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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Conferencias

Profesor, anímese a escribir y publicar

25 sábado Ago 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Conferencias, INVESTIGACIÓN, OFICIO DOCENTE

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Ilustración de Aad Goudappel

Ilustración de Aad Goudappel.

Las ideas que siguen, además de referir un proceso personal con la escritura, quieren ser un estímulo para colegas docentes que desean publicar sus primeros textos, están en mora de consolidar su primer libro o se mantienen temerosos de entrar en relación con la producción escrita.

Aunque el tono sea autobiográfico, estas ideas están respaldadas por varias investigaciones sobre la escritura académica y un rastreo bibliográfico de muchos años. No son, pues, ideales utópicos, sino consejos salidos de la propia experiencia como autor y como editor independiente.

  1. INCORPORE EL HÁBITO DE ESCRIBIR

Una razón generalizada de la baja producción escrita de profesionales y educadores tiene que ver con el poco trato con la palabra escrita. Se escribe de manera esporádica y, en la mayoría de los casos, por una demanda externa o por una obligación institucional. No se cuenta con un hábito de escritura. Y al no tener “lubricada” esta herramienta, lo más seguro es la desidia o una multiplicada dificultad para estructurar un texto o atender las necesarias correcciones de un editor. Olvidamos que para lograr la destreza de escribir es necesario adquirir el hábito. Imponernos la disciplina de dedicar a un proyecto, a un ensayo, a un artículo, por lo menos dos horas todos los días.

  1. VINCULE LA DOCENCIA CON LA ESCRITURA

En buena parte de nuestras funciones en la universidad disociamos o no vinculamos dichas tareas. Investigamos una cosa, dictamos clases sobre otra y, si publicamos, lo hacemos sobre una temática diferente. Considero que si vinculamos, por ejemplo, la docencia con nuestra producción intelectual, seguramente encontraremos una vía propicia para aglutinar muchos de nuestros intereses. Pero, además, las tareas que pongamos, las investigaciones que dirijamos deberían no perder ese eje de nuestro interés. Resulta de igual modo provechoso convertir nuestros apuntes de clase en pequeños textos o en ensayos que sirvan de motivo para textos de mayor desarrollo.

  1. CUALIFIQUE LAS HERRAMIENTAS PARA ESCRIBIR

Proveerse de una buena caja de herramientas para escribir es fundamental. Como todo arte, la escritura demanda unos útiles específicos que le son idóneos y mediante los cuales logra cualificarse. Desde los diccionarios de dudas e incorrecciones del idioma, pasando por los diccionarios etimológicos o de uso del español, hasta los diccionarios ideológicos, contribuyen a afinar nuestra prosa o sacarnos de un impasse lingüístico que parece imposible de sortear. Los tesauros sobre determinado campo de conocimiento o un buen diccionario razonado de sinónimos son de gran ayuda cuando necesitamos precisar un concepto o darle variedad lexical a nuestros escritos.

  1. EMPIECE A PUBLICAR EN REVISTAS

Sin lugar a dudas, un primer escenario para hacer pública nuestras producciones son las revistas. Al enviar nuestros textos, ya sean de revisión bibliográfica o resultado de investigaciones, empezamos a reconocer lo particular de esas tipologías textuales, los requerimientos de cada publicación y a vivir la experiencia de ser leídos por pares de nuestro campo. Lanzarnos a publicar en revistas es una buena escuela para reconocernos y sopesar la calidad de nuestros escritos. Sobra decir que es clave ir encontrando esas publicaciones alineadas con nuestros intereses o esas otras en las que de manera estratégica deseamos participar. Y si hay tenacidad y apoyo, crear una revista. 

