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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

La importancia de mantener vivo un proyecto

02 jueves Ene 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Ciclo vital, Educación del carácter, Proyecto de vida

Ilustración de Sam Rowe.

Las imágenes en los noticieros que celebran la llegada de un nuevo año, los deseos de familiares y amigos para que el inicio de otro período sea próspero, los brindis que lanzan augurios de bienestar, las proclamas en el ambiente de salud y prosperidad, todo ello contribuye a que en los primeros días de enero se ensanche el deseo de empezar un nuevo proyecto o se reinicie alguno que se había postergado. Pero, ¿qué hay detrás de esos renovados propósitos?, ¿qué importancia tiene en nuestra vida el mantener en alto algún proyecto?

Diría, para empezar, que los proyectos son los que dan sentido a la existencia, más allá de emplear gran parte de ella en la mera sobrevivencia. Los proyectos ofrecen un norte, una intencionalidad o un propósito significativo. Digamos que le otorgan a nuestro cuerpo biológico una extensión menos física, una frontera que rebasa los límites de nuestra condición natural. Los proyectos hacen que vayamos más allá de nuestra condición fisiológica y podamos poner a prueba nuestras capacidades y talentos, el potencial de nuestros sentidos y el venero inagotable de nuestra imaginación.

De otra parte, los proyectos son un buen caudal para desarrollar la fuerza de nuestra voluntad; ese ímpetu del espíritu que reconduce y lleva a no desanimarnos. Los proyectos, en esta perspectiva, son creaciones volitivas, obras de nuestro empeño, creaciones elaboradas con el trajinar de nuestras manos. Así que, si no tenemos un proyecto en curso, fácilmente caeremos en la desidia, en la pereza que apoltrona y conduce al conformismo, en la apatía por la vida misma. Gracias a los proyectos, a su dinámica apasionada y demandante, es que nuestra voluntad se ejercita en resolver problemas, en buscar alternativas, en afinar la recursividad y, con todo ello, evitarnos desfallecer ante los obstáculos o los inconvenientes.

Los proyectos poseen otra virtud y es la de permitirnos priorizar nuestras actividades o las múltiples tareas que hacemos. Cuando en verdad definimos un proyecto, cuando lo alzamos bien alto como si fuera una bandera, lo más seguro es que inmediatamente desplazará o pondrá en su verdadero lugar las otras ocupaciones cotidianas. Los proyectos tienen un campo de fuerza que nos obliga a distinguir lo esencial de lo secundario, lo importante de lo urgente. Porque si bien nos ocupamos de infinidad de asuntos durante el día a día, a veces apabullados por la rutina y el desinterés, otra cosa sucede cuando instauramos con un férreo convencimiento determinado proyecto en nuestro periplo vital: él ocupa la mayor parte de nuestras energías, él nos obliga a organizar mejor nuestro tiempo, él nos vuelve cuidadosos con la administración de nuestros recursos. El radio de acción de un proyecto trae consigo el aprendizaje del valor de las prelaciones.

Por lo demás, los proyectos ayudan a disciplinar o por lo menos a adquirir un método de trabajo. Si se quiere poner en marcha un proyecto, si se desea que avance, si nos interesa concluirlo, es necesario trabajar en él de manera constante; no es con buenas intenciones ni con esporádicas acciones como se conquista su término. Hay que persistir con decisión y empeño, con brío y mano laboriosa. En esta perspectiva, el proyecto demanda disciplinar el cuerpo, incorporar ciertos hábitos que garanticen la efectividad en los resultados, imponerle al espíritu la tenacidad y el temple de la acción incesante. La disciplina educa el comportamiento discontinuo y caótico, ayuda a entender y atender un orden en las actividades, crea conciencia sobre la utilidad de la planeación. Los proyectos regulan los vaivenes del capricho, sujetan los apetitos coyunturales, fijan un itinerario a las ideas divagantes.

Vale anotar otra cosa: las angustias, los desasosiegos, los quebrantos menores de salud pasan a un segundo plano si conservamos en nuestra mente y en nuestro corazón el titilar de un proyecto. Al mantener la mente ocupada en una iniciativa de largo aliento, las preocupaciones entran en una especie de penumbra que les quita su encandilamiento para atrapar toda nuestra atención. Si una buena parte de nuestros pensamientos y nuestros sentidos se concentran en atender el desarrollo de un proyecto con toda seguridad otras molestias, físicas o psicológicas, dejarán de impactarnos con sus letanías de pesadumbre o alarmismos infundados. Ocuparse en un proyecto parece ser un excelente fármaco para aquellas personas que absolutizan sus pesares o convierten cualquier achaque ocasional en una tragedia autocompasiva.

Sobra decir que en todas las etapas de nuestro ciclo vital los proyectos son el lubricante de nuestra existencia. Cuando jóvenes, en la época en que abunda la energía y los imposibles parecen muy cercanos, sirven de cimiento para construir el plano de nuestro futuro; en la edad adulta, amparados en el período de mayor vigor y productividad, permiten realizar los sueños profesionales, consolidar un patrimonio, o producir una obra intelectual relevante; y al entrar en la vejez, cuando tenemos menos fuerza pero mayor experiencia y sabiduría, los proyectos renuevan la esperanza, afianzan la autoestima e irradian una luz de dignidad al seguir mostrando que continuamos siendo útiles. No importa la edad que se tenga, los proyectos movilizan, impulsan, catapultan, honran lo que somos como seres en permanente exploración y búsqueda de utopías.

