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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Cuentos

Isabel y el aro plateado

05 domingo Jul 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos

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James Jean

Ilustración de James Jean.

Fue un regalo de su padre, Gonzalo,  para unas fiestas navideñas. La noche del veinticuatro, después de hacer la novena y cantar villancicos, reunidos alrededor del árbol, Isabel recibió aquel último obsequio. La niña  desenvolvió el regalo lentamente, gozando del pequeño placer de la sorpresa, porque el aro estaba metido en una caja grandísima. Carolina, su madre, también estaba sorprendida y ayudó a su hija a desempacar el último empaque del niño Dios. Al quitar la cinta que cubría las tapas de la caja, Isabel vio un círculo plateado que, de inmediato, la atrapó con su brillo cautivador.

Aunque el aro no tenía nada extraordinario, Isabel no dejaba aquel círculo para nada. Si tenía que hacer algún mandado, iba con él; si estaban viendo algún programa de televisión, ella lo conservaba al lado, como si fuera una  mascota que necesitara caricias permanentes; y cuado iba al colegio, siempre lo llevaba consigo al igual que su morral con útiles escolares. Isabel y el aro eran una sola persona.  Por la noche, ponía el círculo plateado cercano a su cama, semejando un ángel guardián de su sueño.

A su padre Gonzalo no le pareció extraño dicho comportamiento y hasta celebraba que Isabel tuviera tanto afecto por ese regalo navideño. Sin embargo, a veces la reprendía por estar jugando en el comedor o por sus salidas frecuentes a la calle cuando estaba empezando a llover, y entrar de nuevo a la casa con el aro lleno de barro. Otro tanto hacía Carolina, quien la recriminaba por ensuciarse la ropa con ese juguete y por mantener las manos sucias a todo momento. Isabel fingía una mejora en su comportamiento por unos minutos, pero pasado un tiempo volvía a coger su aro y salir a correr por las calles del barrio.

La alegría de Isabel comenzó a opacarse el día en que jugando aro con otros amigos de su edad notó que su círculo no era tan rápido o se desviaba con facilidad del objetivo propuesto. Y por más que ella lo impulsara con el palo o con su mano derecha, por más fuerza que le impusiera, el aro se comportaba con una pesadez que siempre llevaba a Isabel a terminar en los últimos lugares de la competencia. O sucedía también, en las pruebas de derrumbar con el aro botellas vacías de plástico puestas a la manera de columnas en el centro de la calle, que su anillo parecía ir bien direccionado al inicio y a medida que avanzaba por el pavimento se iba desviando, alejándose del objetivo, hasta terminar derrumbado en un balanceo interminable. Los amigos de la cuadra no le prestaban mucha atención a esa situación, pero a Isabel la desmotivaba el hecho de que su aro tan querido no estuviera en el nivel que se merecía. Así que, cada vez que sus amigos la invitaban a jugar aro en la calle o en el parque, ella prefería decir que no podía en ese momento, porque su madre la había mandado a traer algo de la tienda o que tenía que terminar unas tareas escolares. Los muchachos salían corriendo empujando sus aros, diciéndole a Isabel que la esperaban apenas terminara de hacer sus diligencias. La niña veía a sus compañeros alejarse entre risas y saltos, haciendo escaramuzas de competencias de velocidad o intentando la riesgosa prueba de saltar un aro en movimiento.

La tristeza de Isabel se hizo tan evidente que Gonzalo tomó cartas en el asunto. La ñina le explicó el motivo de su pena y el padre pasó a revisar el aro con cuidado. Frente a su hija Gonzalo revisó que el anillo, por el uso, no estuviera doblado o que por alguna melladura perdiera su condición de ir siempre en línea recta. El examen mostró que estaba en perfectas condiciones. Otro tanto sucedía con el asunto de la pesadez del aro. A Gonzalo le pareció tan liviano el objeto que podía levantarlo con el dedo meñique. Isabel quedó más tranquila con lo que vio y oyó decir de su padre. Al otro día, con gran optimismo salió a buscar al grupo de muchachos con el que siempre acostumbraba reunirse y, antes de que ellos dijiran algo, los retó a una competencia de velocidad. Sin embargo, el ánimo de la niña no estaba al mismo ritmo de su aro; a los pocos metros empezó a quedarse relegada y con gran dificultad alcanzó la meta. Los amigos y amigas se burlaron por unos minutos de la “colera” y después apostaron a quién llegaba de primeras a la venta de helados de la señora Rosita. Isabel dijo que debía volver rápido a su casa y tomó el aro en su mano, llevándolo en vilo como un ser herido. Lo que era tristeza se convirtió en vergüenza.

