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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Cuentos

La anunciación

24 miércoles Ago 2016

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos

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"La anunciación" de Fra Angélico.

«La anunciación» de Fra Angélico.

Desde aquel día que su amigo le había hablado del misterio de la vida, Eliana no dejaba de pensar sobre lo que le estaba pasando.

—Lo mejor es abandonarse —fueron las palabras reiteradas del amigo, a la par que ingería un pedazo de pan, antesala del almuerzo.

Y ella, aunque entendía y compartía tal observación, no sabía cómo entrar en esa actitud. Toda su vida era un ejemplo de lo contrario: organizar, disponer, hacer que su voluntad abriera camino y las cosas y las personas atendieran a esa voz que las ponía en marcha. Al igual que su constante impaciencia cuando las circunstancias no se doblegaban a su capricho. Su espíritu y su cuerpo sabían que le era muy difícil abandonarse. Pero aun así, tal vez por el deseo vehemente de tener un hijo, Eliana no sólo dio cabida a aquel consejo sino, además, empezó a recapitular lo que su amigo le había dicho.

Lo primero que hizo fue buscar el cuadro de “La anunciación” de Fra Angélico. Esa fue una obra a la que su amigo se refirió en varias ocasiones.

—Es una lección de asentimiento.

Tuvo que recurrir a internet para encontrar una respuesta a dicha aseveración. Frente a la pantalla de su computador se extasió por unos minutos en las dos figuras que ocupaban el lado derecho del cuadro: un ángel y María. La distrajo al inicio el colorido del traje del ángel y la tonalidad del manto azul ultramarino de la mujer. Se fijó luego en las manos de María, cruzadas sobre el pecho, y comprendió que sí, efectivamente, era un gesto perfecto del asentimiento. El pintor plasmó el momento en que la mujer había dicho que sí. Lo sorprendente era que el ángel con sus enormes alas doradas, asumía el mismo gesto, como indicándole a María la forma de disponer el cuerpo para aquel encargo, para ser depositaria de aquel misterio. También le llamó la atención la diminuta ave que viajaba a través de un rayo de luz.

—En las aves parece estar la clave.

Eliana rememoró esa otra afirmación de su amigo, justo después de que él terminara de tomar una copa de vino. Así estuvo, en esa actitud contemplativa por más de quince minutos. Le llamó la atención del cuadro el pequeño libro que estaba leyendo María —así era el de su primera comunión— y le maravilló que no se cayera de la pierna derecha de la mujer. El libro estaba en perfecto equilibrio.

Tal vez contagiada por este cuadro, Eliana buscó en internet otras obras semejantes. Varias imágenes aparecieron en la pantalla, pero fue una del español Murillo la que más le impactó. En ella los brazos de María estaban en la misma posición: las manos cruzadas sobre el pecho, conformando la figura de un ave. Y también se veía una paloma. Sin saber por qué, Eliana pensó que las manos cruzadas, como en un juego de sombras chinas, imitaban las alas del ave. O que eran la encarnación del ave. Esta virgen no era tan celeste como la de Fra Angélico, sino una mujer mundana que tenía al lado una evidencia de sus oficios domésticos. Aunque también había un libro abierto y un lirio. Se acordó en ese momento de que esta flor tenía su origen en la leche derramada de Juno cuando amamantaba a Hércules. Todo eso se le vino a la cabeza… De manera inconsciente fue hasta su dormitorio y buscó en el clóset una pequeña caja que contenía varias fotos y el devocionario de la primera comunión. En la caja encontró el libro de tapas doradas. De igual modo halló una pulsera de perlas con un crucifijo y un portavela de una niña arrodillada con las manos en actitud de oración. Lo que le atrajo su atención fue una vitela metida dentro del libro —y ella no recordaba tal lámina— en la que estaba una reproducción de la anunciación. La postura de las manos de María era similar y el lirio, esta vez más florecido, era parte de lo que el ángel traía en la mano izquierda. Eliana quedó sorprendida, cómo era posible que esa estampa estuviera allí. ¿Quién la había guardado? Porque estaba segura que no había sido ella. O quizá, era algún objeto conservado de niña, y de eso sí tenía memoria, cuando le gustaban esas imágenes o le fascinaba todo lo relacionado con los ángeles. Sacó la vitela y guardó el pequeño libro de oraciones. Cerró la caja, la acomodó de nuevo en su lugar, debajo de un juego de sábanas sin estrenar y retornó a su escritorio. Puso la lámina debajo del vidrio, al lado de una foto suya con su esposo en una de las primeras navidades juntos. Cerró el computador y se dispuso a atender los oficios domésticos de aquel domingo de Agosto.

Mientras alistaba una ropa para planchar siguió pensando en el sentido de esas pinturas y aquel gesto de absoluta disposición. Volvió a pensar en su amigo y en cómo le había insistido en el valor de abandonarse al milagro.

—Es lo que Borges llamaba una actitud pasiva del espíritu.

Su amigo, tal vez por escribir poesía, le decía esas cosas como si ella no necesitara mayores explicaciones. Le habló también de Roberto Juarroz y de que en un próximo encuentro le llevaría un texto de él sobre este punto. Todos estos asuntos corrían por su cabeza mientras acababa de planchar una blusa color azul celeste. Sintió hambre y fue hasta la cocina a buscar algún alimento. También de eso había conversado con su amigo, y cómo debía aumentar el consumo de pescado. Encontró unas verduras y empezó a prepararse una ensalada. Comió despacio. Tal vez convencida de que el milagro no habita en uno si no se aprende la pasividad. Prendió la televisión y vio una prueba de las últimas olimpiadas. Le pareció un contraste del azar la forma como su espíritu luchaba por adquirir la lentitud y los atletas de la pantalla se esforzaban por lograr la máxima velocidad. Apenas terminó de comer la ensalada apagó el televisor y marcó el teléfono de su amigo.

—¿Qué estás haciendo?

—Aquí tratando de escribir.

—¿Qué?

—Es una sorpresa.

—No. Dame un adelanto.

—No seas impaciente —dijo el amigo con picardía.

—Ay, cuéntame de qué se trata.

—Bueno. Es sobre algo de nuestra última charla.

Eliana se sorprendió de que su amigo mantuviera en la distancia esa complicidad sobre el mismo tema. Pero no le dijo nada, esperando a ver si su amigo le confesaba lo que venía escribiendo.

—Volví a mirar un texto de Lezama sobre la posibilidad infinita. Y su idea de que el pobre es propenso a lo desconocido y está rodeado por el milagro… Lezama dice que el milagro es la espera, hasta que se hace creadora…

—¿Dónde dice eso?

—En uno de sus ensayos.

Eliana escuchaba a su amigo por el teléfono con la atención de una alumna fascinada por un tema de clase.

—¿Y sabes qué más encontré?

­—No. ¿Otro libro?

—Un músico maravilloso que no conocía, Franz Biber.

—¿Quién?

—Biber. Las dos con “b” larga.

—Ni idea.

—Lo tengo de fondo, a ver si me transmite algo de su inspiración para develar el misterio.

—¿Y sí te ha servido?

—Creo que sí. Ya llevo cinco páginas.

—Su música es como una lenta preparación del alma para lo desconocido. El violín hace las veces de un heraldo que va distendiendo nuestros lugares comunes o nuestros aferramientos, y, poco a poco, a través del bajo continuo, que crea un hábitat secreto, se puede apreciar el despertar de algo profundamente vivo.

—¡Qué maravilla!

—Si quieres te envío ahora la dirección por whatsapp para que lo escuches.

—Me gustaría. Gracias.

Eliana admiraba en su amigo la tenacidad y la entereza para escribir. En los largos años de amistad conocía además que la tesón para el estudio era parte constitutiva de su ser. No obstante la curiosidad la seguía inquietando.

—Bueno, ¿y por qué no me lees el primer párrafo?

—Es de mal augurio leer lo que no se ha terminado de escribir.

—Eso te lo acabas de inventar —le contestó ella, para ocultar su ansiedad.

—Mejor te lo leo la próxima vez que nos veamos.

—Tú y tus misterios —dijo ella sin reparar en el uso que hacía de la palabra.

—Así es toda creación —respondió el amigo, dejando entrever que no accedería a satisfacer la curiosidad de ella.

Después hablaron de otras cosas, especialmente de un proyecto que venían trabajando en común.

—Si quieres nos vemos el miércoles —dijo el amigo, a manera de despedida.

—Vale —contestó ella—. Te busco por la tarde.

—Así quedamos.

Eliana terminó la llamada y fue hasta su dormitorio. Sintió frío y buscó un pañolón de lana de un azul oscuro intenso. Al rato oyó el pito de su celular y vio un mensaje que incluía la dirección en internet del músico del que minutos antes le había hablado su amigo. Escribió unas gracias a manera de respuesta y fue de nuevo a su estudio. Copió en el buscador la dirección y se dispuso a escuchar al músico. Se concentró en aquella melodía, tratando de entrever lo que aquel violín preludiaba de su estado. Así estuvo por más de media hora, en duermevela, hasta que sintió abrir la puerta del apartamento. Apenas se estaba levantando de la silla vio que su esposo colocaba un paquete de frutas sobre el comedor.

