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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

Primera meditación navideña: la reconciliación

17 jueves Dic 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Me gusta creer que estos días navideños traen consigo un aire de reconciliación o una disposición hacia la concordia entre los hombres. Hay como un ánimo para hacer las paces o, al menos, renace la actitud de perdonar, de abrir los brazos para suturar viejas heridas o restablecer la armonía en nuestras relaciones. Tal vez ese ambiente de reconciliación pueda multiplicarse si reflexionamos un poco sobre el significado mismo de esta práctica del cuidado de sí y de los otros.

Para empezar habría que resaltar el valor de la reconciliación al momento de resolver los conflictos cotidianos. Si hay en cada uno de nosotros una voluntad de no agrandar los problemas o no pasar a soluciones violentas, más fácil resultará convivir en pareja, habitar con los vecinos, sentirnos parte de una comunidad. No es bueno andar recordando pequeñas ofensas o acumulando odio en nuestro corazón. Disponer esa actitud hacia la reconciliación es la clave para no dejar que se nos emponzoñe el alma con los rencores o la agobiante venganza y también es una forma de sabiduría para comprender en los demás los errores, las omisiones, las faltas cometidas contra nosotros. Digamos que la persona dispuesta a reconciliarse se recupera con facilidad de las ofensas y puede más fácilmente ver soluciones a las dificultades que la obcecación o la inquina se niegan a reconocer.

Pero la reconciliación necesita un cultivo de base para que crezca y dé sus frutos. Si no se tiene un pecho de amplios límites, si nuestro espíritu es demasiado estrecho para entender la compleja condición humana, con sus vaivenes y variaciones, muy limitado será el margen de perdón que sirva de rasero a nuestra existencia. Porque dependiendo de la flexibilidad de nuestra alma así será la rapidez o lentitud con que sanemos la afrenta, la invectiva, la maledicencia. Es nuestra capacidad de perdonar la que determina la emergencia de reconciliarnos, de amigarnos con el desleal, de construir escenarios o situaciones para restablecer la confianza fracturada, el lazo familiar roto por largo tiempo.

Aunque también vale la pena señalar que la reconciliación exige que una de las partes contrariadas o las dos, si es necesario, asuman la falta, el error y lo reconozcan; esa genuina confesión es la que pone en marcha el dinamismo de la reconciliación. Y ese es uno de los principales escollos para que no fluya la avenencia como deseamos; lo común, bien sea por orgullo o soberbia, es negarse a ese gesto de confesión, o asumir el silencio o el alejamiento. Por eso, porque creemos que reconocer nuestras debilidades o torpezas es un indicio de debilidad es que nos amargamos la vida, llevando una llaga abierta, acumulando sinsabores, clamando desde el fondo de nuestro ser el momento liberador de la reconciliación. Si no asumimos la falta, siempre el reconciliarse será una ilusión, una gracia negada. Es en el genuino reconocimiento de la afrenta o la fechoría, en ese autoexamen casi siempre expresado en una verdad, donde reside la almendra de la reconciliación.

Quizá este tiempo de navidad, este ambiente de hermandad abundante, sea una época favorable para que florezca la reconciliación. Todo a nuestro alrededor confluye para resarcir, avenir, apaciguar u ofrecer el abrazo pacifista. La alegría campea y el alimento servido a la mesa sirve de motivo unificador. La música y las luces, el viejo pesebre o el arbolito con sus figuras iridiscentes y sus regalos de colores vistosos, hacen más fácil las expresiones cariñosas y la indulgencia de las injurias o los agravios. Aprovechemos, entonces, la magia de la navidad para convertir nuestros actos y nuestras palabras en manifestaciones de reconciliación.

La formación de maestros

12 sábado Dic 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Guillermo de Baskerville y Adso de Melk en El nombre de la rosa.

Guillermo de Baskerville y Adso de Melk en El nombre de la rosa.

