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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

Información, niñez y educación

03 domingo May 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Quino.

Ilustración de Quino.

Comencemos, de una vez, señalando una evidencia: ya no son los padres o los maestros los únicos que generan información. También informan y, de manera abundante, los medios de comunicación, la ciudad, los videojuegos, los periódicos y las revistas. Digamos que la información, que le llegaba al niño antes por un único canal, ahora se le manifiesta de manera múltiple, tanto en su estructura como en su embalaje.

Tal avalancha de información ha generado en el niño una serie de desconciertos. De un lado, el desconcierto hacia la noción de verdad o, si se prefiere, hacia lo creíble. Por ser tantas las fuentes o los lugares de información, por haber entre ellos (la mayoría de las veces) contradicciones y puntos de vista tan dispares, por presentarse tan velozmente y de manera fragmentaria, el niño no sabe ya dónde empieza lo verdadero y dónde termina la mentira. Y cuando habla su padre o su maestro, ellos apenas son otras voces dentro del concierto a que está expuesto permanentemente. Entonces, lo creíble empieza a estar asociado con aquello que es más habitual, con lo que circula cotidianamente, con el consumo o la moda; lo creíble se vuelve coyuntural, se articula desde la novedad, depende de otras lógicas ya no gestadas desde instituciones como la familia o la escuela.

El otro desconcierto al que está expuesto el niño de hoy es el que se refiere a la noción de realidad. Cuando la información ya no está centralizada o unificada, cuando las convenciones de un grupo social sobre un orden conceptual o epistemológico establecido se estrellan contra nuevos paradigmas emergentes, se produce entonces una desazón infinita. ¿Qué es real?, se pregunta un niño ante una suerte de cosas dispuestas a la manera de una baraja: ¿lo que veo en un videojuego?, ¿lo que bajo de internet?, ¿lo que está escrito en los libros?, ¿lo que veo en  la televisión?, ¿lo que me muestran mis maestros?… La noción de realidad se ha vuelto gelatinosa para los niños de hoy; por momentos está más cercana a lo físico pero, en otros momentos, se refunde con lo virtual, con lo imaginario y lo fantástico.

Cabría mencionar otro desconcierto. Llamémoslo un desconcierto hacia la autoridad. El niño observa a su alrededor, escucha y lee cómo la justicia no cumple su cometido, cómo se puede burlar la ley, cómo escabullirse de una norma, un mandato o una disciplina. Además, mediante lo que observa en el tevecable o la televisión confirma que hay otros niños como él que no son castigados por sus “pilatunas”, que logran salir campantes de una picardía o una maldad. También lo confirma en muchos de los temas de las canciones que escucha y que le gustan. Sin embargo, cuando llega tarde a su casa o cuando no cumple con las tareas en el colegio, detecta que hay otro orden disciplinar, otros controles mucho más fuertes o drásticos. De un lado está la permisividad, de otro las prácticas y los discursos de “entrar en cintura”. El desconcierto preludia, entonces, la rebeldía.

Anotemos un desconcierto más: el desconcierto hacia las valoraciones de sí mismo. El niño escucha que sus padres o maestros le hablan de que debe cuidarse, protegerse, de que él no debe salir a la calle… pero, en los programas de televisión o en los videojuegos que le gustan, él es el protagonista. Vuelve y mira a su alrededor: en su familia le dicen que no puede hablar o no debe hablar sobre ciertas cosas; en la escuela le advierten que debe aprender a guardar silencio… pero, para sobrevivir en el barrio, en la calle, para poderse socializar con sus amigos, él descubre que si no habla, que si no “presume” de ciertas cosas, muy seguramente será excluido o no tenido en cuenta. El desconcierto se acrecienta con una serie de mensajes publicitarios; la ropa, los zapatos, los objetos… que él ve en la televisión o las revistas –y ansía tener– riñen con la “cantaleta” de sus padres sobre no gastar en “cucherías” y aprender a vivir con lo apenas necesario.

Sin pretender ser exhaustivos, afirmemos que el alud de información al que están expuestos los niños y las niñas de hoy, ha traído también una avalancha de desconciertos. Tal evidencia tiene serias implicaciones para la tarea educativa. La primera de ellas concierne al papel activo del maestro y el padre de familia en relación con el reconocimiento y conocimiento de estos otros canales de información. Es urgente ponernos al día en el consumo cultural de los niños; investigar con juicio estos nuevos “socializadores” y su repercusión en los pequeños. Más que tratar de “satanizar” a los medios de información se trata de conocer la manera como se los recepciona, y sirven de elementos de construcción para el mundo del niño.