Carolina adivinó que algo le pasaba a su niña y buscó un momento para tener con Isabel una conversación. La niña le relató lo sucedido. La madre escuchó con atención los detalles del aro, haciendo que su silencio fuera una forma de mitigar la pena de su hija. Luego, abrazando a Isabel, le comentó que esas cosas no eran como para echarse a morir, que se trataba de un juego y que, por lo mismo, a veces se ganaba y otras se perdía. Que no se preocupara tanto y que para levantarle el ánimo le había preparado un jugo de curuba en leche. La niña se puso contenta, aunque la pena que sentía permaneció en su pecho al igual que el aro que estaba abandonado en un rincón de su alcoba.

Al ser hija única, Isabel era el centro de atención de sus padres. Por este motivo y porque la vergüenza por su aro se fue adentrando en el corazón de Isabel hasta el punto de llevarla a un encerramiento voluntario, Gonzalo y Carolina decidieron visitar el colegio y hablar con la psicóloga sobre el asunto. La profesional, quien se llamaba Marlén, los escuchó en su reducida oficina dejando en claro al final que ese era un comportamiento típico de las hijas sobreprotegidas y que lo mejor era desatenderse del asunto y no prestarle demasiada atención a esos caprichos de una niña consentida. Los padres sintieron que ese era un buen consejo y, apenas llegaron del colegio, tomaron la decisión de deshacerse del aro que ahora provocaba en su hija tanta amargura como en los meses anteriores había sido el motivo de muchísima felicidad.  Eligieron un potrero retirado de la casa donde vivían. Cuando Isabel regresó del colegio, antes de tomar el almuerzo, subió a su cuarto y lo primero que notó fue la desaparición del aro.  Salió corriendo a la cocina e indagó por él con su madre, pasó al comedor e interpeló a su padre sobre el mismo tema. Gonzalo y Carolina, le dijeron que por ahí debía estar o que ella misma lo había embolatado. Isabel entró en un estado de angustia que alteró por completo la rutina de ese día. Ni almorzó, ni dejó que sus padres pudieran consumir los alimentos. Entraba al cuarto, esculcaba aquí y allá, volvía a salir, husmeaba atrás de la lavadora, buscaba entre cajas, dentro de los closets, con tal desespero que sus padres tuvieron que decirle la verdad. Al conocer la noticia Isabel sintió de nuevo el amor perdido por su juguete y con lágrimas les suplicó a sus padres que la llevaran hasta el lugar donde habían tirado el aro de sus querencias. Por más que Gonzalo y Carolina se resistieron, fue tan genuina la tristeza que vieron en su hija que los dos decidieron ir con la niña hasta el potrero. Cuando llegaron al sitio descubrieron que el círculo plateado ya no estaba. Y por más que repasaron el lugar, a pesar de revisar centímetro a centímetro las partes donde la hierba era más alta, no fue posible encontrar el aro. Isabel extendió la pérdida del objeto hasta convertirla en una sensación de abandono sobre su propia persona. Se sintió huérfana sin serlo y bajo esa condición regresó a su casa, escoltada por sus padres que, sin quererlo, se sentían culpables del sufrimiento de su hija.

Después de unos días el hecho pareció olvidarse y la vida familiar volvió a la tranquilidad. Sin embargo, Isabel se afianzó en su soledad y en una forma de ser tan reservada que parecía rayar con la desaparición. Pasaron los años, la niña se hizo mujer, empezó a trabajar en una fábrica manufacturera, y continuó viviendo con sus padres hasta que ellos murieron. Así le llegó la vejez, sin hijos, habitando la casa familiar, manteniéndose de una limitada pensión, soportando los días recostada en su cama frente al televisor. Era frecuente que su memoria la llevara a aquella escena de infancia. Entonces, al igual que una avalancha de imágenes y gestos nostálgicos, de sentimientos y emociones melancólicas, a su presente volvía ese corto episodio de su niñez. Y aunque ese era un pedazo de historia de su más lejano pasado, la tristeza que sentía en ese momento tenía el mismo sabor de esos años, especialmente al observar por la ventana a los niños que jugaban en la calle y darse cuenta de que ninguno de ellos empujaba un aro como el plateado aquel que su padre le había regalado para una navidad.

Yolanda y el pájaro copetón

14 domingo Jun 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos

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Daira Petrilli

Ilustración de Daira Petrilli.

A Yolanda le gustaban los pájaros. De niña, cuando la sacaba al parque su madre, se extasiaba mirando y escuchando aquellas criaturas que saltaban entre los altos árboles. Su mamá tenía que romper aquel embeleso porque Yolanda, en lugar de dedicarse a jugar en el columpio, prefería mirar esos seres con plumas de colores que entonaban una música que la llenaba de mucha felicidad.

