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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

El cuchillo de Ezequiel Martínez Estrada

05 jueves Ene 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Ezequiel Martínez Estrada: la agudeza del pensamiento.

Creo que poco hemos reparado actualmente en la excelente producción ensayística de Ezequiel Martínez Estrada. Y una buena manera de apreciar su talento es analizar un pequeño texto contenido en su obra Radiografía de la pampa, publicada en 1933. El ensayo se titula “El cuchillo”, y hace parte del capítulo “La época del cuero”.

Lo primero que valoro es la capacidad de Martínez Estrada para sacar provecho argumentativo de asuntos o cosas sencillas. Su ojo perspicaz logra poner en alto relieve características inadvertidas de las cosas o vincular rasgos distantes o inesperados entre ellas. En esto se asemeja mucho al procedimiento usado por Georg Simmel, uno de sus autores de cabecera. Basta mirar lo que descubre el sociólogo alemán sobre una cotidiana y sencilla asa de un vaso. Pero, vayamos a los entresijos del texto en cuestión.

Es típico de Martínez Estrada empezar sus ensayos con una afirmación contundente. La tesis de sus ensayos despunta en la primera línea o en el primer párrafo. “El cuchillo va escondido porque no hace parte del atavío y sí del cuerpo mismo”, escribe al inicio del ensayo. Con ese basamento, el argentino empieza a elaborar sucesivas capas de análisis; construye o reconstruye lo mismo que ha puesto como soporte de su reflexión.

Ya en el segundo párrafo, Martínez Estrada, nos advierte que el cuchillo es “un adorno íntimo” y, por lo mismo, pertenece “al fuero de lo privado”. Derivado de ese planteamiento, vincula el carácter privado del cuchillo con el insulto, pues solo son sacados en “momentos supremos”. Ahí mismo deja abierta otra relación: la del cuchillo con el falo, pero por la vía del recato y lo innecesario de mostrarlos sin necesidad.

En el tercer párrafo, el escritor santafesino muestra que el tipo de lucha ofrecida por el cuchillo –a diferencia del sable– es para los lances íntimos. Se detiene en analizar el vínculo del cuchillo, especialmente del mango, con la mano, y por eso mismo, de cómo las fallas en la pelea con esta arma “es un fallo del brazo”.

Martínez Estrada en el cuarto párrafo echa mano de anécdotas históricas para mostrar que el cuchillo ha tenido héroes gloriosos en su empleo, al igual que rituales y prohibiciones. Enseguida, en el quinto párrafo, vuelve a las particularidades del arma: ahora sus observaciones giran sobre la vaina, la que “arrebata al cuchillo del mundo”. Usa frases lapidarias: “el cuchillo envainado está sustraído del mundo de la muerte”. Afirma que, aunque esté envainado, el cuchillo está al acecho como “un felino”. Acto seguido, pone ejemplos de los usos del cuchillo o de su variada utilidad: perro fiel, ojo occipital, alimento, tranquilidad, confianza, seguridad. Y hasta es un objeto de ley personal para “probar la justicia de la fama y la legitimidad de lo que se posee”.

En el sexto párrafo, el ensayista amplifica las consecuencias o atributos que trae consigo el cuchillo: da autoridad, “subraya la razón”. Interrumpe su exposición para hacer una digresión sobre la sangre de la víctima acuchillada y evidencia que por ser un arma corta y del hombre solitario, “dificulta la ayuda”. Después, en el párrafo siguiente, vuelve para ampliar el punto de que el cuchillo “subraya la razón”. Afirma que a pesar de que el cuchillo es “dócil en las manos domésticas” y sirve para cortar el pan y mondar las frutas, el secreto de su manejo es un arte difícil, “como el de hacer un buen verso”. Agrega  otro uso del cuchillo que es el de matar, el de matar a otro hombre “cuerpo a cuerpo”. Termina el párrafo hablando de que el cuchillo es una herramienta síntesis de otras usadas desde nuestros orígenes.

Dedica un párrafo el escritor para señalarnos que el cuchillo “es más rápido que el insulto” y que al usarlo, ya no hay tiempo para retractarse; que la mano armada con el cuchillo es un útil inconsciente y, que, en esa medida, está “más próximo a la voluntad que al pensamiento”. Cierra este apartado advirtiéndonos que el cuchillo no admite el perdón porque, al entrar en contacto, “al “entrar hasta la empuñadura”, es la “cercanía sin remedio”.

