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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de autor: fernandovasquezrodriguez

El «continuará…»

28 domingo Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Desde muy pequeño, cuando leía los domingos las aventuras del periódico, me ha parecido llamativa una pequeña palabra, acompañada con tres puntos suspensivos: “continuará…”. Por supuesto, esa palabra era una bisagra con las viñetas de la próxima semana. Un puente del relato con el porvenir. Era una forma de mantener en el lector –en ese niño– la expectativa, la esperanza: ¿Qué seguirá?

El continuará, ahora que lo pienso mejor, es un recurso del narrador para tener en vilo la atención del lector. Una estratagema para no dejar perder del todo su curiosidad o para “amarrarlo” al mástil de la intriga. Y digo que es un artilugio porque el continuará, ese corte, debía hacerse en un lugar preciso; era una herida pensada, calculada. Más que romper el relato por cualquier parte, el narrador hacía esa fractura en un momento particular de la peripecia que, por eso mismo, provocaba en el lector la molestia de la interrupción, sí, pero al mismo tiempo el ansia de imaginar cómo sería su desarrollo, cuál la suerte del personaje o la evolución de la trama.

Más no era solo eso. El continuará obligaba al niño lector a que durante los días de la semana tuviera que releer lo ya leído. Al no saber lo que seguía, el lector debía volver atrás y recrearse con ese pedazo de historia. Ese límite se convertía en un reflejo o un lugar de retorno. Y al releer lo que se provocaba era ampliar el deseo de tener cuanto antes el otro pedazo del cuento. Ese continuará llevaba a que el lector, como un cangrejo, volviera sobre lo visto y tratara de satisfacerse o dar como totalidad aquel fragmento colorido.

Pero, además de la palabra, estaban los puntos suspensivos. Era obvio: para jalonar el suspenso del lector. Lo suspensivo moviliza la imaginación, abre las esclusas de la fantasía y de lo maravilloso. O si se prefiere, esos puntos suspensivos ponían al lector en contacto con la zona de lo posible. ¿Será que El Fantasma logrará desatarse y huir de la jaula en donde lo tienen amarrado?, ¿podrá Tarzán llegar a tiempo para salvar a los expedicionarios que van en esa canoa rumbo a la catarata corrientosa? Esos tres puntos eran un acicate, un dispensador de historias alternativas, de probables desenlaces, de fraguar diversas alternativas o –para ser preciosos– de inventar otras soluciones al conflicto narrativo. Los suspensivos, que eran como una resta en el relato, terminaban multiplicando su efecto en la fabulación del lector.

Bien vistas las cosas, el continuará es una forma astuta del narrador para postergar –como Scheherezade– el punto final de la historia. El cierre definitivo. Este continuará aleja la amenaza mayor del narrador de historias: “el final”. Y por eso, se alargan las peripecias o se multiplican en cuentos dentro de cuentos, semejando una madriguera de topos. La lucha del narrador es con la muerte. La finitud es su enemigo. Por lo mismo, el continuará actúa haciendo pequeños cierres momentáneos, parciales. El relato termina ese domingo, pero a través del continuará resucita el domingo siguiente. Es una muerte-sueño, una muerte insepulta. Desde esta perspectiva, el continuará tiene que ver con el tiempo de la eternidad. El gran relato no sabe de finales; el gran relato es un eterno retorno, y de allí su vínculo con el mito y la leyenda. En consecuencia, el continuará es hijo de ese gran tiempo que se resiste a poner la última palabra. Los tres puntos suspensivos nos dejan entrever la larga secuencia que continúa interminable en el tiempo.

Aquí es justo hacer una reflexión, un poco más trascendental. Sabemos que escribir es, de alguna manera, un ardid de los seres humanos para sortear su finitud. La escritura tiene hambre de eternidad. Se escribe, así sea inconscientemente, para ser recordados, para no sucumbir ante el olvido o la desmemoria de los hombres. En ese sentido, el narrador –que es en sí un símbolo supremo del escritor– manipula una materia de doble filo. Sabe que si la historia no tiene un buen final, quedará trunca o mal formada. Pero, al mismo tiempo, quisiera nunca terminar su relato. Le gustaría prorrogarlo en una retahíla interminable. Quizá, el continuará fue el recurso acertado para zanjar este dilema. El continuará le permitió al narrador aceptar el término pero sin desconocer lo inacabado. Fue la aceptación de la finitud pero sin claudicar en su apetito de eternidad. Algo así como  el sueño, que es una interrupción de la muerte en el relato de nuestra vida.

