• Autobiografía
  • Conferencias
  • Cursos
  • Del «Trocadero»
  • Del oficio
  • Galería
  • Juegos de lenguaje
  • Lecturas
  • Libros

Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Cuentos

Simbiosis entre la imagen y el relato

28 martes Ene 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos

≈ Deja un comentario

Denise Hilton Campbell

Ilustración de Denise Hilton Campbell.

Lectora entusiasta

Carmenza era una entusiasta lectora. Desde muy pequeña, aún antes de empezar a leer, ya sus ojos devoraban las imágenes de cuanto libro o revista caía en sus manos. Más tarde tuvo la fortuna de tener como iniciadora a su profesora Beatriz; esta maestra le enseñó que el secreto de la lectura estaba en la suprema concentración. Desde esa época, Carmenza pasaba gran parte de su tiempo embebida en la lectura. Cultivó ese gusto con devoción y maestría a lo largo de sus años. Y cuando se ponía a leer, era tal su atención o su fascinación, que asombraba a sus interlocutores con desprevenidos comentarios:

—Hoy pude liberar un pájaro rojo de su encierro de página.

Algunos de sus familiares le atribuían a Carmenza dones especiales y, otros, los más realistas, decían en secreto que ella se había enloquecido de tanto leer. Pero tales opiniones a ella no le importaban. Todos los días dedicaba bien una mañana o una tarde completas a adentrarse en su mundo de palabras e imágenes.

—Los pájaros no emiten sino mensajes de alegría.

Desde el día en que murió su madre empezó a usar un luto riguroso. El negro fue su color preferido. Cuando los más cercanos le reclamaban que ya habían pasado muchos años  para continuar vistiendo tan triste atuendo, ella les contestaba que eso no era cierto, porque sus prendas se llenaban del colorido de las páginas que leía.

—¿No ven acaso que mi vestido es de hermosos diseños floridos?—decía, exhibiéndolo con orgullo.

La gente guardaba silencio en señal de respeto, aunque en su interior pensaba que el sufrimiento por la pérdida de Doña Helena, tocaba las puertas de la alucinación. Tal vez por ello dejaron de obsequiarle libros para su cumpleaños o para las fiestas navideñas. Pero Carmenza no necesitaba de nuevos libros: se refugiaba en los pocos que conformaban su biblioteca. Era una devota de la relectura.

—Debajo de cada palabra hay otras y, más abajo de ellas, se encuentran otras con significados ocultos.

Carmenza daba esas explicaciones sin que nadie se las pidiera. A solas hablaba o conversaba como si alguien estuviera al frente de ella:

—Las ilustraciones no tienen consonantes, se comunican con solo vocales…

Los que sí la entendían o disfrutaban de sus ocurrencias eran los niños de la escuela donde trabaja como maestra. Las clases de Carmenza eran una fiesta, en particular las sesiones de lectura que ocupaban gran parte del tiempo. Los estudiantes hacían un círculo alrededor de ella, contagiándole con su interés y curiosidad un entusiasmo que irradiaba un calor especial.

­—Las golondrinas van de aquí para allá porque buscan el amor verdadero…

Carmenza no se casó, ni tuvo hijos. Vivió en la casa de su madre hasta que una falla en el corazón la dejó reclinada en su sillón predilecto de lectura. Fue un sábado, por la tarde. Sus hermanos la encontraron con un gesto de tranquilidad, como si durmiera. Entre sus manos, permanecía aún abierto un libro sobre la vida de las mariposas.

Genio de la lámpara Mark Summers

Ilustración de Mark Summers.

La lámpara de los deseos

Para nadie es un secreto que en las lámparas de bronce, si uno sabe frotarlas con delicadeza y pronunciando la oración adecuada, está escondido un genio capaz de cumplir nuestros deseos más acuciantes. La manera rítmica de acariciar el metal y el conjuro siempre dicho con voz cadenciosa y firme  —asunto que requiere mucha práctica— es lo que ha vuelto escasa la aparición o la presencia de tales seres mágicos.

Pero mi tío Adelmo, tan fascinado desde siempre por las antigüedades, me contó en secreto que por casualidad había encontrado en un anticuario una de dichas lámparas. Y que fue limpiándola como empezó a sentir en ese objeto una fuerza escondida, algo inusitado que clamaba por salir. Después, indagando aquí y allá, visitó a un amigo de esos que leen el tabaco y la mano y pueden descubrir en la confluencia de los astros ciertas claves del destino humano, y él le habló de la oración para despertar a los genios dormidos. Mi tío no le creyó del todo, pero aun así, conservó el papelito en que su amigo le había escrito dicho rezo. Ya en su casa, recordando la forma como había tomado y acariciado la lámpara la última ocasión, leyó en voz la tal fórmula. Me dijo que tuvo que intentarlo varias veces, antes de que la entonación y la altura de su voz coincidieran con la del movimiento acompasado de su mano. Pero que con varios días de ensayo y con una fe cercana a la locura, una tarde logró que el genio saliera de su encierro de siglos.

—No se imagina el susto, sobrino —me contó—. Me espanté tanto que solté la lámpara y me caí del mueble en el que estaba sentado.

Adelmo me confesó que el genio en realidad era enorme, alto, corpulento, con turbante y una capa que más parecía una alfombra persa. Cuando salió de la lámpara toda la habitación se llenó de humo perfumado, parecido al incienso, pero con oleadas de canela o clavos de olor. La figura del genio apenas cabía en la habitación. De pie miró a mi tío —eso siguió refiriéndome— y luego, con una voz que parecía más bien el lamento de un náufrago pronunció algo indescifrable.

MI tío no se atrevió a contestar nada. Pero recordó, según las historias relatadas por su mamá Hermelinda y escuchadas cuando niño, que los genios podían cumplirle a quienes lo liberaran tres deseos, sólo tres. En medio de la confusión, Adelmo expuso su primera aspiración, expresada con una voz débil y temerosa.

—Que no me enferme de nada…

Dice mi tío que el genio ni se inmutó. Lo seguía mirando con un gesto de agradecimiento, con los brazos cruzados, y sin poder quitarse de la cara esa expresión de ser una criatura venida de muy lejos. Adelmo pensó que el genio no lo había escuchado bien y quiso repetir su deseo, pero se abstuvo de hacerlo, porque a lo mejor esa figura descomunal tomaba sus palabras como un segundo requerimiento. Guardó silencio. Pero al ver que sentía su cuerpo con más jovialidad, supuso que ya se estaba cumpliendo lo que había solicitado. Animado por estos indicios, lanzó su segundo deseo, esta vez dicho con voz fuerte, para que se escuchara con toda claridad:

—Que encuentre el amor…

Al escuchar tal deseo —según el testimonio de mi tío— al genio le brillaron más sus ojos azul verdosos. Mas no dio muestras de hacer nada diferente a los gestos de júbilo desde cuando salió de la lámpara. Lo que sí agregó a su postura fue pasar, en varias oportunidades, el índice y el pulgar de su mano derecha por el bigote de pelo muy negro. A Adelmo le pareció sentir una alegría en su corazón y, antes de cualquier cosa, lanzó su tercer deseo. En esta ocasión, sus palabras salieron con un tono tan coloquial, que parecía hablarle a un amigo de mucho tiempo:

—Que nunca me falte dinero…

Mi tío afirma que al terminar de decir su tercer deseo, el genio mostró — aunque no estaba del todo seguro— la incipiente mueca de una sonrisa. Adelmo permaneció a la expectativa. Creyó que el genio iba a sacar de sus bolsillos monedas de oro o piedras preciosas, pero nada pasó. El portentoso ser continuó mostrando su rostro agradecido y volvió a exclamar unos sonidos entrecortados, sacados de una voz gutural, pegajosa en su balbucir enigmático.

Adelmo estuvo contemplando al genio largos minutos hasta que la figura descomunal empezó a empequeñecerse, a perder su forma, y hacerse tan delgadito para lograr entrar de nuevo en el pequeño orificio de la lámpara. Y así como apareció ante los ojos de mi tío, de esa misma forma despareció.

