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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

Garzón. El duelo imposible: Una novela gráfica excepcional

16 miércoles Oct 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Alfredo Garzón, Comentario de novela gráfica, Jaime Garzón, Novela gráfica colombiana, Verónica Ochoa

Garzón. El duelo imposible, la novela gráfica de Alfredo Garzón y Verónica Ochoa (Rotundo Vagabundo, Pereira-Bogotá, 2024) es una obra excepcional de 564 páginas. No sólo por el tratamiento de las imágenes, por la investigación histórica que le sirve de soporte, sino por la fuerza narrativa con que está construida. Por supuesto que es el homenaje de un hermano a su hermano asesinado, pero al mismo tiempo es un reconocimiento a otras personas como Jaime Garzón que fueron eliminadas brutalmente por sus ideales libertarios o su crítica al establecimiento corrupto y sus diferentes modalidades de represión política. Por ser una obra magnífica en su resolución gráfica, reflexiva en sus textos, conmovedora en su médula simbólica, deseo comentar con algún detalle varios de estos aspectos.

Deseo comenzar por la factura editorial. El trabajo de diseño, la  diagramación, la paleta de colores empleada, el juego entre página y doble página, la inclusión de páginas desplegables, las portadillas que sirven de separación entre capítulos, el juego de planos, la selección y combinación tipográfica, la inclusión de historias dentro de la historia vertebral…las guardas que sintetizan y abren múltiples lecturas, los intertextos políticos, musicales, poéticos… la recuperación de voces de la época y de un habla expresada en grafitis… todo ello crea un dinamismo que evita la fatiga al leer el grueso volumen e invita a seguir leyéndolo, a disfrutar de una secuencia viñeta tras viñeta o a desplegar una página que se multiplica como un tríptico de El Bosco.

Porque ese es otro elemento exquisitamente destacable. Alfredo Garzón y el equipo de dibujantes (Álvaro Duarte, Sergio Palacio, Alejandro Guarín, Daniel Martín, Lucía Duarte, Juliana Ocampo) con el colorido de Felipe Rivera, elaboraron una galería página tras página. Los autores lo reconocen al final de la obra que les sirvieron de inspiración Goya, El Bosco, Brueghel el Viejo… y agregaría las resonancias fantásticas de Jean Giraud (Moebius). Hay una intención de los dibujantes para que el detalle también cuente, para que las texturas creen derivaciones ideológicas, para que las letras (en muchos casos en forma de palimpsesto) se conviertan en otra expresión del grafismo, en otro lenguaje autónomo y altamente interpelativo. Picados y contrapicados, planos generales y primerísimos primeros planos, multiplicación de un mismo escenario con variación de actores, reproducción de piezas gráficas o de fotografías, refiguraciones del muralismo latinoamericano… crean un relato que no es vicario del texto, sino que por sí mismo, deriva al lector hacia otras dimensiones, lo pone en sintonía con otros imaginarios, lo insta a la introspección o hacer catarsis sobre su propia historia.

Desdoblo, por ejemplo, la “espiral del terror” y observo que arriba, en la cúspide está Alfredo abrazando a su hermano muerto (como en otra Pietà) y más abajo, entre frailejones aparece un hombre lobo comiendo partes de un cuerpo mutilado; y más abajo, entre platanales, un hombre persiguiendo a un campesino con un machete; y más abajo, un cura armado arengando a un grupo de feligreses con peinillas en sus manos; y más abajo, cortes de franela y danzas macabras alrededor de cuerpos sin cabeza, y hombres pájaro con motosierras en la mano… y arriba, en el cielo, gallinazos que se disputan pedazos de piernas humanas, muñones de cadáveres. “Parecemos presos de esa espiral que, en el caso colombiano, es un eterno retorno al terror”, dice el bocadillo en la parte inferior de este cuadro que parece evocar el Infierno dantesco grabado minuciosamente por las manos de Doré.

Ahora, quisiera detenerme en la historia, en el relato que, como en la parte gráfica, además de Verónica Ochoa (quien había trabajado antes una obra de teatro sobre Garzón: Corruptour ¡País de mierda!) tuvo la colaboración otras personas, tales como Laura Nepta. La historia empieza por el final, por el asesinato de Jaime Garzón; y termina en un homenaje simbólico al hermano muerto, que ahora toma la forma de un caballo, “Heyoka”, el payaso sagrado de los pueblos Lakota del norte de los Estados Unidos. Pero no es un narrador testigo que se mantiene fuera de la historia, sino alguien que reflexiona, se autorretrata y entra a formar parte de lo que va contando. Esto hace que, por momentos, la novela adquiera el tono autobiográfico o que siga un flujo de conciencia en el que entran recuerdos, poemas, dudas, incertidumbres, preguntas, muchísimas preguntas. “Hay duelos que son imposibles de elaborar”. En esa búsqueda, Alfredo Garzón (que guarda la “carpeta verde” donde está el informe forense y las fotos del hermano), descubre un punto de inicio para relatarnos la historia que le interesa contarnos; se trata de otra muerte: la muerte de su padre. Y con este hilo se adentra en sus visitas al Cementerio Central de Bogotá y a la conclusión de que en ese lugar no solo hay un pedazo de su infancia, sino que allí también “están enterradas aquellas personas a las que se les ha negado la palabra”.

Los textos nos van contando o llevando a recordar diálogos entre hermanos y familiares, entre amigos y personas casuales; son voces que entran y salen como en un escenario teatral. Sabemos que el narrador ha tomado un taxi, nos informamos del diálogo que tiene con el taxista, pero también nos enteramos de lo que pasa por su pensamiento: “¿Por qué regresé? Veo el germen del asesinato de Jaime en todas partes. ¿Qué estoy haciendo aquí?”. De otra parte, a la par de la voz del narrador, van apareciendo noticias escuchadas en la radio, datos sobre personajes relacionados con la época en que transcurre la historia, apartes de textos de Paulo Freire o de Marx y Engels, eventos claves en la historia política de América Latina. También se hace un recuento de la conformación del paramilitarismo en Colombia y de una época de atentados terroristas cobijados por “el poder oscuro y criminal del narcotráfico”. Se destacan, de igual modo, eventos significativos de la vida del personaje, sus gestiones humanitarias y, desde luego, su labor como humorista político. A lo largo de varias páginas, se incluyen apartes del pensamiento de Jaime Garzón que confluyen con las manifestaciones populares y las luchas de la clase trabajadora. Aquí hay otro logro de esta obra, y es el de aunar una historia del pasado con un hecho del presente: La voz de Jaime Garzón en los bocadillos de texto (retomados de una conferencia en Cali, en 1997) y las imágenes del estallido social acaecidas en el 2021.

