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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

La información envenenada de los periodistas radiales

01 domingo Jun 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Las creencias personales de un buen número de periodistas radiales se han convertido en el filtro para tamizar las noticias que brindan cotidianamente. Ya no se trata de informar, sino de “ajustar” los hechos al credo político del periodista, al partido más afín a sus preferencias ideológicas. Esta clara tendencia hacia el favorecimiento de un grupo de personas, de un grupo de poder, ha fracturado el vertebral propósito periodístico de la imparcialidad. En consecuencia, en lugar de “desentrañar” la verdad de los hechos, lo que escuchamos ahora es cómo se van “perfilando” los acontecimientos según los intereses particulares de estos comunicadores.

Cediendo a la ola emotiva y vertiginosa de las redes sociales, los periodistas radiales han refundido la información con la opinión. A la par que mencionan un acontecimiento mezclan sus opiniones y creencias llevando a la audiencia a no diferenciar un suceso de la valoración hecha por dichos comunicadores. Tal forma de informar, marcadamente tendenciosa, desorienta a la opinión pública, crea ambigüedad sobre determinados asuntos sensibles para una sociedad y refuerzan estereotipos, prejuicios o flagrantes mentiras. Así que, más que ofrecer una información fidedigna, oportuna y cotejada, lo que se escucha y propaga es una interpretación amañada de la realidad. Este filtro de las opiniones del periodista sobrepuesto a la información exalta detalles distractores, acalla hechos significativos, exacerban los prejuicios de la audiencia, deja sin voz a fuentes esenciales para comprender cabalmente un hecho.

Basta mirar con algún detalle la manera como se llevan a cabo las entrevistas en vivo. Cuando se está al aire con los invitados, en lugar de indagar y profundizar en situaciones relevantes de interés general lo que se hace es denigrarlos, humillarlos o someterlos a un juicio sin posibilidad de defensa. Preguntas del tipo “diga sí o no”, muestran la soberbia de estos comunicadores para quienes la presunción de inocencia, el respeto por la dignidad de las personas, el derecho al debido proceso y el buen nombre parecen no importarles. Cada invitado se convierte en un “objetivo de rapiña” al cual hay que asediar a como dé lugar, bien sea usando afirmaciones provenientes de las redes sociales o de rumores claramente sensacionalistas. Lejos de un escenario judicial en el que las partes merecen ser oídas antes de proferir un veredicto, estos periodistas ya han dictaminado la culpabilidad del personaje, descalificado su honra y lo han expuesto al escarnio público. Desde luego, el tono cambia y se vuelve complaciente cuando el entrevistado es afín con la ideología del periodista o hace eco de sus convicciones políticas.

Todo ello se agrava al obviar o reducir el cotejo de las fuentes de información. El mandato supremo de poner en la balanza los pros y los contras sobre un hecho, queda desbalanceado por los prejuicios, por las preferencias ideológicas, por la amplificación de una sola cara de la moneda, por la alineación política al medio en que laboran los periodistas. Las fuentes casi siempre son las mismas o pertenecen al mismo credo que defiende el periodista. Basta un trino de una red social o una llamada instantánea a alguien, para sacar ingentes conclusiones o “comprobar” la primicia noticiosa. Y si por casualidad se muestran dos perspectivas sobre algo, siempre se exaltará la que es afín al periodista, y se subrayará como negativa la contraria. O lo que resulta más censurable para el oficio periodístico: a pesar de las razones argumentadas ofrecidas por algún oponente ideológico, se preferirá y divulgará como verdad la obcecada creencia o suposición del comunicador.  

Otra práctica de estos periodistas radiales es la reiteración –en la misma emisión o durante varios días– de un hecho o sobre determinada actuación de una persona, por lo general de la esfera política. Esta repetición se hace con el objetivo de convertir los supuestos en evidencias, de desvanecer toda duda, de instaurar como verdad lo que es apenas una opinión, un rumor o una interpretación infundada. Los periodistas radiales adscritos a estas prácticas de redundancia informativa se asemejan a “perros de cacería” que no dejan ningún día sin roer el buen nombre de una persona, sin magnificar un error o un comportamiento fallido, sin burlarse de una declaración o arrogarse la última palabra sobre su talla moral. Y así le den a la contraparte la oportunidad de defenderse –cuando excepcionalmente lo permiten– el resultado sigue siendo el mismo: el entrevistado ya ha sido condenado por estos periodistas y las palabras del entrevistado quedan sepultadas por un adjetivo o un epíteto descalificador.

Poco a poco se ha ido dejando de lado la reportería, el trabajo de campo, la investigación en búsqueda de la polifónica manera como se interpretan los hechos, para aproximarse a la figura del influencer de las redes sociales o –y hay varios ejemplos para comprobarlo–, al vedetismo de los medios masivos. Lo que menos importa, entonces, es la información, sino quién te la cuenta o te la edita. El vedetismo desplaza la cuidadosa tarea de informar por otra más irresponsable que es la de opinar, sin mucho soporte o autorregulación ética. En ese sentido, lo fundamental no está en la información, sino en erigirse como figura reconocida por la gente, en acaparar la atención mediática, en aparecer como figura de renombre público. Lejos estamos de aquellos tiempos en que lo fundamental del periodismo era ese pacto tácito de esclarecer los hechos para orientar a la opinión pública. Y para lograr este cometido, tales periodistas radiales se han vuelto cada día más agresivos hasta bordear el irrespeto, más intransigentes y obsesivos, más despóticos y monologantes. El vedetismo es el culmen de la opinión egocéntrica que sacrifica la lenta y penosa tarea de buscar la verdad por el afán novelero y escandaloso de captar más seguidores.

