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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: APRENDER A ESCRIBIR

Sobre los diarios

26 lunes Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos, APRENDER A ESCRIBIR

≈ 4 comentarios

«Basta un poco de valor»: Cesare Pavese. «¿Es la vida muy fija o muy cambiante?»: Virginia Woolf

He aquí el dilema del diarista: acatar la necesidad de escribir o ceder al pudor para no revelar su intimidad.

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Al diarista le importa la vida vivida, sí; pero mucho más la vida recordada.

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Las páginas en las que se escribe el diario están hechas de la misma materia con que se hacen los espejos.

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De todo lo vivido el diarista selecciona o elimina algunos hechos. En este sentido, su labor es de criba de la propia existencia.

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En un primer movimiento el diario ayuda a recordar; en un segundo tiempo, es genuino reconocimiento.

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Los diversos registros en el diario van forjando, sin saberlo, lo hitos de un itinerario vital.

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Ciertas abreviaturas que el diarista emplea, aunque parecen estar allí para proteger la identidad de determinadas personas, lo que en realidad protegen son los sentimientos de los implicados.

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La espada de Damocles del diarista es la escurridiza y cortante verdad.

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El diarista advierte que, como el corazón, debe bombear escritura todos los días para irrigar de vida toda su existencia.

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El lector de diarios es un biógrafo de indicios.

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Todo autor de diarios –y Tolstoi es un ejemplo perfecto– lleva en la práctica por lo menos dos textos: aquel que está visible o disponible a los ojos del público, y otro al que sólo él puede tener acceso. Este último diario pertenece a los textos apócrifos.

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El diario pertenece a la escritura confesional. Por eso es el lector quien absuelve o pone la penitencia.

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La exigencia moral del diarista es no mentir. Pero cuenta con la licencia de no decirlo todo.

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El escritor de diarios siente que cada día marca el fin de su vida. Cada registro, entonces, se asemeja a un testamento.

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Al volver a mirar lo escrito en el diario propio se descubren obsesiones, preocupaciones, monotemas. Esto prueba que toda existencia es la persistencia de unos cuantos motivos.

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Leyendo algunos diarios se descubre que lo más significativo para alguien puede ser lo menos importante para otro. Sin embargo, la forma como se cuenta la vivencia de cada hecho es lo que provoca un interés universal.

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El diarista actúa como un notario de lo pasajero.

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Cuando en un diario nos encontramos con tres asteriscos reconocemos un ejemplo del alfabeto con que escribe la privacidad.

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Hay diarios tan escuetos en sus registros que parecen mensajes criptográficos.

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El lector de diarios –especialmente de artistas y literatos– conoce que detrás de las obras terminadas se esconde un ser humano acosado y atormentado por los procesos de la creación. Ese es el objetivo fundamental que lo anima a hojear o leer aquellas páginas.

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Para algunos escritores el diario es un coto de caza o una red de pesca para atrapar ideas o argumentos literarios.

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El diarista sabe que es en la labranza habitual de su parcela como en verdad descubre si es tierra fértil o un suelo yermo e inhóspito.

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Así como el investigador tiene su laboratorio, el escritor posee su diario. Ambos necesitan experimentar, cotidianamente, las posibilidades de su materia.

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Si muchos diarios nacieron en los campos de concentración es porque el encierro nos obliga a tener que conversar largamente con nosotros mismos.

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El que lleva un diario está en la perspectiva de convertir hechos en acontecimientos. Por ello, es un cronista de su propia vida.

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Megalomanía y narcisismo: esos son los dos vicios frecuentes del escritor de diarios; autoestima y autocrítica; éstas, dos de sus virtudes necesarias.

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El diarista, el genuino, pasa del deseo de escribir a la necesidad de la escritura.

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Hay diaristas que viven la escritura como un vicio: es su cuerpo –más que su mente– el que reclama la dosis diaria.

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El diarista sabe que el envés de la sinceridad no es la mentira, sino la prudencia.

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Hay registros de diarios que por más que intentamos comprenderlos siguen siendo absolutamente secretos. Esto prueba que la intimidad escribe en oráculos.

