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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de autor: fernandovasquezrodriguez

La etopeya o el retrato moral

04 lunes Ago 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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"Triple autorretrato" de Norman Rockwell.

«Triple autorretrato» de Norman Rockwell.

Como se sabe, la etopeya consiste en hacer una descripción del carácter o los rasgos morales de una persona. Es, por decirlo así, la elaboración de un retrato interior o íntimo. Aunque parece una labor sencilla conviene tener presente algunas características de este recurso de la retórica clásica, considerado como una de las figuras de pensamiento.

Un primer asunto digno de recordar se refiere a que la etopeya es una modalidad de la descripción. En consecuencia, se requiere perspicacia, observación juiciosa y un buen repertorio de adjetivos para lograr precisar las variadas tonalidades de un comportamiento o una manera de ser. La etopeya exige encontrar el término preciso para señalar una cualidad moral, una emoción recurrente o un tipo de pensamiento. Más allá de un listado de palabras lo que se busca es describir con agudeza y pulso firme los rasgos individuales de una conducta o una forma de ser.

Precisamente, otro aspecto fundamental de la etopeya es mantener el equilibrio para no caer en el exceso de las virtudes ni el sólo resaltar defectos de una persona. Si se escribe una etopeya debe privilegiarse la gama de los grises más que optar por el blanco o el negro de los estereotipos. Es decir, ni convertir el retrato en un perfil ideal ni construirlo como si fuera un memorial de agravios. Aunque el propósito sea dar cuenta de una subjetividad, se debe mantener el tono de lo objetivo.

Una tercera característica de la etopeya corresponde al necesario tiempo de observación requerido para realizarla. Las buenas etopeyas son, en cierto sentido, un proyecto de investigación, una sistemática pesquisa sobre las actuaciones y expresiones íntimas de un individuo. Se requiere la observación sistemática para hallar aquellos rasgos recurrentes, esas particularidades definitorias de una identidad. De igual forma, es recomendable apreciar al individuo en distintos contextos y en diferentes épocas para ver qué rasgos permanecen y cuáles son apenas comportamientos circunstanciales o pasajeros. Puesto en otras palabras: la etopeya es el resultado de someter a examen riguroso los hábitos, las creencias, la forma de interactuar, los gustos y deseos de un ser humano.

Como puede inferirse de lo dicho hasta aquí, quizá las mejores etopeyas sean genuinos autorretratos. ¿Quién más que nosotros mismos para dar cuenta de los meandros de nuestra interioridad? ¿Qué mejor pintor de nuestros rasgos éticos que nuestra propia mano? Por supuesto, atendiendo a las características o recomendaciones ya mencionadas. El autorretrato, entonces, es un ajuste de cuentas con nuestro yo íntimo, con nuestro teatro afectivo. Cuando así es concebida la etopeya puede ser más fácil entrar en relación con motivaciones ocultas, sentimientos inconfesos o aspiraciones inadvertidas por los demás.

Puede resultar útil al hacer el autorretrato recordar los consejos de los manuales de retórica clásica en los que se invitaba, cuando se realizara la etopeya, a poner el carácter de una persona en la perspectiva del pasado, el presente y el porvenir. Algo así como dotar al carácter de plasticidad y posibilidad de evolución. Tal vez de esta manera se pueda evitar la sobredimensión de una cualidad o el pasar por alto detalles psicológicos que aunque nimios son definitivos al momento de percibir el resultado final de una personalidad. Al final de cuentas lo que somos es el resultado del desarrollo paulatino y no el fruto acabado de un instante.

Agreguemos a lo dicho que así como el pintor cuando desea retratarse necesita del espejo, de igual forma el hacedor de etopeyas requiere del discernimiento para reconocerse y conseguir revelar las facciones de sus pasiones, las señales profundas de sus estados de ánimo. Teniendo, desde luego, el cuidado suficiente para no enamorarse de su propia imagen o confundir la realidad de su conciencia con la ilusoria forma proyectada por el reflejo.

Demos fin a estas reflexiones sobre la etopeya recalcando el valor de la descripción. Una destreza en la que se aúnan la fineza de la mirada y la elección precisa de los vocablos; una habilidad lingüística para establecer distinciones y registrar las características esenciales de las cosas o los seres vivos. Y al ser las personas –su idiosincrasia– el objetivo de la etopeya, con mayor razón cobra importancia saber elegir el sustantivo exacto o el adjetivo adecuado para fijar con precisión las variaciones de un temperamento.