Sirvan, entonces, estos primeros días del inicio de año para tomar conciencia de la importancia de los proyectos en nuestra vida. Si alguno de ellos sigue hibernando por nuestra dejadez, puede ser el momento de retomarlo y avanzar hasta concluirlo. Y si no tenemos al menos un proyecto en curso, si hasta ese nivel de pusilanimidad hemos llevado a nuestro espíritu, démonos la oportunidad de comenzar uno, con todo el tesón necesario para que no pierda su impulso apenas comencemos a trabajar o lo dejemos de lado por las vicisitudes cotidianas.   

Higiene mediática y salud mental

19 jueves Dic 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Consumo de medios, Cuidado de sí, Medios masivos, Opinión pública, Redes sociales

Ilustración de Ángel Boligán.

Es aconsejable desconectarse unos días de los medios masivos de comunicación que, cada día, refunden información con opinión, creencias personales con noticias validadas. Los medios masivos, y muy especialmente la radio y la televisión, contribuyen a que nuestra mente pierda la capacidad de ver los matices y se encasille en apreciar la realidad sólo a partir de los opuestos. El afán de los medios por crear debate, por incendiar los ánimos, conlleva a aumentar nuestro estrés y a que asumamos, a veces sin darnos cuenta, posturas o discursos que rayan con el extremismo o la intransigencia.

Prevenirse de la ola de rumor negativo que crean y amplifican los medios masivos es una de las formas del cuidado de sí de nuestro tiempo. Desde luego, los medios buscan intervenir la opinión pública, influenciarla para que tome una u otra tendencia, pero en ese afán por captar audiencias, fácilmente calumnian, propagan falsas noticias, se ensañan con sus adversarios políticos y, lo que resulta más nocivo para el bienestar mental, amplifican lo nimio, sólo ven una cara del poliedro, reiteran sin cesar en las carencias o los errores de sus oponentes. Si nuestra mente no está atenta para sopesar los dos lados de la balanza, con facilidad caeremos en el pesimismo más rampante o nos sumaremos al coro pregonero de que “todo va mal”, y que “este es el peor mundo en que vivimos”.

No dejarse imponer en las conversaciones de la vida cotidiana la agenda de los medios me parece otro remedio efectivo para nuestra salud mental. Recuperar la riqueza de otros temas, sazonar nuestras charlas con colegas y amigos sobre experiencias de vida y eventos ejemplarizantes, tiene más provecho que andar repitiendo como loros los infundios de la clase política o los “editoriales” de las vedettes mediáticas. Traer a la charla en el trabajo, en los diferentes espacios de interrelación social, algo que se haya experimentado, visto o leído diferente a la agenda que trazan los noticieros o programas radiales, renueva la conversación, enriquece la socialización, multiplica los puntos de vista. Cuando nos volvemos monotemáticos y parecemos un perifoneo de lo mismo que pregonan los medios masivos, además de aburridos, perdemos flexibilidad cognitiva, hacemos más estrecho nuestro capital cultural y vamos asentándonos en el dogmatismo.

De otra parte, desintoxicarse de la dependencia de las redes sociales, de los mensajes continuos que destilan antipatía, animadversión, o abiertamente odio hacia alguien o algo evita que nuestra mente confunda verdad con creencia, emoción con realidad. Las redes sociales sacan el mejor provecho de nuestra parte emotiva, exacerban esa zona de las pasiones en la que, por lo general, la función analítica y el cedazo del discernimiento pasan a un segundo plano. Liberarse de estos focos de rumor y, especialmente, dejar de ser propagadores de esta información envenenada es vital si queremos liberarnos del afán de los prejuicios que nublan la comprensión y el buen juicio sobre los hechos o las personas.

En este mismo sentido, dimensionar bien lo que se publica en las redes sociales, en particular la información personal, es una manera de salvaguardar la intimidad. Contagiados por la ola de que “todo lo de una persona tiene que saberse”, especialmente el mundo privado de los afectos, se ha ido perdiendo esa zona sagrada de lo particular, esa reserva inviolable del fuero íntimo. Ponerle coto a lo que compartimos abiertamente de nuestra vida cotidiana, de las relaciones sentimentales que tenemos o de las peripecias de nuestra existencia, contribuye a mantener un control sobre nuestra privacidad, a la par que nos previene del uso indiscriminado que otras personas puedan hacer de una confesión, un cambio en nuestras elecciones afectivas o un momentáneo estado de ánimo. Distinguir y defender una frontera privada es una forma de ganar tranquilidad para nuestro espíritu.   

Evitar o eludir, especialmente en los diálogos familiares, enfrascarse en discusiones que provienen de lo escuchado en los medios masivos o de algún mensaje visto en las redes sociales contribuye a que no volvamos los espacios de la fraternidad en campos de batalla para la intolerancia o el sectarismo ideológico o político. Lo peor que puede sucederles a las aguas refrescantes de la familia es que se contaminen con el discurso político del momento o con las consignas partidistas intolerantes y fanáticas. Si en algo valoramos las herencias morales cosechadas en la familia, lo que menos debiéramos legar son antipatías infundadas, resentimientos enquistados y aversiones por ideas contrarias a la nuestras. La mayoría de las veces el humor o el silencio resultan más provechosos que las acaloradas discusiones que fracturan los vínculos filiales y ponen a los padres o hermanos en el sitial de enemigos.

