soporte para tus ideales. No tengas ningún temor en reconocer a los que te superan en algo o tienen talentos que tú no posees. Por el contrario, aprende de ellos. No te muestres avaro ni prepotente; y, por favor, no invisibilices a aquellos hombres y mujeres que parecen hacerte sombra. Ya habrá tiempo y ocasiones propicias para que muestres tu luz. Lucha por despojar de ti la envidia, la antipatía infundada y los celos profesionales. A veces olvidamos que el prestigio o el renombre de un colega no es producto del azar sino es el resultado de muchos años de dedicación y empeño en un propósito.

Disculpa si te digo otra cosa que considero vital para tu labor directiva. Es recomendable hacer un esfuerzo sobre el conocimiento y dominio de tu carácter A mí me ha ayudado bastante el discernimiento, como lo entienden los jesuitas, el autoexamen o el cuidado de sí, al decir de los filósofos. Conocerse, inspeccionar la forma de proceder de la propia conciencia, es primordial cuando uno tiene bajo sus hombros la orientación de otras personas. ¿Cómo manejas tus emociones, tus pasiones o tus sentimientos?, ¿qué tan aquilatado y maduro está tu espíritu para ser juez o consejero de otras conciencias? Te comento esto porque he visto cómo ciertos directivos terminan desvirtuando sus proyectos al ser aguijoneados por la ira, el resentimiento, el odio o el orgullo más obcecado. Y del mismo modo me he percatado cómo otros jefes o líderes terminan amilanados o en minusvalía de mando porque su atuoestima es endeble, o son muy afectables por la maledicencia o el vituperio infundado. Todas esas cosas no son de segundo orden. Si no se tiene un ajuste de cuentas con la propia personalidad, si escasea la autocrítica y la formación moral, actuarás de manera impulsiva, atropellada y sin medida. En últimas, te faltará la prudencia, el tacto y la paciencia, hijas de la sabiduría, que no son lo mismo que poseer demasiados conocimientos.

Un asunto que amerita un desarrollo más largo es el de cómo vas a conquistar la autoridad. Por ahora te digo que el simple poder derivado de tu cargo no es suficiente. La autoridad proviene de quienes diriges o lideras. Es como el reconocimiento que ellos hacen de tu forma de mandar, de relacionarte, de apoyarlos. Crece en la medida en que tu ejemplo los contagia, en la manera como los dignificas y en la confianza que generes; depende de tu discreción, de la ayuda oportuna que ofrezcas y de la lealtad a cada miembro del equipo. Esa autoridad se va ganando poco a poco con el testimonio de los dirigidos por ti; es una especie de validación en positivo de todas tus acciones. Y si logras esa autoridad, lo más seguro es que tendrás el respeto, cierta obediencia y una colaboración a muchas de tus decisiones.

Otra cosa más deseo compartirte. Una en especial, sobre la que tardarás en hallar el justo medio: la de estar en la mitad de dos demandas: la de tus jefes y la de tus dirigidos. Si te pliegas demasiado a un lado, parecerás un servil mandadero de tus superiores; si sólo satisfaces a tu grupo de influencia, parecerás ineficaz para la institución o la empresa a la que sirves. Te recomiendo acudir a tu buen criterio para reconocer cuándo las demandas de uno y otro lado son las adecuadas o las más convenientes. Si te han elegido como directivo es porque puedes tomar algunas decisiones y hacerte responsable de ellas; así que no subvalores tu cargo, ni conviertas tu gestión en un simple espacio para acatar órdenes. Ese nuevo rango te da el salvoconducto para proponer, ofrecer otros modos de hacer las cosas, deliberar sobre el modo de aplicar determinados lineamientos institucionales o argumentar sobre decisiones de las altas directivas que resultan nocivas para la misma organización. No confundas lealtad con servilismo. Si tienes conocimientos, habilidades o competencias hazlas valer al momento de aplicar normas o procedimientos. Pero otro tanto deberás hacer con el equipo bajo tu cuidado. Será necesaria una fluida comunicación para explicarle razonadamente lo que no es viable, mostrarle las bondades de un nuevo procedimiento, hallar alternativas colegiadas sobre un ajuste en las políticas o las estrategias administrativas. Ni a todo podrás decir que sí, como tampoco renunciar a defender como propias iniciativas de tus dirigidos. En eso consiste también el alcance y responsabilidad de tu cargo.