Inventar incansablemente nuestra vida

31 jueves Jul 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Toni Demuro.

Ilustración de Toni Demuro.

Nunca
Jaime Torres Bodet
 
Nunca me cansará mi oficio de hombre.
Hombre he sido y seré mientras exista.
Hombre no más: proyecto entre proyectos,
boca sedienta al cántaro adherida,
pies inseguros sobre el polvo ardiente,
espíritu y materia vulnerables
a todos los oprobios y las dichas…
 
Nunca me sentiré rey destronado
ni ángel abolido mientras viva,
sino aprendiz de hombre eternamente,
hombre con los que van por las colinas
hacia el jardín que siempre los repudia,
hombre con los que buscan entre escombros
la verdad necesaria y prohibida,
hombre entre los que labran con sus manos
lo que jamás hereda un alma digna,
¡porque de todo cuanto el hombre ha hecho,
la sola herencia digna de los hombres
es el derecho de inventar su vida!
 

Parece natural que, por el hecho de nacer, ya seamos hombres. El poeta mexicano Jaime Torres Bodet, en su poema “Nunca”, nos muestra que no es así. Que el convertirnos en hombres es una tarea de toda nuestra vida; un oficio al cual debemos entregarnos mientras existamos. En este poema podemos ratificar que la vida no es sólo una cosa dada sino, fundamentalmente, una invención forjada con nuestras propias manos. 

El poeta afirma que nuestro oficio de hombres posee una serie de tareas. La primera de ellas es la de ir siempre en búsqueda de algo, de alguien. Dada nuestra esencia, nuestra boca está siempre sedienta. No nos conformamos, siempre estamos en pos de una meta, una obra, un propósito. Hagamos lo que hagamos, cualquiera sea nuestro origen o nuestra raza, los seres humanos vamos en continuo camino. Por todo esto, el hombre es un “proyecto entre proyectos”. Su interior, su corazón, su espíritu, es una especie de arco en tensión, una fuerza distendida que lo hace escudriñar y explorar tierras lejanas. 

En cuanto insistente perseguidor, Jaime Torres ­Bodet agrega que el hombre es un buscador de jardines imposibles. Se suma a otros hombres por ciertas causas perdidas pero necesarias para satisfacer su hambre de utopías. Esa es su grandeza y la causa de su dramático destino. De igual modo, es un salteador de verdades prohibidas, un altruista libertario. Y cuando más parece que todo a su alrededor está en ruinas, más se aferra a necesitar y reclamar una verdad. Gran parte de sus oficios consiste en labrar algunos principios o ciertos valores tan llenos de sentido como para legarlos a otras generaciones venideras.  

Mas no por ello se siente un ser todopoderoso. Jaime Torres Bodet reconoce que el hombre sediento de horizontes es profundamente vulnerable. Tanto por los oprobios como por las dichas. No se trata de un organismo inmune o invencible. La materia prima de que está hecho lo ha convertido en un ser sensible y afectable por el mundo y las personas. Precisamente por ello, por saberse frágil y lastimable, es que toma con beneficio de inventario los honores, el poder o la perfección. Y si no se siente “rey destronado” es porque sabe que esos escaños son pasajeros, que hay bastante oropel y mentira en tales ambiciones palaciegas. Tampoco se asume como “ángel abolido”, pues más de una vez, a pesar de la maldad que le coquetea complaciente, ha mantenido impoluta su alma; y otras veces, sabiéndose limpio, ha dejado caer sus alas en los terrenos oscuros de la inmoralidad.   

Ese oficio de ser hombre lo ha llevado de igual modo a ser o convertirse en un aprendiz permanente. Cada día que llega, cada cosa que hace, cada relación que establece, le ofrece innumerables ocasiones para acabar de formarse, para asimilar experiencia, para ejercitarse en habilidades diversas, para repasar o profundizar en conocimientos. Su vida misma es un continuo aprendizaje. Desde el vientre materno hasta las últimas horas de su existencia, tendrá que recoger y digerir, aprehender y entender, estudiar y conocerse. Así camine de manera insegura, así sus semejantes lo repudien, no podrá renunciar a este apetito adherido a sus sentidos y a su mente. 

