Eterna primavera Rodin

«Eterna primavera» de Auguste Rodin.

El erotismo es un destello  de nuestra imaginación sobre las demandas de la sexualidad. Tiene mucho de fantasía y amueblamiento personal, frente al genérico impulso de apareamiento de la especie. El erotismo, que es una forma de diferir el imperativo de la naturaleza, echa mano de la creativa libertad individual y transgrede las homogéneas regulaciones sociales. El erotismo ha logrado proveernos de particulares maneras de gozar el urgente placer proveniente de las emociones y los sentidos.

Precisamente, la poesía ha dejado testimonios de ese modo de expresar el deseo, de esa ansia por satisfacer un apetito de la piel usando las potencialidades del lenguaje. Veamos un primer ejemplo: “Eros es el agua” de la nicaragüense Gioconda Belli.

Entre tus piernas
el mar me muestra extraños arrecifes
rocas erguidas corales altaneros
contra mi gruta de caracolas concha nácar
tu molusco de sal persigue la corriente
el agua corta me inventa aletas
mar de la noche con lunas sumergidas
tu oleaje brusco de pulpo enardecido
acelera mis branquias los latidos de esponja
los caballos minúsculos flotando entre gemidos
enredados en largos pistilos de medusa.
Amor entre delfines
dando saltos te lanzas sobre mi flanco leve
te recibo sin ruido te miro entre burbujas
tu risa cerco con mi boca espuma
ligereza del agua oxígeno de tu vegetación de clorofila
la corona de luna abre espacio al océano.
De los ojos plateados
fluye larga mirada final
y nos alzamos desde el cuerpo acuático
somos carne otra vez
una mujer y un hombre
entre las rocas.

 

Se pueden apreciar en el poema de Gioconda Belli dos campos de atracción que, a través de imágenes marinas, ponen en comunión el deseo amoroso. El hombre es arrecife, roca erguida, coral altanero; la mujer: gruta de caracoles, concha de nácar. Y esas imágenes que al comienzo parecen presas de cierta quietud cobran vida al transformarse en pulpo enardecido, en molusco de sal que busca acelerar las branquias y los latidos de la esponja. El acto sexual se multiplica en delfines y medusas que lanzan quejidos y provocan burbujas y espuma. Gioconda asocia hacer el amor con dos seres marinos que lanzan frenéticamente sus cuerpos contra las rocas. Los cuerpos adquieren, entonces, aletas, pistilos, vegetación de clorofila, asumen las particularidades de los seres acuáticos. Qué mejor manera de expresar la furia del deseo que el oleaje del mar y qué acertado acompañar esa pasión del agua con una luna plateada en la que caballos minúsculos se enredan desbocados en la noche.

Tomemos otro texto para ilustrar la forma como los poetas han cantado a la pasión amorosa. Esta vez los versos son de Héctor Rojas Herazo: “El deseo”:

El deseo es vegetal
pide caminos
aire
quiere temblar en fruto
suspenderse
pide un cuerpo abonable
pide un labio
pide comer y ser comido
quiere
entrabarse y gemir con ramas duras.
Gime por ser
quiere temblar
sentirse
palparse desde  dentro
saberse entre las cosas respirando.
Quiere el viento y el ala
quiere el día
quiere el follaje de su fuerza obscura
brillando entre la luz hoja por hoja.
Es vegetal por eso:
por su destino de tiniebla y cielo
porque rompe y emerge
porque sube
porque la muerte sufre con su anhelo.

 

En esta mirada, el deseo se representa a través de una fuerza oscura, vegetal, que rompe, emerge, abre caminos, respira a través de las ramas y las hojas, y va entrabándose como un bejuco que gime a la par que sube desde la muerte misma. Rojas Herazo usa estas imágenes de follaje y plantas carnívoras para darnos una idea del atavismo del deseo, de sus oscuros orígenes y con fuerza tan descomunal que nos impele o nos lleva a “comer y ser comidos”, a padecer esa doble condición de ser tiniebla y anhelo de cielo. El poeta subraya que ese deseo nos asfixia, y por eso reclama aire; que ese deseo “pide cuerpos abonables”,  labios,  para “saberse entre las cosas respirando”; que ese deseo, oscuro, quiere el día, la luz hoja por hoja, para “temblar en fruto” y “palparnos desde dentro”.

