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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de autor: Fernando Vásquez Rodríguez

El maestro investigador

21 domingo Oct 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, INVESTIGACIÓN, OFICIO DOCENTE

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Istvan Orosz

Ilustración de Istvan Orosz.

Sigo creyendo que un maestro se mantiene vigente en su oficio si cultiva el hábito de la investigación. Y no me refiero al desarrollo de grandes y costosos proyectos, sino a una constante manera de convertir su aula en laboratorio, en un escenario para que afloren las preguntas y se multipliquen los cuestionamientos. Esa parece ser la mejor forma de mantener viva la curiosidad por enseñar y, al mismo tiempo, la profesionalización de ser docente.

Investigar, entonces, es llenar el aula más de preguntas que de respuestas definitivas. El maestro investigador problematiza lo que hace; saca partido de las cosas que le salen mal y por ningún motivo pretende simular o “tapar” sus equívocos. Tampoco busca culpar a los demás de lo que a todas luces es el resultado de su desidia, su falta de estudio o su anquilosamiento. Por el contrario, es una persona inquieta, curiosa, ávida de conocimientos. La misma actividad cotidiana se le convierte en un enigma y lucha para no caer en el inmovilismo de “eso ya lo sé” o “con lo que sé es suficiente”. De allí que, por ser un investigador de su práctica, promueva en sí mismo y en sus alumnos o colegas la reflexión y la pregunta. Sus formas de enseñar son de corte problémico y cada vez que puede invita a la contrastación de fuentes, a la observación, la experimentación y el trabajo de campo.

Los docentes investigadores, además, tienen en mente un problema, una inquietud que los obsesiona. Por haber descubierto un “nicho” o un campo de interés, por tener la persistencia para mantener en vilo un interrogante durante meses o años, estos educadores logran profundizar o ahondar en las particularidades de un asunto. Su talante de investigadores los hace cazadores de indicios, de huellas, de síntomas que se han ido configurando poco a poco a lo largo del tiempo. Más que desear abarcarlo todo o saber de todo, los educadores preocupados por investigar tienen una zona hacia la cual enfocan o profundizan su quehacer docente.

Como consecuencia lógica del punto anterior, los maestros investigadores tienen la costumbre de guardar evidencias, conservar registros de esas inquietudes. Tal labor de archivo, de escaneo y organización en carpetas es la base para luego tomar distancia comprensiva y analítica de cualquier problema. Además de poner tareas y trabajos, más allá de corregir o alentar actividades, el educador con espíritu investigativo, toma fotos, hace entrevistas, lleva un diario, redacta notas, selecciona materiales de diversa índole. Para llevar a cabo sus pesquisas se ha ido acostumbrando a elaborar pequeñas descripciones y a datar, como si fuera un arqueólogo, las producciones o los eventos que le interesan. Buena parte de esos registros le sirven como dispositivo de estímulo en unos casos y, en otros, como prueba de sus inquietudes o aval para sus propuestas educativas.

El maestro investigador, bien sea animado por su propia labor o por esos nichos-problema que rondan su cabeza, es un entusiasta preocupado por escribir. En muchas ocasiones después de terminada una clase o al final del día dispone unos minutos para redactar media página sobre una intuición, un comentario a un hecho, una ocurrencia a partir de algo sucedido en clase o en la institución donde trabaja. Puede darse el caso que ese mismo entusiasmo por escribir lo lleve a animarse a presentar una ponencia en un congreso o a redactar, para el uso mismo de sus clases, pequeños artículos de orden conceptual o didáctico. Si se es investigador, la escritura es una aliada, una mediación, un dispositivo para “tomar distancia” y propiciar el reconocimiento.