  1. PARTICIPE CON PONENCIAS EN EVENTOS

Otra excelente oportunidad para foguear nuestras producciones escritas es participar en foros, seminarios, encuentros o coloquios académicos. Vivir la experiencia de que nuestra ponencia sea aceptada y luego entrar en diálogo en paneles o mesas de trabajo con colegas sobre lo que hemos presentado es una fragua para ver la calidad de nuestros textos. Además de mantenernos actualizados es una ocasión para fortalecer las redes, los grupos de interés sobre determinada temática. Esta parece ser una buena recomendación para caldearnos en la escritura: al menos cada semestre escribir y presentar una ponencia en los variados eventos nacionales o internacionales.

  1. HALLE UN “NICHO” INTELECTUAL

No es recomendable la dispersión académica si queremos consolidar algún proyecto de escritura. Lo aconsejable es hallar esos “nichos” intelectuales hacia los que convergen muchas de nuestras actividades o que imantan nuestros estudios y nuestras investigaciones. Sólo profundizando en ese tópico es como lograremos “decir algo medianamente original” o hacer algún aporte con nuestra producción académica. Este eje, por lo demás, va proveyendo cierta seguridad o confianza al escribir porque otorga un dominio disciplinar y un aval bibliográfico que crea un escenario de respaldo a nuestra propia voz. El “nicho” hace que siempre tengamos un proyecto de escritura en curso.

  1. COMPILE LA PRODUCCIÓN DISPERSA

Por ser la escritura un oficio artesanal, los libros voluminosos no salen de un momento a otro. Más bien son el resultado de años de trabajo en los cuales sus partes van sufriendo un proceso de maduración, selección y reorganización. En este sentido, el libro empieza en la compilación, en agrupaciones temáticas, en tejer una red de relaciones que conviertan las partes heterogéneas en una unidad con significado autónomo. El libro se va haciendo pedazo a pedazo, capítulo a capítulo. Por eso es importante revisar si lo que tenemos disperso puede ir tomando la forma de libro; o si lo que hemos ido haciendo de manera discontinua deja indicios para convertirse en una obra.

  1. TENGA EN MENTE UN PROYECTO EDITORIAL

Cuando en verdad se tiene un vínculo con la escritura, siempre hay un proyecto editorial en curso, un libro en ciernes. A veces ese proyecto es de largo aliento y requiere muchos años para lograr terminarlo; en otros casos, el producto en cuestión puede necesitar semanas o meses. Pero lo importante, es que las demandas del quehacer cotidiano no desdibujen o posterguen interminablemente una meta de escritura.  Entonces, para no sucumbir a la inclemente lógica de lo urgente hay que concebir un plan, unas fechas, un itinerario de posibles avances. Aquí habría que dar un consejo esencial, sobre todo para los que hasta ahora se lanzan a este propósito: no se trata de tener el tiempo ideal para dedicarse de lleno a escribir, sino de ir poco a poco, hora tras hora, avanzando en dicho objetivo. Y cuando ya se logre finiquitar una obra, durante ese proceso hay que ir recolectando las semillas del nuevo libro.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

  • Fernando Vásquez Rodríguez, Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Kimpres, Bogotá, 2008.
  • Fernando Vásquez Rodríguez, Pregúntele al ensayista, Kimpres, Bogotá, 2007.
  • Fernando Vásquez Rodríguez, Las claves del ensayo, Kimpres, Bogotá, 2016.
  • Fernando Burgos (editor), Los escritores y la creación en Hispanoamérica, Castalia, Madrid, 2004.
  • Daniel Cassany, Describir el escribir, Paidós, Barcelona, 1989.
  • María Teresa Serafini, Cómo se escribe, Paidós, Barcelona, 1994.

«No es solo lo que dices, sino el modo como lo dices»

18 lunes Jun 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Conferencias

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Ilustración de Peter Rothmeier Ravn

Ilustración de Peter Rothmeier Ravn.

1. Recuerde que una cosa es la comunicación y otra, bien distinta, la información. La comunicación es más que el mensaje escueto que decimos o enunciamos; la comunicación compromete nuestros sentimientos y nuestras emociones. La información es inmediata; pero la comunicación requiere de tiempos, momentos, espacios y palabras adecuadas. La información cuando es tocada por la comunicación sufre transformaciones, adaptaciones, matices, cambios en su estructura o en su entonación. La información pretende ser neutra e igual para todos; en cambio la comunicación es interesada y busca llegar a cada receptor según su edad, género, condición social, nivel de educación y espacio donde habita.