¿Qué riesgos trae esta información envenenada? De una parte, el descrédito o minusvalía de una profesión que a todas luces sigue siendo indispensable para la toma de decisiones en los procesos democráticos; de otra, una oleada de odios infundados, de fanatismos enardecidos, de propagación del miedo y de ataque al que piensa diferente, al que no sintoniza con la “tendencia difamatoria del momento”, o que se niega a entrar en el juego de las polarizaciones. Los periodistas radiales adscritos a esta modalidad de informar son en gran parte responsables de agrietar más las desigualdades sociales, de diseminar la desesperanza, de azuzar las pasiones primarias de la gente. Los opinadores con poder son tan peligrosos como aquellos “inmorales” que dicen combatir, porque en el fondo no los anima el deseo de contribuir a restablecer los vínculos sociales, sino en sacar provecho personal de las crisis y las debilidades humanas. La opinión tendenciosa disfrazada de información, además de confundir al público, emponzoña las conciencias de animadversión y multiplica los escenarios para la agresión violenta.

Lo paradójico es que cuando se critica a estos periodistas radiales por esa manera de comunicar, se rompen las vestiduras, dicen que se está atentando contra la libertad de prensa y buscan el apoyo de la misma gente que ha embaucado con sus opiniones tendenciosas. Se olvidan de una cosa: no hay libertad de prensa sin responsabilidad sobre lo que se informa, sin respaldo de pruebas contundentes, sin prudencia y buen juicio sobre el impacto que puede tener una noticia en un momento histórico determinado. Quien difama a alguien comete un delito, quien atenta contra el derecho de la presunción de inocencia y el debido proceso no puede escudarse en sus meras creencias o en alegar censura cuando en realidad lo que se le pide es que responda por sus afirmaciones en un medio masivo. Suena extraño argüir censura y persecución cuando estos periodistas radiales las practican cotidianamente en sus espacios informativos. Las opiniones privadas son inalienables, pero las que se hacen públicas obedecen a regulaciones, atienden a códigos deontológicos especiales, y cuando vulneran derechos fundamentales de una persona tienen la obligación perentoria de presentar una rectificación. No podemos olvidar que el acceso a una información precisa, completa, oportuna y relevante nos atañe a todos y, en esa medida, debemos protegerla y defenderla de los arrogantes periodistas que la usan como estrategia discriminatoria o la trastocan en un relato malintencionado de soterrada influencia manipuladora.

 

Correctores de estilo, lectores cualificados y autocorrección

07 lunes Abr 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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«La artesanía de la escritura».

Durante mucho tiempo —y excepcionalmente hoy— la figura del corrector de estilo fue determinante a la hora de conseguir un texto escrito de calidad. Los originales al llegar a las manos de esta persona no sólo remediaban problemas de cohesión, concordancia y puntuación, sino que, además, atendían dificultades en la sintaxis o ganaban en precisión semántica. El corrector de estilo era el último filtro en esta labor difícil de escribir bien y con una clara conciencia comunicativa. A medida que el proceso editorial perdió este mediador son más comunes los errores ortotipográficos, al igual que frases repetitivas, desconectadas y llenas de lugares comunes. Cuando todo queda a capricho del autor, de su afán por publicar o de su pereza para realizar enmiendas a su misma escritura, entonces, la figura de ese corrector de estilo es substituida por una hojeada fugaz, sin mayor preocupación por el buen uso del idioma. 

¿Pero por qué hoy no nos parece tan relevante o fundamental acudir a esta “aduana correctiva” en la redacción de textos? En principio, porque las presiones actuales de los medios de comunicación masivos anclados en la velocidad, en atender las urgencias del momento, han ido reafirmando la idea de que no importa cómo se digan las cosas, con tal de opinar en el fragor de la inmediatez. De igual modo ha influido el altísimo narcisismo de nuestra época y la creencia en la autosuficiencia para realizar cualquier actividad, que conduce a no aceptar la ayuda de otra persona para que nos señale omisiones o deficiencias en nuestros escritos, y más cuando se concentra en subrayar las fallas y no tanto en multiplicar los elogios.

Sin embargo, la escritura se cualifica cuando hay otra persona que nos lee de verdad; cuando alguien se toma el tiempo necesario —a veces horas— para mirar el zurcido de nuestros textos. Ese lector atento es el que percibe problemas de coherencia en nuestras ideas, el que advierte fallos en la estructura de los párrafos, el que se da cuenta de una exposición fracturada o pone de manifiesto una flagrante carencia en el uso de algún signo de puntuación. Este lector es fundamental para que la escritura gane en precisión, en claridad, en efectividad comunicativa. Pero, como es de suponer, permitir que otra persona lea lo que escribamos supone dos disposiciones: de un lado, una actitud de apertura mental, de escucha activa, para recibir los comentarios sin molestarse, sin posturas defensivas; sólo así podrá sopesarse lo que dice el lector con lo que se haya escrito. De otra parte, se requiere un talante positivo hacia la imperfección; es decir, una disposición para aceptar que la escritura —en cuanto obra de artesanía y no de inspiración divina— es perfectible, mejorable y, por eso mismo, sujeta a cambios, modificaciones y correcciones permanentes.