Los dos ejemplos sirven para ayudarnos a aclarar la idea inicial con la que empezamos: el erotismo reconfigura o ralentiza, usando imágenes o metáforas, la inmediatez del instinto. O si se prefiere entender de otra forma, el erotismo recrea lo que a primera vista es solo necesidad o imperativo natural. La anatomía se desdibuja y los órganos pierden su función inmediata para asumir otras posibilidades. Sirva de ilustración “Poema de amor” de Darío Jaramillo Agudelo. En este caso, el poeta hace de un pequeño órgano muscular, como la lengua, un universo de asociaciones, de emociones y simbolismos del encuentro sexual. El uso de la metonimia –la parte por el todo– amplifica hasta el éxtasis el abandono y la posesión de otro cuerpo enamorado.

Tu lengua, tu sabia lengua que inventa mi piel,
tu lengua de fuego que me incendia,
tu lengua que crea el instante de demencia, el delirio del cuerpo enamorado,
tu lengua, látigo sagrado, brasa dulce,
invocación de los incendios que me saca de mí, que me transforma,
tu lengua de carne sin pudores,
tu lengua de entrega que me demanda todo, tu muy mía lengua,
tu bella lengua que electriza mis labios, que vuelve tuyo mi cuerpo por ti purificado,
tu lengua que me explora y me descubre,
tu hermosa lengua que también saber decir que me ama.

 

Eso es lo que hace el erotismo, al menos el que usa las palabras: “inventar una piel”, “explorar y descubrir” el propio cuerpo y el ajeno, expresar “nuestra carne sin pudores”. A través de diferentes medios de expresión el erotismo nos libera de culpas religiosas o de temores provenientes de moralidades soterradas; todo lo que toca el erotismo, parafraseando a Jaramillo Agudelo, es “purificado”. El erotismo nos transforma en un doble sentido: primero, nos ayuda a reconocer la parte de dementes delirantes que somos y, segundo, nos ofrece un aprendizaje proveniente no de las razones lógicas, sino de la sabiduría del cuerpo. Jorge Gaitán Durán, en su poema “Amantes” ha elogiado ese redescubrimiento de lo que somos cuando compartimos otra piel:

Somos como los que se aman.
Al desnudarnos descubrimos dos monstruosos
desconocidos que se estrechan a tientas,
cicatrices con que el rencoroso deseo
señala a los que sin descanso se aman:
el tedio, la sospecha que invencible nos ata
en su red, como en la falta dos dioses adúlteros.
Enamorados como dos locos,
dos astros sanguinarios, dos dinastías
que hambrientas se disputan un reino,
queremos ser justicia, nos acechamos feroces,
nos engañamos, nos inferimos las viles injurias
con que el cielo afrenta a los que se aman.
Sólo para que mil veces nos incendie
el abrazo que en el mundo son los que se aman
mil veces morimos cada día.

 

Detengámonos ahora en el poema “Sequía” de Carmen Conde, para apreciar esa forma particular de confesión que posibilita la palabra íntima de la poesía. Porque esa es otra virtud del erotismo: nos permite decir lo más secreto, nos da un lenguaje para gritar lo que parece indecible o absolutamente arrobador:

¡Cuánta sed la mía! Vuelca lluvia frondosa
Sobre mi lengua enorme, grande porque es la tierra.
Híncheme los riachuelos, precipítame ramblas…
¡Lluéveme sin desorden! Soy un barco gimiente
que, aunque te embeba íntegro, te seguiré en acecho.
Es mi sed muy antigua: se confunde contigo
cuando eras con el fuego una criatura unísona.
Son de incendio mis manos. Echo humo amarillo
que se vuelve violeta al airear su greña.
¿Estas sedes tan rígidas me desucan, estiran
los alaridos roncos del querer anegarse!
Ven. Deshazte en mis labios y aprende
que esta sed que rujo es más fiera que el tigre.
¡Oh tu agua de lluvia; ponla pronto en mi lengua!
Por las gargantas agrias que no tienen resuello
yo te pido que lluevas, que desciendas raudante.