En el seminario de profesores de la Maestría en Docencia de la Universidad de La Salle hemos venido leyendo durante este semestre el libro La formación profesional del maestro. Estrategias y competencias, producto de un simposio en el que investigadores y formadores belgas, canadienses, franceses y suizos respondieron a tres interrogantes: ¿en qué consiste una habilidad profesional puesta en práctica por un maestro experto?, ¿cómo se adquieren dichas habilidades? y ¿cómo se debe organizar el aprendizaje de estas habilidades profesionales? El texto nos ha servido para dialogar sobre variados aspectos, entre otros, la dimensión y alcances de la práctica, las representaciones de los maestros, el enfoque clínico, la videoformación… Pero es sobre el tema de la formación de maestros que deseo ahondar en los párrafos siguientes.

Un primer asunto que ha convocado mi interés es qué tanto la vocación determina la opción de ser maestro. En principio, la respuesta es afirmativa. Pero, no únicamente para el caso de la docencia. La vocación es como el soporte de base para cualquier oficio o profesión. Está en la base, en el corazón mismo de la persona. Por momentos esa vocación hunde sus raíces en influencias familiares o en marcas adquiridas en los primeros años de nuestra vida. En otros casos, proviene de una suma de características de nuestra personalidad y ciertas epifanías –positivas o negativas– a partir de las cuales nace la determinación o el deseo de convertirse en educador. La vocación no depende de cálculos económicos o de reconocimientos sociales; la vocación es más un ajuste de cuentas con lo que algunos místicos denominan “el llamado”, o con lograr armonizar las fuerzas interiores y esas otras demandas del entorno. Sea como fuere, sin vocación es muy difícil llegar a ser un maestro convencido y dedicado, un maestro feliz y orgulloso de lo que hace.

Sin embargo, debemos advertir que no es suficiente con la vocación. Para llegar a ser un educador competente o de excelente calidades se requiere adquirir una serie de habilidades, de saberes, de técnicas sin las cuales la mera vocación trastabilla al momento de evaluar resultados o medir el impacto de su proceder. La vocación es el fuego, el ardor inspirador; pero es necesario darle gradación o dirección a tal llamarada. Precisamente, ese fue el objetivo de las escuelas normales, las licenciaturas y, más tarde, los programas de posgrado: ofrecer un repertorio de conocimientos y destrezas mediante las cuales el que sentía el deseo de educar pudiera hacerlo de manera cualificada. Al entrar en juego un perfil de formación del futuro maestro se puso sobre la mesa los alcances y limitaciones del simple gusto por enseñar y se produjeron obras como la de Comenio o Juan Bautista de La Salle en las que se delineaban unos principios o una serie de consejos que debía seguir u observar un profesional de la educación.

No es de extrañar, entonces, que esos primeros libros como la Didáctica Magna o la Guía para las escuelas, centraran sus reflexiones en el tema de la didáctica. La pregunta por cómo aprende alguien o de qué manera proceder para lograr el aprendizaje se convirtieron en un fuerte campo de formación y de discusión académica e investigativa. Con el tiempo esa preocupación por la didáctica sigue siendo una línea divisoria entre aquellos que hablan de la educación pero no viven el día a día con estudiantes, y esos otros que de tanto habérselas con alumnos han ido desarrollando un saber práctico, alimentado por la experiencia y el continuo ensayo y error vivido en el laboratorio de sus clases. Quizá esa división sea la misma que hay entre artistas y artesanos, o sea el origen de la imperial valoración de la pedagogía sobre el humilde saber de la didáctica. No obstante, lo que me interesa subrayar es que el conocimiento y puesta en escena de la didáctica le dio a la vocación una agenda, una hoja de ruta, un abanico de estrategias.

Aquí hay que decir, de una vez, que la experiencia es un tipo de saber tan antiguo como objeto de sospecha. Buena parte de los primeros educadores fueron empíricos; es decir, convirtieron lo que hacían en su propia cartilla. Y si les funcionaba lo repetían y, si no, trataban de buscar alguna salida diferente. Los discípulos de estos primeros educadores, aquellos que anhelaban ser educadores, procedieron de manera análoga: lo que les parecía bien de sus maestros lo imitaban y, lo que no, lo desechaban o no era tenido en cuenta. Sobra decir, que buena parte de esa forma de aprender el oficio era muy intuitivo o muy repetitivo. Además, como no había la suficiente indagación sobre el fracaso o los errores, se actuaba más por el respeto a la autoridad o a otras circunstancias ajenas al quehacer docente. Por eso a los futuros maestros o a los educadores en ejercicio animados a mejorar su práctica, se les pide que reflexionen sobre su quehacer. Mejor aún: se les advierte que uno de los mayores riesgos de la experiencia es su apego y conservadurismo a determinadas prácticas; se les señala la urgencia de innovación y transformación de “lo ya sabido”. Dicho de manera lapidaria: si la experiencia no es reflexionada se convierte en un lastre para el desarrollo de cualquier profesión.

