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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

Particularidades de la descripción

28 jueves Ene 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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El arte de la pintura Vermeer

«El arte de la pintura» de Johannes Vermeer.

He escrito en varias oportunidades sobre la descripción. Y lo he hecho porque aunque parece la tipología textual más fácil o más inmediata para un novato escritor, lo cierto es que posee una densidad y unas particularidades que bien vale la pena recordar o tener en cuenta.

Empecemos señalando la necesaria educación de la observación para lograr una buena descripción. Creo que esa labor de “cualificar el ojo” y “afinar la percepción” son prerrequisitos indispensables al momento de describir. De pronto en este aspecto poco se repare o se dé por supuesto. Nada más equivocado. Necesitamos aprender a mirar las cosas, las personas, los hechos, la realidad, para luego buscar las palabras adecuadas. Tal escuela del mirar empieza en una capacidad para apreciar los detalles, los matices, las tonalidades, la variedad de formas y expresiones mediante las cuales se presentan los seres y los objetos.

Lo segundo, y es uno de los puntos de mayor dificultad cuando se trata de describir, es contar con un repertorio de palabras lo suficientemente amplio como para lograr nominar aquella diversidad proveniente de nuestro “educado mirar”. Ahí reside gran parte de las limitaciones del novel escritor. Cuenta solo con generalidades o con un vocabulario muy limitado que reduce o minimiza la complejidad del mundo o los seres vivos. Si no se tiene en la mente un repertorio amplio de lenguaje, si poco es el hábito lector, si no hay una genuina fascinación por las palabras, las descripciones que hagamos no alcanzarán el cometido de ser coloridas “pinturas”. La riqueza del lenguaje, la competencia lexical del escritor es uno de los secretos del hacedor de descripciones.

Una tercera condición está relacionada con el modo como se organiza la descripción. No es cuestión de listar unas características o ponerlas de manera atropellada. Quien realiza una descripción tiene que hacer una composición y visualizar en su mente una jerarquía: irá de lo macro a lo micro, primero pondrá los rasgos generales y luego dará cuenta de las particularidades. Nombrará el conjunto para que sea fácil comprender la ubicación de sus partes. En este sentido, realizar una descripción es replicar los pasos de un buen fotógrafo: primero encuadrar, elegir un ángulo y luego sí organizar los elementos. Para ilustrar lo dicho, sirva decir que cuando se elabora una prosopografía –el retrato físico de una persona– se empieza por la estatura, luego se señala la corpulencia o contextura, para luego dar cuenta de la forma de la cara y de las manos. Con ese marco de características será más fácil detenerse en el cabello, el color de los ojos, la forma de la nariz y los labios. Sobra decir que la composición inicial está determinada por la importancia de las características: a veces una cicatriz, un lunar, unas cejas pobladas o el color llamativo de unos ojos prevalecen sobre otros detalles.

Derivado del aspecto anterior, aparece otra característica de la descripción: la relevancia de los rasgos o detalles. El que describe debe sopesar muy bien qué tanto peso tiene un aspecto en relación con el conjunto. Por momentos el color puede convertirse en el rasgo esencial o, en otros casos, es la forma la que subordina al resto de elementos. No todos los detalles tienen la misma valía al momento de hacer una descripción. Por eso la observación juiciosa es tan importante, por eso los pintores y los bailarines necesitan un espejo, para acertar dónde una textura o el ángulo de un movimiento son suficientes para mostrar la esencia de algo. La relevancia es la que convierte la superficie plana en un terreno dotado de prominencias y declives, la que indica dónde están los altos aspectos merecedores de atención y cuáles son esos rasgos comunes poco significativos. Este punto es sustancial a los caricaturistas, pues dejan de lado muchos detalles de una persona para concentrarse en los aspectos más relevantes de su cara.

