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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

¡Por favor no disparen, somos rehenes!

08 domingo Nov 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Nuestro momento histórico está gobernado, sin lugar a dudas, por la figura del rehén. Un signo de lo que Jean Baudrillard llama la Transpolítica. El rehén es el resultado del encuentro de dos fuerzas igualmente violentas: el terrorismo y la brutalidad Estatal. El rehén es un ser “en medio”, una zona humana de rapiña, donde cada cual, según sus intereses, saca el mejor provecho. El rehén sirve para presionar, para evidenciar, para exigir; pero también se lo puede utilizar para hacer respetar, para consolidar o para tranquilizar. Hoy, en buena parte de nuestro continente y de nuestro mundo y, por supuesto, en nuestro país, vivimos ante el miedo al secuestro. Y el secuestro es como una extirpación brutal; un asalto a cualquier cotidianidad. Ser secuestrado es caer en la incertidumbre del rehén, es perder la voz, el nombre, el status. Es quedar a la intemperie, es asumir la condición de chivo expiatorio.

Las relaciones que existen entre la figura del rehén y la del chivo expiatorio son, en verdad, múltiples. Tanto uno como otro “pagan algo por alguien”, expían una culpa ajena. El rehén, sin saberlo, es culpable de un malestar, de una enfermedad social crónica, prolongada; el rehén es responsable, sin quererlo, de todas las desigualdades, de todos los vicios de las burocracias o de las insuficiencias del Estado. Tanto uno como otro son “garantes” de un mal tribal. Cada individuo coloca en la figura del rehén o del chivo expiatorio, una parte de sí, ya sea su carga de inmoralidad, su lastre de odio o su mera cobardía. Rehén y chivo expiatorio siempre son salvadores de culpas impropias. Y, en esa misma medida, se los detiene, se los azota o se los crucifica. Recordemos las palabras de Caifás, en el Consejo: “vosotros no sabéis nada; no pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación se pierda”. Esa es la situación del chivo expiatorio, ese es el destino del rehén; sobre ellos cae toda la violencia, si es preciso, con el pretexto de evitar una violencia mayor, comenta René Girard. Digamos, además, que las figuras del rehén y del chivo expiatorio se asemejan en el sacrificio. Uno y otro son formas o rostros de la víctima propiciatoria.

Ahora bien, cómo aparece esta figura del rehén, cuál es su origen. Podríamos recurrir a múltiples explicaciones; pero, sin ser exhaustivos, podemos afirmar que la figura del rehén brota en el mismo momento en que “alguien se siente dueño de alguien”. En esa intencionalidad de posesión (“tú eres mi criatura para…”), hay un propósito particular que convierte a un ser humano en cosa, en rehén de una decisión extraña. De ahí que desobedecer al secuestrador, al detenedor, al carcelero (ya hablaremos de las relaciones que hay entre rehén y presidiario), sea tanto como perder la vida, perder el Paraíso. De otra parte y mirando concretamente la política, el rehén emerge cuando la auctoritas cede ante la potestas, afirma el novelista Ernst Jünger; “cuando la autoridad se ha consumido hasta la última hilacha, y aparecen los dominadores, los que se imponen por la fuerza”.

He hablado anteriormente de las relaciones que existen entre el rehén y el preso. Veámoslas más detenidamente. Rehén y preso dependen de alguien y, en cierta forma, los dos son seres “condenados” que purgan una pena. Preso y rehén dependen de sus guardianes (recordemos el inhumano caso de La secuestrada de Poitiers, recogido por André Gide); preso y rehén son “encerrados”, “incomunicados”; ambos son desmembrados de sus familias, de su historia. Y las dos figuras, los dos signos, sirven a manera de escarmiento, son una forma de exhibir el castigo (otro rasgo de empatía con el chivo expiatorio). Al preso y al rehén se los muestra, se los exhibe con el fin de generar en los demás miedo: “a ti también te puede pasar…”. Así es como se instaura una atmósfera de la intimidación.