Otro punto relacionado con el anterior es cómo se aprende la práctica misma de educar. Ha habido propuestas y modelos: la microenseñanza, la videoformación, las entrevistas de clarificación, los cursillos especializados, el uso de portafolios. A veces empleamos la simulación y, en otras ocasiones, la inmersión en situaciones reales; en otras ocasiones, le damos más importancia al seguimiento de protocolos rigurosos o dejamos que sea la “creatividad” la que sirva de referente a los maestros noveles. No obstante, se sigue considerando vital el papel del mentor en estos procesos de formación. La figura de un maestro tutor es determinante. Bien sea porque el propio docente sirve de referente o porque se convierte en un espejo refractante, en un antagonista fraterno, en una conciencia alerta del futuro educador. Tal vez esto sea así porque la profesión de maestro tiene como materia prima a otros seres humanos y eso demanda un tacto que sobrepasa el conocimiento erudito. No es cuestión de seguir a pie juntillas un formato de instrucción ni de dominar con suficiencia un campo de saber; también cuenta el tipo de vínculo que se establece con otro ser humano y la manera como movilizamos en él sus capacidades y sus talentos insospechados. Y eso hay que aprenderlo viendo a otro maestro experimentado, charlando con él sobre por qué hizo lo que hizo, apreciando las variaciones y adaptaciones empleadas, observándolo y preguntándole en repetidas ocasiones.

Considero que aprender una práctica implica tiempo, atención concentrada, paciencia y una voluntad de imitación a toda prueba. Apropiar una práctica, por lo demás, trae consigo la constancia, el ejercitamiento, la persistencia y una dedicación que a veces raya con la tenacidad. Se comienza reconociendo las deficiencias y aspirando, con el apoyo del maestro mentor, superarlas o cualificarlas. Este aspecto es uno de los más difíciles en la formación de maestros, especialmente en los programas de posgrado. Los que llevan década dedicados al oficio de enseñar consideran que poco necesitan modificar o cambiar y terminan “titulados” pero continúan haciendo lo mismo. Esa es la razón por la cual, cuando se aprende una práctica es fundamental desaprender una infinidad de cosas. Aquí veo una clave para la formación de maestros adultos y una pista para los planes de estudio de los educadores noveles. Cuánta falta hace en los currículos de las facultades de educación las prácticas formativas de la imitación, la variación, la incorporación de hábitos, los ejercicios escalonados en grado de dificultad y complejidad, las simulaciones. Son importantes los conocimientos, las teorías, pero si no hay una contrastación permanente con la acción, quedarán sin ataderos a la profesión docente. No podemos olvidar que las prácticas exigen que el aprendiz esté en situación, que experimente por su mano la dureza del material y la importancia de escoger adecuadamente las herramientas. Si no hay ese contacto directo, si todo acaece en un ambiente ordenado y aséptico, muy seguramente los resultados del futuro maestro serán limitados o poco efectivos. Y más en un escenario como el de hoy en el cual las nuevas generaciones son descreídas de la escuela y poco respetuosas de la figura del docente.