Eso en cuanto al conocimiento de los medios de información. Pero además de indagar hay que ir un poco más allá y proveer a nuestros niños de capacidades de lectura de dichos canales. En este sentido es urgente capacitar a nuestros estudiantes en habilidades para la lectura de la imagen, de lo audiovisual, de los signos en general. Tenemos que desarrollar en ellos una competencia semiótica que les permita hacer legible estos textos tan variados como fugaces. Con esta nueva cartilla es muy probable que nuestros niños puedan tener algunos elementos de lectura para diferenciar, distinguir o ver la utilidad de toda esa avalancha informativa que los circunda. Como quien dice, se trata de alfabetizarlos para una sociedad que no necesariamente pasa el saber por el cedazo del texto escrito.

Frente a esta complejidad de la información cabe agregar que el educador necesita, hoy más que nunca, servir de faro, de orientador. Quizá ya no se trata, como en el pasado, de dar la información, sino de poseer una capacidad crítica para poder seleccionarla u otorgarle alguna jerarquía. Veo en esta labor uno de los grandes desplazamientos del maestro en cuanto facilitador de una información: de lo que se trata ahora es de servir de cedazo efectivo para distinguir la “basura” de lo verdaderamente importante. Tener criterio. Pero, para ello, el educador tiene que hacer un enorme esfuerzo para hablar el lenguaje de estos tiempos, tiene que salir del estrecho nicho de la escolaridad y adentrarse en esos otros escenarios en donde también se propicia el aprendizaje.

Una última implicación para el educador, de esta avalancha de información a la que están expuestos nuestros niños, apunta a propiciar en el aula un discurso que favorezca el diálogo, la conversación, la circulación de diversos puntos de vista. Al no ser el maestro el único centro de información, es importante aceptar la validez de otras visiones, de otras fuentes esta vez aportadas por los estudiantes. En este sentido la escuela se torna en un escenario para la gestación de acuerdos, en donde prime la búsqueda por el consenso más que por una verdad revelada o determinada. Este viraje trae consigo la necesidad de prestarle especial interés a los procesos de tutoría o acompañamiento que se dan en la escuela. Lo tutorial deja de ser visto como algo marginal o previsto para alumnos con problemas de aprendizaje y se convierte en el lugar habitual, en la forma idónea para enseñar un conocimiento.

(De mi libro Rostros y máscaras de la comunicación, Kimpres, Bogotá, 2003, pp. 217-220).

El mini ensayo

18 sábado Abr 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Obra del artista húngaro Cerkahegyzo.

Obra del artista húngaro Cerkahegyzo.

No obstante la terquedad de algunos profesores de educación media y superior por solicitar en sus clases ensayos de larga extensión (más de 10 páginas), puede resultar interesante explorar en las posibilidades de elaborar este tipo de escritos en una página. Tal opción, además de permitir la evaluación detallada y personalizada de la escritura, es un excelente recurso didáctico para aprender las particularidades de un texto argumentativo.

En esta perspectiva, he invitado a mis estudiantes de primer semestre de la Maestría en Docencia de la Universidad de La Salle a escribir un ensayo de cuatro párrafos. El tema, en esta ocasión, debe estar relacionado con algún aspecto del proyecto de investigación en curso. El contenido de cada uno de los párrafos es el siguiente:

En el primero se expone de manera sucinta y directa la tesis. Es decir, la postura personal del ensayista frente al tema en cuestión. La tesis, hay que recordarlo, es una proposición o afirmación en la que, de manera novedosa, se toma una posición, un punto de vista o una crítica a determinada temática. Desde luego, para lograr una tesis de calidad es necesario reflexionar y meditar el motivo de nuestro interés. En determinadas ocasiones es útil documentarse, leer fuentes especializadas o someter el tema a un profundo análisis. Dos o tres líneas pueden ser suficientes para lograr este objetivo.

El segundo párrafo da inicio a la argumentación del ensayo. Ahora toca buscar razones que avalen, soporten o refuercen nuestra tesis. Y dentro de las variadas formas de persuadir, una de las más socorridas es la de utilizar los argumentos de autoridad. Se trata de buscar fuentes o autores de alto reconocimiento (validados en un campo del saber) que puedan respaldar nuestra tesis. Así que no son referencias indiscriminadas; más bien es la pesquisa minuciosa de una frase, una cita, un fragmento de un libro o una investigación que esté en sintonía con nuestro planteamiento. Dicho aval se entrecomillará y será referenciado según el sistema de citación elegido (para el caso nuestro, seguiremos las orientaciones de la APA). Pero no basta con transcribir la cita en nuestro segundo párrafo. Es importante engarzarla o glosarla para que se articule con la tesis enunciada. Aquí vale la pena decir que los argumentos de autoridad hay que irlos tejiendo con la tesis; apropiarlos, darles el tono adecuado con el fin de que armonicen con nuestro planteamiento.