2. Tenga presente que no sólo comunicamos con nuestras palabras, también entran en juego nuestro cuerpo y nuestra postura, nuestros ademanes y nuestro tono de voz. La comunicación no verbal sazona, merma, aumenta o contradice los mensajes que decimos a otros. Por eso es tan importante entender el papel de nuestra mirada o nuestras manos cuando establecemos relaciones interpersonales o de grupo. El cuerpo es el vehículo de la comunicación; el cuerpo es la energía de la comunicación.

3. Pase lo que pase en sus relaciones personales, de negocios o de trabajo, no olvide que la comunicación es un proceso. Hay que insistir muchas veces en nuestro receptor para que un mensaje sea captado o comprendido en plenitud. Las personas tendemos a “editar” o recortar los mensajes que recibimos bien sea porque nos afectan positiva o negativamente o porque se juntan o chocan con nuestros intereses. Debido a que percibimos la vida y el mundo de manera diferente (hay credos, ideologías, filiaciones políticas), en esa medida pasamos por diversos cedazos los mensajes que nos llegan. No hay que desesperarse si en un primer momento aquello que deseamos comunicar no es asimilado, o si es captado de manera diferente a la intención que buscábamos.

4. No es efectivo, cuando tratamos de comunicarnos con otra persona, suponer que aquélla ya ha entendido porque le decimos o enviamos un mensaje. Siempre es recomendable pedirle retroalimentación o solicitarle que nos diga, en sus propias palabras, lo que ha comprendido. Muchas de las fallas de comunicación (en la pareja, en la familia, en el trabajo) nacen de los sobreentendidos, de lo dado por hecho. Tampoco es bueno, por miedo o timidez, dejar que un diálogo o una conferencia sigan su curso cuando hay palabras o mensajes que no entendemos. No dude en preguntar, interrumpir o pedir explicaciones. Para que la comunicación se dé de manera eficaz requiere que las partes involucradas se asuman como protagonistas, como actores vivos de un diálogo.

5.  Evite en lo posible ser agresivo con sus mensajes. Cuando se comunique, procure por todos los medios, no ofender o herir con sus palabras. Los seres humanos somos muy sensibles al tono, al tipo de palabras empleadas, al momento en que otro nos dice alguna cosa, a la situación en que se nos informa de algo. Piense lo que va a decir; busque los términos más adecuados; sopese el impacto que puede tener su mensaje. Intente ser asertivo; es decir, acepte a los demás y tenga la firmeza para expresar lo que siente o desea. Aprenda a decir “no” cuando sea necesario y reconozca en los demás sus logros o sus aciertos. No intente avasallar; tampoco se muestre en su conversación como alguien intransigente. Si las razones o los argumentos de otras personas son mejores que los suyos, acéptelos.

6.  Aumente cada día su léxico, su capital cultural. Vuelva la lectura un hábito. Sáquele un tiempo, así sea reducido, a frecuentar un libro de relatos o de poesía. Recuerde que los buenos conversadores, los buenos oradores, tienen una variedad de términos. Tenga a la mano un diccionario y léalo no sólo para buscar términos que desconoce, sino como una forma de viajar por el amplio territorio de nuestro lenguaje. La lectura frecuente de buena literatura ayuda a darle flexibilidad y riqueza a nuestro pensamiento; nos dota de un repertorio de ejemplos; nos hace más incisivos y más precisos en los mensajes que emitimos.

7.  Por ser la comunicación una tarea de largo aliento; por usar una materia tan ambigua como las mismas palabras, aprenda a pedir perdón o a corregir oportunamente alguna omisión o falta en sus mensajes. No crea que pierde autoridad o dominio. Todo lo contrario: los buenos comunicadores están conscientes de sus errores y pueden pasar de manera rápida a pedir disculpas o a precisar de mejor manera algo que por el afán o la falta de tacto generó en nuestro interlocutor molestia o desagrado. Tenga presente que el malentendido siempre está como telón de fondo cuando tratamos de comunicarnos.

