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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de autor: fernandovasquezrodriguez

Tres obstáculos al describir

21 jueves Ago 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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"La piel y el cabello", ilustración de Verlag Wort y Bild Rolf Becker.

«La piel y el cabello», ilustración de Verlag Wort y Bild Rolf Becker.

Describir: pintar con palabras. Dibujar con lenguaje lo que ven nuestros ojos. Delinear con cuidado: rasgo a rasgo, detalle a detalle. Volver nuestra mirada una lupa, una lente afinadísima para no pasar por alto, para no dejar de lado aspectos o elementos fundamentales de alguien, de cierto hecho o cierta situación. Describir: elección fina del lenguaje para dar cuenta de nuestras percepciones.

Sin embargo, aunque tal aspiración parece medianamente fácil, son por lo menos tres los impedimentos que salen al encuentro del que desea hacer una descripción. El primero, que es la base para poder describir, es el haber afinado o cualificado nuestro ver, hasta convertirlo en un mirar[i]. Mirar, lo sabemos, no es un acto inmediato, fácil, mecánico; quizá el ver cumpla con tales características. Pero el mirar, en cuanto actividad voluntariamente dirigida, requiere que al ojo se lo eduque, se lo forme, se lo cualifique para alcanzar cierta fineza en la percepción. Cierta perspicacia[ii]. O para ponerlo en otras palabras, una cosa es lo percibido y otra, muy diferente, lo visto[iii]. Entre un momento y otro media el ejercicio, la práctica, el trabajo con eso que pudiéramos llamar una “educación de los sentidos”. Entonces, el primer impedimento está en la materia misma que ve, en el ojo. Entre otras razones, porque nuestro ojo natural es un ojo cultural o enculturado. No vemos como una cámara fotográfica: miramos bajo la lente de nuestras ideologías, de nuestros imaginarios; miramos bajo los filtros de nuestra socialización[iv].

Un segundo obstáculo tiene que ver con el útil que empleamos cuando vamos a describir: las palabras. O nos faltan o nos sobran. O no son las indicadas, o son tan vagas que al final no dan cuenta precisa de lo mirado[v]. El poco trato con las palabras, ese analfabetismo funcional de nuestro tiempo que ha reducido la riqueza lexical a los mínimos del consumo, es una talanquera difícil de superar. Las palabras, en cuanto dispositivos o mediaciones del pensamiento, en cuanto códigos, tienen sus propias leyes; hay sintaxis que las orientan y hay semánticas que las determinan. Las palabras tienen su propia gravitación, su propio mundo. Entonces, cuando echamos mano de ellas para describir algo o para describir a alguien, necesitamos cierto dominio o cierta pericia para gobernarlas o, al menos, para lograr que digan con precisión lo que esperamos[vi]. No es cuestión de sinónimos o de ampulosidad en el discurso. Mejor aún, las buenas descripciones consisten, precisamente, en encontrar la palabra justa o adecuada para determinado rasgo o para cierta particularidad de un rostro, un objeto o cierta situación[vii].

El último de los obstáculos, que por estar al final, no es el de menor importancia o la última instancia de un proceso de descripción, es el de no saber o no tener algo en mente cuando se quiere describir. Digamos que ya no es la torpeza del ojo, sino la pérdida de norte del investigador. Cuando se describe algo, dada la complejidad de las personas y las cosas, dada la red y la trama de signos que conforman cualquier unidad cultural[viii], hay que definir con anterioridad hacia dónde es que vamos a focalizar nuestra pesquisa. Es muy difícil, por no decir imposible, hacer descripciones generales o de todo. La descripción se vuelve fina, de filigrana, cuando trabaja en espacios delimitados, fijados, enmarcados. Por lo mismo, si no se tiene o no se sabe previamente qué es lo que deseamos describir, pues terminamos apuntando hacia cualquier lugar o perdiendo nuestras municiones en aspectos que no eran en últimas los objetivos de nuestra cacería. Quien describe se parece mucho a un cazador. No sólo porque define con anterioridad la presa que desea cazar, sino porque debe seguir sus huellas o sus indicios, sin perder nunca el rastro de lo que busca. Una buena descripción, entonces, pertenece al arte de la cinegética[ix].

