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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de autor: Fernando Vásquez Rodríguez

El vigía de la ventana

05 domingo Abr 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Crónicas, Del diario

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Etiquetas

Covid-19, Pandemia, Vida cotidiana

Fotografía de Andrzej Wojcicki

Fotografía de Andrzej Wojcicki

Marzo 15 de 2020

Nuevas medidas sobre el Coronavirus (Covid-19) por parte del presidente. Cierre temporal de colegios públicos y privados, cierre de fronteras, cancelación de eventos masivos, paulatino encerramiento en las propias residencias. Cambio en los hábitos de saludo, cambio en las rutinas de aseo, cambio en la cotidianidad de las familias. Palabras como pandemia y contaminación se multiplican por todos los medios de información masiva. Aparecen como alternativas de solución a este virus transnacional el teletrabajo, la educación virtual, las guías de estudio a distancia. La casa como fortín. Escasez de tapabocas, de gel antibacterial, de papel higiénico. Un recelo tácito con el vecino, con el amigo, con el colega de oficina. Que no crezca el miedo como se propaga el virus, es la advertencia de los gobernantes; que cuidemos a nuestros abuelos o a los “adultos mayores”, que son la población más vulnerable. Pero, que a pesar de todo esto, vuelven a decir los líderes y los médicos infectólogos, que sigamos nuestra vida normal… Y que esperemos de aquí a quince días a ver cómo evoluciona la epidemia… El dólar a más de cuatro mil pesos y una incertidumbre que al igual que una neblina no deja ver bien el futuro. 

Marzo 16 de 2020

Los medios masivos de información han aumentado el tiempo habitual para las noticias (de una hora, a hora y media). Los consejos por la televisión y la radio aumentan, en especial el lavado de manos y la distancia social. Recluirse, aislarse en la propia casa: ese parece ser el mensaje final de todas estas medidas gubernamentales o de la alcaldía. Además de esto, las redes sociales multiplican noticias falsas, alarmistas, malintencionadas. Las universidades, los colegios, han cerrado sus clases y buscan que mediante estrategias virtuales los estudiantes se mantengan en situación de aprendizaje. Fui a comprar unos víveres en un supermercado y noté varios estantes vacíos, especialmente los de aseo. No se consigue alcohol. Son varias las personas que no atienden las normas o las prohibiciones y, otras, las que solicitan con urgencia cerrar las fronteras, los aeropuertos. Los eventos deportivos masivos han sido cancelados. Las reuniones de más de 50 personas han corrido la misma suerte. La sensación de estar sitiado es evidente; sitiados por un virus invisible y con una facilidad enorme para propagarse.

Marzo 20 de 2020

Lo que sorprende es el silencio. Escaso, muy escaso el ruido de los automotores o el de las motocicletas. Apenas el ladrido de los perros. Un silencio excepcional, porque lo frecuente es lo contrario: la avalancha de pitos, chirridos y motores, las ráfagas estridentes de los buses, taxis y automóviles, a la par de un ronroneo de voces y sonidos de objetos de diversa índole. Hoy es distinto. Es el primero de los cuatro días que la alcaldía recomendó como aislamiento preventivo por la amenaza del coronavirus. Todo parece transcurrir adentro de las casas o los apartamentos; afuera, unos contados transeúntes y una soledad tan larga como las avenidas vacías. Un paisaje inédito para los bogotanos y para los habitantes de otras ciudades como Cali, Villavicencio, Pasto o Tunja. Afuera, invisible, está el peligro, el posible contagio. Y adentro, la esperanza de no contaminarse, la confianza en que como sucedió con el pueblo judío ante la décima plaga del relato bíblico, pase de largo y no infecte a ningún  miembro de nuestra familia.

Marzo 21 de 2020

La televisión, la radio, todos los medios de información masiva, se ocupan de dar consejos para estos días de aislamiento. La mayoría habla de juegos y recursos por internet; pocos, recomiendan la lectura. El temor es al aburrimiento. Gobernantes y líderes de opinión afirman que el lado positivo de este encierro es volver a estar en familia, a renovar los vínculos afectivos (desde luego, eso sí, desde lejitos). Algunos afirman que este es un tiempo obligado para escuchar y conversar, para preguntarles a los abuelos sobre sus historias, para intercambiar experiencias. Diversos mensajes que llegan al celular, memes, tienen un tono de reflexión espiritual, de motivos para la introspección personal. El covid-19, la pandemia, ha traído además del temor por enfermarse, una vuelta a lo que resulta fundamental en los seres humanos. Es una situación paradójica: ahora que no nos podemos tocar o acariciar, nos parece esencial renovar los afectos; en este momento en que las distancias deben mantenerse alejadas, nos percatamos de lo importante que es la familia. El coronavirus nos ha hecho conscientes, al menos en un primer nivel de impacto, de normas de higiene básicas, de prácticas de convivencia fundamentales, de una conciencia social sobre el bien común. Hasta el mismo acto de alimentarnos se ha puesto en la balanza de saber elegir entre lo necesario y lo suntuario. Algunos articulistas de prensa dicen que después de esta pandemia no seremos los mismos; eso es probable. No obstante, apenas se enciendan de nuevo las máquinas del comercio y comiencen a funcionar los pistones del mundo capitalista que rige las veinticuatro horas de los seres humanos, esto quedará como una anécdota, como un mal momento en que por mandato del gobierno se tuvo que permanecer encerrado en la propia casa. Y se volverá a lo de siempre: las residencias no serán espacios para construir familia, sino sitios de paso; los viejos más que voces de sabiduría serán seres inútiles y estorbosos; la reflexión y el cultivo de sí apenas tendrá un espacio en la agenda laboral; las dinámicas y propuestas de solidaridad cederán su paso a la ambición individual y a la despreocupación por nuestros semejantes.

Marzo 23 de 2020

Esta pandemia se mueve en la dinámica de lo inesperado. Obliga a un cambio brusco en muchas dimensiones: familiares, sociales, gubernamentales. Por ser la primera vez que pasa, la gente ha asumido dos formas de respuesta inmediata: una, centrada en el aumento de la alarma (hay telenoticieros que amparados en dar una información, exacerban la ansiedad por el covid-19), o de propagar noticias falsas sobre la catástrofe (cada celular se convierte en un foco más del virus), y otra,  ocupada en prever el futuro, en crear condiciones médicas o de distinta índole para cuando aumente el número de casos infectados. Tanto una como otra actitud se mueven sobre la cuerda floja de la incertidumbre. Lo inesperado tiene esa particularidad de tomarnos desprevenidos, de no contar con los suficientes recursos, de quedar un poco a la intemperie. Lo único es aprender de la experiencia (ojalá ajena) y con mucha creatividad tratar de resolver la red de problemas que van apareciendo. Lo inesperado ayuda a poner en evidencia las debilidades de un sistema de salud, la falta de recursos tecnológicos, la relación entre estamentos administrativos y gubernamentales, la eficacia de medidas y normas para la convivencia. De igual forma, lo inesperado replantea la pirámide de valores que una sociedad tiene entronizada; reconfigura los códigos de ética; pone en la balanza lo esencial con lo secundario.