En el siguiente párrafo Martínez Estrada se concentra en el tamaño “sin exceso” del cuchillo. Pone punto aparte y se concentra en profundizar en las diferencias entre el sable y las propias del cuchillo. Se percata de que el florete, por ejemplo, “ofrece al puño la resistencia de su longitud”; en cambio, en el cuchillo, “la fuerza va de la mano al extremo”. Una vez más, el argentino condensa su disquisición en una frase cortante como su tema: “La espada tiene su escuela y su estilo; el cuchillo es intuición, autodidáctica”. Desde ese lugar retoma elementos para volver al lance de cuchillo, de ese arte de cortar (el “arte cisoria”) que no tiene maestros, un arte “tanto de la mano como del ojo”, un arte que “no es espectáculo, sino intimidad”. Concluye hablando de una suerte excepcional del cuchillo, el de “la clavada”, que es “extraña a su finalidad y naturaleza”, pues implica soltar el arma de la mano para que dé en el blanco. Insiste en la importancia de lo intuitivo en el uso de esta arma y emparenta tal espontaneidad con la gambeta del animal perseguido o en el “puro valor de defensa del hombre agredido”. Abre un nuevo párrafo para enfocarse en la punta del cuchillo y deduce que al acortarse la distancia entre la empuñadura y la punta (típica de la espada) se perdió la clemencia.

Dispone de otro apartado para hablar del tamaño del cuchillo. Martínez Estrada afirma que, por ser pequeño, “puede llevarse entre las ropas”, adquiere la magia del amuleto y de “utensilio interior”, casi mágico.  Puede llevárselo en la cintura, en la pierna, al costado o, lo que resulta más temible, en la espalda. Esta última manera de portarlo parece ser la más peligrosa: “cuchillo del domingo, el prohibido”.

El ensayista argentino empieza un nuevo párrafo deteniéndose en el hecho de que es raro un suicidio con cuchillo. Por ser un arma que va “de la empuñadura hacia la punta” es difícil que se vuelva contra su amo: “como el perro, que es lo que se le parece más”. Martínez Estrada retrocede en su planteamiento y retoma otra característica del cuchillo: la hoja desnuda. Dice que ella misma es ya “una advertencia del peligro; declara la anchura de la herida y su profundidad”. Y por esa correspondencia misteriosa entre “el acero y la carne” el autor deduce que la sangre limpia la hoja pero se acumula u oscurece el cabo del cuchillo.

Hacia el final del escrito, el ensayista pasa revista a diversos tipos de cuchillo: el del trabajador, el de las fiestas, o el arma ornamental como el facón, de doble filo. El escritor argentino hace una pausa para hablar de una característica fundamental: el filo del cuchillo. Nos recuerda que se prueba el filo del arma “sobre la yema del pulgar” y, nos advierte que, “la sensación sutil indica su finura”. Menciona, además, que con “la uña se aprecia el temple”. Deja esbozados algunos gestos relacionados con el cuchillo, bien para saludar, amagar o hacer callar.

Los dos últimos párrafos del ensayo los dedica Martínez Estrada a hablar del manejo del cuchillo, desde “rasgar la epidermis” hasta “tatuar al adversario como a un esclavo”. Cierra el texto subrayando que “el mérito del cuchillo está en la punta”, y, por eso, agredir con el filo, “indica indulgencia o desprecio”.

Me he detenido párrafo a párrafo para apreciar mejor la fineza del pensamiento de Martínez Estrada. Es un ensayista del detalle, a veces de un preciosismo en su minuciosa manera de observar. Es excelente la forma como teje las inferencias y como saca conclusiones o derivaciones de hondo calado, partiendo de hechos, cosas o situaciones baladíes. Valoro también, y esto hace parte de su logro como escritor, la elección de un vocabulario preciso, puntual, cabal para sus fines argumentativos. Es una prosa pensada, meditada. El escritor argentino nos muestra en este ejemplo, como en otras de sus producciones, que el ensayo es principalmente una tipología textual para foguear nuestras ideas, para hacer que nuestra mente derive, contraste, replique, compare y analice con juicio crítico tanto la condición humana como las variadas expresiones de la vida y la cultura.