Como puede verse, describir con alguna propiedad, requiere superar por lo menos los tres obstáculos mencionados. De un lado, cualificar el ojo, de otro dominar las palabras y, finalmente, saber enfocar o delimitar el objeto mismo de la descripción. Desde luego, no digo con ello que superados tales escollos ya sea suficiente para tener dominio de tal herramienta de conocimiento y de creación. Porque, la descripción necesita sortear un vado más amplio y más profundo: el del propio desinterés. Si no hay una motivación que catapulte a la descripción, por más que se hayan superado los tres obstáculos mencionados, siempre estaremos en el conato, en la tarea inacabada o imprecisa. La emoción no sólo despierta nuestros sentidos sino que nos coloca en disposición para tomar conciencia del entorno[x]. Nos eriza las sensaciones, nos exacerba el ánimo, nos estimula el interés. Y cuando un investigador tiene dentro de sí una pregunta o un cuestionamiento que le interesa, la descripción ya tiene por lo menos un lienzo idóneo para plasmarse.

Notas y referencias 

[i] Si se desea ampliar en este proceso de cualificación del ojo, mírese mi texto “Más allá del ver está el mirar” en el libro La cultura como texto (lectura, semiótica y educación), Javegraf, Bogotá, 2004, págs. 77-88.

[ii] Un buen libro para ilustrar la idea de perspicacia, especialmente en el campo de la investigación, es la obra ¡Eureka!  (Descubrimientos científicos que cambiaron el mundo) de Leslie Alan Horvitz, Paidós, Barcelona, 2003. El autor trae a colación diversos casos en donde se pude comprobar cómo el ojo afinado, el ojo educado, es el que puede convertir algo nimio o insustancial en un hecho o un evento significativo.

[iii] De manera amplia, Jacques Aumont ha desarrollado este desplazamiento de lo visible a lo visual en su libro La imagen, Paidós, Barcelona, 1992.

[iv] Varios textos pueden ayudar a profundizar en esta idea. Sólo como referentes iniciales recomiendo tres. El primero de ellos: Modos de ver de John Berger, Gustavo Gili, Barcelona, 1974; el segundo, El ojo del observador compilado por Paul Watzlawick y Peter Krieg, Gedisa, Barcelona, 2000. Y uno más: La construcción social de la realidad de Meter L. Berger y Thomas Luckmann, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1984.

[v] Véase mi texto “Esa palabra tan nuestra y tan lejana”, en el libro Oficio de Maestro, Javegraf, Bogotá, 2003, pág. 159-163.

[vi] Con las palabras, como lo escribiera el mexicano Octavio Paz, hay que practicar cierto oficio de jinete, de domador. Valga recordar ese poema suyo, titulado “Las palabras”:  “Dales la vuelta, / cógelas del rabo (chillen, putas), / azótalas, / dales azúcar en la boca a las rejegas, / ínflalas, globos, pínchalas, / sórbeles sangre y tuétanos, / sécalas, / cápalas, / písalas, gallo galante, / tuérceles el gaznate, cocinero, / desplúmalas, / destrípalas, toro, / buey, arrástralas, / hazlas, poeta, / haz que se traguen todas sus palabras”. En Poemas (1935-1975), Seix Barral, Barcelona, 1979, pág. 69. 

[vii] Aquí también hay una gama de textos que pueden servir de ayuda para ilustrar lo dicho. Por ahora, apenas como un aperitivo, sugiero la maravillosa obra Palomar, de Ítalo Calvino, Siruela, Madrid, 1997; y los poemas de los libros de odas de Pablo Neruda. Me refiero a las “Odas elementales”, “Nuevas Odas elementales” y “Tercer libro de odas”,  recogidas en su libro Poesía (Tomo I), Noguer, Bilbao, 1974.

[viii] El concepto de unidad cultural ha sido desarrollada por mí en el libro La cultura como texto (lectura, semiótica y educación), Javegraf, Bogotá, 2004. Léanse, por ejemplo, los apartados “¿Qué son y cómo trabajar con unidades culturales?”, “Leer un texto vivo”, “Semiótica El rehén: intento de una semiótica política” y  “Citizen semiotic”.

[ix] Para profundizar en este aspecto, consúltese el artículo “Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales”, contenido en el libro Mitos, emblemas, indicios (Morfología e historia), de Carlo Ginzburg, Gedisa, Barcelona, 1989, págs. 138-175. De igual manera, son sugestivas las ideas de Josefa Zulaika en su texto Caza, símbolo y eros, Nerea, Madrid, 1992.

[x] Si se quiere estudiar cómo ha ido cambiando la forma de percibir esto de las emociones valdría la pena leer la compilación de Cheshire Calhoun y Robert C. Solomon, ¿Qué es una emoción? (lecturas clásicas de psicología filosófica), Fondo de Cultura económica, México, 1989.