Desde esa corta edad, Yolanda quiso tener pájaros en su casa. Pero su madre, Doña Inés, no era amante de estar de esclava del cuidado de un animalito. Por eso Yolanda le encantaba llegar muy temprano al colegio donde estudiaba, porque en el segundo piso, después de una improvisada sala de música que tenían las monjas salesianas, estaba varias jaulas con pájaros de diverso color. Allí fue que Yolanda aprendió a distinguir cuáles eran los azulejos, cuáles los turpiales y cuáles los ruiseñores. Y casi siempre llegaba tarde a la primera hora de clase, por quedarse contemplando esas pequeñas cajas de música.

En el colegio las profesoras coincidían en que si bien Yolanda era aplicada y cumplidora de sus deberes escolares, se mostraba poco participativa en clase y muy silenciosa. El veredicto que le transmitieron a su madre fue que la niña era demasiado tímida e introvertida. Doña Inés no le prestó demasiada importancia a tal comentario y más cuando supo que a su hija le iba muy bien en los estudios. Algo había heredado de ella y algo de la abuela Berenice que, como decía el difunto Matías, su esposo, “apenas musitaba palabra”. El tiempo que no empleaba Yolanda estudiando lo dedicaba a colorear un libro con figuras de pájaros que su madre la había regalado para navidad. Y, por supuesto, también se entretenía con devoción en dibujar aquellas criaturas. Con muy contados contratiempos, Yolanda terminó sus estudios básicos sin pocas compañeras o amigas y apenas relacionándose con las otras muchachas de la cuadra donde vivía. Lo que sí disfrutaba era visitar los parques, entrar varias veces a un jardín botánico que quedaba no muy lejos de su casa y, cuando su madre se lo permitía, tomar un bus intermunicipal para viajar y estar varias horas en el campo.

Yolanda empezó a estudiar veterinaria pero, después de dos semestres, se retiró porque casi todas las asignaturas se centraban en caballos, vacas, perros y gatos, pero nada de aves. Su madre no estuvo de acuerdo con esa decisión e insistió en que debía pensarlo mejor, porque los contados recursos que tenía no era para estarlos desperdiciando. Yolanda simuló que asistía a la Universidad, aunque en verdad lo que hacía era vagar por un parque que había descubierto cercano a la Universidad y que, como cosa especial, estaba casi siempre con muy poca gente.

Abandonados los estudios de veterinaria, Yolanda intentó buscar algún trabajo. Tuvo buena suerte y pudo, sin muchos inconvenientes, empezar a trabajar como cajera en un supermercado. Doña Inés le recriminaba tal empleo, pero luego de unos meses se acostumbró a aquella situación, entre otras razones porque Yolanda le había dicho que con lo que ganara iba a ahorrar para pagarse ella misma sus estudios de Hotelería y turismo. Como el turno de su trabajo empezaba a las dos de la tarde, Yolanda desayunaba bien temprano para aprovechar las primeras horas de la mañana e ir a disfrutar el parque que tanto le gustaba.

Con el primer sueldo, y a pesar de la resistencia de su madre, Yolanda compró una jaula y un par de ruiseñores. Los ubicó al lado de la ventana de su habitación. Ella soñaba con que al otro día, a primera hora, las aves la despertarían con su canto, pero los pajarillos permanecieron en silencio. La mujer supuso que era una reacción natural de los animales a un nuevo ambiente, porque cuando los compró un sábado por la mañana, el par de aves cantaban con brío y de manera continua. Cambió el periódico de la jaula, renovó el agua, puso el concentrado y se despreocupó de los pájaros que, durante el tiempo que estuvo en la habitación, no emitieron ningún sonido. Salió a trabajar, recomendándole a Doña Inés, el par de ruiseñores.

Cuando regresó por la noche, mientras comía un pedazo de pan integral con un agua aromática, su madre le dijo que los pájaros casi la habían enloquecido con su canto. Yolanda se puso feliz con la noticia y corrió a su cuarto a ver sus aves. Los vio juntos en la vara, despiertos, pero sin emitir ningún sonido. La mujer quería escucharlos trinar, pero supuso que por la hora, ya su naturaleza les dictaba que debían callar. Entonces, como le dijeron en la tienda de animales donde los había comprado, cubrió la jaula con una manta y les expresó unas palabras cariñosas invitándolos a dormir. Enseguida se sentó en la silla de un pequeño escritorio, sacó su cuaderno de dibujo y empezó a delinear la figura de un pájaro copetón. Le salió así, sin copiar, como si esa ave viniera del bosque de su interioridad. Dejándose llevar por su imaginación le puso al ave, en el pico, una llave, como la de la cómoda donde su madre guardaba las porcelanas. Luego empezó a colorear los ojos del ave y a encrespar los pelos del mechón. Satisfecha con su obra, cerró el cuaderno de dibujo y se sentó en la cama a desenredarse el cabello. Se miró en el espejo del tocador y se vio más pálida que de costumbre. Atribuyó el color de su piel al tenue bombillo que alumbraba la habitación. Pasó luego a desnudarse, se puso una piyama con diseños de aves, y después de unos minutos entró en un sueño que la acompañó hasta las cinco de la mañana.