Deseo cerrar esta carta reiterándote mi fraternal ayuda. Tengo confianza en que pondrás lo mejor de tu inteligencia y tu sensibilidad para hacer de este nuevo nombramiento un espacio de crecimiento personal para ti y los que vas a liderar. Te auguro resultados óptimos en tu gestión, y que tus valores y virtudes sean el viento favorable que oriente el sentido de tus proyectos. Buen viaje, estimado amigo.

Custodio: dieciocho años más presente

20 domingo May 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

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Autobiografía, Figura paterna

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Hace dieciocho años murió mi padre. Todo ese tiempo ha pasado desde que abandonó este mundo y sólo ha quedado su presencia magnífica en mi memoria y en mi corazón. Los recuerdos de los últimos meses de su sufrimiento, soportado con un estoicismo digno de los habitantes de Capira, han perdido su peso doloroso y amargo, dejando paso a la profundidad de sus enseñanzas, a las loables proezas de su ejemplo y a una particular forma de entender y enfrentar la vida.

Lo que más me sorprende de mi padre fallecido es lo presente que está en mi vida de todos los días. Lo tengo en mi mente cuando camino a solas por las calles, acudo a él cuando alguna decisión difícil me ronda en mi trabajo, me pongo tras sus alas de ángel cuando empiezo un nuevo proyecto. Su muerte fue una poderosa semilla que ha ido dando fruto a medida que pasan los años. No fueron en vano ni sus luchas de campesino desplazado por el bandolerismo, como tampoco su tenacidad y su anhelo por construir un hogar digno y pletórico de tranquilidad. La cosecha de ese hombre ha sido buena y abundante; valió la pena emplear sus setenta y dos años quebrándose la espalda trabajando honestamente y trasegando sin maldecir las dificultades que fueron desfilando a la par de sus pasos. Con alegría de hijo puedo ver que todos sus actos rinden hoy sus mejores beneficios.

En mí mismo noto lo hondo de su crianza. Como él, considero el trabajo una forma de realización y no un peso o una maldición; de igual manera y muy cercano a su proceder, pago mis deudas a tiempo y mantengo un cuidado con mis ahorros. No gasto más allá de mis ingresos y no necesito aparentar ni sobre mí ni sobre las cosas que poseo. Cuánto aprendí de mi viejo de autenticidad. Ese es un legado invaluable: no autoengañarme, no fingir, no andar simulando o huyendo de mi propio rostro. Mi padre me enseñó que la humildad tiene su riqueza y que se requiere cierta valentía para aceptar lo que uno es o lo que en verdad quiere. A él le debo, en gran medida, la talla de mi carácter y una fortaleza interior que me ha permitido sacar a navegar mis propios sueños. Son sus consejos y sus actos los que me han hecho amar el poseer un techo propio, los que me han hecho pródigo para el agradecimiento y sensible al sufrimiento ajeno. Porque mi padre fue un hombre solidario, servicial y dispuesto a ofrecer su ayuda al desvalido; porque nunca olvidó de dónde venía y, por eso mismo, comprendió desde el fondo de su alma los gestos demandantes de la necesidad.

También tengo de mi viejo un ánimo optimista o por lo menos un espíritu emprendedor. No soy fatalista, como él; no soy fanático, como él; no soy presumido ni “balaquiento”, como él. Los dos valoramos profundamente la amistad y tenemos el don de la confidencia. Considero que le heredé su talento para establecer relaciones, para tejer vínculos de manera rápida con cualquier persona; ni él ni yo miramos por encima del hombro al menesteroso ni sentimos vergüenza de interactuar con los que ostentan demasiado dinero o poder. Por él soy buen vecino, por él confío en el colega, por él tengo en profunda estima la lealtad. De él, sin lugar a dudas, es mi observante respeto por el otro; de él, mi vocación de servicio encarnada en la docencia.