Preso y rehén pueden ser analizados con mayor claridad en un hecho: “Las dos tomas del Palacio de Justicia”, acaecido en Bogotá entre los días 6 y 7 de noviembre de 1985. Cuando me refiero a “Las dos tomas”, no utilizo una figura retórica, sino una evidencia histórica. Lo del Palacio es el mejor ejemplo para apreciar las características y el destino del rehén. Una caricatura de “Grosso” nos servirá de punto de partida. De un lado, está el rifle de “la Ley y el Orden”, del otro, el rifle de “la Justicia Social”; al centro, ensartado por las dos bayonetas, el rehén agonizante. Si el que apunta es el rifle de “la Justicia Social”, las razones que se esgrimen, son más que contundentes: “no hay”, “hace falta”, “se ha perdido”, “necesitamos”…; si, por el contrario, el que apunta es el rifle de “la Ley y el Orden”, los argumentos utilizados serán distintos, pero no por ello menos válidos: “hay que defender”, “no podemos permitir”, “debemos salvar”… El rehén se haya preso entre las dos miras de estos dos fusiles. Preso entre dos amenazas: “abran la puerta o si no les botamos una granada, esté el que esté se muere”, dice “la Justicia Social”; “cuento hasta tres y si no salen, esté quien esté los matamos”, dice “la Ley y el Orden”. Preso y sin voz: “por favor no disparen, somos rehenes, les habla el Presidente de la Corte Suprema de Justicia, tenemos heridos, necesitamos a la Cruz Roja”. Pero nadie lo escucha o, mejor, todos lo oyen, pero nadie lo escucha. El rehén es un impúber del habla; siempre hablan por él. El rehén es un mediador mudo, un papel moneda, una prenda desprovista de lenguaje. “Por favor, no disparen, somos rehenes, les habla el Presidente de la Corte Suprema de Justicia, tengo dos señoras embarazadas que necesitan atención médica”. No, nadie escucha; ni siquiera el argumento más contundente de todos los posibles, el argumento de la maternidad, es tenido en cuenta. No hay razones que valgan. El rehén está inmerso en la irracionalidad, bien de origen legal o de procedencia ilegítima. El rehén es un ser sometido a la insensatez del capricho. A la improvisación.

Rehén y Nadie son la misma cosa. La dialéctica del rehén se mueve en estos dos planos: demasiado importante, demasiado insignificante. El rehén vive entre lo útil y lo inútil, entre el tesoro que debe guardarse y el desecho que se puede botar. De ahí por qué se busque como rehén a “alguien preferiblemente significativo”, a “alguien que cueste” (el rehén es un “elegido”), pero luego de ser tomado (ingerido, bebido), el rehén se metamorfosea o se convierte en Nadie: insignificante, anodino, miserable. Y lo que antes era presa, ahora se transforma en carnada. El botín se vuelve cebo. El juego que entablan el captor o secuestrador con el rescatador o liberador es el de “yo tengo el as y, por tenerlo, gobierno la partida”. Falsa tranquilidad para el rehén: “tranquilos que a ustedes no les va a pasar nada, ya que no son mi última salvación”. Falsa tranquilidad porque un as no puede retenerse por mucho tiempo; hay que jugarlo. Al rehén se lo traslada, se lo lleva de aquí para allá, se lo arrincona, se lo guarda como un talismán: “ustedes son nuestra última carta, porque para que caigamos nosotros, primero deben caer ustedes”. Logrado el objetivo, al rehén se lo abandona a su suerte. Ganada la batalla, los escudos pueden tirarse con los otros escombros.

Retomemos el caso del Palacio de Justicia y veamos otra faceta. La suerte final del rehén. Un rehén se mueve, básicamente, entre el morir y la sobrevivencia, entre ser asesinado o ser objeto de transacción. Estos son los puntos límite del rehén: si muere, el chantaje desaparece; si vive, la amenaza continúa. Lo que hace oscilar el péndulo es el margen vital del rehén. Hay dos estadios más, intermedios. Un rehén puede ser mártir o tornarse desaparecido. Cuando es mártir, la muerte deja de ser venida desde fuera y brota desde dentro (la única voluntad que posee el rehén, atenta contra sí mismo: mártir). Subrayemos que el heroísmo del rehén es su negación. Si pervive, pervive como recuerdo –como ofrenda floral–, no como persona. El mártir es el título o la metáfora como los demás se apiadan del destino del rehén. Es la compañía tardía, el respaldo inútil de sus congéneres. La cara contraria del rehén-mártir es el rehén-desaparecido: la muerte se vuelve, entonces, etérea; el anonimato se apodera del nombre. El rehén desaparece, nadie da razón de él. Ni muerto ni vivo; ni enfermo ni cadáver. El rehén desaparecido se torna ánima. Cabe decir que la suerte final del rehén no depende sólo de sus captores, sino también de los que intentan rescatarlo. Otra paradoja: el rehén debe cuidarse en dos frentes; su pecho y su espalda corren igual peligro. Si el secuestrador no le dispara, ¿cómo garantizar que el rescatador elija bien el blanco?, ¿cómo evitar la confusión?, ¿cómo evitar la balacera?