Dicho todo esto, cabría preguntarse ¿por qué es tan valioso aprender a describir? O ¿qué perderíamos si no dominamos esta tipología textual? La primera respuesta es obvia: describir es lograr dar cuenta de la variedad, de las diferencias, de la riqueza del mundo y de la vida.  Quien domina la descripción puede expresar la pluralidad y complejidad de la naturaleza y la cultura. En esta perspectiva, la descripción contribuye a luchar contra los esquematismos, los formulismos, los formatos en serie, la reducida mirada de un único punto de vista. El segundo beneficio es para los investigadores: si no se aprende a describir muy difícilmente podremos hacer un estudio etnográfico o la realidad cotidiana dejará de interesarnos y pasará inadvertida. El que tiene afinada la observación y logra darle forma a través de descripciones será más apto para hacer un descubrimiento, seguirle la pista a un problema o cotejar evidencias. La última razón es de orden literario: el que sabe describir puede crear mundos posibles, diseñar escenarios fantásticos o maravillosos tan verosímiles, tan creíbles, que en ellos parecerá normal el surgimiento de personajes o historias asombrosas. Si se cuenta con ese insumo de la descripción, la ficción contará con el mejor ambiente para hacernos vívida la situación más realista o llevarnos a un mundo de máxima fantasía.

Año viejo y año nuevo, otra vez

30 miércoles Dic 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Cuando termina un año lo normal es colocarse en actitud de balance. Revisamos, hacemos memoria, ponemos en la balanza lo hecho o dejado de hacer y sacamos en limpio nuestros logros o nuestras tareas pendientes. En algunos casos, el balance es bastante positivo en diversos aspectos: conquistamos una meta que desde hacía rato veníamos aplazando, alcanzamos un ahorro a pesar de los limitados ingresos, mantuvimos con ímpetu y calidad un trabajo. Para otros, el saldo resulta poco alentador: no se avanzó mucho en delimitar un sueño, apenas sí se alcanzó a guardar algo de dinero, ni siquiera se dio inicio a una tarea considerada prioritaria. En una situación u otra, al llegar el cierre de diciembre nuestra mente o nuestro espíritu asumen la postura del discernimiento.

Es este revisar lo vivido lo que hace inolvidable o merecedor de no recordar un año pasado. Cuando el balance nos afecta o hace evidente nuestra falta de tenacidad, lo que deseamos es pasar la página y empezar de nuevo. Pero, si por el contrario, lo que hemos conseguido es positivo y lleno de satisfacciones, lo que anhelamos es perpetuar esa suerte o mantener viva la prosperidad obtenida. Cada quien, a solas con su conciencia, sabrá si tiene que lamentarse por dicho tiempo pretérito o celebrar festivamente el año que termina.

Pero lo que moviliza la llegada del nuevo año en la mayoría de personas es un deseo de renovación. El corazón vuelve a esperanzarse y confía en que las debilidades, el infortunio, las cosas negativas, cambien de rumbo y tomen vientos más favorables en los que sea posible la mejora, el avance, la recuperación. El año nuevo trae consigo un vigor y una energía para aquellos que sienten perdida toda posibilidad; provee un optimismo a los empobrecidos y vuelve a poner en sus labios palabras de prosperidad y fortuna. Es como si en las pequeñas cosas de la vida cotidiana, el nuevo año produjera una resurrección o jovialidad de lo vetusto y acabado. Y por eso lo que se desea, al lado de los brindis y los abrazos, es que haya felicidad, que la salud retorne a los cuerpos enfermos, que la alegría saque una vez más su rostro de sol primaveral e ilumine nuestra existencia. El año que comienza trae consigo el anhelo supremo de regeneración y perfeccionamiento, de progreso y bienestar.

Por todo lo anterior es que la espera del año nuevo tiene las características de un genuino ritual. Es un rito de paso: algo dejamos atrás y algo deseamos adquirir o tomar en nuestras manos. Quemamos o botamos las cosas viejas o inservibles y nos disponemos a “estrenar” o renovar en muchos sentidos. Y por eso hay tantos augurios y tantos símbolos: para que no pase ese primer día del año desapercibido, para que haya una señal, un giro, un viraje en nuestro ser. De allí también la necesidad de celebrar y bailar, de tomar algún licor y contagiar a otros nuestro regocijo, con el fin de que todos participen de ese ambiente de rejuvenecimiento, de cambio vital.