Releo de inicio a fin el ensayo de Ezequiel Martínez Estrada sobre el cuchillo y me parecen elogiables sus agudas apreciaciones de que es un arma íntima, muy pegada al cuerpo; que es un arma para el duelo a pie y que excluye, por su cercanía, cualquier forma de intercesión. Me parece muy contundente su argumentación de que el aprendizaje del cuchillo requiere el don del valor y una sagacidad para descubrir sus técnicas solo “visteando”; y que del mismo modo como sirve “para ganarse el pan con humildad” puede ser un instrumento “de justicia y libertad”. Cierro el libro de Radiografía de la pampa y me quedo con esos otros significados latentes del cuchillo percibidos por la mente afilada de Martínez Estrada: un arma de poder, de fe en sí mismo o de la voluntad concentrada.

Leer en vacaciones

30 viernes Dic 2016

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, LECTURA

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Ilustración de Jungho Lee.

Me gusta emplear buena parte del tiempo de mis vacaciones en leer. Disfruto, enormemente, levantarme temprano a continuar el libro que dejé la noche anterior, sin tener que preocuparme de los compromisos académicos o del corte que ocasiona dejar la lectura para ir a cumplir con mi horario habitual de trabajo. Así que, en vacaciones puedo darme ese placer a mis anchas, dedicando más de ocho horas a esta gozosa forma de descanso.

Salta a la vista que la lectura es un excelente sucedáneo del viajar. O mejor, es la forma como se puede viajar estando en casa. Digamos que es la manera particular como la imaginación saca sus valijas y desempolva sus atuendos. Por lo mismo, al tener varios días para elegir el libro que queramos o para regodearnos con la relectura de esos otros apreciados compañeros de existencia, pues no deja de producirme una alegría manifestada por momentos en un espíritu juguetón o una disposición especial para seguir las pistas señaladas en un libro o buscar una obra referenciada en una nota a pie de página.

De otra parte, la lectura es como un lubricante para mi escritura. Ella hace las veces de acicate, de piedra de toque, de catapulta íntima, para que se despierten las manos y busquen el esfero o el teclado del computador. Un apunte allí, una reflexión consignada en el “despertario”, una frase recogida con rapidez en mi cuaderno de notas. Desde luego, a veces el escribir no es inmediato. La lectura, en estos casos, hace las veces de sedimento, de represa, de caldo de cultivo. Y sé por mi propia experiencia que luego, cuando menos lo piense, se convertirá en una corriente interior que me lleva a encerrarme en mi estudio a escribir para no dejar que esa fuerza descomunal asfixie mi pensamiento o me rompa el espíritu.

Y como toda lectura evoca a otras, como al tocar las frases de un texto se despiertan las resonancias y los ecos de otras obras, lo más interesante es que en la mesa de noche, en el escritorio, en el estudio, empiezan a crecer los libros como pirámides en una inestabilidad misteriosa. Un ejemplo, sería suficiente: en la pasada Feria del libro de Guadalajara encontré un pequeño texto de Ezequiel Martínez Estrada sobre Montaigne, editado por la UNAM, en la colección “Pequeños grandes ensayos”. El librito me atrapó. Pero, a la par que iba leyendo el texto, seducido por Martínez Estrada volví a la lectura y relectura de algunos ensayos de Montaigne. Me detuve en: “Sobre unos versos de Virgilio” y en la “Apología de Raimundo Sabunde”. La traducción elegida fue la Javier Yagüe Bosch publicada por Galaxia Gutenberg y el Círculo de lectores. La provocación del argentino me llevó a revisar mi biblioteca y encontrarme con un pequeño texto del historiador Peter Burke sobre Montaigne; aunque ya lo conocía, esta vez lo leí completo. Y durante tres días devoré la novela- ensayo del chileno Jorge Edwards, La muerte de Montaigne. Releí el prólogo de André Gide a su antología sobre Montaigne y la semblanza homónima del vienés Stefan Zweig editada bellamente por Acantilado. También tengo en remojo otra biografía sobre el padre del ensayo titulada Montaigne a caballo, de Jean Lacouture. Y si los días de vacaciones me alcanzan, degustaré otra obra: Pensar sin certezas: Montaigne y el arte de conversar del  español Jesús Navarro Reyes.