Apenas se despertó, subió la persiana, quitó el manto protector de la jaula y esperó, de pie, a que los ruiseñores la sorprendieran con sus exquisitas melodías. Los pájaros saltaron al piso y de ahí a su vara, picotearon algo de alimento, tomaron agua, revolotearon en varios sentidos, agarrándose algunas veces con las patas a la reja de la jaula, pero en ningún momento emitieron un trino. Yolanda no sabía cómo explicar ese mutismo de las aves, si su madre le había dicho que los ruiseñores en la tarde anterior no habían dejado de cantar un minuto. Contempló de nuevo los dos pajarillos y, como no quería hacer enfadar a su madre por no acompañarla a desayunar, prefirió darse una ducha y bajar cuanto antes al comedor. Durante el tiempo que bebió un té verde y una taza de cereal, le compartió a Doña Inés el asunto de los pájaros. Su madre dijo que eso pasaba muchas veces porque, según le había escuchado decir a la abuela Berenice, los ruiseñores cantan cuando quieren. Yolanda, terminado el desayuno, lavó la loza y se dispuso a su caminata hasta el parque situado a unas cuadras de su antigua universidad. Por primera vez, en muchos años, se sintió sola.

Volvió a su casa a horas del almuerzo. Le preguntó a su madre, cómo estaban los pájaros y ella le contestó que por andar en la cocina no había estado pendiente de las aves. Sin embargo, Yolanda escuchó el trino leve de los ruiseñores y fue rápidamente a su habitación. Sin embargo, a la par que se acercaba notó que el trinar de las aves era más débil, hasta el punto de que cuando abrió la puerta ya no se escucha ningún sonido melodioso. Bajó de nuevo al comedor, almorzó una ensalada fresca y decidió pasar, antes de entrar a trabajar, a la tienda donde había comprado el par de ruiseñores. Se despidió de su madre y fue hasta el paradero para tomar un transporte público que la llevara hasta el lugar. La atendió la misma muchacha que le había vendido los pájaros. Ella le explicó lo del evento del poco canto de lo ruiseñores, dejando entrever si esto era a causa de alguna posible enfermedad. La vendedora le dijo que no y que, algunas veces, por desconocer un nuevo ambiente, estas aves se silenciaban hasta que tomaran posesión de su territorio. Yolanda quedó satisfecha con la respuesta y salió a buscar de nuevo el transporte que la dejara cerca al supermercado. Por su mente pasó la idea de cambiar la jaula por una más amplia, a ver si de esta forma los pájaros se sentían más libres para cantar.

El sábado siguiente, que no tenía que trabajar, fue hasta la plaza de mercado del sector y en un local ubicado al lado de la venta de alcancías de barro y utensilios de cocina, encontró lo que estaba buscando. Cargó durante varias cuadras el objeto y entró a su casa con esa sorpresa para su madre. Doña Inés le dijo que ya dejara quieto a los animalitos, que eso no era asunto de jaula, sino de la propia constitución de los pájaros. Yolanda la escuchó en silencio, mientras comía su cena frugal; enseguida agarró la jaula y subió a su alcoba. Le dio pesar despertar a las aves pero, aun así, los tomó para hacer el cambio de esa reducida cárcel. Los ruiseñores se dejaron trastear sin oponer resistencia. En la nueva habitación enrejada estuvieron un tiempo en el piso, aleteando cada vez que la mujer movía la jaula. Yolanda los cubrió con la manta y esperó que al otro día este cambio de ambiente diera buenos resultados. Entró al baño, se lavó bien las manos y se dirigió a su escritorio para empezar a dibujar.