Para el siguiente párrafo podemos echar mano de varias alternativas: usar argumentos basados en ejemplos, deducciones, inducciones o analogías. En esta oportunidad, recurriremos a la última estrategia mencionada. Es sabido que la analogía es una forma de razonamiento en la que, valiéndonos de comparar realidades diferentes, notamos semejanzas entre ellas, útiles para nuestro propósito argumentativo. Desde luego, no basta con enunciar una comparación; cuando se utiliza la analogía debe desarrollarse, mostrando de qué manera cada rasgo o aspecto de la relación establecida contribuye a fortalecer la propuesta vertebral de nuestro ensayo. Las analogías no son símiles gratuitos sino comparaciones enfocadas a un fin determinado.

Finalmente nos queda el último párrafo. Un apartado para cerrar nuestro escrito. No es cuestión de hacer una conclusión, sino de rubricar o fortalecer la tesis que traíamos entre manos. Aquí es el momento para ofrecerle al lector otras razones inobjetables o señalar otras posibles vías argumentativas. Y una característica adicional: el último párrafo debe tener la misma contundencia del primero.

Esa es la estructura básica de un mini-ensayo. Esos cuatro párrafos –si se elaboran con cuidado– pueden dar cuenta de las particularidades de un texto argumentativo. No sobra recordar que son igualmente importantes las conexiones lógicas empleadas, para darle cohesión y coherencia al escrito. Los conectores son como los hilos que van zurciendo las ideas; las bisagras que articulan interna y estructuralmente los cuatro párrafos antes mencionados. También será importante prestarle atención al título del ensayo. Hay que buscar un título sugestivo y relacionado con la tesis. El título debe orientar al lector; servirle de provocación o incitación a la lectura.

Sirvan las anteriores ideas de referencia y estímulo para los aprendices de escritura argumentativa en esta modalidad reducida. La apuesta, en consecuencia, no aboga por la cantidad de páginas sino por la concentración y calidad de las ideas. Si meditamos y tenemos clara una tesis y sabemos articularla con los diversos tipos de argumentos seguramente el resultado será provechoso. El mini-ensayo puede ser una buena estrategia didáctica de escritura para foguear a los estudiantes en los vericuetos de la argumentación antes de lanzarlos a producir un texto de más largo aliento o con una mayor complejidad.

«Maestro de maestros»

05 domingo Abr 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Estatuilla en reconocimiento a mi labor de "Maestro de maestros"

Estatuilla en reconocimiento a mi labor de «Maestro de maestros».

La escuela de Educación y Pedagogía de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín organiza desde 2005 el reconocimiento Maestro de maestros con el fin de exaltar a los educadores formadores de maestros. La postulación establece dentro de sus condiciones que los candidatos deben: “ser o haber sido maestro de maestros, con una trayectoria igual o superior a 20 años de experiencia; tener una producción investigativa o reflexiva considerable que evidencie el impacto en la comunidad educativa (no inferior a 5 años); ser postulado por una comunidad educativa conformada por estudiantes, docentes y egresados que demuestren el impacto del candidato en la vida de sus estudiantes a través de los años”. De otra parte, se exige que “cada candidatura debe estar apoyada mínimamente por seis personas y no se aceptan candidatos que se postulen a sí mismos”; igualmente se debe “anexar las evidencias de la producción académica bien sea a través del CvLac o en su defecto, publicaciones”. Los que han sido ganadores hasta ahora son: Manuel Ángel Muñoz (2005), Marta Arango Montoya (2006), Juan Manuel Serna Urrea (2008), Eloísa Vasco Montoya (2009) y Jesús Alberto Echeverri Sánchez en el 2011.

Para la sexta versión del 2015 se sumó la Universidad de Granada concediendo al ganador un viaje y estadía por una semana en la ciudad homónima y, además, el privilegio de impartir unas conferencias pagas en dicha institución. 

Gracias a la postulación hecha por la Normal de Guadalupe, Santander, en cabeza de su rectora Gloria Arbeláez y el testimonio de varios de mis discípulos de diversas partes del país, el jurado evaluador consideró que era merecedor de tal reconocimiento. En el acta del jurado evaluador consta que tal merecimiento está soportado en los siguientes argumentos: “por su trayectoria como formador de formadores, con más de 30 años de labores. Por la calidad humana, la vocación, la disciplina, la convicción y la pasión por aprender, construir y reconstruir saberes. Por los aportes didácticos que han contribuido a la formación de formadores y de profesionales. Por su impacto en la vida de los estudiantes en varias regiones de Colombia”.  

Desde luego esta distinción me enorgullece y me alegra. Pero más me anima el saber que dicho reconocimiento contribuye a restaurar la dignidad de ser maestro. Considero oportuno hacer públicas las palabras que dije el 27 de marzo al recibir la estatuilla y el diploma respectivo, entregado por el rector de la Universidad, presbítero Julio Jairo Ceballos.