Como se ve, leer es una labor inacabada. Porque la red de conexiones no involucran solo a Montaigne, sino al mismo Ezequiel Martínez Estrada. Yo había leído ya La cabeza de Goliath. Microscopía de Buenos Aires, pero este largo y hermoso texto sobre el ensayista francés, me puso en alerta para degustar la Radiografía de la Pampa. El proceso de réplicas me llevó de nuevo a las Moralia de Plutarco y, por una coincidencia que solo suceden cuando se está de vacaciones, en una de mis acostumbradas visitas a la tienda de libros y antigüedades “Quevedo”, pude por fin de muchos años adquirir las Obras completas de Séneca, en la edición de Aguilar. Séneca, el cordobés de cabecera de Montaigne. Las ramificaciones de la lectura se multiplican como las enredaderas; algunas de esas bifurcaciones son evidentes o inmediatas y, otras, se entrelazan en el subsuelo de nuestra memoria o crean vínculos secretos en el pozo sin fondo de nuestro inconsciente.

Retomo el hilo de mi argumentación para agregar que la lectura es un bien inmaterial que deberíamos legar a nuestros hijos o a las generaciones venideras. Lamento que los más jóvenes de hoy malgasten buena parte de su tiempo consumiendo una programación televisa tan limitante y castrante de la fantasía, privándose de lo que un buen libro ofrece a su mente y a su imaginación. Quizá este mundo consumista e inmediatista, esta sociedad de consumo tan atrapada por adquirir cosas y artefactos, vaya cercenando o mermando las prácticas de lectura de libros. Entre otras cosas porque para leer se necesita devolverle a la soledad y al silencio su justa valía; y porque la lectura, además, pide cierta atención o concentración sin la cual es imposible develar lo que está latente debajo de cada grafía. Pero a pesar de este mal ambiente de estas épocas para la lectura considero que es un deber de padres y familiares potenciar el gusto por leer. Esto implica, desde luego, mostrar con el propio ejemplo el disfrute de la lectura. Y también, dedicar tiempo para leerles a los niños y niñas libros en los que ellos y ellas puedan apreciar otro tipo de magia: ese hechizo no proveniente de mecanismos o dispositivos tecnológicos, sino del prodigio de la propia mente para inventar, recrear o conjeturar mundos posibles a partir de la unión o combinación de simples palabras.

El ocio de las vacaciones es una especie de tierra fértil para la lectura. Cuánta cosecha recogida en tan pocos días: “Montaigne hizo de la lectura un modo de acción… La total impregnación del alma en las lecturas es lo que fortifica los órganos de sentir y pensar; la lectura activa es uno de los secretos del desarrollo y temple de los grandes espíritus”, afirma Martínez Estrada. “Escribo una fantasía muy personal, mi Montaigne, para decirlo de algún modo, y si el paciente lector quiere seguirme, la elección es suya. Montaigne significa para mí la libertad, la sensatez, el humanismo superior, y en algún sentido: la lectura y la escritura”, confiesa Jorge Edwards. “Uno de los placeres al leer a Montaigne es el de que se encuentran constantemente posibles significados nuevos en sus escritos”, advierte Peter Burke. “Un lector idóneo descubre a menudo en los escritos de otro otras perfecciones que las que el autor ha puesto y señalado, y descubre sentidos y matices más ricos”, apunta André Gide, retomando una cita de Montaigne… Los diversos subrayados son una evidencia de que la lectura ha estado feliz, saltando aquí y allá, satisfecha de estar en complicidad con la vigilia y ansiosa por continuar su aventura de expedicionaria en las absorbentes y delgadas tierras de los libros.

Pensamiento relacional: la analogía

21 miércoles Dic 2016

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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ilustracion-de-philipp-igumnov

Ilustración de Philipp Igumnov.

El símil y la metáfora son dos de las formas más conocidas del pensamiento relacional. A partir del acercamiento de dos realidades se logra construir un nuevo sentido o iluminar con otra luz una parcela de la realidad o la condición humana.

Resulta común hoy asociar los labios de una mujer con los pétalos de una rosa. Pero, muy seguramente, el primero que se percató de tal relación debió generar extrañeza en sus contemporáneos o, por lo menos, un súbito asombro. Quizá, en esta perspectiva es que la poesía ha potenciado el lenguaje y lo ha renovado en sus posibilidades de ser también un decir oblicuo, figurado, traslaticio y analógico.

Pero, más que adentrarme en el lenguaje poético, asunto que he profundizado en mi libro La palabra inesperada, lo que deseo en esta ocasión es escudriñar en el valor del pensamiento relacional para enriquecer la argumentación en un ensayo. Es decir, me enfocaré en analizar específicamente cómo la analogía sirve de  aval o refuerzo a una determinada tesis.