Fue a su encuentro y recibió un abrazo. Conversaron largo rato sobre las preocupaciones cotidianas, en especial sobre el próximo pago de la declaración de renta. Ella le ayudó a prepararse algo de cenar y después fueron juntos a la alcoba. De paso, el marido escuchó la música en el computador y le preguntó a su mujer sobre esa melodía. Ella le contestó que era de un compositor clásico que había descubierto por azar. El marido prendió la televisión y ella fue hasta el estudio para apagar el computador. La imagen en la pantalla de la portada del disco, que estaba escuchando por youtube, de una virgen con una diadema de estrellas y con un niño pletórico de luz en su regazo le pareció una bella forma de cerrar aquel día.

*

Dos días antes de la nueva cita con su amigo, Eliana visitó a su médica para una cita de control. La médica le dijo que debía comer carne, especialmente por el hierro e incluir pescado y verduras frescas. Que todo iba bien. Eliana, cada vez que iba a ver a la médica, la atenazaba una antigua angustia: recordaba el embarazado fallido de unos años atrás y, aunque seguía en su idea de no cargar ese nuevo embarazo de tantas expectativas, siempre sentía que se le secaba la boca y una especie de vacío en el vientre la ponía indispuesta. La médica le ratificó que no había hasta ahora ninguna complicación. Llevaba ya tres meses y medio  y, si todo avanzaba naturalmente, sería madre por allá en enero del próximo año. Esa vez no la acompañó su esposo. Al salir del consultorio fue en su automóvil hasta un supermercado y compró frutos secos y una leche deslactosada que su cuerpo asimilaba muy bien. Ese fue un consejo de su madre y de sus hermanas: “la leche es fundamental”. Salió del supermercado y se dirigió directo a su apartamento. Cuando llegó no encontró a su esposo. Descargó la bolsa con los víveres y se dispuso a preparar el almuerzo. Estando en aquella tarea se acordó de que no había revisado su correo desde por la mañana y fue en un momento a prender el computador. Varios mensajes la esperaban en la bandeja de entrada. Le llamó la atención uno de su amigo. El correo venía sin título. Rápidamente lo abrió y se encontró con un poema,  debía ser del poeta argentino tantas veces nombrado por su amigo. Leyó con avidez:

El milagro no tiene dos extremos:

Tiene uno.

El único extremo del misterio está en el centro

De nuestro propio corazón.

El poema venía acompañado de un pequeño mensaje que decía: “para que te sirva de mantra”. Releyó el poema y sintió unas ganas de llamar a su amigo, pero optó mejor por darle las gracias después, el día convenido para verse.

Retornó a la cocina, verificó si la pasta ya estaba al dente y empezó a asar una carne de res.  En su memoria repasaba aquellos cortos versos. Salió de la cocina y con unos rápidos pasos retornó a su estudio para leer el poema. Ansiaba aprenderlo de memoria. Por un momento sintió que su amigo era una especie de ángel guardián de su estado, de sus angustias, de sus miedos. Tal vez él no lo supiera, pero tenía el don de adivinarla, de leer sus signos con sutileza y clarividencia.

Eliana retornó a la cocina y dio vuelta al pedazo de carne. Alistó un plato, sirvió la pasta y esperó a que la carne adquiriera un color más dorado. Luego, fue a sentarse al comedor. Allí, sentada, advirtió que en el pequeño balcón del apartamento estaban varias palomas. Le pareció curioso la presencia de aquellas aves porque nunca hasta ahora se habían aparecido por ese lugar. ¿Sería otra premonición? Ella misma se sorprendió de sus pensamientos. Después se terminar los alimentos se dirigió a la cocina, lavó el plato y sirvió un vaso de agua. Entró de nuevo a su estudio y respondió el correo de su amigo:

—Gracias. Y como todo mantra espero que me ponga en consonancia con el misterio. El misterio de la vida.

*

Ese miércoles, después de la jornada de trabajo, acordó con su amigo encontrarse en una pequeña cafetería situada muy cerca de donde él laboraba. Su amigo llegó primero. Cuando apareció Eliana, pidieron algo de tomar. Ella un té frío y él una aromática de frutas. Mientras llegaba el pedido, lo primero que ella le contó a su amigo fue el sueño que le había referido esa mañana su madre, en la ritual llamada matutina. Era un sueño en el que Eliana llegaba con un vestido amplio de flores y en la parte del vientre tenía un dibujo lleno de palomas; que ella iba a visitar a su madre ataviada con ese vestido esplendoroso. El amigo escuchaba atento. Después, cuando apareció la muchacha con las dos bebidas, la charla se centró en el escrito que el amigo venía haciendo.

—Me dijiste que hoy me lo ibas a mostrar.

—Todavía no he acabado.

—Eso siempre haces…

—Déjate sorprender —contestó el amigo, con un gesto juguetón.

—Sabes que estuve escuchando el compositor que me dijiste. Es un despertar en medio de la oscuridad. Una lucecita saliendo de la noche. Me gustó.

—Biber es un virtuoso del violín. Y esta obra en especial tiene una particularidad: el desafinado. Se requiere una técnica experimentada para afinar una o más cuerdas a alturas distintas de las normales. Es como el misterio: surge a pesar de la lógica, muestra su armonía en contraposición de lo esperado. Muestra su perfección tensando de una manera especial la imperfección.

Eliana tomaba a pequeños sorbos el té. Le encantaba hablar con su amigo porque siempre le aportaba informaciones nuevas, o la ponía en contacto con algo desconocido, una película extraordinaria o un texto reciente, resultado de su gusto por frecuentar habitualmente las librerías de la ciudad.

—Sabes que la clave del misterio es la confianza del que lo espera.

—Sí —se apresuró a contestar Eliana—. Eso lo he entendido. Es como una cesación de la voluntad. Una entrega total a las fuerzas externas de la naturaleza, del universo.

—Así parece. Y tal vez esa sea la razón por la cual se habla de “estar esperando” para referirse al hecho del embarazo. Todo se gesta de manera misteriosa dentro de un ser y no puedes hacer nada para acelerar ese proceso. Eres un espectador privilegiado.

—Es una espera sin ansiedades.

—Sin expectativas u objetivos determinados de antemano.

Eliana miró por el ventanal de la cafetería y vio que las luces de los coches ya empezaban a poblar la avenida diagonal al sitio donde estaban reunidos.

—Leéme algo de lo que llevas escrito.

El amigo la miró como quien sabe de los derechos que trae consigo la amistad de muchos años. Buscó en su maleta una libreta media carta, de esas que se usan para taquigrafía, y pasó las hojas buscando un apartado especial.

—Aquí está —dijo— Pero sólo es el borrador. Así que puede sufrir todavía modificaciones.

—No le des más vueltas. Léeme.

El amigo tomó el último sorbo de la aromática de frutas y, como quien está susurrando un secreto muy valioso a alguien, echó hacia adelante el cuerpo y empezó a leerle a su amiga parte del texto escrito a mano:

—“…Si Lezama Lima privilegiaba a los pobres para creer en el milagro era porque su extrema necesidad los convertía en seres absolutamente dispuestos a aceptar lo extraordinario. Detrás de frases como ‘Dios proveerá’ se esconde una actitud de abandono absoluto a lo maravilloso, a lo inesperado. Al invocar a Dios de esa manera, el pobre pone toda su confianza en un otro que es todo el universo, un otro en el que se recogen el azar, la suerte y la gratuidad. De no ser así, el pobre no podría sobrevivir. Gracias a ese abandono en la providencia es que sus miserias, sus carencias, su aridez existencial, pueden ser colmadas de bendiciones, de regalos insospechados. Por no tener nada, por carecer de mucho, todo lo que venga o llegue, así sea poco, siempre será percibido como un milagro, como la prueba fehaciente de que no está solo en el universo. De que hay secretas filiaciones sólo visibles cuando nos abandonamos, mediante la fe, a este actuar del prodigio…”

El amigo hizo un alto. Miró a Eliana con cara de complicidad, y cerró la libreta. Ella quiso insistir pero sabía que cuando su amigo se negaba a compartir sus escritos era mejor no insistirle. Así que prefirió retomar algunas de las ideas escuchadas y darles una extensión en sus propias palabras. Enseguida de esto, hablaron de otras cosas, del proyecto de investigación que venían desarrollando para una corporación universitaria y de temas de actualidad como el proceso de paz con la guerrilla que por esos días parecía ya un hecho definitivo.

—Apenas tengas el texto terminado me lo compartes, ¿no?

El amigo le dijo que por supuesto, y más tratándose de un asunto que a ella especialmente le competía.