Repensar la importancia de la profesión docente

Deseo agradecer, en principio, a las autoridades de la Universidad Pontificia Bolivariana y a las propias de la Universidad de Granada, a los miembros del jurado calificador, a las directivas de la Facultad de Educación y Pedagogía de la Universidad Pontificia Bolivariana y, por supuesto, a la Escuela Normal Superior María Auxiliadora de Guadalupe-Santander, especialmente a su rectora Gloria María Arbeláez Hoyos, como a los alumnos y profesores que me postularon. A todos y a cada uno mi sincera gratitud por este reconocimiento que recibo no solo como una distinción personal sino también como un símbolo de dignificación a la profesión docente.

Permítanme, ahora, darle resonancia a este premio reflexionando sobre la importancia de nuestra profesión. Los invito, entonces, a repensar por unos minutos determinados rasgos distintivos del maestro.

Una cosa que somos y de la cual nos sentimos orgullosos es la de ser promotores de la curiosidad. No cabe duda de que buena parte de nuestra labor educativa es ayudarles a los estudiantes a que no pierdan o dejen de interrogarse sobre los seres vivos, la sociedad o el universo. Podemos decir que nos preciamos de cultivar la perspicacia, el seguimiento de indicios, la incertidumbre retadora y la exploración permanente. Los docentes creemos que la curiosidad es la mayor motivación intrínseca para el aprendiz.  De igual modo, los maestros, desde el antiquísimo Sócrates, aguijoneamos con la pregunta oportuna, con el cuestionamiento afilado. Algunos llaman a eso el “espíritu crítico”; otros, el no “tragar entero” o dejar de ser incautos o crédulos sin criterio. Lo cierto es que los maestros buscamos por todos los medios proveer a nuestros estudiantes de otros lentes para mirar la vida y la cultura, de otros miradores para apreciar un evento o una situación. Sin que nos lo hayamos propuesto, los educadores hacemos parte de una escuela de la sospecha. 

Pero, además, los maestros tenemos la misión de ser descubridores de talentos. A pesar de los grupos numerosos, más allá de las dificultades propias de los afanes y las múltiples tareas de la escuela, los maestros somos detectores de particularidades expresivas, de iniciativas novedosas, de talentos incipientes. Nuestra labor consiste precisamente en saber cuándo hay que apoyarlas o prestarles la suficiente atención para que logren echar raíces, o crear condiciones para que sean reconocidas y logren un mayor radio de acción. Sé que esa tarea a veces parece no ser tan importante en los logros académicos pero sigo considerando que mucho de lo que en verdad somos al final de nuestra vida o aquello con lo cual nos sentimos más plenos y realizados, dependió del grado de atención y el tacto que algún maestro nos prestó en cierto momento de nuestra vida escolar. Sin esa mano amiga, sin ese consejo oportuno, sin ese espaldarazo afectivo, muy seguramente hubiéramos desistido de los primeros cuentos, de los proyectos en borrador, de las diversas exploraciones artísticas o las invenciones embrionarias. 

De otra parte, los maestros somos productores de conocimiento. Creo que nuestra función no acaba en la mera transmisión de saberes. Los maestros somos más que replicantes de ideas foráneas. Ya hemos superado la etapa de las dependencias y los colonialismos. Ya tenemos, por decirlo así, una palabra fuerte o por lo menos envalentonada. Escribir, por lo mismo, es un acto de mayoría de edad de nuestro pensamiento, una manera de decirnos, de tomar la palabra para dotarla de nuestros contextos y nuestras preocupaciones. La escritura, lo sabemos, logra disociar nuestro yo para lograr tomar distancia comprensiva de una actividad o un fenómeno. Afirmo que los maestros somos productores de conocimiento porque nos tomamos en serio lo que hacemos, porque investigamos sobre nuestra propia práctica, porque superamos el anecdotismo o el activismo sin norte. Y al producir conocimiento, al ir tejiendo de manera ordenada y sistemática determinadas experiencias, vamos descifrando mejor lo que hacemos, adquirimos la perspectiva suficiente para dotar de sentido esta profesión de enseñar. Al ser productores de conocimiento contribuimos a delinear las coordenadas de una disciplina social.

Considero que los maestros somos o continuamos siendo puntos de referencia moral para las nuevas generaciones. Nuestros comportamientos –por acción u omisión– son un lugar de orientación para nuestros estudiantes. En la forma como evaluamos, como generamos un vínculo formativo, en la manera de relacionarnos con nuestros colegas y discípulos, en la actitud que mostramos frente a la vida, en cada una de esas circunstancias, enseñamos unos valores, mostramos unas virtudes, rubricamos una forma de ser y de actuar. Y en momentos históricos como los actuales, en los que todo está impregnado de corrupción, o cuando poco se promulga la honestidad y las conductas iluminadas por la ética, es cuando los maestros debemos servir de contraste, de testimonio positivo, de alternativa axiológica y ejemplo de entereza, probidad y acato a las normas y las leyes. Digámoslo fuerte: nuestros comportamientos deben ser ejemplo para los más jóvenes de la recta actuación y la libertad responsable.