La analogía, vale la pena recordarlo, es una relación entre dos realidades distintas pero que tienen, en sus diferencias, puntos en común. Mejor dicho, son esas semejanzas las que pueden ser utilizadas por el ensayista para un razonamiento argumentativo. Aquí podemos advertir, de una vez, que la argumentación provendrá de haber encontrado esas semejanzas e ir convenciendo al lector de que la tesis presentada cobra más fuerza o es evidente por tales comparaciones. La analogía, así entendida, hace las veces de una constatación reiterativa o de una comparación plástica en la que cada rasgo de semejanza refuerza con mayor consistencia la tesis seleccionada.

Así que, cuando se utiliza una analogía para argumentar en un ensayo no es suficiente con enunciar un símil o comparación. La verdadera argumentación consiste en ir tejiendo esos puntos de relación entre la tesis y esa otra realidad elegida como espejo de nuestro razonamiento. Insisto en ello porque es frecuente la confusión entre enunciar una comparación y lograr verdaderamente una analogía lógica y coherente.

Se me ocurre ahora un ejemplo. Supongamos que mi tesis consiste en plantear que el escribir es semejante a navegar. Si esa es la analogía elegida, la argumentación tendría que ir mostrando poco a poco cómo es que se da tal relación: ¿el mar será la hoja en blanco?, ¿el puerto de llegada consistirá en el punto final del escrito?, ¿los útiles empleados serán las embarcaciones?, y los remos o el vapor, ¿qué papel cumplirán? ¿El escritor será como el capitán del navío?, y de  ser así, ¿quiénes harán las veces de la tripulación? ¿El viento, si el barco es de vela, será análogo a la inspiración?, ¿y las tormentas o las aguas embravecidas a qué corresponderán en nuestro desarrollo argumentativo? Como puede verse, no es suficiente mencionar la analogía. Lo correcto es desagregar o ir engarzando cada aspecto de las dos realidades para, desde ese telar de las relaciones, ofrecer las evidencias de lo que nos interesa persuadir al lector.

Cuando así procede el pensamiento deberemos previamente hacer un cuadro comparativo entre las dos realidades, con sus respectivas características,  e ir descubriendo –con perspicacia e imaginación– los aspectos en común, los elementos afines. El pensamiento relacional, por lo mismo, es mimético, mutante, pluriforme. Se mueve como pez en el agua en las sinestesias, en los trueques de sentido, en las redes profundas de la simbología. Y si el ensayista acude a este tipo de pensamiento es porque confía en que al tener esa mirada bifronte sobre determinado aspecto o circunstancia, podrá obtener mayores razones para su labor argumentativa.

Por lo demás, al establecer ese cuadro comparativo, el ensayista logrará descubrir al mismo tiempo la fragilidad de ciertas comparaciones que, a primera vista, parecían potentes analogías. Al cotejar las relaciones hallará que no encajan o que es demasiado forzado el lazo de unión entre las dos realidades. Lo mejor en estos casos será desechar la analogía o buscar otro campo de relación para proceder al mismo ejercicio del múltiple cotejamiento.

Sigo creyendo que la analogía, por partir de lo conocido, es ideal como herramienta argumentativa cuando la tesis del ensayo es bastante abstracta o no fácil de comprender. La analogía posee la bondad de ser altamente didáctica para “hacer visible” lo que otros recursos del pensamiento oscurecen o confunden. Dicho medio, por estar soportado en el pensamiento relacional, hace las veces de traductor entre las ideas, de intérprete entre realidades diferentes. Ahí radica su utilidad invaluable y ahí, de igual modo, está el reto de confeccionar una analogía precisa y cabalmente persuasiva.

Las claves del ensayo

14 miércoles Dic 2016

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Hace ya más de una década que publiqué mi libro Pregúntele al ensayista. La obra ha tenido, desde entonces, una muy buena recepción, y en los colegios y universidades ha servido de guía y apoyo tanto para maestros como para estudiantes. Creo que eso se debió al carácter didáctico del texto y a una intencionada manera de poner el énfasis en la perspectiva de intentar solucionar los problemas que se tienen al escribir este tipo de textos.