Un último aspecto está relacionado con las características del formador de maestros. Dicho sea de paso, es un tema poco abordado en el libro arriba mencionado o aludido tangencialmente en algunos de los artículos. Aquí veo una veta de reflexiones y estudios apremiantes. ¿Cualquiera podría arrogarse esa función?, ¿basta con un cúmulo de diplomas para ser un formador de educadores? Desde luego que no. Es indispensable contar con la suficiente experiencia para saber dosificar un saber, la sabiduría para elegir el tiempo oportuno, la paciencia para no desesperarse ante los yerros frecuentes o la insolencia juvenil, y una habilidades comunicativas excelsas para convertir lo denso y complicado en lecciones claras y sencillas. Sé de brillantes profesionales de muy altos pergaminos son un fiasco cuando deciden convertirse en formadores de maestros. Los mentores y tutores de la formación necesitan una voluntad de contención de su conocimiento y de una escucha afinada muy alejada de la soberbia petulante o la vanagloria académica. Pero, además, requieren convertir sus gestos y palabras, su quehacer cotidiano, en un ejemplo vivo de lo mismo que proclaman o enseñan. Sin esa evidencia perderían credibilidad o, lo más grave, no tendrían autoridad moral para exigirles a sus pupilos modificar un comportamiento o corregir un tipo de actuación. Ejemplaridad y coherencia son las cualidades mayores de aquellos educadores ocupados en la formación de futuros maestros.

De todo lo dicho hasta aquí, bien sea sobre la cualificación de la práctica docente o sobre la formación de maestros, se desprende una tarea: es prioritario investigar o someter a análisis lo que los educadores hacen cotidianamente en sus instituciones educativas. Es urgente superar el anecdotismo. Hay que darle rigor y sistematicidad a la diaria labor de los docentes. Eso implica, empezar a tomar registros de lo hecho, descubrir y formular un problema para seguirle la pista, aprender un método que permita analizar e interpretar los resultados obtenidos y atreverse a publicar dichas pesquisas. Si en verdad deseamos que los nuevos maestros cuenten con un mapa de trabajo no muy alejado de la realidad que les tocará en suerte, lo mejor es proveerlos de un repertorio de resultados de investigaciones en el que puedan entrever una forma de orientarse e idear vías de transformación. Y todavía más allá: tendremos que hacerlos hábiles investigadores de su quehacer, darles y fortalecerlos en unas habilidades de indagación con las cuales logren detectar dónde hay una flagrante carencia o un error que obliga a hacer ajustes inmediatos y dónde es necesario avizorar cambios sustanciales en una manera de enseñar, en un modo de evaluar, en una propuesta curricular. De pronto, con esos útiles de investigación los noveles maestros se sientan más fortalecidos para lograr enfrentar los retos y las decepciones de la escuela de los tiempos futuros.

Prosa de caminante o poesía de buceador

04 viernes Dic 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Carlos NCT.

Ilustración de Carlos NCT.

La poesía es justamente vertical porque tiende hacia lo alto
y hacia lo bajo, entonces llegas a unas alturas
en las que piensas que vas a aplastarte si te caes
y llegas a unos abismos que no sabes cómo trepar
para volver a salir. En fin, dejas el plano de lo rutinario,
de lo diario, el plano horizontal que es el plano de la prosa.
Aunque hay prosa poética por supuesto.
 
Olga Orozco

La afirmación de Olga Orozco –más allá de las contemporáneas ideas sobre la refundición de los géneros– de que la poesía es vertical a diferencia de la prosa que es horizontal, puede ayudarnos a comprender mejor de qué hablamos cuando nos referimos a la poesía. O mejor, cuál es el objetivo vertebral cuando acudimos a los versos y no a las frases de la prosa. Tratemos de ahondar en este planteamiento de la escritora argentina.

Lo primero es entender que no se trata de privilegiar uno u otro tipo de escritura. O de sobrevalorar la poesía sobre la prosa. Pienso que lo importante es percatarnos de los alcances de cada forma lingüística. Y para ser fieles a Bachelard, de atrevernos a perfilar una fenomenología del decir poético. Entonces, cuidémonos en lo que sigue de usar adjetivos descalificadores o competitivos.

Uno acude al verso, aunque puede ser lo contrario: que el verso lo busque a uno. Porque a veces, y esto lo he constatado en afirmaciones de muchos poetas, la poesía busca al poeta, a la manera de un oráculo, para que diga sus enigmáticos mensajes. En todo caso, si acudimos al verso es porque necesitamos dar cuenta de zonas íntimas, profundas, abisales de nuestra interioridad. La poesía sirve de interlocutora con esos abismos del alma de que hablara César Vallejo; nos presta sus lazos para que salgan a flote emanaciones o sombras, fluidos represados, gritos atenazados por la oscuridad de nuestra desmemoria o nuestra soledad. Ella, la poesía, es idónea para salvar almas náufragas, mineros perdidos en los socavones de la infancia, navegantes refundidos en las profundidades de lo no dicho. La prosa, aunque podría también usarse para este fin, no tiene los mismos alcances. Digamos que en lugar de sogas utiliza escaleras, andamios, útiles más manipulables o de no tan alta extensión. Y aunque pueden ser más fuertes, lo cierto es que no poseen el mismo alcance.