Cuando nos cerramos a la opinión del lector cualificado, cuando consideramos que nuestro primer impulso de escritura ya es el texto definitivo, terminamos acudiendo al amigo o colega que nos elogia sin habernos leído o a esas otras personas que pasan las hojas de nuestro texto, dicen algunas generalidades y se ponen a hablar de cualquier asunto. La escritura se enriquece mediante el aporte de otros ojos que, a diferencia de los nuestros, vean como nuevo el escrito que les presentamos; que no estén tan familiarizados con el contenido como para seguir de largo por los diferentes párrafos. De allí la importancia de asesorarse de un corrector de estilo o, en su defecto, tomarse muy en serio las observaciones y anotaciones puntuales que nos hace un profesor al devolvernos lo que escribimos o, si hay suerte, cultivar a algún lector cualificado que, desde una complicidad fraterna, nos indique dónde encuentra imprecisiones notorias, supuestos que dejamos al garete, cacofonías innecesarias o la exposición de ideas atropelladas que resultan muy confusas. 

Y si carecemos de todas esas personas que nos puedan colaborar, si no hay visores de calidad para leernos con juicio, lo aconsejable es aprender algunas estrategias de autocorrección usadas por lo escritores expertos. Señalaré sólo un sexteto de ellas, advirtiendo que en mi libro Escritores en su tinta, podrán ampliarse y corroborarse con un grupo amplio de ejemplos.

Una primera estrategia es la relectura continua de lo que vamos escribiendo. Una vez redactamos una línea, antes de lanzarnos a escribir la segunda idea, es necesario leer y releer lo primero que consignamos. Y si ya vamos a iniciar el segundo párrafo, es fundamental leer completo el anterior. Varias veces. Este ejercicio no solo ayuda a mantener la continuidad en lo que vamos diciendo, sino a descubrir falencias o repeticiones y a ir encontrando la puntuación más indicada. Cuando el texto empieza a crecer, cuando ya pasa las tres páginas, lo más aconsejable es imprimir el documento, y tenerlo a la mano para leerlo todo, en más de una ocasión.

La impresión de lo que vamos escribiendo sigue siendo otra de las más efectivas estrategias para cualificar lo que redactamos. El ojo metido dentro de los márgenes de una pantalla no observa lo mismo que si puede revisar y manipular al mismo tiempo las distintas hojas de un escrito. La visión de conjunto, de totalidad, es fundamental para apreciar la estructura global del texto y evitar concentrarse únicamente en uno o dos párrafos. Es recomendable apostillar ese texto impreso, poner a mano las enmiendas que vayan apareciendo y no mostrarse compasivo —tachar si es necesario— con aquellas líneas insustanciales o con esas otras que, por estar tan mal redactadas, ameritan una nueva organización y no un arreglo superficial. A partir de esas correcciones realizadas a mano sobre el texto impreso se puede volver al documento que vamos redactando en el computador, incorporar los nuevos ajustes y avanzar en el proceso de escritura. Después de otras tres páginas es bueno repetir las acciones mencionadas y releer la totalidad de lo ya elaborado. Insisto en esta estrategia porque gran parte de los errores de estructuración de un escrito se deben a la focalización cerrada de la pantalla, a esas anteojeras que nos privan de la panorámica del conjunto.

Salta a la vista que para escribir con cierta calidad es indispensable elaborar varias versiones del mismo texto. No es asunto de superponer pequeñas modificaciones a un mismo documento, o de conformarse con cambiar un término o de incluir una corta línea. El sentido de este recurso parte de un hecho: trabajar sobre diferentes versiones permite explorar en nuevas perspectivas de organización, en totalidades textuales que respondan a determinada autonomía interna. Numerar cada versión, poderlas comparar, contribuye también a descubrir lo que se va ganando a medida que avanzamos, a repasar y comprobar cuándo una idea gana en profundidad o hacer evidentes apartes que siguen “flojos” o párrafos que merecen trabajarse más. En últimas, mediante el cotejo de esas versiones se lograr ir aprendiendo lo que significa escribir.

Una cuarta estrategia consiste en utilizar diversos colores o marcadores que permitan distinguir diferentes aspectos de una temática o del modo como se desarrollan en el escrito diversas líneas de argumentación. Resaltar sobre el escrito esos hilos organizativos del texto ayuda a visualizar dónde se cortó una exposición, en qué parte es necesario suturar o coser un vínculo expositivo y constatar de qué forma podrían armonizarse las distintas partes con lo medular del conjunto. Al subrayar con diversos colores será más fácil identificar si aquello que prometemos al inicio de nuestro texto sí logra cumplirse, al igual que descubrir párrafos sueltos o puestos sin articularse con una línea argumentativa central. Acostumbrarse a realizar este subrayado discriminador sobre lo que vamos escribiendo rinde grandes beneficios para la consistencia del escrito y es una garantía de comunicabilidad hacia el posible lector.

Someter la propia escritura al espíritu crítico y el examen basado en evidencias resulta muy útil para quienes albergan el deseo de superar permanentemente su producción escrita. En este caso se trata de pasar de una dinámica anclada en la redacción a otra soportada en el ojo analítico y valorativo. Las evidencias, por supuesto, están en las diferentes secciones del texto que nos sirve de motivo para la lectura. Examinar con detalle lo que redactamos, haciendo realmente un ejercicio metacognitivo, es un indicador del compromiso o responsabilidad con que asumimos la labor de escribir y del alto nivel comunicativo con que adelantamos dicha tarea. Este recurso de autocorrección es un buen remedio para “desinflar el ego de la redacción inmediata” y dejar a un lado —en observación— las genialidades complacientes.