Pero la tarea fundamental, la que podríamos llamar de una vez su derecho más alto, es la de “inventar su vida”. Nadie puede ni debería quitarle esa labor. Porque no hay dos vidas semejantes, porque a cada ser humano le corresponde delinear y configurar su existencia. Las coordenadas o el mapa de nuestra vida dependen de cada uno de nosotros. Imposible, por no decir falso, que haya un modelo del cual podamos derivar cabalmente nuestro ser; puede que tengamos mentores, ayudantes, referentes, puntos de partida; pero el diseño final, la obra definitiva, es sólo fruto de nuestra responsabilidad. A cada hombre le compete ese oficio: inventarse el territorio de sí mismo.  El poeta afirma que no debemos cansarnos nunca de tal ocupación; que allí está el temple de nuestro carácter. Se trata, en últimas, de un asunto de dignidad. Porque el oficio de inventar la propia vida es la verdadera herencia que un hombre puede legarle a otros hombres.

(De mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, Kimpres, Bogotá, 2012, pp. 35-40).

Literatura y formación en valores

25 viernes Jul 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

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"Visiones del Quijote" de Octavio Ocampo.

«Visiones del Quijote» de Octavio Ocampo.

Sin lugar a dudas, el principal objetivo de la literatura es conmover o producir un efecto estético en el lector. Algunos autores prefieren decir que su propósito es entretener y otros, que su deseo es comunicar una experiencia personal o expresar una obsesión interior.

Sea como fuere, la literatura es un arte capaz de conmover, apasionar y poner en movimiento la sensibilidad de un lector. Pero, también la literatura pone en circulación unos valores, un conjunto de actitudes o comportamientos relacionados con el ser o el convivir. En la medida en que son un producto cultural, las obras literarias participan y recrean los valores de determinada sociedad. A veces, para describirlos o exaltarlos y, otras, para criticarlos o verles sus mecanismos ocultos.

No obstante, la literatura no opera como una cartilla de moral o un código de buenas conductas. Su proceder es indirecto, sutil; usando la sugerencia, la ambigüedad, el humor o la ironía. O recurriendo al símbolo con su capacidad de evocación y potencial analógico. La literatura muestra, pero no demuestra; presenta unos valores pero sin que por ello anhele adoctrinar o catequizar.

Digo lo anterior porque a veces los educadores, en su afán de la formación ética de los alumnos, descuidan o dejan de lado la dimensión estética de las obras literarias. Hasta pueden llegar a instrumentalizar la literatura para tipificar –de manera simplista– un listado axiológico fijado en el proyecto educativo de la institución donde laboran. No digo con ello que la lectura de las obras literarias no contribuya a la formación de los estudiantes. Claro que sí. Pero no es un asunto inmediato y mecánico. La literatura reclama que los lectores descifren sus claves (siempre plurales, diversas) y así logren sacar el mayor provecho de sus páginas. Por eso es fundamental que los maestros ayuden a sus estudiantes a ver las relaciones entre los personajes, la genealogía de los conflictos, las transformaciones de una conducta, la complejidad de determinada situación literaria. Lo peor que le puede pasar a la literatura y a la formación ética es emplear las obras literarias como si fueran artefactos de un solo uso, o artilugios para un único fin.

Creo que la literatura, desde la perspectiva de una didáctica de los valores, ofrece motivos para el diálogo, para la discusión en clase. El trabajo del maestro, entonces, es propiciar el discernimiento, la argumentación, el análisis crítico. Esos temas recurrentes expresados por la literatura deben ser explorados en sus diversos niveles de significación, mostrando siempre el haz y el envés de un hecho; ayudando con preguntas intencionadas a que los alumnos clarifiquen valores y descubran los dilemas morales cuando entra en juego la libertad o el relacionarse con sus semejantes.