Mi tío me confesó que conservaba la lámpara, guardada en una cómoda detrás de unos candelabros de siete brazos, pero que nunca volvió a limpiarla o a intentar convocar al genio con el conjuro de su amigo. Y antes de que yo lo interpelara por sus motivos, soltó una frase que fue suficiente para terminar nuestra conversación:

—Yo creo, sobrino, que el deseo más importante para cualquier ser, humano o no, es el de tener libertad—. Luego hizo una pausa, y agregó: —así sea por un corto tiempo.

Relatos cortos

12 domingo Ene 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos

≈ 8 comentarios

Escribir en la luna Gary Kelley

Ilustración de Gary Kelley.

Las vacaciones

Cuando el niño y sus padres llegaron huyendo de Capira, obligados por las amenazas del bandolerismo, les tocó vivir en una pieza que quedaba al fondo de un garaje, en el barrio Santander. La habitación era muy fría. La pobreza era durísima, tanto como el amor que los reunía al lado de una estufa de gasolina, de las que había que bombear. Para el niño era un encierro total. Porque como quedaba sobre una avenida, no podía salir ni al portón. Pero cuando llegaba diciembre, cuando el niño podía volver a la tierra de su infancia, era la absoluta felicidad. Porque en esas montañas volvía a ser totalmente libre, y no había portones, ni avenidas peligrosas. Solo el canto infinito de los pájaros y el sol y el viento, y el agua y las frutas, y las manos cariñosas de todos los familiares que celebraban cuanta picardía hiciera. Por eso, cuando volvía de esas vacaciones a la fría Bogotá, en los primeros días se soñaba volando. Que como un ave planeaba por encima de todas esas montañas y veía cada casa y cada camino. Partía de El Prado y de ahí se iba descolgando hacia La Laguna y pasaba por encima del Cerro Colorado y divisiva las palmeras y el sinuoso Magdalena, y veía con claridad la casa de puertas y ventanas naranja donde había estado los días anteriores. Era hermoso sentir el aire despeinando su cabello y, según moviera más o menos los brazos, ir más lento o más despacio. Aunque encerrado de nuevo en ese garaje, su imaginación se mantenía libre en aquellos sueños maravillosos.

La fanática

A ella le decían la fanática, cuando no, la loca.

Su presencia recordaba la vieja imagen de María Egipcíaca, pero su vicio no emanaba del cuerpo, sino de sus creencias. Era impura por ser creyente de otra fe, insana por tartamudear al decir el nombre de su dios. Ella, la fanática, lloraba a solas, pues queriendo una vez amar a sus semejantes —darles lo más suyo— recibió de ellos, como compensación, el aúllo o la sentencia farisea: ¡Quemadla!… ¡Nosotros tenemos la certeza y ella, la fanática, sólo posee el equívoco y la obstinación!… ¡Quemadla!, ¿qué puede importar otra bruja en la purificación de la hoguera!

Sin embargo, cuando la turba retornaba a sus casas, o cuando la ola del cuchicheo descansaba en el silencio —porque a veces, también a ella se la sancionaba con el indigno rumor anónimo—, cuando esto sucedía, cada uno de los “inquisitivos acusadores” meditaba… o imaginaba. Cada uno aceptaba en el fondo de su corazón que nadie está exento del camino de Damasco, que el fondo del alma es un misterio con muchos caminos de acceso, y que sin valentía la fe es un adorno parecido a los trajes usados por los actores de teatro.

Entre tanto, ella, la fanática, soñaba despierta.

Torta de manzana

El hombre estaba ansioso por ver a la mujer que amaba. Tomó un taxi para llegar cuanto antes a la cafetería en la que habían acordado verse. Se sentó y la imaginó llegar. Apenas la vio entrar se levantó de la mesa donde estaba ubicado y fue a su encuentro. La abrazó y buscó sus labios pero ella, tal vez porque no esperaba ese emotivo recibimiento, apenas respondió a aquel gesto de amor. Enseguida fueron a sentarse a la mesa. Pidieron una aromática de hierbabuena, limonaria y manzanilla y una torta de manzana para compartir. Aunque el diálogo fue cordial y amoroso, el hombre sintió que cada pedazo de esa torta era amargo o demasiado insulso. Pasada media hora, en la que la mujer no paraba de reír, dejaron el lugar y caminaron unas cuadras hasta el lugar del trabajo de ella. El hombre tomó el transporte público para llegar a su oficina. Aunque no sabía por qué, ese sabor amargo en su boca permaneció durante toda la tarde de ese jueves.

Enfermo menor

Las manos ligeramente temblorosas. La cara sucia por la barba y un color amarillento en el rostro. Enfermo. El cabello desordenado por la furia de las sábanas, sudoroso y con el olor de las fiebres irreconocibles en la madrugada. Los ojos como resignados y la voz ahogada, débil, infantil. “¡Qué va, esta es una enfermedad menor”, decía para sí el poeta, mientras trataba de ponerse de pie dejando de lado una borrachera muy particular y un cansancio inaudito. “Una enfermedad menor es una enfermedad que no alcanza a hundirnos en la incertidumbre de la finitud pero que tampoco logra ponernos en el optimismo del pasará pronto”. Con la mano derecha acercó un vaso con jugo de tomate que estaba en la mesa de noche, tapado con un platico de losa; ahí, estaba el vaso, rosado y repleto de espuma. Tomó algunos sorbos, tragando de paso una de las tantas pastillas que días atrás el médico le había recetado. Blancas pastillas en las cuales se deposita la esperanza, el milagro; blancas pastillas, drogas no prohibidas, drogas buenas; blancas pastillas tan similares, tan parecidas pero tan distintas; blancas pastillas de tres veces al día o de una cada doce horas; pastillitas que son como oraciones condensadas, como plegarias de niño esperando el regalo salud del Niño Dios; pastillitas blancas que nos alejan la muerte, eso dicen. Volvió el vaso al lugar inicial, retornando también a sus cavilaciones de postrado: “Una enfermedad menor es algo que duele poco, aunque podría doler más —si uno no se cuida—; una enfermedad menor es una expectativa”.

El poeta trató de levantarse otra vez de su lecho de enfermo menor, pero un mareo lo hizo detenerse, “Lázaro, levántate, levántate”. Una mosca iba y venía en zigzagueantes movimientos, como midiendo el cuarto; subía y bajaba, se alzaba, descendía; planeaba pero nunca se estrellaba; otra mosca se juntó a la danza cómica y otra más, y a esas tres otras más, mucho más grandes y de colores más vistosos. “Las moscas me visitan, no es lo mejor, pero al menos tengo compañía. Debe ser algún desvarío, algún efecto secundario de esta droga que me pone tembloroso”. El pecho se le apretaba como un puño, como una mano que se cerrara alrededor de una fruta madura, exprimiéndole el aire, “La pechuguera nos hace recordar el sitio del corazón”. Se acomodó mejor en la cama, maltratada por tantas horas de peso acumulado, y quiso conciliar —conciliar a quién con qué— el sueño. “Si no puedo salir a la brisa o a la calle, a la luz del sol, vengo siendo como un vampiro; más sin embargo, la noche con su frío también es mi enemigo. Soy un vampiro, pero negado a su elemento… qué va, soy un enfermo menor”. El poeta se sintió triste o, mejor, se le veía triste. La saliva se abría paso hacia su garganta a empujones, con trabajo; la tos, entonces, brotaba ligera, seca pero con firmeza y, a la par que salía, hería su garganta, empezando otra vez este ciclo estertórico. “Aire, aire es lo que necesito…”. Aire, aire: cuando uno salía de la casa paterna, bien abajo, cerca a la quebrada, digo, cuando uno subía a la casa de Doña Josefina que quedaba arriba en la cúspide, cuando uno trepaba sudoroso, arreando mulas, subiendo, trepando, montaña arriba, cuando llegaba a esa casa con tejas de zinc, entonces uno lo sentía, ¡ah!, fresco, limpio, necesario. Aire, aire: bocanada de viento refrescante, invisibles ondas de esperado descanso… ¡Ah!