Dialogar, negociar, esa es la ley de mercado del rehén: “yo tengo esto y tú tienes aquello… mi rehén es tan valioso que, a cambio, demando tal cosa… Te cambio éste por esto…” El rehén entra a formar parte de otra ley, de la oferta y la demanda. La nueva economía se fundamenta en el cambio o, mejor, en el intercambio: trueque. Retornamos a la economía primaria de la necesidad enfrentada a la condición: “necesito sal… sí, pero a cambio de dártela exijo que…”. Un mercado que admite la rebaja, el descuento; un mercado que asume todas las astucias del comercio: “hay que seguir hablando para así ganar tiempo…”. Dentro de esta economía, ser rehén es adquirir consistencia de caramelo, de figurín. Y, además, es empezar a vivir el tiempo de la esperanza: “ahora sólo queda esperar a que el Gobierno dialogue. Estamos en manos del Gobierno. Ojalá esto no sea muy largo”. Esperanza y angustia: “por favor que nos ayuden, que cese el fuego. La situación es dramática… por favor que cese el fuego inmediatamente, es de vida o muerte… Nosotros somos magistrados, empleados, somos inocentes”.

II

El rehén está ahí, en medio, en la mitad (entre el fuego cruzado), inactivo, incómodo. Somos rehenes, “todos servimos ahora de argumento disuasorio”, todos podemos “ser utilizados para…” Nuestras voluntades se hallan condenadas, de antemano, por otras voluntades que, a la fuerza, imponen los nuevos árboles del bien y del mal. Somos rehenes. Todos tememos a eso conocido que, al darse, se torna absolutamente desconocido: “es posible que me tomen como rehén… pero, por qué precisamente a mí”. Elección y destino. De un lado el terrorismo, de otro, la fuerza Estatal. De una parte, la intimidación no legalizada, de otra, la intimidación de la ley. No estamos ante una negación crítica de los valores establecidos, pensaba Octavio Paz, sino ante su disolución en una indiferencia pasiva. Terrorismo y Fascismo no son “críticas a”, sino “síntomas de”… Hemos dejado atrás la Política y estamos en la Transpolítica (el Sistema se torna anónimo; los ciudadanos son desposeídos de sus nombres. Estamos de rodillas “ante el despotismo de los sectarios”). Hemos caído en la política de la intimidación: “debes tomar partido, te lo exijo… o eliges o te mueres”. Relación idéntica a la que acontece con la información, la publicidad o el consumismo: “o estás a la moda o estás out”.

Vale la pena decir que el terrorismo, entendido como “la agresión a un individuo para intimidar y presionar a muchos otros”, guarda una íntima relación con los Medios de Comunicación. No hay terrorismo sin espectáculo y no hay espectáculo sin escenario. La escenografía que los Medios de Comunicación diseñan, es la carta de garantía de la puesta en escena del terrorismo. Quizá hemos llegado a un punto cero de los mass-media; ese punto vendría dado por el ser mismo de la información: “acaban de colocar una bomba en… acaban de secuestrar a…” Dilema: cuento la noticia o dejo que otro medio la diga primero. El terrorismo enfrenta a los Medios de Comunicación con su contrario: el silencio. Las mass-media también son rehenes del enorme engranaje del estar preso en el círculo vicioso del “todo debe saberse”. En otras palabras, “el que tiene la bomba, tiene también la noticia”.

Se ha dicho que la solución a este “caos azaroso” estaría en armarnos; respuesta insustancial. Los captores sencillamente aumentan su arsenal. Se ha dicho también que la salida es conseguir o tener una escolta; solución falsa. Los captores fácilmente aumentan el número de sicarios. Tampoco se puede huir o hacerse el desentendido; en el mundo de la Transpolítica todos somos rehenes, somos masa. Es decir, todos somos responsables y nadie es verdaderamente responsable. Sin embargo, haciendo la claridad necesaria, hay personas de carne y hueso comprometidas al máximo. Quizá aquellos que, haciendo caso omiso al hambre ajena, a los famélicos que andan delante de sus ojos, son incapaces de hacer un corte menos en la tarta de sus riquezas; quizá aquellos otros, los dirigentes, los gobernantes, nuestra clase política. Quizá los verdaderos responsables sean los mismos que ahora temen presumir de sus haberes. Pero no son estos los únicos responsables. También los sectarios se hallan involucrados. La estrategia de un cambio social (por más necesario que sea), no puede establecerse desde la máxima: “muera Sansón y mueran los filisteos”. Sensatez es lo que necesitamos. Quizá más que valor se trata de tener un imperioso juicio; sólo así lograremos salir de la confusión.