El continuará preludia, entonces, el renacer de la historia. Es la anunciación de lo que todavía permanece o que aún no ha agotado su reserva imaginaria. El continuará es una bella imagen de la tensión permanente a la cual estamos enfrentados todos los seres humanos y, en especial, los narradores que desean encantarnos para siempre con sus historias.

Ética gastronómica

27 sábado Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

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Viajes, Vida cotidiana

El jueves volví, después de varios años, a “Pescocentro”, uno de mis restaurantes preferidos en Bucaramanga. “Pescocentro” lleva más de treinta años ofreciendo a sus comensales pescados y mariscos, además de unos “perfectos” patacones y una ensalada de aguacate “fascinante”. No hay plato malo en “Pescocentro”. Gerardo Ochoa, el dueño chef, un barramejo enamorado de su oficio, me volvió a atender con su diálogo cordial y su cuidadoso menú del día.

Gerardo y «El secreto del pez», obra de Jorge Mantilla Caballero

Pero lo que más me llamó la atención esta vez, fue un letrero que encontré a la entrada del negocio, un letrero puesto a la manera de un aviso o un edicto. El texto, según me contó Gerardo, lo escribió el abogado bumangués Eduardo Pilonieta como una protesta al hurto de unas cucharas y unos tenedores en el mencionado restaurante. El chef quiso cambiar y mejorar la cubertería para darle un detalle de calidad y elegancia a su restaurante. “En una semana ya habían desaparecido por lo menos 17 cucharas y 12 tenedores”, me confesó Gerardo, desconsolado. “Me quedé con seis juegos de cubiertos, sólo para clientes especiales”, agregó, mostrándome los preciosos objetos. Le pregunté si tenía una copia del escrito y subió al segundo piso a buscármela.

Comparto enseguida el texto en mención como un homenaje a este amigo cocinero, a su excelente comida, y una manera de sumarme a su denuncia. El escrito deberíamos enviarlo a nuestros amigos y conocidos, formando una cadena de reflexión sobre la necesidad de tomarnos en serio (particularmente en nuestro país) la virtud de la honradez. Celebro, entonces, esta lección de ética gastronómica.

Los robos inútiles

Eduardo Pilonieta Pinilla

Decir que la honradez no es una de las virtudes de muchos colombianos no es cosa diferente a llover sobre mojado solo que a veces la naturaleza de los robos, para solo hablar de ellos, raya en el absurdo por la razón de la sin razón.

Un prestigioso restaurante de la ciudad, como una atención a su distinguida clientela, adquirió una cubertería que sin ser lujosísima, sí era mejor que la simple común a la que estábamos acostumbrados.

Pues bien, lo que se pensó sería una ganancia para el servicio, terminó siendo una pérdida para la empresa pues los comensales, todos ellos con capacidad de pago suficiente, empezaron a robarse especialmente las cucharas, por su bonito diseño.

La empresa del cuento se enfrentó al dilema de servir a la mesa con inventario de cubertería y levantar el servicio verificando el mismo o cambiar de nuevo a la vieja cubertería, optando por esto último ante lo difícil de la situación.

No deja de ser desafortunado que las muchas personas de bien que acuden a sitios como el de esta historia, deban sacrificarse por aquellos desadaptados que ven en el robo una costumbre, así lo hurtado no les sirva para gran cosa, todo porque nos cuesta trabajo aún entender el concepto de propiedad privada.

Triste resulta que para entrar a los lugares públicos haya necesidad de poner detectores para que no se roben las cosas y así los parroquianos honrados podamos darnos el gusto de aprovechar un óptimo servicio, libre de prevenciones.

Robar por robar parece ser una cultura generalizada en este país y tan ladrón es aquél que defrauda al Estado o roba un Banco, como el que por gracioso se roba una pequeñez en un sitio público, como si eso fuera una gran cosa.

Lo más graves es que haya quien celebre estas picardías como si fuera una avivatada de alguien a quien solo le cabe el título de ladrón, porque insistimos en esto, lo es tanto quien se roba un tenedor como el que atraca a un ciudadano.

Poco avanza un país en donde sus gentes se comportan así.