En este sentido, los maestros de igual modo somos custodios de la convivencia. Hoy más que nunca, aunque siempre ha sido una tarea de nuestro oficio de formadores, es vital ocuparnos del cuidado del otro. A pesar de que se nos trate de “cantaletudos” y parezcamos profetas de épocas extintas, tenemos la obligación de ejercitar el trato cordial, el respeto entre compañeros, el diálogo en búsqueda de acuerdos y consensos, la resolución pacífica de conflictos. Cuánto necesitamos hablar y crear condiciones educativas para que la dignidad no se pisotee o se preserve la vida privada de las personas. Estoy convencido de que esta custodia del convivir necesita del apoyo incondicional de la familia y de otros actores de la sociedad; pero, en nuestra aula podemos volver motivo de enseñanza y deliberación los problemas y las alternativas del ser con otros. La educación ciudadana, la formación política –en el sentido de la antiguos griegos– empieza en la pequeña ágora del salón de clases. Desde luego, custodiar no es solo vigilar; también es proteger y salvaguardar lo esencial de cada ser humano.

Finalmente, los maestros somos animadores de lo imposible. Innovar, abrir campos de posibilidad, volver habitual el apasionarse por utopías, es asunto que a todos los educadores nos compete y nos apasiona. Se es maestro porque de alguna forma se crean escenarios de posibilidad para que otro sea en plenitud. Por supuesto que es importante desarrollar habilidades y saberes necesarios para sobrevivir, ofrecer conocimientos adecuados para el mundo laboral; pero si queremos no seguir educando hacia el pasado debemos ser más arriesgados, más propositivos, más encendidos por la creatividad, para avizorar mundos más inclusivos y participativos, menos atenazados por las desigualdades y la desesperanza. Porque esa es, precisamente, la mayor de las tareas que le ha sido encomendada a los maestros: la de mantener viva la esperanza. No podemos agregarle a las desigualdades económicas una orfandad de futuro. Si los niños o los jóvenes maltratados y escépticos logran salir de nuestras clases con una pequeña luz de posibilidad, mucho habremos hecho por el porvenir. Quizá una escuela de lo imposible tenga como insignia a la esperanza.

Vistas así las cosas, bien sea como promotores de la curiosidad o descubridores de talentos; así nos asumamos como productores de conocimiento, puntos de referencia moral, custodios de la convivencia o animadores de lo imposible, lo cierto es que tenemos una enorme responsabilidad con las nuevas generaciones. No podemos, por lo mismo, ni claudicar ni asumir de cualquier manera nuestra labor docente. Tal vez sea todo lo contrario. Si dignificamos lo que hacemos todos los días, si nos preparamos mejor académicamente, si hay mayor coherencia entre nuestro decir y nuestro actuar, si indagamos con juicio sobre nuestro quehacer, más alto será nuestro prestigio de maestros y más altas también las posibilidades que tendrán los niños y jóvenes de nuestro país.

Repensar la lectura y la lectura crítica

24 martes Mar 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

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Ilustración de Josée Masse.

Ilustración de Josée Masse.

Es sabido que hay muchas formas de leer. Desde la lectura placentera, muy cercana al divertimento, hasta aquellas otras académicas, altamente regladas y metódicamente rigurosas. Hay lecturas que se pueden saciar con una ojeada y hay otras que obligan a la relectura y a una concentración parecida al ensimismamiento.

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También es cierto que la lectura no depende únicamente del papel de los ojos o de la percepción. Es una actividad más compleja, en la que intervienen la memoria, el capital cultural y la imaginación del lector. En este sentido, la lectura es una operación superior del pensamiento, aunque parezca algo inmediato o espontáneo.

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Otro asunto bastante conocido es la dimensión histórica de la lectura. Las prácticas lectoras han cambiado con el tiempo y han sido afectadas por los desarrollos económicos o determinados avances tecnológicos. En consecuencia, ni siempre se ha leído como se lee hoy, ni se han utilizado los mismos soportes, ni ha habido en todas las épocas los mismos destinatarios.

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Una de esas prácticas ha sido la lectura escolar. Me refiero a un proceso centrado en enseñar a decodificar unos signos y lograr desentrañar su significado. Y aunque en algunas ocasiones esa labor la podía hacer la familia, lo cierto es que fue encomendada especialmente a la institución escolar. En este espacio, mediante ciertos útiles y siguiendo particulares rituales, se le confió a los maestros el vital objetivo de educar a niños y niñas en la lectura.