Esperando al niño Dios

20 viernes Dic 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos

≈ 2 comentarios

Ilustración de Martina Peluso

Ilustración de Martina Peluso.

Tengo vivo en mi memoria el recuerdo de aquella navidad. Vivíamos en La Laguna, por aquel entonces, en una casa grande de techo alto y protegida por árboles de naranjos, mandarinos, anones, totumos, papayos e innumerables matas de café. Eran los años 60 y yo debía tener unos cinco años. Mi padre se dedicaba a la agricultura y mi madre a las múltiples tareas del hogar. En ese ambiente, cansado de jugar con mis dos perros y una gata, “La chillona”, yo debía atender varios oficios como traer de una quebrada agua para llenar una alberca enorme situada justo entre la cocina y la casa dormitorio, buscar garranchos para encender el fogón en las mañanas, llevarle el fiambre del almuerzo a mi papá en Caracolí, cuidar el café que él dejaba para secar extendido en costales en el patio de cemento y ayudar a subir por la tarde los pollos y las aves al gallinero. Así transcurrían mis días de niño en aquella casona que había sido de la abuela Clara y, en esos años, era sostenida y mantenida impecable por las manos y el cuidado de mi madre.

Yo sabía que las fiestas navideñas empezaban con la quema de la hoguera que hacíamos el siete de diciembre, por la noche. Durante todo el día me ocupaba en arrumar pequeños palos secos, hojas de plátano caídas, hojarasca de árboles de aguacate, guamos, yarumos, chamizos de diferente tamaño, palmichas, bejucos y abundantes cortezas de guácimo. De igual modo cargaba cantidad de astillas que encontraba en el sitio donde se cortaba la leña. Me parece ver la pila de madera, puesta en un claro, entre el camino y la entrada de la casa, a la cual se le agregaban canastos viejos y boñiga de vaca, cuando los mosquitos se tornaban insoportables.

Agotado de tanto ir y venir por el entorno verdoso de la casa, o de aventurarme más lejos hasta los límites con los potreros de Los Guzmanes o la casa de Don Higinio o la de la familia Cruz, esperaba que llegara mi papá de trabajar. Me trepaba en un anón y, desde allí, como un vigía de sombras del ocaso, aguardaba ansioso su retorno. Cuando ya lo veía venir me bajaba del árbol y con «Tolismán” y “Canelo” íbamos presurosos a encontrarlo. Él me recibía con una sonrisa, me preguntaba qué había hecho durante el día y así, conversando, llegábamos a la casa, como si yo también fuera un jornalero de los que labraban la tierra de Capira. Mi padre iba hasta la cocina, le daba un beso a mi mamá y se sentaba en una banqueta a tomarse una totumada de limonada fresca.

Después de comer, yo seguía ilusionado con la quema. Mi padre, primero hacía con sus manos un pequeño hueco en la base de la pirámide de palos y hojas secas y, luego, volvía a la cocina en búsqueda de una pequeña esperma, la prendía en el fogón  y retornaba a donde estábamos trayendo la diminuta vela en una mano, protegiéndola con la otra. La noche ya cubría todos los rincones de la vereda, esto hacía que la figura de mi padre se destacara más; parecía una larga sombra transportando una trémula luz. Mi papá se arrodillaba frente a la pira y ponía la espermita en el pequeño nicho que había preparado. Enseguida cubría con cuidado esa chispa con ramas delgadas, hojarasca y cortezas envejecidas. Apenas la luz alcanzaba las primeras hojas y los líquenes secos, en el momento en que las astillas de madera comenzaban su crepitar con un sonido maravilloso, el grupo lanzaba un grito de celebración. Alrededor de la hoguera estaba toda mi pequeña familia y dos trabajadores que, por esas fechas, acompañaban a mi padre en las faenas de labranza. El círculo se iba apartando a medida que crecía el fuego. A mí me daba una gran alegría ver cómo las llamas cobraban más y más fuerza hasta el punto de producir un resplandor que alumbraba la casa, la arboleda, los caminos, el guadual lejano. El humo, las chispas, el totear de la madera, subía a los cielos, acallando los grillos, los búhos y las ranas.

Pasados unos minutos, los que estaban de pie, iban a sentarse en el andén de la casa para seguir contemplando la hoguera. Yo me quedaba dando saltos alrededor de las llamas.

—Deje de jugar con la candela, porque si no, esta noche se orina en la cama —decía mi mamá.

Pero yo hacía caso omiso a su advertencia y proseguía con mi baile, brincando en derredor o saltando cerca al fuego. Los perros me secundaban, pero a prudente distancia, como si ellos sí atendieran la prohibición señalada por mi madre.

A medida que el fuego perdía fuerza yo traía más chamizos y hojas secas de plátano que había dejado apiladas en una de las esquinas del patio. Mi idea era no permitir que el fuego se extinguiera, mantenerlo tan potente en su fulgor cuanto más pudiese. Así iban pasando los minutos. Mi madre había traído tinto para todos los asistentes a esta costumbre decembrina. Aunque no éramos solo nosotros los que hacíamos la quema, de igual modo se prendía en todas las otras casas de la región, en El Cerro, en El Prado y en Lomalarga. Daba gusto ver relucir entre las montañas esos pequeños fuegos titilantes. Parecía que el cielo se hubiera bajado a la tierra y cada hoguera se asemejara a estrellas cercanas a nuestras manos.

Desde esa noche yo empezaba a añorar los regalos del niño Dios. Se me hacían muy largos los días de espera, a pesar de todos los mandados que se multiplicaban durante esas semanas: ir por la leche bien temprano donde mi tío Cristóbal, abajo de la carretera; llevar unos envueltos a donde don Ignacio; traer de donde mi abuela Hermelinda una mantecada que asaba en un horno de barro; ir donde la señora Inés, la modista, por unos vestidos… Durante esas correrías mi mente de niño se extasiaba con camiones y volquetas, con balones y pistolas niqueladas, con juguetes de todo tipo. Estaba como poseído por esa presencia que, según me habían dicho mis padres, entraba el 24 de diciembre por una pequeña ventana que quedaba justo en la habitación donde dormía. Yo me imaginaba que el niño Dios era como un ángel que venía desde el cielo a poner en la cabecera de la cama los regalos que mi corazón había soñado. Tal era mi anhelo, y por eso no paraba de hablar sobre mis deseos, especialmente a mi mamá, quien me escuchaba en silencio mientras preparaba el desayuno o terminaba de lavar la loza, después de que mi padre y los jornaleros terminaban de cenar.

—Mijo, era como una tarabita —comenta, mi madre, al recordar esas épocas.

Por eso en aquella navidad, tal vez estimulado por la curiosidad innata de esos años, decidí conocer al niño Dios. Me propuse, como fuera, no quedarme dormido para verlo entrar por la ventana y reconocer su rostro o su atuendo celestial. Lo que pensé e hice empezó desde temprano de ese veinticuatro de diciembre. Me porte más juicioso que de costumbre, hice todos los oficios que me encomendaron ese día: recogí los mangos caídos, le di de comer maíz a las gallinas, le piqué yuca a los marranos y, por primera vez, casi que ni jugué con los perros. A escondidas guardé una esperma de las que mi mamá tenía en la cocina con unos fósforos. Mi madre no sospechó nada o poco me dijo, ocupada como estaba preparando unos tamales para el otro día. Mi papá ese sábado había salido muy temprano para el pueblo de San Juan, a traer, como era su costumbre el mercado, el pan y la carne para la semana. Cuando mi padre volvió yo iba de camino a la tienda de El Piñal, porque mi mamá me había pedido ir por una caja de maizena para elaborar una natilla. Así que cuando regresé a toda carrera de hacer el mandado, ya estaba mi papá abriendo las talegas, sacando y extendiendo sobre la mesa cebollas y tomates, zanahorias y panelas, chocolate, fideos y paquetes de arroz, de frijol y lentejas. Daba gusto ver sobre la mesa del comedor el arrume de alimentos y encima de unas hojas de bijao las libras de carne, de costilla de res y varios pedazos de tocino. Mi padre me saludó, me sentó sobre sus piernas, y con gran suspenso sacó  de una bolsa de papel un bizcocho “liberal” para entregármelo con una sonrisa cómplice. En medio de ese alborozo, almorzamos un sancocho. Mi padre contó que San Juan estaba lleno de festones y que la música en las cantinas y el ruido de los voladores no paraba se sonar. Como a eso de las seis de la tarde, después de comer arepa de maíz pelado con carne de cerdo frita, mis padres continuaban conversando sobre las últimas noticias sabidas en el pueblo. Una luna llena y esplendorosa le daba al paisaje un color plateado.