Por lo mismo, el maestro debe ser cuidadoso y perspicaz al momento de elegir las obras que va a trabajar en clase. Ojalá seleccione obras literarias lo suficientemente ricas, en su elaboración y contenido, que posibiliten apreciar la cara poliédrica de la realidad o las infinitas máscaras de las personas. En muchas ocasiones, obras literarias acusadas de presentar antivalores, pueden ser un excelente recurso para contrarrestar el obcecado moralismo de ciertos docentes o la inmaculada concepción de los seres humanos que tienen algunas instituciones educativas.

De otra parte, y eso es bueno recordarlo, los valores no se enseñan y menos se aprenden como otra asignatura. Requieren de tiempo y de un contexto adecuado; implican la participación del núcleo familiar y la sociedad; traen consigo la necesaria creación de hábitos. En consecuencia, mal haríamos en suponer que la lectura de una obra literaria sea suficiente para enseñar determinado valor. Quizá la literatura, al presentar situaciones y acontecimientos en donde se viven y debaten valores, sirva de piedra de toque para que los estudiantes “tomen conciencia” o dimensionen imaginariamente las consecuencias de una determinada actitud o decisión. Es probable que a través de esos ejemplos ficticios se espolee el nervio moral de los alumnos y se vayan acendrando ciertos comportamientos o se talle discretamente un carácter. Es factible que la escuela –en sentido amplio– logre con esas obras literarias crear un repertorio de “ejemplos” lo suficientemente luminoso como para irradiar en el futuro el actuar ético de los alumnos. Pero eso es apenas una posibilidad y se requiere, por lo demás, la concurrencia de otros factores y otros actores si se quiere garantizar una genuina formación moral de las nuevas generaciones.

Recalquemos en nuestra idea inicial: la literatura es un arte de la palabra cuyo principal fin es sensibilizar a los lectores sobre la variada y compleja condición humana. Una forma creativa del lenguaje mediante la cual se  reconfigura la realidad al tiempo que se promueve el desarrollo de la fantasía y la imaginación de sus potenciales lectores. Tengamos bien presente esta finalidad estética de la literatura cuando la usemos con propósitos didácticos o cuando hagamos de ella un recurso para la formación en valores.

La poesía vuelve a la escuela

18 viernes Jul 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Ilustración de Nicoletta Ceccoli.

Ilustración de Nicoletta Ceccoli.

Creo que la oferta poética que circulaba en los textos escolares, de hace por lo menos cuarenta o cincuenta años, era mayor que la de ahora. Más rica, más acorde a las edades de los estudiantes, más pensada en términos formativos, y altamente valorada por los maestros. Por lo demás, la práctica de aprender los poemas de memoria, era una forma de hacer que los estudiantes guardaran un ritmo particular del lenguaje, un repertorio de situaciones o experiencias ajenas a partir del cual era posible comparar o contrastar la propia vida. En suma: la poesía era de esos asuntos que involucraba a toda la escuela.

Lo que sucede hoy, y eso se evidencia a partir de investigaciones tanto de los planes de formación como de la práctica docente, es que la poesía ha ido perdiendo valor e importancia. Apenas se retoman algunos textos de los poetas “consagrados”, pero más para cumplir con los lineamientos oficiales que como una genuina convicción del maestro. Se alega que a los alumnos no les gusta ese tipo de textos y, desde allí, se pasa al silenciamiento de la poesía o a darle un trato de cosa vieja y pasada de moda. Con muy contadas excepciones, la poesía hoy no convoca a la escuela, no es un punto vertebral de su agenda formativa.

Sin embargo, el contacto, la lectura y el trabajo frecuente con la poesía en la escuela, es importante por las siguientes razones: a) porque es una forma particular de acercarnos a la realidad; otro tipo de conocimiento, b) porque es una modalidad de lenguaje en el que las imágenes, los símbolos, se convierten en otra manera de completar nuestros alfabetismos, c) porque además de mostrarnos un lenguaje medido y preciso, es un medio de educar nuestra sensibilidad y d) porque es un testimonio o una modalidad expresiva para dar cuenta de la compleja condición humana.

Por supuesto, para subsanar este abandono, una primera estrategia didáctica tiene que ver con la lectura habitual de poesía en los diversos escenarios de la escuela. Leerla, en principio, para disfrutarla, para ir acostumbrando a nuestros alumnos a esos ritmos, a ese lenguaje, a esas comparaciones. La lectura de poesía implica, además, un cambio de práctica: del poema recitado, al poema entonado. Esta primera estrategia es para el profesor. Él es el directo responsable y no necesariamente supone una actividad posterior de los alumnos, y menos una calificación. Es tomarse unos minutos para que los alumnos se habitúen a escuchar esta otra música.

