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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Contrapunto

Las ideas-fuerza, una fructífera estrategia de lectura

20 domingo Jul 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, LECTURA

≈ 8 comentarios

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Contrapunto, Didáctica de la lectura, Estrategias de lectura, Lectura crítica de textos, Técnicas de subrayado

«Mujer leyendo» de Pablo Picasso.

En algunos de mis libros y en materiales didácticos para cursos y seminarios sobre prácticas de lectura he propuesto trabajar con ideas-fuerza. Dada la potencialidad de este recurso, me ha parecido bien, en esta ocasión, explicar detalladamente de qué se trata y mostrar sus bondades en un proceso de comprensión lectora o para la crítica de textos escritos.

Lo primero que debemos recordar y evaluar es una práctica de lectura –muy utilizada en los colegios– que aboga por encontrar en un texto tanto las ideas principales como las ideas secundarias. Y si bien esto se puede lograr después de haber leído y releído todo un texto, no resulta fácil identificar cuál es una u otra a medida que se va leyendo. Esa es, precisamente, la mayor debilidad de este modo de ir desentrañando los textos. De otra parte, es obvio que, para saber discriminar las ideas principales de las secundarias, se requiere cierta perspicacia o por lo menos una experiencia validada en tal modo de abordar un documento escrito.

Para responder a este modo habitual de comprender los textos es que nace la apuesta por las ideas-fuerza. Es decir, de reconocer en lo que vamos leyendo ideas (no palabras) que nos llaman la atención, ya sea porque nos identificamos con sus planteamientos, porque nos generan inquietudes o porque estamos en desacuerdo con lo que allí se enuncia. En este sentido, las ideas fuerza son una modalidad del subrayado, pero sin determinar una jerarquía estructural o captar una organización de subordinación. Se trata más bien de ir adentrándonos en el texto subrayando apartados con sentido completo que interpelan nuestro ojo lector, ponen en movimiento nuestro pensamiento, nos invitan a reflexionar o conmueven nuestra sensibilidad. Precisamente por eso tienen el calificativo de “fuerza”, porque rompen la pasividad mecánica del ojo, y exigen recuperar el dinamismo del entendimiento, la participación activa del lector con el texto. Son ideas-fuerza porque nos inducen a interactuar con ellas, a responder de alguna manera, a superar la condición de pasivos leedores.

Si bien estas ideas-fuerza pueden identificarse con un color, la experiencia nos va ayudando a entender que usar varias tonalidades tiene más potencialidades en un proceso de comprensión lectora. Lo importante es que logremos darle un relieve a la superficie plana del texto. Sabemos que el territorio de los textos no es uniforme: a la par que uno va leyendo se encuentra con diferentes cosas, hay ideas que se reiteran, otras que se mutan, se derivan o se entrecruzan. Entonces, poco a poco se necesitan colores diferentes para atrapar las metamorfosis de las ideas. Advierto que este modo de subrayar ideas-fuerza con dos o más colores, es algo que se va adquiriendo en la medida que trabajamos con los textos, en que dejamos de ser espectadores de una información, y nos convertimos en receptores antagonistas de un mensaje.

Una bondad de esta estrategia de lectura, y que resulta muy valiosa en la formación de lectores, es la de permitir expresar las marcas significativas entrevistas por determinada persona; es decir, cada quien subraya las ideas fuerza que estén más cercanas a su historia personal, a su mundo intelectual, a su radio de interés. No hay un repertorio de ideas ya establecidas a las cuales deberían llegar todos los lectores. Cada quien irá repujando apartados del texto que luego, en el diálogo con los compañeros de clase o a partir de las ideas fuerza destacadas por el profesor, podrá descubrir si son coincidentes, divergentes o discrepantes de la mayoría. Desde esta perspectiva, las ideas-fuerza favorecen el diálogo, el debate, el foro, y todas las llamadas “hablas plurales”. Más que buscar la unanimidad, las ideas-fuerza anhelan que la conversación en clase se movilice desde las propias marcas, desde un lugar personal que dice “este apartado es importante para mí”, y luego, en la exposición compartida, se sabrán las razones de tal selección textual. Seguramente, sobre varias de esas ideas habrá puntos en común, pero en otras, se podrá notar cómo la perspicacia en ver los detalles, la atención vigilante y la exposición frecuente a los textos ofrecerá subrayados no por todos vistos o considerados relevantes.