Marzo 24 de 2020

Una buena parte de la población, en Bogotá y otras ciudades, ha hecho caso omiso de la cuarentena por el coronavirus. Las estaciones del transporte público presentan aglomeraciones, el terminal está lleno de viajeros que ignoraban o no sabían de su cierre, la plaza de Bolívar reúne a varios manifestantes que reclaman comida para lograr sobrevivir. Gran número de vendedores ambulantes o de los que viven del rebusque diario se muestran desesperados y claman por la ayuda del gobierno. Esta pandemia saca a flote los grupos de personas que por la velocidad y el flujo masivo de la vida cotidiana permanecen en un subsuelo social, haciéndole la “trampa al centavo”, estirando hasta donde sea posible la recursividad y la buena suerte. Un grupo de los animadores de estas protestas son migrantes venezolanos que además de padecer un desplazamiento forzado, tienen que soportar el desempleo y un nomadismo de calle. Pienso que epidemias como ésta muestran las desigualdades sociales en una crudeza apabullante: se ve el empleado que ha sido amenazado por su jefe si no llega a trabajar; se aprecia el vendedor de tintos que no sabe cómo puede pagar su arriendo; se observan los viejos pobres y solos que no pueden salir a reclamar sus medicamentos; se percibe a los vagabundos y habitantes de calle convirtiendo el día en una extensión de su noche. Por momentos la desesperación puede más que el miedo al contagio; el hambre inmediata hace que se pierda la dimensión de la enfermedad futura. Como son muchos los que “nada tienen que perder”, porque su situación económica es realmente crítica, por eso mismo enfrentan la pandemia con una despreocupación que raya con el sacrificio.  

Marzo 25 de 2020

Frente a esta pandemia sale a relucir el tipo de liderazgo de nuestros gobernantes. Hay unos, previsivos, que logran avizorar los escenarios futuros y, en consecuencia, toman medidas drásticas o con sabor de emergencia económica; hay otros, con poca prospectiva, que con paso muy lento van atendiendo lo inmediato, “apagando incendios”, jugando a quedar bien con todo el mundo. Y, finalmente, están los irresponsables que ni siquiera están informados o, para el caso de algunos presidentes de América Latina, esta enfermedad es una simple “gripita” o algo que se puede prevenir con estampas religiosas. De igual modo, están los líderes con altísima conciencia social quienes de forma urgente atienden a las poblaciones más vulnerables y esos otros que salen a presumir de un heroísmo para salvar a la economía de un receso obligado. Hay líderes, especialmente políticos, que ven en este evento de salud pública una oportunidad para hacer populismo oportunista; y los hay, no tantos como se debiera, que usan su nivel de mando para tomar medidas administrativas acordes con las necesidades de las circunstancias. Un ejemplo de esta última manera de proceder es el de Claudia López, la alcaldesa de Bogotá, quien no solo se lanzó a hacer oportunamente “aislamientos pedagógicos”, sino que además ha tomado medidas relacionadas con la postergación del pago del impuesto predial, del pago de servicios públicos, y una ayuda económica para las familias más empobrecidas, con tal de que los bogotanos se queden en casa. De igual modo, cuando estas pandemias multiplican el miedo de la gente, se pueden apreciar líderes que se esconden en sus confortables residencias o, esos otros, que lejos de ayudar o colaborar están acechando a los que les ponen el pecho a la situación para criticarlos negativamente o sacar provecho de sus posibles equivocaciones. Como bien se sabe, es en estas situaciones difíciles cuando salen a relucir las condiciones y cualidades de un genuino liderazgo.

Marzo 26 de 2020

Las disculpas de aquellos que violan o desatienden el aislamiento obligatorio reflejan muy bien al menos tres particularidades de nuestra idiosincrasia: la primera, una vocación por la mentira, por el engaño inmediato, por la “viveza” o por un gusto acendrado de querer “meter gato por liebre”; eso está en las astucias del vivo que le saca ventajas al bobo y en un repertorio de anécdotas que pregonan el saber engatusar para “salirse con la suya”. La segunda, una incapacidad para aceptar el error o la falta; un pobre autoconcepto y, derivado de esto, la nula posibilidad de la enmienda o el arrepentimiento. La mayoría de los entrevistados por los telenoticieros ni siquiera muestran vergüenza por la falta, muy por el contrario, se sienten ofendidos con la autoridad y esgrimen una agresión de fieras acorraladas. La tercera, tal vez la más desalentadora de las características de nuestro modo de comportarnos, es una absoluta pérdida de autocorrección, la falta de correspondencia entre los actos cometidos y la posible mejora en las acciones subsiguientes; casi que podemos asegurar que la persona que transgredió la prohibición de salir a la calle, a pesar de las multas o la amenaza de cárcel, seguramente lo hará al otro día o en los días siguientes. Quizá afine mejor sus disculpas, o consiga un permiso falso, o se ingenie alguna estratagema que le permita eludir los controles de la policía; pero de esa infracción no sacará ninguna lección para su propia formación moral o para reconducir su existencia. Pareciera que su conducta opera sobre las demandas de la inmediatez; y por eso, poco cuenta el pasado y, menos aún, el horizonte del futuro. Ni hace una reflexión sobre lo vivido que  lo conduciría a la previsión, ni elabora una destilación de esa experiencia equívoca para aumentar el caudal de su sabiduría.

Marzo 27 de 2020

Las redes sociales, de cara a la pandemia, se mueven en una tensión: de un lado abundan los mensajes alarmistas, los medicamentos mágicos, las réplicas de textos apocalípticos; de otro, informaciones y videos que ayudan a comprender mejor la enfermedad, a tener guías de prevenirla y a fortalecer el ánimo y la esperanza. La primera fuerza, que es muy abundante y que se multiplica como el virus en cada uno de los celulares, tiene a su vez dos dimensiones: los que insisten en que esto que está pasando es el resultado de nuestros pecados, la consecuencia de andar lejos de la fe; y los que pasan rápidamente a soluciones instantáneas con tés milagrosos, con remedios caseros, con cadenas de oración. Esta fuerza en el fondo propaga el temor, el miedo, la angustia por lo inesperado, por la incertidumbre que nos acecha. Y lo más grave es que las personas, sin ningún sentido crítico, multiplican esos mensajes a sus allegados, a sus familiares, a los que hacen parte de su lista de conocidos. No tienen en cuenta la procedencia, el efecto, la conveniencia de ser enviados en días como estos. El celular, en esta perspectiva, se vuelve otro foco de infección emocional; aumenta los niveles de intranquilidad y crea una zozobra que en nada ayuda a sobrellevar el encierro obligatorio en los hogares. La otra corriente de mensajes también se bifurca en dos tendencias: las informaciones enfocadas en temas de salud, amparadas en instituciones médicas y en especialistas de infectología, que buscan ayudar a comprender tanto los síntomas como las medidas de prevención de esta enfermedad; y los mensajes que ponen su acento en el optimismo, en la solidaridad, en una ética del cuidado de sí y de los demás. En todo caso, las redes sociales en situaciones como las de esta pandemia siguen la lógica ambigua del rumor: hacen circular de manera rápida y ambivalente la verdad con la mentira. A la par que exageran para lograr mayor efectividad, se apoyan en el temor para multiplicar su efecto.