En esta novela gráfica, además de exaltarse la figura de Jaime Garzón (quien defendió la libertad «en cualquiera de sus manifestaciones”), Alfredo Garzón hace un homenaje a otras personas que fueron asesinadas por la defensa de la vida: Guillermo Cano, Bernardo Betancur, Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro, Sergio Restrepo, Jesús Yáñez Plata, Juan José Cordero, Bernardo Jaramillo, Silvia Duzán… Y, de manera especial, rinde un tributo a Mario Calderón (“todo lo que estuviera vivo era sujeto de derechos”), Elsa Alvarado (“la vida adquiría una nueva dimensión cuando los humanos entraban en comunicación con todo lo que los rodea”), Jesús María Valle (quien luchó para que “los líderes de las comunidades no fueran asesinados”) y Eduardo Umaña Luna (el abogado que sabía que «una vida sin justicia era una vida usurpada”). El libro recoge sus voces, algunos de sus textos, sus investigaciones; es decir, los motivos que llevaron a sus asesinatos. Todos ellos, como se lee en uno de los bocadillos ubicado al lado de una corona de flores: “fueron víctimas de amenazas, persecución, estigmatización y guerra sucia”.

Como puede verse, son varios los elementos que hacen de esta novela gráfica una obra excepcional. Porque además de explicar y contar la historia de vida de una persona cercana, íntima, con hondos vínculos familiares; el libro es también el itinerario mental o espiritual de alguien que no sabe bien cómo entender o explicar estos actos atroces; de un colombiano que sigue sin comprender por qué en nuestro país “se siguen asesinando a quien lucha, a quien resiste, a quien piensa, a quien disiente, a quien cuida de la vida”.  El libro es interesante, agudo, profundamente conmovedor. Sobre todo, cuando Alfredo Garzón nos comparte sus angustias, sus recuerdos familiares, sus desconsuelos, los sueños de su flujo de conciencia, los símbolos gráficos con que pretende expresar una pérdida esencial. El último capítulo de la novela nos vuelve a un presente en el que el autor camina a solas con sus recuerdos. Y lo más extraordinario es lo que nos cuenta: ahora es cuidador de caballos, y, a uno de ellos, lo ha llamado “Heyoka”, para hacerle un homenaje a su hermano; “Heyoka”, el payaso sagrado, el payaso indígena que ridiculizaba al opresor. Un payaso que se reía de la desgracia, que lloraba en los momentos alegres, que lo hacía todo al revés… Como Jaime Garzón, el humorista político que muchos extrañamos.

¿Medio lleno o medio vacío?

20 viernes Sep 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Actitudes ante la vida, Pesimismo y optimismo, Resolución de problemas

Es común escuchar, cuando de actitudes frente a los problemas se trata, que ciertas personas ven el vaso medio lleno, mientras otras lo perciben medio vacío. La frase merece analizarse un poco para entender bien qué hay detrás de ese doble modo de pensar o asumir la existencia.

Lo primero que salta a la vista es que la afirmación entraña una predisposición hacia el pesimismo o el optimismo vital. Los que dicen ver los asuntos, los problemas, los eventos medio llenos son los que subrayan las ganancias incipientes, las oportunidades apropiadas, el lado bueno de las cosas. Por el contrario, los que afirman ver el vaso medio vacío son aquellos que se afanan en señalar los errores, exaltar lo que aún no se ha realizado, en magnificar los defectos en detrimento de las cualidades. Esta doble mirada crea también una disposición hacia la exaltación de la carencia o el reconocimiento del logro, tanto a nivel personal como colectivo. Los que mantienen el rasero del vaso medio vacío buscan más la falencia, la mancha, la culpa, las dificultades; los que toman por nivel el vaso medio lleno, son más benignos con los yerros propios y ajenos, favorecen la exploración de talentos inéditos, son innovadores para hallar soluciones y alternativas a las eventualidades adversas.

Si bien las dos opciones comparten el mismo espacio vacío del vaso, unos partidarios se obcecarán en la insuficiencia, subvalorando el contenido ya alcanzado; en cambio, los otros, apreciarán significativamente el contenido logrado, sin prestar demasiada importancia a la otra mitad. Los que se anclan en el mirador del vaso medio vacío les preocupa lo que aún no poseen, imaginan los beneficios derivados de tener rebosante el vaso; se atormentan hallando explicaciones sobre la precariedad de lo recolectado. Contrasta esta perspectiva con los partidarios del vaso medio lleno quienes celebran la cantidad de lo ya acumulado, se entusiasman con apreciar y disfrutar el líquido obtenido, saben atesorar lo conseguido sin atormentar su corazón por la ambición de lo restante. Como se puede comprender, estas dos maneras de percibir comparten la misma realidad, pero la forma de relacionarse con ella es bien distinta. Unos tienen el punto ciego sobre que ya poseen; otros, hacen caso omiso de lo que aún les queda por conseguir.

Ahondemos un poco más. Las personas adeptas al vaso medio vacío, se fijan excesivamente en lo que aún no se ha hecho, sufren y se alarman por el futuro, minimizan lo ya alcanzado. En cambio, los partidarios de apreciar el vaso medio lleno saben sacar provecho del pasado, reconocen los esfuerzos para lograr culminar determinada etapa, aprenden lecciones de lo realizado para seguir adelante. Insistir en que el vaso está medio vacío es un modo de absolutizar el objetivo final; abogar por el vaso medio lleno es la manera de asumir los logros parciales, el paso a paso, como la forma de llegar hasta el punto límite. Los que están en el bando del vaso medio vacío tienen como consigna “o todo o nada”; los opuestos, declaran convencidos que “es mejor una parte que nada”.