Al paso que transcurrían las horas mi corazón sentía a la vez emoción y expectativa. Por eso, al irnos a acostar, como a las ocho, supuse que sería poco el tiempo para ver llegar al niño Dios. Mi madre me acompañó hasta mi cama, me dio un beso y las buenas noches. Cuando ya presumí que mis padres estaban dormidos, con sigilo le quité el puntillón a la ventana y la dejé abierta, previendo que por ahí llegaría el ángel con los regalos. La luz de la luna iluminó la sábana y parte del cuarto. Aproveché esa luz para buscar debajo de la cama la esperma y los fósforos. Los puse al lado, casi al pie de mis zapatos, para tenerlos cerca cuando apareciera el niño alado. Afuera se escuchaba el croar de las ranas y el ladrido de perros de los vecinos. Desde la casa se podía oír también el ruido de la pólvora que, en esas montañas, resonaba más fuerte que en otros lugares. De medio lado, observando la noche por ese pequeño espacio, hubo un momento en que sentí miedo, pues por ahí podía entrarse el Pollo de viento, ese espíritu errante que se lleva a los niños; entonces, mentalmente recordé la oración del ángel de la guarda y la repetí varias veces:

Ángel de mi guarda,

mi dulce compañía,

no me desampares ni de noche ni de día,

hasta que me pongas en paz y alegría

con todos los santos, Jesús y María.

Pasaban los minutos y nada que se aparecía el niño Dios. Mi voluntad luchaba con el sueño. Luego de un tiempo escuché como una música de tiple, de muchos tiples juntos que parecían venir bajando de El Piñal o iban de paso por el camino real, como si fuera una romería de músicos que animaran alguna fiesta. No sé si lo soñé, pues yo creo que aún mantenía los ojos abiertos, pero me pareció que la luz de una linterna iluminaba la ventana. A lo mejor el niño Dios no venía solo, o venía con ángeles que cantaban y tocaban música, no sé, pero estoy seguro de que una luz entraba a mi habitación. Después, lo que oí fue el canto de los gallos y el cacarear de las gallinas. El sol me despertó. Algo sobresaltado miré alrededor: en lugar de la esperma y los fósforos había un camión brillante, con un aluminio enceguecedor. ¡Ahí estaba el ansiado regalo! Era un camión idéntico al de mi tío Israel, en el que llevaba las cargas de piña hasta Corabastos, en Bogotá. Tenía carrocería de madera y una cabina de color rojo encendido. ¡Era igualito! Mi sorpresa y alegría contrastaban con mi derrota. El niño Dios había entrado en mi cuarto y a pesar de mis esfuerzos de esa noche no pude verlo.

Cuando salí con mi camión a exhibirlo en la casa, mis padres me recibieron con un gran abrazo.

—¡Uy!, ¿Y ese camión tan bonito?

—Me lo trajo el niño Dios —les respondí orgulloso—. Empezando a tirarlo de la piola, rumbo a traer mi primer viaje de piedras de la quebrada.

Ya no estaba ahí

26 domingo Mar 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos

≈ 16 comentarios

EL lobo en su montaña

«El Lobo» de vuelta a su montaña.

Para Penélope

Cuando “El Hijo” entró a la funeraria y se dirigió hasta el fondo del salón, al mirar por la ventana de una sola vía del ataúd, notó que “El Lobo” ya no estaba ahí. Apenas quedaba el cuerpo exánime, mal maquillado y vestido con una camisa color curuba. Se apartó rápido del féretro y buscó la salida del local. Él y su mujer eran los únicos asistentes a esas horas. Recién acababan de pasar las nueve de la mañana y la neblina seguía durmiendo, perezosa, aferrada a las casas y las calles de San Juan.

Volvió a mirar hacia el fondo de la funeraria y observó que las tres coronas estaban puestas sin ninguna decoración. Pero tal hecho no lo molestó. Quizá porque allí, en ese salón, no estaba “El Lobo”, y no quedaba sino el dueño o el administrador del local que, haciendo caso omiso de la presencia de los visitantes, atendía a otro cliente sentado al frente de un escritorio metálico.

“Casi siempre la imagen de los seres vivos, especialmente cuando nos son queridos, corresponde a la que observamos en los ataúdes”, pensó “El Hijo” a la par que le daba un abrazo a su mujer. Pero en el caso de “El Lobo”, el rostro era totalmente otro,  estaba vaciado de él, hueco por dentro. Quizá por eso no tuvo necesidad de llorar; porque si bien había ido a darle el último adiós a ese hombre, lo cierto era que tal misión había quedado trunca. Porque “El Lobo” ya no estaba allí; se había escapado quizá la noche anterior de la funeraria “Máxima”.

“El Hijo” recordó que esa funeraria quedaba diagonal a donde “El Lobo” iba a conseguir la carne el día domingo. Él mismo lo había acompañado muchas veces a comprar el hueso y el chicharrón “que tanto le gustaba”, y a saludar a Luis Puentes, un señor gordo que tenía las mismas facciones de otro tío fallecido años atrás. Aunque eso no debería extrañarle, puesto que en un pueblo pequeño todas las tiendas y todas las personas terminan conociéndose.

Las lágrimas no acudían a sus ojos. Tal vez porque ya habían salido en abundancia el día anterior al leerle a su madre un pequeño texto en homenaje al hombre fallecido. En todo caso, imaginó que “El Lobo” se había fugado a escondidas a tomar la flota de la rápido Tolima, de afán, como le gustaba andar a él, ya con dos bultos amarrados con una cabuya en los que seguían frescas las cebollas, los tomates, las zanahorias, además de unas panelas, varias libras de café y chocolate, un pan oloroso, las libras de carne y una mantecada que había comprado donde “Chelo”, en la heladería más importante del pueblo.

“El Hijo” alcanzó a ver a “El Lobo”, o imaginó que el bus tricolor ya estaba pasando por el lado del monumento de la virgen y seguía hacia arriba en busca de La Rioja, escalando con sus pies de caucho las montañas de San Juan. Eso supuso “El Hijo” mientras  encontraba en el celular el teléfono de Biatica, a quien deseaba darle un abrazo solidario. El abrazo de la condolencia.

La mujer estaba muy afónica. Quizá “El Lobo” se había llevado con él su voz, sus palabras de más de 65 años de convivencia. Una hermana de Biatica habló por ella y le dijo dónde se encontraban. Hubo una confusión con la dirección, pero fue la memoria infantil de “El Hijo” la que lo condujo hasta donde estaba la esposa de “El Lobo”.

Una sobrina de Biatica salió a recibirlos. Luego del ritual del reencuentro, de los saludos al grupo numeroso de familiares que estaban desayunando, “El Hijo” halló a Biatica y se confundieron en un abrazo de recuerdos comunes, de afectos incansables, de navidades y vacaciones pasadas. Todo eso se juntó en aquel abrazo. Por eso fue tan largo, porque uno no puede en tan pocos segundos hacer confluir la historia compartida de tantos años.