Marzo 29 de 2020

Los encierros obligados por cuarentena, como esos que padecen durante años los presidiarios, tienen muchas situaciones para ser analizadas. Lo más evidente es la sensación de confinamiento, el saber que no puedes disponer de tu libertad para salir a caminar, asistir a determinados lugares de tu predilección o reunirte con personas  que consideras esenciales para tu vida. El confinamiento rompe abruptamente esos vínculos, crea unas rejas que dejan fracturadas las relaciones interpersonales, reduce el espacio del afuera a los límites acotados del adentro. Un segundo aspecto, en que no se repara mucho porque las familias de hoy casi nunca están al mismo tiempo en casa, es el de la convivencia frecuente y continua con otras personas. De pronto los padres descubren que tienen a sus hijos todo un día, durante una semana o más, y no saben qué inventarse o cuál es la mejor forma de controlarlos. Las parejas que se veían unos minutos por la mañana y otros por la noche, ahora tienen que estar juntos cantidad de horas y, además, deben solucionar la cotidianidad del aseo, preparar los alimentos, atender la provisión de artículos de primera necesidad. Quiérase o no, hay que hablarse más que de costumbre o ponerse de acuerdo en asuntos que parecen secundarios cuando se está fuera de casa, pero ahora son de una importancia insospechada. La tercera situación corresponde a las nuevas rutinas o al cambio de las que ya se tenían establecidas. La agenda de cada quien debe sufrir transformaciones; nuevos roles o nuevas tareas entran a formar parte de antiguos hábitos. En muchas situaciones, las cosas que se hacían de vez en cuando, ahora se vuelven habituales; además de otras que necesitan constituirse para que el aburrimiento o el desespero no copen todas las horas del día y la noche. Un cuarto evento de los confinamientos obligatorios se deriva de la modificación, cancelación o ajuste de las actividades laborales. Al estar recluidos en casa, infinidad de oficios y de profesiones parecen entrar en hibernación, dejando esas manos y esas mentes en una deriva expectante. Y si bien algunas empresas e instituciones han acudido al teletrabajo, lo cierto es que muchas labores están vacantes. Algunos industriales han decidido adelantar las vacaciones de sus empleados, a sabiendas de que serán semanas sin sol, sin aire, sin mar o excursiones novedosas. El quinto punto de las cuarentenas se relaciona con la preocupación por la sobrevivencia: desde los que no saben bien qué van a comer durante esos días, hasta los que ven cómo empiezan a escasear los víveres en su alacena. Quiérase o no, en mayor o menos medida, cada quien se desvela buscando alternativas para tener qué comer o haciendo un uso medido de granos, carnes y verduras. Una última situación se desarrolla en el psiquismo de los que están confinados en sus propias casas. El cuerpo de las personas se somete al acuartelamiento pero sus mentes están confiadas en que pronto recuperarán su libertad. La esperanza en que termine la clausura algo ayuda a soliviar la pesadez del encierro, pero al mismo tiempo multiplica los motivos de la ansiedad: ¿cuándo terminarán estos diecinueve días?

Marzo 30 de 2020

Las cuarentenas ponen a los medios masivos de información en un punto cero de su tarea: ¿qué más decir de la pandemia?, ¿qué otra cosa agregar al número de contagiados en el propio país y en otras ciudades del mundo?, ¿qué más sumar a las medidas tomadas por el gobierno nacional?, ¿dónde buscar lo novedoso? El punto cero es, precisamente, aquella falta de nueva información relevante y oportuna. Los telenoticieros han optado por invitar a expertos quienes, más que mensajes desconocidos, lo que hacen es reforzar con estadísticas o amparados en su autoridad científica, lo mismo que los medios han dicho durante varios días. También se ha utilizado el testimonio de coterráneos que están en el extranjero y que ya pasaron o están pasando por el coronavirus, pero que reafirman –no sin cierto temor– mensajes semejantes a los ya conocidos por el público. Este umbral tan bajo de novedades sobre un hecho convierte a las emisiones radiales o de televisión en una repetición que poco ayuda a salir de la “crisis”, a ver alternativas de solución, a fortalecer lazos de colaboración o a promover esperanza y alegría. Lo que asoma, aunque no sea el propósito de los medios masivos de información, es un tufillo amarillista, un modo de enfocar la noticia hacia el alarmismo o con un descuido hacia el estado emocional de los oyentes o televidentes. ¿Qué más decir del coronavirus? Y si a eso le sumamos una transmisión en directo, al menos en Colombia, de una hora con el presidente y sus ministros, en la que se justifican las medidas tomadas y, a su vez, vuelven a mostrarse los datos que los noticieros ya han repetido, lo que parece novedoso va tornándose banal y aburrido. Qué saturación. ¡Qué difícil presentar tres veces al día, de manera creativa y variada, un evento que en lo único que varía es en el número de contagiados o de muertos!

Abril 2 de 2020

Las ventanas, que parecían abandonadas por el uso frecuente de las puertas, ahora toman una importancia inusitada. Es el espacio que vincula el adentro con el afuera, es el medio que las personas usan no solo para ponerse en contacto con el exterior, sino un sitio para mostrarse, para decir yo existo. El confinamiento obligatorio ha hecho que este espacio rectangular por el que se cuela la luz y se airean los cuartos, retome un valor existencial. Al no poder salir a la calle, al estar restringidos a la movilidad en la propia casa, la ventana se ha vuelto el espacio que permite sacar a caminar los ojos, a darle libertad a la mirada. A través de la ventana se sabe del vecino, se toma la temperatura del transporte público, se tiene una evidencia directa del impacto de una medida gubernamental o del clima social por el que se está pasando. Y si antes las cortinas permanecían cerradas, si eran otras formas de rejas para evitar la intrusión en la intimidad, en estos momentos permanecen abiertas, mostrando a las personas en su cotidianidad, dejando que lo íntimo se devele ante los ojos ajenos. Eso no importa mucho. Con tal de tener un puente con el afuera, los habitantes de una ciudad sacrifican los secretos de su privacidad, dejan al descubierto cosas que, en otras circunstancias, serían resguardadas o celosamente protegidas. Los confinamientos obligatorios nos devuelven el sentido profundo de la pequeña ventana en la celda del presidiario: por mínimo que sea ese espacio, es el lazo que logra mantener unido a un ser humano con sus semejantes; y es también un vacío, un hueco en la dura pared, para no perder de vista el cielo, la inmensidad, lo ilimitado.

…

Si bien los medios de información masiva y los diferentes mensajes gubernamentales hablan de solidaridad y de ofrecer apoyo a los más necesitados, lo cierto es que apenas se sabe o se rumora que alguien está infectado por el coronavirus lo que se produce en la comunidad, en el barrio o en el municipio es un rechazo, una repulsa hacia esa persona que tiene o porta la peste. Puede ser un mecanismo de protección de la propia vida, una reacción instintiva de sobrevivencia, pero también es una primitiva forma de exclusión, de repulsión al que posee una enfermedad desconocida o incurable. Eso pasó con la lepra o con el SIDA, en su momento. La reacción es más bien a poner a esas personas lejos, clausuradas, abandonadas a su suerte; ojalá con algún tipo de señal o estigma que permita fácilmente reconocerlos. Más que ofrecer medidas de protección y cuidado a esos infectados, más que buscar salidas médicas o de higiene pública, lo que aparece es el señalamiento, el escarnio denigrante o los viejos castigos de lapidación u ostracismo. Igual acaece con otras pandemias menos publicitadas, como son la pobreza, la prostitución, el desplazamiento. Y esas gentes, esos contaminados por tales virus, hay que mandarlos a las afueras, lejos de las zonas residenciales opulentas, enjaularlos en sus barrios de invasión o en sus calles de mala muerte. Y en medio de esos seres infectados, de esos llagados por la enfermedad o por el hambre, se encuentran los profesionales que no asumen el asco o la repulsión; los profesionales de la salud, los servidores sociales, las comunidades religiosas que han hecho de la caridad y el servicio a los demás una opción de vida. Esas personas son las que, en realidad, dan acogida al infectado, física o moralmente; ellos son los que entienden bien lo que significa acogida, hospitalidad y actitud solidaria. La pandemia del coronavirus nos devuelve a ciertas prácticas tribales, muy reactivas y salvajes, que dejan en suspenso lo que hemos ganado como seres sociales, desconociendo las herencias simbólicas de una civilización y una cultura.