Bien visto el asunto, el que se tenga uno u otro modo de percibir el vaso, determina en gran medida el sentido sobre nuestra manera de vivir y convivir. Si todo nuestro modo de interactuar se afianza en buscarle a alguien lo que le falta para ser lo que esperamos, nos privaremos de disfrutar lo que tiene ese ser para ofrecernos; o si en nuestro espacio laboral sólo nos detenemos en su lado dispendioso y rutinario, dejaremos de lado lo que puede darnos para la sobrevivencia cotidiana, además de la oportunidad para crecer personal y profesionalmente. La experiencia acumulada nos va enseñando que no es aconsejable andar siempre enarbolando la filosofía del vaso medio vacío, porque terminamos siendo injustos con las personas más cercanas, altaneros con los que nos ayudan, y nos lleva a padecer continuas angustias o a provocar odios innecesarios. Porque cuando ya se tienen suficientes años para tener una mirada comprensiva del pasado, entendemos que la incompletitud no es una imperfección, que los grandes proyectos van creciendo por fases, que la ambición desmedida por adquirir las más rebosantes riquezas tiende a privarnos de disfrutar las reducidas posesiones. No hay conformismo o pereza moral en aceptar lo que vamos cosechando día a día o en aprender a vivir con lo suficiente. Más bien se trata de concebir que la moderación no es un defecto, ni lo inacabado una derrota.

De igual modo, podemos constatar estas dos posturas en un ambiente formativo. Los que avalan el vaso medio lleno serán los educadores que exaltan los procesos, los aprendizajes parciales, las habilidades o estrategias incipientes, los esfuerzos y el denodado interés. Los formadores inscritos en esta corriente reconocen que nada se logra aprender de una vez y que hay niveles de desarrollo según el contexto, la idiosincrasia y las particularidades de cada persona. Por el contrario, los que se sitúan en los parámetros del vaso medio vacío, se tornan inflexibles cuando las metas no se logran cabalmente, se centran esencialmente en el producto esperado, poco valor les otorgan a las condiciones personales del que aprende, cambian el refuerzo motivacional por la amonestación, la sanción o el juicio inobjetable de una baja calificación. Los educadores del vaso medio lleno ponen el acento en lo ya conseguido; los del vaso medio vacío, subrayan siempre lo que resta por lograr.

Como puede inferirse de lo expuesto, el trasfondo de esta doble manera de apreciar el vaso medio lleno o el vaso medio vacío guarda relación con el parámetro que tengamos para sobrellevar la vida y asumir los problemas. Estarán aquellos que siempre verán dificultades en toda parte del recorrido, como también habrá personas que sabrán sortear los escollos del camino. Unos se ofuscarán porque no llegan; mientras otros, disfrutarán del viaje. Sin lugar a dudas, todo depende del cristal con que miremos la realidad y la actitud que tengamos para encarar las peripecias de nuestra pasajera existencia.

Habilidades para la vida, doce propuestas

04 miércoles Sep 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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«Monumento a la vida. Tentación del hombre infinito» de Rodrigo Arenas Betancourt.

Desde la iniciativa internacional para la educación de las diez “Habilidades para la vida en las escuelas” realizada por la Organización Mundial de la salud, en 1993[1], hasta las “Diez capacidades funcionales humanas centrales” propuestas por la filósofa Martha Nussbaum[2], los educadores y los centros de formación han entendido que su labor, además de impartir conocimientos de calidad, consiste especialmente en desarrollar habilidades socioemocionales al igual que “acrisolar” el carácter de las nuevas generaciones. Los cuestionamientos venidos de diferentes campos del saber insisten en que la educación debe ser interpelada por las nuevas demandas sociales, que la formación es para toda la vida[3] y que, especialmente en nuestra época, se requiere un acompañamiento fraterno dentro de la acción pedagógica. El mismo Papa Francisco ha invitado a un Pacto educativo global en el que “se ponga a la persona en el centro, se escuche a las nuevas generaciones, se promueva a la mujer, se responsabilice a la familia, se promueva la acogida de los más vulnerables y marginados, se entiendan nuevas formas de la economía y la política y se cuide la casa común”[4].

Mirada con algún detalle la iniciativa de las habilidades para la vida se comprenderá que no es un asunto menor o de fácil consecución hallar las mediaciones, el tiempo y las estrategias educativas apropiadas para formar a los jóvenes estudiantes en el autoconocimiento, la toma de decisiones, enseñarles a solucionar problemas y conflictos, manejar las emociones y sentimientos a la par que formarlos en el dominio de las tensiones y el estrés. Quizá resulte más cercano promover en ellos el pensamiento creativo y el pensamiento crítico al igual que disponer espacios para las relaciones interpersonales; pero, de seguro, se tendrán dificultades para desarrollarles la capacidad de empatía y habituarlos a la comunicación asertiva. Tales aspiraciones suponen un giro o replanteamiento en el objetivo final de los centros educativos y, por supuesto, una revaloración del sentido y alcance de la relación pedagógica por parte de los maestros y maestras.

Sea como fuere, lo cierto es que las habilidades para la vida presuponen empezar a sopesar el conocimiento con la sabiduría, el mundo académico con el mundo “práctico” y el discurso especializado de las disciplinas con el aporte plural de las artes y las expresiones estéticas. No podemos seguir creyendo que los planes de estudio sólo abarcan la parcelación de las asignaturas; o que las diversas dimensiones del ser humano se satisfacen atendiendo las demandas gubernamentales del momento. Cada día resulta más importante comprender que los centros de formación son semilleros sociales muy importantes para aprender la participación y responsabilidad ciudadana, desarrollar la solidaridad, y abrirle un espacio al cultivo interior, la moral y la dimensión espiritual.

Dicho lo anterior, deseo puntualizar algunas habilidades para la vida que me parecen vertebrales en el proceso formativo de los jóvenes de hoy. Sobra decir que estas habilidades ni se alcanzan en corto tiempo, ni logran afianzarse sin el compromiso de quienes las encarnan. Digo esto último porque, en varias de las propuestas de “educar para la vida”, se piensa que tal logro sólo es responsabilidad de quienes las enseñan, cuando en realidad, son conquistas mancomunadas con la familia o fraguadas con el concurso de muchas manos[5].