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El diario escrito en papel confiaba en la posteridad para tener lectores; los diarios virtuales esperan que los internautas conviertan el porvenir en un presente.

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El lector de diarios es un fisgón erótico: su voyerismo consiste en contemplar el desnudarse de las almas ajenas.

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El diarista es un perfecto amante: todos los días tiene una cita de amor con su escritura.

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Se olvida que llevar, en su origen, significaba “levantar” o “aliviar”. Así que, cuando se lleva un diario, se le quita sobrepeso a la carga existencial de cada día.

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El diarista, como todos los hombres, anda paso a paso cada día. Pero cuando escribe sus registros lo hace desandando lo vivido.

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Apeles, el pintor griego de la antigüedad, fue un diarista consagrado. De allí su consigna: “Nulla dies sine línea”.

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El diario tiene menos de acta que de sumario. Privilegia la remembranza sobre la exactitud.

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Algunos diarios hacen las veces de objetos sagrados sobre los cuales los diaristas –Cesare Pavese, por ejemplo– toman juramentos o decisiones irrevocables sobre su vida.

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Lo mejor de llevar un diario e dejarse llevar por la escritura.

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Vistos en conjunto los diferentes registros de un diario se asemejan a los cuadros de una galería. Con una diferencia: los primeros se saben “esbozos” frente a los segundos que se consideran “obras terminadas”.

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Los registros de los diarios ocultan, tras su impacto superficial, las marcas del golpe de la experiencia en el subsuelo de una conciencia.

La mano del que escribe

24 sábado Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario

≈ 8 comentarios

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Elías Canetti, Hábito de escribir, Masa y poder

Con mis manos tomo el diccionario, un diccionario etimológico. Mis manos discriminan, seleccionan las hojas, buscando la palabra mano. Me sorprende, ahora que las observo con cuidado,  ese gesto tan preciso con que pasan las hojas, la manera como se combinan la velocidad, la presión y cierta sutileza. Coloco el libro entre las piernas, a la par que mis manos abren sus hojas como preparándolo para mi lectura. Leo: «en latín manus: mano; del indoeuropeo man, mano. De la misma familia: amanuense, comandante, demandar, emancipar, encomendar, mampostería, manada, mancebo, mandar, manejar, manera, manifestar, maniobra, manipular, manso, manual, manufactura, manuscrito, recomendar…»  Mis manos toman el libro, lo cierran y lo vuelven a colocar en uno de los anaqueles de mi biblioteca.

Vuelvo a mi escritorio; me siento. Fijo mis ojos en la pantalla y mis manos empiezan a danzar sobre el teclado. Hago un alto para que mi pensamiento repase lo que he escrito; mis manos se detienen en actitud de acecho. Ellas también esperan. Reviso todos los verbos relacionados con mano. Noto como hay varios de ellos asociados con el poder o con la autoridad, como si en la mano se pudiera sintetizar el dominio, el dominus. Quizá porque la misma mano representa la fuerza, el puño, la agresión, la violencia; quizá porque la mano colocada encima de la cabeza del esclavo señalaba su libertad. Hago otra pausa y me dejo atrapar por el juego de las correspondencias de mi pensamiento. Recuerdo a Elías Canetti, Masa y poder. No resisto la tentación. Vuelvo a levantarme. Mis manos me siguen; las siento como guardianas de mi equilibrio, como finas herramientas de mi corporalidad…

Retorno a mi estudio. Mis manos vuelven a ofrecerme otra lectura. Página 207, dentro del capítulo dedicado a «Las entrañas del poder», selecciono, «La mano»: «la mano debe su nacimiento al vivir de los árboles. Su primera característica es la separación del pulgar: su vigoroso perfeccionamiento y el mayor espacio que media entre él y los otros dedos permite la utilización de aquello que alguna vez fue garra para asir bien las ramas. Desplazarse sobre los árboles en todas direcciones se hace fácil y natural; en los monos se ve el valor de las manos. Esta función más remota de la mano es conocida por todos y apenas podría ser puesta en duda.