8.  Si va a usar alguna ayuda audiovisual recuerde que cada medio de comunicación tiene su función más adecuada. Ni todo se puede resolver con un power point y un videobeam, ni todo se reduce a una presentación oral. El secreto es combinar diversos medios (orales, escriturales, audiovisuales, de interacción), pero dependiendo del tipo de interlocutores o de auditorio. Antes de utilizar un medio de comunicación o ayuda audiovisual pregúntese primero quién es su público, quiénes y cuántos son a los que les va a hablar. A veces es más efectiva una simple cartelera que una larga exposición con infinitas diapositivas. De igual manera, tenga presente este otro consejo: utilice el medio de comunicación que más conozca o con el que se sienta más cómodo. Eso genera confianza en quien lo escucha.

9. Fíjese con cuidado en las estrategias y técnicas que usan comunicadores de prestigio o que tienen influencia en su entorno o su comunidad. Analice cada detalle y mire el impacto que producen en el público o las personas que lo escuchan. Percátese de las palabras que emplean, de la postura que asumen, de las ayudas de utilizan. Observe las pausas en el discurso, los ejemplos de que se valen, la dosificación del tiempo. Estudie esos comunicadores con mucho detalle. Trate de imitar esas técnicas, poniéndoles su toque personal. Y si quiere complementar este aprendizaje de los expertos, busque en la librería o en una biblioteca algún libro sobre técnicas de comunicación interpersonal.

10. Y por supuesto, practique y ejercítese constantemente en sus tareas comunicativas. En estos asuntos, como en otros, la práctica va puliendo y mejorando lo que en un primer momento sale torpe o a medio hacer. No espere que en la primera vez su comunicación sea exitosa o de alto impacto. Por eso, es importante que evalúe cualquier actividad de comunicación que haga. Deje un tiempo para conocer cómo fueron captados sus mensajes, qué tanto llegaron o de qué manera se comprendió algo que buscaba comunicar. Sáquele provecho a lo que dicen sus interlocutores o su auditorio. No se defienda ni se ofenda. Escuche y tome nota. Fije en su memoria esta consigna: será un mejor comunicador cuanta más capacidad de escucha posea.

Elementos para una didáctica de la escritura

25 domingo Oct 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Conferencias

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"Mujer escribiendo" de Suzuki Harunobu.

«Mujer escribiendo» de Suzuki Harunobu.

Un elemento, según el diccionario, no es sólo un principio o conocimiento sencillo para hacer algo, sino el medio en el que vive un ser. Perfilemos, entonces, un conjunto de elementos relacionados con la escritura, pensados en perspectiva didáctica.

Primer elemento: escribir no es lo mismo que redactar.

La escritura es una operación superior del pensamiento que incluye la planeación y la corrección. Redactar es apenas un momento del escribir. La escritura implica procesos cognitivos y metacognitivos que ameritan ser enseñados previamente. Cómo producir ideas, cómo organizarlas, cómo conectarlas; cómo tener una conciencia sobre la tarea y para qué tipo de lector escribimos, son algunas cuestiones de suma importancia en una didáctica de la escritura.

Segundo elemento: escribir es un oficio artesanal

La escritura no se logra de manera  inmediata o es el resultado de una operación mágica. Su hacer es lento, de engarce de piezas y pulimento de ciertas técnicas. Buena parte de las dificultades en una didáctica de la escritura es que no hemos compartido con nuestros estudiantes los procesos de composición escrita. Es decir, mostrarles de qué manera se configura y estructura un texto. Hacer evidente este “detrás de cámaras” es fundamental para desidealizar el escribir y conocer de cerca sus minucias y herramientas.