“El Hijo” notó que Biatica se aferraba a él con el gesto de los niños pequeños, con esa angustia propia de los que sienten que pueden perderse en una gran ciudad. Después siguió el abrazo de la mujer con su esposa. Y también fue intenso, prolongado. “El Hijo” vio que las lágrimas de Biatica se habían aposentado. El dolor estaba inmóvil, como los ojos de agua que aparecen en los potreros de Caracolí. Impulsivamente le acarició el cabello cano y trató con la mirada de ofrecerle valentía para lo que vendría más tarde, a las dos, cuando estaba programado el entierro.

En el momento en que “El Hijo” y su esposa dejaban la pequeña casa, “El Lobo” ya estaba pasando por la Vuelta del diablo y observaba por la ventanilla del bus el sinuoso río Magdalena, abajo, en el plan del Tolima. Esa planicie verde que tanto amaba y de la cual había venido su padre, el patriarca que abrió las montañas de Capira. “El Lobo” vio a todos los habitantes de Armero, divisó las calles con vendedores de frutas, y los árboles florecidos. “Su Armero del alma”, el Armero de su juventud. El pito de la flota lo volvió a concentrar en varias reses que pastaban al lado izquierdo de la carretera.

Momentos atrás, todavía en el pueblo, “El Hijo” se encontró con una de las antiguas habitantes de La Laguna, la señora Rosalba; ella lo reconoció y le preguntó por la familia. Cruzaron unas cortas palabras y prometieron verse luego en la funeraria. “El Hijo” y su mujer, después del corto encuentro, buscaron al conductor del expreso que habían contratado ese domingo de marzo. Pasaron algunos minutos hasta que el hombre apareció con la disculpa de que venía de la iglesia de rezar por el difunto.

Una llovizna ligera hizo que las tres personas entraran al automóvil. Apenas llevaban una hora en aquel lugar. Tomaron la salida hacia Pulí, doblaron a la derecha, pasaron por la iglesia donde los padres de “El Hijo” se habían casado, y giraron hacia la salida del pueblo. A “El Hijo” le seguía rondando en la cabeza la imagen de las tres coronas y el féretro solitario en aquel local desprovisto de compasión y respeto por los muertos.

Más adelante, “El Hijo” se percató de otro vehículo en el que iban unos familiares a cumplir con el sagrado deber de acompañar al difunto. Prefirió decirle al conductor que siguiera de largo, como de largo iba el bus en que se desplazaba “El Lobo”. Él estaba pasando por El Prado y veía sentados, en una banca, a varios jornaleros conocidos: Urbano, Ramón, Mario, Don Alipio… Se sorprendió de ver a los coterráneos despedirse de él, con las manos arriba, moviéndolas como si fueran las alas desplegadas de una paloma.

Horas después, cuando la funeraria se llenó de familiares, de curiosos, de dolientes y conocidos, cuando Biatica tomó asiento en los sillones del local y se empezó a rezar el rosario, “El Lobo” ya le había dicho al conductor del bus que lo dejara en El Piñal. La flota se orilló para que bajara el pasajero. Varios ojos, muchos ojos, vieron descender a “El Lobo” e ir a reclamar hacia atrás, en el baúl, los dos costales con el mercado. Tomó uno de ellos en cada mano y se abrió paso entre mulas y caballos, entre risas de paisanos y música popular. Llegó hasta una bodega contigua a la tienda y se encontró con la sonrisa de su hermano, Antonio. Allí abrió uno de los costales y sacó su contenido. Después, usando el poncho como protección, se echó uno de los bultos al hombro y, con la otra mano, levantó dos talegas de tela decoradas con rayas azules. Sin decir nada, por algo lo llamaban “El Lobo”, cruzó el vestíbulo de la tienda y empezó a caminar rumbo hacia la casa de sus ancestros. Aunque pareciera extraño, “El Lobo” no sentía el peso de aquella carga; todo le parecía muy leve. Ni tan siquiera las hojas del pasto yaraguá rozaban su brazos.

En la funeraria el rezo se propagaba por toda la calle. Pero era una oración no para el muerto, sino por los asistentes; una especie de duelo rítmico para aceptar la ausencia definitiva. Y aunque la hermana y las sobrinas, la esposa y los otros familiares, aunque todos los que lo conocieron juraban que el difunto estaba escuchándolos, la verdad era que “El Lobo” ya iba llegando a la segunda puerta de golpe de la Laguna y había atravesado, de un salto, El Desagüe. Los perros de los Guzmanes lo reconocieron y le ladraban con una insistencia inusitada.

Antes del mediodía, el automóvil con “El Hijo” y su mujer llegaron a Vianí. Para hacerle un homenaje al hombre muerto, “El Hijo” decidió hacer un pequeño mercado: un gajo de popochos, esos plátanos pequeñitos de sabor único; una docena de guayabas que olían igual a aquellas otras de su niñez; un racimo de plátanos rebosantes de amarillo como los que su padre traía de La Guásima; varios aguacates, una cuajada, y unas libras de tocino “bien carnudo”, como el que colgaba Luis Puentes, allá en esa fama  pequeña de San Juan. Todo eso se fue guardando en el baúl del automóvil plateado. Enseguida, se dirigieron a un pequeño local y pidieron unas tazas de aguadepanela con queso y almójabana. A pesar de que las tres personas conversaban de otras cosas, “El Hijo” seguía recordando el vacío salón de la funeraria. Terminado el refrigerio el vehículo tomó la vía hacia Bogotá.

Más tarde, en la iglesia de San Juan, cuando el sacerdote dijo una homilía sin mayores esfuerzos, todos los feligreses se condolieron naturalmente por el muerto. Los únicos que notaron algo extraño fueron Domingo y David, Don Manuel y Nélson, quienes sacaban en vilo el ataúd. Les llamó la atención que el féretro no pesara tanto, pero lo achacaron a que el difunto por esa enfermedad ya estaba muy flaquito y había perdido la corpulencia de antes. Pero no era cierto, porque “El Lobo” ya había llegado a la cima de otra montaña y acababa de escuchar las voces de la señora Josefina y su hijo Serafín. A “El Lobo” le pareció que estas personas también lo saludaban o se despedían. En todo caso, al mirar al fondo la extensa montaña de Lomalarga y percibir cómo el aire le entraba a los pulmones, tuvo la sensación de que era muy liviano, de que flotaba en el aire. Rápido empezó a descender y de una carrera llegó a un alto y pudo divisar la casa de Don Manuel y más abajo la de Custodio, y aún más en la hondonada, llegando a la quebrada de Aguas Claras, el rancho de Guillermo. De todas las casas subía el humo y se escuchaba el canto de los gallos y el gorgoteo de los piscos. Luego miró hacia el norte y percibió las tejas de zinc de la casa esperada. El ladrido de los perros era inconfundible: “Peter”, “Barcino”, “Tarzán”… lo estaban reclamando.

A esa misma hora “El Hijo” y su mujer también llegaban a su casa. La madre de él salió a recibirlos y a preguntar con detalles cómo les había ido. La mujer de “El Hijo” fue la que reconstruyó los pormenores de aquella visita relámpago. “El Hijo” empezó a desempacar los sabores y los recuerdos de esa tierra. Por un momento se vio repitiendo el gesto de “El Lobo” sacando las piñas y los plátanos, las yucas y las naranjas, el pollo “compuesto” y las arepas de maíz pelado envueltas en hojas de plátano soasado, cuando venía a visitarlos hacía mucho tiempo en el barrio Ricaurte. Desocupadas todas las bolsas, sentados en el comedor, las tres personas comenzaron a almorzar. “El Hijo” no dejaba de pensar en lo poco familiar que le había resultado la cara del difunto.