Hacer distinciones

24 miércoles Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Vamos a exigirle al pensamiento, al mio, una prueba de su capacidad para establecer distinciones. Obliguémoslo a trazar senderos de diferenciación. Y para ello, tomemos a manera de ejemplo el concepto de lo fantástico enfrentado al de lo maravilloso.

Mi pensamiento acepta el reto, no sin antes mirarme con cierta extrañeza. Medita un largo tiempo, barrunta, para lanzarme a boca de jarro una primera aseveración: tanto lo fantástico como lo maravilloso son productos de nuestra imaginación, son fabricaciones de esa capacidad que nos permite poner en escena lo posible. Fantástico y maravilloso son obras, un trabajar, de nuestra imaginación.

Tal claridad es sólo para iniciar, murmura mi pensamiento. Luego vuelve a ponerse de pie. La diferencia entre lo fantástico y lo maravilloso depende de la forma como el ser humano enfrenta lo extraordinario. Si ese encuentro es súbito e inesperado, si es tomado como una irrupción insospechada, estaremos presos de lo fantástico; pero si el contacto con lo extraordinario nos parece cercano y un tanto natural, entonces, habitaremos los terrenos de lo maravilloso. En el primer caso, la relación es rota por una fractura, por un sorpresivo zarpazo; en el segundo evento, la relación se fortifica en la medida en que aceptamos lo extraño como parte de lo propio.

Ahora el pensamiento me mira con cierta soberbia. Quizá ya halló otra distinción interesante, otro giro de presentar las ideas. De cara a lo extranjero, lo fantástico y lo maravilloso se comportan de manera opuesta: uno, rechaza, no acepta; otro, convive, afirma, acoge. Lo fantástico es el testimonio de una repulsa, de una no aceptación a lo extraño; lo maravilloso es el registro de una domesticación de lo exótico, de una convivencia con lo desconocido. De allí que, como escribiera Caillois, la esencia de lo fantástico esté en la figura de la aparición, del aparecido. Es una fuerza que descompone un orden, que amenaza el control de nuestra cotidianidad. La aparición nos asusta porque nos desestabiliza, porque nos saca de nuestro campo gobernable de seguridades. Lo fantástico es el fantasma que no queremos aceptar. No acontece así con lo maravilloso: la maravilla nos fascina, nos asombra en el sentido de alimentar nuestra curiosidad; la maravilla nos nutre, nos completa, nos enriquece. Lo maravilloso es lo posible vuelto familiar.

Esta es una disociación por contraste, por oposiciones, dictamina mi pensamiento. Herencia del estructuralismo y la semiótica, insiste. Vuelve a tomar asiento y, sonriente, me dice: Pareciera como si lo fantástico fuera un mecanismo de defensa de lo ya conocido, de la certeza, frente a la actitud de lo maravilloso que se regodea con lo incógnito, con la incertidumbre.  Dicho de otra manera, lo fantástico se aferra al conocimiento, mientras que lo maravilloso se funda en la ignorancia.

Miro a mi pensamiento dispuesto a seguir lanzándome ideas como si fueran piedras. Lo veo animado, contento de enfrentar este reto. A mi pensamiento le gustan estos ejercicios, son como su manera  de hacer deporte, de mantenerse en forma. Además, cuando lo hiero con el punzón de la escritura, mi pensamiento muestra su casta, su estirpe de hijo de la necesidad.

De allí que el efecto propio de lo fantástico sea el estremecimiento, la conmoción, el miedo, el terror. Mientras que el efecto propio de lo maravilloso es la exclamación, el asombro, la ensoñación, la alegría. De un lado los sentimientos y las emociones propias del hombre enfrentado a la muerte y, del otro, el ser humano de cara a la vida. Lo fantástico es una labor de lo imaginario sobre nuestra finitud; lo maravilloso, una tarea sobre nuestro apetito de eternidad. Lo imaginario, como capacidad del hombre para fabricar escenarios de posibilidad, usa lo fantástico para advertirnos de nuestro término, y pone en boca de lo maravilloso nuestro apetito de trascendencia. Ambos trabajos son necesarios e importantes: con lo fantástico nombramos y domeñamos ansiedades, con lo maravilloso damos rienda suelta a nuestros deseos.