Todos estos años he seguido atento a las minucias y las dificultades de escribir ensayos. Mi trabajo como docente y formador de maestros me ha ayudado a ubicar dónde están las mayores falencias y dónde se necesita alguna ayuda para cualificar la estructura de esta modalidad de texto argumentativo. Precisamente ahí se encuentra el motivo de esta nueva obra: ahondar en las particularidades del hacer ensayístico. Es un esfuerzo por ir más allá de las recomendaciones generales y mostrar, con ejemplos, cómo se construye una tesis, se elabora un tipo de argumento, se interconectan las ideas o se confecciona la estructura básica de un ensayo.

He querido también abogar en esta ocasión por el ensayo corto. Primero, porque el tiempo de los maestros es escaso y, en consecuencia, parece más conveniente abandonar la consigna de poner extensos trabajos que no se leerán y enfocarse más bien en corregir con cuidado una página. Segundo, porque la complejidad de los textos argumentativos obliga a desentrañar con paciencia de relojero los modos como las ideas necesitan organizarse para alcanzar su eficacia persuasiva y eso puede apreciarse mejor en textos condensados que en largos ensayos. Desde luego, lo que aquí se predica en pequeño puede servir en textos de mayor extensión.

De igual modo, este libro insiste en la tarea de mostrar y enseñar los conectores lógicos. Gracias a ellos la cohesión y la coherencia entre las ideas se hace más consistente. Y si en mi primer libro recopilé y organicé más de 1500 conectores, esta vez preferí compartir el repertorio particular empleado por cinco reconocidos ensayistas iberoamericanos. Considero que esta variada lista de marcadores textuales muestra la necesidad de analizar sus diversas aplicaciones y, al mismo tiempo, evidencia lo importantes que son para constituir las marcas de estilo de un escritor.

También he procurado utilizar distintos modos de presentar este saber-hacer sobre el ensayo. A veces acudo al texto expositivo, al diálogo, a la carta, al cuento, al aforismo y, en la mayoría de ocasiones, al ensayo. Dicha estrategia discursiva pretende interpelar al lector, estudiante o maestro, para que desde diversas frecuencias tenga vías de acceso alternas al tema que nos ocupa. Tal intención comunicativa se basa en una convicción: al presentar el mismo conocimiento desde diferentes posibilidades discursivas se logra ser más inclusivo y más democrático en el aprendizaje, cumpliendo así un requerimiento de la didáctica contemporánea.

El título del libro es una clara intención de su contenido. Lo que he pretendido es ofrecer un conjunto de herramientas para desentrañar en gran parte el secreto de escribir ensayos. Busco con cada apartado que el novato escritor tenga a la mano una solución para descifrar ese universo de los textos argumentativos. Dichas claves, entonces, se pueden convertir en dispositivos de explicación para un asunto denso o complicado o en útiles de ayuda cuando ya se esté transitando por el camino ensayístico.

Cierro este prólogo recalcando la importancia de esta tipología textual para desarrollar en colegios y universidades el pensamiento crítico. El ensayo sigue siendo una estrategia vigorosa para no sucumbir al unimismo acéfalo de hoy, para tener una mirada de sospecha frente a las astucias de los medios masivos de información y para fortalecer la propia producción de conocimiento. De igual forma, mediante la escritura de ensayos podemos desarrollar el pensamiento argumentativo; es decir, aprender a hilar lógicamente nuestras ideas con el fin de participar en una sociedad del consenso, o disentir sin que debamos acudir para exigir nuestros derechos a la fuerza y la violencia física. Tales bondades del ensayo refuerzan la necesidad de haber escrito esta nueva obra; aspiro que los lectores así lo confirmen.

Conferencistas sin auditorio

08 jueves Dic 2016

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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conferencista

En mi reciente visita a la Feria del libro de Guadalajara –aunque no sólo en este evento– he constatado un problema de los conferencistas o ponentes a un panel académico. Me refiero a la poca importancia dada al tipo de auditorio o a las características del público presente. Vengan de donde vengan, hablen de lo que hablen, el proceder de los conferencistas es semejante: cumplir con leer un texto escrito o leer lo que ya se traía previamente organizado en unas diapositivas.

Son excepcionales los conferencistas que, dependiendo de su auditorio, cambian, adaptan o modifican lo ya preparado. La mayoría, hace caso omiso del público y se concentran más en no olvidar leer ninguna de las diapositivas o en terminar a como dé lugar todas las páginas de su ponencia. Es como si se partiera del hecho equivocado de concebir al auditorio como un grupo de personas homogéneo o estandarizado. Muy poco los ojos de los conferencistas indagan en las características de los presentes y menos aún en las expectativas provocadas por el título en una programación o por las generadas sobre una temática específica.