Por supuesto que al tener las ideas-fuerza ubicadas, al contar con esa evidencia, se podrán hacer diferentes ordenaciones y jerarquías: desde el simple listado (que dará pie a constatar las reiteraciones del autor) hasta los racimos asociativos o los mapas de ideas. Ahora sí, mediante el análisis de dichas ideas-fuerza –que provienen del texto en su totalidad– se sabrá cuáles son ideas realmente vertebrales y cuáles secundarias o no tan sustanciales. Las ideas-fuerza, en esta perspectiva, son un grupo de frases subrayadas por el lector que, al mirarlas en conjunto, permiten valorar o tener elementos confiables de juicio crítico sobre el contenido de un texto.

Las ideas-fuerza pueden servir de dispositivo didáctico para que el docente inicie la entrada a un texto, desmontando párrafo a párrafo con sus estudiantes la comprensión del mismo; contribuyen a mostrar colectivamente la riqueza de significados, las complejidades de la interpretación.  De igual modo, las ideas fuerza son muy útiles en el “trabajo previo de lectura” para luego, en pequeños grupos de una clase, compartirse, discutirse, o generar acuerdos enfocados a presentarse en una plenaria. Otro tanto cabe decir del uso de las ideas-fuerza para el trabajo de “reconstrucción sintética” al cerrar una temática o el abordaje de un documento. Bien sea como actividad preliminar, como “subrayados personales” para la discusión o como producto de una sesión de aula, las ideas-fuerza ofrecen prolíficos resultados.

De igual manera, emplear el recurso de las ideas-fuerza resulta provechoso para otra estrategia –esta vez de escritura– que he venido promoviendo y desarrollando durante varios años. Me refiero al uso del contrapunto. En este caso, las ideas-fuerza hacen las veces de motivo o detonante para provocar la amplificación, la disminución, la réplica, la transposición, la derivación, el contraste o el análisis. Las ideas-fuerza sirven de germen, de acicate, para que el lector de un paso más allá y se atreva a escribir algo sobre lo que acaba de subrayar en un texto. Las ideas-fuerza merman el miedo o la incertidumbre a no saber por dónde o sobre qué escribir, especialmente cuando se trata de elaborar documentos expositivos o argumentativos. Por el contrario, con un repertorio de ideas-fuerza será más fácil entrar en interlocución con un texto y, desde esas piedras de toque, hallar la chispa para redactar un comentario o un ensayo.

Como puede colegirse de lo dicho, la estrategia de lectura de las ideas-fuerza posibilita adentrarse en la médula de los textos. Invita a mantener un trato activo con aquello que leemos y a aprender a foguearnos con ideas ajenas. Pero, sobre todo, son un antídoto contra esas prácticas de lectura superficiales que terminan en la opinión gratuita y en la divagación sin referencias ancladas a determinado documento.

Contrapunteo con Italo Calvino

18 lunes Oct 2021

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

≈ 6 comentarios

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Ítalo Calvino, Contrapunto, Estrategias de escritura, Estrategias de lectura, Seis propuestas para el próximo milenio

Italo Calvino: «La palabra une la huella visible con la cosa invisible».

He releído durante estos últimos días Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino, traducidas por Aurora Bermúdez y César Palma (traductor de “El arte de empezar y el arte de acabar” (Siruela, Madrid, 1998). Me continúan pareciendo incitadoras y sugestivas “las cualidades o especificidades de la literatura” previstas por Calvino, en 1985, para este siglo en que vivimos. Valgan, entonces, los contrapuntos que siguen como una manera de profundizar o darle resonancia a sus planteamientos.