Primera habilidad: El cultivo de sí. Creo que es la habilidad fundamental, porque sin una vigilancia constante sobre nuestro ser físico y psicológico, sobre la salud de nuestro cuerpo y el modo como lo nutrimos y ejercitamos, difícilmente podremos llevar a cabo otras habilidades. El cultivo de sí entraña la dignificación que nos otorgamos a nosotros mismos, la estima que nos profesamos, el bienestar que nos procuramos. El cultivo de sí supone descubrir y avivar nuestros talentos, reconocer nuestras cualidades, trabajar sobre nuestras debilidades con persistencia y buen ánimo. También el cultivo de sí implica mantener un proyecto de vida, luchar por unas metas propias, centrarse en lo que consideramos esencial para realizarnos como personas. El cultivo de sí demanda entender cada etapa del ciclo vital con sus tonalidades, con sus posibilidades y sus limitaciones.

Segunda habilidad: La sensibilidad social. Parte del hecho de que las vicisitudes de los demás, los problemas ajenos, no nos son indiferentes. La sensibilidad social supone salir de nosotros mismos para ser interpelados por los otros, por aquellas personas diferentes a nuestro modo de vivir, pensar o actuar. La sensibilidad social nos hace proclives a la solidaridad, a la cooperación, a la compasión y el sentido de la fraternidad. Porque tenemos sensibilidad social nos sentimos llamados a ofrecer ayuda a quien la necesita, a estar presentes cuando otro ser humano está agobiado por la fragilidad, el dolor o la ignominia. La sensibilidad social contribuye a afianzar los vínculos entre los vecinos, entre coterráneos, entre personas extrañas no importa su condición, raza o creencias. 

Tercera habilidad: La flexibilidad para el cambio. Esta habilidad es garantía para sobrevivir en épocas cada vez más inciertas, en ambientes plagados de incertidumbre. La flexibilidad para el cambio supone la tolerancia y una cierta disposición gozosa hacia la aventura. La flexibilidad para el cambio requiere tener la maleta liviana, aceptar que la transformación es parte natural de todos los seres, avizorar la mudanza que se avecina sin nostalgias o resentimientos. Desde luego, la flexibilidad para el cambio incluye también aceptar la evolución que sufren nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestros ideales. La flexibilidad para el cambio nos evita caer en los anquilosamientos del espíritu, en las obcecaciones autoritarias, en los fatalismos hacia el futuro o en la inercia pasiva del presente. 

Cuarta habilidad: El temple del carácter. Consiste en la incorporación y defensa de determinadas virtudes, en la adhesión a ciertos valores, en la observancia de algunos criterios que sirven de referente para actuar. El temple del carácter supone determinación, la asunción de unas obligaciones, la responsabilidad frente a nuestras opciones. El temple del carácter conduce a que no nos amilanemos cuando las cosas no salen como pensamos, que no culpemos a los demás de las consecuencias adversas, que no claudiquemos fácilmente en nuestros propósitos. El temple del carácter se logra mediante el troquel de los hábitos, autoimponiéndose una disciplina, examinando constantemente las cosas que nos molestan o nos sacan de nuestros cabales. Cuando se cuenta con el temple del carácter más fácilmente se podrá contrarrestar la crítica adversa o el rumor negativo, las demandas noveleras del momento, los gustos uniformes de la mayoría. Las personas con temple de carácter son auténticas, genuinas, altamente originales[6].

Quinta habilidad: La preservación de la curiosidad. Sin lugar a dudas, esta habilidad nos lleva a no perder el deseo por conocer, a conservar intacto el sentido de explorar y a impulsarnos a investigar lo que ignoramos o no acabamos de comprender. La preservación de la curiosidad es pábulo para la innovación y la invención, para ponernos en la vía de los descubrimientos y las soluciones inesperadas. Aquellos que preservan la curiosidad son estudiosos incansables de un tema, insaciables cuestionadores llenos de preguntas, personas renovadas constantemente por el asombro y la extrañeza. La preservación de la curiosidad nos hace menos conformistas, nos alimenta la creatividad, nos quita del ánimo el asfixiante moho del aburrimiento y la apatía. Las personas que preservan la curiosidad son menos crédulas, más escépticas, porque se permiten escudriñar allí donde otros se encogen de hombros o pasan por alto.

Sexta habilidad: El dominio de las emociones y las pasiones. Se relaciona con la capacidad para no estar sujetos a la inmediatez de los estímulos o a la reacción explosiva de los afectos. El dominio de las emociones y las pasiones consiste no en atrofiarlas o quitarles su fuerza vital, sino en aquilatar su radio de acción y su incidencia en el itinerario de nuestra vida, y mucho más cuando nuestro proyecto vital lo hacemos depender de sus demandas acaloradas o de la ceguera de sus caprichos. Hacer énfasis en el dominio de las emociones y las pasiones es una manera de incorporar la moderación en nuestros sentimientos, especialmente cuando el ímpetu nos domina o el ardor y la vehemencia nos conducen al fanatismo o la violencia. Y, por supuesto, es la garantía de que podamos construir relaciones dignificantes y duraderas, vínculos afectivos cuidadosos de la otra persona, ambientes de convivencia salvaguardados por la tolerancia y el respeto mutuo.

Séptima habilidad: La disposición para el humor y lo lúdico. La clave de esta habilidad reside en albergar en el espíritu, en las relaciones, en el transcurrir de la existencia, un talante alegre e ingenioso que permita relativizar los eventos negativos o no tomar todas las cosas con pesada gravedad. La disposición para el humor y lo lúdico resulta útil para matizar todas las tragedias, tomar distancia de los infortunios y permitir burlarnos de nosotros mismos. La disposición para el humor y lo lúdico contribuye a reponernos con facilidad de los fracasos que tengamos, a hallarle el lado amable a la vida, a aceptar con más tranquilidad nuestras torpezas, nuestros errores y nuestra consustancial fragilidad. Si sometemos nuestra cotidianidad al rasero de una excesiva circunspección, le daremos mayor trascendencia a asuntos banales y llenaremos nuestro corazón de amargura, rencor y desesperanza. La disposición para el humor y lo lúdico es garantía de alivio al estrés avasallador y un recurso divertido de sortear el miedo, la vergüenza o la repugnancia.