Por contar con ese nicho-problema, con ese campo de irradiación de interés, el docente investigador fácilmente encuentra a otros colegas que comparten con él similares inquietudes o semejantes intereses. A veces esos cómplices investigadores están en la misma institución o se los encuentra perteneciendo a redes o colectivos de trabajo. También es posible que al asistir a foros, seminarios o eventos, se vayan hallando esos pares que comparten un igual objetivo de investigación, un parecido método de abordarlo o una análoga alternativa de solución. Si se pertenece a redes, si se es un activo miembro de esos colectivos, menos solo se sentirá el docente investigador y más resonancia tendrán sus hallazgos o sus preocupaciones.

De otra parte, si un maestro se sabe investigador, hará un uso estratégico de las tareas y trabajos que ponga a sus estudiantes. Cada acción de aula la pensará muy bien y la dotará de sentido para que no termine siendo un ejemplo de activismo sin norte. El maestro investigador vincula su quehacer con su foco de pesquisa. Trata, por todos los medios, de aunar la enseñanza con la pregunta que lo inquieta. Por momentos sus estudiantes son pequeños asistentes de investigación o informantes vitales para sus proyectos. Dado que el maestro gasta una cantidad de tiempo corrigiendo las tareas de sus alumnos, se cuida al momento de asignarlas y concebirlas como un insumo para sus investigaciones. Al proceder de esta manera, la clase puede ser un lugar de experimentación, un escenario para confrontar fuentes de información o una genuina manera de hacer etnografía.

Cerremos estas reflexiones subrayando la importancia de la investigación para renovar la práctica docente. Es probable que los cursos y los diferentes modos de actualización en algo contribuyan a mejorar el oficio de enseñar; pero lo que verdaderamente transforma y moviliza al educador es que indague de manera constante sobre lo que hace, que reflexione sobre su práctica, que se atreva a llenar el aula de interrogantes y que, lejos de burocratizar su profesión y su espíritu, se atreva a cuestionar sus certezas. Eso no solo revitalizará el oficio de enseñar, sino que contribuirá enormemente en el modo como aprenden sus estudiantes.

La innovación en perspectiva

14 domingo Oct 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Pieza gráfica de la agencia alemana DDB

Pieza gráfica de la agencia de publicidad alemana DDB.

Se aplica hoy el término innovación a tantas cosas y de manera tan indeterminada que vale la pena profundizar en sus particularidades y reales alcances. Al menos así lograremos ajustar conceptualmente lo que parece un simple epíteto aplicado al mundo de la empresa, los negocios o a procesos de diversa índole.

Lo básico es entender que la innovación parte de algo o se desarrolla sobre algo ya existente. Esto es, precisamente, lo que la diferencia de la invención. El innovador, en consecuencia, es un gran lector de los contextos, de la tradición, de lo que está en uso. Su proceder inicial, la chispa de su labor es observar con cuidado el statu quo, lo habitual, el trasegar de los hechos o las rutinarias maneras de hacer alguna cosa. No hay innovación sin esta previa reflexión sobre lo establecido. De allí, de ese fino y detallado estudio a lo vigente es que puede identificarse una fisura, un obstáculo, un problema, una falla, un gasto innecesario, una pérdida de recursos. Y al tener ubicado tal asunto es que brota o nace una idea innovadora. Repitámoslo: innovación no es una acción desprendida del contexto o alejada de situaciones concretas; por el contrario, nace de la perspicacia o indagación sobre hechos, procesos o situaciones instauradas.

La innovación es variada y diversa en sus alcances. Podemos innovar un procedimiento, un producto, un servicio, una práctica. A veces, la innovación se evidencia a lo largo de un proceso o se sabe de ella al concluir un objeto o una mercancía; en otros casos, puede darse en los materiales o en la forma de organización de las personas para lograr determinado fin. Hay innovación procedente de adelantos tecnológicos y hay innovación derivada de la investigación social o la investigación aplicada. No existe por lo tanto un único camino o se cuenta con un protocolo estándar para alcanzarla. Sirve la intuición, la serendipia, la visualización, la prospectiva, el estudio de casos, la experimentación. Tampoco se puede homogenizar o aplicar la innovación sin reparar en las condiciones locales o las variables de determinado contexto. Por eso, lo que parece menos innovador en un lugar resulta muy innovador en otro; o lo que parecía ser una innovación muy efectiva en una geografía termina siendo un fracaso en otro sector. Insistamos: la innovación no es una receta homogénea o de aplicación uniforme. Por ende, en una curva de desarrollo, la innovación sufre adaptaciones, transformaciones o modificaciones sustanciales. La innovación, como sucede con la evolución de la vida, es adaptativa, afectable por el entorno, sistémica y cumple un ciclo de existencia.