Redactar siempre pensando en un posible lector es la sexta de las estrategias de autocorrección de la escritura. Al redactar un texto pensando en otra persona que lo va a leer hace que salgamos de nuestro mundo cerrado y autorreferencial y busquemos maneras de elaborarlo más interpelativo, más legible, más “amigable”. Porque tenemos en mente a un posible lector es que pensamos alternativas de organización de los párrafos, usamos diferentes tipos de letra, nos valemos de subtítulos o usamos con sumo cuidado los conectores lógicos. Esa presencia del futuro lector contribuye a que no nos perdamos entre cavilaciones gratuitas, abusemos de la jerga especializada o convirtamos el escribir en un espejo de palabras para nuestra vanagloria solitaria. La conciencia de saber que escribimos para un lector nos lleva a comprender que las ideas pueden expresarse de diferente forma y que, en esa medida, hay mejores maneras de decir las cosas. Y que escribir, en últimas, consiste en buscar esas vías más idóneas para comunicar un mensaje a otro ser humano.

Con lo dicho hasta aquí espero haber mostrado la necesidad de que cualquier escritor —al menos una vez— se permita someter sus textos a los comentarios de un corrector de estilo.  Los beneficios serán valiosos y ejemplarizantes. Y si hay resistencias interiores o inseguridades a que otra persona critique lo que se ha escrito, al menos necesitamos volver habitual algunas de las estrategias de autocorrección arriba expuestas. Lo que debemos evitar cuando escribamos son las prácticas de expresión a la deriva, de redactar sin corregir, de usar las palabras de cualquier manera y jactándonos de nuestros desatinos o nuestra modorra artesanal.

Tres beneficios de leer poesía con asiduidad

01 martes Abr 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Ilustración de István Orosz.

En la 30ª Conferencia general de la UNESCO, realizada en París el 26 de octubre de 1999, se proclamó el 21 de marzo como día mundial de la poesía. Y en este año, la directora de tal organismo, Audrey Azoulay, ha subrayado que “como forma de expresión íntima que permite abrirse a los demás, la poesía enriquece el diálogo que cataliza todo proceso humano y es más necesaria que nunca en tiempos turbulentos”. Haciendo eco a dicha celebración podemos en esta oportunidad reflexionar un poco sobre los beneficios de la poesía para el desarrollo sensible de las personas, su utilidad expresiva en la plasticidad del pensamiento y su relevancia en el cultivo de la interioridad.

Comenzaré explicando por qué considero que la lectura frecuente de poemas contribuye a desarrollar la sensibilidad. Como es bien sabido, la sociedad en la que vivimos, además de su vertiginosa y utilitaria manera de comportarse, poco a poco va adormeciendo nuestra capacidad para “impresionarnos” o conmovernos por lo que acaece a nuestro alrededor. Frente a ese amodorramiento sensible, los poemas hacen las veces de chispazos que producen un despertar, una inquietud, un sobrecogimiento. Al leer esos destellos verbales se rompe el letargo de nuestra emotividad. La poesía, en cuanto testimonio decantado de otras vidas, nos exacerba los sentidos, aumenta el umbral de nuestra sensibilidad y, al hacerlo, nos dota de una piel más permeable a las vicisitudes de la existencia humana. Tanto propias como ajenas. La forma depurada de los poemas nos comunica los pormenores de la alegría, la soledad, el sufrimiento; al igual que el sentido esencial de la solidaridad, el perdón, la ternura. Ese despertar de los sentidos, que trae la lectura continuada de poemas, renueva nuestra capacidad sensible para dejarnos invadir por las maravillas de la naturaleza, el milagro de la vida o la fascinación por el misterio que habita en las fronteras de la trascendencia.

Otro tanto podría decirse de la altísima desatención en nuestra época al modo como los seres humanos inician, enfrentan y desarrollan sus sentimientos, sus afectos, su dimensión emocional. Eso queda a la suerte de cada quien o dependiendo de la oferta de la sociedad de consumo o de la estereotipada cartilla de la publicidad y las redes sociales. El resultado es un simplismo tanto en la concepción como en el ideal de las relaciones afectivas que repercute en la incapacidad para vivirlas intensamente o en una renuncia a apropiarlas en su justo valor. Ni se sabe muy bien cómo evolucionan los sentimientos, sus variaciones y conflictos, ni se cuentan con referentes que ayuden a fortalecer lo que se experimenta entre ignorancias y clisés masificadores. Precisamente, en tal “vacío formativo” es que la poesía ofrece pistas orientadoras sobre tales eventos emocionales, sobre sus manifestaciones y reticencias, sobre sus plenitudes y altibajos. La lectura frecuente de poemas es un buen repertorio experiencial para sopesar el impulso emocional con la idealización de los afectos, un abanico de testimonios vívidos para comprender la ambigüedad de los sentimientos y un susurro de advertencia cuando se entra en la obcecada turbulencia de las pasiones. 

Valga señalar ahora, un segundo campo de utilidad: la lectura asidua de poemas contribuye a darle plasticidad al pensamiento. El sedimento analógico, que es una de las piedras angulares de este tipo de expresión, hace que nuestra mente incorpore la riqueza de los símiles y metáforas, logrando con ello romper los esquematismos de un “único modo de ver o decir”. Con el lenguaje de la poesía nuestras operaciones cognitivas aprenden la potencialidad de las relaciones, descubren puntos de unión entre realidades irreconciliables y acceden a las fuentes de un manantial inagotable para la expresión creativa e innovadora. La lectura asidua de poemas va creando en nuestra mente un “banco de imágenes” que tendremos a la mano cuando deseemos expresar asuntos profundos de nuestro ser, cuando tengamos que darle carne a emociones que nos sobrecogen, cuando queramos emitir mensajes que realmente lleguen al corazón de nuestros interlocutores. La poesía hace maleable la dureza conceptual, multiplica los miradores de nuestra percepción, nos hace más diversos y plurales en la manera de comunicarnos.