…

Más de un millón de infectados por el coronavirus en el mundo, y más de cincuenta mil los muertos por dicha enfermedad, esas son las noticias. En una encuesta hecha por Cifras y Conceptos este 2 de abril, a la pregunta sobre los sentimientos negativos frente a la pandemia, los entrevistados respondieron: 64% con incertidumbre, un 43% siente miedo y un 40% manifiesta estar esperanzado. La incertidumbre parece ser el efecto social mayor de este covid-19. Incertidumbre por la eficacia de las medidas tomadas, por el alcance de la infección, por la seguridad en un empleo, por la reserva de alimentos para comer, por el futuro inmediato. Incertidumbre frente a la atención médica, si se resulta infectado, y hacia la elasticidad de los ahorros, si es que la cuarentena se prolonga por más meses. Quizá sea esa misma incertidumbre la que detona el miedo y la que lleva a muchas personas a desobedecer las medidas de aislamiento obligatorio, a pesar de su propio bienestar. Porque manejar la incertidumbre presupone ciertas condiciones del espíritu o una plasticidad mental que no siempre es fácil de tener o aceptar. Si se es demasiado psicorígido  o se está demasiado apegado a determinadas costumbres serán más intimidantes las olas de la incertidumbre; si se tiene poca creatividad y limitadas dosis de innovación, lo más seguro es que la incertidumbre termine por alimentar el fatalismo, la angustia y la sin salida existencial; si no hay en el espíritu capacidad de riesgo, de valentía, la incertidumbre acabará inmovilizando la voluntad.

Abril 3 de 2020

Me escribió un mensaje corto mi amiga Pilar Núñez Delgado desde Granada, España, en el que me envía un saludo con sabor melancólico. Ella y su familia, como muchos españoles, llevan varios días en cuarentena por causa del coronavirus. Pienso en ella y reflexiono sobre la melancolía. El encierro, la falta de interacción social, la inactividad laboral, la incertidumbre, todo ello contribuye a que se vaya aposentando en el corazón una especie de tristeza, una ansiedad que parece más un malestar metafísico que una enfermedad concreta. Esta melancolía proviene más bien del ensimismamiento excesivo, de la duda incesante, de la pérdida de certezas y seguridades más inmediatas. Nos duele el entorno, vemos abismos por todas partes, así como los románticos del siglo XIX, y el tiempo se hace más lento, más espeso, dándonos la posibilidad de apreciarlo en su caminar de tortuga o de caracol silencioso. La melancolía acongoja, le quita vigor a los músculos, apesadumbra. No es una dolencia física, aunque a veces parece una disnea, sino un malestar en el espíritu; una desazón que se convierte en titubeo, en desconfianza, en escepticismo. La melancolía apoltrona, convoca al silencio y deja que crezcan las enredaderas de la fatalidad. Los encierros obligados, los acuartelamientos sin esperanza, van fisurando la mente, la van llenando de intersticios, por los que se fuga la felicidad o la alegría. Esta pandemia parece gobernada por Saturno y, como lo sabemos, esa influencia astral nos torna fríos, gaseosos, propensos a la soledad y la apatía. Noto en las cadenas abundantes de whatsapp y en mensajes televisivos que la fe religiosa, ya que no se puede participar en la fiesta del carnaval, parece ser un paliativo eficaz para este andar en las penumbras. La melancolía es un cortante ir hacia dentro, un acorralar el alma hasta hacerle perder sus alas. Aunque también observo a artistas y cantantes que contrarrestan la melancolía con el ingenio y la creatividad; muestran que la suprema tristeza puede ser aplacada con la música, que las fieras de la desesperación se apaciguan cuando el abismal silencio se transforma en equilibrada melodía.

Recital en el bosque

31 martes Mar 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Fábulas

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Ilustracion de Chris Dunn

Ilustración de Chris Dunn.

A todos no les fue muy bien en el primer recital de poesía organizado por el maestro búho, director de la escuela del bosque. Terminado el evento, y más como una forma de consolar a los desanimados, el búho los reunió en un pequeño prado, resguardado por tupidos cipreses.

—A mí la altura me afectó mucho —dijo un oso corpulento—, buscando un tronco para sentarse a descansar. Luego agregó: —Yo lo traía todo bien preparado, pero no contaba con la falta de aire, y por eso casi no se escucharon los últimos versos de mi poema “Miel perdida”.

—El caso mío fue con el atril —agregó una cigüeña—. Yo prefiero no estar pegada a un pedazo de madera, para dejar suelta mi imaginación y mi voz.

—Lo que me sucedió es que no me dieron suficiente tiempo —agregó un canguro, parándose en sus dos patas con dificultad—. Estaba tan emocionado con mi declamación que se me pasaron los minutos saltando.

El búho iba tomando nota de lo que decían los participantes en una pequeña libreta. Habló el jaguar, que había estado excepcional con su poema “Manchas escondidas”; participó un mapache, que aunque tímido, consiguió darle a sus pequeñas manos un ritmo acorde con la cadencia de cada verso; y habló también un gorila:

—A mí las cosas no me salieron nada bien —afirmó— porque el micrófono resultó demasiado corto para mi estatura. Es inconcebible que esos aspectos logísticos no se hubieran tenido en cuenta.

El búho quiso replicar, pero se mantuvo callado. El gorila estaba molesto con el organizador, con el evento, con todos los participantes.

—Es una lástima, una verdadera lástima —prosiguió el gorila— que no hayan podido escuchar bien esos versos nacidos de mi fuerte inspiración.

A los que mejor les había salido su presentación prefirieron guardar silencio, como fue el caso del pavo, muy entonado él, quien dio muestras de gran vocalización al recitar “Orgullo de plumas”; o el lobo, preciso en todos los detalles, con su nocturno “La luna me trae loco”, o la iguana, dueña de un gran dominio escénico, quien había conmovido a los asistentes con su elegía “Un viejo dinosaurio”.

—Lo que me afectó a mí fueron los nervios —dijo una chimpancé, no pudiendo dejar de saltar de rama en rama. —Los nervios me traicionaron —puntualizó—, esa es la causa de mis confusiones y cambios de palabras en el poema que leí.

Cuando ya la mayoría de animales había hablado, el maestro búho los miró con sus enormes ojos. Dejó de escribir y se dispuso a compartir sus impresiones. Empezó diciendo que todos conocían de antemano las reglas de ese primer recital y de su insistencia para que cada participante preparara con suficiente tiempo el poema. Después agregó algo sobre la importancia de saber interesar al auditorio con la mirada y del modo de interpretar esos textos rimados. Y como notó un afán de disculpa en varios de los participantes, se situó a la mitad de la rama de un roble y entonó un poema, que varios pensaron ser de su autoría, aunque por el tono parecía de autor anónimo.

Cuando poco podemos ver nuestros errores

y a otros achacamos nuestras faltas,

o es que tenemos escondidos mil temores

o que  el orgullo y la soberbia son muy altas.

Si quieres en verdad avanzar en un oficio

o ser el mejor y más diestro en una cosa,

lo indicado es repetir y repetir el ejercicio

aceptando tus fallas con actitud amorosa.

La concurrencia se quedó pensativa por unos minutos. Después los animales se fueron retirando del prado, hablando entre murmullos, confiados y contentos de que los más pequeños de sus hijos asistían a la mejor escuela del bosque.

Sabernos responsables socialmente

23 lunes Mar 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Tomasz Alen Kopera 2

Ilustración de Tomasz Alen Kopera.

¿Por qué nos resulta tan difícil pensarnos como comunidad?, ¿por qué produce tanto prurito moral sabernos responsables socialmente?, ¿qué hace que sea tan bajo el nivel de  desarrollo de nuestra conciencia colectiva?, ¿qué nos acaece como grupo humano cuando tenemos que asumir un reto comunitario? Me he hecho estas preguntas al ver los eventos que han ido dándose en varios lugares de Colombia frente a la pandemia del coronavirus. Analicemos con algún detalle lo que ha venido sucediendo.