Y si nos es tan necesario consumir la información del día a día, lo más aconsejable es no volverse un seguidor acéfalo de la misma emisora, del mismo canal televisivo, de un único periódico o revista. Buscar fuentes alternativas de información resulta en nuestros días una manera de salvaguardar el espíritu crítico y mantener una toma de distancia frente a los hechos o las personas para tener el mejor juicio posible. No hay que olvidar que la oralidad es fugaz, agonística, divagante; como tampoco hay que perder de vista que detrás de los conglomerados informativos hay intereses económicos y líneas de negocio en que importa poco “la objetividad y el respeto por la audiencia”. Aprender a variar de canal, a aquilatar la oralidad con la escritura, a leer entre líneas, a sospechar de lo que parece la opinión mayoritaria, son remedios caseros que afianzan y mantienen el criterio de indagar y pensar por cuenta propia.

Lo que no puede convertirse en un vicio es mantenerse conectado desde la mañana hasta la noche a los telediarios o a los radionoticieros, o gastando cantidad de tiempo todos los días replicando mensajes en las redes sociales para azuzar la inquina o contribuyendo a la perversa mendacidad. Estos hábitos terminan por debilitar nuestra capacidad de análisis, nos hacen proclives a la manipulación y a una candidez que se parece mucho a la credulidad. Saber desintoxicarse de estos hábitos, aprender a dosificar el consumo de medios, tener la suficiente contención para abstenernos de injuriar u ofender en las redes sociales puede liberarnos de la ceguera sectaria y de la obcecación que conduce a las violencias de todo tipo. Es urgente romper estos hábitos de información circulante, estos patrones de opinión pública, si queremos mantener nuestro bienestar psicológico que, como se sabe, es un baluarte de nuestra salud general.

Ilustración de Pawel Kuczynski.

Las muchas Claras en las cartas de Juan Rulfo

10 martes Dic 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Cartas de amor, Cartas de escritores, Clara Aparicio, Juan Rulfo

Clara Aparicio, en 1946.

La primera carta escrita por Juan Rulfo a Clara Aparicio, en octubre de 1944, ya deja entrever lo que significaría esta mujer para el autor mexicano. En esta misiva se pueden apreciar sus diversos rostros y la manera como los percibe el creador de Pedro Páramo: ella es claridad que llena la vida, calmante para el dolor, cuidadora que quita el miedo y el deseo a rebelarse, mano amiga que ampara… Profundicemos un poco en algunos roles a medida que vamos leyendo las ochenta y una cartas, escritas entre 1944 y 1950, publicadas por Plaza & Janés bajo el título Aire de las colinas.

Clara, la alegría que salva de la tristeza

En buena parte de las cartas, Rulfo se confiesa triste, un pobre diablo y muy “amante de quejarse”. Antes de conocer a la “pequeña amiga”, el escritor le dice que el mundo “estaba cerrado y oscuro”, que “eran mis pensamientos los que me llevaban y me traían de un lado a otro por puros campos de tristeza”, pero que “si hubiera estado en mis manos conocer antes la alegría que tú ibas a significar para mí, siempre, en cada hora de mi pasado hubiera sido feliz, porque sabría que al final de todo estabas tú, con ese amor tuyo tan hermoso”. Clara es el “retrato de la alegría”, “la pura y viva alegría de los días de la vida”, alguien que “hace bonita la vida”. Recordar a su “criatura” es un modo de decirle “hasta mañana, a sus tristezas”, aunque sabe que “vendrán mañana y pasado mañana”. Solo ella ha sido capaz de “quitar lo triste y lo amargoso” a esos días que le faltan a Rulfo por vivir, sólo ella tiene el poder de disipar su afligimiento: “ya no sé reírme. No, ya ni aquellos pujidos que yo daba en lugar de la risa, no los doy ya. Pero yo creo que con el tiempo volverán, volverán en cuanto te vea y me dé cuenta de que eres tú la causa de que yo haya vuelto a conocer la alegría”. El escritor mexicano no se cansa de agradecer la bendición del “Dios bueno” al haberle dado como regalo a esa “mujercita fea”: “cada día creo más en Dios y le estoy muy agradecido por concederme una cosa así como tú. Seguramente a Él le dio mucha lástima verme siempre triste y por eso quiso ponerme a un lado tuyo, junto a esa adorada criatura tuya, para que se me quitara para siempre la tristeza”.

Clara, la cuidadora de un alma quebrada

“Yo siempre me he sentido miserable, enormemente miserable, como te lo he dicho varias veces. Mucho, porque yo he querido serlo, mucho porque me han hecho sentir que lo soy. Me han golpeado, sabes, me han dado duros golpes en eso que le llaman sentimiento. No sé quién; pero sí sé que a veces, cuando me examino el alma, la siento un poco quebrada”. Así se confiesa Rulfo en la carta XXIV. Y en esa misma misiva, el escritor le dice a Clara lo que ella ha hecho por él, le describe el modo como ha recompuesto ese estado de sentirse miserable: “y tú me has aliviado, simplemente, de la manera más sencilla, has puesto parchecitos allí por donde se me salía el ánimo, donde yo más los necesitaba”. No deja de ser conmovedor esta forma de percibir el amor de otro ser, como alguien que alivia y cuida la fragilidad de un alma quebrada. No es la exaltación de la pasión a borbotones, ni la valentía de un amante romántico y perfecto, sino la declaración de alguien que se atreve a poner su dolor más íntimo en las manos de otro ser que pueda atenderlo en sus flaquezas y debilidades más íntimas.