Un segundo nivel o un grado mayor de contacto con la poesía es el de involucrar a  nuestros alumnos con el comentario del texto poético. Pero no se trata sólo de indagar por el gusto o el impacto. Es más bien una tarea de hacerla legible, de dar pistas no siempre evidentes, de ir de línea en línea sin perder el conjunto, de indagar en los ritmos o en las imágenes del poema… Aunque puede hacerse, por supuesto, de manera oral, el comentario es una oportunidad para poner al estudiante en relación con la escritura. El comentario de textos es una lectura que combina el explicar y el comprender. Un ejercicio de exégesis, de genuina hermenéutica.

También puede ser muy útil enseñarles a nuestros alumnos lo propio del pensamiento relacional, que sigue siendo una de las materias primas para elaborar y leer la poesía. Este tipo de pensamiento, cuyo mejor ejemplo es la analogía, es un pensar de múltiples aristas, un pensar abierto, plural; un pensamiento que a pesar de las diferencias entre los seres y las cosas es capaz de encontrar entre ellas variadas semejanzas. Un pensamiento que, por eso mismo, es menos dogmático, menos sectario, menos intransigente. El pensamiento relacional es el germen de lo simbólico, el lubricante del interculturalismo y de lo trascendente.

De otra parte, la lectura de poesía puede ser una cartilla para que los más jóvenes empiecen a leer el abecedario de los sentimientos y las pasiones. Que tengan otro discurso diferente al de la sociedad de consumo; un lenguaje que les permita confrontar el simplismo y el esquematismo de la cultura light del espectáculo. Es urgente que hablemos en clase, por ejemplo, de cómo nace, se desarrolla y cambia el amor. Y también hablar del desamor, de esa otra dimensión que el mundo frívolo de hoy desea ocultar o ridiculizar. Leyendo poesía podemos mostrar  la complejidad de los sentimientos, con el fin de no banalizarlos o convertirlos en idealizaciones de telenovela.

Concluyamos afirmando que la poesía es un refugio para el alma; un murmullo sonoro capaz de aconsejarnos en circunstancias esenciales o determinantes de nuestra vida. Puede que al inicio los estudiantes la perciban innecesaria. Pero los maestros sabemos que fomentar el gusto y la lectura de poesía es una semilla que da sus mejores frutos en el tiempo futuro, cuando sean las dificultades o la desesperanza las que obstaculicen el camino. Vale la pena tener una reserva de poemas, conservar esa caja de primeros auxilios cerca a nuestros haberes más queridos. 

Aprender el arte de perder

13 domingo Jul 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Pintura de Oswaldo Guayasamin.

Pintura de Oswaldo Guayasamin.

Un arte
Elizabeth Bishop
 
No es difícil dominar el arte de perder:
tantas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas,
que su pérdida no es ningún desastre.
 
Perder alguna cosa cada día. Aceptar aturdirse por la pérdida
de las llaves de la puerta, de la hora malgastada.
No es difícil dominar el arte de perder.
 
Después practicar perder más lejos y más rápido:
los lugares, y los nombres, y dónde pretendías
viajar. Nada de todo esto te traerá desastre alguno.
 
He perdido el reloj de mi madre. Y, ¡mira!, voy por la última
–quizá por la penúltima– de tres casas amadas.
No es difícil dominar el arte de perder.
 
He perdido dos ciudades, las dos preciosas. Y, más vastos,
poseí algunos reinos, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.
 
Incluso habiéndote perdido a ti (tu voz bromeando, un gesto
que amo) no habré mentido. Por supuesto,
no es difícil dominar el arte de perder, por más que a veces
pueda parecernos (¡escríbelo!) un desastre.

 

Son más las voces y los textos que nos hablan hoy del ganar, del atesorar, del perdurar y del enriquecernos, que aquellos otros enfocados en reflexionar sobre las pérdidas y las derrotas. Es en esta última perspectiva donde se ubica el poema “Un arte” de la poetisa norteamericana Elizabeth Bishop. Un texto profundamente meditativo, centrado más en el aprendizaje de las pérdidas que en la algarabía de los que pregonan el éxito fácil y el triunfo a cualquier precio.

