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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: INVESTIGACIÓN

Del investigar

19 miércoles Feb 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos, INVESTIGACIÓN

≈ 230 comentarios

Ilustración de Claude Serre

Ilustración de Claude Serre

Les he solicitado a mis estudiantes de posgrado que se animen a escribir aforismos sobre el sentido y las características de investigar. Para motivarlos a comenzar –y para cumplir con ese deber ético de hacer primero la tarea– presento aquí esta cosecha de máximas. Confío en que al leerlas no solo se reflexione sobre el ejercicio y los alcances de realizar un proyecto de investigación, sino que sirvan de ejemplo al momento de enfrentarse a la redacción de las sentencias. En todo caso, y esta es una indicación de Lichtenberg, el gran maestro del estilo proverbial, cuando se desee redactar un aforismo debe darse a entender, “con un mínimo de palabras, que se ha pensado mucho”.

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El que investiga sigue indicios. Como un cazador va detrás de las huellas dejadas por una realidad huidiza y montaraz.

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Cuando se tienen demasiadas certezas es más fácil ser catedrático que investigador.

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El investigador nace cuando es capaz de formularse con claridad un problema. Son los problemas y no los métodos los que ayudan a que alumbre una pesquisa.

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Si se tiene actitud de investigador, cada hecho, persona o situación será leída bajo la lupa de una pregunta. La mirada del genuino investigador está impregnada de sospechas.

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Los buenos métodos de investigación deberían tener la calidad de los arcos: elásticos, flexibles, consistentes.

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Las auténticas investigaciones nunca terminan. Siguen extendiendo sus brazos de preguntas como las enredaderas. La investigación pertenece a las plantas escandentes y perennes.

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El investigador no es un experto enterrador, sino un incansable despojador de máscaras.

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Una y otra vez el investigador reformula sus preguntas; una y otra vez precisa sus objetivos. Esto es así porque la investigación se parece menos a operar una máquina de precisión y mucho más a una práctica de tiro con arco.

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Cuando el investigador husmea en pesquisas anteriores lo hace por dos motivos principales: bien porque ansía continuar un viejo rastro o porque necesita alejarse lo más posible de ese falso indicio.

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Todo investigador, especialmente el que trasiega en las ciencias humanas, sabe que trata con versiones y tergiversaciones. De allí que su tarea sea más difícil que la de aquellos dedicados a las ciencias exactas.

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De todos los rasgos de un buen investigador el más importante es el de no perder el rastro de un problema. A veces por días, por meses o por años. Los investigadores sabuesos conservan su gran olfato hasta el final de su proyecto.

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No os canséis, dice el investigador a su pupilo; no temáis rehacer el anteproyecto, vuelve a repetirle. El tutoriado mira al maestro con recelo pues aún no comprende o sabe de la luz que saca a flote con cada tachadura.

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El caminar del investigador tiene más de cangrejo que de guepardo. No tanto de perseguir su presa en línea recta, sino de buscarla andando de lado, y retrocediendo.

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Además de la disposición y el ánimo un investigador debe ser diligente. Es decir, con el celo suficiente para defender con ardor una pregunta que aún no puede responder o una hipótesis todavía no demostrada.

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Eva fue una investigadora radical. A pesar de las voces prohibitorias de la autoridad se obstinó en ir a las fuentes primarias del conocimiento.

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No siempre las conclusiones de un proyecto de investigación son extraordinarias o de alcances inusitados. Pero eso no invalida el ejercicio de una pesquisa. Al igual que en el poema de Cavafis, las conclusiones pueden ser las bahías nunca vistas, la adquisición de perfumes deliciosos y diversos, las humildes conchas recogidas en playas desconocidas.

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Los instrumentos de investigación andan presos de los objetivos del proyecto; y aunque gocen de libertad, ésta siempre será condicional.

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Tres son las diosas protectoras de los proyectos de investigación: Consistencia, Coherencia y Pertinencia. Las tres hermanas, al igual que las vetustas Grayas, tienen un solo ojo insomne y vigilante que rotan entre sí.

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Cuando el investigador ya tiene definido un problema, todos los caminos conducen a Roma.

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Los buenos equipos de investigación son más un acuerdo de diferencias que una suma de semejanzas.

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La atención vigilante es la sangre que corre por las venas de los investigadores. Su corazón, en consecuencia, bombea perspicacia.

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Las hipótesis se verifican, los supuestos se esclarecen. En ambos casos se responde al desafío inicial de una pregunta.

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Los investigadores novatos buscan temas; los expertos, problemas. Los primeros se afianzan en lo ya sabido; los segundos, en lo desconocido.

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Los asiduos registros en un diario de campo son puntos de referencia en el ir y venir de la investigación. La escritura es como un faro en esa larga travesía.

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Los antecedentes son la posta que otros investigadores le entregan al nuevo atleta de la pesquisa. A la vez que un legado, son un reto para seguir adelante.

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Los investigadores hacen parte de una cadena interminable: retoman un eslabón de hallazgos anteriores y forjan uno semejante con sus nuevos resultados. La mesa del investigador es semejante a la fragua de Vulcano.

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Si no hay rigor el investigador fracasa por desorganizado y falto de rumbo; si es demasiado escolástico, la investigación terminará siendo la aplicación de un protocolo estandarizado. Ni extrema lasitud; ni extremo rigorismo. El investigador debe ser cimbreante como las palmeras.

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Así como hay temas que maduran lentamente hasta convertirse en un problema; hay otros que necesitan de largas exposiciones al sol o de lentos tratamientos mecánicos por parte del investigador.

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La curiosidad es el hábitat natural de un investigador. Sin ese ambiente ningún proyecto logrará crecer o dar sus mejores frutos.