De nuevo la música, los temas parranderos sintetizan esa alegría de esperar el primer día del año. Las canciones, como los ritos, vuelven a escucharse a todo volumen en las fiestas populares o en los clubes distinguidos. Es alegría compartida la que decora los hogares o los salones comunales; son las palabras de bienaventuranza y el sonido de las copas las que se juntan para  rememorar y recibir el tiempo venidero. Es la familia la que vuelve a estar en el centro de este rito, es la refrendación de la amistad y el afecto los que nos impulsan a compartir manifestaciones de cariño. Porque no hay nada mejor que sentir cerca la presencia del amor cuando agoniza un año viejo y se ven a lo lejos, en el cielo, las luces de los fuegos artificiales que anuncian la llegada del año nuevo.

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Novena meditación navideña: la infancia

25 viernes Dic 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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La navidad es una estación ideal para enaltecer la riqueza y magnitud de la infancia. Un tiempo presente de celebrar la alegría y las travesuras de los más pequeños o de rememorar la pretérita niñez, llena de regalos, golosinas y aventuras imborrables. Aprovechemos unos minutos, entonces, para descifrar un poco esta época consagrada a los zagales y chiquitines.

Para comenzar recordemos que la niñez corresponde a esos primeros años de vida en que construimos nuestro ser y en los que, poco a poco, vamos aprendiendo un lenguaje, unos valores, unos hábitos, una personalidad. Esos años de nuestra vida son determinantes para lo que seremos después. Lo que experimentemos o padezcamos se convertirá en un mapa de cicatrices profundas. La infancia es el subsuelo, las raíces que soportarán en el mañana nuestro desarrollo afectivo, intelectual y moral. Dadas las particularidades de esta etapa de nuestro ciclo vital es que resulta definitivo atender esta edad con el cariño necesario y proveer las condiciones óptimas para su plena evolución.

Decir infancia, de otro lado, es resaltar los aportes del juego y el ocio creativo a la constitución de una libertad potente y una imaginación vigorosa. Y allí es que son fundamentales los juguetes para ayudar a multiplicar las aptitudes y los talentos de los pequeños. La navidad se convierte en una aliada para que la diversión y el esparcimiento de los niños tengan ambientes y objetos que les permitan dar rienda suelta a su fantasía, al inagotable y variado mundo del deporte o a los juegos entre amigos y compañeros que tanto contribuyen a fortalecer la convivencia pacífica y la socialización fraterna.

Pero enaltecer la infancia es también una manera de llamar la atención sobre su cuidado. No es justo que, especialmente en estas festividades, haya niños en el abandono, la mendicidad o la desesperanza. Valorar la infancia es pensar qué podemos hacer para mejorar las condiciones de los pequeños o compartir algo de  nuestros haberes con ellos. Todos estamos en la obligación de contribuir de alguna manera para que lleguen a las manos de los niños empobrecidos un regalo, una prenda, un alimento que tengan el sabor y el color de la época decembrina. Lejos de las obligaciones de un credo religioso o de una política gubernamental, la atención a la infancia debe hacer parte de nuestra agenda personal. Digamos que la navidad nos hace corresponsables de la suerte de los niños propios y ajenos.

Cabe agregar otra cosa que muestra la relevancia de la infancia y su incidencia en la edad adulta. Por ejemplo, la permeable piel de esta edad para influencias de todo tipo. En la niñez estamos expuestos a radiaciones y asedios diversos; son muchas las potestades que se pelean un lugar o un sitio preferido. De allí que debemos estar alertas para saber elegir, dosificar o descartar ciertas sugestiones o creencias que en lugar de favorecer a los párvulos terminan afectando negativamente su autoestima, el libre desarrollo de su personalidad o las potencialidades de esas tiernas personas.  Por eso la crianza fue y sigue siendo un arte supremo del cuidado.