Hacía las tres de la tarde los familiares y dolientes salieron de la iglesia y empezaron la romería hacia el cementerio; la fila de vehículos iba detrás del carro mortuorio. En el preciso instante en que el sacerdote pronunció las últimas palabras, antes de depositar el cadáver en la sepultura, en ese momento, cuando arreciaban las lágrimas y las voces de aliento querían salvaguardar a la viuda de esa pena, justo en esos segundos “El Lobo” llegaba a la casa blanca de puertas naranjas y era recibido por una comitiva de manos y abrazos. Una de sus hermanas, Purificación, le recibió las bolsas, y su madre, la vieja Ñoa, le ofreció una totumada de limonada fresca. Se sorprendió de que estuvieran allí otros de sus hermanos, Isarel y Lucila. Pero lo que le produjo mayor alegría fue ver a Saúl, el que se había matado, acercarle una banqueta para que descansara de tan larga travesía.

Por eso lo que sepultaron en el cementerio de San Juan, donde las cruces son azules y blancas, no fue al auténtico “El Lobo”. No. La gente que salió de aquel lugar, siempre resguardo por la neblina, no supo, como tampoco Beatica, que lo que quedó resguardado en ese hoyo en la tierra no fue él. Apenas era su cáscara, el bagazo sin jugo, porque “El Lobo” verdadero ya estaba sentado hacía tiempo en otro sitio, y conversaba animadamente con su hijo reencontrado.  

En la penumbra

19 jueves Ene 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos

≈ 6 comentarios

ilusrtracion-de-gary-kelley

Ilustración de Gary Kelley.

Como ya era costumbre, el viernes después de terminar las labores en la corporación de ahorro, José Alfredo y Antonio se reunían en un pequeño bar situado a dos cuadras de su trabajo. Al entrar al establecimiento notaron que por fortuna había mesas desocupadas; saludaron al dueño del lugar y pidieron dos cervezas.

El bar estaba poco iluminado. Cada mesa tenía una vela puesta en un candelero de porcelana que, dependiendo de si llegaban clientes para ocuparla, era encendida por un mesero muy joven. Una pareja estaba ubicada al fondo del lugar y por lo menos ocho personas más habían juntado dos mesas, en el centro del local. La música de fondo, y esa era una de las causas por las cuales los dos amigos preferían este lugar, mezclaba los boleros con las baladas de la década de los 60.

Al llegar el joven con las dos cervezas, Antonio fue el primero en abrir la conversación de fin de semana.

—¿Qué tal empezó este año?

José Alfredo, antes de contestar, se quitó el saco y lo puso detrás de la silla, usando el espaldar como un ropero. Después se acomodó en el mueble de madera, buscando el mejor sitio para sus nalgas.

—Usted sabe, Toñito, que si hay salud, el resto de cosas ya es fortuna.

—Y en su caso, como siempre, ¿bien? —agregó—, tomando el vaso para ingerir el primer sorbo de cerveza.

—No tanto Jose, no tanto.

Por ser amigos de muchos años, por haber compartido la época de compañeros de colegio en un centro educativo del barrio Ricaurte, “El San Carlos”, José Antonio adivinó que algún problema traía entre pecho y espalda el querido Luis Antonio Cruz.

—¿Y eso?

La pregunta coincidió con un silencio de la música del establecimiento y parecía que todos los clientes estaban esperando la respuesta.

­—Mi hermano anda mal. Rogelio me contó que la mujer había decidido dejarlo.

—¿Por qué?

—No, hermano, él no se explica cuál fue el motivo. Que todo fue así, de un momento a otro. Pero él me dijo —cuando me llamó la semana pasada— que a lo mejor era porque ella estaba enredada con otra persona.

—¿Pero acaso ellos no iban muy bien?

—Eso parecía. Aunque uno nunca sabe lo que en verdad piensan las mujeres…

—O lo que en realidad quieren.

—Lo grave fue que él la descubrió. Ella no había dicho nada. Todo parecía normal.

—Tenaz el asunto.

—Me contó también —continuó Antonio con voz triste— que al momento de confrontarla ella guardó silencio y se puso a llorar.

—Típico.

—Lo único que obtuvo de respuesta, al menos en esos primeros días, fue un silencio tan grande como era la incertidumbre de Rogelio.

Los envases de las cervezas estaban casi vacíos. Luis Antonio, levantando un brazo, le indició al mesero que repitiera la ración de licor. Dos parejas más entraron al bar y fueron a sentarse en el costado sur del establecimiento.

Cuando el mesero regresó con las dos botellas se me ocurrió que podría ser interesante participar de ese diálogo. Aunque solo como escucha, o semejando una conciencia presente pero sin voz.

—Yo creo que seguro ella ya llevaba un buen tiempo con ese tipo —dijo Antonio—, llenando de nuevo el vaso.

­—Las mujeres son un cuento…

La frase de José Alfredo me pareció por un lado repleta de machismo pero, por otro, un buen título para un libro de relatos. Noté que Jose, con acento en la primera sílaba, asumía una solidaridad de género con Rogelio, aunque no fueran amigos.

—Por eso me he mantenido solterito.

—Eso dice ahora, que todavía está joven, pero espere unos años más y verá lo importante que es tener una mujer al lado.

—¿Alguien como Verónica?

La frase de Jose hizo que Antonio dejara de desprender con una uña la etiqueta de una de las botellas y mirara fijo a los ojos del amigo.

—Ella es mi fortuna.

—¿Cuánto es que llevan?

—Diez años, larguitos.

—Ojalá todo siga tan bien como van.

Luis Antonio observó de reojo a la pareja del otro lado del salón y vio que el hombre le estaba besando una de las manos a la mujer.

Tal vez los dos amigos no saben que la pareja de la esquina, la que lleva un año de conocerse, va a sufrir un traspiés dos meses adelante; porque él descubrirá que ella está esperando un hijo suyo. Lástima no poderles dar esta información pero ese ha sido el destino que me he impuesto en esta historia. O debería contárselo a Toña La negra o a Tito Rodríguez o a “Los Panchos” que están adornado con sus retratos la pared más amplia del local.

—Lo de mi hermano me tiene muy “tocado”. Y cuando le comenté a Verónica el caso, lo que me contestó fue que alguna embarrada había hecho él antes para que la mujer hubiera tomado esa decisión.

­ —O a lo mejor fueron las circunstancias las que la llevaron a tomar ese camino.

­La última parte de la conversación me hizo recordar otra historia que confirma lo dicho por “El rey”, como le dice Antonio a José Alfredo. Se trata de dos mujeres separadas que a pesar del fracaso de sus relaciones pasadas no se animan a romper ese vínculo. Siguen viviendo con un sudario en su corazón. Quizá esperando a que las circunstancias hagan eso por ellas. Tienen encapsulada su voluntad o temen enormemente pasar el umbral de lo ya vivido.

El grupo de personas del centro del local se aunaron en una estruendosa carcajada provocada por un chiste o alguna anécdota graciosa. El mesero fue contagiado de tal algarabía y esbozó una sonrisa cómplice. Una de las mujeres del corrillo atraía toda la atención. Era una celebración de cumpleaños.

—Yo creo que un hombre nunca llega a saber qué es lo que en realidad busca una mujer —afirmó Jose, mientras prendía un cigarrillo.

­—Un tío mío, de los pocos que me quedan perdidos por allá en las montañas de Santander, acostumbraba decir que uno debía estar preparado con las mujeres para el abandono o el engaño.

­—Eso suena a letra de tango o de ranchera…

—Bueno. Eso era lo que él decía.

He comprobado que los hombres solos se juntan para hablar de las mujeres que aman o sobre las mujeres que los han engañado. Y por eso los tangos y las rancheras son tan importantes. He llegado a conjeturar que las rancheras son las confesiones del hombre abandonado, y los tangos los lamentos del hombre desengañado por una mujer.

­—Mi viejo, cuando se tomaba sus tragos le gustaba cantar un tango, creo que se titula, “La mariposa”.