El momento histórico que vivimos, el signo que lo prefigura es el del rehén. Ser humano sometido al vejamen, a la humillación; ser humano desprovisto de voluntad. El rehén, signo de la política Transnacional, del “Estado Nuclear”, del mundo que pone en entredicho la existencia a partir de la amenaza: guerra de potencias, poderío armamentista y, al centro, inermes, un sinnúmero de hombres llenos de miedo, implorando, gritando: “no disparen, no somos de las oficinas, somos del aseo”. Vivimos gobernados por la política del chantaje (“si no me das aquello, si no cumples mis órdenes puedo matarte, o denunciarte o privarte de tu intimidad”). Un chantaje surgido del encuentro de dos fuerzas igualmente violentas: el terrorismo y la fascistización. Vivimos sometidos al capricho de quien tiene un misil o de quien conoce nuestro domicilio. Rehenes de nuestro vecino quien ya no sabe distinguir entre el terrorista, el guerrillero y el agente secreto. Tiempo de la sospecha (no únicamente filosófica, sino terriblemente corporal). Tiempo de la desconfianza, del disimulo y la reserva. Rehenes del cuarto, de la casa (somos huéspedes de nuestro propio albergue: hostajes). Rehenes de los muros y de las rejas; rehenes de la escolta. Es difícil recobrar la confianza en el prójimo cuando se ha perdido el respeto a la vida, cuando ya la vida tiene un precio tan barato y se cree más en la eficacia de la violencia. ¿De qué nos sirve preservar un orden cuando hemos dejado a la intemperie nuestras vidas? Saint-Exupéry escribió que “la sillera de la catedral, por preocuparse demasiado tercamente de la distribución de sus sillas, se arriesga a olvidar que sirve a un dios”.

El rehén significa algo más que un estado de cosas, representa la manera como hemos jerarquizado nuestros valores. Dice nuestra ética.

Bibliografía

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Arendt, Hannah, Sobre la Violencia, México, editorial Joaquín Mortiz, 1970.

Baudrillard, Jean, “A la sombra de las mayorías silenciosas” en Cultura y simulacro, Barcelona, editorial Kairós, 1984, págs. 107-168.

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Canetti, Elías, “El superviviente”, en Masa y Poder, Barcelona, Muchnik editores, 1981, págs. 223-273.

Clutterbuck, Richard, Guerrillas y Terroristas, México, Fondo de Cultura Económica, 1981.

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García Márquez, Gabriel, El secuestro (guión cinematográfico), Bogotá, editorial La Oveja Negra, 1982.

Gide, André, La secuestrada de Poitiers, Barcelona, Tusquets editores, 1980.

Girard, René, El Chivo expiatorio, Barcelona, editorial Anagrama, 1986.

Jünger, Ernst, Eumeswil, Barcelona, editorial Seix Barral, 1980.

Jungk, Robert, El estado nuclear (sobre el progreso hacia la inhumanidad), Barcelona, editorial Crítica, Grijalbo, 1980.

Lefebvre, Henri, “Terrorismo y cotidianidad”, en La vida cotidiana en el mundo moderno, Madrid, Alianza editorial, 1984.

Mannoni, Pierre, El Miedo, México, Fondo de Cultura Económica, 1984.

Paz, Octavio, “De la crítica al terrorismo”, en Tiempo Nublado, Barcelona, editorial Seix Barral, 1983, págs. 13-20.

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Sartre, Jean-Paul, Los secuestrados de Altona, Madrid, editorial Losada, Alianza editorial, 1982.

Serrano Rueda, Jaime; Upegui Zapata, Carlos, “Informe sobre el holocausto del Palacio de Justicia”, en Diario Oficial, Nº 37509, Bogotá, Imprenta Nacional, junio, 1986.

(Publicado originalmente en la revista Trocadero, Año II, N° 3, Diciembre 1986).

Los profesores investigadores en los posgrados

07 miércoles Oct 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, INVESTIGACIÓN, OFICIO DOCENTE

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“Universum”. Grabado Flammarion. Versión coloreada de Hugo Heikenwaelder.

“Universum”. Grabado Flammarion. Versión coloreada de Hugo Heikenwaelder.

En mi trabajo como tutor de investigación he notado, frecuentemente, la falta de ánimo o de tenacidad con que los estudiantes de posgrado toman las riendas de su proyecto de investigación. En la mayoría de los casos, los tutoriados asumen la pesquisa con una falta de iniciativa y dependencia que convierte cada fase del proyecto en una tarea escolar y con un reducido alcance en los objetivos propuestos.

Tal vez esto sucede porque los posgraduandos han sido durante muchos años profesores. Se han acostumbrado, por lo mismo, a andar con respuestas a la mano y con un repertorio de conocimientos lo suficientemente trajinados como para no necesitar entrar en la zona de la duda y la pregunta continua. Es esa práctica repetitiva de lo ya sabido la que los ha hecho, de alguna forma, lentos a la hora de enfrentar una tarea investigativa en la que, por lo general, son las incertidumbres las que gobiernan el día a día. A lo mejor esa es también la causa de la dificultad para formular un problema o encontrar los objetivos de su proyecto. En la agenda de los profesores predomina más lo temático, lo definido, lo que los libros de texto ya tienen planeado y organizado por ciclos o por competencias, y escasean los interrogantes, el escudriñamiento o el rastreo de indicios sobre su quehacer u otras incógnitas educativas.