Si algo aporta la lectura frecuente de poesía es liberarnos de una lenguaje hegemónico o estereotipado. La poesía diluye “los lugares comunes”, las “fórmulas estandarizadas”, para mostrarnos los diversos matices de la realidad, de las pasiones humanas, de la complejidad de la existencia en todos sus niveles. En esto participa de la función primordial de todo arte: ayudarnos a recuperar el asombro y la lucidez para ver con otros ojos a las personas y al mundo que vivimos. Y no es que la poesía sea importante porque diga “cosas bonitas”, sino porque expresa, con delicada precisión, aspectos profundos o inadvertidos de algo que sentimos, percibimos o nos acontece. Este lenguaje nos invita a no olvidar asuntos que por la premura y las demandas del momento empiezan a desaparecer de nuestras prioridades, terminan siendo invisibilizados o, lo más grave, se banalizan hasta el punto de hacerles perder su esencia. El lenguaje de la poesía, en esta dimensión, nos restituye la admiración, el deslumbramiento o la primicia de estar vivos, de compartir con otros nuestros sueños, de comprender nuestra finitud a la par que nuestra capacidad para soñar y esperanzarnos.

Y ni qué decir de los beneficios que aporta el trato frecuente con la poesía para el cultivo de sí, para el conocimiento y talla de nuestra interioridad. Muchos poemas hacen el papel de espejos para reconocernos, especialmente en aquellos aspectos que aceptamos con dificultad, al igual que sirven para adentrarnos en zonas abisales de nuestra conciencia. La poesía nos ha mostrado sendas posibles de ir hacia el insondable territorio de nuestra personalidad, dejando en los versos indicios que parecen lecciones breves de sabiduría. Pero no sólo esto; de igual modo, la poesía ha respondido preguntas fundamentales sobre el sentido de la existencia o se ha atrevido a formular otras que con algún temor no nos atrevemos a decir en voz alta. Leyendo esos poemas, habitándolos desde la relectura y la meditación, la poesía va dotando el alma o el espíritu de claves para descifrar su esencia y del sentido que tiene una vida finita en el vasto e infinito universo.

Contar con un buen número de poemas en nuestra memoria, haber encontrado la afinidad con el mundo lírico de uno o varios poetas, apropiar el hábito de leer poesía con regularidad, todo ello contribuye a no descuidar la esencia dinámica de nuestro ser. La poesía sirve de refugio cuando las tribulaciones nos asedian; aporta consuelo cuando la soledad o la desesperanza nos hieren el corazón; y mantiene encendida la dimensión contemplativa, justo cuando todo parece estar condenado al inmediatismo utilitario y la voracidad del consumo. La poesía abre rutas de sentido en la inexperta juventud, afianza opciones de vida en la edad adulta y es compañera invaluable en la ensimismada travesía de la vejez.

Recursos para superar los bloqueos a la hora de redactar una historia de vida

08 sábado Mar 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, INVESTIGACIÓN

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Etiquetas

Bloqueos del escritor, Historias de vida, Investigación cualitativa

«La pasión de la creación» de Leonid Pasternak.

En otros textos he escrito sobre el temor a la hoja en blanco y sobre los obstáculos frecuentes al momento de escribir. En esta ocasión me quiero centrar en diversos recursos para superar los bloqueos que tienen los investigadores cuando van a redactar una historia de vida. Y si bien los bloqueos que señalo pueden tenerlos otros profesionales, me enfocaré en aquellos que, después de recoger datos suficientes sobre una persona, haber entrevistado al protagonista (de estar vivo) y a otros testigos, de revisar diversos tipos de documentos, se enfrentan a la tarea de poner toda esa información recolectada en palabras. En un discurso coherente, interesante y que tenga una extensión aproximada entre 10 y 15 páginas.

Pero, antes de ofrecer este repertorio de ayudas, vale la pena recordar que lo prioritario es no perder de vista el objetivo que nos proponemos con nuestra historia de vida. ¿Queremos recuperar sólo la dimensión personal, sus relaciones familiares y filiales, las vicisitudes de su existencia, los pormenores de su ciclo vital?; ¿nos interesa más describir el desarrollo profesional, artístico o intelectual de esa persona?; ¿lo que nos anima es descubrir los aportes de nuestro personaje a una disciplina, un campo investigativo o un área particular de conocimiento? Nos impulsa el deseo de abarcar varios de esos aspectos y, de ser así, ¿cuál de ellos es el que va a servir de columna vertebral de nuestro texto? Digo lo anterior, porque si se pierde el propósito medular de la investigación las estrategias que siguen tendrán poco efecto o terminarán alejando al investigador de la meta prevista.

Una primera alternativa para subsanar este bloqueo de redacción es el de elaborar un guion de trabajo, una tabla de contenido posible, una ruta de subtemas, un listado de los puntos que se desean tener en cuenta. O, como lo he explicado en otros artículos, que recoja los “incidentes críticos” o los hechos más relevantes de la persona que nos interesa biografiar. Este guion de trabajo sirve también para ir filtrando la información recolectada; y da buenas luces para los posibles subtítulos del texto en cuestión. De igual modo, ayuda mucho para saber sobre cuáles de los aspectos se tiene información suficiente y cuáles merecen una mayor pesquisa o alguna entrevista adicional. No sobra decir que el guion de trabajo se redacta a la manera de indicaciones por hacer u objetivos previstos para cada apartado; son indicaciones de preproducción escritural.