Clara, el antídoto contra la soledad esencial

En carta XVI Rulfo le explica a su “mujercita” un estado de soledad que lo ha acompañado durante mucho tiempo: “desde que estuve en la escuela, de esto, como has de suponer, hace ya miles de años, desde entonces, allí comenzó a formárseme el sentimiento de que estaba solo en la vida y de que nadie me quería. Llegué a llorar por eso, arrinconado en algún lugar oscuro”. Es esa sensación de soledad profunda la que lo hace dudar de la relación con Clara: “pues yo no te quería entregar un corazón enfermo como el mío y un espíritu (muchos dicen alma) cansado de tanto andar solo por el mundo. Pues, yo, y esto no te lo he contado todavía, desde que yo me acuerdo, siempre fui un sujeto dado a estar solo”. Tan enraizada ha estado esa soledad en su corazón que ha llegado a amarla o a buscar espacios y momentos para disfrutarla: “y la soledad es una cosa que se llega a querer del mismo modo como se quiere a una persona. Viví en medio de ella”. La niñez de Rulfo no fue fácil, lo sabemos. Perder a sus padres tan pequeño lo impactó de manera profunda: “pero ellos me dejaron solo y, quién sabe si para bien o para mal, eso me formó ciertas defensas”. El escritor le reitera a su “Mayecita” que “la vida está empañada cuando uno no tiene a nadie”, pero que, al conocerla, al encontrarla en su camino, descubrió “una mano amiga”, y por eso ya no le teme a nada, y por eso también ella es “la compañera”, alguien que está junto a él para ayudarlo: “la única persona en este mundo capaz de ayudarme a defenderme de mi mismo”.

Clara, el remedio para la melancolía

En un gran número de cartas, Rulfo le comparte a Clara sus temores, sus desazones, sus angustias, bien sea porque sigue a la espera de un aumento de sueldo, o porque no tiene definido lo de la casa donde van a vivir recién se casen, o cierto temor antes las cosas futuras. El escritor sufre constantemente de las “malas pesadumbres”: “de lo que todavía estoy un poco malo es de la melancolía; pero eso que me dices tú de que no me rompa la cabeza pensando, sino ir resolviendo las cosas conforme se vayan presentando, me da el remedio, y así voy a hacerlo”.  Clara le ayuda a Rulfo a “levantar la cabeza”, a dejar de preocuparse tanto por la suerte del mañana: “y tú, termómetro de mis sueños, me calmas y me dices que no piense ahora en cosas, porque me rompo la cabeza”. El escritor es reiterativo: “pienso tantas cosas a la vez que me cuesta trabajo desprender una de otra”, “estas pláticas que yo tengo con mi conciencia son a veces muy largas, duran día enteros”, “porque yo siempre ando pensando más de la cuenta”. La razón de imaginar esos posibles eventos desafortunados provienen de cierto destino infausto o de la consecuencia de ver la realidad como una enemiga: “yo odio mucho al mundo y mi odio es constante. Quizá por esto el mundo me ha tratado mal y me ha hecho desafortunado”. No obstante, Clara es la certeza del hoy, la mano que apacigua el miedo del porvenir: “me pareció como si eso nos uniera para comenzar a pelear contra el miedo, que en este caso se pudiera llamar temor hacia el mañana”.

Clara, la madre del alma bondadosa

“Me acuerdo que yo casi me sentía tu hijito cuando estaba cerquita de ti. ¡Eres tan amorosa y tan buena! (…) Mi voluntad se ha roto muchas veces y si no fuera por ti no se hubiera remendado ya más; pero tú me has sostenido, mantenido y criado en tu propia alma”. Es el amor de Clara el que le ha permitido a Rulfo renacer, volver a vivir. Es ese regazo, esa “pureza de su alma”, la que le ha servido para restaurar la confianza en la vida. En este sentido, Clara es la que “ha formado nuevos y recién estrenados sentimientos”; y por considerarse hijo de su alma bondadosa, Rulfo siente “que estoy hecho a tu imagen, que tú me has ido haciendo así, para ti y para bien mí. Bien mío”. Son varias las cartas en que el autor mexicano cierra sus misivas autollamándose “hijo”, “hijo único y consentido”, “tu hijo que tanto ama a tu alma”. La carta LVII rubrica esta voluntad de filiación amorosa, este vínculo de nudos entrañables: “tú me formaste. Y mi cariño, este que te tengo, nació de ti, así que tú lo conoces tan bien como yo, pues es una cosa que salió de ti misma”.

He destacado cinco de los roles más recurrentes de Clara en las cartas escritas por Juan Rulfo. Agregaría otras facetas como ser un medio “para conocer el sabor de la esperanza”, una “tablita para sentirse aferrado a algo”, “un sueño que se puede tocar”, una matadora de demonios, “una playa buena, donde se acaban las olas malas”, un árbol grande que “crece para el bien de alguien y que, sin saberlo, limpia con sus manos el aire y vuelve el mundo cariñoso y habitable”. Diferentes rostros de una misma mujer que hicieron de Rulfo “un hombre más amigo de la vida”. La carta LVI, escrita en enero 28 de 1948, sintetiza bien esta fuerza vivificante que fue Clara Aparicio para el escritor: “yo creía antes que no entendía la vida. Que no sabía para qué era, ni con qué fin vivía uno. Pero Dios solo sabe lo que hace con sus criaturas. Me llevó hasta ti como si me indicara cuál era el camino; me llevó hasta donde tú estabas y me dijo: escóndete entre esos brazos y conocerás cuánta ternura hay allí y cuánto consuelo, y será como si comenzaras a vivir”.