En principio, y no solo en un asunto de salud pública como éste, noto que el individualismo y el propio beneficio, a costa de lo que sea, se impone a como dé lugar. Poco importa el pensar en los demás cuando se acapara o se compran más productos de primera necesidad de los que en realidad se necesitan; con tal de llenar la propia despensa, los otros pueden quedarse sin lo mínimo para sobrevivir. Lo mismo ha pasado con los productos de desinfección, el alcohol o los humildes tapabocas: con tal de haber suplido mi urgencia, el resto verá qué hace o cómo sale del problema. Hay en esa avaricia, en ese afán de rapiña, un hondo desprecio por el vecino, por el congénere. Y no creo que sea solamente una secuela del egoísmo o del individualismo rampante, sino de una cosa más compleja: muy en el fondo es una forma de maldad, de indolencia con otra persona. Esa insolidaridad refleja el poco o mínimo valor que significa el cuidado de la vida. Si el otro se enferma, no es algo que merezca interés o preocupación. Vivimos en una sociedad sin vínculos morales, sin tejido sensible, sin ataduras trascendentes.

He visto también que la observancia de la ley, de los decretos que son medidas de contingencia para minar el efecto de una enfermedad o enfrentar su diseminación, son desatendidos, de la misma forma como se violan las normas de tránsito, como se eluden los acuerdos de convivencia. Todo lo que implique atender reglas, parámetros, seguimiento de instrucciones, todo ello es objeto de inadvertencia, de burla o de franca contradicción. Hay una corriente subterránea de que cada quien puede imponer su ley, de que es mejor armarse para resolver los conflictos interpersonales que salvaguardar unas normas colectivas. Es probable que esta sea una secuela de la cultura del narcotráfico en la que, precisamente, es la violación de la ley o el imperio del propio capricho los que se convierten en línea de conducta. La mayoría parece no tener responsabilidades en sus actuaciones y si las tiene, las logra amañar para sus propios intereses. Como consecuencia de haber politizado la justicia, al impregnar de corrupción el órgano que regula los desmanes del poder, las personas se sienten autorizadas a hacer lo que les dé la gana. La falta de confianza en las instituciones, el continuo deterioro de lo que representan para lo colectivo, es otro refuerzo a ese instinto de hacer justicia por la propia mano. Por eso, cuando se lanza un decreto o se impone una medida que afecta a toda una ciudad o a todo un país, lo notorio no es que se atienda tal normatividad, sino que cada quien busque un motivo para salirse con la suya, para “tomar el camino torcido”, para mostrar un desprecio por lo público. Fue de esa manera como aparecieron las autodefensas, las bandas criminales, los grupos de “limpieza social”. No hay una idea de beneficio social porque lo que se ha vuelto costumbre, aún en los dirigentes y figuras políticas, es el beneficio individual.

Creo también que las formas de crianza de hoy, tan alejadas del diálogo, del fomento al respeto mutuo, han contribuido enormemente a esta fractura social. No es fácil aprender a ser solidarios, a tener una juiciosa preocupación por el semejante, cuando en el hogar esa no ha sido una consigna o una de esas lecciones familiares para toda la vida; es difícil tener dentro de nuestros haberes morales la empatía social, la compasión o la ayuda al necesitado, si durante muchos de los primeros años se ha permanecido sin el tutelaje de padres responsables o se ha dejado a la deriva el cultivo del carácter, o de los fundamentos éticos que son definitivos al momento de constituirnos como ciudadanos, como seres sujetos de derechos, pero también de deberes. A lo mejor esta irresponsabilidad y poca preocupación por los demás, este analfabetismo para la interacción responsable, no sea sino la consecuencia de otras falencias en la familia, de otras omisiones que no atendimos a tiempo y que luego tratamos de olvidar fijándonos más en los efectos que en las causas. Tal vez los padres, con sus silencios continuados ante los comportamientos indebidos de sus hijos y la carencia de corrección oportuna de sus faltas, o por esos pregones cotidianos de “usted primero y los demás verán qué hacen”, contribuyen al desdén y a la indiferencia con el compañero de escuela, con la pareja amorosa, con el colega de trabajo, con el vecino de casa o de apartamento.

Paralelo a lo anterior están los modos de socialización de nuestra época centrados especialmente en las redes sociales, en la simulación del contacto, en considerar la burbuja, el encerramiento y la autosuficiencia tecnológica como el ideal de vida. Tales concepciones de “interacción social” favorecen una idea de tener amigos pero evitando cualquier tipo de conflicto; avalan el hacer parte de guetos, o de establecer “relaciones rápidas” con el recurso tecnológico de que podemos eliminarlas o sacarlas con un simple clic de nuestro celular. Este tipo de “vínculo social” nos va haciendo incapaces de resolver pacíficamente en la realidad las diferencias con los demás, nos torna agresivos cuando las interrelaciones no funcionan como queremos y, lo peor, nos refuerza el imaginario de que los seres de carne y hueso son desechables, de que como los objetos de consumo podrán ser reemplazados por otros menos molestos. Las tecnologías de hoy con sus variadas aplicaciones han ido creando más y más murallas para este individualismo insolidario. Enclaustrados y embebidos en una pantalla, cuando no absortos en un videojuego, nos despreocupamos por la suerte del prójimo, nos refugiamos en el propio cuarto cual si fuera un reino independiente de la casa familiar. Lejos han quedado el ágora, el parque, la calle, en los que se fraguaba la convivencia, en los que se aprendía a compartir, a resolver problemas hablando y a sentirnos corresponsables con los que vivían al lado, con los otros habitantes de cuadra, o con aquellas personas que sin ser conocidas considerábamos parte de nuestras preocupaciones o de una misma familia llamada humanidad. Algo hay en estos tiempos hipermodernos, al menos en el aspecto moral, de la arquitectura medieval. De allí las xenofobias, el sectarismo, la exclusión de cualquier forma de diferencia étnica, religiosa, política o sexual.

Noto también que la ausencia de saludables prácticas de comportamiento social, de provechosas relaciones interpersonales, poco contribuye a establecer o mantener el buen trato, la cordialidad y un espíritu fraterno. Lo que abunda es la agresión por cualquier falla involuntaria, la ofensa verbal, el deseo de dañar o perjudicar, la furia desmedida que desea acabar al que no comparte las mismas creencias o se interpone a nuestro paso. El tacto, la prudencia, la discreción en el decir o el actuar han cedido su lugar a la chabacanería, la ordinariez y una insolencia propia del criminal desadaptado o el bárbaro que se vanagloria de su crueldad o sus atropellos. Por eso las desavenencias se multiplican, por eso nadie respeta el turno, por eso cada quien quiere salirse con la suya, al precio que sea. De allí por qué se consideren los bienes públicos objeto del pillaje, de vandalismo, y todo lo que suene a regulación de la convivencia parezca una imposición o un mandato autoritario. Si un policía pide unos papales o nos llama la atención por una infracción de tránsito, la respuesta no es el reconocimiento de la falta, sino la bravuconada denigrante, el golpe o la grosería altanera; si le reclamamos al vecino que no ponga su bolsa de basura al frente de nuestra residencia, nos mirará desafiante por haberlo descubierto en su mal comportamiento; si hay que atender un aislamiento preventivo por un posible contagio, la réplica es salir a la calle a mostrar, como ebrios salvajes, que “aquí estoy yo, y nadie puede mandarme”. Más que la vergüenza o el perdón por un error, lo que sobresalen son la desfachatez o el descaro sumado a un desprecio humillante por nuestros semejantes.