Observó el dibujo que había realizado la noche anterior y le pareció que debía acompañar aquel copetón con otra ave. Eso pensó al inicio pero, luego, dejándose llevar por la mano, sin oponer resistencia, comenzó a delinear el rostro y el cuerpo de una mujer. A Yolanda no se le facilitaba pintar retratos, pero en esta ocasión sintió que podía hacerlo. Cambio de lugar, trasteando el asiento hasta el tocador. Frente al espejo miró su rostro y empezó a copiar esos rasgos. Se detuvo un buen tiempo en darle forma a su labios porque, según ella creía, eran de los rasgos más hermosos de su rostro. Puso especial atención en lo delicado de su nariz y en el fino mentón. Vistió a la mujer con un vestido de seda de color oro, muy parecido al que su madre le había regalado para el día del grado de bachiller. Se detuvo en destacar su cuello, dejándolo desnudo al igual que sus hombros. A pesar de estar dibujando, que era una de sus grandes alegrías, volvió a sentir una tristeza en todo el cuerpo. Terminó de detallar el diseño de la tela del vestido, un racimo repetido de granadas que se esparcían a la manera de un jardín, y se quedó pensando largo tiempo, contemplando en el espejo la lozanía de sus mejillas y la inmaculada frescura de su frente. Unas lágrimas se desprendieron de sus ojos. Se las secó con el dorso de la mano derecha, la misma con que dibujaba, y retornó a su obra. Tal vez incitada por aquella tristeza, por la soledad de su piel de tantos años o porque el pájaro del lado tenía en su pico una llave, empezó a dibujar encima del pecho izquierdo de la mujer el diseño de una cerradura. Y, para darle más énfasis a aquel detalle, recordó cómo eran los cuadros de las vírgenes que tenían las hermanas decorando algunos salones en el colegio, y pintó una mano como protegiendo el seno en que sobresalía aquella cerradura. Duró un buen tiempo para lograr que el gesto de la mano tuviera la suficiente levedad como para parecer que entregaba y protegía al mismo tiempo ese cerrojo. Después se sintió muy cansada. Guardó el cuaderno de dibujo en el cajón del escritorio, fue al baño, se lavó los dientes y retornó a sentarse en el lecho. Esta vez no empezó a alisarse el cabello, sino que se lo recogió, haciendo una especie de moña. A su mente acudieron muchos recuerdos e infinidad de silencios. La tristeza  la envolvió por completo. Una vez más las lágrimas asomaron en sus ojos. Comenzó a desnudarse poco a poco, como era su costumbre, pero en lugar de ponerse la piyama de pájaros, eligió una prenda diferente. Buscó entre el closet, en la parte más resguardada del mueble, el vestido de grado que estaba protegido por una blusa plástica. Lo puso sobre la cama y se maravilló de que aún conservaba el brillo oro de hacía tantos años. Se quitó la ropa interior, pasando luego, con delicadeza, a ponerse el vestido, procurando mantener intactos los dobleces. Sin levantar el tendido de la cama, se acostó en ella, mirando la tenue luz del bombillo que, por el agua de sus lágrimas, parecía emitir una luz difusa, casi indefinida.

Doña Inés se sorprendió al otro día de que su hija no bajara a desayunar con ella. Supuso que era cosa del sueño porque los ruidos de la noche anterior en el cuarto de Yolanda daban a entender que había estado despierta hasta las primeras horas de la madrugada. Tampoco escuchaba a los ruiseñores. El excesivo silencio la puso en alerta. Subió, entonces, hasta el cuarto de su hija. Golpeó con discreción en la puerta. Nadie le contestó. Con sigilo abrió la hoja de madera y vio a Yolanda tendida en el lecho, con su vestido de grado. Se acercó a ella con cautela, pensando que seguía dormida. Musitó el nombre de su hija varias veces pero no hubo respuesta. Un mal presentimiento le atenazó el corazón. “¡Yolanda!”, grito con desesperación, tomando la mano izquierda de su hija, porque la otra, con la que dibujaba, estaba sobre su pecho, en una actitud de quien desea entregar o proteger su corazón.

Siempre

31 domingo May 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos

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Igor Morski

Ilustración de Igor Morski.

“¡Oh mi rosa de siempre, viuda de tu perfume!”.
Rafael Michelena Fortoul

 

—Lo que dijiste me afectó mucho — dijo Betty—. Enseguida levantó la mirada y agrego: —Y tú no te diste cuenta.

—¿Darme cuenta de qué? —la interrumpió Rodrigo.

—Pues de las cosas que dices sin pensar —agregó la mujer—, bajando de nuevo la cabeza y poniendo su atención en un salero que estaba casi vacío.

—La verdad no te entiendo —repuso el hombre—. Yo creo que te tomas muy a pecho cualquier cosa que te digo.

La discusión, que en el último mes se habían vuelto más frecuentes, había comenzado por un comentario de Rodrigo, cuando Betty no estuvo atenta al pago de un recibo de energía. Él usó la palabra “olvidadiza”, y ella sintió que no era justo ese calificativo por un simple olvido. Además, lo que más generó en ella una especie de tristeza, fue que esa palabra estuviera acompañada de un adverbio rotundo y vergonzante: “siempre”.

—A ti te falta tacto para decir las cosas, Rodrigo.

—¿Y se puede saber en qué consiste ese dichoso tacto?

Betty se mantuvo en la misma postura, dándole vueltas al salero, observando sin mirar el empaque azul cielo con letras blancas. Era un azul pálido, como el manto de la virgen, de quien ella era devota. No supo por qué en ese momento pensó en que su color preferido era el azul, pero no el de tonalidades oscuras, como el azul de Prusia, sino esos otros que iban desde el celeste hasta el azul de Francia. Armándose de ánimo, con una voz tenue, le respondió a su pareja:

—Tener tacto es saber elegir bien las palabras, según el momento y según la ocasión.

