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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: APRENDER A ESCRIBIR

Sobre el ensayo

19 viernes Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos, APRENDER A ESCRIBIR

≈ 18 comentarios

Montaigne y Bacon, maestros del ensayo.

Montaigne y Bacon, maestros del ensayo.

El ensayista, fiel a su origen, aquilata en la balanza de su escritura lo ajeno con lo propio.

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Del prensado fuerte del tema, sale el mosto de la tesis.

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El ensayista tiene alma de franciscano. Sus preocupaciones están por los temas humildes o los asuntos sencillos.

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No se puede ser ensayista sin un poco de valor. El valor de poner lo propio por encima de lo foráneo.

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El ensayo siendo masculino tiene cuerpo de mujer. Es un género esencialmente seductor.

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Los argumentos de autoridad utilizados por el ensayista deben cumplir los requisitos de los fiadores de finca raíz: tener buena solvencia y suficientes haberes como garantía.

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Las analogías le sirven al ensayista para comprobar cómo entre seres o cosas muy diferentes es posible encontrar alguna semejanza.

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El ensayista trabaja con ideas. Su labor es análoga a la del constructor de antiguas vías férreas: ir riel a riel apuntalando con pernos una ruta argumentativa.

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Los conectores son como un repertorio de articulaciones para el ensayista. Por ellos, lo estático adquiere movimiento y las partes se transforman en un todo.

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El ensayo nació en el momento en que un yo particular se negó a aceptar sumisamente la autoridad de la mayoría.

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El ensayo no puede ser sistemático porque acepta para sí lo inacabado.

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El ensayista intenta por todos los modos suturar lo que su propia pluma va horadando.

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Si la tesis es demasiado simple, el lector la desprecia o la ignora; si es muy compleja, puede confundirlo o impacientarlo. Lo ideal, entonces, es que la tesis sea tan clara como para que lo más profundo parezca bien sencillo.

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El buen ensayista va a la caza de citas pero sin olvidar el compromiso permanente e inseparable con sus tesis.

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El ensayo no concluye; su último párrafo es apenas el germen de una nueva tesis.

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El ensayista va armando su texto como el abogado organiza su defensa: seleccionando testigos, buscando pruebas, presentando evidencias.

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Aunque el ensayista vaya como Teseo por el laberinto de sus argumentaciones, no puede perder el hilo de Ariadna de su tesis.

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Los malos ensayistas y los demagogos prometen más de lo que pueden cumplir.

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Los argumentos empleados por el ensayista participan de las funciones de las columnas arquitectónicas: sirven de sostén y soportan el peso de la tesis. En un ensayo no hay columnas conmemorativas.

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El ensayista es un estratega del discurso: su jugada maestra es lograr convencer al lector de sus tesis.

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Por usar un ropaje persuasivo el ensayista se cuida de no vestir su escrito de ideas gratuitas o frases irrelevantes.

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La puntuación empleada por el ensayista nos recuerda las técnicas del maquillaje femenino: un toque allí, para resaltar un detalle; otro, más allá, para delinear algo impreciso.

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Una vez el ensayista se casa con su tesis, a ella le debe fidelidad eterna.

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El ensayista manipula las ideas como el polvorero su bengala: dosificando, pesando, distinguiendo. En todo caso, cuidándose de juntar de cualquier manera los materiales o las palabras.

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El pensar continuo y dedicado es la primera cartilla en la que aprenden a escribir los buenos ensayistas.

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El ensayo divaga pero manteniéndose fiel a una hoja de ruta oculta: la tesis.

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El esbozo, que el ensayista traza física o mentalmente en su cabeza, es la garantía de que el viaje propuesto llegue a feliz término.

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Los ejemplos empleados por el ensayista tienen la forma de un dibujo. Son ilustraciones de la tesis propuesta.

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Al ensayista le gusta poner a girar –en rotación y traslación– las ideas. Pero siempre, desde el centro solar de su tesis.

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Es el movimiento de las ideas el que crea la fascinación en el ensayo. Los argumentos estáticos frenan el mecanismo de su estructura. 

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Dice el ensayista en clase de música: no es suficiente con buscar buenos argumentos, lo definitivo es hacerlos sonar armónicamente con la tesis.

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Las notas a pie de página que el ensayista pone en su texto son vestigios de caminos ya recorridos, un testimonio del viajero frecuente de las ideas.