Una segunda estrategia, que supone la revisión pormenorizada de documentos, entrevistas y otros materiales recolectados, es agrupar tal información en grupos temáticos o de aspectos similares. En este caso, es necesario imprimir y tener tijeras a la mano o ir abriendo carpetas con los recortes respectivos: un grupo o carpeta para todo lo relacionado con su vida personal; otro, para incluir ahí lo de sus estudios; uno adicional, en el que se guardarán testimonios u opiniones sobre su obra intelectual o profesional; otro más, para incluir hechos o eventos claves en los que ha vivido o participado (el trasfondo histórico) … La idea es que a medida que se selecciona la información vayan apareciendo pistas para armar la historia de vida. Luego de esto, se procederá a redactar lo concerniente a cada grupo o carpeta y, una vez terminado, se le pondrá un subtítulo acorde a su contenido.    

La tercera ayuda –que es muy utilizada por los escritores expertos, en particular los dedicados a la narrativa– en lanzarse a redactar un primer párrafo a partir de algo que, durante las entrevistas, la lectura de documentos o el cotejo de información, nos ha llamado poderosamente la atención, algún evento que el entrevistado principal o los secundarios resaltaron con lujo de detalles. No importa que al inicio ese párrafo salga suelto, que parezca algo desperdigado o que no sepamos bien cómo encajará dentro de la totalidad del texto. Porque lo importante de esta estrategia es romper la parálisis o la indecisión del investigador, impulsarlo a tener ese primer lance con las palabras, llevarlo a romper el hechizo de “no sé por dónde comenzar”. Cuando tal cosa hacemos, lo que sucede es que ese hilillo de redacción convoca al flujo de la escritura. ¿A qué me refiero? A medida que vamos metiéndonos en la dinámica de las primeras líneas, en cuanto leemos y releemos lo que vamos redactando, en esa misma proporción se van despertando relaciones con otros asuntos que obtuvimos durante el trabajo de campo o se nos ocurren cosas que no habríamos conseguido si no hubiéramos tenido ese primer párrafo generador. Con toda seguridad, así sea poca o mucha la producción, al concluir de redactar ese párrafo tendremos un buen semillero de futuras ideas.

La cuarta estrategia, que sigo considerando muy poderosa para empezar a redactar la historia de vida, es la de glosar respuestas de las entrevistas ya sean del autor o de las otras personas seleccionadas, o apostillar apartados de algún texto del autor, fragmentos de su producción intelectual, o ideas subrayadas de una semblanza que alguien escribió sobre nuestro personaje. Glosar es como sacarle provecho al contenido de un pedazo de la información recogida, exprimir su sentido profundo, derivar lo que allí se dice hacia el objetivo que traemos entre manos. El texto base para este ejercicio, como bien se sabe, debe ser una idea completa o una proposición cabal y comprensible. Con esa idea en mente se empieza a desmenuzarla, a verle sus flancos de significado, sus implicaciones o aportes para nuestra pesquisa. Este ejercicio de glosar guarda un gran parecido con lo que he denominado contrapunto a las citas de autor y que, en este mismo blog he explicado y ejemplificado en varias entradas. Sea como fuere, el texto base hace las veces de soporte-motivo o piedra de toque para, desde ahí, impulsarnos a redactar y sortear así la parálisis mental o el entumecimiento de nuestra mano de escritores.    

Un recurso que podemos añadir, a los ya expuestos, es el de transcribir la información recolectada que está en fotocopias, en PDF, en medios digitales de audio o de video. Al transcribir, por ejemplo, una entrevista, no sólo vamos teniendo más dominio de lo que allí se dice, sino que esa labor se convierte en un dispositivo de recordación para fijarlo en nuestra memoria. La transcripción de declaraciones, de citas, de testimonios, de valoraciones críticas, hace que nuestra mente empiece a impregnarse del mundo del personaje, crea un clima cognitivo para sentirlo más cercano, para poner en alto relieve sus convicciones profesionales, su modo de pensar, sus principios rectores, su manera de entender el contexto en que le tocó vivir y dentro del cual ideó o puso a prueba sus proyectos e ideales. Transcribir buena parte de la información recolectada –con paciencia y buena atención– es una manera de contagiarse de la visión de mundo del autor, asimilar sus enunciaciones identitarias y crear un vínculo discursivo para que, al momento de hablar de él, no lo sintamos demasiado lejano o inaccesible.

La sexta ayuda consiste en seguir, paso a paso, la línea de tiempo del autor, para irse enfocando en cada una de esas diferentes etapas. Desde luego, se empezaría por el nacimiento, se pasaría enseguida por su juventud y madurez hasta concluir en el presente o en su muerte, si ya ha fallecido. Esta línea de tiempo señala los puntos de referencia o los hitos existenciales que servirán de guía al que no sabe cómo o por dónde comenzar a redactar. Por supuesto, y eso no sobra repetirlo, una historia de vida no es una cronología rigurosa, año a año, sino una selección de los eventos más significativos o más relevadores de una persona; habrá, entonces, que seleccionar aquellos en los cuales hay “densidad biográfica” o que, mirados en relación con otros, tienen un subrayado o gran trascendencia. A veces, esa línea de tiempo, se divide por décadas o por grupos de años que pueden abarcar la época de infancia, la etapa de formación, el período de producción o realización profesional, o los años de madurez, vejez y muerte. En cualquier modo de parcelar este itinerario de una vida, la clave está en la certeza que ofrece esa cadena de tiempo para no perderse entre las muchas informaciones recolectadas.