Rodrigo miró a la mujer, con quien llevaba cinco años de convivencia, y se propuso, a pesar de ser impulsivo e irascible, escucharla para tratar de entenderla. Con la mirada la invitó a seguir hablando.

—Mira, lo de ahora, tú usas la palabra “siempre” cuando cometo un error o cuando las cosas no salen bien entre nosotros. Y yo no soy “siempre” así. Algunas veces se me olvidan las cosas. Pero no es “siempre”.

Rodrigo sintió que la explicación de la mujer le daba demasiadas vueltas al asunto. Como buen comerciante, esperaba que ella le dijera de una vez cuál era el motivo de su disgusto.

—¿O sea que el problema es porque usé esa palabra?

—Sí, en parte…

Cuando Betty empezaba con esas medias tintas, con esas frases gelatinosas y poco definidas, a Rodrigo le entraba una desesperación que lo llevaba a subir la voz. Era un acto involuntario, de fogonazo oral:

—Tú y tus partes —dijo con ironía…

Betty agarró el salero con fuerza y se inclinó sobre la mesa redonda del comedor.  Bajó la voz.

—Ese es el otro asunto que no ayuda mucho a que aclaremos las cosas…

—¿Cuál?

—Pues tus constantes ironías, y el tono con que las dices —murmuró Betty—, dejando que sus palabras se confundieran con la brisa leve de la tarde que entraba por una pequeña ventana del apartamento.

—Qué culpa, si así somos los santandereanos…

La disculpa de Rodrigo hizo que Betty lo mirara con un gesto de extrañeza. Porque de eso ya habían hablado antes, cuando tuvieron otra discusión por el gasto excesivo de un tendido de cama, que Betty compró a escondidas de él, usando una plata destinada para otros gastos, y él esa vez se había exaltado hasta el punto de gritarla. Y ella, después de la “calentura”, optó por hablarle suavecito, tan quedo que parecía no decir nada. Entonces Rodrigo comprendió que su forma de actuar no había sido la indicada. Pero a él se le olvidaba bajarle el volumen a su voz, o no era consciente de que cuando la rabia lo gobernaba cualquier cosa que saliera de sus labios se convertía en ofensa.

—Tú sabes que no todos los de tu tierra son así…

—Pero así me conociste y así soy —concluyó Rodrigo.

—De eso ya hemos hablado —dijo la mujer— volviendo a concentrar su mirada en el salero.

El hombre se echó hacia atrás en su asiento y puso las manos entrelazadas detrás de la cabeza. Recién acababan de comer una pizza que habían pedido a domicilio, porque a Betty se le había hecho tarde para preparar algo de almuerzo. Era sábado, y ese día ella lo dedicaba a ir al salón de belleza a arreglarse el pelo. La culpa la tuvo Damarys, la dueña del local, quien quiso intentar con ella un nuevo corte y unas tinturas que al final tuvo que cambiarlas porque a Betty le parecieron demasiado llamativas. No obstante, Rodrigo no estaba molesto por la tardanza, sino por otra razón: el olvido del pago del recibo de la energía.

—Yo creo que tú eres muy consentida —dijo Rodrigo—, usando un tono de voz tranquilo y no recriminatorio.

—Es posible —repuso la mujer—, alzando los hombros, y poniendo un gesto de padecer una condición inexplicable.

—Y por consentida es que te afectan esos detalles…

—Por falta de detalles —lo interrumpió Betty de inmediato—, es que el amor se va acabando…

—Otra vez la mula al trigo…

—Pero no es solo esto —agregó Betty—.

Aunque el comentario de la mujer salió de manera espontánea, Rodrigo adivinó lo que se avecinaba.

—Tú sabes lo importante que son los cumpleaños para mí —continúo la mujer—, yo te lo he dicho, y en el último, ni un ramo de flores. Nada.

—Y las rosas rojas que te traje al otro día, para disculparme, ¿no cuentan?

—Pero si tú conoces que a mí me gustan son las hortensias…

—¿Quién te entiende?, mujer. Nadie —dijo Rodrigo con un tono de franca incomprensión.

—Yo creo que a ti eso no te importa, como tampoco me dices nada cuando me pongo algo bonito…

—Tú sabes que yo te quiero… pruebas has tenido durante estos cinco años, ¿no?

La mujer empezó a meter las moronas de la pizza, esparcidas en la mesa, en la caja. Lo fue haciendo con lentitud, sin mirar a Rodrigo, como si estuviera haciendo una labor de muchísima precisión. Recordó el domingo hacía quince días cuando se puso una blusa azul bondi con discretos diseños grises, y Rodrigo ni siquiera lo había notado. Esas eran minucias que a él le parecían “bobadas” y a ella, “detalles que enamoraban”.