Mi pensamiento hace un silencio. Veo sus grandes ojos iluminarme las gafas y, por un efecto de refracción de luces, termino mirando mi reloj: la una en punto. Detengo mis dedos. Escucho: no se oye nada en la calle, ningún sonido de automóviles, sólo las voces de la Cantata fúnebre a la muerte del Emperador José II, para solistas, coro y orquesta,  de Beethoven. Una compra de hoy al mediodía, en «Tango». Mi pensamiento sigue mirándome. ¿Continuamos?, me pregunta, retándome. Volteó mi cabeza hacia la izquierda del teclado y veo, en la portada del estuche de los discos, el rostro de Beethoven, su mirada. Y analizo otro detalle: está escribiendo. Pero el retratista no lo plasma en la acción de escribir, sino que lo captura en el momento preciso de otro gesto: Beethoven, como yo, está pensando…  

 

El autor y el narrador

20 sábado Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Al autor, a mí, es que me suceden las cosas, el que tengo diversos tipos de experiencias y el que está aquí, sentado, escribiendo este escrito. El autor nació en Capira. Una vereda limítrofe entre Cundinamarca y el Tolima; una vereda montañosa con palmeras y con un vasto mirador hacia un sinuoso río, el Magdalena.

El autor es hijo de Custodio y María Catalina; fue traído —en un acto de osadía— a estudiar desde niño en esta ciudad de Bogotá. El autor participa de dos apellidos, Vásquez y Rodríguez, y con ellos ha recibido una forma de ser y de creer, un cierto temperamento y algunas manías que han terminado por perfilar un carácter.

El autor es un maestro al que le interesan los temas de la lectura y la escritura, la didáctica, los procesos de comunicación y la semiótica. Un maestro que disfruta enseñar y que le gusta ese espacio académico de la Universidad de la Salle, en la cual ya lleva más de seis años trabajando.

El autor estudió un tiempo diseño gráfico en la Universidad Nacional y después intentó meterse de lleno en el mundo del derecho en la Universidad Externado de Colombia. El mismo que, después de una promesa a su padre, terminó sus estudios de literatura en la Universidad Javeriana y más tarde una maestría en educación.

El autor ha trabajado en muchas cosas: elaboró cuando joven pasatiempos —jeroglíficos, crucigramas, dameros— para El Espectador, El Tiempo y Editora Cinco; ha asesorado a empresas en el tema del desarrollo humano y ha servido de asesor pedagógico. Se mueve de igual modo en procesos de comunicación y en liderazgo. El autor ha gestado y coordinado grupos de Formadores en instituciones públicas como el Hospital Pablo VI de Bosa o el Hospital de Suba. El autor imparte conferencias, organiza seminarios, es editor y tiene entre sus haberes el título informal de asesor y consultor en procesos de comunicación.

El autor es Fernando Vásquez Rodríguez. Pero el que escribió, por ejemplo, el libro Venir con cuentos no fue él, sino un narrador. Un otro que no se lo puede confundir con el autor. Otro al cual el autor le sirve de motivo o pretexto para decir o expresar sus anhelos, sus ideas, sus sueños. En suma, el narrador no soy yo. No es un ser de carne y hueso. Es más bien una entelequia, un espíritu, una fuerza capaz de obligar al autor a permanecer diez o más horas sentado frente al computador; un impulso que desborda la cotidianidad del autor; una necesidad tan potente, tan visceral, que le da al autor tantas alegrías como angustias.

El narrador es hijo de lecturas, de películas vistas y miradas muchas veces; su sangre proviene de pintores que admira y de músicos que han permeado su “corazón inorgánico”. El narrador es herencia de variadas y recurrentes lecturas, de cuentos y novelas y muy especialmente de poemas y poetas.

El narrador conoce muchas cosas, tantas, que por momentos apabulla al autor. Sabe, por ejemplo, cómo plantear un diálogo, cómo crear un ambiente, cómo describir una situación, cómo intercambiar modos de ver y de contar; en fin, el narrador ha bebido en libros, en entrevistas, en diarios de escritores, sobre teorías, recursos y técnicas de escribir. Y aun cuando el autor cree que tiene una biblioteca muy completa sobre estos temas, el que en verdad la disfruta es el narrador. Digamos que es éste último el que le hace comprar o buscar libros al autor.

De otra parte, el narrador acompaña al autor a algunas clases, particularmente aquellas en donde se tratan las relaciones entre narrativa y educación. También se solaza el narrador con algunas conversaciones o seminarios en los cuales el autor insiste o defiende con vehemencia y con fino análisis la riqueza de un cuento, la calidad de la prosa de un novelista, el ritmo de un poeta. El narrador asiste a tales eventos y le presta al autor sus conocimientos y su apasionamiento.