Todas las anteriores evidencias nos llevan a pensar que estamos aún en cierta minoría de edad para atender las necesidades colectivas; que aún seguimos necesitando de la fuerza externa, del castigo, para lograr entrar en el concierto de los retos colectivos. Lejos seguimos estando de la autorregulación, de la autonomía, de la fraternidad y el voluntario acatamiento de los pactos colectivos, de lo que implica sabernos corresponsables de lo público. De pronto estos días de aislamiento preventivo obligatorio nos permitan reflexionar sobre este modo antisocial de comportarnos, sobre lo que conlleva adquirir la condición de ciudadanos; que podamos, en un genuino acto de madurez moral, sentir que formar parte de una sociedad presupone el cuidado del semejante. Sólo así, mediante esa ayuda de solidaria responsabilidad, fue como logramos vencer el miedo a las fieras cuando andábamos solos en las cavernas, y gracias a esa alianza de preocupaciones solidarias podremos consolidarnos como un pueblo adulto para enfrentar colectivamente las adversidades y constituirnos en una sociedad sensible al beneficio común.

Sondear nuestra interioridad

15 domingo Mar 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Hombre laberinto Patrick Arrasmith

Ilustración de Patrick Arrasmith.

Sondear en la interioridad es fundamental si no entendemos la razón de ser de algunos de nuestros comportamientos o si no comprendemos bien “zonas” o “fronteras” de nuestra identidad. Es una práctica difícil porque hay que ir hacia el fondo de sí, enfrentarnos a aspectos que no necesariamente serán de nuestro agrado. Es un ejercicio en el que interviene la memoria pero, esencialmente, es una tarea de “sinceramiento” con nuestros temores, nuestras angustias, nuestro subsuelo psicológico. Por eso, hay que ir por partes, desentrañando las diferentes dimensiones de nuestro ser; abriendo ese mundo como si fueran capas de un organismo supremamente frágil, tomando nota de los datos marginales o secundarios pero que, al relacionarlos, logran configurar unos hitos o unas marcas profundas de nuestra existencia. En últimas, se trata de un trabajo de investigación en el que el problema es, precisamente, lo que no comprendemos de nosotros mismos.

Recordando a Freud, este trabajo conlleva estar atentos a datos aparentemente marginales, a anécdotas o situaciones banales. Repasar nuestro pasado, en esta perspectiva, no es tanto atender a los eventos más notorios, sino a aquellos otros asuntos que en su momento pasaron desapercibidos.  De otra parte, muchos motivos o claves de nuestro carácter no los hallaremos a simple vista; habrá que socavar, revolver, hacer una genuina arqueología para descubrir lo que ha estado tapado o sepultado por tanto tiempo.

La escritura es un útil poderoso para este examen íntimo. Ella sirve para hacer visible lo que es fantasmal o evanescente. Así que, a la par que se eche mano de la rememoración hay que ir registrando o poniendo en el papel las palabras más adecuadas para dichos episodios. Aquí vale la pena tener presente que el mismo lenguaje es una herramienta poderosa para esta labor: bien porque nos presta los signos certeros para nombrar lo que vamos encontrando, bien porque a pesar de no hallar en el momento el término preciso, nos da indicios o aproximaciones sobre el campo de analogías en el que  nos estamos moviendo. Por lo demás, al escribir no solo tendremos el diario de a bordo, el testimonio de este sondeo, sino que nos permitirá –en su relectura– comprender otros asuntos que en la misma travesía no nos percatamos. Tales escritos serán una evidencia y un espejo para nuestro propósito.

Otro tanto podría decirse del pigmento o la línea que son recursos idóneos cuando deseamos aflorar esa dimensión más emocional de nuestro temperamento; pintar o dibujar son medios insustituibles cuando ansiamos explorar en los territorios menos controlados por nuestra férrea racionalidad. El grafismo es una manera más de viajar hacia dentro, de iniciar una catábasis a esas tierras que nos pertenecen pero que, por diversos motivos, consideramos ajenas o abandonadas de nuestras posesiones personales. 

Primer ejercicio

Confeccionar un portafolio por capas de colores

Lo mejor para sondear en nuestro yo profundo es ir por capas. El ejercicio consiste, precisamente, en escribir sobre nosotros mismos, pero apoyándonos en hojas de distinto tono que ayuden a comprender diversos niveles de nuestra individualidad. En consecuencia, puede usarse o confeccionarse un pequeño portafolio en el que se incluyan diferentes hojas de colores. Cada color servirá de ayuda para distinguir un aspecto de nuestra personalidad. Así, por ejemplo, podemos emplear el color gris para los aspectos familiares (los relacionados con papá, mamá, hermanos, hijos); el color azul para los aspectos afectivos (los vinculados con los sentimientos, las pasiones, la zona emocional); el color verde para los aspectos de interrelación (los que tienen que ver con nuestra forma de comunicarnos con otros, con nuestro modo de establecer vínculos, con las formas de hacer pareja). Por supuesto, cada hoja puede servir también para detallar un elemento de un aspecto mayor: es decir, si hemos elegido el color azul para los afectos, podríamos tomar el color amarillo sólo para mirar el amor, o el color rojo para centrarnos específicamente en la sexualidad. El desarrollo del ejercicio mostrará la necesidad de acudir a diversas capas o subcapas con el fin de no quedarnos en la superficie o en las generalidades de lo que somos o suponemos ser.

A las capas de colores del portafolio pueden añadírsele hojas de acetato o papel calcante que permita mostrar niveles superpuestos o estratos de un mismo aspecto; también resulta útil emplear distintos tipos de tinta si consideramos necesario resaltar, rubricar o poner en alto relieve una característica específica, el nombre de determinada persona, cierta circunstancia o un motivo recurrente De igual modo, las notas adhesivas resultarán de gran ayuda si, después de escribir determinado aspecto en una hoja, al volverla a leer necesitamos agregar o aclarar determinada cuestión. Finalmente, el portafolio nos permite incluir materiales que ayuden a enriquecer o tener evidencias de lo que vamos acopiando sobre nuestra propia historia. Una buena dosis de creatividad, además de un gusto por lo artesanal, hará que el portafolio tenga la impronta de nuestra identidad y logre un “estilo expresivo” tanto en los aspectos formales como de contenido.

Segundo ejercicio

Dibujar nuestro monstruo

Otra manera de adentrarnos en la interioridad es dibujar o pintar nuestro monstruo. Se trata de hacer un retrato, lo más cercano posible, de aquella o aquellas figuras negativas que pueblan nuestro psiquismo. No es un ejercicio para el que se requieran tener finas cualidades artísticas; más bien es una práctica estética, lúdica, para dejar fluir el inconsciente, y así intentar sacar a la luz esa “pesadilla”, ese “engendro”, ese “ogro” que por muchas razones hemos mantenido en las sombras. Es probable que no nos sea tan claro plasmarlo de manera inmediata o que dicho ser permanezca algo difuso en nuestra mente, en nuestros recuerdos o en nuestra imaginación. Por eso, es válido tener presente una gama de elementos gráficos con los cuales nos sea más fácil dibujar aquello que nos amenaza, nos atemoriza o nos imposibilita ser. También es posible que nos lancemos impulsivamente a pintar nuestro monstruo, tal como vaya saliendo espontáneamente de nuestras manos y, luego, interpretarlo a la luz de estos ocho campos de características.

  1. Pelos, espinas, púas, dientes.

Sirven para identificar aquello que tememos o nos sirve de protección. Son una manera de cubrirnos pero, en realidad, muestran nuestra vulnerabilidad. Apuntan a mostrar los miedos que nos habitan, consciente o inconscientemente.