(De mi libro La enseña literaria. Crítica y didáctica de la literatura, Kimpres, Bogotá, 2008, pp. 209-212).

Objetos del ambiente escolar

17 domingo Ago 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Les he solicitado a mis estudiantes de la Maestría en Docencia de la Universidad de la Salle que describan un objeto escolar. La extensión debe oscilar entre cinco y ocho líneas (o entre 80 y 130 palabras). Se trata de un ejercicio de escritura para desarrollar las habilidades de observación, precisión semántica y, especialmente, de reconocimiento del ambiente cotidiano de trabajo. Estas destrezas son definitivas en la etapa de la descripción del problema de investigación y constituyen la columna vertebral del enfoque etnográfico o cuando se elabora un diario de campo.

Aunque ya he recibido y leído los primeros intentos y acercamientos al ejercicio solicitado, noto que hace falta comprender –antes de lanzarse a escribir– qué es en verdad la descripción. En consecuencia, voy a señalar una ruta de lecturas, contenidas en este mismo blog. Espero que sirvan de tutoría permanente y contribuyan a cualificar los textos de mis estudiantes de posgrado.

La primera lectura se titula “Describir: dibujar con palabras”. Recomiendo empezar por dicho documento. Además de señalar lo esencial de la descripción se presentan ejercicios que ilustran lo medular de esta modalidad textual. Releído el ensayo pasaría enseguida a dos barajas de aforismos identificados con el encabezado “Sobre la descripción I” y “Sobre la descripción II”. Los dos grupos de aforismos ofrecen de manera concentrada y esencial un acercamiento a las particularidades del ejercicio que nos interesa. Por ser aforismos hay que leerlos lentamente, rumiándolos en nuestro pensamiento. Pienso que en esos dos textos, a la par que se analiza con hondura el ser de la descripción, se ofrecen recursos para sortear las dificultades al describir. Hechas las anteriores lecturas recomiendo mirar un ensayo denominado “El objeto como signo”.  En él se presentan, en una perspectiva semiótica, los miradores estratégicos o los criterios para desentrañar un objeto. Es una lista de chequeo a tener en cuenta o un abanico de posibilidades para enfocar nuestra mirada.

Con esa reserva de lecturas en nuestra cabeza ahora sí podemos elegir un objeto del ambiente escolar. Sobra decir, que debe provocarnos algún interés o al menos tener la magia de las cosas inquietantes. Con ese objeto al frente, observándolo muchas veces, mirándolo y escudriñándolo por todas sus facetas, procederemos a redactar nuestra descripción. Lo más seguro es que no tendremos a la mano los nombres propios de cada una de las partes, entonces, habrá que indagar o investigar al respecto. Cuando nos faltan los sustantivos indicados tendemos a generalizar o nos vamos por las ramas, o terminamos divagando. ¿Cómo se llama la punta del compás?, ¿cuál es el nombre de la forma de un lápiz?, ¿cómo es conocida la parte que enmarca un portón?, ¿de qué material está hecha una calculadora? , ¿cómo le dicen a las divisiones de un armario? Baste la siguiente ilustración (sobre el compás) para corroborar la importancia de conocer los nombres específicos de las partes de un objeto cuando tenemos la intención de describirlo:

Por lo demás, y en eso profundiza mi ensayo “Describir un objeto”, necesitaremos también mirar cómo el tiempo ha hecho mella en el objeto; o cómo las manos han ido dándole cierta fisonomía particular; o qué tanto lo ha afectado la intemperie o el sol. Y de igual manera deberemos, al momento de presentar la descripción, darle importancia a las medidas, la textura y el color, así como al contexto en que está ubicado el objeto.

Salta a la vista que el ejercicio de describir un objeto escolar nos lleva a volvernos extranjeros para el mundo cotidiano en que trabajamos. Es necesario ver los objetos familiares como si fueran cosas absolutamente novedosas o llenas de maravilla. La descripción, precisamente, busca presentar al lector una realidad distante o ajena para él. Es como si el escritor convirtiera sus palabras en unos ojos capaces de transportar seres ausentes. Y por eso hay que ser cuidadosos en la elección de los términos, y darle al conjunto tanta importancia como a los detalles.

