«Homero y su guía» de William Adolphe Bouguereau.

Escolio: “nota crítica, explicativa, o aclaración, interpretación, observación ilustrativa, o comentario de un texto”. (Helena Beristáin)

Con un grupo de colegas docentes de la Universidad de La Salle de Bogotá (pertenecientes al Centro de lectura, escritura y oralidad, CLEO) hemos venido realizando semanalmente una tertulia. El tema que nos ha convocado este semestre ha sido el de la oralidad. Precisamente ahora, uno de los textos que tenemos como motivo para el diálogo, entre otras cosas por ser el culmen de la narración oral, es la Odisea de Homero. Por tal motivo, durante algunas semanas usaremos la estrategia del escolio, para ir poniendo en común (con ellos y con otros lectores de este blog que tengan interés en acompañarnos en tal conversación) las resonancias del texto, los comentarios al margen, las observaciones u opiniones derivadas de uno de los referentes más importantes de la épica en el mundo Occidental. Para darle algún orden a dicho ejercicio gozoso de lectura iremos avanzando en la lectura de la obra según un grupo de cantos, que enunciaré en el título de cada entrada.

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Invocar a la Musa es, por supuesto, un llamado para obtener el favor de esta divinidad protectora de las artes (Musa o Musas), pero al mismo tiempo, es una reiteración a despertar las potencias de la memoria (la madre de las Musas fue Nemosine). El llamado a la Musa advierte, además que, si bien el aedo quisiera contarnos todos los pormenores de la vida del astuto Ulises, se conforma al menos con que la Musa lo inspire para contar “un pasaje” de tales aventuras, una parte de sus andanzas. También es una licencia celestial para empezar por donde quiera o mejor afloren sus recuerdos. En todo caso, al usar los giros verbales de “háblame” o cuéntame” el aedo se asume como un intermediario de la Musa; él presta su voz y su canto, pero la que en verdad conoce la historia del errante guerrero es esta hija de Zeus.

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Si bien Ulises está preso por las artimañas seductoras de Calipso; de igual manera, Penélope está asediada por los arrogantes pretendientes. Cada uno, en un diferente espacio (cueva y palacio), no puede cumplir su mayor deseo. Ulises añora regresar a su Ítaca (al menos ver el humo de su tierra patria), estar de nuevo con su esposa; Penélope, entre sollozos, añora el rostro de él, hallar descanso para su honda pena. Lo que mantiene unidos a estos dos “cautivos” es el recuerdo; en medio de esta larga separación, el recuerdo es el vínculo. La etimología de “recordar” cobra más sentido en este contexto: la memoria tiene su asiento en el corazón.

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Homero, el gran rapsoda, ya presenta en el primer canto de la Odisea a un colega de oficio: Femio. Y leyendo la obra, sabemos que los aedos “cantaban cosas gratas al hombre, gestas de héroes y dioses”, o “bellos cantos” para entretener a su audiencia de turno (en este caso, “los pretendientes”), como también entonaban “cánticos tristes” capaces de provocar “angustia en el pecho” de Penélope. Sabemos por Telémaco que era grato escuchar a estos cantores porque su voz era semejante a las mismas deidades.

«Penélope y los pretendientes» de John William Waterhouse.

No es solo Ulises el astuto, también Penélope urde tretas para postergar elegir a uno de los “pretendientes”. La argucia de pasar el día tejiendo la gran tela, para luego, en la noche, deshacerla, es un ejemplo de esta mujer “sin igual en astucias”. Y pareciera también que los ardides de Penélope, sin tener un halo mágico, se asemejan mucho a las estratagemas de Poseidón: postergar el cumplimiento del objetivo final; alejar, distanciar la realización del mayor deseo.

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Los presagios son un modo de crear la expectativa, un adelanto de lo que va a pasar después. Los presagios crean suspenso. Tal es el caso del augur Haliterses Mastórica, conocedor de la ornitología, que interpreta el vuelo del par de águilas que se arremolinan sobre la asamblea del pueblo de Ítaca, para luego lanzarse en picada atacándose entre sí, como una forma de la suerte aciaga de los futuros “pretendientes”.

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Puede percibirse en la Odisea una voluntad de nombrar las cosas con precisión y gran detalle. La mirada aguda del “ciego” Homero es contundente. Baste, como ejemplo, el vocabulario empleado en la escena cuando Telémaco se embarca, junto a Atenea, hacia la arenosa Pilos: “alzaron el mástil de abeto y lo fijaron erguido en el agujero del centro de cubierta, lo sujetaron con las drizas, y tensaron la blanca vela con correas bovinas bien retorcidas”, en la versión de García Gual o, siguiendo la traducción rítmica de José Manuel Pabón: “Telémaco diole a su gente la orden de echar mano a las jarcias, pusiéronse todos a ello, en la hueca carlinga encajaron el mástil de abeto, que afirmado quedó al anudar los estayes, e izaron con la drizas de cuero trenzado la cándida vela”. Por supuesto, esta manera de describir afianza el realismo y aumenta el grado de verosimilitud de la historia.