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Dos son las tentaciones del ensayista: la digresión y la síntesis excesiva.

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Cuando el ensayista cita a otras voces lo que busca en ellas no es tanto su venerada autoridad como un acto de solidaridad con su tesis.

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La tesis que el ensayista presenta en su ensayo debe tener la frescura de lo novedoso y el sabor añejo de las cosas bien pensadas.

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El ensayista piensa y pesa las ideas. Su oficio, y eso se olvida con frecuencia, guarda semejanza con la del filósofo genuino.

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De nada sirve tensar la urdimbre de las voces ajenas si el ensayista no las trama con los hilos de sus propias ideas.

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Las deducciones o inducciones que el ensayista va sacando cuando escribe son el lubricante que facilita el movimiento de su argumentación.

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Si en un primer momento el ensayista privilegia el preguntar y preguntarse, en el segundo, debe comprometerse con alguna respuesta.

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El oficio del ensayista pertenece a las artes de la pesca: ofrecerle al lector una tesis es tanto como prepararle una carnada.

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Si el paso del ensayista cuando escribe es demasiado lento, parecerá un tratado; si es muy rápido, se confundirá con el comentario. El trote, parece ser, el ritmo adecuado para un jinete del ensayo.

Presentar la tesis en un ensayo o el riesgo de pensar por cuenta propia

11 jueves Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 16 comentarios

Ilustración de Robert Neubecker

He venido observando en mis estudiantes de posgrado una enorme dificultad para identificar y presentar en sus ensayos la fundamental y necesaria tesis. Se me ocurren al menos tres causas y algunas alternativas para tratar de subsanar tales inconvenientes.

Las causas

La primera causa tiene mucho que ver con una educación en la que se ha privilegiado excesivamente el respeto a la autoridad académica, la veneración al conocimiento enciclopédico y un entreguismo a los autores foráneos. Todas estas cosas, reforzadas por prácticas de enseñanza en las que se ensalza la citación en lugar de la reflexión, han ido mermando la confianza de nuestros docentes, los han hecho sentir incapaces de pensar por cuenta propia o de entender que es posible y necesario entrar a conversar con esas voces de la tradición.

La segunda causa, como yo lo entiendo, se deriva de la escasa o nula formación de nuestros maestros en los denominados procesos de pensamiento. Me refiero a que en las licenciaturas muy poco se hace por desarrollar en ellos el análisis, la deducción, la inferencia, la síntesis, el contraste, la disociación.  Estas operaciones de pensamiento son definitivas al momento de enfrentar la lectura de textos ajenos y son esenciales al momento de expresar nuestras ideas. Quizá esta ausencia de conocer y apropiar estrategias y procesos de pensamiento se extienda a la larga cadena escolar y continúa sospechosamente en los posgrados. Tal vez nos hemos ocupado demasiado en las instituciones educativas de proveer información y poco, muy poco, de enseñar a pensar y de cuáles son esas herramientas cognitivas con las cuales logramos generar ideas, vincularnos con el saber y contribuir de alguna manera al desarrollo de la cultura y la producción de conocimiento.

Cada día me convenzo más de que si hubiéramos tenido en nuestra primera formación una fuerte presencia de la lógica, de la geometría y de otras disciplinas que nos habituaran a abstraer, a deducir y a organizar el pensamiento, seguramente no estaríamos en la educación superior aun reclamando dichas habilidades o competencias. De pronto esa apatía o prevención hacia la educación filosófica sea otra faceta de la misma carencia a la que me vengo refiriendo.

La tercera causa, y por ser la última no por ello es menos importante, es la poca relación de los maestros con la escritura. Creo que esa relación es casual o eventual; no hay un vínculo permanente. Y cuando viene la demanda académica, cuando de ella depende la permanencia en un programa o el logro de un proyecto, el asunto se vuelve complicado y, en algunos casos lleva a la renuncia, al plagio flagrante o acudir a alguien que por algunos pesos resuelva la dificultad.