Otro rasgo de la innovación es el de ser una cadena de acciones y no una mera actividad desligada o desarticulada de un conjunto. Por eso se habla de un proceso o un proyecto innovador. En este sentido, la innovación aglutina a personas, recursos, operaciones, materiales y tiempos. El que se lanza a innovar necesita armonizar la concurrencia de muchas cosas. Ese es parte del éxito o la garantía para que una innovación encarne o perdure. Así que, innovar es también diseñar, planear, organizar y administrar heterogéneos elementos. La innovación no es solo una fugaz idea creativa sino un lento y persistente ejercicio de gestión y consolidación.

Un cuarto punto, que se olvida con facilidad, es la relación de la innovación con los procesos de cambio. Innovar demanda poner en cuestionamiento o en “crisis” lo conocido o habitual. Innovar es una invitación a cambiar, reformular, reorganizar o reelaborar algo. Entonces, si no se conocen o poca atención se presta a las dinámicas de los cambios, la innovación no echará raíces o será una ocurrencia genial pero sin repercusión o resonancia. Los grandes innovadores son a la par buenos estrategas para facilitar o propiciar planes de transición, pilotajes, reingeniería de procesos, ajustes escalonados. Es posible que otra de las claves del éxito de una innovación esté ahí, en fraguar ella misma su modo de generarse. Claro, a veces son unas las personas que diseñan y otras las que implementan, pero si la innovación no prevé las posibles resistencias o no ha ideado un itinerario para el cambio, tendrá grandes tropiezos o resultará entendida como una idea irrealizable, descabellada o inoportuna.

Es evidente que la innovación requiere de mucha creatividad. Sin ella, sin ese lubricante, no habrá ni reformas, ni alteraciones, ni mudas a lo permanente. Por eso mismo, las estrategias para innovar se nutren en gran medida de las técnicas creativas: la sinéctica, la lluvia de ideas, el análisis morfológico, la lista de atributos, la analogía, la resolución de problemas. Todos estos recursos contribuyen a que el espíritu innovador se concentre o tenga una propuesta ingeniosa y llamativa. Sin creatividad la innovación queda en reformas superficiales o conatos de novedad. Es importante subrayar que la creatividad enfocada a la innovación incluye procesos de pensamiento como la inferencia, la analítica conceptual, la alegoría, la heurística y la disociación semántica. Dicho en otros términos, la capacidad de innovar se potencia en la medida en que se desarrollan habilidades de pensamiento divergentes, laterales, creativas. Tal apuesta formativa debería ser tenida en cuenta por educadores o capacitadores empresariales.

Agreguemos a lo dicho otra cosa más: digamos algo con respecto al carácter o temperamento necesario para emprender una innovación. Los innovadores, y hay abundantes ejemplos para probarlo, son personas con alta capacidad para el riesgo, la aventura, el ensayo y error. Son audaces y con baja afectación a la crítica adversa o los comentarios burlones de los demás. Los innovadores poseen fortaleza interior y la suficiente autoestima como para sobreponerse a la crítica despiadada o la maledicencia. Pero, además de ello, los innovadores poseen tenacidad y fortaleza para no desfallecer ante la adversidad o sobreponerse a los obstáculos de todo tipo. El innovador posee tenacidad y una voluntad de hierro para persistir en sus propósitos. Estas cualidades son definitivas no solo en la etapa de ideación y gestación, sino al momento de implementar la innovación.