Los fenómenos naturales en Pedro Páramo

25 lunes Nov 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Comentario de obras literarias, Juan Rulfo

Juan Rulfo, fotografía de Daisy Ascher.

Si hay un aspecto llamativo en el estilo de Juan Rulfo es la manera como el escritor describe o narra los diferentes fenómenos de la naturaleza. Este es uno de los aspectos que dota a la prosa de un tono especial y que, desde mi perspectiva, da pie para enmarcarlo dentro del realismo lírico. Para argumentar mi tesis voy a retomar algunos de los más recurrentes en Pedro Páramo, mostrando sus variaciones, manifestaciones y simbolismo.

De los variados fenómenos naturales, Rulfo empieza detallando la colosal vuelta que da la tierra para llegar a un nuevo día: “en el comienzo del amanecer, el día va dándose vuelta, a pausas; casi se oyen los goznes de la tierra que giran enmohecidos; la vibración de esta tierra vieja que vuelca su oscuridad”. La descripción de Rulfo convierte el despuntar del día en un acontecimiento colosal; se trata de un cambio de postura de la vetusta tierra, de un giro sobre su eje enmohecido, de los chirridos que da el planeta para voltear su postura y dejar de ofrecer la oscuridad para disponerse a la luz. La imagen del amanecer es contundente: “el día desbarata las sombras. Las deshace”. Al avanzar el sol en su camino se produce un cambio que afecta a todo el paisaje: “al recorrerse las nubes, el sol sacaba luz a las piedras, irisaba todo de colores, se bebía el agua de la tierra, jugaba con el aire dándole brillo a las hojas con que jugaba el aire”. La luz del sol transforma, por ejemplo, la llanura en otra cosa, diluye su solidez para hacerla vaporosa: “en la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris”. Y cuando llega el atardecer, Rulfo nos ofrece detalles de los rayos y las sombras producidas por el sol: “era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aún las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol”; esta luz del ocaso tiñe a las personas con otro vestido, les otorga otra fisonomía: “ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del cielo”.

Los personajes de Pedro Páramo se extasían con la lluvia: “el agua que goteaba de las tejas hacía un agujero en la arena del patio. Sonaba: plas, plas, y luego otra vez plas, en mitad de una hoja de laurel que daba vueltas y rebotes metida en la hendidura de los ladrillos. Ya se había ido la tormenta. Ahora de vez en cuando la brisa sacudía las ramas del granado haciéndolas chorrear una lluvia espesa, estampando la tierra con gotas brillantes que luego se empañaban. Las gallinas, engarruñadas, como si durmieran, sacudían de pronto sus alas y salían al patio, picoteando de prisa atrapando las lombrices desenterradas por la lluvia”. Pedro Páramo o Dolores Preciado pueden describirla de manera minuciosa y precisa. También ciertos personajes saben de su olor: “Fulgor Sedano sintió el olor de la tierra y se asomó a ver cómo la lluvia desfloraba los surcos”; de su particular sonido: “el siseo de la lluvia como un murmullo de grillos”; y del modo como cae sobre la tierra: “y miran la lluvia desmenuzada y al cielo que no suelta las nubes”. Otro tanto sucede con las nubes, esas aliadas de la lluvia. Rulfo no las usa como un decorado de la historia, sino como actores que anuncian, rubrican o amplifican un estado emocional: “de regreso miró el cielo lleno de nubes: ‘Tendremos agua para un buen rato’. Y se olvidó de todo lo demás”. Estas formas atmosféricas tienen vida propia: “y las nubes se quedaban allá arriba en espera de que el tiempo bueno las hiciera bajar al valle”; y su dinamismo le sirve al novelista para vincular el pasado con el presente: “mi madre me decía que, cuando empezaba a llover, todo se llenaba de luces y del color verde de los retoños. Me contaba cómo llegaba la marea de las nubes, cómo se echaban sobre la tierra y la descomponían cambiándole los colores”. Sea como fuere, la lluvia tiene repercusiones importantes en la novela ya que, al humedecer la tierra, provocan otro tipo de vida en Comala: “a los muertos viejos cuando les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan”.