Tercer elemento: escribir es aprender a tachar

La escritura es un trabajo de búsqueda de alternativas, de organización y reorganización de una línea o una frase. En este sentido, escribir es borrar, corregir, tachar, reorganizar. Si le damos un valor positivo al error en el aprendizaje de la escritura serán más importantes los diferentes borradores que el trabajo final en limpio. Este punto trae consigo el uso de estrategias de seguimiento como el portafolio o la bitácora de escritura.

Cuarto elemento: escribir es distinguir y producir tipologías textuales

Aprender a escribir es poder diferenciar diversas tipologías textuales. Las particularidades de cada tipo de texto determinan una forma de organización, un tipo de lenguaje y una intencionalidad comunicativa.  No se aprende a escribir sobre un genérico; hay géneros informativos, narrativos, argumentativos que exigen el dominio de ciertas estructuras, de particulares formas de funcionamiento. Saber escribir es  tener la capacidad de producir un mensaje en diversas tipologías textuales.

Quinto elemento: la escritura se cualifica mediante la corrección puntual

La corrección puntual sigue siendo la mejor manera de cualificar un escrito. Las recomendaciones generales son poco efectivas. Tal hecho debe ponernos en alerta sobre la extensión y el tipo de tareas o ejercicios que pidamos a los aprendices escritores. También es un llamado a dosificar el alcance de las correcciones (en especial las ortográficas) y a trabajar sobre criterios específicos. Las rúbricas siguen siendo un buen recurso para enfocar la corrección.

Sexto elemento: escribir es apropiar las técnicas de escritores expertos

Mucho ganaría la escuela y los centros de educación formal si incorporaran a sus prácticas de enseñanza las técnicas empleadas por lo escritores expertos. Además de conocimientos gramaticales y lingüísticos, qué bueno sería apropiar y enseñar las estrategias de corrección, las argucias para producir ideas, o las técnicas para tener dominio semántico que han usado los novelistas y poetas, los cuentistas y dramaturgos en diversos tiempos y lugares. El saber acumulado de los autores de literatura es otro recurso que el maestro necesita incluir en su didáctica de la escritura. 

Séptimo elemento: cualificar la escritura demanda conocer y emplear útiles específicos.

Dadas las dificultades y complejidad del oficio de escribir es necesario contar con útiles o materiales específicos. Un diccionario de dudas e incorrecciones del idioma, un buen diccionario razonado de sinónimos al igual que un diccionario de uso del español o un diccionario ideológico pueden ser de gran ayuda al momento de redactar una frase, subsanar un error ortográfico o precisar el sentido de una palabra. Aprender a escribir es empezar a familiarizarse con este tipo de bibliografía, poco trabajada o valorada en los espacios escolares.

Ocho pistas para no amargarse la vida

05 lunes Ene 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Conferencias

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Ilustración de Tang Yau Hoong.

Ilustración de Tang Yau Hoong.

Vivir con intensidad cada momento. Somos seres finitos y, a pesar de ello, con aspiración de cielo. En ello radica nuestra calidad dramática. Sabemos del pasado por nuestra memoria, del futuro por nuestra imaginación y del presente no tenemos sino la certeza del instante. En esa evidencia del presente –tan fugaz, tan inasible, tan deleznable– estriba la riqueza de lo cotidiano. Dada nuestra condición de temporalidad efímera, no podemos asumir como bandera ni la nostalgia ni el escepticismo. Hay que aprender a vivir con intensidad cada momento y a asumir sin temor lo que de azar trae consigo cada día. La cotidianidad fluye y en eso, precisamente, radica su valor. Inmovilismo y falta de maleabilidad de espíritu  imposibilitan el emerger de lo cotidiano.