A veces esta falta de conciencia en el auditorio es una manera de enfrentar el temor a hablar en público. Los nervios escénicos parecen mermarse si se mira poco a la concurrencia o se enfoca la atención en la pantalla y la segura secuencia establecida por un power point. Estos conferencistas exponen sus disertaciones o sus planteamientos como si estuvieran instalados en una burbuja, inmunes a los gestos de apatía o de desinterés de los asistentes. Tal vez sea este mismo temor de hablar en público el que hace también que los conferencistas pierdan la noción del tiempo que llevan hablando. Su discurso carece de autorregulación. Y lo más frecuente es que deba ser el coordinador de mesa o el maestro de ceremonias quienes los corten o les anuncien los pocos minutos faltantes para dar término a su charla. Dicha advertencia, en lugar de llevar al conferencista a redondear las ideas o hacer una síntesis de los planteamientos, lo pone más nervioso, conduciéndolo a acelerar su lectura creyendo que en tres minutos podrá dar cuenta de las cinco o seis páginas restantes o del sinnúmero de diapositivas que le faltan por exponer. El resultado, como podrá adivinarse, es catastrófico: sensación de insuficiencia, de fragmentación, de incomunicación.

Es muy probable que esto suceda por tres razones que son esenciales en esto de dictar una conferencia, una ponencia o una charla. Un primer asunto, prioritario, es el de preguntar a los organizadores del evento –cuando se acepta la invitación– quién va a ser el público o a quiénes se esperan como asistentes. Esto determina el tono, los ejemplos y hasta la misma extensión del contenido del tema solicitado. El buen conferencista, con esa información preliminar, prefigura su audiencia y, desde esa palestra, organiza su disertación. Y entre más datos tenga de su público más efectiva será su charla.

Otra cuestión es la de escribir la ponencia –cuando se recurra o se solicite este medio– con párrafos de enlace o apartados bisagra que le permitan a los oyentes seguir el hilo del discurso. A veces el texto de una conferencia se escribe como si se partiera del supuesto de que el asistente lo tiene frente a los ojos, olvidándose de que el conferencista sólo cuenta con las inflexiones de su voz, con las pausas, los gestos y la dramatización de su oralidad para hacer visible lo que está leyendo. Dicho de otra forma: el buen conferencista debe escribir su texto no tanto para ser leído, sino para ser escuchado.

Un punto adicional tiene que ver con las ayudas audiovisuales. Los buenos conferencistas saben que no deben cargar sus presentaciones con demasiado texto, y que son ellos los protagonistas esenciales de una disertación. Su labor, entonces, no consiste en ser operarios encargados de pasar unas diapositivas, en actuar como amplificadores de lo consignado en cada pantallazo;  más bien su tarea principal es explicar, glosar, ampliar o profundizar lo que allí se enuncia de manera sintética o esquemática. De igual modo, al elaborar dichas presentaciones, deberá no olvidar la sintaxis propia de la imagen: color, proporción, contraste; el tipo de letra utilizada, la relación entre la figura y el fondo y la simbiosis significativa entre el texto y la imagen. En consecuencia, si el conferencista emplea un programa de presentaciones tendrá que regirse por la lógica de la comunicación de la imagen en la que se movilizan principalmente la atención, las emociones y los sentimientos del espectador. El error está en considerar que lo escrito en una diapositiva sigue siendo un simple texto; un texto proyectado.

Considero, finalmente, que si a un conferencista le interesa en verdad llegar a su auditorio, tendrá que sopesar cuándo es adecuado estar sentado o ponerse de pie, o cuándo el moverse por el escenario con un micrófono inalámbrico es más efectivo que estar en una única postura hablando detrás de un atril. La audiencia es la que regula todas esas decisiones. Es el público, poco o numeroso, el que nos indica cuándo hay que condensar una idea, cuándo pasar por alto varios párrafos y cuándo debemos dejar de leer un texto para comentarlo o hacerlo más vivo desde la frescura de la oralidad. De no proceder así, nuestra conferencia no tendrá receptores reales y, aunque tengamos muchas personas en una sala, parecerá un auditorio vacío.

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