—Yo lo que digo es que a ti se te olvida que las mujeres no somos como los hombres.

—¿Y cómo son las mujeres? —interrumpió Rodrigo—, a ver si oyéndote aprendo a conocerlas…

Betty acabó de meter todas las moronas en la caja de la pizza. La tapó bien y, encima de ella, acomodó los dos platos sucios que habían utilizado. También acercó los dos vasos vacíos y puso en el centro de la mesa, al lado de un servilletero, la botella de gaseosa cola que estaba aún por la mitad.

—Las mujeres somos ondulantes…

—¿Y eso viene siendo como qué?

—Pues eso hay que averiguarlo con cada una…

Rodrigo esbozó una sonrisa con posibilidades de burla. Bajó los brazos y convirtió las manos en un atril para su cabeza. Quiso agregar algo más, pero se contentó con emitir un suspiro que parecía simbolizar una tarea imposible de lograr.

—Ondulantes somos, sí señor —agregó Betty—, como mi cabello.

El hombre se fijó, ahora sí, en la textura del cabello de la mujer. Era rizado y abundante. Y cuando Betty se lo acariciaba de una especial manera, la hacía parecer menos tímida de lo que en realidad era. Rodrigo pensó en las veces que iba donde su peluquero Arnaldo y en la poca importancia que le prestaba al corte, el de “siempre”, que el hombre le hacía mientras le contaba historias referidas a la separación de su pareja. Consciente de que ya llevaban varios minutos en esa discusión que no iba para ningún lado, alargó una de sus manos buscando la de su compañera. Betty no opuso resistencia.

—Tú sabes —inició Rodrigo—, tú eres testiga de lo que yo me esfuerzo en complacerte. Aunque a veces no sé qué es lo mejor… Pero tú sabes —insistió el hombre, apretando el brazo de la mujer—, que en mí no hay deseo de herirte.

La mujer miró con detenimiento a su compañero de historia. Los ojos café oscuros de Betty  se concentraron en un botón de la camisa de Rodrigo que estaba ligeramente suelto. Era el segundo botón, el que quedaba al lado del bolsillo donde Rodrigo metía siempre los billetes de alta denominación. Mirando ese botón se sorprendió de no haberlo cosido o de haber pasado por alto ese detalle cuando había planchado la camisa de cuadros cafés. O de pronto el botón estaba así, no por descuido de ella, sino por las manos bruscas de Rodrigo, o por la fuerza inadvertida del tiempo que va rompiendo poco a poco las cosas.

—Lo sé, y por eso me duelen más esas palabras…

Rodrigo miró a Betty con un gesto de disculpa. Se quedó en silencio unos segundos. Luego apoyó las dos manos en la mesa e irguiendo un poco el cuerpo le dio un beso en la mejilla a la mujer.

—Siempre te querré… Siempre.

La mujer se puso de pie y trajo hacia sí la cabeza del hombre. Rodrigo se dejó meter en ese cuerpo y sintió que esa noche podría dormir tranquilo. Al otro día tenía un negocio y necesitaba estar bien descansado para no dejarse engatusar por Doña Marina.   

Gabriela y el diablo de la oscuridad

01 domingo Mar 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos

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Gato en la oscuridad

Siempre que Gabriela, la niña de bellos ojos, pasaba por ese cuarto oscuro veía los ojos del diablo. Por eso ella prefería quedarse en su cuarto con su gato Crispín o esperaba que sus padres vinieran a buscarla.

Los ojos que Gabriela veía salían del fondo del cuarto eran de color amarillo brillante. Y cuando su padre Juan, prendía la luz para buscar alguna cosa, la niña de 9 años no veía aquel monstruo por ningún lado. Gabriela empezó a creer que era el diablo, por un programa que había visto en la televisión.

Pero Gabriela era una niña valiente. Así que habló con su tía Cecilia y le pidió que le ayudara a vencer ese miedo. La tía le dijo que lo mejor era leer sobre el diablo.

Ese domingo la sobrina vino a visitar a la tía en su apartamento. Después de compartir unas onces empezaron la lectura de un libro sobre el diablo. En ese libro Gabriela supo que el diablo tenía cola y cachos y que podía transformarse en animales como el perro o el lobo. También supo que el diablo se escondía en la oscuridad, en las tinieblas.

Aunque a Gabriela le dio un poco de miedo, le pidió a su tía continuar leyendo. Vieron dibujos sobre el diablo, se enteraron de muchas apariciones y de su dominio entre llamas en el infierno. Terminada la lectura del libro la tía Cecilia le regaló a Gabriela una pequeña linterna con la condición de que cuando pasara por aquel cuarto oscuro alumbrara al fondo de él diciendo estas palabras:

Si en la noche estás metido,

con mi fuerte luz te saco…

Si eres un diablo escondido,

con mi claridad te atrapo.