Resta decir que muy seguramente serán necesarias más de dos versiones para alcanzar una descripción de calidad. A veces, porque hay una flagrante desorganización en los elementos o porque en el afán de mencionar el uso dejamos inconclusa una serie de características. En otros casos, será la falta de dominio en la puntuación la que hará que nuestro objeto se presente fracturado o descompuesto. Lo aconsejable, entonces, es afinar la mirada, asediar el objeto desde diferentes perspectivas y empezar a volverse fiel amigo del diccionario, ojalá de aquellos llamados ideológicos, de campos semánticos o de ideas afines.

Carta a los padres de familia

15 viernes Ago 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Cartas

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Ilustración de Quino.

Ilustración de Quino.

Apreciados padres,

Me valgo de esta forma de comunicación porque no ha sido posible reunirme con ustedes personalmente. Sé que a las reuniones de entrega de boletines siempre falta alguno, cuando no los dos. Entonces, y debido a la importancia de su apoyo para esta misión de formar a sus hijos, he acudido a este medio de escritura usado en pasadas épocas con el mismo fervor de los correos electrónicos en la actualidad.

Lo primero es contarles que, hagan lo que hagan, ustedes siempre serán referentes de comportamiento y de actitudes para sus hijos. Por acción o por omisión sus hijos los mirarán para saber cómo comportarse y, por imitación, irán asimilando ciertas actitudes o determinadas conductas. Insisto en que tal referencialidad podrá darse de manera consciente o inconsciente. Y así sea planeada o no siempre estará al frente de sus hijos como si fuera un conjunto de señales para orientar sus vidas.

Otro asunto que deseaba mencionarles es lo fundamental de su labor en lo concerniente a forjar hábitos. Quizás esa ha sido una de las funciones esenciales de la crianza; y debido a la urgencia de las necesidades económicas de hoy se ha ido dejando a la buena de Dios o a las no siempre afortunadas manos de la sociedad de consumo o los medios masivos de información. Les comentaba, y perdonen mi insistencia, que a ustedes les corresponde preparar el terreno de los hábitos para que sea fértil y podamos más tarde los maestros labrar ese terreno con alguna fortuna. Hay tantos hábitos en los que ustedes deberían insistir: los de alimentación y vestido, los de trato y convivencia, los de aseo y ahorro, o esos otros tan necesarios del leer y el estudiar, del aprender a saludar y dar las gracias. Los hábitos son una segunda piel que ustedes deben tejer cada día con su ejemplo y dedicación. Recuerden que los hábitos incorporados son una herencia para toda la vida.

En este mismo sentido, deseo reiterarles la fundamental tarea de acuñar en sus hijos valores y virtudes. Y digo acuñar para subrayar esa especie de impronta en el carácter que tiene una persona cuando ha contado en su crianza con un repertorio de valores, tales como el respeto, la honestidad, la responsabilidad o la solidaridad. Ustedes saben, estimados padres, que los valores actúan como brújulas morales en el futuro actuar de sus hijos; a ellos acudirán cuando se sientan perdidos en una situación existencial o servirán de guías para el convivir y relacionarse con sus semejantes. Esos valores hacen las veces de tutores o mentores cuando ustedes no estén presentes o cuando ya no los acompañen en sus vidas. Y si además, ustedes han tenido la precaución de favorecer determinadas virtudes, entonces a sus hijos les será más fácil conquistar sus metas porque tendrán en sí la disciplina o la constancia, y conseguirán relacionarse mejor con sus semejantes porque sabrán ser menos ostentosos, más prudentes y dignos de confianza. Nada de eso sobra en la crianza de los hijos  ni es un asunto secundario.

Aunque me extienda un poco más deseo comentarles que ustedes son cuidadores de los vínculos sociales o de las relaciones interpersonales de sus hijos. Tengan presente que de la inexperiencia y la ingenuidad se aprovechan los timadores y comerciantes del vicio. Las malas costumbres o las vías torcidas abundan por doquier. Por lo mismo, es su deber –con tacto y perspicacia– saber quiénes son los amigos y conocidos de sus hijos, y cuál es el núcleo de amistades por ellos frecuentado. Y no me refiero a una fiscalización excluyente de sus relaciones, sino a un vigilante conocimiento de tales vínculos. Mucho más hoy, cuando los medios virtuales han creado la posibilidad de mantener abiertas las puertas de nuestras casas. Sigue siendo importante insistirles a los hijos que inviten a su casa a esos primeros amigos o convidar a reuniones en las que ustedes puedan apreciar de primera mano aquel grupo de colegio que su hijo o su hija frecuentan tantas horas. Cuidar, en consecuencia, es concebir el espacio de la familia como un escenario de la prevención, del anticiparse a las elecciones equivocadas o a aquellas decisiones que por la inexperiencia pueden arruinar el futuro de una persona.