La última cuestión que me gustaría tratar es la de las condiciones para la innovación. Es sabido que muchas ideas innovadoras no cuentan al inicio con el apoyo o reconocimiento suficiente. Más bien hay un clima contrario o poco halagüeño para su florecimiento. No obstante, si las organizaciones o las instituciones son más flexibles en su estructura, si apuestan por la diversidad, si son más tolerantes con el error y no temen anticiparse al futuro, seguramente despuntarán con abundancia las ideas innovadoras o se incrementará una disposición hacia el cambio. En consecuencia, se requieren empresas e instituciones que confíen más en la creatividad de sus empleados y menos en la burocracia formalista y repetitiva, jefes o directivos que apoyen y secunden centros de excelencia, proyectos de investigación, laboratorios de innovación, o a personas atrevidas y arriesgadas para diseñar escenarios factibles o universos paralelos. Un ambiente, en suma, en que se pueda experimentar sin ser señalados o sancionados, en que el cumplimiento de las tareas no riña con el juego de imaginar futuros posibles, en que sea factible usar otras alternativas sin ser por ello tildados de “raros” o asociales. Construir y proteger ambientes innovadores es apoyar los disensos, creer en la ruptura de paradigmas, cultivar todo tipo de emprendimiento, azuzar el pensamiento complejo y volver lo inesperado una oportunidad para realizar los sueños imposibles. 

 

Liderazgo y cambio vital

07 domingo Oct 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Libros

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Liderazgo y cambio vital

Un tiempo considerable de mi vida laboral ha estado vinculado a la asesoría y la consultoría en temas relacionados con la comunicación, la motivación, el liderazgo, los procesos de cambio y las dinámicas del proyecto de vida. Han sido muchos años trasegando con programas de inducción, seminarios, conferencias, cursos de capacitación; mostrando alternativas para mejorar el clima laboral o el trabajo en equipo. De igual modo, he desarrollado propuestas de comunicación asertiva, de liderazgo centrado en valores y una gama amplia de aspectos asociados con las éticas del cuidado y la necesidad de la formación integral. Todos estos asuntos han tenido como telón de fondo la educación tanto de adultos como de autoaprendizaje, sumada, además, a las técnicas de las narrativas autobiográficas y el discernimiento, recursos óptimos para favorecer el desarrollo personal y la preocupación por la alteridad.

Evidencia de esta larga experiencia en empresas y organizaciones, en instituciones privadas y públicas, es la que he agrupado en este libro. La mayoría de los textos corresponden a una evidencia de lo que he realizado o pensado, y, otros, pueden ser piedras de toque o reflexiones de entrada a un aspecto en particular. De allí que haya empleado también distintos recursos escriturales: la carta, el diálogo, el aforismo, el ensayo, las ideas fuerza, la glosa, el contrapunto, la disociación analítica. El propósito de esta pluralidad discursiva ha sido tener múltiples accesos al campo del liderazgo y los procesos de cambio, en particular los de la propia persona. No he pretendido ser exhaustivo, ni parecer erudito. He procurado presentar consideraciones y, en diferentes oportunidades, propuestas enfocadas a enriquecer un tipo de comportamiento o despertar el interés sobre temas como la influencia, la motivación, la sabiduría, los proyectos, la palabra, los ritos, la escucha, la táctica y la estrategia.

En varios apartados procuro comprender de una manera menos simplista o mecánica aspectos del comportamiento organizacional, de las relaciones laborales, o de aquellas responsabilidades de quien guía, o tiene bajo su dirección a otras personas. A veces se llega a un cargo o se ocupa un puesto de autoridad sin reparar en la preparación exigida ni en las delicadas consecuencias de tal investidura; esto no solo toca al mundo empresarial o institucional, sino a entidades como la familia, la escuela o asociaciones diversas. Por eso es fundamental tener cierta vigilancia sobre el trato, los discursos utilizados, los valores en juego o la idea de persona que imanta el derrotero de dichas actuaciones.