—¿Quieres que te acerque?

—Buenos. Gracias.

Salieron de la cafetería y bajaron a buscar el carro de ella en un parqueadero a cuadra y media de donde estaban. En el automóvil siguieron hablando del milagro y del poema que días atrás él le había enviado por correo electrónico.

— El milagro no tiene dos extremos:

    Tiene uno.

    El único extremo del misterio está en el centro

    De nuestro propio corazón.

 —Ah, te lo aprendiste.

—Te hice caso. Tú dijiste que debía ser como un mantra.

—Así me gusta. Juarroz es una escuela de la disposición.

Antes de bajarse del carro, el amigo le entregó un pequeño regalo. Le advirtió o le hizo prometer a Eliana que no lo abriría sino cuando estuviera en su casa. Ella dijo que sí. El cerró la puerta despacio, despidiéndose con una frase que parecía un rumor:

—Cuídate… doblemente.

*

Después de dejar al amigo cerca a su casa, Eliana tomó rumbo hacia su apartamento. Mientras conducía rememoraba la conversación con él y la promesa de no abrir el regalo hasta que llegara a su casa. La curiosidad le apremiaba. Con una mano sacó el pequeño obsequio de la cartera y vio el papel brillante. Seguro era un libro. Se mantuvo conduciendo y mirando por momentos el regalo, pero prefirió volverlo a meter en la cartera, cumpliendo en la distancia la promesa hecha a su amigo.

Luego de guardar el carro en el parqueadero del edificio y de subir a su apartamento, saludó a su marido que estaba esperándola en la sala leyendo el periódico. Compartieron algunas peripecias del día y fue a su alcoba a cambiarse de ropa. Se puso una piyama y volvió con su esposo para preparar juntos la cena. Hicieron entre los dos algo ligero. Compartieron un café y unos sándwiches y, después, cada uno se dirigió a su estudio. Pasados unos minutos Eliana volvió a la alcoba y trajo la cartera hasta su escritorio. Sacó el regalo y lo abrió lentamente. Efectivamente era un libro. Se trataba de una compilación de pinturas sobre la anunciación. Hojeó el texto poco a poco, deleitándose con esas reproducciones. Vio obras en las que se repetía el mismo motivo pero interpretado por diferentes artistas. La atrapó el óleo de Boticelli en el que María parecía esquivar con su cuerpo, en un paso de danza exquisito, las palabras del mensajero. Observó también relieves y grabados, carboncillos y terracotas vidriadas. Hacia el final del libro se detuvo en un cuadro de Rossetti en el que María parecía una enferma absorta y el ángel frente a ella levitaba con sus pies en llamas. Ese cuadro la conmovió. Cerró el libro y sintió en su corazón una tranquilidad especial. Sucediera lo que sucediera, pasara lo que pasara, se sintió plenamente confiada. Dobló el papel del regalo con cuidado y lo puso dentro de una libreta que le servía de diario. Sonriendo se dispuso a responder la lista de correos que esa noche parecía interminable.

¿Y dónde están las montañas?

08 viernes Jul 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in Cuentos

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La casa de las puertas naranja

La casa de las puertas naranja, en Capira.

“¿Y dónde están las montañas?”, se interrogaba a sí mismo el sobrino mientras miraba hacia abajo de la casa. Los árboles y las cercas de madera no dejaban ver el horizonte. Él, después de que había dado y recibido los abrazos de la tía y de una muchacha con dos niños que estaba ayudándoles por esos días, y de haber saludado al tío enfermo, se había sentado en una silla de plástico, y mientras le ofrecían algo de tomar miraba hacia el occidente de aquella edificación.

Aunque era una casa en el campo, le sorprendió la sensación de encierro. No escuchó por ningún lado el ladrido de los perros como tampoco los sonidos del glugluteo de los pavos.

—¿Y los perros?

—Uno de ellos se atoró y al otro le entró como el gusano. El último parecía con peste. Los tres se enfermaron cuando llegaron aquí.

La tía daba estas explicaciones sin salir de la cocina. Era una conversación a través del muro de ladrillo. Después apareció con un plato y, en su interior, pedazos de melón.

Mientras saboreaba la fruta, el sobrino pudo ver un gallo de gran porte, amarrado de una de sus patas con una cuerda de fique. El gallo iba y venía, tropezando, en un pequeño espacio alrededor de un guayabo altísimo.

—¿Y ese gallo?

—Ese lo trajimos de Capira. Tocó amarrarlo porque se ha tratado de volar varias veces —fue la respuesta de la tía—. El otro día casi no lo encontramos.

El sobrino se percató de que hacía abajo había un antiguo rancho para descerezar el café y una alberca fracturada. Al lado pudo observar otra casa llena de trastos viejos. Esas construcciones estaban abandonadas. Hacia la izquierda había unos pocos árboles de limón y pasando la cerca un naranjo agrio.  

—Menos mal que aquí estamos cerca del pueblo —dijo la tía recogiendo el plato.

El sobrino dio las gracias y se puso de pie. Poco a poco empezó a recorrer la casa. Después le pidió a su mujer que lo ayudara a entrar unas cajas con un mercado que habían traído como presente y ayuda para el tío enfermo. Este era un ritual que el sobrino se sabía de memoria desde cuando niño iba a pasar vacaciones en Capira. Pero esta vez, las cajas permanecieron en un rincón, silenciosas, guardando en su interior la alegría de la sorpresa. Después el sobrino volvió al cuarto donde estaba postrado el tío enfermo.

El tío lo reconoció pero sus ojos ya estaban marchitos. Trataron de establecer una conversación pero las dos dentaduras postizas se negaban a obedecer la voluntad exánime del viejo. Noventa años y el Párkinson habían minado a este hombre, uno de los últimos habitantes de esas tierras ricas y prolíficas en café, en piña y en maíz. El sobrino le agarró los brazos y pudo notar que las manchas se habían multiplicado. Ya tenían la misma textura de las manos de la tía, aquella mujer que de tanto lavar al sol había adquirido esa tonalidad café oscura en su piel. Después le acarició el cabello; un cabello del mismo color del de su padre. Ese gesto hizo que el sobrino recordara los últimos días de su viejo, cuando en situación semejante, él trataba de ayudarle a mitigar su dolor o de servirle de caporal para entregarle la moneda al barquero, a ese que conduce la canoa hacia los confines de la eternidad. Aguijoneado su corazón por esa imagen, aprovechó que su mujer entró a saludar al enfermo y se retiró hacia el pequeño patio interior.

Uno de los hijos de la muchacha que les ayudaba al par de viejos, una niña no mayor a siete años, lo miraba con curiosidad. El otro niño, corría de lado a lado, saboreando una colombina gigante que le habían llevado de regalo. La niña circundaba al sobrino sin decirle nada. El sobrino dejó el patio y caminó hacia la entrada de la casa. Abrió la puerta que daba a la carretera y pudo ver al frente un barranco escarpado. Ningún vehículo pasó durante esos minutos. Allí se estuvo un tiempo tratando de esconderse del agobio de su memoria. Pero los recuerdos se juntaron con unas gotas de lluvia y prefirió cerrar la puerta y volver al patio.

—Por agua aquí si no hay que preocuparse —dijo la tía.

El sobrino entró a la pequeña cocina y observó el sancocho que les estaban preparando. Ese era otro ritual. Pero no sintió el olor y el crepitar de la leña o le pareció que ese ambiente no tenía el ronroneo de los gatos o el arrullo de las palomas. Súbitamente descubrió que faltaba el humo. No había humo en esa cocina y por eso le pareció que al sancocho le faltaba un ingrediente esencial.

—¿Y cómo siguió de su pie?

La mujer, mientras revolvía una vez más el sancocho, le contó al sobrino sobre su mejoría. La llaga que se le había complicado en el pie izquierdo y por la cual había tenido que abandonar meses atrás a su esposo y las tierras de Capira, ya parecía haber cicatrizado. Una leve estela morada quedaba en el empeine como recordación de aquella enfermedad.

—Estuve a esto, de perder mi pie. El poder de mi Dios y la ayuda de ustedes fue lo que me salvó.

 El sobrino dejó la cocina y volvió a la silla. Se sentó y empezó a tener esa doble lucha de los recuerdos. De un lado estaba la imagen de su padre agonizante; de otra, la evocación de la tierra de su infancia. Los dos recuerdos parecían colosos en una contienda épica. La lluvia arreció y, con ella, la incisiva punzada de las evocaciones. Ninguna de las personas allí presentes podía ver esa contienda. Sólo el sobrino, sentado ahí, “no había zinc; las tejas no eran de zinc”, miraba con tristeza cómo una gallina, resguardándose debajo de un alero, era salpicada por las gotas de lluvia. “Las gallinas cuando llueve se tornan absortas”.

—Aquí está un adelanto —dijo la tía, entregándole otro plato.