Pero lo que no se considera suficientemente es la función diversa de las manos al trepar. Las dos manos no hacen, de ningún modo, lo mismo a un tiempo. Mientras una procura alcanzar una nueva rama, la otra sujeta la anterior. Este sujetar es de importancia cardinal; durante un desplazamiento rápido es lo único que impide caer. La mano, de la que pende todo el peso corporal, no debe bajo ninguna circunstancia soltar lo que sujeta. En ello manifiesta una gran tenacidad que, sin embargo, debe distinguirse bien del antiguo sujetar la presa. Porque apenas el otro brazo ha alcanzado la nueva rama, la anterior ha de ser soltada. Si esto no sucede de prisa, la criatura no puede, al trepar, avanzar mucho. Es, pues, el soltar como un relámpago, la nueva aptitud que se agrega a la mano; antes la presa nunca era soltada, sino bajo extrema coerción y muy en contra de toda costumbre y voluntad…» 

Dejo por un momento la lectura de Canetti. Prosa precisa y sugerente. Durante el tiempo en que he transcrito el texto mis manos han seguido un libreto: después de mucho ejercitarse ellas no necesitan de mis ojos para localizar una tecla, una letra. Digamos que mis manos, de tanto transitar sobre este plástico camino gris, han logrado la manumisión de mis ojos. En todo caso, la digresión por Canetti me ha servido como un refuerzo a esa primera relación de las manos con el poder. Quiero seguir desarrollando otra idea, pero las manos invisibles del texto de Canetti me han atrapado. Avanzo a la página 213: «La mano que recoge agua es el primer recipiente. Los dedos de ambas manos que se trenzan entre sí, forman la primera canasta. Aquí creo que nace la rica evolución de toda clase de trenzados, de juegos de hilos, hasta llegar al tejido…»

Una de mis manos se aleja del teclado, corre la manga de la  camisa y con un dedo deja libre el tablero de mi reloj. Las doce de la noche. Mañana tengo que estar a las cinco de la mañana en el Puente aéreo. Hago cálculos: al menos podré dormir unas cuatro horas. La mano derecha se aparta un poco del teclado y busca el mouse. Un ratón especialmente diseñado para ella. El índice hace sintonía con el cursor (ese otro dedo) y busca arriba, en archivo, el comando guardar. Hago otro gesto, doy un nuevo click y reconozco que esta tarea de escritura está medularmente soportada en los variados y finos gestos de mis manos. Manuscrito, manifiesto…amanuense.

Llevar un blog

21 miércoles Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Llevo ya dos meses escribiendo en este blog. Bien vale la pena, por lo mismo, hacer un balance y, a la vez, reflexionar sobre las características y el sentido de una bitácora virtual.

En principio, he sido fiel a uno de los principios del diario, es decir, el de consignar regularmente las opiniones, reflexiones, comentarios y producciones escritas que van emergiendo en el transcurso de la propia vida. A veces he “subido” más de cuatro escritos en una semana mezclando ensayos, cuentos, análisis o compartiendo relatos e imágenes relacionadas o bien con dimensiones autobiográficas, con mi gusto por la docencia o con mi pasión indeclinable por la literatura.

Dadas las distintas preocupaciones o intereses me vi en la necesidad de diversificar el blog en varias páginas, cada una de las cuales con un propósito determinado. Así, por ejemplo, la página titulada «Autobiografía» además de ser una carta de presentación a los lectores busca hacer un homenaje a las personas, situaciones o ambientes claves en mi itinerario existencial. Otras páginas, como “Del Trocadero”, tienen el propósito de recobrar algunos de los textos publicados en aquella revista que fue el sueño de un grupo de amigos por allá en los años 80. “Juegos del lenguaje” recupera una afición personal por las palabras cruzadas o –como le gustaba creer a Georges Perec y su grupo Oulipo– por las potencialidades creativas del lenguaje. La página de “Cursos” es una bitácora de algunos de los cursos que imparto o de mi tarea como formador de maestros. Otra de las entradas es la de “Lecturas” en la que tengo como objetivo participar a otros de mis lecturas, del plan lector que me he impuesto diariamente, para ello me he valido de mis propios subrayados. Está de igual modo la página “Libros” en la que muestro un ejemplo de mi producción intelectual; y la página “Galería” en la que recojo mis predilecciones por obras y autores del mundo de la imagen, la fotografía y la plástica. De igual modo, he dejado un lugar a otra página que he denominado “Del oficio” para mostrar ciertas experiencias de escritura en las que se dan indicios de mis propias búsquedas con la ficción o comparto carpetas de mi mesa de trabajo literaria.