Octava habilidad: La conservación vigilante del medio ambiente. Ninguna manifestación de la vida puede tener un futuro saludable, sino contribuimos a la preservación del planeta. La conservación vigilante del medio ambiente incluye actitudes menos depredadoras de la naturaleza, la protección de la biodiversidad, el desarrollo de la conciencia ecológica frente al consumo responsable, y una atención interesada frente al cambio climático y todas las formas de contaminación. La conservación vigilante del medio ambiente supone tomarnos en serio la supervivencia y la decisión de participar individual y de manera colectiva en acciones cotidianas como aprender a reciclar, no malgastar el agua, usar menos el automóvil, no quemar las basuras, apagar los dispositivos eléctricos cuando no se estén utilizando y el cuidado insistente de las zonas verdes. La conservación vigilante del medio ambiente no es una visión contemplativa y romántica de la naturaleza, sino una activa y sensata forma de vivir de manera ecológica[7].

Novena habilidad: La responsabilidad derivada de los vínculos humanos. Alude a entender, valorar y proteger las diferentes interacciones que establecemos o en las que participamos. La responsabilidad derivada de los vínculos humanos nace del hecho de que no nos hacemos solos ni podemos socializarnos sin la participación de otras personas; se afianza en la evidencia de que necesitamos nichos del afecto o zonas seguras que nos garanticen la protección y desarrollo de nuestro ser. La responsabilidad derivada de los vínculos humanos otorga vertebral importancia al sentido corresponsable de las filiaciones, al deber moral de los compromisos; a las obligaciones que conlleva hacer parte o formar una familia. La responsabilidad derivada de los vínculos humanos además de subrayar la gratitud y la lealtad, se ocupa de mantener relaciones afectivas fiables y solidarias, se concentra en mantener el lazo entre las generaciones; hace efectiva la ayuda oportuna y el apoyo solidario con los progenitores, en particular cuando estén enfermos o envejeciendo. La responsabilidad derivada de los vínculos humanos reconoce que las relaciones de sangre, afecto o fraternidad se sostienen y perduran por la ley de la reciprocidad.

Décima habilidad: la participación ciudadana con criterio cívico. Lo que está en la base de esta habilidad es asumir la condición de sujetos dignos de derechos y obligaciones, regulados por acuerdos de convivencia y respetuosos de las reglas mínimas de convivencia. La participación ciudadana con criterio cívico lleva a sentirse miembro real de una comunidad, a buscar las mejores soluciones para el bien común y a servir de mediador para la resolución pacífica de los conflictos. La participación ciudadana con criterio cívico significa de igual forma el conocimiento del ordenamiento legal, la deliberación sobre las formas de gobierno y la elección concienzuda de dirigentes y representantes. La participación ciudadana con criterio cívico, si bien incluye los grupos marginales o las denominadas “tribus urbanas”, le apuesta a una forma organizativa en que sea posible contribuir al tejido de lo público, a realizar sin oponerse las elecciones de una vida individual con los requerimientos de una vida colectiva[8].

Undécima habilidad: la perspicacia de lectura del pensamiento crítico. Referida a una voluntad de sospecha sobre la opinión pública, a la rumia de los mensajes circulantes propagados por los medios masivos de información, a un filtro reflexivo sobre las veloces prácticas comunicativas en las que estamos inmersos. La perspicacia de lectura del pensamiento crítico es una habilidad supremamente importante en un mundo donde hay saturación de información, circulación de noticias falsas, usos políticos y comerciales para engatusar incautos, escenarios virtuales en los que se combinan astutamente la realidad con la ficción. La perspicacia de lectura del pensamiento crítico nos conduce a pasar por el cedazo de la sospecha los mensajes que se replican en las redes sociales, a tener más de una fuente de información, a no ser pasivos receptores de noticias y textos diversos. La perspicacia de lectura del pensamiento crítico implica desarrollar habilidades cognitivas como la comparación, la inferencia, la evaluación, el análisis, la argumentación que, al juntarse, permiten tener posturas razonadas sobre informaciones y acontecimientos, contribuyendo en gran medida a adquirir la capacidad mental de pensar por cuenta propia.

Duodécima habilidad: un modo de conocer plural e interdisciplinario. Tiene su origen en la complejidad del mundo, de las personas y de la realidad, que muestra la limitación comprensiva de un único punto de vista y la urgencia de amalgamar diferentes saberes y disciplinas para tratar de comprender la vida misma y sus manifestaciones. Un modo de conocer plural e interdisciplinario se acentúa en la complementariedad, en los espacios híbridos, en la conjugación de los aportes de las artes y las ciencias. Si en verdad queremos tener una comprensión más abarcadora y profunda de la vida nos será necesario aprender a combinar lo sensible con lo inteligible, la fuerza del dato con la potencia imaginativa de la metáfora. Un modo de conocer plural e interdisciplinario nos hará aptos para beber en muchas aguas sin estar sometidos por la constricción de las especializaciones, a sacar provecho de lo intuitivo a la par que del metódico análisis racional. Un modo de conocer plural e interdisciplinario podrá armonizar el aporte de los saberes ancestrales, de la sabiduría práctica, con esos otros beneficios que ha traído la ciencia y las tecnologías sofisticadas.

Concluyo esta docena de habilidades para la vida evocando a autores clásicos que avizoraron la relevancia de contar con una serie de consejos, de lecciones brotadas desde la experiencia, para conducir de mejor manera la existencia. Pienso en Epicteto y Marco Aurelio, en Montaigne, André Maurois o Romano Guardini[9]. O en filósofos contemporáneos como Michel Foucault o Pierre Hadot quienes retomaron a esos autores para mostrarnos las claves del “arte de vivir”[10]. Sé que los educadores, y más en una época como la que vivimos, sabremos entender que, además de transmitir información, tenemos la capital tarea de acompañar a otros seres humanos en el desarrollo de su personalidad y de ofrecerles un repertorio de “lecciones de sabiduría” que sirvan de referente en su travesía vital cuando estén lejos de nuestras aulas.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Las diez habilidades son: autoconocimiento, empatía, manejo de emociones y sentimientos, comunicación asertiva, relaciones interpersonales, solución de problemas y conflictos, toma de decisiones, pensamiento creativo y pensamiento crítico. Véase el magnífico documento compilado por Laura Stella Parra Espitia y un equipo de psicólogos de la Universidad Luis Amigó, titulado: Habilidades para la vida. Aproximaciones conceptuales:

https://www.funlam.edu.co/uploads/fondoeditorial/702_Habilidades_para_la_vida_Aproximaciones_conceptuales.pdf.