Concluyamos estas meditaciones subrayando la reserva afectiva que podemos dar a los niños si en estas navidades –aunque ojalá fuera siempre– estamos con ellos, compartimos sus bromas y locuras, los incluimos en los quehaceres cotidianos, estamos prestos a responder su curiosidad permanente. Creo que todos sabemos que si en nuestro corazón hemos tenido una infancia amorosa y apuntalada por una crianza responsable, somos menos proclives a dejarnos vencer por  la adversidad y más aptos para mantener en vilo la esperanza. Y esa provisión en nuestra alma es una riqueza más valiosa que cualquier herencia hecha de bienes materiales. 

Octava meditación navideña: los regalos

24 jueves Dic 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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¿Quién no ha esperado en navidad un regalo? y ¿quién no ha sentido desde el fondo de su corazón el deseo de darle a un ser querido un obsequio en estas fiestas? Con cuánta dedicación se envuelven y preparan unos detalles, siempre anhelando que la sorpresa sea el supremo objetivo. Cómo brillan los ojos de los niños al tratar de adivinar lo que esconden los paquetes vistosos, protegidos celosamente por el árbol de navidad. No podría ser de otra manera: la navidad es la época del obsequio, del ofrecer a otros signos de cariño o agradecimiento. Miremos con alguna atención el significado de regalar, el simbolismo de estas manifestaciones de la estimación o la simpatía.

Un regalo, hay que decirlo de una vez, es la demostración del afecto. A través de él, mediante su contenido, expresamos muchas cosas: el apoyo recibido en un momento específico de nuestra vida, la certeza de una compañía o la complicidad en un proyecto, el reconocimiento a una tarea o un trabajo durante muchos meses, la honda estima o el profundo amor por alguien… De todo ello, los regalos ofrecen o pretenden dar testimonio. Y aunque sean pequeñas cosas o no tengan un precio comercial excesivo, los regalos aumentan su valor al bañarlos con el barniz de la gratitud, el amor o la consideración. Las cosas se convierten en objetos sensibles, en dádivas mágicas que comunican la amistad o la fraternidad, en tributos excepcionales para resaltar un sentimiento.

Dos dinámicas se gestan al interior de los regalos. La primera es la propia de quién da el obsequio. En este caso, para que el regalo sea valioso, se requiere un rastreo anterior, una indagación cuidadosa del gusto o la necesidad que se anhela satisfacer con el detalle. Esa tarea preparatoria es la que da nombre propio al regalo, y la garantía de que tal adivinación de en el blanco de la sorpresa. Después de esta elección, viene la etapa del embalaje del regalo. Ahora se trata de cubrirlo con un vestido acorde al destinatario. No es cuestión de envolverlo de cualquier forma. El regalo cobra más interés si se lo oculta con ropajes seductores. Un moño, un papel atractivo, una decoración, dotan al regalo de un hechizo digno del mensaje esperado. Posteriormente viene el momento de la entrega del regalo: aquí también es necesario crear un clima para ofrecer el obsequio, es vital que haya un ritual  mediante el cual ese don llegue a las manos del destinatario. La otra dinámica proviene del que recibe el regalo. Bien sea porque cultiva esa esperanza previa o porque se siente realmente conmovido al momento de recibir el obsequio. Las manifestaciones de regocijo, de júbilo, son el festejo del don. Si no existe un abrazo en respuesta al obsequio recibido, el regalo pierde su encantamiento.

Y aunque en diciembre es costumbre el trueque de obsequios, lo más interesante del regalo es que no espera una retribución equivalente. No es un asunto regulado por la lógica del mercado o el negocio. El regalo se nutre de la gratuidad, del milagro de la dádiva, del altruismo. De allí por qué cobre tanta relevancia darle a los niños un obsequio, porque nos basta recibir de ellos una sonrisa, o su alegría al abrir el regalo o el alborozo de estrenar los juguetes. La fantasía de papá Noel –la mítica actitud del abuelo bonachón– pone en alto relieve el goce de entregar sin esperar retribución, la satisfacción profunda que entraña la caridad. El regalo se autoalimenta de la bondad o la filantropía.