 

Las imágenes usadas por la poetisa española nos advierten que el deseo proviene de las profundidades de nuestro ser, que es una sed insaciable. Y que aunque en el encuentro de las pieles lo que abunda es el agua, lo cierto es que esos líquidos son más el producto de un incendio; que la lluvia rugiente es en realidad la explosión de un fuego primigenio. ¿Qué es el acto sexual?,  podríamos preguntarle al erotismo, y él, utilizando los anteriores versos nos responderá que es una sed que nos saca todo jugo, que es un alarido de fuego por querer anegarse; que es un afán por deshacerse en labios, que es el gemir del barro por la lluvia a raudales.

En todos los poemas anteriores el uso del símil o la metáfora parece no solo necesario, sino indispensable. Las comparaciones le dan al pensamiento recursos múltiples, sinestesias, para elogiar o exaltar, para regocijarse o tratar de descubrir la fascinación que atrae, el misterio que convoca. En este sentido, el erotismo difiere o cambia de lugar el determinismo de los órganos, retoma otras realidades para sobrepasar los límites de la fisiología. Baste recordar el largo poema “Besos” de Tomás Segovia, para corroborar estas ideas. Después de un detenido viaje de caricias por la boca, la mejilla, el cuello y los hombros, el poeta se detiene en los pechos de la mujer amada:

(…)
besaré tus pechos globos de ternura
besaré sobre todo tus pechos más tibios que la convalecencia
más verdaderos que el rayo y que la soledad
y que pesan en el hueco de mi mano como la evidencia en la mente del sabio
tus pechos pesados fluidos tus pechos de mercurio solar
tus pechos anchos como un paisaje escogido definitivamente
inolvidables como el pedazo de tierra donde habrán de enterrarnos
calientes como las ganas de vivir
con pezones de milagro y dulces alfileres
que son la punta donde de pronto acaba chatamente
la fuerza de la vida y sus renovaciones
tus pezones de botón para abrochar el paraíso
de retoño del mundo que echa flores de puro júbilo
tus pezones submarinos de sabor a frescura
besaré mil veces tus pechos que pesan como imanes
y cuando los aprieto se desparraman como el sol en los trigales
tus pechos de luz materializada y de sangre dulcificada
generosos como la alegría de aceptar la tristeza
tus pechos donde todo se resuelve
donde acaba la guerra la duda la tortura
y las ganas de morirse
(…)

 

Lo que resulta interesante y cautivador en este poema es la selección de las comparaciones, el régimen de imágenes elegidas para comunicar la exaltación, el goce, la pasión provocada por esa doble cosecha de la piel femenina. Segovia no se satisface sólo con besar los pechos, quiere además aliviarse en su tibieza, abandonar por ellos su soledad, recuperar las ganas de vivir, renovarse, tocarlos para poder tener el calor del sol y así lograr irrigar de vida el mundo y acabar toda guerra. Los pechos son globos, paisaje, tierra, imanes… son otra forma de sabiduría, otra manifestación dulce de la generosidad.

El erotismo, especialmente el cantado por la poesía, exalta la libertad, en particular la que se logra vivir a plenitud en el territorio de lo íntimo. Al ser una creación de nuestra imaginación, al soltarle las riendas a la fantasía sin interdictos de ninguna índole, el erotismo nos vuelve dueños de nuestra corporeidad, nos ofrece el reconocimiento feliz de ser sujetos y objetos de deseo. Que sea, entonces, Pablo Neruda quien nos adentre en esta escuela de libertad que es el erotismo, que sea él quien nos enseñe a decir, mientras a tientas buscamos ansiosos una piel, “Déjame sueltas las manos”:

Déjame sueltas las manos
y el corazón, déjame libre!
Deja que mis dedos corran
por los caminos de tu cuerpo.
La pasión –sangre, fuego, besos–
me incendia a llamaradas trémulas.
Ay, tú no sabes lo que es esto!
Es la tempestad de mis sentidos
Doblegando la selva sensible de mis nervios.
Es la carne que grita con sus ardientes lenguas!
Es el incendio!
Y estás aquí, mujer, como un madero intacto
ahora que vuela toda mi vida hecha cenizas
hacia tu cuerpo lleno, como la noche, de astros!
Déjame libre las manos
y el corazón, déjame libre!
Yo sólo te deseo, yo sólo te deseo!
No es amor, es deseo que se agosta y se extingue,
es precipitación de furias,
acercamiento de lo imposible,
pero estás tú,
estás para dármelo todo,
y a darme lo que tienes a la tierra viniste–
como yo para contenerte,
y desearte,
y recibirte!