Punto: “Mi labor ha consistido las más de las veces en sustraer peso”.

Contrapunto: Comparto esta afirmación de Calvino porque el ejercicio de escribir es, en esencia, una labor de quitar lo innecesario, de podar la maleza, de limpiar el fárrago y la confusión de las palabras. Cuando se empieza a escribir creemos, erróneamente, que la redacción abundante y aglomerada es sinónimo de buena escritura; sin embargo, a medida que nos dedicamos más a esta tarea descubrimos todo lo contrario: que escribir es más bien una tarea de filtrar las palabras, de aquilatarlas en su justo significado, de tamizarlas para dejar solo aquellas que en verdad apuntan a lo que deseamos decir. La sustracción de peso, de la que habla Calvino, se hace más evidente en la corrección, en ese momento de la escritura en que la razón controla el potro cerrero de la emoción y el ojo avizor hace la aduana a los flujos incontrolados de la expresión sin ataduras. El peso es como el lastre, como las adherencias con las que salen las ideas;  y el escritor debe limpiar constantemente su dirigible de palabras para que pueda volar a sus anchas la inteligencia y la imaginación. 

Punto: “El uso de la palabra tal como yo la entiendo, como persecución perpetua de las cosas, adecuación a su variedad infinita”.

Contrapunto: Me uno a esa convicción de Calvino de que escribir es más una búsqueda que un acierto. Me afirmo, por lo mismo, en que escribir es un oficio artesanal, de tanteos y versiones, de borradores que se van puliendo, afinándose hasta lo que consideramos una versión casi definitiva. Es tan variado y complejo el vasto universo, son tantos los matices de los seres y las personas, que sería ingenuo suponer que en un solo intento el escritor lograría dar en el clavo de su pesquisa. La persecución de que habla Calvino tiene las mismas resonancias de lo que buscaba Flaubert al escribir: hallar esa palabra que condense de manera cabal nuestro pensamiento, que tenga la fuerza comunicativa para interpelar al lector y que, al mismo tiempo, no se preste a confusiones. Labor lenta, cuidadosa, que exige entrega y disciplina. Tarea interminable porque, a medida que el escritor gana experiencia tanto vital como en el mismo oficio de tratar con las palabras, va descubriendo otras acepciones de las cosas, otras alternativas de nombrar el universo, otros modos de acotar lo que percibe, siente, piensa o imagina. Y, sin embargo, esa misma búsqueda de la palabra justa y significativa entraña un goce, un juego, un reto al pensamiento y a nuestras facultades creativas.

Punto: “En cualquier caso el relato es una operación sobre la duración, un encantamiento que obra sobre el transcurrir del tiempo, contrayéndolo o dilatándolo”.

Contrapunto: Me gusta esta observación de Calvino sobre la materia prima con que trabajan los contadores de cuentos, los hacedores de relatos. Ellos son orfebres del tiempo. Y me gusta aún más el matiz que señala: su oficio es “encantarnos”, hacer que la duración de la historia nos tenga hechizados o, al menos, atentos a lo que va a suceder. Los contadores de relatos son maestros en esto de contraer o dilatar el tiempo; esa parece ser su experticia. Entre el comienzo del cuento y el término del mismo está la habilidad del narrador para mantenernos en suspenso, para no dejarnos caer, para sostener la magia de ese acto sutil con la duración. Los buenos hacedores de relatos saben que la duración tiene mayor plasticidad que el tiempo que miden los relojes; conocen que la duración posee un componente sensitivo, emocional. Y, por ello, al elaborar el relato, saben tender muy bien los hilos de la trama, como un artificio para no dejarnos caer en la desatención o el aburrimiento. La trama es el tejido temporal que elabora el narrador para mantener en vilo la sugestión del espectador o del lector, un sortilegio de palabras dispuesto en el intervalo que va desde un inicio hasta un final.

Punto: “Digamos que, desde el momento en que un objeto aparece en una narración, se carga de una fuerza especial, se convierte en algo como el polo de un campo magnético, un nudo de una red de relaciones invisibles”.