Y así como existe una relación profunda entre la lluvia y las nubes, en la novela hay otro vínculo entre los pájaros y el viento. Juan Preciado recuerda que en Sayula “había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecían teñirse de azul en el cielo del atardecer”. Pedro Páramo evoca la época de muchacho cuando volaba cometas con Susana San Juan: “el aire nos hacía reír; juntaba la mirada de nuestros ojos, mientras el hilo corría entre los dedos detrás del viento, hasta que rompía con un leve crujido como si hubiera sido trozado por las alas de algún pájaro. Y allá arriba, el pájaro de papel caía en maromas arrastrando su cola de hilacho, perdiéndose en el verdor de la tierra”. Es evidente la relación: la cometa y el pájaro son habitantes del aire. Si nos detenemos un poco más en el viento, Rulfo describe sus tareas en el valle o la llanura, nos dice que el aire arrastra hojas, orea cosechas, genera cambios: “ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos”; “el viento de febrero que rompía los tallos de los helechos, antes que el abandono los secara”. En la novela, el viento sube y baja como los caminos, provoca frescura o sumo calor, juega con las nubes, danza con las hojas de los árboles: “el viento bajaba de las montañas en las mañanas de febrero. Y las nubes se quedaban allá arriba en espera de que el tiempo bueno las hiciera bajar al valle.; mientras tanto dejaban vacío el cielo azul, dejaban que la luz cayera en el juego del viento haciendo círculos sobre la tierra, removiendo el polvo y batiendo las ramas de los naranjos”. Este viento se manifiesta de manera diferente en el día y en la noche, participa de dos estados del tiempo, actúa como otro sensible personaje: “de día era pasajero; retorcía las yedras y hacía crujir las tejas en los tejados; pero de noche gemía, gemía largamente”. De igual manera, Los pájaros también son significativos en el paisaje rulfiano: “cruzan como cuervos el cielo vacío”, “gruñen como si roncaran y después de que sale el sol desaparecen” o están como “zopilotes solitarios meciéndose en el cielo”. Por momentos aparecen como testimonios alados de un espacio o una condición atmosférica: “había chuparrosas. Era la época. Se oía el zumbido de sus alas entre las flores del jazmín que se caía de flores”; “y los gorriones reían; picoteaban las hojas que el aire hacía caer, y reían; dejaban sus plumas entre las espinas de las ramas y perseguían a las mariposas y reían. Era esa época”. O hacen las veces de referentes para anunciarnos un cambio temporal en la narración: “como si hubiera retrocedido en el tiempo. Volví a ver la estrella junto a la luna. Las nubes deshaciéndose. Las parvadas de tordos. Y enseguida la tarde todavía llena de luz”. De igual modo, y este recurso estilístico no solo lo aplica el escritor a las aves, sirven de reforzadores a un momento de la historia o asumen los rasgos de otros personajes, se antropomorfizan: “un pájaro burlón cruzó a ras del suelo y gimió imitando el quejido de un niño; más allá se le oyó dar un gemido como de cansancio, y todavía más lejos, por donde comenzaba a abrirse el horizonte, soltó un hipo y luego una risotada, para volver a gemir después”. O, en el caso de Pedro Páramo cuando ha perdido para siempre a Susana San Juan, adquieren la forma de un claro simbolismo: “pero pasaron años y años y él seguía vivo, siempre allí, como un espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna”.

Buena parte de estos fenómenos naturales siguen en el inframundo de Comala: “y en días de aire se ve el viento arrastrando hojas de árboles, cuando aquí, como tú ves, no hay árboles” afirma Damiana Cisneros; y Juan Preciado, preso de miedo y aguantando la respiración, en el cuarto de Dorotea ve pasar “por el techo abierto al cielo parvadas de tordos, esos pájaros que vuelan al atardecer antes que la oscuridad les cierre los caminos”, y, posteriormente, en el momento de su agonía, cuando “sorbe el mismo aire que salía de su boca”, observa “algo así como nubes espumosas haciendo remolino sobre su cabeza y luego enjuagarse con aquella espuma y perderse en su nublazón”. La canícula abarca todo el purgatorio de Comala; en este espacio de puertas y ventanas desvencijadas, “el viento sigue soplando”. En el paisaje de Comala “hay estrellas fugaces. Caen como si el cielo estuviera lloviznando lumbre”; pero lo que más abundan son los murmullos y los “ecos de las sombras”: “este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras”. Comala es un lugar en el que los fenómenos naturales se agudizan porque responden a la lógica de los “pueblos que saben a desdicha” y que se los conoce “con sorber un poco de aire viejo y entumido, pobre y flaco como es todo lo viejo”, al decir de Bartolomé San Juan.

Juan Rulfo contrasta este mundo con otro bien diferente, el de los recuerdos: “hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista más hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche”. Es la geografía que responde a la evocación, especialmente de los seres más queridos. Dolores Preciado le lega esos recuerdos a su hijo: “mi pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos”. Y Pedro Páramo se entusiasma recordando su infancia con Susana: “en las lomas verdes. Cuando volábamos papelotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma, en tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento”. Estas imágenes usadas por el novelista construyen un lugar paradisíaco, un sitio en el que era posible la ilusión y la “tibieza del tiempo”: “llanuras verdes. Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos. El color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel derramada”. En la novela Pedro Páramo, los recuerdos son verdes, pero la realidad con que se encuentra Juan Preciado está “perdida en la sonoridad del viento debajo de la noche”, llena de ánimas vagabundas; un mundo, en suma, “que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndonos en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre”.

Decía al inicio que esta forma de escribir de Juan Rulfo se inscribe dentro del realismo lírico; para ello el novelista mexicano analoga realidades naturales con estados de ánimo, procesos de pensamiento, momentos temporales o flujos de conciencia: “afuera, el limpio aire de la noche despegó de Pedro Páramo la imagen de Susana San Juan”; “mi mano se sacudió en el aire como si el aire la hubiera abierto”. En este mismo sentido, cuando Rulfo desea describir los estados de la naturaleza se apoya en gran medida en el uso de las sinestesias; es decir, en asociar sensaciones que pertenecen a diferentes sentidos: “se oía el aire tibio entre las hojas del arrayán”; “la luz entera del día que se desbarataba haciéndose añicos”. Este recurso estilístico le permite al novelista hacer que la tierra escuche, que el sol adquiera cuerpo humano, que la tarde parpadee y emita gritos, que el crepúsculo sea líquido, que las alas de los pájaros se conviertan en emanaciones de la luz y que la lluvia sea como otra sangre. Los anteriores procedimientos expresivos dotan a la prosa de Juan Rulfo de una singular belleza: “una lámpara regó su luz sobre la cara de algunos hombres”; “y debajo de sus pies regueros de luz; una luz asperjada como si el suelo debajo de ella estuviera anegado en lágrimas”.