Eran dos plátanos maduros asados. Y al lado de ellos una porción de pollo frito. Otro ritual. El sobrino agradeció las manos acuciosas de la tía, y cuando mordió el primer bocado de aquel alimento sintió que la memoria le seguía hiriendo su pasado. Ese sabor. Los plátanos sí sabían igual. Era el mismo sabor. Idéntico. Era el mismo sabor de los que le hacía la abuela “Ñoa” cuando él de niño estaba de vacaciones; el mismo sabor… la misma sensación exquisita. El mismo sabor de los que aún le preparaba su madre… Y la exquisitez de ese pequeño manjar se acentuaba al combinarlo con el sabor del pollo frito. Así fuera diminuta la porción. 

—No había sino esos dos platanitos— dijo la tía, al ver el gusto con que el sobrino disfrutaba el pequeño bocado.

Y el sobrino dijo que no importaba, pero su memoria veía en el patio de la casa paterna, o en el patio de la casa de la Laguna o en el patio de cualquier casa de los habitantes de la antigua Capira que sobraban los plátanos. Que los cardenales, las mirlas y los azulejos los picoteaban hasta la saciedad, y que a ningún trabajador se le negaba su gajo de plátanos, y que abundaban las cachaqueras, y que una casa campesina sin cachaquera no es una casa digna, “¿y dónde está acá la cachaquera?, y que ese manjar era lo primero que se empacaba cuando él de niño volvía de las vacaciones, y que debía tener cuidado con la leche del plátano, porque mancha… Pero el alma del sobrino ya estaba manchada por esas historias, y esas enormes hojas de plátano ondean de manera hermosa cuando el viento las mece o sirven de sombrío cuando en medio de la nada se desgaja un aguacero….

Ahora arreciaba la lluvia. Ya era hora del almuerzo. Se improvisó un pequeño comedor y la visita se dispuso a compartir el sancocho. La charla se centró en la pasada hospitalización del tío y en las peripecias de esta enfermedad que desdibuja el pasado y merma las fuerzas hasta la postración.

—Él ya no puede levantarse. Toca para todo ayudarlo.

La tía permanecía al lado de los comensales compartiendo un alimento de palabra. Su voz estaba alterada por el llanto y se aferraba a su fe como una muleta poderosa.

—Mi diosito es el que me ha dado fuerzas.

El sobrino escuchó las risas de los dos niños que seguramente jugaban en otra habitación. Era solo la visita la que estaba almorzando en la mesa. La tía se mantuvo de pie acompañando a los comensales, invitándolos a repetir. El sobrino comió poco. Dentro de sí un malestar extraño le había mermado el apetito.

—El que vino a visitarnos hace poco fue Jaime con Campoelías…

Los nombres le sonaron familiares al sobrino pero no indagó en mayor información sobre el asunto. Apuró la última cucharada del sancocho y terminó el arroz. La yuca no le supo bien. Estaba dura. Muy dura. Dejó una de las presas del pollo y le sugirió a la tía que la juntara al “fiambre”. Ese era otro rito al cual se había acostumbrado el sobrino y los otros familiares que desde muchos años atrás vivían en Bogotá. Siempre que viajaba a Capira, siempre que regresaba de allá, las tías o la abuela, le preparaban un fiambre en el que había pollo frito, yuca, plátano, carne de cerdo frita y arroz. Arroz atollado, como le dicen los campesinos a ese arroz que incluye además de la alverja seca, la zanahoria y la papa en cuadritos, las menudencias picadas del ave. Ese fiambre era para traérselo a los otros familiares de la capital. Y ese presente se envolvía en hojas de plátano, soasadas previamente para hacerlas más maleables y para darle a tales alimentos un sabor inconfundible. ¿Pero dónde iba a conseguir la tía ahora con esa lluvia una hoja de plátano para envolver dicho fiambre?

—Yo he pensado que si Ulises muere —dijo la tía, empezando a recoger los platos­— lo mejor será empacar mis trapos e irme para Cambao. Al menos allá tengo familia.

El sobrino tuvo con esas palabras una revelación. La tía no volvería a las montañas de Capira. Ella, en su corazón, ya había dejado atrás los caminos y los aguacatales, los guásimos y el canto de los pájaros, ella ya no quería volver atrás para escuchar por la noche el croar de las ranas y el sonido adormecedor de los grillos. Y al decir esas cosas, al hacerle esa confesión al sobrino, la mujer estaba señalando también que el último de los habitantes de Capira tampoco podría ver de nuevo su tierra natal. Y que Caracolí, La Guásima, La Ceiba, los cultivos de maíz y de yuca, al igual que los potreros y las palmeras eran cosas del pasado. Que al tío lo único que le quedaba eran las manos caritativas para ayudarlo a levantar y darle de comer.

—¿Y quién va a cuidar de la casa?

La pregunta del sobrino se encontró con la espalda de la tía. Ella volteó la cabeza y haciendo un gesto de preocupación o asombro le manifestó su incertidumbre.

—Sé que por allá está Don Manuel. Ahí me pidió permiso para echar unas reses. Pero que debía primero desmontar ese potrero. No sé qué hacer…

Cuando la tía hacía esas preguntas, el sobrino sabía que ofrecer un consejo era una especie de primeros auxilios para la mujer. Don Manuel era un vecino de una finca cercana y durante el tiempo de salud del tío había tenido negocios en compañía y cultivos en común. Después, con la larga enfermedad del tío, se mostró solidario y fue, por decirlo así, la gran ayuda para la anciana mujer, sola y enfrentada a la dureza de esas tierras.

—Lo importante es no dejar enmontar esos potreros o dejar que se caiga la casa.

La respuesta del sobrino salió más de su corazón que de su boca. Desde que había llegado a esa casa de puertas rojas se sintió extranjero. Él lo que anhelaba era llegar a la casa de sus mayores, a la casa de patio amplio, a la casa rodeada de totumos y naranjos, “¿y el avión, el totumo que era un avión cuando jugaba de niño, dónde está?”, a la casa de puertas pintadas de color naranja. La casa que se divisaba desde el camino real, la casa blanca y de teja de zinc, la casa donde había transcurrido buena parte de su infancia. Por eso la respuesta salió más como una súplica que como un consejo. Porque el sobrino no quería que el olvido sepultara al marañón que lo había salvado de una bronquitis perniciosa, y menos a la primavera que abría sus ramas como si fueran brazos para el que llegaba, ni a los guanábanos ni a los mirtos que eran la antesala de la extensa platanera que bajaba hasta la mata de guadua y de ahí seguía, interminable, hasta la arboleda virgen de Aguasclaras.

—Lo mejor será decirle que desmonte y luego él mire qué puede darme por el alquiler de esos potreros.

La tía concluyó esa frase de manera triste. Era la respuesta de una mujer sola, sin fuerzas. De una mujer que sin un hombre fuerte a su lado ya se sentía sin esperanzas. La tía respondió como aprenden a ir contestando los viejos asediados por la evidencia de la resignación.

­—A eso de las dos nos vamos —anunció el sobrino—. Para evitar que nos agarre el trancón a la entrada de Bogotá.

La afirmación cogió a la tía con los últimos platos del almuerzo. Ella dijo a los invitados que no había de qué preocuparse. Que ya no tenían las angustias de antes, cuando debían salir con varias horas de anticipación para llegar a la carretera. Pero al sobrino le pareció que la mujer no entendía bien el asunto: que cuando él iba a Capira lo bueno era precisamente bajar y subir montañas, sentir la brisa en su cara refrescándole el sudor, ir siguiendo las pistas de su memoria entre los árboles y las piedras de los diversos caminos. Que a él no le importaba la comodidad sino ese esfuerzo por llegar a la cima, a donde vivía la señora Josefina y ver, al fondo, el sinuoso río Magdalena, y apreciar las caderas de la montaña de Lomalarga y adivinar allá, entre el follaje espeso, la casa de puertas naranja, y constatar el humo saliendo entre los árboles y observar, más al fondo, las palmas, y escuchar una y otra vez el ladrido de los perros. Eso era lo que le fascinaba de sus viajes a esta tierra magnífica.

—Pero es mejor irnos tempranito.

El sobrino volvió a instalarse en la silla de plástico. Alrededor de él comenzaron a desfilar varias mujeres. Los niños estaban ahora almorzando en una pequeña mesa que estaba hacia la mitad del patio interior de la casa. La niña comía por etapas, sin perder de vista al sobrino. Un camión de juguete, al que le faltaba las ruedas delanteras, estaba tirado al lado de un canasto. La lluvia amainó un poco. El sobrino se levantó para ir a visitar nuevamente al tío enfermo.

Entró a la habitación y volvió a tomar entre sus manos los brazos del tío. El viejo adivinó que era un gesto de despedida. El sobrino sacó un dinero para regalarle. El tío le dijo, con señas, qué cuanto era. El sobrino le dijo el valor  del billete varias veces. El tío le agradeció y, como en los viejos tiempos, guardó ese dinero en el bolsillo de la camisa. Luego volvió a palpar con las manos temblorosas el bolsillo varias veces, como para tener la certeza de que ahí, al lado de su corazón, quedaba ese dinero.