Se me ocurre ahora que el trabajo del poeta se parece más al del alpinista o al del buzo que husmea en las profundidades. Alguien que desafía y se siente a gusto en las alturas o los abismos. En cambio, la prosa, es más un escenario para el caminante, para el navegante; es decir, para aquellos espíritus fascinados por el horizonte. Nótese que la prosa es más segura, o al menos necesita de remos fuertes, de ruedas que den estabilidad, de estructuras que garanticen sortear los baches del camino, o la fuerza descomunal del oleaje. El lenguaje de la poesía, en cambio, prefiere escenarios más leves, más ingrávidos, más etéreos o tan brumosos y enrarecidos como las altas nieves o el profundo océano. En este último sentido, la poesía es más arriesgada, más apropiada para aquellos seres que aman el vértigo, la altura, el vacío, la nada. Por eso también, y de eso da fe un poeta como Hölderlin, es posible que el poeta se pierda o se embriague en las profundidades de la interioridad de su propio ser.

Agreguemos a lo dicho que la prosa nos es más útil en el día a día; su fortaleza es ayudarnos a convivir con otros. Ella nos presta sus manos para que sea posible intercambiar mercancías, comidas y saberes; ella nos posibilita mantener firmes las tradiciones y las costumbres, un pasado confiable y unas leyes que organicen la sociedad. Y puede también echar mano de sus mejores galas para ofrecernos ficciones creíbles y entretenidas. La poesía prefiere la extrañeza, lo no común, lo que sucede eventualmente o de manera extraordinaria. Su mayor interés está en ofrecernos sus luces cuando las circunstancias o los eventos nos desbordan, nos sobrecogen, nos hacen salir de sí. De pronto, por eso mismo, su manera de hablar puede parecernos poco usual o bastante alejada del habla común. La poesía, entonces, es clave en los momentos de irrupción, de fractura, de inestabilidad o crisis en nuestra existencia. Y, en algunos casos, su rol estratégico es sacudirnos el tedio de todos los días, sacarnos del letargo de lo dado por sabido. Obligarnos a romper la tranquilidad de ir en línea recta.

Tenía razón Olga Orozco: el lenguaje poético es una ayuda en nuestra existencia cuando lo que queremos expresar se topa de narices con aires enrarecidos o con presiones que pueden reventar nuestros pulmones; el lenguaje poético es el medio idóneo para sortear esas paredes de roca de nuestros sentimientos más ocultos o para zambullirnos con propiedad en los abismos submarinos de nuestra terca finitud. A diferencia de la prosa, tan afanada por conservar el orden y mantener la confianza en un espacio reconocido y controlado, la poesía es la escritura más apta para expresar las ascensiones y los descensos, las exploraciones e inmersiones en el ser íntimo del hombre. Y cada imagen, cada metáfora es semejante a crampones, martillos o clavijas, a escafandras, aletas o máscaras, sin las cuales sería imposible coronar las altas cumbres de lo que en verdad somos o explorar los mundos abisales de lo que nos falta por reconocer.

Reiteremos lo expuesto con un punto final: la prosa es el lenguaje preferido del caminante; la poesía, la expresión elegida por los exploradores de las heladas cumbres o las depresiones submarinas. La prosa es del transeúnte; la poesía del montañista y el buceador.

(De mi libro La palabra inesperada. Aproximaciones al poema y a la poesía, Kimpres, Bogotá, 2014, pp. 34-38).

Retrato del lector crítico

27 viernes Nov 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

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Ilustración de Rogelio Naranjo.

Ilustración de Rogelio Naranjo.