Las lecciones que recibí de mi viejo fueron siempre a través de historias o relatos. Usaba los cuentos que le habían pasado en su infancia o su adolescencia como una cartilla oral para que yo sacara mis propias conclusiones. Fue un padre severo, pero siempre amoroso. Su salón de clase era la mesa del comedor; allí contaba historias y, con ellas, todo un amplio libro de sabiduría proveniente de la propia experiencia o de la experiencia de otros. “La familia, cerca y lejos”, decía siempre que alguna parentela intentaba inmiscuirse en nuestro hogar; “no hay como la tranquilidad en el hogar”, repetía, cuando estábamos reunidos alrededor una delicia culinaria preparada por mi madre; “cuide esa boca”, advertía cuando alguien hablaba mal de otra persona ausente; “ahorre, mijo, ahorre para la vejez”, insistía cuando le compartía el logro de mis primeros trabajos. Era un hombre prudente, y un gran observador. También era muy ingenioso y creativo; un artesano y un múltiple hacedor de oficios. Tocó tiple cuando era joven, pero luego la ciudad le borró ese talento de sus manos. Le gustaban los valses andinos, los tangos y cantaba o silbaba las canciones más cercanas a su alma de hombre de montaña: “te espero, allí donde tú sabes; lo quiero, porque tenemos que hablar…”

Son innumerables las deudas con el viejo Custodio. Forjó mi disciplina, talló el tesón y la continuidad en los propósitos, hizo de mí alguien con sentido de la responsabilidad. Me dio luces y herramientas para manejar la realidad, con todo lo que tiene de arisca y sorprendente. Cada acto suyo, cada forma de enfrentar un escollo vital, me fueron afinando las maneras y las actitudes para no ser un tránsfuga o un cobarde ante la dureza de la existencia. Pero, al mismo tiempo, me prodigó la alegría y el entusiasmo de seguir adelante a pesar de las dificultades, la certeza de que la penosa subida a las montañas vale la pena para lograr aspirar el aire fresco y ver en la distancia los paisajes más hermosos. Por mi padre sé que, si bien uno no puede perder de vista sus sueños, debe eso sí tener bien puestos los pies en la tierra. Así eran sus lecciones: sencillas, como él, pero forjadas en el yunque de la sobrevivencia.

Mi padre fue un cuidador como su mismo nombre. Guardo como si fuera un tesoro la primera biblioteca que me mandó hacer, en cedro macho, cuando yo hacía mis primeros años de primaria. Ese mueble prefiguraba lo que sería mi pasión muchos años después: la literatura. Ahí guardé mis primeros libros de colegio y fue lo primero que consideré como propio. Tal vez mi padre, con esa intuición que únicamente los seres que nos aman en verdad poseen, adivinaba o prefiguraba el destino de su hijo. De pronto, así como en tantas otras cosas, creó un escenario futuro para mis actuaciones; fue un constructor de mis posibilidades. Precisamente, en este sentido, hay otras palabras que guardo con profundo cariño: “mijo, claro que usted puede”, “mijo, usted lo va a lograr”. Esa confianza absoluta, esa fe de roca y de apoyo a mis proyectos, cada abrazo de ánimo, siguen vivos en mi pecho, a veces pareciéndose a un escudo y otras, semejando un estrella que ilumina mi camino.

Dieciocho años hace que murió mi padre. No dejo de sentir un dolor en mi alma. No obstante, es más fuerte lo que conservo de él, lo que mis recuerdos mantienen intacto e imperecedero. Sirvan estas letras como una invocación a su nombre de ángel protector y como un homenaje a su crianza y su acompañamiento maravilloso durante cuarenta y cinco años.

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