Contrapunto: Los objetos no son secundarios en una narración; tampoco parecen ser un decorado o algo despreciable para un escritor. Los objetos tienen densidad y cumplen funciones importantes en un relato o resultan definitivas para comprender un modo de ser, un campo de interacciones o una época específica. Precisamente por eso, lo que señala Calvino es tan relevante. Si el narrador toma la decisión de incluir un objeto, debe saber que, al hacerlo, está metiendo en su historia un elemento que irradiará fuerzas y relaciones de diversa índole. Los objetos gravitan en el relato, atraen y generan repulsas; ofrecen pistas sobre asuntos que parecen incomprensibles y son testimonios vivos, así luzcan inertes y mudos. Los objetos operan por vía metonímica o metafórica; tienen su propio ciclo de vida y contienen una memoria única que solo se despierta si se cuenta con la clave para abrir sus secretos. Los objetos son testigos de lo que nuestra frágil mente olvida y son un legado que poco a poco, a veces sin darnos cuenta, vamos guardando en el pasar de nuestra cotidianidad. El magnetismo de los objetos del que habla Calvino nos advierte de que en los relatos, como en la vida misma, ciertas cosas pueden asumir la magia de un amuleto, y otros objetos ser portadores de una atracción insensata y dañina.   

Punto: “La literatura (y quizá sólo la literatura) puede crear anticuerpos que contrarresten la expansión de la peste del lenguaje”.

Contrapunto: Bien parece que la literatura tiene la función de destilar el lenguaje que abunda de forma indiscriminada o es expresado de cualquier manera. Sospecho que Calvino preveía los anticuerpos de la literatura para contrarrestar la verborrea asfixiante, la palabrería inútil, el lenguaje excesivamente procaz y agresivo que prolifera en la comunicación habitual y en los medios masivos de información. De alguna forma, Calvino creía, como yo, que la literatura es una postura ética del lenguaje ante la palabra irresponsable, ante la palabra demagógica, injuriosa, avasallante y abiertamente discriminatoria. Pienso que esos anticuerpos no se refieren principalmente a la corrección idiomática, sino a una conciencia sobre el cuidado del lenguaje como expresión de la tribu y sus urgencias vitales. Los anticuerpos aparecen en el momento en que damos importancia a los fines de las obras literarias, en el instante en que asumimos la autocrítica como un medio de revisar lo que parece ya logrado y cuando rompemos los hechizos de las demandas de la sociedad de consumo.  Considero que la peste del lenguaje de este siglo se hace evidente en la proclividad al fanatismo, en la idolatría del yo de las redes sociales, en la desvergonzada mentira como táctica política, en el poco contrapeso que otorgamos al silencio para aquilatar el valor de la palabra. En este ambiente de parlanchines incendiarios y de banalidad expresiva es que la literatura puede reivindicar la fuerza de la palabra creadora de mundos, la labor artesanal del significado justo y sustancial, la fragua de un espejo imaginario que ayude a develar la realidad en que vivimos y, especialmente, a comprendernos.

Punto: “Cristal y llama, dos formas de belleza perfecta de las cuales no puede apartarse la mirada, dos modos de crecimiento en el tiempo, de gasto de la materia circundante, dos símbolos morales, dos absolutos, dos categorías para clasificar hechos, ideas, estilos, sentimientos”.