Desde otro mirador, he notado que los profesores no tienen el hábito de visitar librerías para indagar por las novedades bibliográficas o se han ido alejando de las bibliotecas de sus universidades en las que era común recibir los “boletines de alerta”, con las recientes adquisiciones de su profesión o de las disciplinas afines. Hay una especie de sedentarismo en el aula; un acostumbramiento al cerrado espacio del salón de clases. Sobra decir que la investigación demanda otras capacidades: hay que salir, ir al “afuera”, husmear en archivos, rastrear en muchos lugares una fuente bibliográfica, insistir una y otra vez para lograr contactar a alguien con el fin de hacerle una entrevista, convertirse en un detective perspicaz de los indicios que poco a poco van apareciendo en el proceso investigativo. Sin ese nomadismo es muy limitado el alcance de una determinada pesquisa.

Me parece que otra razón de estas debilidades es la nociva actitud de derrotismo o de pesimismo al no lograr los objetivos de manera inmediata. Los novatos investigadores fácilmente sucumben a la primera dificultad o claudican al primer impedimento. Se rinden con ligereza, dejan de explorar, pasan al desánimo o a una indisposición muy cercana a la renuncia o el abandono. Su espíritu carece de tesón y resistencia. Y es sabido, que un investigador necesita tener en su pecho el suficiente aguante para soportar las adversidades de todo tipo; la tenacidad para ajustar una y otra vez su proyecto o sus instrumentos; la laboriosidad para dedicar muchas horas a desgrabar una entrevista o hacer el análisis de la información recolectada. Sin terquedad y constancia, esas dos actitudes fundamentales de los genuinos investigadores, poca será la profundidad de la búsqueda y corto el impacto o los resultados.

Es oportuno agregar que en los programas de pregrado es muy superficial la formación investigativa. A veces, con la disculpa de que aún los universitarios son muy jóvenes para estos menesteres, se dejan de enseñar las habilidades básicas de investigación: recopilar información, hacer una reseña, elaborar una ficha resumen, redactar descripciones, afinar la observación, volverse hábil en técnicas de conversación, aprender a usar fuentes informativas de distinta índole… Los currículos de las licenciaturas prefieren dedicar la mayoría de sus horas a atiborrar a los estudiantes de datos y contenidos disciplinares, y poco a proveerlos de habilidades o técnicas investigativas con las que puedan organizar y enrumbar su curiosidad. Al final de la carrera se les pide una “tesis”, elaborada por lo general de afán y marcada por el estigma de ser un requisito de grado y no una verdadera pesquisa, fruto de muchos años de aprendizaje en una institución de educación superior.

Por otra parte, cómo sufren los profesores investigadores la producción escrita. El sólo hecho de redactar un protocolo, elaborar dos o tres páginas relacionadas con la revisión de algún tema o seguir de cerca unas normas de presentación, son para ellos un quebradero de cabeza. La mayoría de los novatos investigadores alegan no tener facilidades para escribir y, otros, se conforman con las marcas que los tutores ponemos una y otra vez sobre los textos entregados en cada sesión de seminario. Son innumerables las ocasiones en que el mismo error señalado sigue sin ser corregido y, otras tantas, en las que la falta de cohesión o coherencia permanece a la espera de que los miembros de un grupo asuman la cuidadosa labor de releer lo escrito, hilar las ideas, y entender cómo una falla de puntuación fractura o mutila la finalidad comunicativa de un texto. Aquí cabe decir que uno de los oficios cotidianos de un investigador, a veces no tan valorado, es el de aprender a tejer las voces de la tradición con sus propias reflexiones y eso exige tomarse en serio la mediación de la escritura: desde saber incorporar citas o tejerlas en una página, hasta darle estructura a los diversos apartados de un proyecto. Y lo más importante, entender que escribir bien no es un acto mágico o espontáneo sino un lento proceso artesanal, hecho paso a paso, puliendo y corrigiendo cada párrafo, eligiendo un verbo o un adjetivo precisos, dándole a cada línea la importancia y el valor del conjunto.     

Subrayemos un asunto más: asumirse como investigador, en particular en los programas de posgrado, es un acto de autonomía, tanto en las responsabilidades como en la producción de conocimiento. Si bien es cierto que los tutores estamos ahí, al lado, para impulsar, orientar, ubicar una fuente bibliográfica o retroalimentar los trabajos escritos, no por ello puede caerse en la falta de iniciativa o en una dependencia que disculpe las obligaciones derivadas de llevar a cabo una investigación de calidad. Cuentan, por lo mismo, realizar con juicio y a tiempo las lecturas de fundamentación, la entrega oportuna de informes y tareas, las reuniones periódicas en subgrupos de investigación, el aporte de cada uno de los miembros del equipo. No se es investigador cuando apenas se cumple con lo sugerido por el tutor o cuando de manera escolar se usa cualquier disculpa para disfrazar la falta de planeación o la mera desidia académica. Si, en verdad, los profesores se sienten autónomos y obligados interiormente con un proyecto, pueden entonces considerarse coinvestigadores. Es decir, habrán adquirido la adultez suficiente para indagar en las peripecias y sinuosidades de la realidad o explorar en las corrientes cambiantes del conocimiento.   