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Aquí valdría advertir, de una vez, una aspiración esencial de este propósito escolar de enseñar a leer: consistía en proveer a los más pequeños de un equipamiento vigoroso con el fin de que en el mañana pudieran leer sin dificultad variedad de textos; y, además, ofrecerles una bandera de liberación a las muchas esclavitudes provenientes del analfabetismo. Dicho ideal no sólo contribuía a una mejor socialización, sino que creaba un ambiente adecuado para asumir una tradición y participar de las grandes obras literarias. El que sabía leer, entonces, tenía en sus manos un pasaporte para mirar el pasado y ejercer su libertad de opinar, controvertir o recrear la cultura expresada en el lenguaje.

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Aunque del mismo modo, las prácticas de lectura escolar aspiraban a crear en los más pequeños el hábito de la lectura. Se aspiraba a que el acto de leer no dependiera únicamente de la tutela de otros para germinar o dar sus frutos. El objetivo final, la meta más alta, era crear lectores autónomos. Es decir, lectores capaces de elegir o seleccionar sus lecturas, tener un punto de vista manifestado en una opinión, y seguir cultivándose a lo largo de toda la vida. Esa era o sigue siendo una aspiración de las prácticas de lectura escolar.

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Cumplir este ideal supuso u obligó a diversas disciplinas a hacer distinciones y perfilar tipologías textuales. No se lee igual una novela que un informe financiero, ni se lee de manera idéntica un poema que un ensayo. Eso de una parte. De otra, fue necesario desarrollar estrategias o métodos para leer estructuras, símbolos, indicios o signos. Y, además, consolidar tipologías de lectores, analizar los procesos de recepción y pensar en alternativas para resolver el conflicto proveniente de las diversas interpretaciones de un mismo texto.

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Valga el momento para recordar el aporte de la hermenéutica al enriquecimiento del aprendizaje de la lectura. Esta disciplina de la interpretación, desarrollada con amplitud en la filosofía, prestó sus luces al trabajo lector. La lectura, en consecuencia, se la empezó a entender como una tensión entre la explicación y la comprensión. Un movimiento pendular que incluía el escuchar atentamente las particularidades del texto y  también el sospechar o interpelarlo desde los presaberes del lector. En este juego de ir y venir, debía ir aflorando el sentido. Tal aporte de la hermenéutica puso a la lectura en un lugar cercano al análisis lógico o, al menos, a la exégesis metódica.

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Quizá todos estos elementos conceptuales y metodológicos y este ir conociendo mejor el proceso lector, son los que han posibilitado hablar de la lectura crítica. Para instaurar este modo de leer fue necesario, antes que nada, darle densidad y extensión a la lectura. Densidad, porque a la superficialidad de los mensajes se añadieron lecturas en profundidad del inconsciente, lo implícito o lo ideologizado; y extensión, porque el reconocimiento de los contextos y el comparativismo textual permitieron salir de las ingenuidades de la denotación o los formalismos sin historicidad. Sobre estas bases se construyó esta modalidad de lectura empleada por historiadores, sociólogos, críticos literarios y, desde luego, por profesionales de la educación.

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La lectura crítica hizo eco de los estudios y las propuestas modernas de revisar los credos absolutos y las ideologías totalitarias; asimiló los métodos del marxismo y el psicoanálisis; tomó para sí las categorías fundantes de la lingüística al igual que las herramientas de desmonte de la semiología. La lectura crítica miró con ojo de relojero los enmascaramientos del poder en todas sus manifestaciones; hizo arqueología de las formas de dominación. Pero, en especial, a partir del análisis textual y las funciones del discurso, volvió visible lo que antes parecía opaco o impenetrable. La lectura crítica es un legado de los maestros de la sospecha.

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Un lector crítico tiene exacerbadas la perspicacia y la sospecha. Esa perspicacia es lo que le permite leer entre líneas, darse cuenta de cuándo una omisión es fundamental para entender el conjunto, o cuándo un epígrafe abre un intersticio para entrar de lleno en la médula de un texto. Otro tanto podría decirse de la sospecha: es necesaria para descubrir en los textos las marcas de filiaciones políticas o el interés soterrado de un autor; o para hacer evidente una mentira, un engaño o para develar una sutil manipulación. El lector crítico, por eso mismo, es una figura de la modernidad; un ser que se ha permitido la mayoría de edad de su razón y, a la vez, un ser de conciencia reflexiva, enfrentado constantemente a ejercer un distanciamiento de sus propias creencias. Este tipo de lector, no sólo sospecha de lo que lee, sino además, logra dar cuenta de cómo elabora esas sospechas.