Además, hay que decir que el narrador vive al acecho de giros coloquiales, de maneras de decir, de sutiles gestos, de pequeñas acciones. El narrador es un cazador y, para eso, se sirve de los sentidos del autor, particularmente de su vista y su oído. Tal ocupación del narrador es la causante de que el autor lleve siempre una libreta de notas o infinidad de papeles en donde consigna tales pesquisas. En este ejercicio de captura cotidiana el narrador es extremadamente incisivo, detallista, perspicaz. Tal vez esto se deba a que el autor, por su pasión por la semiótica, ha contagiado al narrador de esa doble fuerza de escucha y sospecha ante las personas o la vida que comporta la disciplina de los signos.

Hay que agregar que el narrador vive en la misma casa del autor, pero con un horario de sueño diferente. A veces, mientras el autor duerme, el narrador permanece en vela. Trabajando. En otros casos, entra en una especie de hibernación, a pesar de los esfuerzos del autor para que salga o aparezca. Para que se levante y se ponga a trabajar.

Por lo demás, el narrador necesita pocas horas de descanso; le bastan algunos pequeños tiempos para reponerse, aunque la mayoría de las veces, cuando está entusiasmado, puede pasar largos días y hasta semanas sin descanso alguno. En estos casos, el narrador pone al autor en verdaderos aprietos ya que como el narrador es incorpóreo y el autor, por el contrario, tiene la pesadez y las condiciones de un cuerpo, pues necesita alimento y sueño. Por ser una presencia incorpórea al narrador le importa poco el frío que pueda padecer el autor o las pequeñas o grandes dolencias que lo aquejen. En este sentido, el narrador puede llegar a ser inclemente con la condición finita y afectable del autor.

Desde luego, el narrador depende de la suerte del autor. La existencia del narrador está en directa relación con la vida del autor. Nace con él y muere con él. Pero, en ese interregno, en ese espacio, el narrador va logrando autonomía, diferenciación, una particularidad y cierto destino. Y aunque alcance el mayor dominio sobre el autor, aunque termine por abarcar todo su tiempo y todas sus actividades, lo cierto es que la existencia del narrador depende de las coordenadas temporales del autor. Hasta puede darse el caso de que un autor, por circunstancias o profundas convicciones, decida desaparecer al narrador, cerrarle la boca para siempre o condenarlo a alguna mazmorra de la memoria.

Miradas así las cosas, siempre hay en un libro de relatos, demos por caso Venir con cuentos, dos entidades que son gestoras de esa obra, de ese texto. Dos entidades que se retroalimentan y conviven en una no siempre perfecta unión. Tal vez por eso resulta digno de interés para el crítico literario ver en cada obra las proporciones y la consistencia de esa amalgama; y por ello también los historiadores buscan por todos los medios descubrir los vínculos secretos o desagregar la mezcla entre el autor y el narrador. Esta distinción, además, es clave para  los lectores de ficción que tienden a confundir –no sin cierta fantasía– al ser que vive con el ser que escribe.

Sobre el ensayo

19 viernes Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos, APRENDER A ESCRIBIR

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Montaigne y Bacon, maestros del ensayo.

Montaigne y Bacon, maestros del ensayo.

El ensayista, fiel a su origen, aquilata en la balanza de su escritura lo ajeno con lo propio.

*

Del prensado fuerte del tema, sale el mosto de la tesis.

*

El ensayista tiene alma de franciscano. Sus preocupaciones están por los temas humildes o los asuntos sencillos.

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No se puede ser ensayista sin un poco de valor. El valor de poner lo propio por encima de lo foráneo.

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El ensayo siendo masculino tiene cuerpo de mujer. Es un género esencialmente seductor.

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Los argumentos de autoridad utilizados por el ensayista deben cumplir los requisitos de los fiadores de finca raíz: tener buena solvencia y suficientes haberes como garantía.

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Las analogías le sirven al ensayista para comprobar cómo entre seres o cosas muy diferentes es posible encontrar alguna semejanza.

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El ensayista trabaja con ideas. Su labor es análoga a la del constructor de antiguas vías férreas: ir riel a riel apuntalando con pernos una ruta argumentativa.