Celebremos en esta nochebuena la fuerza simbólica del regalo, el vínculo emocional que posibilita entre los seres humanos. Participemos de ese rito de la entrega de obsequios, aplaudamos, multipliquemos los abrazos y los besos, compartamos la felicidad de estos aguinaldos, porque mediante esas cosas, a través de esos presentes que van de una mano a otra, hacemos un homenaje a la generosidad y, muy especialmente, exaltamos el auténtico desprendimiento.

Séptima meditación navideña: los ritos

23 miércoles Dic 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Los días de navidad, las fiestas del último mes, traen consigo el tiempo de la rememoración. Cada año, se “viste” de nuevo el pesebre, se decora una vez más el árbol de navidad, se reúne toda la parentela para compartir una cena. Las fiestas decembrinas exigen la emergencia de los ritos, sin los cuales dichas fechas perderían su trascendencia. Tomémonos unos minutos para reflexionar sobre este conjunto de actos y palabras propios de la celebración.

Salta a la vista que los ritos tiñen la vida cotidiana de una luz o una pátina distinta a la habitual. Cada vez que envolvemos un regalo con tanta delicadeza y esmero, lo hacemos para sumarle al objeto un valor adicional; cuando preparamos la mesa, detalle a detalle, ansiamos sumar a los alimentos un sabor del afecto o el agradecimiento. Los ritos sacralizan lo banal, impregnan de otro sentido lo más cotidiano. De esta manera, un día corriente se transforma en un evento solemne, una reunión cualquiera se muta en un evento memorable.

De otro lado, los ritos son la manera como las tradiciones perviven. A través de los rituales se sigue manteniendo una costumbre, se perpetúa una creencia o se impregna en los más jóvenes un vínculo con el pasado, con las tradiciones constitutivas de un pueblo o una comunidad. Los ritos son los heraldos de un pasado que al vociferar su mensaje en el presente establecen un puente inmediato con el porvenir. Por eso son tan importantes los ingredientes precisos para determinada receta (los que usaba la madre o la abuela), por eso son irremplazables los villancicos de la novena de aguinaldos, por eso sigue siendo tan valiosa la reunión de la familia en la nochebuena o  el fin de año.

Porque los ritos poseen otra fuerza adicional: convocan, reúnen, aglutinan voluntades. Las campanas de la iglesia llaman a sus fieles a celebrar y festejar una fe inquebrantable; el deseo de ver de nuevo a la familia o los seres queridos, hace que se anhele cuanto antes llegar al hogar materno; la curiosidad por abrir los regalos pone a los niños en disposición de esperar la visita del niño dios. Los ritos llaman, convidan, congregan. Y los invitados a este ceremonial saben que no pueden presentarse de cualquier manera, que necesitan –como los reyes magos– llevar algún regalo o un símbolo para estar a tono con esa fiesta de renovación. Ni llegamos ni salimos de la misma manera al haber participado de un ritual: algo en nosotros se modifica o, al menos, sufre un revuelo emocional.

Precisamente, dadas estas particularidades de los ritos es que echan raíces en la memoria de las personas. La fiesta de hoy es motivo de recordación para la celebración de mañana. Cada rito potencia el venidero en una cadena de anécdotas, situaciones, circunstancias que, por haberse dado en dicho tiempo, se tornan inolvidables. Si no fuera por los ritos iríamos perdiendo la memoria de los hitos fundacionales de una cultura, un pueblo o una familia. Son los ritos los que nos protegen de quedar a la deriva del olvido o perdidos en el anonimato existencial.

Así que, mientras rezamos la novena, abrimos un regalo o compartimos la cena navideña, pensemos o caigamos en la cuenta de la importancia de los ritos. Démosles la trascendencia que se merecen, no pasemos por alto o trivialicemos los elementos y las maneras que los constituyen. Los ritos son talismanes potentes para la rememoración, una herencia viva de nuestros mayores y, si lo queremos, son un legado que podemos dejar a las nuevas generaciones.

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