En el momento en que Antonio mencionó al padre fallecido se le iluminaron los ojos, bien porque preludiaban las lágrimas o porque la luz de la vela se avivaba sólo con la brisa invisible del recuerdo de los ya fallecidos. Luego, abrazando al amigo, empezó a susurrar aquel tango escuchado en su juventud:

­­— “No es que esté arrepentido de haberte querido tanto; lo que me apena es tu olvido y tu traición me sume en amargo llanto…”

José Alfredo llevaba el ritmo con la cabeza. Esa era la manera de acompañar a “Toñito” en esa súbita evocación del viejo Cristóbal. Y apenas el amigo cesó de cantar, levantó el vaso en un gesto de brindis.

— Por ellas, aunque mal paguen… —exclamó, chocando los dos recipientes, otra vez a punto de terminarse.

A mí, como a Antonio, me gusta el tango. Lo aprendí a degustar de la voz de un periodista ya muerto. Este amigo me llevó por los senderos de Corsini, de Discépolo, de Julio Sosa, de Homero Manzi. A él le gustaba salir del trabajo e ir a escuchar tango en los cafés que había en los sótanos de la calle 13. Y me pedía que lo acompañara. Después, hacia la madrugada, llegaba ebrio a su casa, al occidente de Bogotá, y ponía esos discos. Eran acetatos. Y me gritaba, “cante conmigo”. Al rato, aparecía su esposa y lo acompañaba en ese rito, sirviéndole pequeñas copas de aguardiente. Entonces, yo salía despacio a buscar un taxi, con esas melodías aún resonando en mi cabeza o en mi corazón: “No me escribas, yo prefiero no tener noticias tuyas, tengo miedo, mucho miedo que tus cartas me hagan mal, que me digan algún día que de mi te has olvidado que tus besos y caricias pertenecen a un rival…”

Quizá el canto de Antonio puso en alerta al joven mesero que, sin ser llamado, se acercó a la mesa.

— Lo mismo —dijo José Alfredo, pidiéndole al muchacho además un paquete de cigarrillos.

—Yo he escuchado tantas historias y he visto tantos ejemplos que lo mejor es dejarlas quieticas.

— ¿A las historias o a las mujeres?

El apunte de Antonio le dio la oportunidad a “El rey” para sacar a relucir sus teorías sobre las mujeres. Teorías que se hacían más incisivas cuando bebía y que eran el respaldo a su empedernida soltería.

­— Hermano, las mujeres siempre se guardan algo. Uno cree que lo sabe todo de ellas pero siempre dejan o queda algo en la penumbra.

El giro de José Alfredo me puso a pensar en lo riesgosas que son las generalizaciones, pero más en el significado de la penumbra. La penumbra que es un estadio intermedio, fluctuante, viscoso. Un estado de frontera en el que, al mismo tiempo, termina y empieza una cosa. Un lugar ni totalmente iluminado ni cabalmente oscuro; un ámbito en donde no se ve con claridad… ¿Será eso a lo que se refiere “El rey”? ¿O serán frágiles elucubraciones de este hombre para tratar de desentrañar el alma femenina?

— Acuérdese, no más, del caso de nuestro compañero de curso, el pecoso Julio César, que adoraba como nadie a su mujer y que al final ella lo dejó por un “vago” del barrio.

Ahora Jose asumió el tono de un cronista judicial. Su voz se hizo más lenta, más dramática.

— De esos casos salen mucho en televisión.

— Aunque yo creo que esos programas son puro amarillismo. Para atrapar audiencia.

— Aténgase a eso. Se acuerda de Marco Tulio, el señor de la panadería que estaba en la calle 11, arriba de la 28, pues su mujer terminó involucrada como cómplice en un robo al propio negocio. Y eso llevó al tipo a la ruina.

— ¿Quién le contó eso?

— Mi mamá.

— Pero yo veía a la señora, cuando de vez en cuando entraba a la panadería, muy pendiente y trabajadora.

— Por eso mi teoría de que las mujeres son como la penumbra. Mitad luz y mitad oscuridad.

—Usted viene con ese cuento desde hace años para evitarse la responsabilidad de formar un hogar o tener una pareja estable.

­— No. Lo que pasa es que yo le sigo los pasos a mi maestro José Alfredo, el de Guanajato, el que conocía a las mujeres poco por fuera y mucho por dentro.

Antonio adivinó que su amigo, en ese momento,  iba a echar mano de la música ranchera que era lo que más escuchaba y por lo cual había adquirido el apodo. Y así fue. Tal vez por el efecto de las cervezas o porque, como decía él, esa ameritaba cantarla en voz alta, José Alfredo comenzó a entonar una melodía de su mentor homónimo:

—“Dicen que soy el arrepentido porque juré no volver a amar, si me arrepiento de haber querido es porque siempre tu un rival…”

La voz de “El rey” era potente y bien modulada. A tal punto que el grupo del centro del local hizo un silencio para ver si el solista terminaba bien lo que había empezado.

—“Arrepentido de haber querido me voy de aquí…”

El eco de la voz de José Alfredo pareció resonar en las gargantas de las personas que celebraban el cumpleaños. La mayoría alzaba los vasos con licor como si participaran de una fiesta sagrada. El canto de José Alfredo y las voces de la concurrencia opacó el sonido de la música del pequeño bar.

—“Pero aunque vaya desconsolado seré feliz. Mis sentimientos se van al viento con mi cantar, ya que pensando con la cabeza pa’que llorar…”

La pareja del fondo repartía su mirada entre el grupo del centro y la pareja de amigos situada al otro extremo del salón. El hombre no soltaba por ningún motivo la mano de la mujer. Era evidente que, a pesar de estar en mesas separadas, la ranchera había creado un lazo entre los contertulios.

Aunque la voz potente de José Alfredo me aturdió un poco, mi mente sigue pensando en la imagen de la penumbra. Es probable que ese claroscuro refleje un poco el misterio femenino. O a lo mejor la penumbra sea el escenario ideal para que se exteriorice el alma de la mujer. La gran memoria de libros e imágenes, de relatos y películas parecen reafirmar esta intuición: una cosa dicen ellas, pero es otra la que en verdad están pensando; el demasiado y seguro amor las lleva al aburrimiento y lo imposible de conquistar las atrae como un despertar a la aventura. Algo muestran o dejan ver pero a la vez guardan, esconden, callan… Quizá sea la forma como la vida sobrevive, o de pronto es lo que las torna fascinantes, mágicas, impredecibles.

El mesero reapareció para cambiar el cenicero de la mesa donde estaban sentados el par de amigos. Recogió además los envases y por un gesto de asentimiento de la cabeza de Antonio entendió que había que traer otra tanda de bebidas. La espalda del mesero, desproporcionada para su estatura, sirvió de cortina momentánea y provocó que cada grupo volviera a encerrarse en sus conversaciones particulares.

—Yo digo —dijo Antonio enfático— que usted no ha encontrado la mujer que le eche al suelo todas esas teorías.

—O de pronto ya llegó… y no me di cuenta. Se me pasó.

—Póngase serio.

—No. Es que con esa ambigüedad de las mujeres uno tampoco sabe cuándo debe jugársela. Porque, si mal no recuerda, eso fue lo que me sucedió con Mónica. Yo estaba dispuesto a todo, y ella como que sí, como que no… Que esperemos… que estaba confundida…

—Pero Mónica si lo quería, hermano. Eso se notaba.

—Y si era así, por qué ese “carameleo”. ¿Para hacerse la interesante, la difícil?

—Ahí si no sé.

—Por eso. Eso prueba mi teoría. Uno con las mujeres, aún con las que dicen amarlo, anda en la penumbra.

El murmullo del local aumentó el volumen. El grupo del centro empezó a entonar el “Happy beerday”, acompañándolo con fuertes golpes sobre las tablas de las mesas. Las carcajadas de la homenajeada apenas se escuchaban. En ese momento la pareja del fondo se levantó. Primero la mujer y luego el hombre, detrás de ella. La mujer, de más o menos 40 años, tenía unos tacones rojos. Se detuvieron por un momento en la caja del bar. El mesero estaba atento a ver si recibía alguna propina y el hombre, sin soltar el brazo de la mujer, le entregó unas monedas.