Creo que las instituciones educativas, de todos los niveles, tienen una deuda con la forma y la manera como nos pusieron en contacto con esta herramienta de la mente. Es probable que el exceso de gramática nublara las estructuras de los procesos de composición, y que el confundir escribir con redactar haya dejado de lado el poder de la escritura para dotar a nuestra mente de otros artefactos o útiles sin los cuales nuestro cerebro sigue preso de lo repetitivo, de lo concreto, de lo aglutinante y circunscrito a lo anecdótico. Se olvida que aprender a escribir es incorporar una potente ayuda o una sofisticada pieza al engranaje complejo de nuestro cerebro a nuestro entendimiento.

Como se ve, las causas son diversas y profundas. Pero algo tenemos que hacer para tratar de resolver esta situación.

Las estrategias

Lo primero es tener una voluntad de enunciación. Es decir, no claudicar o abandonar lo que pensamos por temor a ser descalificados o no parecer dignos del mundo académico. Esta tarea debería ser avalada por los docentes desde los primeros años de educación. Ayudarles a nuestros estudiantes a que tengan algo que decir, así sea incoherente, impreciso, balbuciente o superficial. Como sea, eso es más valioso que el silencio o el mutismo conformista de la mayoría. Es urgente propiciar estrategias de enseñanza en las que el debate, el foro, la discusión grupal, sean modalidades de enseñanza cotidianas. Hablar, pensar en voz alta. Esa sería la primera labor de los docentes. Más tarde habría que enseñar a escuchar con cuidado para poder entender cómo piensan los demás y ver en lo que dicen una oportunidad para manifestar nuestros acuerdos o desacuerdos.

En todo esto veo la conveniencia de revalorizar la retórica. Una herencia que no me canso de recomendar, especialmente en un mundo como hoy en donde cada día son más notorias las carencias expresivas y una falta de postura reflexiva frente al consumismo pasivo tanto de las cosas como de las ideas.

La segunda estrategia que entreveo es la de propiciar en nuestros estudiantes ciertas habilidades críticas que he denominado de contrapunto. Digo, a aprender a tener una postura dialogante con la tradición. Por ejemplo, a tomar una cita y saber cómo contrastarla, como contradecirla, cómo minimizar o maximizar sus alcances. O que sepamos transponer lo que leemos a otros contextos u otras situaciones; que no nos quede difícil derivar de una proposición ajena, otros asuntos u otras conclusiones.

Todo lo anterior subraya la necesidad de que frente a la apabullante información que circula a manos llenas en el mundo físico y virtual, los ambientes educativos necesitan cuanto antes desarrollar aquellas operaciones de pensamiento como el análisis, la comparación, el contraste, la inferencia o la síntesis. Aquí salta a la vista un cambio de estrategia didáctica: más que la insistencia en la cantidad de información, optar por pocas y escogidas lecturas, y con ellas –de manera viva– ahondar, mirar articulaciones, ver diferencias, dar cuenta de los contextos, precisar sus términos, ir más allá de lo denotado o literal. Es en ese ejercicio de desmonte y reconstrucción de los textos como mejor pueden irse aprendiendo esas operaciones de las que estábamos hablando.

La tercera estrategia, y esta sí que es clave para la escritura de ensayos, es la importancia del discernimiento, la rumia intelectual, el meditar continuo. O si se quiere entender de otra manera, hacer cotidiana la voluntad de sospecha, el no dejar de preguntarnos, el poner entre paréntesis lo dado por hecho. Considero que sin esta actitud de extranjero en el mundo cotidiano en que nos movemos, pues con gran dificultad se nos ocurrirá una tesis para un ensayo o alguna propuesta innovadora. Si no tenemos como hábito el reflexionar, el volver sobre lo hecho o lo vivido para tratar de comprenderlo, muy difícilmente conseguiremos transformar o intervenir en el mundo que nos rodea.

Estimo que la velocidad y el mundo de lo instantáneo en el que vivimos, va en contravía de lo enunciado anteriormente. De pronto allí está uno de los mayores retos de los educadores de hoy: hacer pausas, poner la pantalla en diferido, no ceder a las demandas de la moda. Por el contrario, sopesar, poner en la balanza, aquilatar, saber diferenciar la hojalata del metal precioso. Y eso es, precisamente, lo que posibilita la escritura ensayística.