Obstáculos notorios al acto de enseñar

06 miércoles Nov 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Ilustración de Pawel Kuczynski.

Además de la desmotivación de algunos estudiantes por aprender, que si se cuenta con buenas estrategias didácticas y recursos variados de enseñanza puede combatirse o al menos minimizarse, hay otros obstáculos que enfrenta cotidianamente el maestro y sobre los cuales deseo reflexionar en esta ocasión. Advierto, de una vez, que estos obstáculos ni los presentan todos los estudiantes, ni tienen la misma intensidad en todos los niveles educativos, ni se dan de manera idéntica en todos los contextos. Sin embargo, lo que me importa es mostrar que estos impedimentos hoy se hacen más notorios en nuestro ambiente educativo.

El primer obstáculo para enseñar es que los estudiantes no quieran aprender. Puede que el maestro tenga la mejor disposición, que prepare con ánimo su clase, que se tome en serio un grupo de aprendices, pero si no hay ese impulso o esa disposición para aprender en sus estudiantes es casi imposible lograr los objetivos de enseñanza. A veces esa falta de disposición está asociada a la pereza o el desgano espiritual, a una fractura entre los intereses de una generación y la precedente, a una creencia equivocada sobre la utilidad inmediata de determinados conocimientos o a una clara minusvalía de la escuela frente a los valores de éxito que una época pone como deseables. En todo caso, si el estudiante no tiene la disposición para aprender de nada servirá la pulida organización expositiva de los contenidos, las correcciones y recomendaciones que el profesor le haga en sus trabajos o la animada interacción propuesta en clase. Dicho de manera más contundente: para poder enseñar se requiere alguien que desee aprender. La relación pedagógica se fractura si el deseo de saber se instaura desde la obligación, o cuando el desgano del aprendiz es el modo de responder a la pasión por enseñar.

Un segundo impedimento proviene de la autosuficiencia de “eso ya lo sé” con que los estudiantes juzgan lo que se les está tratando de enseñar. A veces una información superficial sobre algo se convierte en rasero para “sospechar” lo que un docente dice o trata de explicar. Esos reducidos presaberes o el exceso de opiniones dadas por hecho (casi siempre alimentadas por creencias infundadas) terminan por bloquear los nuevos aprendizajes. Dicha autosuficiencia le quita al saber su novedad, lo reduce al inmediatismo de la opinión pública o, lo más lamentable, conduce a que pierda su talante de conocimiento validado en el tiempo al equiparársele con simples “ideas del profesor”. Para aprender es fundamental asumir a cabalidad el rol de discípulo; es decir, de aceptar que otro pueda enseñarnos algo, de “dejarnos” para que ocurra tal evento. La enseñanza requiere discípulos capaces de seguir, así sea por un tiempo, a su maestro. En el fondo de este obstáculo está la incapacidad del estudiante para desaprender lo que cree ya sabido y lograr así acoger otro aprendizaje. Por supuesto esto no es fácil, y más cuando la juventud o la inexperiencia los hace altaneros, arrogantes y proclives a la burla de sus maestros. Quien pretende ser maestro siendo aprendiz, difícilmente logrará aprender algo; porque su afán está en hablar y no en aprender; porque su mente y su corazón andan más preocupados en refutar y contradecir que en entender y aprovechar. Sin una genuina recepción del discípulo para escuchar no puede asimilarse la enseñanza del docente.

El desprecio hacia la tradición, hacia el legado cultural del pasado, por un deslumbramiento obsesivo hacia la información novedosa, constituye un tercer impedimento. Un buen número de estudiantes miden la importancia de un saber a partir del “top” de lo más visto o de la notoriedad en los medios digitales. En consecuencia, enseñar una asignatura densa, de peso científico o con rigor académico, riñe con la frivolidad de las noticias insustanciales o con el modo leve de entretención propagado en las redes sociales. Resulta tesonero enseñar a leer, por ejemplo, “obras clásicas” si lo que se tiene como referente son los best Sellers o cuando en lugar de estudiar el contenido lo que se espera es conocer la vida privada de los autores, ojalá desde el foco de sus pasiones o sus vicios. El desprecio hacia el pasado se hace más evidente en una despreocupación por los temas de la historia y en una incapacidad real para contextualizar la información de actualidad. Este afianzamiento en el hoy, en lo inmediato, no permite aprender la importancia de estudiar el pasado para comprender el presente y, menos aún para avizorar el futuro. Más que un legado valioso, el saber consolidado es visto como un lastre y, a las instituciones que lo representan, como sitios anacrónicos o tediosos. El obstáculo se intensifica para el maestro al momento de intentar formar en el pensamiento crítico al estudiante porque, al carecer de referentes sólidos y anclados en un capital cultural acumulado, tiene que enfrentarse una y otra vez a la opinión sin fundamento o el prejuicio intransigente.