Contrapunto: Ingeniosos y sugerentes estos dos modos de concretar un ideal estético o, al menos, de aspiración suprema para el que escribe. El cristal que es fruto del pulimento, del orden, de la condensación de la materia; el cristal que brilla y resplandece por la manera como están organizadas sus partes; el cristal que nos advierte del cuidado de la forma y la orientación regular de sus elementos. Y la llama que también irradia luz, pero por la combustión, por lo inflamable de su materialidad; la llama que habla de energía y de calor, de la ingobernable variedad de lo inestable; la llama que expresa la vivacidad y la reacción de los elementos al tocarse; la llama que es vehemente y arrebatada, que oscila divagante entre la propagación y la extinción. Calvino dice que estos dos símbolos pueden ser entendidos también como una tensión entre dos ideales de la literatura: el que hace énfasis en la racionalidad geométrica y el que aboga por la expresión espontánea, libre de formalismos. A mí me gusta entender mejor esta tensión del cristal y la llama en la práctica de la escritura, en esas dos aspiraciones que sirven de faros a todos los orfebres de las palabras: de un lado el afán por ordenar y darle solidez a lo indeterminado; de otro, el deseo de conservar el fulgor de la vida para lograr así comunicarlo a otros. Buscamos el cristal porque pulimos y corregimos: somos artesanos respetuosos de la materia con que trabajamos; perseguimos la llama porque no queremos renunciar a nuestra historia: somos auténticos y sinceros con las experiencias y sueños de que estamos hechos.  

Punto: “En los últimos años he alternado mis ejercicios sobre la estructura del relato con ejercicios de descripción, arte hoy muy descuidado”.

Contrapunto: Comparto esta importancia que Calvino otorga a los ejercicios de descripción. Y no solo porque es un arte muy descuidado, sino por el simplismo con que se lo trata en el mundo escolar. Describir supone un dominio de las características y particularidades de los seres y las cosas; una claridad en el modo de hacer distinciones y un ojo aguzado para percibir los detalles. Cuando se ha explorado en este arte los términos no son intercambiables y el más pequeño ser recobra su asombrosa complejidad. Quien describe no solo pinta, sino que identifica, pormenoriza y representa; al describir hacemos vivo lo inanimado y ahondamos en los engarces inadvertidos que estructuran los organismos. Las diversas técnicas de la descripción (prosopografía, etopeya, retrato, hipotiposis, écfrasis…) contribuyen a poner entre paréntesis o sospechar de las generalizaciones, a conocer y usar más a menudo los tesauros o diccionarios temáticos, a evaluar o potenciar nuestra competencia lexical. Describir supone, antes de cualquier cosa, un afinamiento de los sentidos, una curiosidad hermana de la indagación y una capacidad de ordenar o poner en relación lo disperso o desagregado. Describir es devolverle a la palabra su potencial genésico.

Punto: “La literatura sólo vive si se propone objetivos desmesurados, incluso más allá de toda posibilidad de realización. La literatura seguirá teniendo una función únicamente si poetas y escritores se proponen empresas que ningún otro osa imaginar”.

Contrapunto: Este llamado de Calvino a expandir las potencias del lenguaje, a explorar en sus múltiples combinatorias, a imaginar más allá de lo imaginable, resulta de vital importancia en nuestros tiempos cuando hay un reduccionismo de la expresión y un empequeñecimiento de las formas expresivas. Me uno a esta consigna de Calvino de ser desmesurados, tal como clamara Vicente Huidobro en Altazor, o como lo imaginó el cubano José Lezama Lima en su apuesta por el potens y la sobrenaturaleza. La desmesura es un modo de romper el lenguaje estereotipado, los formulismos vacíos y una cierta insustancialidad en los mensajes que se replican en las redes sociales.  La desmesura es ampliación de las fronteras de la significación y un estiramiento de las fibras más íntimas del lenguaje. De allí que esa tarea  sea compartida con los poetas porque son ellos, precisamente, los que mejor han explorado en la palabra, en su rica variedad semántica, en los sentidos que adquiere según un cambio de disposición, en el ritmo que suena al interior de su almendra. Abogar por esta invitación a imaginar mundos posibles con palabras es una salida a las formatos estandarizados por el consumo masivo o a repetir lo que las grandes audiencias demandan o lo que la moda fija como gusto del momento. En esos proyectos imposibles, en esas obras que rompen todo esquematismo vigente, es donde mejor se siente el poder liberador y fundante de la literatura. Su función siempre está en lanzar nuestra mente hacia lo hipertélico, hacia lo increíble posible, hacia esas regiones del espíritu que se niegan a ser domesticadas por cualquier tipo de hegemonismo.

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