Cuando vinieron sus padres a recogerla, Gabriela estaba feliz. Ya sabía cómo enfrentar aquel diablo de su apartamento.

Esa noche, con cierto temor, decidió poner a prueba lo que su tía le había dicho. Salió de su cuarto con lentitud y antes de pasar por el frente del cuarto oscuro, prendió la pequeña linterna y dijo las palabras mágicas:

Si en la noche estás metido,

con mi fuerte luz te saco…

Si eres un diablo escondido,

con mi claridad te atrapo.

Con el corazón agitado notó que los ojos que tanto la asustaban no eran los de ningún diablo, sino los del gato Crispín que le gustaba esconderse en la parte superior del closet de ese cuarto.

Gabriela ya no sintió más miedo al pasar por ese lugar. Pero guardó la pequeña linterna que le había regalado su tía Cecilia, por si acaso se le volvía a aparecer algún diablo en otro sitio.

José Asunción y el misterio del amor

18 martes Feb 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos, Del diario

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Misterio del amor

Los amantes Rene Magritte

«Los amantes» de René Magritte.

“El trabajo del artista consiste siempre en hacer que el misterio sea más profundo”
Francis Bacon

 

Cuando José Asunción empezó a indagar los misterios del amor tuvo una primera revelación en el cuerpo de su amada. En la redondez cálida de los senos de Laura, en sus caderas de abismo, en sus labios que parecían frutas próximas a reventar, en la negrura de sus honduras más íntimas, el poeta halló una primera explicación a eso que lo fascinaba y atraía de aquella mujer. Supo que el amor provenía del cuerpo, pero no acababa en él; que se nutría también de formas y gestos, de movimientos y destellos de luz. Todo eso sacó en claro José Asunción durante ese tiempo de andar observando y pensando en el amor que sentía por aquella mujer de blanca piel y encajes negros. Pero como era artista, no estaba del todo satisfecho con ese hallazgo. Y fue un poco más allá, precisamente cuando dejo de verla durante tres días: el secreto del amor procedía de que se acendraba más con el recuerdo, con la rememoración de esa presencia ausente, con aquella figura que tomaba la coloración de un fantasma. “El misterio del amor procede de la ausencia”, y sintió que esa era una conclusión notable, porque nadie puede tener a otro ser de manera permanente, porque siempre hay lejanías o distancias insalvables entre dos personas. Si bien se sentía satisfecho, su alma de artista no lo dejaba sentirse tranquilo, entonces quiso avanzar otros pasos en su pesquisa y descubrió que el misterio del amor estaba en la imaginación, porque gracias a ese recurso lo distante se volvía cercano y lo que no se satisfacía en la realidad lograba cumplirse con los poderes de la ensoñación. “Existe el misterio del amor porque además de retomar seres reales, los amalgama con las criaturas de la fantasía”.  Por eso es tan difícil saber, en una relación amorosa, cuánto le pertenece a alguien como atributos verdaderos, y cuánto es más adorno o decorado de quien lo considera digno de admiración. Varias tardes y muchas madrugadas ocuparon la mente del poeta. El misterio del amor no dejaba de preocuparlo. Una noche, después de tener un sueño apasionado con Laura, el artista agregó a sus conclusiones otra pista loable: el misterio del amor estriba en que puede desligarse del mundo de la vigilia para emerger, cual agua de profundos pozos, del paisaje de los sueños. Tal condición dual o al menos de órdenes diferentes de la conciencia, convertían al amor en un enigma todavía más difícil de desentrañar. El poeta quiso escribir unos versos sobre este asunto, pero tan solo consiguió perder una semana con sus noches y dejar varias hojas de un cuaderno empezadas con algunas líneas tachadas. El propio destino o su halo trágico lo llevó a tener una revelación de mayor profundidad: la muerte súbita de Laura lo enfrentó a su mayor descubrimiento. El supremo amor se convirtió en hondo dolor, los pretéritos suspiros de arrobamiento se transformaron en ayes desconsolados. José Asunción, justo después de dejar en el camposanto el cadáver de su amada, cuando ya salía del cementerio y se estremeció al mirar la forma alargada de los cipreses, en ese instante, tuvo la revelación más honda del misterio del amor. A pesar de sentir que su alma estaba hecha pedazos, apresuró el paso para llegar cuanto antes a su casa. En su mente tenía la respuesta al misterio del amor que por varios días lo había obsesionado. Se sentó en el escritorio. Por unos segundos evocó el rostro de Laura. Después, con su imaginación recorrió el sitio exacto donde quedaba su corazón. Con la mano derecha sacó del primer cajón del escritorio un revólver con cacha de nácar. “El misterio del amor es que es más fuerte que la muerte”. La decisión final de José Asunción estuvo acompañada por una sonrisa.

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