Sirvan las anteriores reflexiones no únicamente para señalar un problema de la investigación en los posgrados sino también como un conjunto de motivos para el autoexamen de los novatos investigadores. Ya es tiempo de tomarse en serio este objetivo medular de la educación posgradual y entender, que emplear dos años o más en tal propósito, demandan un empeño y un compromiso inquebrantables. Los profesores investigadores no pueden perder esta oportunidad de dar respuesta a problemas capitales de su práctica y, ojalá con la calidad de sus proyectos, señalar rutas de salida a  una profesión cada vez más urgida de soluciones innovadoras.

Cuidar el dolor

28 lunes Sep 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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«El venado herido» de Frida Kahlo.

El dolor es la raíz del conocimiento.
Simone Weil

Nadie podría pensar que el objetivo de la vida sea la búsqueda del dolor; más bien cabría decirse lo contrario: que el fin último del hombre es la felicidad. Sin embargo, aunque no sea un propósito particular del ser humano, es indudable que las situaciones o experiencias de dolor son dispositivos poderosos tanto para acabar de conocernos como para comprender mejor la misma existencia.

El dolor, en cuanto es algo particular, nos apersona. No hay forma de que otro sienta, en la misma medida, las punzadas, las picadas, los tormentos que a uno le suceden. Puede haber compasión, en cuanto alguien se conduele con nosotros; puede haber solidaridad, en la medida en que otro ser se adhiere a nuestra pena, pero nadie puede vivir el dolor que cada quien padece. Es una experiencia intransferible. Y, en la mayoría de los casos, indecible. Por eso son tan significativas para nuestro propio crecimiento espiritual las experiencias de dolor. Ellas, con sus ayes y sus lamentos, con sus insomnios y su procesión de fármacos, van lanzándonos pistas o señales sobre algún comportamiento inadvertido de nuestra personalidad, sobre algo más que no hemos resuelto o asimilado, sobre muchas tareas pendientes que hemos ido aplazando o que olvidamos cumplir. El dolor –con su voz lacónica y cortante– nos llama a lista y exige de nosotros responder: “presente”.

Por lo demás, el dolor es pesado, denso, brutal en su realismo. Viene a nosotros como una mole: nos aplasta, nos asfixia, nos aprisiona hasta el grito. Pero allí mismo, en esa evidencia tangible y sincera, nos ayuda a desengañarnos de la ilusión o lo irreal. Cuando sufrimos, los seres humanos recuperamos la sensatez y la prudencia; nos damos cuenta de la banalidad de muchas cosas; nos reconciliamos con lo elemental y verdaderamente necesario. El dolor nos quita la venda de lo accesorio para dejarnos de nuevo con la maravillosa fragilidad de nuestra desnudez. Puede que las personas nos engañemos muy fácilmente con nuestra idea  de felicidad, pero jamás podremos equivocarnos con la verdad que testimonia nuestro dolor. En esa testificación fundamental de nuestra existencia, el dolor es un medio calificado para ofrecernos conocimiento.

Insistamos: no es que debamos disponer nuestra vida para buscar más y mayores dolores; de lo que se trata es de darle un valor positivo a esas experiencias, de convertirlas en parte de la vida y no tomarlas como extrañas a ella. El dolor –bien sea físico o moral– puede ayudarnos a mirar con más cuidado nuestro sentido vital. A través de él, mediante sus signos punzantes, podemos descubrir algo que no estamos haciendo bien o tomar conciencia de una determinada orientación equívoca de nuestra existencia. El dolor tiene la facultad de hacernos más sensibles; de colocar nuestra mente y nuestra piel en actitud de alerta; nos saca del marasmo de la rutina o la vida fácil. Es más, nos recuerda un vínculo con lo trascendente y cierta posibilidad de creer en el milagro. Tal es su valencia positiva; tal es su calidad formativa para nuestro desarrollo humano. Por lo mismo, aunque debemos tratar de combatirlo con medicamentos, de mermarlo si es el caso, no podemos perder de vista esa otra función comprensiva que está presente en su manera de manifestarse en nuestro cuerpo o en nuestra alma.

Como dicen algunos chamanes o los “hombres de conocimiento” de ciertas comunidades indígenas, hay que sentarse a conversar con el dolor en lugar de mostrarnos desentendidos con su presencia. Si así actuamos, algo puede enseñarnos de nosotros mismos. Conversar con el dolor significa reconocerlo como un hermano –por lo general visto siempre en lejanía cuando estamos saludables–, devolverle su filiación fraterna. Algunos llaman a ese acto “consentir el dolor”; permitirle que nos hable con la suficiente confianza como para saber qué puede revelarnos o qué secreta noticia de nosotros mismos llevamos mucho tiempo sin saber. Todos estos comportamientos amigables frente al dolor son los que pueden ayudarnos a ser más sabios o, por lo menos, más dueños de nosotros mismos.