El lector crítico sabe que todo texto es un tejido. Un conjunto de relaciones, engarces y puntadas con hilos diversos. El lector crítico adivina la urdimbre y la trama en la rasa superficie de los textos. Reconoce en la aparente homogeneidad de una página los accidentes, las variaciones, las cumbres y abismos de significado. El lector crítico es, por lo mismo, un buscador de lo latente, lo implícito, lo apenas insinuado.

Por mantenerse en esta disposición de sospecha el lector crítico está siempre alerta. No deja pasar un subrayado, un epígrafe, una palabra escrita en bastardilla. Sus ojos advierten lo que para muchos es una cosa secundaria o insignificante. De allí que le resulten absolutamente prioritarias las referencias que los autores ponen a pie de página o los índices o las tablas de contenido. El lector crítico no se satisface con consumir el fragmento de un texto sin antes degustar la totalidad del mismo. Además, aunque centra su atención en el texto no pierde de vista los contextos, los intertextos, los paratextos. Su campo de radiación abarca otras obras, otros autores. Por tal capacidad de vigilancia, el lector crítico convierte lo que lee en un coto de caza: las palabras son indicios del mensaje, huellas de un sentido escurridizo.

Para el lector crítico son habituales los procesos de pensamiento como la deducción y la inducción. Ha afinado su mente para las inferencias y el razonamiento lógico. También ha logrado preparar su intelecto para percibir relaciones, en particular, aquellas más distantes o insospechadas. El lector crítico entrevé semejanzas en las diferencias y percibe diferencias en las semejanzas. Nada queda suelto, todo hace parte de una red o mantiene vínculos, así sea en clave simbólica. El lector crítico, en consecuencia, es un asiduo meditador, un defensor del discernimiento y la reflexión argumentada. Puesto de otra forma: el lector crítico transforma una práctica de lectura en un tinglado para su entrenamiento cerebral.

El lector crítico da a la historia, a los contextos, una total relevancia. Difícilmente lo que lee lo ve por fuera de las corrientes, las tendencias, las mentalidades de una época. Los textos son para el lector crítico un campo de lucha entre credos e ideologías. Hay marcas de época, de religión, de orientaciones políticas en los textos. Nada es aséptico o totalmente desinteresado. Al lector crítico, en definitiva, le encanta poner los textos en situación histórica y a los autores en la perspectiva de su tiempo. Lejos de interpretar un texto como una obra inmaculada o atemporal, prefiere verla como un producto inscrito en una cultura y resultado de fuerzas políticas, prácticas sociales y saberes en uso. El lector crítico detecta las improntas del poder en los márgenes, los recovecos, los intersticios de los textos. Y por ello necesita hacer arqueologías, cotejo de fuentes y cuadros comparativos. El lector crítico es un guardián de la memoria.

Por supuesto, todas las acciones, habilidades y disposiciones del lector crítico conducen a un punto: el lector crítico aspira a perfeccionar sus elementos de juicio. Se es lector crítico para superar la opinión insustancial o la ingenuidad de la masa. El fin último de la lectura crítica es proveer a las personas de mejores razones para valorar, enjuiciar o cualificar una manera de pensar o mejorar la toma de decisiones. El lector crítico no solo lee en profundidad y contextualmente un texto; de igual modo, puebla su conciencia de lentes más perspicaces, más libres de fanatismo o banalidad mediática. El lector crítico, en este sentido, tiene aptitudes para ejercer su autonomía y mantener vivo el derecho a disentir y objetar. En síntesis: es un individuo que asume la mayoría de edad de su razón con el fin de continuar pensando por cuenta propia.

Cuidar nuestros errores

20 viernes Nov 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Gurbuz Dogan Eksioglu.

Ilustración de Gurbuz Dogan Eksioglu.

Un hombre nunca debe avergonzarse
de admitir el haberse equivocado,
lo que equivale, en otras palabras,
a decir que es hoy más sabio que ayer.
Jonathan Swift

 

Hay la costumbre, especialmente en la crianza y en la escuela, de castigar el error. De verlo como una mancha o un despropósito de nuestra conducta. En consecuencia, crecemos temerosos de equivocarnos, atemorizados por caer o cometer alguna falta y obstinados en desaparecer de nuestra vida esos yerros. Ansiosos por extirparlos de nuestra existencia, perdemos la riqueza de sabiduría que pueden enseñarnos.