—Cuídese tío.

Después de los abrazos de despedida, del llanto ritual de la tía, el sobrino y la comitiva se acomodó en el automóvil. La llovizna menuda también estaba presente en ese otro ritual. El sobrino volvió a mirar a la tía y a la muchacha que les ayudaba en las labores de la casa. Se detuvo por unos segundos en los niños. Ellos también se despedían moviendo las manos. El más pequeñito seguía chupando la enorme colombina.

Nicolás, el escritor puntillista

10 jueves Mar 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in Cuentos

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Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte

«Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte» de Georges Seurat.

                                                                                                                                                                                            Para Lucila Herrera

Todo comenzó con el homenaje que le hicieron a Nicolás. Era una idea de Alberto. Yo llegué a su casa con un ejemplar de aquella revista. Quería sorprender a “Colacho”.

Como siempre, me recibió con un gesto cordial y fraterno. Después del consabido abrazo pasamos a su caverna majestuosa. Se acomodó en su sillón preferido y como quien se dispone a un rito, se preparó para la tertulia. Esa noche de domingo no estaban ni Abelardo, ni Jorge. Solo él y yo.

—Mira lo que acaban de publicar, y tú eres el tema central de la revista.

Nicolás recibió de mis manos la publicación. La hojeó y se detuvo por unos momentos en una de las páginas centrales.

—Lo que hacen los amigos por uno —dijo para sí.

—Ya era justo ese reconocimiento —me apresuré a contestarle.

—Algunos homenajes nos enorgullecen y otros son pábulo para nuestra vergüenza.

Vi a Nicolás realmente interesado en la revista.

—Por fin la gente va a conocer tus aforismos.

—Ya sabes que no son aforismos. Me contento con que sean notas o escolios…

—Sin embargo, en su esencia, tienen la misma estructura: gran concisión en las ideas y una prosa cincelada.

—Pero yo pienso que son simplemente alusiones, comentarios a variados temas y asuntos que he leído.

—Sí, pero tú mismo has escrito que “sólo la alusión evoca presencias concretas”.

Nicolás me devolvió la revista y se centró en mis gestos.

—Son escritos sobre trivialidades, Hernando, trivialidades.

“Colacho” me miraba con atención. Apoyado en su bastón esperaba a que el silencio creara una escenografía para nuestras palabras.

—No estoy de acuerdo contigo. Yo creo que tus escolios son escritura concentrada.

—Concéntrica…

Ahora fui yo el que me detuve en los zapatos brillantes y el vestido impecable de mi amigo.

—Yo creo que tu escritura es filuda, y hay en esos concentrados de palabras tanto de sutileza como de ironía.

—Si algo he pretendido hacer es convertirme en un artesano de las palabras.

—De eso doy fe. Sé que tus escritos son el resultado de infinidad de correcciones. Que esos ojos cansados son una prueba de tus constantes tachaduras.

—“Solo es posible pulir las piedras duras y las almas recias”.

La respuesta de “Colacho” salió tan espontánea que por un momento no supe si era una frase casual o uno de sus textos ya publicados.

—Sabes, Hernando, llevo más de 25 años leyendo y pensando. Un cuarto de siglo puliendo y puliendo mis ideas. Mi aspiración es que “cada palabra estalle como una compacta carga de sentido”.

—Tus ideas son como acostumbras tener la punta de tus lápices, siempre afiladas.

—En eso estamos de acuerdo —corroboró Nicolás—: “el escritor que no ha torturados sus frases tortura al lector”.

Los amigos de Nicolás sabemos de su facilidad para el sarcasmo y el humor ágil y cortante. Así que, cuando se habla con él,  hay que tener la mente despierta.

—“Pacho” nos dijo la otra vez que cuando lee tus escolios siente que cada uno es como un “dardo en la conciencia”.

—Es que “Pacho” ha sido conmigo muy benigno. Hay almas como la suya que logran opacar los múltiples defectos de alguien para que realcen unas pocas virtudes.

Todos los amigos de Nicolás, que no somos muchos, consideramos que él es un ser excepcional. Analítico, agudo, lúcido. Un ejemplo vivo de los últimos intelectuales del mundo occidental.

—La verdad es que tú, Hernando, me has regalado, además de tu amistad, el ver en mi prosa aciertos y logros inmerecidos.

—Pero es verdad. Tú sabes que no es un elogio sin fundamento…

—¿Y cómo sigues de tu ojo? —me interrumpió Nicolás.

Esa era una manera elegante de “Colacho” para pasar a otro tema o evitar la entrada en un disenso infinito.

—Bien. Tú sabes que con la edad, uno va llenándose de prótesis y quejumbres.

A Nicolás le pareció divertida mi afirmación. Sonrió y súbitamente se levantó a buscar un libro en aquel  santuario de su biblioteca.

Vi a Nicolás ir hacia la esquina de la sala. Era, en verdad, muy alto. Después volvió a acomodarse en su trono de cuero.

—Este es un autor que tú y yo queremos —afirmó— mostrándome la portada del libro.

—¡La Bruyère! —dijimos al unísono.

Al tiempo que buscaba la frase que le interesaba, Nicolás empezó a confesar sus gustos literarios.

—Este libro lo he leído y releído que casi adivino lo que viene en la página siguiente.

—No hay duda de ello.

Aunque el texto que había buscado estaba escrito en francés, el prefirió al leerme los textos, hacer la traducción del original.

—Mira este que tengo subrayado —me advirtió—, antes de leerlo con su voz solemne:

—“Si la vida es miserable, resulta penosa soportarla; si es dichosa, es horrible perderla. En ambos casos es lo mismo”.

O este otro —continuó diciendo Nicolás— que es una miniatura de perfección:

—“La modestia es al mérito lo que las sombras a las figuras de un cuadro: les da fuerza y relieve”.

Hay un aforismo de La Bruyère que me ha parecido excepcional. A lo mejor coincidimos —dije en un momento en que “Colacho” guardó silencio, mientras buscaba otra cita.

Nicolás levantó los ojos y me observó expectante. Ese tipo de retos era de los que más le fascinaban a su afortunada memoria.

—¿Cuál?—preguntó.

—“La gloria de ciertos hombres es escribir bien, y de otros, no escribir en absoluto”.

—Ah, sí —replicó Nicolás, casi de manera inmediata. Luego repitió:

—“La gloria y el mérito de ciertos hombres es escribir bien, y de otros, no escribir en absoluto”.

Al corregir mi frase, Nicolás mostraba su profundo conocimiento del autor y, además, el tacto para rectificar a sus amigos.

Largo tiempo estuvimos conversando y trayendo a la memoria las frases cinceladas de La Bruyère. Acordamos que un autor de máximas debería tener el mismo espíritu de él: ser un crítico incisivo de su época. “Colacho” insistió en que un aforista, según esta escuela, necesitaba ser un profundo observador de las pasiones y las costumbres de la gente.

—Tú dices que no escribes aforismos pero te has nutrido de grandes aforistas.

—Es probable. Las mayores influencias son aquellas que uno mismo desconoce.

Ahora fui yo el que sentí una alegría al tener en mis manos la posibilidad de enrumbar este juego de preferencias literarias.

—Chamfort, ¿te gusta? —le pregunté.

—“Celebridad: la ventaja de ser conocido por quienes no te conocen”.

—¿Y la Rochefoucauld?

Nicolás se mantenía echado hacia atrás en su silla, como un patriarca embelesado en sus recuerdos.

—“Los vicios entran en la composición de las virtudes como los venenos en la composición de los remedios”.

Para no quedarme atrás hablé de mi preferencia por Lichtenberg, aquel alemán que hacía aforismos tan bellos como fea era su figura:

—“El primer paso a la sabiduría: criticarlo todo; el último, soportarlo todo”.

“Colacho” dejó su postura hierática y, como tantas veces lo hacía, puso en alto relieve una idea aparentemente secundaria:

—Hay un aforismo de Lichtenberg que me parece un consejo para la prosa sentenciosa. Yo lo he analizado con atención y esmero.

El contrapunto cambió de ángulo. Mis sentidos estaban en alerta:

—“Si la agudeza es un lente de aumento, el ingenio lo es de la disminución”.

Y sin que le hubiera preguntado, “Colacho” mismo me respondió el porqué de su preferencia por ese aforismo:

—La perspicacia nos ayuda a descubrir en el débil sus fortalezas, y el humor a ver en la grandeza sus debilidades.

La charla se centró enseguida en los mecanismos usados por estos escritores al elaborar sus pequeños textos. Nicolás dijo que las paradojas y los contrastes hacían notar realidades inadvertidas. Yo agregué que la ironía ayudaba a que las personas cayeran en la cuenta de cosas que por su torpeza o vanagloria dejaban pasar por alto. También llegamos al acuerdo de que los autores de aforismos tenían desarrollado un pensamiento relacional, poético, ya que con sus imágenes y metáforas revelaban lo que los conceptos apenas podían enunciar.