Gracias a su capacidad para ponernos de nuevo en contacto con nuestro ser, el dolor aparece como un aliado insustituible de nuestra conciencia. Por ser tan evidente, tan innegable, tan real, el dolor nos muestra –de forma directa y sin embustes– las posibilidades y las limitaciones de nuestra condición humana.

(De mi libro Custodiar la vida. Reflexiones sobre el cuidado de la cotidianidad, Kimpres, Bogotá, 2009, pp. 49-52).

Preocuparnos por enseñar a pensar

15 martes Sep 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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¿Qué podemos hacer los educadores frente a la creciente irracionalidad de nuestros estudiantes?, ¿cómo ayudarlos a cualificar la toma de sus decisiones vitales y prevenirlos del entreguismo a las demandas del consumo y la  alienación farandulera de la televisión? ¿Cuál es el camino para sacarlos de la pasividad y el conformismo, el mermado espíritu crítico, el fanatismo y la falta de juicio al momento de elegir a sus futuros gobernantes?

Desde luego, son varias las cosas que podemos hacer los maestros. Pero una de las más importantes es la de contribuir al desarrollo de su pensamiento. John Dewey, precisamente, ya había advertido de esta labor prioritaria de los centros educativos: aquella de activar la actitud reflexiva, la curiosidad, la inferencia y la comprensión. Si deseamos que nuestros alumnos pasen de lo concreto a lo abstracto tendremos que enfocar nuestro quehacer docente al análisis, el juicio y el trabajo con conceptos.  No es favorable para los educandos y para la sociedad seguir subrayando una formación centrada en los contenidos y poco en la resolución de problemas y el dinamismo del preguntar.

Ahora bien, desarrollar el pensar en nuestras aulas implica, entre otras cosas, formar a las nuevas generaciones en la escucha activa hacia asuntos que el mundo de hoy trata por todos los medios de hacérselas parecer secundarias o poco relevantes: un proyecto de vida, el discernimiento, la prudencia, la diferencia entre lo esencial y lo accidental, la profundidad de su existencia. Si en verdad anhelamos que el pensar sea habitual en nuestras clases es fundamental luchar contra la indiferencia. Esa fue la lección mayor de Heidegger  al advertirnos que “si nada nos preocupa muy difícilmente desarrollaremos nuestro pensar”. No podemos dejar, entonces, que los estudiantes le den la espalda a la lógica en sus argumentaciones, a la fortaleza o fragilidad de sus percepciones o creencias o a los procesos de pensamiento que posibilitan ir más allá del sentido común y la frivolidad individualista de los tiempos posmodernos.

Es irresponsabilidad de los educadores continuar siendo cómplices de la soñolencia intelectual y la flojera académica. Por el contrario, nuestras aulas deben ser un lugar en el que la reflexión continuada, la meditación y los elementos de juicio lleven a que los discípulos sospechen, proyecten, recapaciten, examinen, relacionen lo que les pasa y sucede a su alrededor. Por lo mismo, tendremos que enseñar también la introspección y la atención focalizada. Cómo no recordar ahora a Matthew Lipman, su programa de filosofía para niños y sus propuestas para el pensamiento crítico y creativo; Lipman que nos dio luces sobre la importancia de tener criterios –esos “factores que guían nuestras vidas”– y nos evitan la “servidumbre cognitiva”.

De otra parte, si deseamos fortalecer el pensar en nuestras escuelas, es urgente cambiar nuestras metodologías de enseñanza. Necesitamos darle más protagonismo a las pedagogías activas, fortalecer las estrategias y métodos en los que las hablas plurales (el debate, el panel, el foro) dinamicen la conversación argumentada y la variedad tópica contenida en la retórica clásica. El familiarizar a nuestros educandos con los dilemas morales es otra vía para favorecer el juicio y el discernimiento sobre asuntos éticos en los que entran a jugar los valores y el responsable ejercicio de la libertad. Si queremos que el pensar esté en primera línea de nuestra enseñanza debemos también promover más la investigación y menos la simple recolección de información; hacer que la corrección de un trabajo o una tarea sea un objetivo importante de nuestra ruta de enseñanza. De igual manera, preparar frecuentemente ejercicios metacognitivos para que el aprendiz descubra que la planeación, la regulación y la evaluación son recursos indispensables si quiere ser más consciente y autónomo en sus procesos de pensamiento.