Lo que no saben ni José Alfredo ni Antonio, ni los ocho amigos del cumpleaños, ni los otros clientes del lugar, ni el joven mesero, ni Don Jorge, el cajero y dueño del bar, es que esa mujer y ese hombre son casados, que cada uno ahora acaba de tomar un taxi diferente para proteger o resguardar esa cita clandestina. Como tampoco los del centro de la mesa, seis para ser más precisos, saben que la cumpleañera viene saliendo a escondidas con el más joven del grupo desde hace tres meses. Y no han querido decírselo a nadie, porque según ella, “es mejor así, por ahora”.

—Pobre Rogelio —exclamó José Alfredo, dándole unos golpes en la espalda a Antonio.

—A la larga eso fue lo mejor. A veces es preferible recibir el golpe de una vez y no con cuentagotas.

—Uno nunca sabe.

—Lo más duro es que yo noto a Rogelio resentido y, de sobremesa, le tocó hacerse cargo de la hijita.

—¿Cuántos años tiene?

—Cinco.

 —Raro que la mujer no le haya importado su hija.

—Parece que no. Mi hermano dice que es otra mujer muy distinta de aquella con quien se casó.

—¿Y cuánto llevaban de matrimonio?

—Creo que siete años.

—Siete años para descubrir que no la conocía.

—Eso es lo triste.

—Empezó mal el año para su hermano. Por eso yo,  mi querido “Toño”, quietecito. De lejos se ve mejor el panorama.

­—Lo que pasa es que mi hermano fue muy confiado con la mujer.

—O de pronto ella ya no lo quería.

—Mi mamá dijo que eso debía ser un capricho, y que cuando a una mujer se le mete un capricho en la cabeza no hay quién la saque de ahí.

­—El problema es que en la penumbra es difícil distinguir si uno es un capricho vigente o ya se le ha cumplido la fecha de vencimiento. Los códigos de barras solo se ven a plena luz.

El apunte de José Alfredo le despertó una sonrisa a Antonio. Un bolero en ese momento se impuso como otro miembro de la conversación. Los amigos coincidieron en el cantante del tema: Orlando Contreras…

—“Sabor de engaño tienen tus ojos cuando me miran, sabor de engaño siento en tus labios cuando me besas…”

Observo a los dos amigos siguiendo la canción. Han dejado de conversar y se han dedicado a escuchar la buena programación del bar. El efecto de la luz de la vela hace que tiemblen sus rostros. Caigo en la cuenta, oyendo la letra de la canción, lo extrañas que resultan las coincidencias. Seguramente, si estuvieran hablando de otro asunto la música hubiera pasado inadvertida, pero como guarda una relación con lo que vienen conversando, todo parece coincidir. Repaso lo dicho por José Alfredo y Antonio y me hago algunas preguntas: ¿será que el capricho es la expresión del amor salvaje, ese que es ciego e incontrolable?, ¿y si el capricho fuera un recurso del amor para mantenerse libre de las convenciones sociales, de los juramentos legalizados?

—Es hora de pedir la del estribo —advirtió José Alfredo a Antonio—, y sin levantarse, empezó a ponerse el saco.

—Ay, sí. Ya van a ser las nueve.

Cuando vino el mesero, “El rey” solicitó otras dos cervezas y la cuenta. El grupo de celebración del cumpleaños ya no era tan numeroso. La homenajeada había abandonado el bar una media hora antes con las otras dos mujeres y no quedaban en el centro del establecimiento sino los cinco hombres. En otra mesa, muy cercana a la de José Alfredo y Antonio, ahora estaban reunidas dos jóvenes, que por su atuendo parecían universitarias. Tres hombres, ya de edad, ocupaban la mesa que antes había compartido la pareja. Aunque había cesado la llovizna, el frío era intenso.

—Mi querido “Toñito”, y no lo digo únicamente por lo que le pasó a su hermano, las mujeres son más astutas para engañar. Uno de hombre es menos cauteloso, y por eso lo agarran. Las mujeres no. Como son de la penumbra, de la media luz, pues uno nunca acaba de conocer o de tener certeza sobre determinado comportamiento suyo.

—Yo creo que el índice de infidelidad de los hombres es mayor que el de las mujeres.

—Qué va —respondió “El rey” —. Lo que pasa es que se descubren menos las infidelidades de las mujeres.

—A lo mejor, ¿no?

—En la penumbra todos los gatos son pardos…

Para ser sincero no había pensado en esa relación entre las mujeres y la penumbra, en la que insiste tanto José Alfredo. A lo mejor él dice esas cosas porque el trigo fermentado le hace soltar la lengua o le quita  las bridas a sus creencias más arraigadas. O quizá porque es un hombre dramáticamente solitario… Medito de nuevo en la penumbra: en  la penumbra se fraguan las traiciones pero también es la penumbra lo que buscan los enamorados para que afloren sus pasiones más escondidas. La penumbra hace que el cuerpo ande a sus anchas y permite que la piel amplíe su radio de actividad. La penumbra deja que lo no dicho sea entendido por las manos, y el silencio o los murmullos recuperen su valor de una música cifrada. La penumbra es el reino de la ensoñación… y la única forma de atraparla es descomponiendo esas capas de luz, reversando el sfumato, con la misma paciencia de los pintores renacentistas. Sigo pensando en eso mientras me alejo de los dos amigos, unos segundos antes de que ellos paguen la cuenta y salgan del bar “La dulce tentación”.

—Venga lo llevo —dijo José Alfredo—. Aquí cerquita dejé el carro.

—No, mejor yo busco un taxi. Para qué va a dar toda esa vuelta.

—Déjese atender —insistió “El rey”—. Y así seguimos hablando otro rato de ellas, a las que no queda otro camino que adorarlas.

← Entradas anteriores
Entradas recientes →

Entradas recientes

  • Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro
  • Simplismo de lo político en las campañas presidenciales
  • Los poetas premios Nobel hablan de su oficio
  • Un libro sobre la urgencia y relevancia de la escucha
  • La visita de la señora Soledad

Categorías

  • Aforismos
  • Alegorías
  • Apólogos
  • APRENDER A ESCRIBIR
  • Cartas
  • Comentarios
  • Conferencias
  • Crónicas
  • Cuentos
  • Del diario
  • Diálogos
  • Ensayos
  • Entrevistas
  • Fábulas
  • Homenajes
  • INVESTIGACIÓN
  • LECTURA
  • Libretos
  • Libros
  • Novelas
  • OFICIO DOCENTE
  • Pasatiempos
  • Poemas
  • Reseñas
  • Semiótica
  • Soliloquios

Archivos

  • 2026
  • 2025
  • 2024
  • 2023
  • 2022
  • 2021
  • 2020
  • 2019
  • 2018
  • 2017
  • 2016
  • 2015
  • 2014
  • 2013
  • 2012

Enlaces

  • "Citizen semiotic: aproximaciones a una poética del espacio"
  • "Navegar en el río con saber de marinero"
  • "El significado preciso"
  • "Didáctica del ensayo"
  • "Tensiones en el cuidado de la palabra"
  • "La escritura y su utilidad en la docencia"
  • "Avatares. Analogías en búsqueda de la comprensión del ser maestro"
  • ADQUIRIR MIS LIBROS
  • "!El lobo!, !viene el lobo!: alcances de la narrativa en la educación"
  • "Elementos para una lectura del libro álbum"
  • "La didáctica de la oralidad"
  • "El oficio de escribir visto desde adentro"
  • “De lectores, leedores y otras consideraciones sobre las prácticas de lectura en la educación superior”
  • "El libreto de radio: una artesanía recuperable"
  • "Las premisas de Frankenstein: 30 fragmentos para entender la posmodernidad"
  • "La semiótica: una ciencia explicativa para comprender los signos de la cultura"
  • "La semiosis-hermenéutica una propuesta de crítica literaria".
  • "Entre líneas: la mirada del escritor"

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Únete a otros 1.005 suscriptores

 

Cargando comentarios...