—Y todos sin excepción —dije con tono lapidario— se sienten sinceramente preocupados por el uso cuidadoso y preciso de cada palabra. De allí que se sientan obligados a corregir una y otra vez los términos y el tono de sus frases.

—Ya lo decía Joubert: “no hay corrección sino corrigiendo” —remató Nicolás, imitando la entonación de mi voz.

La presencia de Emilia interrumpió nuestro diálogo. Venía con dos tazas de café en una bandeja de plata. Mientras tomábamos el tinto la esposa de Nicolás nos acompañó. Hablamos de nuestros hijos, de su salud y de otros asuntos de la vida nacional. Apenas terminamos la bebida, se despidió de mí y, con absoluta discreción, nos dejó solos en esa tertulia dominical. Ya eran como las diez de la noche.

—Sabes que no hemos hablado suficientemente de Joubert, un autor cuya prosa me parece digna de emulación —comentó Nicolás, volviendo a retomar el tema.

—Ah, sí… el que andaba obsesionado por meter todo un libro en una página…

—Y toda una página en una frase, y esa frase en una palabra…

—Recuerdo ahora un aforismo que bien pudiera formar parte de mi poética puntillista –afirmó Nicolás con picardía.

—“No es mi frase la que pulo, sino mi idea. Me detengo hasta que la gota de luz que he menester se haya formado y caiga de mi pluma”.

Aproveché el apunte de “Colacho” para buscar la respuesta a una inquietud que desde hacía tiempo tenía sobre su estilo.

—A propósito, yo sigo sin entender por qué dices que tu prosa es de un estilo puntillista.

—Porque es necesario alejarse a cierta distancia para entender mejor lo que deseo comunicar. Sin ese alejamiento no se verán sino manchas de palabras.

—Ese distanciamiento es tanto como la reflexión necesaria sobre cada pequeño texto…

Nicolás asintió con la cabeza.

—Yo trato de escribir con ideas puras; es decir, busco reducir a su esencia los temas. Me interesa alcanzar “la máxima densidad verbal sólo con palabras simples”.

—Y es la inteligencia del lector la que puede completar o ver la figura oculta —interrumpí— Y por eso tu prosa es fragmentaria.

—Así parece —respondió “Colacho”, retomando la influencia de Joubert. 

—Otro pensamiento que me gusta citar de él es aquél que dice: “lo que es verdadero a la luz de la lámpara no siempre lo es a la luz del sol”.

Cuando Nicolás dejaba suelta la esclusa de su prodigiosa memoria era un festín de erudición. Él lo sabía y, aunque gozaba trayendo citas y autores diversos, de pronto paraba de hablar y se ponía en la actitud de quien espera una participación de su contertulio.

—Siglos antes de Baudelaire, ya Joubert había presentido la poesía moderna —dije­—. Luego corroboré mi argumento: “los buenos versos son aquellos que se exhalan como sonidos o perfumes”.

Nicolás se sintió aliviado por mi participación. Mi comentario le sirvió para levantarse y volver a tomar en sus manos la revista que le había llevado. Revisó otra vez los diversos artículos y se detuvo en mi contribución de dos páginas.

—Gracias de nuevo, por tus palabras en esta publicación. Me encantó el título que le diste.

—Me hubiera gustado hacer mucho más. Lo que sucedió es que Alberto me pidió sobre el tiempo esa nota.

“Colacho” cerró la revista y observó la contraportada. Repasó mentalmente cada una de las personas reseñadas en el sumario.

—Ahora que mis escritos se han publicado, espero no haber incurrido en algo que señalé en uno de mis escolios

—¿En qué?

—En no haber proferido trivialidades pomposamente.

—Yo creo que será todo lo contrario ­—respondí enfático—. Tus escritos serán una escuela del pensar y una lección permanente de la escritura pacientemente tallada.

—Ay, Hernando, “todo defecto es amable si es defecto de quien amamos”.

Dado que ya iba a ser la medianoche decidimos poner punto final a nuestra conversación. Aunque tratándose de Nicolás toda tertulia termina en puntos suspensivos. “Colacho” me acompañó hasta la puerta de su casa. Traspasé el enrejado de la mansión y caminé unos pasos hacia el norte en busca de mi automóvil. Un viento frío me hizo cerrar hasta el cuello la solapa de mi abrigo. En mi memoria seguía reverberando un escolio que cuando lo leí, de inmediato lo volví parte de mis principios literarios: “escribir bien consiste en describir una curva mediante el menor número de tangentes”.

 

El taller del ensayista

04 miércoles Nov 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Cuentos

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Ilustración de Jon Krause.

Ilustración de Jon Krause.

Fue un sábado cuando el ensayista aceptó recibirme en su casa. Así que, siguiendo los consejos de mi tutora de investigación, llegué diez minutos antes de lo convenido.

Me atendió en una sala amplia en la que había dos bibliotecas enormes a cada lado de una chimenea. Un cuadro de un ángel, puesto en medio de las dos filas verticales de libros, servía de guardián a nuestra charla.

—¿Y entonces, está investigando sobre los procesos de composición escrita?

—Sí —me apresuré a responder. Luego agregué: —es una investigación de la Maestría que adelanto en la Universidad. Nuestro proyecto está centrado específicamente en los textos argumentativos.

El ensayista me observaba con curiosidad.

—¿Le molesta si grabo esta charla?

—No —me respondió, sonriendo.

Durante largos minutos hablamos de variados asuntos relacionados con su pasión por la escritura; de su gusto por la docencia y su preocupación, cada vez más acentuada, por el papel de la educación en los procesos de pensamiento.

Una señora de rostro afable y manos jóvenes entró a la sala para ofrecerme una bebida. Opté por un tinto. La señora salió del recinto con la misma discreción con la que entró.

—¿Por qué cree usted que es tan difícil escribir ensayos? —le pregunté.

El ensayista dejó por un momento el espaldar de cuero del sofá y buscó un contacto más cercano.

—Porque el ensayo exige tener una voz personal. O por lo menos, lanzarse a pensar por cuenta propia.

Los ojos del ensayista buscaron la azalea que había en el antejardín de la casa.

—Y eso es algo que nuestra educación poco tiene en cuenta.

La conversación se centró durante los siguientes minutos en la diferencia, tantas veces mencionada por él, entre el consumidor de información y el productor de conocimiento. Varias veces habló del subdesarrollo del pensamiento y de una pereza para ir más allá de lo ya sabido.

La señora entró a la sala con el tinto. En una pequeña bandeja estaban un pocillo sobre un plato y, encima de una servilleta, una cucharita. Dos bolsitas de azúcar reposaban al lado derecho de la bandeja.

—Gracias —le dije a la señora.

La mujer respondió con un gesto cordial. Luego desapareció en absoluto silencio.

Volvimos al diálogo. Hablamos de otros asuntos relacionados con la escritura argumentativa, pero lo que en verdad anhelaba era aprender “los trucos del oficio”. Me intrigaba conocer de viva voz el proceso de elaboración de esos textos que a mí siempre me han intimidado por su dificultad.

A riesgo de parecer indiscreto lo interpelé:

—¿Y dónde elabora usted sus ensayos?

—Si quiere, subamos al estudio —me respondió.

Lo que él llamaba estudio era en realidad una enorme habitación rodeada totalmente de libros. La decoración de ese cuarto eran bibliotecas y bibliotecas llenas y llenas de libros. Mi vista se sentía extasiada a la par de obnubilada. Quería ir a donde estaban esos ejemplares para hojearlos, pero sabía que no era lo correcto. La tutora me había hablado de que para el ensayista ese era un lugar sagrado.

Nos ubicamos en una pequeña mesa de madera ubicada a la izquierda de la entrada del salón y allí, rodeados por los ojos ciegos de tantos ejemplares, retomamos el diálogo.

—Este es mi taller —dijo— Aquí, en este ambiente, es que comienza todo.

Enseguida tomó una libreta anillada y acercó unos marcadores de punta fina, que estaban al lado derecho de la mesa.

—Con tantos años de experiencia, ¿debe ser fácil para usted escribir un ensayo?

—No crea. Entre más años pasa uno escribiendo más conciencia tiene de los vericuetos de la escritura. No es fácil domar este centauro de los géneros.

—¿Y cómo empieza usted a escribir un ensayo?

—Vamos a suponer —dijo— que el tema base para hacer el ensayo sea el de la didáctica. ¿Le parece?

—Sí —le contesté— No importa.

En ensayista me miraba para saber qué atento estaba a sus palabras y a sus gestos.

—Bien. Lo primero que yo hago es pensar en el tema. Si uno no rumia el tema, todo lo que venga después será perdido.

—¿Rumiar? —pregunté.

