«Ulises y las Sirenas» (detalle) del pintor Herbert James Draper.

La nave de Ulises con su reducida tripulación se acerca a la isla de las Sirenas. En la mente del héroe se reavivan las advertencias de Circe. Los otros marineros que lo acompañan no dejan de sentir temor, pero conocedores de la astucia de aquel líder, esperan sus indicaciones.

 —Aquí está la cera. Ponedla bien adentro de vuestras orejas.

Los hombres sueltan los remos y empiezan en distintos tiempos a cumplir la orden. El mar parece tranquilo y el cielo apenas muestra unas pocas nubes.

—Ahora, preparad la soga, una de las fuertes.

Mientras dice esas palabras, Ulises va situándose de pie, justo de espaldas al grueso mástil de la embarcación. Su corazón palpita ansioso. Algo semejante había sentido cuando escapó de la cueva de Polifemo, amarrado al vientre de esos enormes carneros.

—Haced varios mudos, con fuerza; que mi cuerpo parezca uno con la madera —les advierte a dos de sus más cercanos remeros.

Los marineros envuelven a Ulises con la soga, apretando el cuerpo del héroe en más de una ocasión. Después retornan a sus sitios y comienzan a tapar sus orejas con la blanda cera.

Aunque la tripulación sigue remando y el viento mueve tenuemente la vela, la cercanía a la isla crea una especie de silencio profundo. El ruido de las olas del mar suena claro para Ulises, al igual que el movimiento atropellado de sus pensamientos:

—“Quiero escuchar esas voces, adueñarme de sus secretos, deleitarme con su música… Ver y escuchar, eso es lo que deseo”.

Y Ulises, con los ojos muy abiertos, con la mirada fija hacia aquella isla rocosa, se acerca valiente a los reinos de estas tres cantoras con alas y patas de pájaro.

*

—Ligeia: Hermanas, observad al poniente, se aproxima una nave… Que nuestras incesantes melodías sean más fuertes ahora. Tú, Aglaope, tañe la flauta con ese sonido tan penetrante, que parezca uno solo con los pálpitos del corazón de aquellos marineros, mientras yo pulso mi lira con más intensidad.

—Aglaope: Ya los veo… aunque no son muchos, los noto desconcertados; esta será otra tripulación que tampoco llegará a su destino.

—Himeropa: Sí, hermanas, es tiempo de que suene fuerte nuestra música a la par de nuestras voces melodiosas…

—Ligeia: Mirad, en el mástil está atado un hombre, que no deja de mirarnos…

—Aglaope: Es el asombro de vernos y escucharnos por primera vez.

—Himeropa: La tripulación parece no estar oyéndonos, ¿será que nuestra música no tiene la suficiente intensidad para herir sus oídos? Hermanas, aumentad el volumen de vuestros artilugios, que el sonido de la lira y el aulós penetre hasta el fondo de sus almas.

—Ligeia: ¿O será que son sensibles más al canto que al sonido de nuestros instrumentos? Unamos, entonces, nuestras voces y despertemos en ellos recuerdos queridos, ensoñaciones de esas que llevan al llanto.

*

Por un momento la tripulación deja de remar. El tiempo parece haberse detenido. Los navegantes miran hacia la isla y ven en un pequeño promontorio a tres mujeres echadas, observándolos. Como tienen las orejas tapadas, sólo pueden apreciar los gestos de aquellos seres extraños contorsionando su cuerpo a la par que mueven sus manos en unos instrumentos musicales. Imaginan que están tocando y cantando a la vez. Varios de los remeros, sin ponerse de acuerdo, musitan una antigua oración a Poseidón, el dios de los mares, repitiendo entre dientes el final de aquel himno protector: “Oh, bienaventurado, socorre a los navegantes con corazón benévolo”. Únicamente Ulises permanece atento y concentrado en la música envolvente y el canto dulce de las Sirenas.

*

—Ligeia: Observad, los hombres han dejado de mover sus brazos. Su atención está dispersa y parece que estuvieran desconcertados o perdidos en sus pensamientos.

—Aglaope: El que está atado al mástil es el más atento a nuestro llamado sonoro, pero noto que todavía no se anima a romper las ataduras y lanzarse al mar para venir a buscarnos.

—Ligeia: Hermana, cántale con tu voz seductora, recuérdale las largas noches de sincero amor con su entregada esposa y, si eso no es suficiente, tú sabes cómo hacerlo, convierte tu voz en un susurro incitante que evoque las noches apasionadas que este hombre tuvo con alguna de sus amantes. Hazlo, pronto… o si no, libera su imaginación y conviértela en un presagio gozoso de los futuros cuerpos desnudos que están dormidos en su fantasía.

—Himeropa: Eso haré, pero necesito que pulses la lira como si cada cuerda fuera una caricia, como si las notas hicieran las veces de unas delicadas manos.

—Aglaope: Como veo que porta casco de guerra, cantaré como nunca sus hazañas pasadas, recordaré dulcemente sus hechos memorables y pondré tal brillo en mis notas que haré revivir el orgullo de la victoria y el placer de los vítores que preludian los honores.

—Ligeia: Sí, concentrémonos en él, pero sin descuidar a los otros marineros. ¿Qué pócima habrán bebido o qué divinidad los protege para que no los afecte nuestra música? Hermanas, armonicemos nuestras fuerzas para incentivar en esos hombres el deseo de venir hacia nosotras.

*

Casi todos los tripulantes miran hacia el mismo punto. Allá, a corta distancia, están las Sirenas. Unos piensan que son demasiado raquíticas, comparadas con las historias de suma belleza que escucharon en los puertos; otros cavilan en que sus cuellos son demasiado largos para su reducido tronco; algunos más, los de mirada más fina, se detienen en los resplandecientes pechos. Todos, sin saberlo, coinciden en que sus rizadas cabelleras son de una hermosura inigualable, y al verlas ondular por la brisa parecen un mar bermejo con las tonalidades de la miel.