Cabe decir que buena parte de lo aquí dicho tiene el tono del consejo o la cavilación, procurando siempre advertir de una falencia moral o señalando una vía de trabajo sobre el carácter, la voluntad o las pasiones humanas. Así que, más que lecturas para satisfacer la curiosidad académica, son llamadas de atención, motivos para la meditación o puntos de reflexión sobre el descubrimiento de sí y los vínculos sociales. A eso invito, entonces: a permitirnos el tiempo para mirar nuestras propias actuaciones frente al poder, la dirección de grupos, el enfrentamiento a lo nuevo, el desarrollo de la voluntad y la toma de decisiones. Esto parece muy urgente hoy cuando abunda la irresponsabilidad, la corrupción, la mentira o el desprecio por los demás, y es necesario tener algunas luces para resolver los dilemas morales o prácticos de la existencia cotidiana.

La obra en conjunto subraya o invita a no perder de vista la ruta del proyecto personal; esto sigue siendo un buen indicador del sentido que vamos dando a nuestra experiencia y de qué manera convertimos nuestros errores o los retos más difíciles en acicate para seguir tallando la estatua interior, al decir del biólogo francés François Jacob. Esa es mi aspiración, y confío en que así será entendida por los caminantes lectores de estas páginas.

Abrazos

30 domingo Sep 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Tomasz Alen Kopera

Ilustración de Tomasz Alen Kopera.

Abrazar a alguien continúa siendo uno de los gestos mayormente utilizados por los seres humanos para mostrar o rubricar una variedad de afectos, sentimientos y pasiones. Dediquemos, entonces, unos párrafos a explorar en esta acción o rito de cariño.

La prioritaria utilidad de abrazar, su sentido básico, es el de exaltar o refrendar el amor por alguien. Abraza la madre a su hijo, el hermano a la hermana, el abuelo a su nieto. Ceñimos los brazos para que otra persona sepa o “evidencie” lo que las meras palabras no logran transmitir a cabalidad. Abrazamos a otro ser para decirle una vez, y muchas más, cuán importante es para nosotros, cuánto significa en nuestros proyectos más esenciales, cuánto ha entrado a formar parte de nuestra vida. Rodeamos al otro, lo abarcamos, para unirnos con él, para reforzar un vínculo afectivo.

De igual manera, se abraza para significar el perdón, para señalar una reconciliación o subsanar una herida, reanudar una relación, restablecer un vínculo roto. Estos abrazos tienen la fuerza de sellar o servir de juramento a la afrenta superada, al daño resarcido o al menos olvidado. Al abrazar así, al traer hacia nosotros al distante, al pródigo, al “ofendido”, lo que hacemos es ampliar el radio de acción de nuestra generosidad, de nuestra transigencia. Esta dimensión del abrazar dice qué tanta es nuestra capacidad para indultar la falla ajena o el error del congénere; muestra el temple de nuestra alma para dispensar los desatinos y faltas ajenas. El que abraza en estos casos renuncia al veneno del resentimiento y hace una amnistía con sus apetitos de venganza.

Agreguemos que abrazar es igualmente un gesto poderoso de solidaridad o de compasión. Bordeamos con nuestros brazos al familiar, al amigo o al semejante cuando una pena lo aflige, cuando ha perdido a un ser querido, cuando la enfermedad o la desgracia tocan a su puerta. En estas ocasiones, el abrazo cumple la función de ayudar a mermar el dolor, de dar fuerza o ánimo al que no ve ninguna salida a sus problemas o no aguanta la carga impuesta por la adversidad. Si es esta la situación, el abrazo la mayoría de las veces no necesita de palabras. Basta envolver al otro para contagiarle nuestra voz de aliento, nuestro apoyo moral o nuestra ayuda incondicional para su espíritu. Abrazar al necesitado, al débil o al abandonado es una prueba de nuestra solidaridad con el sufrimiento ajeno.