Esta variedad de páginas –y otras que tengo en mente– además de diversificar los contenidos, es una manera de jugar con el lector para que descubra qué hay de nuevo en el blog o en cuál de los cajones de la bitácora puede haber alguna sorpresa escritural.

He de confesar que mantener tal regularidad en la escritura no me ha sido difícil puesto que ya desde hace muchos años he llevado un diario. Lo que ha cambiado es el formato y, desde luego, la interacción inmediata con los lectores. Este cuaderno de a bordo –a diferencia del anterior que muy excepcionalmente compartía– está puesto a los ojos de todos. Y aunque muchos no realizan los comentarios en el blog, o prefieren hacerlo más privadamente en mi correo, sé por las estadísticas que la herramienta me ofrece que hay lectores en México, España, Estados Unidos, Argentina, Canadá, Honduras, El Salvador, Bolivia, Chile, Guatemala, Venezuela, Ecuador y Perú, para mencionar algunos de los países que recuerdo en este momento. Creo que para llevar dos meses de existencia el contar con cerca de cinco mil visitas, parece un buen indicador de lo útil o interesantes que han resultado las diferentes entradas de este espacio virtual.

También he sido fiel a uno de los mandatos de tener un blog: el de responder a los comentarios de los lectores. No he dejado ninguno de ellos sin respuesta. Tal tarea no ha sido sólo un gesto de educación sino  una forma de continuar el flujo de la propia escritura. En cada comentario he podido apreciar las ramificaciones de mis ideas en los lectores y, así sea sucintamente, hacerles el contrapunto o las resonancias a esas voces. Dada la dificultad en responder con perspicacia y sentido cada mensaje, he llegado a pensar que escribir esos comentarios constituye un género especial muy cercano al aforismo, el apotegma o el epigrama.

Pero volvamos al ser mismo del blog, a su apariencia y propiedades. Es sabido que un blog guarda relación con la escritura de diarios y con los cuadernos de bitácora de los marineros en los que debían anotarse “los cambios de rumbo, las distancias navegadas, los cambios de tiempo” y otros detalles de la travesía a medida que iban sucediendo. Esta evocación a los diarios de a bordo pone en evidencia que el blog da cuenta de las peripecias y las situaciones por las que transcurre el viaje de nuestra vida. Es un testimonio de lo que nos acaece o de la manera como narramos todo lo que nos sucede en cada singladura o, lo que es lo mismo, desde un mediodía al día siguiente.

Cada entrada del blog, para seguir con la analogía, hace las veces del mensaje resguardado en una botella que los náufragos tiraban al mar para ver quién la recogía y daba alguna respuesta a tal llamado. Por supuesto, el mar en este caso corresponde al mar de la información y, a diferencia de los abandonados en esas islas desiertas, hay más probabilidades de recibir a vuelta de correo una frase o una contestación. Considero que el blog, desde esta perspectiva, es una especie de petición de diálogo a la siempre monologante labor de la escritura. Escribimos, esa es nuestra necesidad, pero anhelantes de tener en el presente o el inmediato futuro un alguien con el que sea posible –así sea con contadas palabras– hacer vívida la función conativa o apelativa del lenguaje. Cada entrada entonces, le dice al posible receptor: “esto es lo que yo pienso”, y “¿tú?, ¿compartes lo que digo?, ¿agregarías algo a lo expuesto?, ¿qué resonancia ha tenido esto en tu mente o en tu espíritu?”.

Pienso, de otra parte, que el blog en su conjunto se construye a la manera de teselas que van conformando una unidad. Las diversas entradas, los comentarios, las páginas, los enlaces, son fragmentos de un mosaico. Y al igual que lo propio de este arte pictórico, las piezas pueden ser regulares o irregulares, dejando eso sí pocos intersticios para que se aprecie mejor la figura o para que el color de las idea tengan mayor brillantez. Aunque el blog está hecho de partes o fragmentos aspira, poco a poco, a lograr armar una composición interesante o útil. Para decirlo de manera sentenciosa: en el blog las partes obedecen a una perspectiva de totalidad.