[2] Martha Nussbaum en su libro Crear capacidades. Propuesta para el desarrollo humano, propone y desarrolla argumentativamente estas diez capacidades: “Vida, salud física, integridad física, sentidos imaginación y pensamiento, emociones, razón práctica, afiliación, otras especies, juego, control sobre el propio entorno”; Paidós, Barcelona, 2012, págs., 53-55.

[3] En esta misma perspectiva Yuval Noah Harari en su libro 21 lecciones para el siglo XXI, en el apartado dedicado a la Educación, dice que las escuelas “tendrían que restar importancia a las habilidades técnicas y hacer hincapié en las habilidades de uso general para la vida”. Y agrega: “Lo más importante de todo será la capacidad habérselas con el cambio, de aprender nuevas cosas y de mantener el equilibrio mental en situaciones con las que no estemos familiarizados. Para estar a la altura del mundo de 2050, necesitaremos no sólo inventar nuevas ideas y productos: sobre todo necesitaremos reinventarnos una y otra vez”, Random House, Bogotá, 2018, pág. 288.

[4] Puede consultarse el vademécum del Pacto Educativo Global en: https://www.educationglobalcompact.org/resources/Risorse/vademecum-espanol.pdf

[5] Vale la pena retomar acá el llamado que hace a los padres de familia la filósofa Victoria Camps en su libro Qué hay que enseñar a los hijos y la agenda de formación que les propone: felicidad, buen humor, carácter, responsabilidad, dolor, autoestima, buenos sentimientos, buen gusto, valentía, generosidad, amabilidad, respeto, gratitud, libertad y obediencia; Plaza & Janés, Barcelona, 2000.

[6] El psicólogo Thomas Lickona, en su obra Carácter. Cómo ayudar a las nuevas generaciones a desarrollar el buen criterio, la integridad y otras virtudes esenciales (Producciones de educación aplicada, México, 2016), expone diez virtudes “que son confirmadas por casi todas las tradiciones filosóficas, culturales y religiosas: la sabiduría, la justicia, la fortaleza, el autocontrol, el amor, la actitud positiva, el trabajo arduo, la integridad, la gratitud y la humildad. Lickona afirma que “al centro de una educación del carácter eficaz hay una fuerte alianza entre los padres y las escuelas”.

[7] La encíclica Laudato si del Papa Francisco está en consonancia con esta habilidad; allí hay hay abundantes ideas y propuestas muy interesantes sobre el “cuidado de la casa común”. En esta misma vía resulta esclarecedor el libro de Wilhelm Schmid, El arte de vivir ecológico, Pretextos, Valencia, 2008.

[8] Precisamente, Victoria Camps y Salvador Giner han vuelto a repensar los rasgos fundamentales de la “vida en común” en su obra Manual de civismo (Ariel, Barcelona, 2008). El libro muestra diversos ámbitos y formas que apoyan el civismo, tales como el respeto mutuo, la dignidad individual, la convivencia pacífica, la moderación, la responsabilidad en el trabajo, la cooperación.

[9] Valga la ocasión para recordar El Manual de Epicteto, las Meditaciones de Marco Aurelio, los Ensayos de Montaigne, Un arte de vivir de André Maurois y Las etapas de la vida de Romano Guardini.

[10] Cuántas lecciones de vida trae Foucault en su obra la Hermenéutica del sujeto (Fondo de cultura económica, México, 2013) y cuántas más Hadot en el libro La filosofía como forma de vida (Alpha Decay, Barcelona, 2009).

El cuidador

26 lunes Ago 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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El cuidador sabe de su condición por elección; no es algo heredado o natural. Más bien se trata de un aprendizaje de la compasión o de una sensibilidad especial hacia la fragilidad de otro ser humano. Y si bien hay profesionales del cuidado, lo que resulta interesante en la figura del cuidador es que, sin una vocación declarada, asume por un corto o largo tiempo la responsabilidad de velar por otra persona, de atender sus requerimientos, de estar al lado acompañándola en situaciones de enfermedad, precariedad o cuando es asediada por los achaques del envejecimiento. El cuidador llega a serlo por decisión, es un oficio motivado por el amor, por la gratitud o porque acepta hasta el final las responsabilidades de los vínculos de la sangre.

El cuidador está atento, esa es parte de su diligente tarea; en eso radica su talento y su pericia. Está atento a las sutiles variaciones de ánimo de otro semejante o a los cambios en su motricidad que va trayendo el tiempo. El cuidador aprende a reconocer los matices de voz, el interpelar susurrante de los quejidos, las variantes de cariño que puede albergar una petición. Por mantenerse atento, por haber aprendido esta cualidad de miramiento sobre otro ser, el cuidador se abre a la escucha o descubre que el verdadero sentido de la compañía radica en estar dispuesto para oír con intensidad y empatía. La atención del cuidador, cuando es sincera y abnegada, pone en un segundo plano los demás asuntos cotidianos que le lanzan sus propias demandas. La atención del cuidador lo lleva a concentrarse en alguien, a jerarquizar las horas, a acoplar su itinerario de vida con el de otra persona, a reconocer en la fraternidad una forma inadvertida de la filiación y el parentesco.

El cuidador es previsivo; advierte que en cualquier momento las cosas pueden empeorar o que las circunstancias inesperadas están rondando el ambiente en que se desenvuelve. Lo eventual siempre está al acecho para quien asume el rol de cuidador. Por ello, por esa intempestiva manera de aparecer lo imprevisto, el cuidador no se contenta con lo apenas necesario y menos aún confía en el azar o en los súbitos cambios de fortuna. La previsión del cuidador lo lleva a tener en sus haberes y en su mente la capacidad de reserva, el plan alternativo, las posibles salidas a un problema. El cuidador va un paso delante de los hechos, prevé desenlaces, avizora las ramificaciones del camino. La previsión del cuidador responde a un mandato ético: el de saberse responsable de otra persona, el de asumir corresponsablemente la existencia de otra vida.