Mirado en conjunto, el poema de Bishop nos invita a ir en un crescendo, de lo nimio a lo más grande: desde los objetos banales hasta las estimadas posesiones; después, aprender a perder las reliquias atesoradas, los ambientes amados, las ciudades queridas… Y luego, lo más difícil, aprender a perder a las personas, a los seres que hemos amado. Así, aunque parezca difícil de aceptar, debemos ir aprendiendo el arte de perder. La poetisa considera que tal proceso es un arte, entre otras cosas, porque se va aprendiendo poco a poco. No es un aprendizaje que se dé de un momento a otro en nuestra vida; hay que ir asimilándolo día a día, con experiencia, con sabiduría.

¿Y por qué estas pérdidas no son un desastre? ¿Por qué Elizabeth Bishop nos dice que debemos escribirlo? Porque olvidamos que además de piel y músculos, de nervios y sangre, estamos hechos de tiempo. Somos seres de memoria y de costumbres. Dada esa condición, tenemos la capacidad para adaptarnos a las nuevas circunstancias; quizá buena parte de nuestra sobrevivencia como especie se deba a esa vocación para la adaptabilidad. Es normal, por lo mismo, que nos acostumbremos a un ambiente, a determinados objetos, a ciertas personas; pero, de igual modo, nos vamos acostumbrando también a su ausencia o a su pérdida. Porque además tenemos la facultad del olvido, esa otra manera de “aprender a perder”. Tal vez sepamos estas cosas, pero cuando enfrentamos la pérdida de algo o de alguien, nos obstinamos en no aceptarlo. La vida sigue adelante, esa es una lección para repetirnos cada vez que perdamos alguna de nuestras posesiones más queridas.

De otra parte, está nuestra terquedad por el apego. Ese es uno de los grandes inconvenientes para aceptar las pérdidas en nuestra vida. El apego, debemos tenerlo presente, es una de las causas profundas de nuestros sufrimientos. El apego es la no aceptación de que las cosas cambian, de que las personas crecen, de que la vida evoluciona. El apego es nuestra terquedad por mantener inalterables la siempre dinámica y sinuosa vida. Nos hemos creído, o lo hemos aceptado cándidamente, que todo debe permanecer inmodificable, que nuestros cuerpos no pueden envejecer, que siempre seremos jóvenes, que nunca se agotará el dinero en nuestras arcas. Nos hemos apegado tanto a los bienes materiales y a las personas que para donde miremos usamos el ojo paralizante de Medusa. Allí, en esa dependencia del apego, hay otra razón para que sea difícil el aprendizaje de perder.

Es innegable que echaremos de menos a algunas personas cuando ya no estén con nosotros; por momentos, sentiremos pesadumbre al perder un empleo al que estábamos acostumbrados o una posesión por la que luchamos arduamente; padeceremos oleadas de incisiva rememoración por épocas o momentos pretéritos que nos fueron altamente significativos, pero eso será por un tiempo y “no será ningún desastre”. Otras personas ocuparán el puesto que nosotros teníamos; nuevos proyectos y nuevos ideales desplegarán sus alas; inéditas tierras reclamarán el tesón y la valentía de jóvenes descubridores. Así ha sido siempre a lo largo de nuestra humanidad. También es esa la manera como la vida avanza y crece y fructifica. Si nos quedáramos paralizados por el rostro de la Gorgona de la conservación eterna, sólo tendríamos a nuestro alrededor un museo de cosas y personas muertas.

Realista y sincero el poema de Elizabeth Bishop del cual hemos hablado. Realista porque nos advierte que no somos irremplazables ni inmortales. La finitud y el olvido también están en nuestros genes. Y sincero porque, usando ese tono de fraterna compañía, nos ofrece un consejo esencial sobre nuestra condición humana: hay que aprender a perder porque, de otra manera, no seguiríamos adelante. Las pérdidas, si así lo hemos comprendido, son el lastre que debemos liberar si es que ansiamos continuar ascendiendo en el globo de nuestra existencia.

(De mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, Kimpres, Bogotá, 2012, pp. 71-76).

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