Cabe agregar que la manera como se escriba en un blog, el estilo o el tono empleados, va prefigurando un tipo de lector. Aquí se cumple la idea del lector modelo propuesto por Umberto Eco. Si el blog se elabora muy desde el comentario burdo o una escritura descomedida, lo más seguro es encontrar lectores que nos insulten o conviertan ese pequeño espacio virtual en un escenario para la ofensa y el escarnio. Si se usa el blog sólo para copiar y compartir páginas ajenas, pues el lector apenas si dejará oír su voz. Pero si el deseo es exponer las propias reflexiones o creaciones escriturales, el bloguero podrá aspirar a encontrar lectores que no sólo degusten sino que ansíen dejar consignado en dicho cuaderno de visitas lo que les produjo dicho bocado escritural. Desde luego –y eso es natural en las prácticas de lectura–, es probable que el lector del blog tome caminos diferentes a los previstos por el autor. Digamos que no sea un lector macho, sino un lector hembra de los que hablaba Cortázar; o que sea tan audaz como para asumir  el rol de un lector de indicios y logre descubrir asuntos que ni el mismo bloguero podría imaginar.

Quisiera cerrar este primer balance de mi blog agradeciendo a los lectores que se han tomado un tiempo para dejar consignadas sus opiniones o apreciaciones; algunos los conozco y otros, la mayoría, han dejado su impronta a la manera de un regalo anónimo. Deseo agradecer además a los colegas y amigos que me han ayudado a ir afinando esta herramienta tecnológica, ofreciéndome un consejo, una clave o un procedimiento que potencia las posibilidades de este cuaderno de a bordo, de este diario abierto al cambiante rumbo de los vientos… Sea como fuere, el viaje continúa.

Derivar a partir de cualquier cosa

16 viernes Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Chéjov, el miniaturista

Es conocida la afirmación de Chéjov, el médico y cuentista ruso, según la cual, él podía escribir un cuento de cualquier cosa. Un cenicero, por ejemplo. Y que podía hacerlo en menos de un día. Muy seguramente eso fuera cierto. Sobre todo después de manejar el oficio, de haberse enfrentado a muchas faenas con tantas personas y situaciones cotidianas. Pero más allá de la anécdota, lo que vale la pena resaltar es esa invitación de Chéjov a atreverse a escribir sobre asuntos u objetos relativamente poco importantes.

Retomemos el motivo en cuestión; un cenicero. Sabemos que es un objeto dependiente, subsidiario de otro: el cigarrillo o el tabaco. Tal vez podríamos lanzarnos a mirar en esa dependencia un símbolo de alguna persona o la manera particular de una relación. Qué tal si el personaje, que debía ser un fumador consumado −por supuesto−, cuando hablaba del amor que sentía por su pareja, cuando reflexionaba sobre sus sentimientos, veía cómo la mujer le ofrecía “amablemente” un cenicero. El hombre pensaba que era por la obsesión de ella por la limpieza del apartamento. Pero el cuento podía cifrar en el cenicero una relación de dependencia… Aunque cabría otra manera de enfrentar el asunto: que el dicho cenicero fuera un objeto herencia, de esos que se traen como obsequio cuando se visita a un país extranjero y su funcionalidad es desplazada por el escudo de un país, el distintivo de un museo o la marca especial de una empresa… Que ese cenicero tuviera un valor sentimental para la mujer… algo así como una joya de pocos quilates, pero valiosa al fin de cuentas. Aunque cabría otra aproximación: preguntarnos en la importancia de los ceniceros cuando discutimos con alguien que amamos, especialmente de los que están en las barras de los bares o en las mesas de ciertos restaurantes. El objeto, entonces, se convierte en un amuleto, una especie de talismán para afrontar la recriminación, el llanto o el afilado estoque de la culpabilidad. A veces el cenicero haría las veces de escudo; en otras oportunidades, se convertiría en excusa, en una extensión del silencio. Un silencio redondo y transparente. Un silencio en el que vamos guardando las palabras no dichas: las cenizas de nuestra desconfianza o las verdaderas razones de nuestro miedo. Podríamos ir más allá: contar la historia de un cenicero de plata, su pérdida misteriosa y cómo el protagonista lo encuentra después por casualidad en una tienda de antigüedades; o las cenefas extrañas de un cenicero de barro, comprado en un mercado de las pulgas, que dependiendo de la persona que lo usara, asumían diferentes tonalidades… O la historia del vicioso fumador que un día, recibió por internet, una imagen preventiva del consumo de cigarrillo: un cenicero con forma de pulmones. El impacto fue tan fuerte que deseó conocer al creador de esa campaña. Descubrió que era una mujer, una mujer que él había olvidado pero ella seguía amándolo…