Entonces, si la tesis no sale o se refunde al escribir el ensayo, lo mejor es pensar detenidamente el tema que nos convoca. Gastarnos un tiempo considerable en mirar ese tema desde diferentes puntos, asediarlo desde distintos miradores. Caminar el tema, discutirlo en nuestra mente, someterlo a una batería de preguntas, horadarlo de dudas y porqués. Todo eso es definitivo, aunque parezca que se está perdiendo el tiempo. Y si esta estrategia no da resultado, vale la pena leer, consultar fuentes, ir a la biblioteca, navegar en internet, pero no para transcribir mecánicamente lo que encontremos, sino estando alertas a ver si con esas lecturas se nos desata o se nos dispara alguna tesis. La lectura tiene como fin incitar, provocar, jalonar alguna tesis personal oculta. Su fin no es copiar la tesis, más bien es una labor de resonancia, de toque, de incitación o réplica intelectual. Esta vía seguramente llevará a buenos resultados.

Pero si ninguna de las anteriores estrategias lleva a un buen fin, queda un último recurso: asumir una tesis ajena, pero cuidándonos de ser nosotros los que le construyamos sus desarrollos argumentativos. Este último camino, si no es el más indicado, puede ayudar al novel escritor a salir del callejón sin salida y entrar en un segundo momento de la escritura del ensayo. Si es esta la ruta elegida hay que ser novedoso en la argumentación y muy cuidadosos en los alcances de nuestros planteamientos. En el caso de tomar prestada la tesis de otros no podemos terminar parafraseando también los argumentos de nuestro benefactor. Por el contrario, hay que buscar otras razones, otros motivos, otras posibilidades. El esfuerzo ya no está en el descubrimiento de la tesis, sino en hallar argumentos originales o poco explorados.

Lo dicho hasta aquí es apenas una serie de reflexiones sobre las dificultades de escribir ensayos y una ayuda para aquellos estudiantes que aún siguen luchando por hallar y poner en el primer párrafo su tesis. Ojalá lo expuesto contribuya en algo a entender sus dificultades, les de ánimos para tomar en sus manos el pensar por cuenta propia, o les haya permitido ver alguna salida a sus problemas con la escritura argumentativa.

Sobre el aforismo (I)

09 martes Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos, APRENDER A ESCRIBIR

≈ 14 comentarios

El aforismo logra su máxima extensión, contrayéndose.

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El aforista comparte la mirada del botánico; no sólo se detiene en el haz de la hoja, sino que especialmente inspecciona su envés.

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Una de las mejores escenografías para la actuación del aforismo es el contraste.

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El almotacén de los moros de Marruecos se asemeja al aforista: su actividad es someter a prueba algo para comprobar su valor, su exactitud o su pureza.

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La mano del aforista debe tener el mismo tino de la del cirujano: un desliz –una imprecisión en una palabra– puede arruinar la operación.

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Al aforista le gustan las comparaciones, pero sólo para descubrir relaciones insospechadas, insólitas o inobservables: “Las ausencias disminuyen las pasiones mediocres y acrecientan las grandes, como el viento apaga las candelas y atiza las hogueras” (La Rochefoucauld).

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El haiku es la poesía del aforismo.

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El aforista es un amante de los contrastes: es decir, va en contra de lo que está en pie, de lo que se presenta como firme o inmóvil.

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Gusta a los aforistas usar su ingenio para descubrir contradicciones, sentidos contrarios o inversos: “La gente que nunca tiene tiempo es la que menos cosas hace” (Lichtenberg).

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Un método fértil como piensa el aforista es disociando las ideas: separa lo que está unido, desune los componentes de lo obvio o incuestionable. El aforista es un secesionista, alguien que aparta una oveja del rebaño.

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Para el aforista un tema es, de por sí, un campo de concentración.

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El aforista es un geómetra: su tarea es circunscribir una cosa a ciertos límites o términos precisos.

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Los símiles son tierra fértil para el aforista, pero dicho terreno merece abonarse con disimilitudes: “Las estrellas son como ojos pequeños que no se acostumbran a la oscuridad” (Jules Renard).

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Los contrastes presentados por el aforista, si somos fieles a la etimología, son como cambios súbitos del viento.

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Las palabras usadas por el aforista deben estar lo suficientemente afiladas para que puedan dar en el blanco.

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Las definiciones acuñadas por el aforista son similares a las del biólogo que descubre una nueva especie.

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Si muchos de los aforistas son escépticos es porque conocen de sobra que todo tiene dos caras, así la humanidad se obstine en reconocer como verdadera una sola faceta de los seres y las cosas.