El cuidador afina las habilidades o los movimientos que llevan a que otro ser se sienta más cómodo, menos lastimado o más tranquilo con los quebrantos de su cuerpo. A veces es haciendo un pequeño cambio en un cojín o en una almohada, o buscando la manta que abrigue y aleje el frío. El cuidador descubre que sus manos tienen talentos inexplorados para masajear o frotar, para suavizar o esparcir alguna crema, algún gel calmante. El cuidador descubre, poco a poco, que la fragilidad necesita una destreza en el tacto capaz de distinguir las emisiones insonoras que van del “muy duro” hasta el “más pasito”.  El cuidador entiende que su oficio reside en gran medida en la experticia de sus manos. Ellas son las que crean las condiciones para el descanso, las que aminoran el dolor, las que ayudan a cambiar una prenda, las que sirven de lazarillo cuando las fuerzas ya no responden a los deseos.

El cuidador reconoce que sus palabras son tan importantes como sus manos. Es consciente de que lo que dice posee las propiedades de un fármaco. Las palabras del cuidador –sopesadas, oportunas, precisas, bien elegidas– transforman el desánimo en esperanza, llenan de vigor al desalentado, sirven de consuelo y tranquilidad al sitiado por el desespero. El cuidador pone en sus palabras, en la tonalidad utilizada, el calor de la compañía, la certeza de la solidaridad, la resonancia que rompe el mutismo de la soledad. No es que el cuidador deba hablar siempre; porque, en algunas ocasiones, su forma de conversar es mediante las pausas de asentimiento, de los cortos empalmes de palabras que sirven de hilo para continuar la narración, de silentes miradas que mantienen la interacción con otro ser humano, la respetuosa dignidad que instaura todo ser que sufre. El cuidador sabe llevar el ritmo acompasado de los silencios.

El cuidador no se mueve en un solo sitio, su actuar le exige dinamismo o, al menos, una franca voluntad para salir de sus dominios. Y si bien su eje es aquella persona objeto de sus atenciones, lo cierto es que debe trasladarse a diferentes puntos según las urgencias o necesidades del momento. El cuidador se desplaza hacia el afuera, más de lo acostumbrado, para traer cosas, medicamentos y noticias al que está adentro. Buena parte de su tarea estriba en servir de puente o de intermediario para que las voces y los eventos de la calle lleguen a los oídos de quien no puede salir o que está confinado en las paredes de su casa o de su cuarto. El cuidador es un apoyo móvil, un emisario que convierte las solicitudes en pequeños regalos para la complacencia, un explorador con encomiendas de relatos. El cuidador es un corredor de fondo, porque su labor es más de resistencia que de velocidad.

El cuidador se mantiene en estado de vigilia; revisa por las noches a la persona de su interés que se ha quedado dormida en una postura incómoda y necesita reacomodarse; hace rondas de observación para saber si falta el vaso de agua o llama la atención sobre el medicamento recetado que no ha sido tomado a tiempo. La vigilia del cuidador se transforma en un regulador de los tiempos de otro ser; marca las nuevas rutinas o es un custodio de rituales inveterados; abre temprano las cortinas para anunciar el nuevo día y vuelve a cerrarlas con los deseos del buen descanso y el sueño reparador. El cuidador vigila para que el postrado tenga a la mano algo que leer, para que las cobijas no se arrastren y las pantuflas estén en su sitio, para que el aire fresco entre a la habitación de quien atiende, para que las pequeñas caminatas sean una forma de desembrujar su desaliento. El cuidador es un vigilante de las llamadas del hambre, de las solicitudes de ayuda, de todas aquellas alertas que amenacen el bienestar de una vida.

El cuidador pone a raya su impaciencia y calma los momentos de desespero de quien acompaña. Reconoce que no debe ser un asunto fácil depender de otra persona, sentir que la decrepitud avanza o que las limitaciones se multiplican. El cuidador, por eso mismo, se torna más reflexivo, más medido en lo que dice, más solidario y propenso a la transigencia. Sabe dosificar la alegría cuando los diagnósticos médicos no son alentadores y multiplica los motivos de esperanza cuando el doliente está a punto de desfallecer. El cuidador ahonda en las entretelas de los sentimientos, de las pasiones y las emociones de los seres humanos, especialmente cuando enfrentan situaciones de impotencia, o pasan por momentos adversos o agobiantes.

El cuidador puede ser severo y tierno a la vez; realista e imaginativo; juguetón y práctico. El cuidador confía en que las vicisitudes negativas puedan mejorar, pero, de igual modo, entiende que el deterioro humano es inevitable. El cuidador es el guardián de los ciclos de la vida, tanto en su crecimiento y conservación, como en su paulatino ocaso.

El arte de cavar con la pluma, según Seamus Heaney

29 lunes Jul 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Comentario de poemas, Seamus Heaney

Seamus Heaney , obra del retratista británico Tai-Shan Schierenberg.

El primer poema que leí del poeta irlandés Seamus Heaney, mucho antes de recibir el premio Nobel de literatura, fue “Ostras” publicado en la Gaceta del Fondo de Cultura Económica[1]. Me gustó su precisión al nombrar aquellas conchas y la relación que establecía entre la antiquísima historia de aquel alimento marino y el deseo del poeta de que, al comerse la jornada dichosa del día, se transformara “en verbo, en verbo puro”. La traducción de ese poema era del director de la publicación, Jaime García Terrés:

“Nuestras conchas golpeaban en los platos.

Estuario desbordante era mi lengua,

Mi paladar absorto con brillos estelares:

Mientras gustaba yo saladas pléyades

Orión puso su pie dentro del agua.

(…)”. 

Inquieto por este autor, empecé a buscar sus obras. Pude adquirir su poemario Norte, en la desaparecida librería “La gran Colombia”, y Muerte de un naturalista de ediciones Hiperión[2]. Y después Campo abierto y  Cadena Humana de la Colección Visor de Poesía[3]. Mi interés siguió en aumento a la par que leía y releía sus versos:

“(…)

Construid en la oscuridad.

Esperad la aurora boreal

en la incursión profunda,

no la cascada luminosa.

 

Y mantened el ojo limpio

como el carámbano.

Confiad en el tacto del trozo de tesoro

que han conocido vuestras manos

(…)”.   

Pero, entre todos esos textos hubo un poema que llamó poderosamente mi atención. Se trata de “Cavando” y hace parte del poemario Muerte de un naturalista, traducido por Pura López Colomé. Transcribo todo el texto[4]:

 

Entre índice y pulgar

La gruesa pluma reposa, a gusto, como un arma.