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Un lector crítico ha afinado algunos procesos de pensamiento: la inducción, la deducción, la inferencia. Tiene habilidades para establecer relaciones lejanas, y dispone de un repertorio de técnicas argumentativas. Como puede colegirse, se aprende a ser lector crítico, se cualifica esa capacidad, se logra perfeccionar con la experiencia y el trato frecuente con determinados textos. Por eso es ineficaz solicitar lecturas críticas cuando no se ha hecho un trabajo previo con el aprendizaje de determinados procesos de pensamiento.

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Los lectores críticos no se conforman con una única lectura. Son, en verdad, relectores. Van y retornan al texto enriqueciéndose con cada nuevo abordaje. Les importa cada palabra, cada línea, pero lo hacen cotejando el conjunto, la totalidad. No descuidan la letra menuda y saben que sin las luces de los contextos su tarea quedaría a medio camino o rendiría muy pocos dividendos. Los lectores críticos saben que el significado no aparece de inmediato y que se requieren muchas evidencias para decir con certeza cuál es la comprensión de una obra. Los lectores críticos son artesanos del significado; son investigadores minuciosos de la fabricación de estos productos culturales.

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El lector crítico tiene a la mano o lee con fuentes de referencia. Toma notas y glosa los textos. Hace cuadros, diagramas y se apoya en la esquemática para darle a lo fragmentario una figura de totalidad. El lector crítico escribe sobre lo que va leyendo; sabe que esa etapa es definitiva para reconstruir lo leído; conoce del poder de la escritura para reconfigurar el pensamiento. El lector crítico coteja sus conclusiones con otras semejantes; pone en discusión sus resultados; somete sus productos al parecer de un público, que no necesariamente es un grupo masivo. El lector crítico anda en una permanente revisión de sus hallazgos.

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El lector crítico, para tener un mayor calado en sus análisis, se mueve en varias disciplinas. Es consciente de que no puede conformarse con la información contenida en el texto objeto de su interés. Son igualmente importantes el autor, el ambiente y la época en la que se produce la obra. El lector crítico necesita y le entusiasman la historia de las ideas, el paralelismo entre las artes y las dinámicas de los procesos sociales y de la vida cotidiana. De manera similar, tiene un buen soporte filosófico, hecho de lógica y dialéctica; al igual que una preocupación por la lingüística y la semiótica. En algunas oportunidades le serán indispensables los aportes de la economía y, en otros, la antropología podrá facilitarse unos de sus conceptos o sus métodos. El lector crítico halla en la psicología, y especialmente en la simbólica, una potente ayuda para descubrir las constelaciones de significado indirectas, las correspondencias analógicas, las explicaciones profundas de lo imaginario. En síntesis, el lector crítico cree y practica la interdisciplinariedad.

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El lector crítico profundiza, socava, hace arqueología de los textos. Descubre niveles, estratos; recupera estructuras, identifica vestigios. Pero lo más importante, allí donde alcanza su mayor fuerza, es al momento de reconstruir todas las piezas, cuando arma el rompecabezas del sentido, de la interpretación. Al lector crítico, le corresponde volver a reconfigurar los textos; elaborar un nuevo producto intelectivo a partir del cual pueda juzgarse el primer objeto de lectura. Porque esa es su principal tarea: valorar, aquilatar, dar juicios razonables sobre un texto. No se trata de mostrar una inconformidad o convertir la obra en pretexto para divagar sobre cualquier cosa; más bien es lo contrario: el lector crítico fabrica una opinión argumentada y consistente.

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Pero, ¿por qué es importante en esta época privilegiar tal práctica de lectura? Una primera respuesta brota del mismo mundo globalizado en que vivimos. Los medios masivos de información y la avalancha de la sociedad de consumo nos agobian con sus mensajes. Tal mole de información necesita ser decantada para saber cuándo hay omisiones flagrantes, cuándo eufemismos que ocultan inequidades, y cuándo se nos quiere hacer olvidar algo que necesita ser recordado. De otra parte, están los intereses de los conglomerados económicos, las argucias de los aferrados al poder, las miles metamorfosis de la dominación, que obligan a tener los ojos abiertos para señalar las prácticas engañosas de los comerciantes, las complicidades aberrantes de la prensa diaria o las omisiones intencionadas de los medios masivos a la opinión pública.

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Por supuesto que no se trata solo de contar con este dispositivo para leer los textos escritos. La lectura crítica cobija a todas las facetas de la vida cotidiana: leemos críticamente las prácticas sociales, los ambientes de la ciudad, los objetos, los discursos afectivos o las relaciones sociales. Un lector crítico está alerta para saberse defensor de los derechos ciudadanos, se sabe vigía de las necesidades de su comunidad y es un acucioso escudriñador de sus propias actuaciones y de las de sus semejantes. Pondrá entre paréntesis los “dado por hecho”, los “no merece discusión”; se cuidará de no caer en la idealización de sus convicciones y defenderá la inalienable condición de ser un libre pensador.