Ahora bien, como de lo que se trata es de atreverse a escribir sobre objetos aparentemente sin importancia, bien valdría la pena ahora −y es un ejercicio que uso en los seminarios de investigación− hacerle una “analítica al concepto”. Exploremos, entonces, en una analítica al cenicero. Lo primero que se me ocurre es que es un tipo de recipiente; un receptáculo para recoger excedentes… Un objeto para “echar las cenizas del cigarro y las colillas”. Este punto, ahora que lo escribo, me parece relevante: en el cenicero queda una parte del cigarrillo, es como el cementerio del tabaco. Y la manera como se apilan las colillas se asemeja mucho a las fotografías de los judíos muertos en los campos de concentración.  El cenicero, a pesar de ser tan diminuto, también es una fosa. “En un cenicero también reposan las cenizas”. Otro camino de pensamiento analítico es el de centrarnos en la forma del cenicero: una pequeña bandeja, un platillo, una fuente. Desde este ángulo, el cenicero guarda una relación inversa con esos objetos utilizados para ofrecer o servir alimentos o bebidas; el cenicero participa de la lógica del menú, del coctel, de las pequeñas viandas que se brindan como aperitivo, pero no desde el envite sino desde la recolección. El cenicero forma parte del menú o el banquete pero desde la perspectiva del acopio, el amontonamiento, el recaudo de pavesas o residuos. Y mientras escribo estas cosas pienso en el tipo de envase que es el cenicero; en su encierro de poco calado, en esas ondulaciones huecas que sirven de descansadero al cigarrillo. El cenicero es una reducida muralla, una fortaleza diseñada para que sea fácil entrar o caer, pero una vez adentro, sea difícil salir. Las cenizas y las colillas de los cigarros son presos grises, son escoria condenada a su mazmorra diminuta.

Por supuesto, la deriva de esta analítica puede seguir explayándose. Hasta podríamos lanzarnos en clave analógica y llegar a la conclusión de que nuestra frente, especialmente en época de Cuaresma, sirve o se convierte en otro tipo de cenicero. Es un receptáculo de fe pero, además, de humildad frente a nuestra condición finita. De alguna forma también somos un rollo de tabaco y el tiempo es el fuego que nos va consumiendo. “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”, dice la mano del tiempo, mientras impone o deja caer en forma de cruz la ceniza sobre nuestra frente. “Pulvis es et in pulverem reverteris”.

Hacer distinciones

24 miércoles Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Vamos a exigirle al pensamiento, al mio, una prueba de su capacidad para establecer distinciones. Obliguémoslo a trazar senderos de diferenciación. Y para ello, tomemos a manera de ejemplo el concepto de lo fantástico enfrentado al de lo maravilloso.

Mi pensamiento acepta el reto, no sin antes mirarme con cierta extrañeza. Medita un largo tiempo, barrunta, para lanzarme a boca de jarro una primera aseveración: tanto lo fantástico como lo maravilloso son productos de nuestra imaginación, son fabricaciones de esa capacidad que nos permite poner en escena lo posible. Fantástico y maravilloso son obras, un trabajar, de nuestra imaginación.