 

Bajo mi ventana

el limpio, áspero sonido

de la pala hundiéndose en el suelo de grava:

Mi padre está cavando. Volteo desde arriba

 

a ver su tensa grupa por entre los lechos de flores

hasta que se inclina más, y se endereza

veinte años atrás agachándose con ritmo

entre los surcos de papas

donde estaba cavando.

 

La tosca bota anidaba en la pala,

eje contra rodilla se nivelaba con firmeza.

Iba arrancando los brotes altos, enterraba hondo el filo brillante

para esparcir las nuevas papas que recogíamos,

felices con su fresca dureza entre las manos.

 

¡Por Dios!, ¡Vaya si el viejo sabía manejar la pala!

Igual que su propio viejo.

 

Mi abuelo cortaba más turba en un día

que ningún otro en la ciénaga de Toner.

Una vez le llevé una botella de leche

con tapa floja de papel. Se enderezó

para beber, y de inmediato volvió a la tarea

 

cortando y rebanando con esmero, levantando trozos

por encima del hombro, y luego una y otra vez

hasta el buen tepe. Cavando.

 

El frío olor del limo de papas, el chapoteo y golpeteo

de la turba empapada, los cortes del filo en seco

por entre raíces vivas despiertan en mi memoria.

Mas yo no tengo pala para imitar a hombres como ellos.

 

Entre índice y pulgar

la gruesa pluma reposa.

Yo cavaré con ella”.

 

El poema es magnífico por varias razones. En principio, porque es un homenaje a la tradicional labor campesina de sembrar y cosechar papas; en segunda instancia, porque es un reconocimiento al trabajo denodado y bien hecho de  los ancestros humildes;  en un tercer nivel porque muestra una ruptura sobre los oficios heredados hechos con los manos; y, en última instancia, porque es un símbolo del quehacer de escritor. Si vamos estrofa por estrofa veremos cómo se logran estos cometidos.

El texto empieza en un gesto, un gesto que se repetirá en los últimos versos del poema. Se trata del gesto de empuñar la pluma, de tomar la pluma para empezar a escribir. Al inicio como si fuera una confortable arma y, al  cierre, como si se tratara de una pala para labrar la tierra. Entre esos dos gestos transcurre el poema.

En medio de esas dos pequeñas estrofas Heaney observa a su padre labrar la tierra. Lo ve debajo de su ventana a la par que escucha el sonido de la pala “hundiéndose en el suelo de grava”. El sonido del azadón a la par que es límpido también se oye áspero. El poeta describe con minucia el acto de cavar la tierra; observa al hombre en una labor rítmica en la que lleva más de veinte años.

La descripción se hace más fina e involucra la bota y el mango de la pala; detalla cómo las manos “arrancaban los brotes altos” a la par que “enterraban muy hondo aquel brillante filo”, para que salieran las nuevas papas y lograr esparcirlas sobre la tierra. Aquí el poeta se vuelve protagonista de lo mismo que observa: “papas que recogíamos felices con su fresca dureza entre las manos”.

Pero la remembranza campesina no se queda en la descripción. Heaney elogia con admiración la labor de su padre: “¡Vaya si el viejo sabía manejar la pala!”. Y para darle mayor fuerza a esa exaltación de un oficio humilde, recuerda que tal destreza en aquella tarea también la desempeñaba a la perfección su abuelo. En este punto se centra la sexta estrofa. El poeta recupera una anécdota con ese hombre “que cortaba más turba en un día que ningún otro en la ciénaga de Toner”. Heaney cuenta que al llevarle una botella de leche el viejo apenas se levantó para beberla pero luego se inclinó de nuevo a su tarea. Eran hombres dedicados a su incansable trabajo de cavar la tierra, “ahondado más y más en busca de la turba buena”.

Esos recuerdos lo asaltan mientras tiene la mano en reposo. Remembranzas que traen, además, “el frío olor del limo de papas, el chapoteo y golpeteo de la turba empapada”. Olores y sonidos acuden a la memoria del poeta irlandés. Es como si aquellas raíces mantuvieran una conexión subterránea con sus recuerdos, que se conservaran vivas en su cabeza y, de pronto, despertaran en un instante de evocación. Sin embargo, el poeta descubre que “ya no tiene pala para imitar a hombres como ellos”. Seamus Heaney reconoce que ya no puede ser campesino, que debe romper con esa continuidad de hombres enfrentados a la turba. Entonces, su decisión estriba en lo que declara en la última estrofa: cavará sí, pero con la pluma de escritor. Esa será ahora su verdadera pala.

Visto y releído en su conjunto el texto pueden corroborarse las razones mencionadas de mi gusto por este poema. Se trata de una declaración del oficio de escribir, una “arte poética” a partir de un hecho visto repetidas veces, de un contexto particular. Heaney no solo enaltece aquellas tareas propias del campo y se maravilla con la tenacidad de sus mayores, sino que entrevé en esa herencia de labranza su futuro. Por supuesto, cambiando las herramientas de trabajo. Y así como su padre se dedicó, con devoción y esmero, “al surco de las patatas”, él se consagrará a labrar sus palabras entre el surco de los versos. Necesitará como sus antecesores “esmero” y “tenacidad”, tendrá que adquirir la capacidad para no distraerse, deberá saber utilizar su instrumento “con firmeza” para lograr sacar de todo ese subsuelo de experiencias y recuerdos, de vivencias, personas y lugares, otra cosecha que pueda “desparramarse” sobre las páginas que escribe.

¡Qué gran poeta es Seamus Heaney! De él aprendimos que la fuente de los poemas se encuentra “debajo del suelo mismo de la memoria”[5], y para lograr sacarlos a la luz hay que cavar una y otra vez con el azadón de la escritura.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Número 132, México, diciembre de 1981, pág., 7.

[2] Norte y Muerte de un naturalista, traducción de Margarita Ardanaz, Hiperión, Madrid, 1995 y 1996.

[3] Campo Abierto, traducción de Vicente Forés y Jenaro Talens, Visor, Madrid, 2004; Cadena Humana, traducción de Pura López Colomé, Visor, Madrid, 2014.

[4] Revista de la Universidad de México, octubre de 2021. https://www.revistadelauniversidad.mx/releases/112e3c8e-7dc7-4fbc-a058-cc7141b569ab/trabajo

[5] Seamus Heaney, De la emoción de las palabras, Anagrama, Barcelona, 1996, pág., 60.

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