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Propiciar y formar las nuevas generaciones con disposición hacia la lectura crítica es una tarea prioritaria de la educación. No podemos seguir avalando las actitudes conformistas y pasivas, o caer en el letargo de las actuales sociedades de la frivolidad. La educación está impelida a forjar en sus estudiantes espejos que refracten o filtren el mundo establecido. Y con esos lentes adquirir la valentía para cuestionar, resistir, oponerse u ofrecer otras alternativas de lectura a las ya establecidas. Con el prisma de la lectura crítica a las generaciones venideras les será más fácil desatarse de las ligaduras de la alienación y estar posibilitadas para reconstruir sentidos, reelaborar significados y participar activamente en la construcción de su cultura.

Describir una obra artística: la écfrasis

01 domingo Mar 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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"Ulises y las Sirenas" de John William Waterhouse.

«Ulises y las Sirenas» de John William Waterhouse.

La écfrasis era uno de los ejercicios de la retórica clásica. Una práctica para adiestrarse en la descripción de cuadros u objetos artísticos. Lo que se pretendía era que los estudiantes lograran transmitir con palabras la experiencia de haber visto o mirado con detalle una obra real o ficticia. El ejemplo canónico de dicha tarea era la descripción del escudo de Aquiles, elaborada por Homero en el canto XVIII de la Ilíada o las Imágenes de Filóstrato el Viejo. Pero más allá de una larga historia de la écfrasis lo importante es subrayar el valor de dicho tipo de descripción para aprender a vincular la palabra escrita con las formas pictóricas. Un tema que, por lo demás, fue profusamente estudiado en el Renacimiento.

Dicho lo anterior, ahondemos en algunas particularidades de esta modalidad de descripción. La primera característica está relacionada con el aspecto de la composición inherente a la écfrasis. Luz Aurora Pimentel, estudiosa mexicana del tema, ha escrito que este objeto plástico pone en juego “la selección, jerarquización y organización de los detalles”. Quien hace este tipo de descripción debe saber que, como el pintor, necesita antes de cualquier cosa organizar el espacio; después, deberá saber qué objetos o elementos van a entrar en ella y cómo están jerarquizados. Esa organización del espacio es la que logra que el espectador dimensione o vislumbre lo que, por supuesto, está ausente. Pero, además, con esta disposición espacial se pretende llamar la atención o direccionar la mirada del espectador. La écfrasis pone en alto relieve aspectos que a primera vista serían inadvertidos o tendrían muy baja significación visual. 

La segunda particularidad es ésta: la écfrasis invita al escritor a  hacer vívido aquello que desea describir. No es un listado de cosas o un inventario de personas o situaciones. Más bien es un “montaje” animado por el lenguaje; una oportunidad para revivir con palabras lo que está fijo en dos dimensiones o que se muestra inerte ante nuestros ojos. El que hace una buena écfrasis vivifica lo silente y quieto; elabora una especie de “reconstrucción” de lo que fue en algún momento móvil y parlante. Tal vez por eso este tipo de descripción fue  privilegiado por la épica y de igual modo capitalizado por la narrativa. La descripción, así entendida, no es un decorado inánime sino una verdadera puesta en escena, una obra de teatro en la que las palabras son los actores de tal representación. Quien lee una excelente écfrasis puede reanimar dicho espectáculo. En este sentido, la écfrasis es una forma de la hipotiposis.

Una tercera peculiaridad, que es también la principal función didáctica de la écfrasis, es la de afinar la agudeza visual y la competencia lexical del escritor. Describir escenarios, objetos, implica cualificar la observación y proveerse de un buen repertorio de términos (especialmente sustantivos) que logren comunicar de manera precisa tal ambiente. La pintura u obra artística servirá de referente, pero dependerá del escritor tener a la mano la palabra precisa para distinguir un color, una textura, una proporción, un movimiento o la estructura de un cuadro. Desde luego, también necesitará una gama de adverbios y un adecuado uso de las preposiciones. En síntesis, cuando se hace un ejercicio de écfrasis no solo se agudiza la mirada para dar cuenta de los detalles sino que, a la par, se muestra un dominio en la precisión de los términos.

Con estos referentes en mente, ahora sí es oportuno explicar el nuevo reto que les he propuesto a los estudiantes de primer semestre de la Maestría en Docencia de la Universidad de La Salle. El ejercicio consiste en escribir una écfrasis teniendo como modelo  el cuadro “Ulises y las Sirenas” del pintor John William Waterhouse. La extensión de la descripción debe ser entre 15 y 20 líneas. Sobra decir que no se trata de hacer una interpretación o comentario de la obra sino una detallada y vivaz descripción de la misma. La invitación, entonces, es a inspeccionar con minucia la obra del pintor británico y a representar con palabras esa otra representación elaborada con óleos.

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