Tal claridad es sólo para iniciar, murmura mi pensamiento. Luego vuelve a ponerse de pie. La diferencia entre lo fantástico y lo maravilloso depende de la forma como el ser humano enfrenta lo extraordinario. Si ese encuentro es súbito e inesperado, si es tomado como una irrupción insospechada, estaremos presos de lo fantástico; pero si el contacto con lo extraordinario nos parece cercano y un tanto natural, entonces, habitaremos los terrenos de lo maravilloso. En el primer caso, la relación es rota por una fractura, por un sorpresivo zarpazo; en el segundo evento, la relación se fortifica en la medida en que aceptamos lo extraño como parte de lo propio.

Ahora el pensamiento me mira con cierta soberbia. Quizá ya halló otra distinción interesante, otro giro de presentar las ideas. De cara a lo extranjero, lo fantástico y lo maravilloso se comportan de manera opuesta: uno, rechaza, no acepta; otro, convive, afirma, acoge. Lo fantástico es el testimonio de una repulsa, de una no aceptación a lo extraño; lo maravilloso es el registro de una domesticación de lo exótico, de una convivencia con lo desconocido. De allí que, como escribiera Caillois, la esencia de lo fantástico esté en la figura de la aparición, del aparecido. Es una fuerza que descompone un orden, que amenaza el control de nuestra cotidianidad. La aparición nos asusta porque nos desestabiliza, porque nos saca de nuestro campo gobernable de seguridades. Lo fantástico es el fantasma que no queremos aceptar. No acontece así con lo maravilloso: la maravilla nos fascina, nos asombra en el sentido de alimentar nuestra curiosidad; la maravilla nos nutre, nos completa, nos enriquece. Lo maravilloso es lo posible vuelto familiar.

Esta es una disociación por contraste, por oposiciones, dictamina mi pensamiento. Herencia del estructuralismo y la semiótica, insiste. Vuelve a tomar asiento y, sonriente, me dice: Pareciera como si lo fantástico fuera un mecanismo de defensa de lo ya conocido, de la certeza, frente a la actitud de lo maravilloso que se regodea con lo incógnito, con la incertidumbre.  Dicho de otra manera, lo fantástico se aferra al conocimiento, mientras que lo maravilloso se funda en la ignorancia.

Miro a mi pensamiento dispuesto a seguir lanzándome ideas como si fueran piedras. Lo veo animado, contento de enfrentar este reto. A mi pensamiento le gustan estos ejercicios, son como su manera  de hacer deporte, de mantenerse en forma. Además, cuando lo hiero con el punzón de la escritura, mi pensamiento muestra su casta, su estirpe de hijo de la necesidad.

De allí que el efecto propio de lo fantástico sea el estremecimiento, la conmoción, el miedo, el terror. Mientras que el efecto propio de lo maravilloso es la exclamación, el asombro, la ensoñación, la alegría. De un lado los sentimientos y las emociones propias del hombre enfrentado a la muerte y, del otro, el ser humano de cara a la vida. Lo fantástico es una labor de lo imaginario sobre nuestra finitud; lo maravilloso, una tarea sobre nuestro apetito de eternidad. Lo imaginario, como capacidad del hombre para fabricar escenarios de posibilidad, usa lo fantástico para advertirnos de nuestro término, y pone en boca de lo maravilloso nuestro apetito de trascendencia. Ambos trabajos son necesarios e importantes: con lo fantástico nombramos y domeñamos ansiedades, con lo maravilloso damos rienda suelta a nuestros deseos.

Mi pensamiento hace un silencio. Veo sus grandes ojos iluminarme las gafas y, por un efecto de refracción de luces, termino mirando mi reloj: la una en punto. Detengo mis dedos. Escucho: no se oye nada en la calle, ningún sonido de automóviles, sólo las voces de la Cantata fúnebre a la muerte del Emperador José II, para solistas, coro y orquesta,  de Beethoven. Una compra de hoy al mediodía, en «Tango». Mi pensamiento sigue mirándome. ¿Continuamos?, me pregunta, retándome. Volteó mi cabeza hacia la izquierda del teclado y veo, en la portada del estuche de los discos, el rostro de Beethoven, su mirada. Y analizo otro detalle: está escribiendo. Pero el retratista no lo plasma en la acción de escribir, sino que lo captura en el momento preciso de otro gesto: Beethoven, como yo, está pensando…  

 

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