  1. Protuberancias, verrugas, adiposidades, granos, mezquinos.

Indican todo aquello relacionado con culpas, pecados, errores, faltas que permanecen en nuestra mente y en nuestro corazón. Es la zona más dolorosa, el lugar escondido de la piel del monstruo.

  1. Babas, mocos, saliva urticante, pústulas, excreciones, orín.

Corresponde a nuestro modo de comunicarnos. Son los signos para expresar el exceso o la carencia de lenguaje, de palabras. Hablan también de nuestra manera de interrelacionarnos: construir pareja, familia, equipo. Dicen el grado de fluidez de nuestra capacidad comunicativa.

  1. Espuelas, picos, garfios, tenazas, garras, uñas.

Son emblemas de nuestras pasiones más notorias para herir a los demás. Muestran nuestra forma de producir dolor en otros, de manera consciente. Con estos signos evidenciamos la zona de maldad que nos es más fácil provocar. Es nuestro lado destructivo hacia los demás.

  1. Ojos, orejas, narices, manos, pies.

Todo ello refleja el nivel de vulnerabilidad que sentimos frente a la gente, o hacia los demás. Indica qué tanto somos afectables por el comentario de los otros, por el rumor del prójimo. Es la parte más visible del monstruo, la que está más expuesta al vecino, al colega, al semejante.

  1. Brazos, tentáculos, ramificaciones, piernas.

Dicen de nuestro monstruo el sentido o el sinsentido de nuestras decisiones. Corresponde al uso debido o indebido de nuestra libertad. Evidencian la claridad u oscuridad de nuestros objetivos o metas existenciales. Son indicios del uso de nuestra voluntad.

  1. Colores, tonalidades, sombras, texturas, escamas, plumas.

Son indicios de nuestros hábitos, de nuestras costumbres. Son un testimonio de la vida rutinaria, de lo que reiteramos en el día a día. También puede indicar la “zona sagrada” de nuestro “nicho” vital. Hablan de nuestros rituales, nuestras manías, nuestras terquedades, nuestras costumbres más enquistadas.

  1. Antenas, colas, rabos, extensiones, jorobas.

Permiten identificar la relación que tenemos con el pasado; es la parte heredada, la genética física y moral a la cual pertenecemos. Explica o señala cómo aceptamos o rechazamos una sangre, una parentela. Es el  modo como expresamos nuestro vínculo o ruptura con una familia, un apellido, una genealogía.

Tercer ejercicio

Construir un álbum de fotos con relatos derivados

La imagen tiene el poder de vincularnos con lo afectivo, con las zonas emocionales de nuestra interioridad. La imagen a la par que evoca, convoca a nuestra conciencia. El ejercicio consiste, por lo tanto, en elegir un número de fotografías que sean lo suficientemente significativas para cada persona, como para considerarlas “hitos” o “referentes” de la propia vida. Una vez hecha esta labor de búsqueda y selección –en lo posible copando desde la infancia hasta la edad actual– se procede a escribir un pequeño relato derivado de esa imagen. El texto no es una mera notación de ubicación de personas, espacios y tiempos, sino una ampliación escrita del recuerdo asociado a esas fotografías. Es, por decirlo de otra manera, un “comentario”, muy de corte autobiográfico, en el que demos cuenta de la resonancia de cada una de las fotografías en nuestro ser, en nuestra geografía intelectual y emocional.

Es obvio que la misma elección de cada imagen ya dice mucho de su importancia en nuestra vida. Al construir el álbum estamos “reconstruyendo” nuestra biografía. Le otorgamos sentido a esas fotografías porque, desde la mirada retrospectiva, ahora sí podemos valorar en su cabal significación: por la felicidad o el dolor que allí está representado; por la fuerza o la importancia que determinado evento sigue teniendo en nuestra vida;  por la trascendencia que una persona tiene en nosotros; por la revelación de huellas indelebles, muchas veces inadvertidas, que al mirar esas fotografías persisten como cicatrices en nuestro tránsito vital. Por eso, al escribir un texto emanado de cada imagen lo que estamos haciendo es asignar sentido a hechos, situaciones, o personas que en su momento parecían tener un significado indefinido, o que aún no poseíamos el horizonte para sopesar su alcance o su valía en nuestra existencia.  

Y si bien Marcel Proust pudo ir pos de su propia historia a partir de un sabor, en este ejercicio el detonante está en la imagen. Las fotografías serán como “dispositivos de memoria”, con “anclas simbólicas” que ayudarán a sacar a la luz los rasgos sepultados de un carácter, los vestigios o huellas de lo que debemos a otros, los mapas dispersos de nuestra identidad. En esta perspectiva, es fundamental dejarse atrapar por la seducción anamnésica de la imagen, que sea ella la que jalone la rememoración, la reminiscencia con su variedad de relaciones. Y luego, con la redacción de esos cortos relatos asociados  a las fotografías, completar el ejercicio dejando que la escritura no solo fije el recuerdo, sino que amplíe y multiplique sus conexiones imaginarias en un inquietante descubrimiento al revivir nuestra vida. Porque ahí está lo esencial de elaborar este tipo de álbum: dejar que la imagen, como espejo que es, nos permita mirarnos para reconocernos; permitir que la escritura, en cuanto soliloquio del pensamiento, sirva de eco reflexivo a nuestra propia voz.

Pixar: un ejemplo de cultura creativa

08 domingo Mar 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de libros, Creatividad S.A., Cultura creativa, Ed Catmull, Pixar, Recomendaciones de libros, Trabajo en equipo

Creatividad S. A.

Leí en tres días, con interés y fruición, el libro de Ed Catmull, Creatividad, S.A, subtitulado: Cómo llevar la inspiración hasta el infinito y más allá (Random House, Bogotá, 2019). Además de estar escrito en un lenguaje cercano y altamente interpelativo, aborda una pregunta de fondo: ¿cómo crear ambientes empresariales que fomenten y estimulen la creatividad? El autor, que fue Presidente de Pixar Animation y Disney Animation, nos entrega un testimonio de su labor como líder, junto a John Lasseter, de esta empresa que revolucionó la manera de hacer películas animadas.

A lo largo del texto pueden encontrarse anécdotas e historias relacionadas con las personas vinculadas a la cotidianidad de Pixar y, a la vez, principios o líneas de acción para directivos, educadores o líderes que deseen entender a fondo qué es una empresa dedicada a la innovación o de qué manera se debe caldear la incertidumbre y darle salidas creativas a los problemas. De igual modo, es un caso de estudio para analizar las formas de enfrentar el miedo al error, fomentar la confianza y crear una cultura del trabajo en equipo. En el epílogo del libro se hace una semblanza-homenaje a Steve Jobs, quien fue la persona que rescató y dio vida  financiera a este estudio de animación, diseñó el edificio de funcionamiento y logró avizorar su potencial económico. 

Como son tantas las ideas que pueden sacarse de esta obra, bien para los que llevamos a diario una vocación creativa o para los que asumen la responsabilidad de promoverla o incitarla, me parece conveniente destacar cinco aspectos que de manera transversal se agitan a lo largo de sus páginas.