—Sí. Meditar, repensar, reflexionar un buen tiempo el tema. Esa es para mí la primera y esencial clave para escribir un ensayo.

—¿Y eso cómo se hace?

—A veces, caminando. En otros casos, como ahora, voy haciendo un listado de ideas de cosas que el tema me sugiere. O hago mapas de ideas, poniendo en el centro el tema de mi interés. ­—Observe acá —me mostró señalando la pequeña libreta argollada de hojas blancas.

Pude ver que había escrito varios textos. En unos casos era una sola palabra y, en otros, dos o tres palabras formando una frase. También había signos que señalaban una diferencia, por ejemplo: el signo de desigualdad entre pedagogía y didáctica. Varias flechas divergentes salían de algunos términos.

—Esta es una etapa bastante intuitiva o creativa. Busco relaciones, establezco distinciones, voy explorando subtemas del tema en cuestión. Para eso empleo los colores de los marcadores.

—¿Sus estudiantes dicen que para usted este recurso es muy importante?

—Sí. Los diversos colores me ayudan a ir discriminando la información. Son una especie de filtro o de lente para que la mente se mueva en diversos niveles o para atraer el pensamiento hacia diferentes direcciones. Y tienen además un componente lúdico, muy valioso en este momento de la escritura del ensayo.

—¿Siempre es así?

—Casi siempre. Aunque utilice como libreta no estas hojas sino las infinitas páginas de mi mente. Pensar es poner a nuestra memoria y a nuestra imaginación en pos de un mismo objetivo.

Hubo un silencio. El ensayista dejó de mirarme y se concentró en terminar un triángulo de color rojo.

­—Entre más se rumie el tema mejor será el resultado —afirmó, sin levantar la mirada.

—¿Cuánto tiempo puede usted durar en esta etapa?

—Eso depende de qué tan familiarizado o qué tan nuevo sea el tema para mí. Pero en todas las ocasiones a eso es a lo que más le dedico tiempo. Horas, a veces días, con sus respectivas cuotas de sueño.

—¿Durante el sueño?

—Claro. El inconsciente es un gran colaborador en esto de rumiar el tema. La mente sigue trabajando cuando uno tiene interés en un asunto particular. Y hay hallazgos sorprendentes, descubrimientos que sólo el sueño puede facilitar.

La primera hoja ya había sido llenada y el ensayista empezaba a garabatear la segunda. Se detuvo un momento y, como quien le comparte a un extraño un secreto, me dijo:

—Elegí el tema de la didáctica porque ya llevo mucho tiempo pensando en él. Es un tema, por decirlo así, “trajinado”.

Enseguida se levantó de la silla y se puso al frente mío en actitud docente.

—Y cuando el tema no lo tengo suficiente rumiado, pues lo que hago es investigar. Para eso están los motores de búsqueda de internet y esta biblioteca. Me pongo a revisar libros o fuentes relacionadas con el tema. Es una especie de deriva alrededor del asunto. Es posible que esa deriva me lleve a alguna librería para conseguir un texto referenciado que desconozco o a buscarlo en alguna biblioteca excepcional, como la de la Javeriana.

El ensayista movía sus manos acompasadamente con sus palabras. Aunque no me perdía de vista, a veces escudriñaba con sus ojos los títulos de los ejemplares de la biblioteca que estaban justo detrás de mí.

—¿Y todo ese proceso cuándo termina? —dije.

—Ese proceso dura hasta cuando uno ya tiene la tesis. La preescritura acaba cuando ya se tiene formulada una postura personal frente al tema.

El ensayista volvió a tomar asiento. Cogió la pequeña libreta. Revisó lo que había escrito y, al inicio de la tercera hoja, redactó dos líneas. Enseguida tachó dos palabras. Noté que escribió el texto de nuevo. Al final de un tercer intento, tomó la libreta con su mano derecha y me leyó el resultado:

—La didáctica es un saber práctico mediante el cual el conocimiento se transforma en aprendizaje.

En ese instante no supe qué decir. Aunque venía leyendo desde hacía un semestre sobre el tema, me sorprendió aquella frase.  Así que opté por asentir con mi cabeza.

—¿Y cómo sabe uno que la tesis es buena?

El ensayista adivinó mis dudas. Se acomodó las gafas. Mientras pensaba la respuesta detuvo su mirada en un amplio ventanal por el que se podían ver los tejados vecinos.

—A veces la tesis es buena porque es bastante original, o porque presenta de entrada una sospecha sobre algo incuestionable, o porque ya es en sí misma una lectura crítica de algún hecho o situación social. Desde luego, a veces la tesis es buena pero no así la argumentación ideada por el ensayista.

—Me puede explicar.

—Mire. La mitad del ensayo está en tener una tesis; la otra mitad es la argumentación.

El ensayista se levantó y me invitó a seguirlo. Caminamos varios metros. Al lado de una de las bibliotecas de la habitación el ensayista continuó hablándome:

—Esta es la sección de didáctica. Aquí está mi arsenal para buscar argumentos de autoridad. Fíjese.

El ensayista me indicaba con pericia tres estantes, de doble hilera, en la que estaban los libros dedicados al campo de la didáctica. Tomó un texto de portada azul y blanca, lo abrió delante de mí y empezó a leer unos subrayados sobre la importancia de la didáctica para la profesión docente. Después pasó otras hojas del libro y continuó leyendo.

—¿Se nota que ese libro ya lo tiene releído?

El ensayista cerró el libro y me mostró la portada.

—Este es un texto de madurez de Ángel Díaz Barriga. Él es una de las autoridades en este campo. Pero hay otros autores que están aquí esperando prestar su voz para reforzar mi tesis. Acá están Alicia Camilloni y también Comenio y Edith Litwin. Todos ellos han escrito y reflexionado largamente sobre el tema que me ocupa, el de la didáctica. Por eso pueden ser mis aliados con la tesis que le leí.

—¿Y si uno no ha leído previamente el libro?

—Pues le toca empezar a leer y leer, a ver si en esa lectura aparece de pronto una línea, una frase, que pueda servir como refuerzo a la tesis de uno. Esa es una tarea lenta, pero indispensable si es que desea obtener argumentos de autoridad pertinentes y consistentes.

—¿Todo ensayo necesita presentar argumentos de autoridad?

—No siempre. A veces podemos usar otros tipos de argumentos. Analogías, ejemplos, o usar las operaciones lógicas del pensamiento. Uno puede argumentar con una buena inducción o con una deducción de lógica impecable.

El ensayista y yo volvimos a la mesa que nos servía de centro para nuestro diálogo. El libro de portada azul y blanca buscó un lugar entre la libreta anillada y la caja transparente en la que estaban acomodados los marcadores de punta fina.

—Si se ha dado cuenta, aún no he redactado ni un párrafo del ensayo. Hasta ahora tengo mi tesis y estoy buscando mis argumentos. Ya tendré tiempo de enfrentarme a la redacción: el segundo momento de escribir un ensayo.

—¿Y qué implica ese segunda etapa?

—Lo que sigue es una labor artesanal, de buscar las palabras adecuadas, de ir componiendo los párrafos, de pulir, de tachar y volverlo a intentar. Mucha concentración y mucha persistencia. Eso es lo que se requiere, o al menos es lo que yo necesito.

Revisé el guión de entrevista y lancé otra pregunta:

—He leído que para usted son fundamentales los conectores. ¿Por qué?

Al ensayista se le iluminaron los ojos.

—Los conectores son lo que permite darle continuidad a la argumentación. Yo los he llamado bisagras textuales porque cumplen ese papel: articulan, conjugan, sirven de amarre. Si no fuera por lo conectores las ideas quedarían sueltas y los párrafos desarticulados. Son los lubricantes de la escritura ensayística.

Con disimulo observé mi reloj. Ya iba a ser medio día. Sin que me hubiera dado cuenta ya estábamos cumpliendo las dos horas de entrevista. Así que, me apresuré a hacer las preguntas de cierre.

­—¿Qué autores son los que han sido sus más grandes influencias?

—Uno de los más importantes, además de Montaigne, está allá arriba.

El ensayista me señaló con sus ojos una hilera de libros color crema ubicada en el estante superior de una de las bibliotecas.

—Alfonso Reyes. Un mexicano que enseñó a escribir a muchos latinoamericanos. Un mexicano que nos dio a beber la tradición clásica de una manera clara y profunda. La prosa de Alfonso Reyes ha sido mi escuela secreta, mi punto más alto de referencia. ¿Ha leído, por casualidad, “Notas sobre la inteligencia americana”?

—Todavía no —respondí, un tanto avergonzado.

—Se lo recomiendo. Es un texto clásico no sólo por el contenido sino por la forma como el mexicano estructura el ensayo.

—Tengo una última pregunta: ¿qué consejos les daría a los que empiezan a escribir ensayos?