Construir nuestra «habitación propia». Un techo, una casa, un apartamento. La guarida, el encierro, lo íntimo… Los espacios son más que lugares, son extensiones de una conciencia, extremidades de una voluntad. Y hay que aprender a reconocerlos y a respetarlos cuando sea necesario. Nos urge aprender un tacto para saber compartir, recibir o reverenciar ciertos lugares. Somos demasiado torpes con los espacios ajenos, quizá porque no ritualizamos los propios o porque desconocemos las secretas lógicas de construcción de una habitación, un rincón o una casa. Damos por hecho los lugares, olvidándonos de que ellos son símbolos de territorialidad, manifestaciones o signos de lo íntimo. Al lado del respeto de los escenarios ajenos, es importante también la conquista de la «habitación propia», la lucha por el lugar personal, el logro de una zona de privacidad. La dimensión potente del secreto. Recordemos: quien aspire a mantener una libertad genuina debe construir sus propios espacios.

Evitar idealizar los afectos. Gran parte de nuestra vida la empleamos en la interacción social y familiar. También en nuestras relaciones de intimidad. La afectividad es una construcción humana, una creación de las culturas; un fruto de nuestra educación y nuestros diversos procesos de socialización. La afectividad es variable porque, recordémoslo, somos seres hechos de tiempo. Los afectos cambian, se intensifican o decaen; se modifican o adquieren nuevos bríos; están repletos de historicidad. De allí por qué sea un error el querer idealizar los afectos. Idealizar es querer encontrar modelos preestablecidos, es suponer que las personas pueden ser enmarcadas en parámetros o en estereotipos. Eso de una parte. Pero, además, los afectos no son lo único que mueve la vida cotidiana; no es acertado ni efectivo condenar toda la riqueza de la cotidianidad a vivir únicamente pendientes de la suerte de nuestros afectos. No somos personajes de telenovela. Nuestra afectividad tiene que forjarse en el yunque de lo real.

Trabajar pero sin descuidar nuestro proyecto de vida. Pensemos en la cantidad de horas dedicadas a nuestras labores en la oficina, la fábrica, la casa o el negocio. El trabajo, a la par que permite sentirnos útiles o aptos para satisfacer una serie de necesidades, también ayuda a realizarnos como seres capaces de proyectos. Por ende, para que el trabajo adquiera su justa valía, es indispensable tener –previamente– un proyecto de vida personal que lo alimente o le dé sentido. Tan importante como trabajar es ir elaborando el propio edificio vital. Ir tejiendo nuestro horizonte: esa zona de la apuesta, de la aventura. De otro lado, en lo cotidiano del trabajo hay que permitirse zonas de vacación, espacios lúdicos o de ocio; hay que diseñar pequeños escenarios para que afloren el regalo, la visita, el encuentro, el diálogo, el baile, la fiesta. Sin tales escenarios, el trabajo se convierte en maldición o en una condena insoportable.

Estar atentos para que nuestras «pertenencias» no se conviertan en nuestro lastre. Apegarse demasiado a las cosas es confundir lo valioso del alimento con el alimento mismo. Para vivir a plenitud lo cotidiano, los objetos no pueden convertirse en nuestro lastre o en impedimento. A veces sacrificamos nuestra felicidad cotidiana por aparentar cierta posesión de objetos que, en realidad, nos son innecesarios; y, en otras oportunidades, nos hacemos infelices por codiciar o envidiar cosas que, casi siempre, brillan más de lejos que de cerca. Por lo demás, hay riquezas que no dependen de la cantidad de objetos que se posean; y hay pobrezas, por no decir aburrimiento, en el exceso de lujos y de bienes. Quien distinga las diferencias y las ventajas que hay entre lo necesario y lo suntuario, muy seguramente, será más liviano –más libre– y menos apegado a una cotidianidad centrada en las cosas.