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Sea en la traducción de Segalá y Estalella: “como que todos los hombres están necesitados de las deidades” o en la de García Gual: “porque todos los hombres se sienten dependientes de los dioses”, lo cierto es que en la Odisea hay un trasfondo religioso que permea y regula las prácticas cotidianas. En ese ambiente sagrado abundan las libaciones y las invocaciones, el sacrificio, la quema de muslos de toros, la sangre derramada que busca protección para un viaje, una persona, una familia o una comunidad. Cuántas suplicas encontramos a lo largo de la Odisea. Por supuesto, todos esos gestos y discursos se dan dentro de un ritual que necesita de alguien especial que lo dirija y de unos determinados objetos (la copa de oro) que lo doten de trascendencia. Lo esencial del sacrifico comporta una especie de trueque: cuanto mayor sea el número de toros o bueyes (la hecatombe era de 100) en esa misma proporción se espera mayor recompensa por parte del dios invocado. Los sacrificios se hacen para “otorgar gloria a un guerrero”, para que se realicen los empeños”, “para conjurar la cólera de un dios o diosa”, “por haber recorrido la vasta superficie marina”. En todo caso, son manifestaciones sagradas que pretenden, esencialmente, “elevar una súplica a los inmortales”.

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Los dioses o divinidades son otros protagonistas de la Odisea. No solo por ser aliados o figuras protectoras de los diversos personajes (se los invoca, se solicita su ayuda, a ellos se les ofrecen sacrificios), sino porque entran a formar parte de las diversas peripecias de los actores principales de la obra. Y el recurso que emplean es el de las transformaciones; asumen otra voz, otro cuerpo, para intervenir en el curso de los hechos. Atenea, por ejemplo, puede asumir la “figura y el timbre de voz” de Méntor o del mismo Telémaco; o convertirse en un “fantasma” (Iftima) que le habla en sueños a Penélope. Los dioses se disfrazan al igual que el astuto Ulises. Y Homero juega a que los personajes no sepan del todo, sin están al frente de un héroe o una persona de verdad, o si su diálogo es o ha sido con una divinidad. La misma Atenea puede convertirse en águila, así como Odiseo “cubriendo su ser, se transfiguró en otro hombre que parecía un mendigo”, y gracias a ese disfraz penetró en la ciudad de Troya. Asocio este recurso de dioses y hombres con la metis, ese tipo de inteligencia sagaz, en la que además de la astucia, intervienen el artificio, el truco, el engaño (Atenea, no hay que olvidarlo, era hija precisamente de Metis quien tenía como rasgo notorio su insigne capacidad de transformación).

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Las palabras y los gestos de hospitalidad aparecen en varios momentos de la Odisea. Está presente en la manera cuidadosa como se acoge al extranjero, como se le da la bienvenida, como se le ofrece o se lo hace partícipe de la una comida abundante, y también en la preparación del lecho para recuperar las fuerzas y disfrutar de un buen sueño. Nunca se agobia al recién llegado con preguntas sobre su identidad o procedencia, sobre sus fines o propósitos, sin antes haberle garantizado un alimento y una cama para su descanso. Al otro día se podrá indagar por su identidad, su filiación y su propósito. Esta práctica de la hospitalidad genera compromisos: a Telémaco le dolía en las entrañas que algún huésped quedase a la puerta, en el umbral de su palacio; y Menelao se indigna con el sirviente Eteoneo, cuando le pregunta si debe acoger a Telémaco y el hijo de Néstor: “también nosotros, hasta que logramos volver acá, comimos frecuentemente en la hospitalaria mesa de otros varones… Desunce los caballos de los forasteros y hazles centrar a fin de que participen del banquete”. Atender al huésped es una obligación y un riesgo de que, si no se hace de manera adecuada, se pueda tener la enemistad del visitante y su familia, al igual que de sus dioses protectores. Esta costumbre de la hospitalidad se cierra con la entrega de un regalo valioso o altamente significativo: “te despediré regalándote como espléndidos presentes tres caballos y un carro hermosamente labrado; y también he de darte una magnífica copa para que hagas libaciones a los inmortales dioses y te acuerdes de mí todos los días”, le anuncia con orgullo Menelao a Telémaco, próximo a la partida del hijo de Ulises. Los regalos buscan enaltecer o dignificar al huésped; hacen las veces de rúbricas de fraternidad, de vínculos para el futuro y, lo más importante, se convierten en objetos mnemónicos; es decir, en cosas parlantes sobre la persona que los regaló. Es un recurso para no olvidar y mantener vivo el agradecimiento. En este ambiente de navegantes a la suerte del destino y de forasteros errabundos la hospitalidad es una práctica sagrada.

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Cuando Penélope sabe que su hijo está en peligro por la futura emboscada que traman los “pretendientes”, se deshace en llanto, pero luego de “lavarse la cara y vestirse otra ropa”, se fue a sus aposentos y entonó una oración a Atenea: “¡Óyeme, hija de Zeus que lleva la égida; indómita deidad! Si alguna vez el ingenioso Odiseo quemó en tu honor, dentro del palacio, pingües muslos de buey o de oveja; acuérdate de los mismos, sálvame al hijo amado y aparta a los perversos y ensoberbecidos pretendientes”. Homero dice que la “divinidad escuchó su plegaria” y que, para aliviar su llanto y su “flébil lamento”, entró en su sueño en la forma fantasmal de su hermana y le habló con unas palabras esperanzadoras y tan hermosas como la misma plegaria: “¿Te has dormido, Penélope, y tienes tal pena en el ánimo? Sabe, pues, que los dioses que viven dichosos no quieren que solloces ni penes, que al hijo has de ver de regreso, porque a ojos de todos los dioses jamás ha pecado”. Un corto diálogo prosigue entre las dos hermanas hasta que Penélope despierta con alegría en su corazón “porque había tenido tan claro ensueño en la oscuridad de la noche”.