—La primera recomendación es que no empiecen a redactar sin haber pensado largamente el tema de su ensayo. Que no tengan miedo de presentar su tesis, así no parezca al inicio una idea de grandes alcances. Otro consejo es que hagan un esbozo, un plan de lo que va a ser su escrito. Esa carta de navegación ayuda mucho a los novatos ensayistas para que no se pierdan o fracturen sus ideas. Que investiguen y se documenten. Que no se conformen con una única perspectiva de un asunto. Y lo más importante, que lean y relean cada línea infinidad de veces, para que corroboren si su texto mantiene una línea argumental a lo largo de todos los párrafos.

Entusiasmado por la charla o motivado por la confianza del entrevistado, me animé a pedirle un autógrafo. Saqué de mi maleta un libro muy conocido del autor y se lo ofrecí para que rubricara este encuentro. El ensayista se sintió feliz. Acarició el libro, ajado por el uso, se detuvo en algunos de mis subrayados, buscó entre su saco un esfero plateado, volvió a la primera página del texto y, bien abajo de mi nombre, me escribió una dedicatoria. Como yo estaba de pie no alcancé a ver aquel corto mensaje. Preferí guardarlo para leerlo después. Además, necesitaba con urgencia tomarle una foto al entrevistado. Ese también era un propósito de aquel encuentro.

—Si lo prefiere, vamos a la sala de lectura; allá podemos aprovechar la luz de la calle.

—Claro que sí —le respondí.

Atravesamos un zaguán de piso brillante y llegamos hasta otra habitación en la que, como la anterior, había bibliotecas en todas las paredes. Estaba sorprendido. Antes de que yo lo interrogara el ensayista satisfizo mi curiosidad.

—Esta habitación es el templo de la literatura.

Mientras elegíamos un sitio cercano a una de las ventanas, el ensayista me confesó que ahí estaban sus textos sobre poesía. Y que diagonal a la lírica estaban los dedicados a la novela y pegados a ellos los de cuento. Al otro lado los de teatro y los de crónica… Pero fue cerca a los textos de poesía que el ensayista eligió el sitio para sacarle la fotografía.

—Es que un ensayista si no lee poesía tiende a escribir muy denso, se torna poco comunicativo. La palabra poética contribuye a la que la prosa se vuelva dúctil, maleable… Más cercana al lector. La poesía contagia al ensayo de las potencias de la imaginación.

Tomé varias fotografías. En todas ellas el ensayista no miró a la cámara sino que escudriñó por la ventana los cerros de la ciudad.

***

El ensayista me acompañó hasta la puerta. Nos despedimos, acordando una segunda sesión de entrevista unos quince días después. Yo estaba muy satisfecho. Aunque era mi primera entrevista sentí que había cumplido a cabalidad las indicaciones de la tutora: lejos de hacer un cuestionario oral había logrado mantener un diálogo genuino con el entrevistado. Me detuve al llegar a la primera esquina de ese barrio silencioso. Rápidamente saqué el libro que me había autografiado el ensayista. Leí el pequeño texto escrito en tinta negra. La letra no era tan legible. Lo que había escrito mi entrevistado me lleno de orgullo: “Bernardo: las ajadas páginas de este libro son el mejor homenaje que un lector puede hacerle a un escritor, y son el preludio de una futura amistad”.

Ahí mismo, de pie, saqué mi celular y escribí varios chats a mis compañeras de equipo de investigación, dándoles el parte de victoria de esta codiciada entrevista. Ellas participaron de mi alegría. Después busqué un taxi en una de las avenidas cercanas. A ninguna de mis dos compañeras de grupo les conté  lo que me había escrito el ensayista en la dedicatoria. Quizá para preservar lo que allí él me anunciaba o porque en toda investigación, eso lo sé ahora de primera mano, hay descubrimientos personales que rebasan las objetivos académicos.

Greta y Rita

25 jueves Jun 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Cuentos

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Ilustración de Silja Goetz.

Ilustración de Silja Goetz.

Desde por la mañana y durante el resto del día las niñas de ojos azules tenían que cargar rieles color añil, láminas de aceite y aluminio encerado… Todos esos fardos de olor penetrante debían llevar sobre sus espaldas, confiadas en la esperanza de que al llegar la noche alguien las liberara de aquel peso… Y cuando a “La Doña” se le olvidaba tal cosa, Greta y Rita no podían dormir, o, si lo hacían, el poco tiempo de sueño estaba repleto de pesadillas.

Se veían a sí mismas aplastadas por rocas gigantescas o, lo más extraño, sentían que todo a su alrededor se hacía más negro o sucio, como si una densa niebla cubriera cada objeto o cualquier espacio. Esa oscuridad era tan intensa que terminaba por metérseles adentro de sus ojos hasta quitarles cualquier posibilidad de mirar. A tientas –y ese era el momento más terrible de la pesadilla– las niñas de ojos azules empezaban a andar de un lugar para otro pero con esa zozobra y esa continua sensación de vértigo, de caída en el abismo. Afortunadamente “La Doña” se levantaba temprano y Greta y Rita, aunque no hubieran descansado, celebraban con alegría el despertar de aquella pesadilla.

Después, cuando la mujer entraba a la ducha, las niñas de ojos azules, aprovechaban la oportunidad para tratar de quitarse de encima algunos de esos rieles parafinados, pero como eran tan grasosos, sus pequeñas manos no podían agarrarlos. Entonces se consolaban con la sensación de sentir el agua resbalar por sus cuerpos y, así, aliviar un poco el cansancio muscular.

Tal vez el único momento de descanso, era aquel cuando “La Doña” volvía del baño a su alcoba y con una experticia increíble, levantaba con facilidad aquella pesada carga. Claro que tal descanso no era sino por unos minutos. Porque la mujer, después de vestirse, se situaba frente a un espejo que había a la entrada del cuarto, y volvía a poner sobre los hombros de las niñas de ojos azules –con la misma maestría con que había antes izado aquella carga– esos pesados rieles, esas láminas negras y enceradas, esas cadenas tanto más pesadas cuanto más largas.

Muy distinto era cuando “La Doña” a bien tenía no olvidar liberarlas de aquella esclavitud. Greta y Rita esperaban con ansiedad ese momento cuando la mujer, después de tomar una ligera cena y ver algunas horas de televisión, se desnudaba, se ponía una pijama blanca de rayas azules y se metía dentro de su cama. Sentada y recostada en unos cojines verdes, la mujer empezaba con lentitud a liberar a las niñas de ojos azules de aquel trabajo de Atlas. Poco a poco les iba quitando los listones parafinados, aquellas varillas negras de olor dulzón y emborrachador.

Greta y Rita, en esos casos, sentían un alivio infinito, y aunque era de noche, ellas veían con más claridad; se les ponían los ojos más azules, más brillantes, casi verdes, y podían conciliar un sueño profundo y plácido, con imágenes refrescantes y olorosas a flores y a hierbabuena recién cortada. Sólo así, cuando al otro día, la mujer les volvía a colocar sobre sus frágiles hombros los delgados pero pesados listones de aluminio y cera, ellas, las niñas de ojos azules, sentían sus brazos llenos de vigor y su ánimo estaba renovado hasta el punto de olvidar la sucia y grasosa maleta que debían cargar por más de quince horas sobre sus espaldas.

Pero el problema de ese mes de junio era que “La Doña” estaba volviendo costumbre el despreocuparse de aliviarlas de ese acarreo seboso y renegrido. Greta y Rita, entonces, ansiaban tener voz para agradecerle o llenar de bendiciones al esposo de la mujer que le insistía, con voz cariñosa, para que liberara a las niñas de ojos azules, para que les quitara de encima esos listones encerados, esa pasta color añil. Pero los ruegos de su amigo −porque aunque él no lo supiera ya lo consideraban un amigo− esos ruegos no surtían efecto en “La Doña”. A veces porque estaba tan cansada como ellas, o porque el sueño la sorprendía cuando menos lo esperaba.

No era que la mujer hiciera esas cosas para molestarlas o con el fin de propinarles algún castigo. La mujer siempre las trataba bien, pero al ser bastante olvidadiza, quien terminaba sufriendo las consecuencias de su desmemoria o sus descuidos cotidianos eran las niñas de ojos azules. Como ahora, que Greta y Rita, por más que han intentado soliviar un poco ese acarreo negruzco, nada han conseguido, nada han podido hacer para remover aquel lastre aceitoso de sus hombros maltratados y de sus tiernas espaldas. Y aunque el esposo le ha vuelto a insistir a su mujer para que libere a las niñas de ojos azules, lo cierto es que “La Doña”, después de dar un giro en el lecho, no ha querido cumplir con esa petición. Por eso Greta y Rita presienten venir esa densa niebla, esa oscuridad enceguecedora, aquella interminable pesadilla de caminar a tientas sobre un abismo. Ojalá su amigo vuelva a interceder por ellas. Ojalá él, que es poeta, escuche sus gritos inaudibles de auxilio. ¡Ojalá!

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