Y como el pensar está íntimamente relacionado con asimilar y potenciar una tradición, es vital que los educadores ideemos mecanismos para que la información recibida sea sometida a la réplica, el contraste, el análisis, la transposición o la derivación. Los alumnos no deben quedar enmudecidos ante las voces del pasado, sino –por el contrario– estar animados para contrapuntear ese legado expresado en diferentes fuentes. Lo peor es el silencio o el desentendimiento de nuestros discípulos. Si se pierde de vista que estudiar es, de alguna forma, un escenario intelectual para debatir ideas, el pensar de los estudiantes seguirá anquilosado o manteniendo la limitada y pasiva mentalidad de los receptores resignados e indiferentes.

Toda esta propuesta por enseñar a pensar se convierte en una obligación en los estudios de educación superior. Quienes son estudiantes de posgrado tienen el compromiso de producir conocimiento. Para ello adelantan proyectos de investigación y tienen el deber de expresar sus ideas en textos escritos; y por eso sus clases son en seminario, como un medio estratégico para la conversación razonada y la lectura crítica de textos. A los alumnos de posgrado se les exige tener un método para alcanzar un objetivo, dominar distinciones conceptuales y tener un repertorio reflexivo con el cual puedan analizar su propia práctica y plantear alternativas de solución a un problema o una dificultad en su profesión. Un posgraduando, en suma, es alguien que ha adquirido las suficientes habilidades de pensamiento para redireccionar su actuar y transformar su entorno. Quizá allí estribe el sentido de cursar estudios superiores: el de asumir en serio los deberes de la mayoría de edad de nuestro pensar.

Debatir con voces ajenas

31 lunes Ago 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 8 comentarios

Témpera del artista suizo Hans Erni.

Témpera del artista suizo Hans Erni.

Ya en otras entradas de este blog he reflexionado sobre la necesidad de que nuestros estudiantes universitarios (y muy especialmente los de posgrado) aprendan o se fogueen en dialogar con la tradición de las fuentes escritas. Que sobrepasen el mero transcribir citas de autores y logren apropiarlas o reincorporarlas a su propio discurso. En esta perspectiva es que he ideado la estrategia del contrapunto, con siete técnicas precisas: amplificación, disminución, réplica, transposición, derivación, contraste y análisis.

El contrapunto es un buen ejercicio para habituar a los estudiantes a tomar partido por determinada información, a ser lectores activos, a fortalecer la lectura crítica de los textos. El contrapunto también es un excelente recurso para combatir el “copy paste”, es decir, esa práctica de plagio de nuestro tiempo en la que de manera irresponsable y desordenada “bajamos” información tratando de armar colchas de retazos sin ninguna presencia de nuestra voz o nuestro pensar. El contrapunto, por lo demás, es una mediación ideal para favorecer la escritura, entre otras cosas porque obliga al universitario a imitar el tono del autor que desea replicar y encontrar los mejores conectores lógicos para hilar de forma coherente su postura personal con la opinión de otra voz.

Sobra hablar, desde luego, de un beneficio adicional: el contrapunto sirve para caldear o desarrollar los procesos argumentativos. La cita elegida hace las veces de piedra de toque, de contrincante, al cual debemos presentarle razones lógicas, planteamientos contundentes, tesis o afirmaciones en las que sean fundamentales la deducción, la inferencia, el análisis, la analogía o la ejemplificación. Cada contrapunto es, entonces, un pequeño texto profundamente meditado e inspirado en la tradición persuasiva de la retórica clásica. No se puede decir cualquier cosa, ni plantearla de cualquier manera. El genuino contrapunto debe cumplir la rigurosa condición de ser convincente tanto en la estructura como en el contenido.

Este es el telón de fondo del reto escritural que les he propuesto a los estudiantes de primer semestre de la Maestría en Docencia de la Universidad de La Salle. Se trata de escribir dos contrapuntos (usando 2 técnicas diferente de las siete mencionadas) a una cita de Walter Ong, contenida en su libro Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, FCE, Buenos Aires, 2006, p. 86. El texto elegido es el siguiente:

“La escritura es una tecnología interiorizada aún más profundamente que la ejecución de la música instrumental. No obstante, para comprender qué es la escritura –lo cual significa comprenderla en relación con su pasado, con la oralidad–, debe aceptarse sin reservas el hecho de que se trata de una tecnología”.

Cada texto deberá contener tanto la cita en mención como el contrapunto respectivo, señalando en la parte superior la técnica empleada en cada caso. No sobra recordar que la extensión del contrapunto debe ser proporcional al número de líneas de la cita tomada como motivo para el ejercicio.

Ese es el reto. Pero, a la par, es una invitación a explorar en el trato con las voces de autoridad, con la bibliografía que, en muchas ocasiones, apenas queda como un listado de obras pero sin que hayamos tenido la ocasión de disertar con las ideas sustanciales de esos libros. El contrapunto es una magnífica ocasión para ser algo más que meros consumidores de información e intentar ser productores de conocimiento.

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