*

Los conectores son como un repertorio de articulaciones para el ensayista. Por ellos, lo estático adquiere movimiento y las partes se transforman en un todo.

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El ensayo nació en el momento en que un yo particular se negó a aceptar sumisamente la autoridad de la mayoría.

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El ensayo no puede ser sistemático porque acepta para sí lo inacabado.

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El ensayista intenta por todos los modos suturar lo que su propia pluma va horadando.

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Si la tesis es demasiado simple, el lector la desprecia o la ignora; si es muy compleja, puede confundirlo o impacientarlo. Lo ideal, entonces, es que la tesis sea tan clara como para que lo más profundo parezca bien sencillo.

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El buen ensayista va a la caza de citas pero sin olvidar el compromiso permanente e inseparable con sus tesis.

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El ensayo no concluye; su último párrafo es apenas el germen de una nueva tesis.

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El ensayista va armando su texto como el abogado organiza su defensa: seleccionando testigos, buscando pruebas, presentando evidencias.

*

Aunque el ensayista vaya como Teseo por el laberinto de sus argumentaciones, no puede perder el hilo de Ariadna de su tesis.

*

Los malos ensayistas y los demagogos prometen más de lo que pueden cumplir.

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Los argumentos empleados por el ensayista participan de las funciones de las columnas arquitectónicas: sirven de sostén y soportan el peso de la tesis. En un ensayo no hay columnas conmemorativas.

*

El ensayista es un estratega del discurso: su jugada maestra es lograr convencer al lector de sus tesis.

*

Por usar un ropaje persuasivo el ensayista se cuida de no vestir su escrito de ideas gratuitas o frases irrelevantes.

*

La puntuación empleada por el ensayista nos recuerda las técnicas del maquillaje femenino: un toque allí, para resaltar un detalle; otro, más allá, para delinear algo impreciso.

*

Una vez el ensayista se casa con su tesis, a ella le debe fidelidad eterna.

*

El ensayista manipula las ideas como el polvorero su bengala: dosificando, pesando, distinguiendo. En todo caso, cuidándose de juntar de cualquier manera los materiales o las palabras.

*

El pensar continuo y dedicado es la primera cartilla en la que aprenden a escribir los buenos ensayistas.

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El ensayo divaga pero manteniéndose fiel a una hoja de ruta oculta: la tesis.

*

El esbozo, que el ensayista traza física o mentalmente en su cabeza, es la garantía de que el viaje propuesto llegue a feliz término.

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Los ejemplos empleados por el ensayista tienen la forma de un dibujo. Son ilustraciones de la tesis propuesta.

*

Al ensayista le gusta poner a girar –en rotación y traslación– las ideas. Pero siempre, desde el centro solar de su tesis.

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Es el movimiento de las ideas el que crea la fascinación en el ensayo. Los argumentos estáticos frenan el mecanismo de su estructura. 

*

Dice el ensayista en clase de música: no es suficiente con buscar buenos argumentos, lo definitivo es hacerlos sonar armónicamente con la tesis.

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Las notas a pie de página que el ensayista pone en su texto son vestigios de caminos ya recorridos, un testimonio del viajero frecuente de las ideas.

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Dos son las tentaciones del ensayista: la digresión y la síntesis excesiva.

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Cuando el ensayista cita a otras voces lo que busca en ellas no es tanto su venerada autoridad como un acto de solidaridad con su tesis.

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La tesis que el ensayista presenta en su ensayo debe tener la frescura de lo novedoso y el sabor añejo de las cosas bien pensadas.

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El ensayista piensa y pesa las ideas. Su oficio, y eso se olvida con frecuencia, guarda semejanza con la del filósofo genuino.

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De nada sirve tensar la urdimbre de las voces ajenas si el ensayista no las trama con los hilos de sus propias ideas.

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Las deducciones o inducciones que el ensayista va sacando cuando escribe son el lubricante que facilita el movimiento de su argumentación.

*

Si en un primer momento el ensayista privilegia el preguntar y preguntarse, en el segundo, debe comprometerse con alguna respuesta.

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El oficio del ensayista pertenece a las artes de la pesca: ofrecerle al lector una tesis es tanto como prepararle una carnada.

*

Si el paso del ensayista cuando escribe es demasiado lento, parecerá un tratado; si es muy rápido, se confundirá con el comentario. El trote, parece ser, el ritmo adecuado para un jinete del ensayo.

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