También abrazamos a ciertas personas para manifestarles el agradecimiento, la retribución sensible por un servicio, una ayuda, un apoyo vital de diversa índole. Al abrazar a esas personas lo que pretendemos es exaltarlas, reconocerlas, cubrirlas de unos dones o virtudes no fácilmente visibles para la mayoría. Estrechamos a esos seres, a veces con fuerza, para reiterarles una promesa, un pacto, una deuda espiritual, una herencia formativa. Al abrazar así, recompensamos de algún modo lo que sabemos es una obligación impagable. Los abrazos que ofrecemos a esos hombres y mujeres son expresiones de su grata aparición en nuestra existencia o de su valía en lo que somos como personas, profesionales o ciudadanos. Al abrazar a esos individuos les decimos que ni han sido olvidados ni es coyuntural su presencia en nuestra historia.

De otra parte, se abraza para proteger, para resguardar, para crear un muro salvador. Ese es el gesto supremo de la maternidad o de la paternidad, la acción mayor de altruismo o abnegación y el gesto último que todos debemos a los recién nacidos o a las criaturas más indefensas. Abrazar es bordear, crear una muralla en la que seamos nosotros los que nos exponemos primero al peligro o al miedo amenazador. En estas circunstancias el abrazo es un acto de custodia, de ofrecimiento de cobijo, de salvaguarda a la debilidad o la indefensión. Los abrazos, en consecuencia, se tornan escudos, aleros, cercados de carne, resguardo para el alma indefensa.

Y están, por supuesto, los abrazos apasionados, aquellos que ofrecemos o recibimos en la desnudez compartida. En estas ocasiones, el abrazo es un intento por fundirse en el otro, por amalgamar lo que deseamos o necesitamos tener en plenitud. Estos abrazos apasionados, tan desaforados como interminables, son confirmación y estímulo, preludio y epílogo de la entrega amorosa. Abrazarse, permanecer abrazados, es un acto de profunda intimidad, de total confianza, de cercar la sangre que tiende a desbordarse por las fisuras de los cuerpos frenéticos o en delirio. Dichos abrazos son, en suma, una muestra perfecta del culmen del deseo y, a la vez, un gesto sublime de prodigar ternura.

Dicho lo anterior, habría que permitirse con más frecuencia dar y recibir abrazos. O, al menos, estar más atentos para saber cuándo alguien los necesita. Porque abrazar es un modo de decirle a otro “aquí estoy presente” o de reiterarle un “cuentas conmigo”. Abrazar es una forma de comunicación muy poderosa porque implica la acogida, porque demanda abrirse para otro y porque lleva a juntar los cuerpos para estrechar los corazones. Es decir, a poner muy cerca y en sintonía el palpitar de nuestra condición humana.

Animales parlantes: maestros del hombre

23 domingo Sep 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Fábulas

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Milo Winter

Ilustración de Milo Winter.

Señala Carlos García Gual que, en el caso de la fábula, “los animales revelan verdades universales concernientes a la naturaleza humana”. Son las bestias las que mejor ayudan a que las personas nos reconozcamos en aquellos rasgos o características no aceptadas o asumidas. Son esos vicios –escondidos, simulados– de los que se ocupa la fábula de forma indirecta. En esta perspectiva, la fábula cumple una función social en la medida en que pone en evidencia lo que un grupo humano malintencionadamente olvida o deja de considerar digno de valoración. La fábula, mediante ese espejo alegórico, evalúa la conducta de los hombres y advierte sus consecuencias.