Considero también que este celo por lo que hacen y por quienes comparten la cotidianidad de sus hijos puede ser un buen motivo para desarrollar en ellos el discernimiento y el buen juicio. Hablar con sus hijos de lo que piensan o de por qué actúan como actúan es otra tarea de primer orden en esto de ser padres. Tengan presente que ustedes animan o no el aprender a reflexionar sobre las experiencias que cada día les acaecen a sus hijos; dediquen un tiempo para escucharlos, para ponerles situaciones reales o hipotéticas que les permitan, poco a poco, descubrir los alcances o las repercusiones de un modo u otro de actuar. Dialogar, por lo mismo, es un taller irreemplazable para alcanzar la madurez en la toma de decisiones y un crisol para aprender a usar la libertad.

Una cosa más me atrevo a recomendarles. La de no perder su lugar de apoyo en el crecimiento de sus hijos. Estar ahí para dar un consejo oportuno; estar ahí para servir de consuelo; estar ahí para dar ánimo o servir de abrazo de apoyo ante la dificultad, es esencial en las peripecias del viaje existencial de las nuevas generaciones. Sucede que hoy, por múltiples razones, casi no se está en el hogar o de poco tiempo se dispone para escuchar atentamente los problemas acuciantes de los hijos. Sin embargo, y eso seguramente ustedes ya solo saben, el consejo o el apoyo moral de un papá o una mamá son cosas que no tienen ningún precio o que nada los puede reemplazar. Tengan en su mente la parábola del hijo pródigo y permítanse estar presentes cuando uno de sus hijos retorne al hogar agobiado por el fracaso, los errores, o con los sentimientos hechos trizas. Abran los brazos y estén dispuestos a comprender y perdonar.

Ya para concluir esta misiva, me gustaría decirles que el fin último de su labor como padres, el objetivo capital de la crianza es llegar a convertir su forma de estar en el mundo y enfrentar la vida en un emblema para sus hijos. Ellos necesitan ver en ustedes el testimonio de que vivir vale la pena y de que, a pesar de los obstáculos o las decepciones, la vida sigue teniendo sentido, que es un don maravilloso al cual hay que sacarle todo el provecho y toda su riqueza. Ustedes, apreciados padres, deben dejarles esa herencia; la forma como vivan su existencia tiene que ser un símbolo o una enseña imperecedera en el tiempo. Tengan presente esto: es en la lejanía cuando mejor se aprecia la escultura tallada año a año con sus manos.

Con todo mi aprecio,

Fernando

Describir un objeto

11 lunes Ago 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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A primera vista parece simple describir un objeto. Observe con cuidado y pinte lo que mira, nos dicen. Haga un listado de sus características, vuelven a insistirnos. Pero si bien es útil tener en mente dichas recomendaciones, no podemos dejar de lado la riqueza y complejidad propia de los objetos. Ignorar sus peculiaridades, por no decir su esencia, es condenar la descripción al fracaso o a una tarea superficial.

Es que los objetos, así los consideremos desechables, tienen una relación profunda con las personas. Por momentos son como una extensión del hombre y, en otras ocasiones, son la evidencia silenciosa de la forma de ser o actuar de un individuo.

Los objetos se parecen a su dueño. Hay objetos que a pesar de los años siguen siendo útiles, mientras otros a los pocos días de uso ya parecen un vejestorio. Desde luego, esto se debe al trato o al vínculo que los hombres establecen con sus cosas. Por eso vemos vehículos pulcramente tenidos y también automóviles desaliñados y descuidados hasta el exceso. Y por la misma razón, hay personas que con celo acicalan y atesoran sus objetos como hay otras que con rapidez los destrozan o los dejan desnudos a las fuerzas de la herrumbre o la intemperie.

Analícese cómo la mesa donde escribimos va perdiendo su laca justo donde nuestros brazos o nuestras manos la recorren cotidianamente; o qué decir de aquella silla que ya parece haber tomado la forma de nuestras posaderas. Y ni hablar de los mangos de madera de los cuchillos de cocina que se desgastan según la huella de las manos que los utilizan o nuestros zapatos en los que cada arruga reproduce las señales inequívocas de una anatomía. He visto objetos con aristas de aluminio ir perdiendo su espesor por la continua suavidad de unas manos; y he comprobado más de una vez la moldura adquirida de los sacos al acompañar por mucho tiempo a su dueño.