Empezaré por la creación de confianza. Sin ella, el miedo atenazará a la creatividad y no la dejará salir; llevará a que una persona o los miembros de una empresa se callen, digan “lo políticamente correcto”, “quieran agradar a su jefe” o, sencillamente, envenenen un clima laboral con el rumor malsano y destructor. La creación de confianza no es inmediata, lo reafirma el autor. Se requiere establecer y fomentar condiciones para que fluya, promoverla en todos los niveles y, por supuesto, bajar el umbral de la sospecha, de la vigilancia a los empleados. Sin confianza las personas se impostan, se arredran hasta el punto de empobrecerse imaginativamente. Sin confianza no se puede hablar con verdad y se entra en la peligrosa dinámica de que “todo está bien”. Sin confianza no habrá sinceridad y menos franqueza en la comunicación. En este sentido, para que exista confianza es indispensable darle una valencia positiva al error, entenderlo como parte de la experimentación y el viaje hacia lo desconocido. Si mermamos la ansiedad por no fallar, por no ir a equivocarnos, seguramente aumentará la confianza y seremos más propositivos, más lúdicos, más arriesgados para enfrentar lo desconocido.

Una segunda idea del libro, que me parece una clave de la cultura Pixar, es la importancia del trabajo en equipo. Desde los espacios donde se labora, hasta los sitios de reunión y ocio, todo converge al diálogo permanente, a la retroalimentación, al feedback constante. Por eso las reuniones frecuentes en colectivo, por eso el principio de que “todos pueden opinar”, por eso la certeza de que si bien hay talentos individuales que merecen protegerse y reconocerse, también la convicción de que las críticas y los comentarios de los demás ayudan a mejorar la obra personal. Pero trabajar en equipo presupone entrar en una escuela, comprender y asimilar un modo de hacer las cosas. De allí por qué sea tan importante la tutoría, el mentor experimentado que ayuda al más novato en determinado campo. Ed Catmull insiste y cuenta cómo son las sesiones de “Braintrust”, esas reuniones de expertos animadores, en las que se lanzan opiniones y comentarios sobre las “bobinas”, los primeros esbozos de una escena o la secuencia de una película. Esas jornadas reafirman lo que vengo diciendo: hay un director, hay un creativo de base, el que tiene la idea, pero es en equipo, con los colegas de oficio, como ese germen creativo empieza a cualificarse, a tomar fuerza, a subsanar los vacíos o multiplicar sus potencialidades. Sin embargo, y ese es otro aspecto reiterativo en Creatividad, S.A, hay que entender que los comentarios desfavorables o “duros” no van enfocados a la persona o a criticar sus debilidades profesionales, sino a la obra, a ese objeto imperfecto que con la ayuda de todos puede convertirse en un producto de calidad.

La tercera idea transversal que me interesa resaltar es el valor de la evaluación continua y la reflexión sobre el producto realizado. Dado que uno de los principios o líneas rectoras de Pixar es la calidad y la excelencia, al terminar cada producto se analiza con detalle para ver cuáles fueron sus aciertos y cuáles sus posibles enseñanzas negativas con miras a corregirla en proyectos futuros. No basta con el éxito, hay que comprender por qué se logró o cuáles fueron las rutas seguidas para conseguirlo; y de igual manera ocurre con esas obras que no lograron el objetivo final deseado. La evaluación final, los “visionados diarios”, conllevan a que se tenga una mejor idea de lo que se quiere alcanzar y, además, a corregir o ajustar lo que parece caminar por la vía del fracaso. Sin la evaluación, de tiempos, de recursos, de personas, la creatividad caería en el terreno cenagoso del acierto inexplicable o en la no menos peligrosa fórmula de “hacer lo mismo de antes”. De otra parte, esa evaluación, que se hace de manera individual y compartida, posibilita que cada trabajador se sienta responsable no solo de su parcela, sino de todo el producto. Porque se está en evaluación continua es que Ed Catmull y John Lasseter crearon el “Día de Notas” con la intención de que todos los trabajadores pudieran expresar libremente cómo mejorar la empresa en diversos aspectos y niveles. La evaluación permanente es lo que mantiene viva la cultura creativa.

Otra línea de amarre del libro es la importancia de la investigación para incentivar la creatividad. Catmull cuenta los famosos “Viajes de investigación” en los que animadores, director y demás personas vinculadas con una película se desplazan a sitios, ciudades o espacios que son el escenario de dicha obra. La idea es que ese encuentro con “el exterior”, y del cual se toman fotos, notas, diagramas, contribuya a darle “autenticidad” al producto creativo. El cuidado en los detalles es una marca de calidad de Pixar, una forma de transmitirle al público “una sensación de realidad”. Investigar, en un proceso creativo, es permitirse salir de lo familiar, es aprender a ver, a tener otro tipo de experiencias que pueden romper estereotipos o “impulsar la inspiración”. Y claro, esos viajes ayudan a que los realizadores, los creativos, se sientan más fuertes, más seguros, para ese tránsito en la incertidumbre que es todo proceso creativo. Dominar el mundo que se desea ficcionar, llenarse de “evidencias”, rastrear indicios, cada una de estas cosas se convierte en un “motor oculto” que más tarde terminará vertiéndose en la obra en curso, y, además, proveerá a las personas de otro orden emocional y sensorial, útil para la empresa en que laboran y para su propio desarrollo personal. Quien investiga vive en un continuo aprendizaje.

La quinta línea transversal de Creatividad, S.A., se ubica en la reflexión sobre los modelos mentales que favorecen o anulan la emergencia de lo nuevo. Insiste el autor en la necesidad de tomar distancia para descubrir cuándo esos modelos mentales nos encasillan en lo repetitivo, en la copia de lo ya conocido. Y más cuando el éxito de un producto puede hacer creer que lo rentable son las réplicas o la emulación de lo semejante. Catmull se llena de ejemplos y de testimonios para mostrar que, dependiendo de nuestras creencias o de los esquemas mentales que tengamos, percibiremos como amenaza o salvación determinadas iniciativas. Este hecho es fundamental, porque la esencia del ejercicio creativo es trabajar con una materia de la cual no se tienen pruebas o certezas suficientes para actuar sin riesgo. Todo lo contrario: la creatividad abandera lo nuevo, a sabiendas de que no hay puntos de referencia para validarla. Ese es el riesgo. Además, está el azar, que tiene una parte importante en cualquier aventura innovadora. Si el modelo mental con que enfrentamos lo nuevo es el del control excesivo o el de la vigilancia burocrática, si no se tiene la suficiente flexibilidad para avalar y sacarle provecho a la experimentación, escasas serán las iniciativas sorprendentes y renovadoras. Por eso, quien es jefe de un equipo o pretende liderar las soluciones a las demandas del futuro, tendrá que cuidar y proteger lo que es apenas una iniciativa creativa, frágil, imperfecta y vacilante. Ese parece ser el verdadero propósito de los mejores directivos, es decir, de aquellos que “reconocen y reservan un espacio para lo que desconocen, no solo porque la humildad es una virtud, sino porque los avances más notables no se producen hasta que no se adopta esa mentalidad”.

Todas estas líneas transversales, anudadas con tecnología de punta, son las que han convertido a Pixar en un ejemplo mundial de empresa creativa. Ed Catmull ha escrito una obra –con la ayuda de Emy Wallace– sobre cómo se lidera la creatividad, cuáles son sus problemas más comunes, qué debe evitarse cuando se lideran equipos innovadores y qué lecciones se pueden sacar de proyectos fallidos. No es un manual de técnicas infalibles o un conjunto de ejercicios para motivar el ingenio, sino un libro de reflexión sobre el proceso creativo, en el que el testimonio se entreteje de manera sugestiva con la prospectiva empresarial y el liderazgo centrado en las personas. De alguna manera, es una obra para comprender cómo la tecnología y el arte se pueden conjugar para ofrecer alternativas creativas de movimiento en los inciertos paisajes de lo desconocido.   

Ed Catmull

Ed Catmull: «El futuro no es un destino, es una dirección».

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