Por esto se ha afirmado que la fábula tiene una función didáctica en asuntos relacionados con la moral o el comportamiento social. Su interés primordial, al presentar ejemplos o casos determinados, es la lección que desea comunicarnos. Hay una clara intención de instruir o enunciar un precepto. Son pequeños relatos enfocados a ofrecernos lecciones prácticas, claves morales para ser con otros, convivir o tener ejemplos para comprender las debilidades o vicios de la condición humana. Esas lecciones, que se concentran en la moraleja (epimitio) o en los pequeños textos que abren los relatos (promitio), son expresados de manera enfática, lapidaria, siguiendo el tono de la literatura sapiencial o de los textos con intención edificante.

Aunque debemos advertir que en muchas fábulas es al lector al que le corresponde inducir o deducir lo que está detrás del sucinto relato. La puesta en acción de esa instrucción moral implica comprender el sentido alegórico y figurado; por ello, el fabulista construye su texto invitando al lector a un ejercicio de descubrimiento, de adivinar lo que esconden aquellos diálogos entre animales parlantes. Semejando el mecanismo de la parábola o del chiste de “doble sentido”, la fábula enseña acentuando el tono sugerido: simboliza, elabora una analogía, aboga para que descubramos “la verdad” implícita en aquellas ficciones. No es extraño, entonces, que sea necesario releer algunas fábulas para entender la “lección ética” escondida.

Usando el estilo alusivo, impersonal, la fábula enseña o señala asuntos sobre los cuales los seres humanos somos muy susceptibles o poco aptos para recibir la crítica. Lo hace sin personalizar, sin agredir, sin entrar en la confrontación directa. Más que indicar una prescriptiva explícita o censurar de forma manifiesta, invita al lector a “meditar” o a “reflexionar” sobre sus propias conductas o las de sus semejantes. La lectura de la fábula presupone un acto de autoexamen o de comprensión ajena sobre asuntos “prácticos” como el gobierno de nuestras pasiones, la mejora de nuestros defectos y la vigilancia sobre nuestras bajezas y banalidades. “Aquí está el ejemplo”, señala la fábula; y depende de cada uno sacar sus propias conclusiones. O, para ponerlo en términos más coloquiales, la fábula instruye bajo la lógica de: “al que le caiga el guante que se lo chante”.

Como puede inferirse, la fábula posee un ingrediente crítico útil para la formación del carácter no solo de los más pequeños. A la par que señala una acción inadecuada o destaca las consecuencias de un comportamiento indeseable, deja una reverberación en la mente de los lectores al emplear el humor, la exageración, la sátira, el remedo. “La ironía tiene un rol fundamental en nuestro perfeccionamiento interior”, ha escrito Jan Jakélévitch. Mediante la rápida recordación del verso o apelando a la identificación narrativa, la fábula trae consigo un buen resultado formativo. Ese fue el potencial educativo que vieron escuelas occidentales de filosofía como los cínicos y los estoicos y otras de cuño oriental, como el hinduismo y el budismo.

En todo caso, entre más leemos y releemos fabulistas de diferente tiempo y nación, notamos que la acción presentada por los animales en cada relato es semejante a un pequeño teatro al que asistimos para “purgar”, en el sentido dado por Aristóteles, cierto aspecto de nuestro ser o del convivir con otros. Y al igual que en una tragedia, al acercarnos a esa representación de bestias parlantes, sentiremos temor, porque podemos caer en una situación análoga a la expuesta en la fábula, o tendremos algún tipo de compasión debido a que, al evidenciar un vicio moral en otros, entenderemos la lucha interior por la que pasa el personaje, puesto que nosotros alguna vez lo padecimos o aún hoy seguimos luchando para superarlo.

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Ilustración de Gustavo Doré.

El ruiseñor enamorado y la golondrina fugaz

A veces los actos compasivos de amor, cuando son más necesarios para alguien, ponen a uno de los amantes en el dilema de desaparecer o mantenerse. O si no, repárese en la historia del ruiseñor enamorado y la golondrina fugaz.