Sabemos, además, que a los objetos se adhieren los perfumes, las manchas, y el ambiente como si fueran una pátina indeleble. Los objetos están inmersos en un contexto, en una época, en una cultura. Por eso, aunque al momento de salir de la fábrica sean idénticos, lo cierto es que al entrar en relación con un individuo o con una comunidad específica, sufren transformaciones, adaptaciones, mutilaciones, mutaciones. De igual modo las características de una profesión los impregnan de nuevos significados o los dotan de un simbolismo insospechado. De allí porque el perfume, por ejemplo, cambia su intensidad o su acidez según un tipo de piel o una determinada sudoración; y en ese mismo sentido, hay objetos que lucen maravillosamente en un cuerpo y dejan de ser vistosos al ser usados por otra persona.

De otra parte, es común que determinados objetos formen una familia para poblar determinados espacios. Esa unión de objetos, muchas veces atendiendo a elaboradas estéticas, se convierte en un deber ser social o en una silente radiografía de una época. Existen protocolos a los cuales obedecen los objetos y tenemos objetos que desencadenan ritos, etiquetas, festividades o ceremonias de diversa índole. Es común, por lo mismo, hablar de mobiliario o de baterías de cocina, o de caja de herramientas. Los médicos hablan de instrumental y los industriales, los ingenieros o los militares de equipamiento. El mundo de la escuela tiene lista de útiles, material didáctico, recursos audiovisuales y dotaciones de variado tipo. Por momentos el espacio del salón de clase es, en sí mismo un objeto y, en otros, es todo el edificio de la institución, toda la estructura la que se comporta como si fuera una mole unificada y dotada de identidad.

Repensadas así las cosas, describir un objeto se torna difícil. Lo más fácil es enumerar una serie de características; tal vez las más evidentes. Pero se olvida que los objetos dependen de la relación que tengan con las personas; que cambian según el trato y el cuidado; que están sometidos al clima y el tiempo; que guardan historias muchas veces evidentes en una raspadura, una mella o la falta de una pieza. Es imperativo medirlos y conocer de qué material están hechos; por supuesto que necesitamos precisar su color, su fisonomía y estructura. Eso es necesario. Más no es suficiente. Las buenas descripciones, las que son fieles a la hipotiposis de los retóricos clásicos, necesitan “hacer ver”, “poner ante los ojos” las peripecias del objeto, sus vínculos, sus cicatrices, su trasegar por el mundo. Las buenas descripciones hacen que las cosas revelen su acontecer, ponen a los objetos en el sitial de lo contemplado. El que así describe un objeto, en consecuencia, debe admirarlo tranquilamente para dar testimonio en su escritura de tal encuentro.

Etopeya en quince líneas

09 sábado Ago 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario

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Autobiografía

"Autorretrato enfermo", ilustración de Fernando Vásquez.

«Autorretrato enfermo» (2004), pintura de Fernando Vásquez.

Tengo una curiosidad y una pasión permanente por conocer. Tal vez por ello soy un bibliófilo consumado y un semiotista de oficio. Me intriga el acaecer del mundo y el comportamiento de las personas. No soy indiferente ante lo que me rodea. Tal interés me ha llevado a convertirme en escritor. Soy de carácter decidido, pero someto mis acciones a una larga reflexión. Me considero persistente y me precio de llevar a la práctica ideas que para muchos resultan difíciles de alcanzar. Puedo imponerme disciplinas con entregada devoción. Por lo general soy de temperamento tranquilo, afable; y silencioso cuando la ira o la impaciencia –mis dos monstruos íntimos– me  atenazan el espíritu.  Sé perdonar y tengo la gracia de no albergar ni rencores ni odios imperecederos. Me satisface ayudar a los necesitados y soy feliz al tratar de enseñarles a otros lo que conozco. Tengo facilidad de expresión y habilidades sociales para relacionarme. No soy fanático ni sectario, tampoco proclive a la ostentación de bienes materiales; detesto la inautenticidad y la habladuría envenenada. Valoro en mí y en los más cercanos la lealtad; busco, por lo mismo, establecer vínculos gestados más desde la confianza que en el miedo. Creo en el amor tranquilo de las certezas compartidas. Llevo izada en mis acciones la honestidad como bandera ética.

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