Asumir que somos actores de muchas obras. Ser con otros es actuar. Nuestra cotidianidad está repleta de representaciones. Hay  toda una serie de roles o papeles a los cuales, en mayor o menor medida, damos importancia. A diario ponemos en escena nuestro yo. De allí que necesitemos afinar nuestra capacidad para asumir varios «personajes» dentro del escenario cotidiano; ser polifacéticos, múltiples, polifónicos. Es apenas obvio pensar que nuestras actuaciones no van a ser celebradas por todos; algunos pensarán que son inútiles o tontas y otros las verán como inoportunas. Ninguna actuación nuestra será totalmente aplaudida o comprendida de inmediato. El parecer –esa opinión que los demás tienen de nuestra cotidiana representación– oscila como el péndulo, es arbitraria y mudable. No podemos permitir que nuestra identidad se configure al antojo de los demás. Hay que aprender a decir no, en serio: aprender a renunciar y a perdonar. Y, por supuesto, tenemos que desarrollar un espíritu de tolerancia, una competencia para entender las diferencias,  los matices. El ser humano no es ni blanco ni negro, sino un hermoso abanico de grises.

Aceptar que los conflictos forman parte de nuestra vida. Por ser seres hechos de tiempo, variables; por tener un cuerpo repleto de carencias; por tener diversas creencias, somos seres en permanente conflicto. Con nosotros mismos y con los demás. La condición humana posee una triple constitución: es pensamiento, pulsión y voluntad. Por momentos, una cosa es la que pensamos, otra la que deseamos y otra, bien diferente, la que hacemos. Nuestras mayores discrepancias brotan de esa triple constitución. Ni qué decir cuando son dos o más personas las que pretenden establecer algún tipo de vínculo o relación. El conflicto es el resultado de poner en juego un cuerpo, una conciencia y una libertad. Como quien dice, es de humanos tener conflictos, crisis, problemas. Pero, de igual manera, es de humanos intentar resolverlos, así sea de manera parcial. Al conflicto, más que evitarlo, hay que reconocerlo; y, sobre todo, no hay que tratar de idealizar una vida sin conflictos. Ese tipo de vida, no existe. Es en el diario tropiezo o dificultad donde la vida cotidiana se nos aparece como algo interesante y riesgoso. El conflicto nos torna recursivos, potencia en nosotros la creatividad.

No perder en ningún momento la pasión por aprender. Somos seres ansiosos por ir más allá de lo evidente. La naturaleza, las conductas, los acontecimientos, la misma vida cotidiana, se nos ofrecen como un campo de aprendizaje permanente. Toda la cultura es hija de esta aspiración del hombre por trascender, por no condenarse a ser sólo un primate con carencias y apetitos. No olvidemos que el hombre es un ser finito pero con hambre de cielo. Es impostergable mantener en nuestra cotidianidad un espacio y un tiempo, un cierto rito, para seguir aprendiendo. El día en que ya no tengamos el espíritu y el entendimiento abierto a lo desconocido, ese mismo día empezaremos a fallecer. En otras palabras, debemos infundir a nuestra cotidianidad alguna pasión, un ardor o una predilección por cierto campo del conocimiento: el arte, la literatura, la música, la poesía… Esa pasión, alimentada día a día, nos permite desarrollar otra mirada, nos abre nuevas perspectivas, nos hace menos plegados a la inmediatez de la especie. Para no sucumbir a la rutina o el aburrimiento, nos es fundamental mantener izada alguna devoción artística o intelectual. Por lo demás, el cultivo de una pasión termina siendo una especie de reserva para nuestra vejez.

(De mi libro Ser viento y no veleta. Pistas de sabiduría cotidiana, Kimpres, Bogotá, 2010, pp. 35-40).

Del ensayo, su historia y sus características

14 jueves Nov 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Conferencias, LECTURA

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A propósito del Curso “Modos de leer” organizado por Santillana quisiera compartir esta charla sobre el ensayo, ofrecida en la ciudad de Cali. Las ideas aquí expuestas pueden servir de referencia didáctica a los educadores cuando aborden esta modalidad de texto argumentativo, y también utilizarse como guía por aquellos estudiantes que enfrenten la tarea de elaborar un ensayo. Valga la ocasión para resaltar el ímpetu de los maestros y maestras asistentes a estos cursos y su inquebrantable voluntad por seguir aprendiendo con el fin de cualificar su práctica docente.

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