Otra estrategia para aquellos que permanecen inmovilizados frente a la pantalla de su computador y, después de un largo tiempo, siguen sin empezar a redactar la primera página sobre la persona en la que han estado trabajando por varios días, consiste en leer apartes de otras historias de vida, con el fin de “inspirarse” o ver alternativas de solución a este tipo de pesquisa. Desde luego, las historias de vida elegidas o las biografías –en sentido amplio– que tienen más fuerza motivacional son aquellas con un buen tono narrativo o que, según la crítica, son ejemplo de calidad en esta forma textual. La lectura de estas obras cumple su cometido cuando despiertan en quien tiene el bloqueo un asomo de posibilidad para empezar su labor o sirven de modelaje para emular un estilo, una estructura, un modo de articular diferentes aspectos de una persona. La idea, por lo mismo, es ir leyendo, dejarse habitar por esa escritura, para después intentar esbozar unas líneas en la misma tonalidad o tratar de seguir la organización de un párrafo o apropiar determinados recursos para darle inicio al texto, subtitularlo o intercalar las voces de los entrevistados. Se lee a los escritores que han realizado excelentes biografías para, desde un proceso de imitación, tratar de interiorizar esas formas sobresalientes de escritura. Más allá de lograr un resultado perfecto, lo que se pretende con este recurso es tener textos-tutores que nos acompañen en nuestros escarceos de redacción vacilante.

Sumadas a estas siete ayudas para superar el bloqueo de iniciar la redacción de la historia de vida, creo oportuno señalar, de manera puntual, tres más: darle extensión o desarrollo a una pequeña anécdota contada por el protagonista o relatada por alguno de los informantes; elaborar un breve retrato del personaje en cuestión retomando, de aquí y allá, rasgos físicos y de carácter, atributos de su personalidad o características notorias de su modo de hablar, relacionarse o comportarse en determinadas situaciones; exponer, a manera de síntesis de una hoja de vida, los trabajos desempeñados, los proyectos llevados a cabo, las obras intelectuales publicadas, calcando el estilo de la presentación de los currículum en los que, de forma resumida, se destacan las habilidades, la experiencia y logros más significativos de una persona.

Confío en que por lo menos una de estas iniciativas contribuya a deshacer ese estado de embotamiento, inacción o marasmo de los investigadores al momento de poner por escrito las historias de vida documentadas y, a la vez, sirvan de indicios cuando se quiera buscar la mejor vía para hacer coincidir la ambición entusiasta de realizar un buen trabajo con los recursos de redacción necesarios para materializar tal deseo.

Los beneficios formativos de leer biografías

18 martes Feb 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

≈ 4 comentarios

Además del placer que produce la lectura de biografías, las historias de vida cumplen un papel fundante en la formación de niños y jóvenes, y son referentes importantes para enriquecer la edad adulta y sobrellevar la vejez. Las vidas de personas “ilustres”, “notables”, “ejemplares”, pueden ser un buen abono para el espíritu cuando está empezando a consolidarse un carácter, constituyen un repertorio de ejemplos –positivos o negativos– para el autoexamen y la toma de decisiones y son un caudal de experiencia que, generación tras generación, se ofrece como legado a los hombres y mujeres del presente.

¡Cómo son de nutritivas la lectura de biografías en los años de infancia! Escuchadas o leídas, despertaban la imaginación y la fantasía, hacían crecer en nuestra mente infantil deseos de heroísmo o de causas altruistas; nos llevaban a imaginar cierta disposición para la valentía, el fragor de la aventura o una inusitada capacidad para adentrarnos en los misterios de la naturaleza. Héroes patrios, santos, descubridores o científicos, artistas, gobernantes o líderes diversos, recuperaban su figura en los juegos de las horas del recreo o, para poner un ejemplo personal, servían de refuerzo a una pasión por el dibujo. Porque en los cuentos de alquiler, en un ejemplar de las Vidas ilustres, leí la historia de El greco, el pintor que tenía un nombre extraño y, sin embargo, guardé para siempre en mi memoria: Doménicos Theotocópoulos. Esa biografía contada en viñetas de colores me impactó sobre manera porque se hermanaba con mi gusto por ilustrar mis cuadernos. Al igual que él yo copiaba las ilustraciones de los libros, me esforzaba en manejar la pluma y el dibujo a tinta china y pasaba largas horas combinando los colores para darle el mejor tinte a las plumas de las guacamayas. Años después cuando empecé a estudiar diseño gráfico en la Universidad Nacional me volví a reencontrar con este pintor de cuerpos alargados, ojos vidriosos y sombras profundas. Y pasado mucho tiempo pude viajar a Toledo y ver, ya no en láminas sino en el lienzo original, El entierro del conde de Orgaz. Cuento esto para reafirmar mi idea de que la lectura de biografías, especialmente en las edades cuando estamos explorando nuestros talentos, permiten identificar nombres que se convierten en personas a emular o dan forma a vocaciones que aún no podemos delinear con exactitud.