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El aforista plantea o hace conscientes determinadas paradojas debido a que los opuestos pueden revelar, en su contradicción, una inédita verdad.

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El escritor de aforismos tiene algo de pintor: es un especialista en el arte de los contrastes.

Escribir aforismos

05 viernes Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 14 comentarios

Escribir aforismos es un esfuerzo del pensamiento por decir lo esencial. Un medio para que el pensamiento delimite su campo de acción y se concentre en lo medular de un tema o asunto. El aforismo como las buenas fotografías delimita, selecciona, enfoca. Su efectividad depende en gran medida de su recorte.

El otro aspecto del aforismo es del pulimento del lenguaje. Si se quieren escribir aforismos hay que ser un gourmet de las palabras. Sopesarlas, aquilatarlas, mirar su densidad y su alcance. En el aforismo se puede apreciar bien si nuestra relación con el lenguaje es tangencial o de alto trato. El aforismo nos obliga a la precisión semántica, a afinar la puntería con los vocablos elegidos.

Por supuesto, en la hechura del aforismo entran en juego las denominadas, por la retórica clásica, figuras del pensamiento. Es decir, esos juegos de lenguaje al expresar las ideas. Bien sea porque usamos la oposición (antítesis, la paradoja, el oxímoron), o porque al organizar el aforismo echamos mano de alguna alteración o supresión del contenido más evidente (ironía, preterición, reticencia). Tal vínculo del aforismo con la retórica nos advierte de la importancia persuasiva de este tipo de escrito. Digamos que el aforista busca convencer de manera contundente a su lector. Impactarlo, conmoverlo, invitarlo a un cambio de postura o de convicción. El aforista, en este sentido, es un gran provocador o un ingenioso seductor.

No se llega al aforismo de manera inmediata o casual. Por el contrario, se llega al aforismo después de darle muchas vueltas a un asunto o a un tema. La gestación del aforismo es de tiempo largo. Quizá esta condición nos lleve a replantearnos qué tanto meditamos o de qué forma nuestro entendimiento pone a circular todas sus potencialidades. El buen aforista es un rumiante consagrado (de pronto es esa la razón por la cual el aforismo sea tan cercano a los filólogos). Y es un rumiante porque se permite ir de estómago en estómago digiriendo, asimilando, filtrando, desmenuzando pensamientos. El aforismo requiere ser pasado por diversos órganos de purificación o selección.

Resulta interesante analizar las imágenes o las analogías con las que se ha asociado el aforismo: un dardo, un destello, una picada de aguijón, un golpe de luz… Todas esas relaciones dicen del aforismo su fugacidad clarividente, su instantáneo resplandor. Lo propio del aforismo es su aparición súbita, su mordedura instantánea, su efímera claridad. Los buenos aforismos, por lo mismo, pican, espolean; son como la quemazón de la llama de una vela o el corrientazo que de pronto nos paraliza. Los aforismos deben ser filudos como las espinas o las agujas y de un aguijón tan ponzoñoso que obligue al lector a rascarse de manera inmediata. 

Pero lo más importante de todo, eso que no debe olvidar en ningún momento el escritor de aforismos, es que su tarea es un ejercicio del pensar crítico. Los aforismos atacan la falsa conciencia, quitan máscaras, ponen en evidencia, sacan a la luz los «trapos al sol» que las personas o la sociedad tratan de esconder. En esta perspectiva, los aforistas cumplen el papel de profetas denunciantes o de bufones que pueden decirle al rey las verdades que nadie se atreve a revelarle. Entonces, si queremos que nuestros aforismos sean de calidad, lo primero que tenemos que hacer es un ajuste de cuentas con nosotros mismos, con nuestros autoengaños o nuestras iniquidades. Y ya con ese primer autoexamen nos quedará más fácil mirar a nuestro prójimo y el mundo que nos rodea. Digámoslo en pocas palabras: el aforista ayuda a los hombres a no perder de vista su compleja, frágil y finita condición. 

20 consejos para hacer un ensayo

22 sábado Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 32 comentarios

Ilustración de James Fryer.

Ilustración de James Fryer.

He aquí una veintena de pistas para ir, poco a poco, escribiendo un ensayo. Si quiere profundizar en varios de los aspectos mencionados en el texto, consulte mi libro Pregúntele al ensayista.

20 Consejos para hacer un ensayo

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