Ulises en cambio, como sí puede escuchar lo que las Sirenas cantan y tocan, está en un estado de éxtasis, de arrobamiento. Unas notas lo llevan hasta su querida Penélope, a sus muslos firmes y ardorosos; otras melodías lo trasladan hasta el lecho de Circe y allí vuelve a sentir la exquisitez de amar y ser amado asumiendo variedad de formas… Y al contemplar los senos de las Sirenas su memoria se sitúa justo en el lecho de Calipso y se ve a sí mismo bebiendo un vino embriagador en aquellas vasijas rosadas turgentes y olorosas a perfume. Y al escuchar aquellos cantos, todo su ser tiembla de emoción al verse derribando a sus enemigos, arengando a los ejércitos, peleando en compañía del veloz Aquiles, ideando y dirigiendo la construcción del caballo de Troya, abriendo el desfile de la procesión triunfal en medio de la multitud del pueblo aqueo que le lanza rosas como regalo a sus victorias. A medida que se intensifica el canto de las Sirenas, Ulises recupera la fuerza juvenil del guerrero, la valentía que rompe cualquier tipo de obstáculos… Aún así, el amarre de la soga lo mantiene fijo al mástil del navío.

*

—Aglaope: Imposible, hermanas, mirad. Los hombres han vuelto a tomar sus remos, la nave amenaza con alejarse de nosotras. Por primera vez unos mortales huyen indemnes de nuestra música. ¡Cantad más fuerte!

—Himeropa: O tú, madre, Melpómene, pon en nuestro ser el don de los arpegios celestiales, agiliza nuestras manos, afina nuestra voz.

— Ligeia: Y el hombre atado al mástil, es implacable en su tenacidad para seguir mirándonos. Esos ojos parecen flechas incendiarias que queman mi garganta. Debe ser un héroe, un semidiós o algún titán de los que nadie sabía nada.

—Aglaope: Se alejan, se alejan, cuánto lamento ahora la ocasión en que concursamos con la Musas y perdimos nuestras alas. Si pudiéramos volar cantaríamos muy cerca a sus oídos y sentirían en su piel la vibración de nuestros instrumentos.

—Ligeia: Hermanas, es el momento de acudir a nuestra última manera de seducir: otorguémosles a esos marineros la facultad de ver el porvenir; démosles, así sea por un corto tiempo, el don de la clarividencia como último recurso para detenerlos.

—Himeropa: Sí, eso es. Que sea el futuro y no el pasado lo que los obligue a venir hasta nosotras.

*

La tripulación empieza a remar con lentitud, esperando a ver si sus ojos les revelan algo especial o diferente de las Sirenas. Sin embargo, nada extraño sucede. Las tres mujeres con piernas de pájaro se mueven acompasadamente en una danza muda. Entonces, miran hacia donde sigue amarrado su líder. Lo notan con los ojos muy abiertos y con un gesto totalmente ausente. No se equivocan: Ulises camina por su Ítaca añorada, siente la brisa refrescante y el olor de su patria; va al encuentro de su servicial Eumeo y unos segundos después se abraza conmovido con su hijo Telémaco. Ve a unos hombres invadiendo su hogar y a la vez vislumbra la estrategia para acabar con ellos. Todo se le revela en una progresión infinita, tan rápida que no alcanza a retenerla en su memoria… Tantas imágenes se aglutinan en su mente que hasta puede verse a sí mismo, ya anciano, relatándole a su amada Penélope la aventura de la que ahora es protagonista.

*

—Himeropa: Me falta el aire, se está apagando mi voz.

—Ligeia: Todas las cuerdas de mi lira han dejado de vibrar.

—Himeropa: La sequedad ha roto mis entrañas… ¡Qué espantoso silencio!

—Aglaope: Padre, mío, acógenos en tus húmedos brazos. Amadísimo, Aqueloo, de ti venimos y hacia ti volvemos.

*

Los hombres alcanzan a divisar en la distancia cómo las Sirenas se lanzan al mar. Se sienten más tranquilos. Rápidamente van quitándose la cera de las orejas y, acto seguido, varios de ellos comienzan a desatar a Ulises. El héroe de los mil engaños sigue absorto en su visión, y apenas está liberado de la cuerda, cae desmadejado al piso de la embarcación. Alguien le lleva agua y Ulises la bebe con tal ansiedad, como si hubiera acabado de salir de un extenuante combate. La tripulación quiere saber de una vez, qué ha escuchado su líder, cómo es el temible canto de las Sirenas. Arden en curiosidad. Sin embargo, Ulises aún sigue tan extasiado, con un rostro absorto y lejano, que los remeros prefieren dejar pasar un tiempo razonable antes de agobiarlo con sus preguntas. Cuando el viento sopla fuerte en sus rostros, izan la vela y descansan sus brazos. Justo en ese momento el rey de Ítaca se pone de pie y, como si adivinara lo que sus hombres desean saber, les dice:

— Es algo maravilloso y muy triste a la vez. Esa música y ese canto me llevaron a revivir, en un instante, la creación de mi pasado, pero también me hicieron contemplar su destrucción. Era como estar en el Hades y el Olimpo al mismo tiempo… Exaltada alegría unida a un profundo dolor fue lo que provocó en mí el canto de las Sirenas.

Enseguida pone su mano derecha a la manera de un parasol sobre sus ojos, mira de donde vienen navegando y dice sentencioso una frase que parece una revelación de tal encuentro:

—Siempre el agua quiere desmoronar la roca porque el movimiento no soporta la fijeza.