Tales ideas de castigar y desarraigar a toda costa los errores de nuestra vida son, en verdad, un desatino. Entre otras cosas, porque el ser humano –por su misma condición– es un ser falible. Venimos a este mundo sin saber muchas cosas, torpes para otras, lentos para asimilar el acervo de experiencias que terminan por formarnos un rostro, una conducta y una personalidad. Cada cosa debe ser aprendida: desde el estar de pie hasta el saber alimentarnos; desde aprender una lengua hasta saber convivir con otros semejantes. Las costumbres, los comportamientos, los rituales, las comunicaciones, todo ello debemos irlo incorporando, asimilándolo a lo largo de nuestra existencia. Y, como ya se puede advertir, en este proceso de múltiples aprendizajes serán más nuestras fallas que nuestros aciertos, más las inadvertencias que las previsiones.

Siendo así, deberíamos ser más condescendientes con nuestros mismos equívocos. No flagelarnos demasiado por un descuido o por alguno de nuestros habituales disparates. Más que someternos a los rigores permanentes de la culpa, tendríamos que convertir nuestras omisiones en catapulta para seguir avanzando en el conocimiento de nuestra humanidad. De igual modo, sería bueno ser más tolerantes con las fallas de esas personas cercanas o aquellas otras con las que compartimos un trabajo. Aprender a comprender antes que a juzgar. Percatarnos de que sus errores en el trato o en la manera de realizar alguna actividad hacen parte de ese lento proceso que llamamos aprendizaje. Tener presente que, como decían los viejos, “nadie nace aprendido”. Entonces, si guardamos el arma de la crítica ante la primera falla de nuestro vecino, pues lograremos propiciar en él la confianza y será mucho más fácil hablar sobre esos comportamientos equívocos que nos molestan o sobre esos descuidos en determinada tarea que nos sacan de quicio. Deberíamos comportarnos así, si es que deseamos que los otros también sean benévolos con nuestros lapsus o nuestras negligencias.

No sobra recordar que son los errores los que precisamente van tallando nuestra vida. De cada uno de ellos algo aprendemos y de cada uno de ellos sacamos provecho para nuestro propio desarrollo. Con los errores, con el discernimiento sobre ellos, nos vamos forjando un cuerpo más resistente, un espíritu más sabio. Es a partir de nuestros deslices o nuestras faltas como vamos acumulando experiencia, como vamos volviéndonos “expertos” o llenos de conocimiento. Lo importante es no dejarlos pasar por alto sino tomarnos un tiempo para reconocer su constitución o sus rasgos distintivos. Mirar con tranquilidad esas negligencias o esas equivocaciones con el fin de sacar todo el beneficio, de “capitalizarlas” de la mejor manera para nuestra existencia futura. Son los errores nuestros mejores maestros porque van forjando, día a día, nuestra forma de ser o de actuar. Y las lecciones que imparten son personalizadas porque nacen o son extraídas de nuestra propia vida. De allí por qué no debemos despreciarlos o tratar de erradicarlos totalmente: porque los errores son una enorme cartilla hecha de carne y hueso.

Y hay más: si aprendemos a ser más flexibles con nuestras fallas nos quitaremos de encima una serie de presiones que nos autoimponemos como camisas de fuerza o como una espada de Damocles amenazante. Esa ductilidad de nuestro espíritu puede permitirnos sortear de mejor manera los huracanes de nuestras desventuras o nuestros problemas. Si somos demasiado estrictos con nosotros mismos, si nos mostramos tan indolentes con nuestras falencias, lo más seguro es que nos rompamos con facilidad ante los primeros golpes de la vida. Pero si es la elasticidad la que mueve nuestro corazón y nuestro entendimiento, más rápidamente asimilaremos el embate, de manera más ágil nos repondremos del impacto y estaremos otra vez de pie para seguir con nuestra lucha cotidiana.

(De mi libro Custodiar la vida. Reflexiones sobre el cuidado de la cotidianidad, Kimpres, Bogotá, 2009, pp. 205-208).

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