Y ni qué decir del impacto de las biografías cuando ya somos jóvenes y estamos en la búsqueda de un campo profesional o luchamos interiormente entre estudiar para conseguir un empleo o seguir una pasión artística llena de incertidumbres. Las vidas de autores reconocidos, las vicisitudes por las que pasaron para alcanzar sus ideales, la forma en que vencieron las adversidades, todo ello se convierte en lecciones indirectas para el futuro de una existencia o en itinerarios posibles cuando se sueña seguir el llamado de una vocación. Recuerdo, en esta perspectiva, la emoción con que devoré en pocos días la novela Anhelo de vivir: La vida de Vincent van Gogh de Irving Stone. Ni me di cuenta en qué momento terminé las 400 páginas sobre el creador de “Los girasoles”, “La noche estrellada”, “Trigal con cuervos…” Qué forma hermosa de aprender la persistencia de un hombre para lograr cumplir sus ideales, la fuerza de carácter para no mentirse interiormente, la importancia de contar con cómplices o personas fraternas para mantenerse en pie y no sucumbir ante las penurias de la sobrevivencia. Este libro, la historia de este pintor fue definitiva para dejar los estudios de derecho que cursaba en ese momento y optar por la literatura. En muchas ocasiones, la lectura de una biografía fortalece el ánimo y direcciona la voluntad o muestra casos concretos de lo que en nuestra mente es apenas un anhelo o una divagante aspiración.

Considero que la escuela y los maestros son fundamentales en este propósito de presentar hombres y mujeres “destacables”, modelos de ingenio, de investigación, de creatividad o de servicio a los demás, ejemplos humanos que desde su misma trayectoria de vida son un testimonio de tenacidad, de consagración a un ideal o de encarnar ciertos valores que rebasan el común comportarse de la gente. Leer esas biografías en clase, volverlas parte de un plan lector institucional, incitar a los estudiantes a hallar “personajes” cercanos a sus expectativas de realización en el futuro, puede llevar a que desde muy pequeños se cultive una afición, se confíe más en las propias habilidades y se hallen mentores que refuercen la “singularidad” y la materialización de ideales aparentemente inalcanzables. Cómo no referir acá la biografía de 11 científicos, Cazadores de microbios de Paul de Kruif; un libro con una prosa ágil e interpelativa para despertar el gusto por la investigación, por la persistencia si se desea responder una pregunta, y por el trabajo denodado y honesto lejos de vanaglorias pasajeras.

Algo semejante ocurre en los estudiantes de educación superior cuando leen biografías de los fundadores, pensadores o referentes claves de una profesión. Aquí hay un buen repertorio de “figuras notables” para ofrecer electivas que contribuyan a entender la historia de un campo disciplinar, los pilares de su desarrollo y, lo más importante, una forma de poner a dialogar la innovación de un campo del saber con el cauce poderoso de la tradición que le da soporte social y fundamento teórico. Digo esto porque cuando se instrumentaliza demasiado una profesión, al dejarla huérfana de aquellos que le dieron consistencia, realce y continuidad en el tiempo, con facilidad se cae en el tecnicismo del operario o en atender únicamente las demandas inmediatas del mercado. Cómo puede ser posible que, sólo como ilustración, salgan egresados de una licenciatura en educación sin conocer las vidas de Montessori, Decroly, Freinet, Pestalozzi, Dewey o Paulo Freire. Pero no me refiero a una reseña rápida de estos “pilares”, sino a estudiar su vida en profundidad para entender bien su aporte a la educación, la forma como respondieron a los problemas educativos de su tiempo, y la manera como fueron elaborando sus propuestas o sus metodologías innovadoras. Si hiciéramos esto de manera intencionada en los currículos los estudiantes sabrían quiénes son esos “autores clásicos” de su carrera, sabrían reconocerlos y dignificarlos, aprenderían a distinguir el origen de diversos enfoques en una misma disciplina y, poco a poco, hallarían razones de peso para amar y enaltecer su profesión.

Pero la lectura de biografías no solo es útil en el ambiente escolar o universitario, también es valiosa para la formación personal en cualquier edad de la vida. Y así como las hagiografías tenían una finalidad edificante, las biografías nos ponen en contacto con otras personas, de diferentes épocas y contextos, que nos dan orientaciones sobre cómo enfrentar ciertos problemas o actuar en determinadas circunstancias. Pienso ahora en las Vidas paralelas de Plutarco y la sabiduría contenida en sus páginas, especialmente cuando tenemos algún tipo de poder o estamos sometidos al escrutinio público. Cuántos errores podrían evitarse si hubiéramos leído y apropiado lo que allí se nos cuenta sobre figuras como Alejandro, Julio César, Numa Pompilio, Solón, Pericles, Cicerón o Demóstenes. Cuánta sabiduría tendríamos en nuestro haber si, al decir de Plutarco, supiéramos apropiar de todas esas vidas pasadas las ganancias interpersonales de “un modo de conducirse” o las consecuencias negativas de no templar el carácter. Al leer este tipo de biografías asumimos el papel de beneficiarios del legado de otras vidas, recogemos lo que más nos sirve para dilucidar los problemas de la vida diaria y nos provisionamos de normas de conducta, de virtudes o principios que orienten nuestro proceder en el futuro.

De cara al narcisismo de nuestra época y del desprecio por el pasado, frente al culto a la velocidad y la novelería, la lectura de biografías puede ser un buen camino para que las nuevas generaciones conversen con las anteriores, una forma de aprender las contingencias de la vida desde el testimonio de otras personas, y una forma de dignificar a todos esos hombres y mujeres que abrieron fronteras, hicieron descubrimientos, crearon obras artísticas, lideraron multitudes o contribuyeron a que el mundo que les tocó en suerte fuera mejor o avanzara en alguna dimensión humana.

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