Un ruiseñor, de canto fuerte y alma sensible, se enamoró de una golondrina. Fue en julio, al regresar las dos aves de uno de sus vuelos migratorios. El ruiseñor, con silbidos expresaba su adoración por la golondrina, también le ayudaba a hacer su nido, le buscaba insectos especiales para su alimentación, y advertía con trinos de los gavilanes que merodeaban a su amada. La golondrina decía también amar al ruiseñor: le prodigaba besos furtivos, respondía con su canto al llamado y con sus gorjeos exaltaba al cantor que la miraba extasiado.  Todo parecía ir muy bien. A las dos aves les encantaba volar juntas en el cielo azul y expresar, aunque a la golondrina no tanto, su felicidad al viento. Sin embargo, por causa de una tormenta, el ruiseñor se fracturó una de sus alas. Le pidió, entonces, a su amada que todas las tardes volara cerca al nido. La golondrina dijo que sí. Y por varios días pasó veloz muy cerca de donde estaba el ruiseñor, alegrándolo con esa visita fugaz. Pero empezó a cansarse de ese rito del crepúsculo. En su corazón sintió la tentación del abandono, y lo que era un acto frecuente se volvió escaso, hasta desaparecer. Dicen que el ruiseñor aún sigue esperando el pasar de su amada golondrina y, que por eso, se lo escucha cantar durante horas desde el final de la tarde hasta bien entrada la noche.

Alexander Wells

Ilustración de Alexander Wells

El zorro y el chacal ventajoso

De tanto deambular por el mismo bosque, un zorro terminó por hacerse amigo de un chacal. El zorro le compartía muchas cosas: el territorio de caza, las presas que conseguía y, en algunas ocasiones, su guarida. Así pasaron muchas estaciones. Pero en un invierno, largo e inclemente, la comida escaseaba y los días pasaban sin que los dos amigos probaran un bocado. Frente a esa situación, decidieron separarse para buscar alimento. El zorro escarbando aquí y allá pudo encontrar una carnuda liebre. La mató y la escondió al lado de una gran roca, cubriéndola con hojas para luego compartirla con su amigo. El chacal encontró una camada de ratones en la cepa de un árbol viejo. Apenas logró entrar a la madriguera de una vez devoró apresuradamente todos los roedores. Terminada la comida, que por el afán le produjo un dolor estomacal, se echó al piso agarrándose la barriga. Así lo encontró el zorro.

—Mi única caza fue un flaco ratón y, con esta hambre, apenas alcanzó para un bocado.

— Entiendo, dijo el zorro, con cierta suspicacia.

—¿Y tú hallaste algo?, preguntó el chacal sobándose el vientre.

El zorro le habló a su amigo de la caza de la liebre, y dónde la tenía escondida para compartirla.

—¡Qué detalle el tuyo! —exclamó el chacal, yendo a paso lento por el dolor en su panza.

— ¡Vamos —repuso el zorro—, la tengo detrás de aquella roca!

El chacal, por todos los ratones ingeridos, apenas podía seguirle el paso al colega. El zorro se adelantó un poco, llegó a la roca, escarbó hasta encontrar la liebre muerta y la puso a la vista. Pasados unos minutos llegó el chacal y encontró al compañero entusiasmado:

— Ven, empieza tú —dijo el zorro.

— No, con este dolor no tengo ganas de nada —repuso el chacal—, sobándose el estómago.

— Si ese es tu deseo… —replicó el zorro, empezando su merienda.

Cuando iba por la mitad volvió a insistirle al amigo:

— Acércate, aquí tienes tu parte.

—No me siento bien —contestó el chacal.   —Mejor cómetela toda, que por lo que veo está deliciosa —agregó.

—No te imaginas cuánto —musitó el zorro.

Enseguida, con total fruición terminó de degustar poco a poco la liebre. Satisfecho de aquel banquete, se tendió sobre la hierba. El chacal, dando muestras de indigestión, vio al zorro quedarse dormido en una envidiable placidez.

Bien lo dice el felino refrán: “El amigo ventajoso con el tiempo pierde el alimento más precioso”.

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