También es notoria la desatención frecuente de los estudiantes en clase, ocasionada –entre otras cosas– por el uso continuado de los celulares. Dicha desatención se convierte en un obstáculo porque debilita la comprensión de las exposiciones del maestro, pasa a un segundo plano las intervenciones de los compañeros y empobrece el resultado del trabajo en grupo. La desatención afecta la capacidad de concentración, merma la aprehensión de contenidos y debilita la memorización de datos relevantes o significativos. Esta es una de las causas de los bajos resultados en las pruebas censales en las que el recuerdo de determinadas nociones, la distinción de conceptos y el dominio de ciertos saberes declarativos, son imprescindibles para obtener buenos resultados. El uso habitual de celulares, la interferencia constante de mensajes, empobrecen la atención; estos dispositivos en lugar de ser usados para contribuir a profundizar en alguna temática disciplinar, se ocupan preferentemente en hacer circular los rumores de la vida cotidiana escolar, escuchar música, compartir videos o entretenerse jugando. Vale la pena recordar que, cuando se habla de efectividad en el aprendizaje, resulta imprescindible mantener la focalización de la atención, la merma de distracciones y la confluencia de varios de nuestros sentidos. Caso contrario, será fácil perder el hilo de la exposición del docente y, a partir de allí, desembocar en el desinterés, la apatía y la divagación ensoñadora.

El desdeño o inobservancia al seguimiento de instrucciones constituye un obstáculo más para el quehacer docente. En el afán por llegar rápido al resultado se pasan por alto las indicaciones detalladas del profesor, las advertencias sobre los errores frecuentes al elaborar un producto, las fases progresivas que articulan un logro. Precisamente, por no seguir las instrucciones es común que los trabajos o las actividades fracasen, se caiga en la confusión o se termine haciendo una cosa diferente a la solicitada. De nada sirve que el maestro prepare guías, fichas y protocolos cuando se desea acompañar el aprendizaje de un contenido o un procedimiento, porque el estudiante al momento de realizar dicha tarea opta por realizarla de cualquier manera, sin ningún método, confiando en que de pronto –en un chispazo de genialidad– alcance el objetivo esperado. Al sobrevalorar el resultado sobre el proceso, no se entienden ni aprenden los pormenores de una disciplina, las técnicas o habilidades complejas, el desarrollo evolutivo de un producto. El no seguimiento de instrucciones se convierte en un obstáculo al enseñar porque fractura la apuesta por la secuenciación del aprendizaje, desdibuja el valor de la planificación y conduce a la idea fantasiosa de que aprender en un hecho espontáneo o de suerte. Detrás de este desdén por las instrucciones se esconde una suposición errónea de los aprendices: la de creer que atender dichos pasos reglados va en detrimento de su creatividad, cuando en el fondo es un modo ordenado de potenciar sus talentos, optimizando el tiempo, las actividades y los recursos.

Un sexto obstáculo al oficio docente radica en la negación a lo que implique trabajo extra o la falta de persistencia de los estudiantes para lograr productos de calidad. Lo que se espera es que el profesor ponga tareas fáciles, rápidas, “sin tantas arandelas”. Todo aquello que demande corregir, volver a hacer, trabajar en una versión mejorada, no es de buen recibo o, si por obligación se realiza, apenas sufre ligeras modificaciones. Por lo demás, lo que se quiere es acertar en el primer intento y lograr buenos resultados con mínimos esfuerzos. Hay una idea generalizada de aprender en el menor tiempo posible, ojalá con una didáctica centrada en “tips” sencillos o encapsulada en consignas prácticas de fácil ejecución, y que no demanden hacer lecturas adicionales o buscar fuentes complementarias. El estudio ha dejado de ser una virtud intelectual al igual que las técnicas para lograr un aprendizaje significativo. Tener un hábito de estudio se considera inútil o aburridor. Esta falta de dedicación y empeño en cualificar las tareas y perfeccionar los trabajos se hace más fuerte en aquellos maestros considerados “exigentes”, porque tienen problemas frecuentes a la hora de evaluar los productos de sus estudiantes, ya que se los tilda de “injustos” si se mantienen en el criterio de que las tareas presentadas no cumplen con los objetivos propuestos. De allí que se tenga un conocimiento superficial de muchos asuntos, se pase de un curso a otro sin alcanzar niveles académicos claramente definidos y se carezca de aprendizajes realmente interiorizados.

Diré para terminar que estos obstáculos y otros que cada maestro enfrenta en su trabajo diario, se agravan mucho más cuando no se cuenta con el apoyo institucional, cuando los padres de familia se hacen los desatendidos y cuando las políticas educativas y la misma sociedad contribuyen poco a dignificar la profesión docente. Sé que cada educador, echando mano de su experiencia y su tenacidad, halla recursos innovadores para combatir estos impedimentos; sin embargo, buena parte de sus iniciativas de enseñanza quedan truncadas o a medio camino por los motivos expuestos. Pienso que deberíamos hablar más de estos asuntos con los mismos estudiantes, volverlos motivo de reflexión y líneas de intervención en los planes académicos, darles trascendencia en todas las instituciones formadoras de maestros. Porque no creo que sólo afecte a los educadores, sino que –como lo estamos viendo y padeciendo– tiene repercusiones profundas en nuestras relaciones de convivencia, en la idoneidad de los profesionales egresados y en el talante moral que guía las decisiones de las nuevas generaciones.

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