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Lo peor que le puede pasar a un investigador es tener un costoso y brillante marco teórico pero sin ninguna pintura digna de enmarcarse.

La aventura de investigar

17 lunes Feb 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, INVESTIGACIÓN

≈ 31 comentarios

Al que investiga no lo mueven las certezas sino las incertidumbres. Se investiga porque nuestra zona de carencia es superior a la de nuestras satisfacciones. Investigamos porque tenemos algunas hipótesis, algunos indicios, pero sobre todo, porque hay dentro de nosotros una especie de desazón, de intranquilidad, ante la infinidad de preguntas que nos dan vueltas en la cabeza.

Pero navegar sobre ese mar, mantenerse en pie sin derrotarse ante el primer escollo, requiere un tipo de espíritu con ciertas características. Primero, tener corazón de aventurero; una capacidad para el riesgo y un vigor para sortear copiosas tormentas o interminables noches en vela. Sin ese corazón aventurero, sin ese talante de Odiseo, la investigación que empecemos, nuestra búsqueda, no sobrepasará los lugares conocidos, y nos quedaremos dando vueltas en los remolinos de cumplir con el requisito.

De otra parte, es necesario poseer o recuperar cierto temperamento lúdico. Ese humor juguetón y festivo es supremamente decisivo sobre todo cuando las rutas trazadas en un comienzo no dan resultado, o cuando en lugar de grandes aciertos lo que tenemos son toneladas de errores. Lo lúdico permite, además, a un grupo de investigadores convertir los conflictos inevitables de todo viaje en escenarios para la socialización o el baile; lo lúdico nos hace más tolerantes, más flexibles con nuestros compañeros de aventura.

Y aunque vayamos en pos de una tierra, aunque tengamos como norte algún «dorado», hay algo inasible, incontrolable en toda investigación: los propios avatares del viaje. A lo largo de  nuestro proyecto estaremos expuestos a un sinnúmero de eventualidades, desde el cambio de los vientos hasta la diversa fuerza de las olas. Esa es otra de las características de todo buen investigador: la de aprender a trasegar habitualmente con lo inesperado. Sin desesperos ni amotinamientos, y manteniendo la fe en no perder de vista las estrellas.

Degustación de «El quehacer docente»

17 domingo Nov 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in INVESTIGACIÓN, Libros, OFICIO DOCENTE

≈ 8 comentarios

Con el ánimo de compartir a los lectores una muestra de mi nuevo libro El quehacer docente, editado por la Universidad de La Salle, he hecho un recorrido por la obra entresacando apartados que espero sirvan de provocación o invitación a su lectura.

“La didáctica nos pone de cara a los problemas del aprendizaje, a las estrategias de pensamiento que un educador moviliza, a las técnicas necesarias para aprender y estudiar, al papel determinante de los contextos al momento de aprender, a las variadas y complejas propiedades de la comunicación y la interacción humana. El educador imbuido de didác­tica comienza a sospechar que la suficiencia en un campo del conocimiento sea la condición fundamental para poder enseñarlo; mejor aún, comienza a entender que lo más importante no es saber demasiado, sino contar con las estrategias y el tacto necesario para que otros puedan aprenderlo”. (p.p. 15-16).

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“El que hace una guía no se pone en la aptitud del que mucho sabe, sino del que se desplaza hasta el sitial del que ignora y quiere aprender”. (p. 19).

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“Creo que buena parte de nuestro fracaso educativo, y más tratán­dose de la lectura y la escritura, se debe precisamente a ese descuido: el de suponer que nuestros estudiantes ya saben esas cosas, que no es necesario enseñarles a hacer un resumen, que ellos ya saben glosar una cita o que eso de redactar una definición es una tarea escolar de muy baja dificultad. Ya sabemos que tales supuestos son falsos. En este sentido, el saber didáctico debe ser como un faro para nuestras labores cotidianas o como una auditoría cuando pongamos este tipo de tareas a nuestros estudiantes”. (p. 37).

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“En cuanto mediación, el portafolio opera desde una demanda del acabar de completarse, de tratar de llenar fisuras, vacíos, baches, intersticios que van quedando o apareciendo en tal pesquisa. Digamos, de una vez, que cuando se elabora un portafolio hay que convertirse en detective de nuestra propia historia, de nuestro propio oficio o de nuestras propias obras”. (p. 41).

*

“Quien describe se parece mucho a un cazador. No solo porque define con anterioridad la presa que desea cazar, sino también porque debe seguir sus huellas o sus indicios, sin perder nunca el rastro de lo que busca. Una buena descripción, entonces, pertenece al arte de la cinegética”. (p. 49).

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“Aunque en el taller se producen cosas, esos mismos productos no están totalmente terminados. El coordinador del taller invita con su ejemplo a que otros inicien o se animen a comenzar su propia obra, pero el fin último, la tarea definitiva nunca se concluye. Porque cada quien debe enfrentar en soledad el reverberar de las enseñanzas del maestro, ejercitarse día tras día en el dominio de las herramientas, pulir y pulimentar muchas veces lo que a primera vista parece bien hecho”. (p. 53).

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“Las ciudades exigen, por lo mismo, un lector semiótico capaz de develar sus secretos; sus entradas y salidas, sus leyendas y sus mitologías; sus sistemas de señales y sus laberínticas redes, donde todo circula y fluye respondiendo a ciertas lógicas de la planeación o a determinadas fuerzas del desplazamiento forzado o la búsqueda de mejor fortuna. Necesitamos lectores plurales, lectores críticos, lectores propositivos. Lectores capaces no solo de habitar las ciudades, sino también competentes para dotarlas de sentido, para redibujarlas con la escritura de la participación, para convertirlas en verdaderos textos vivos de lectura”. (p. 80).

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“La escritura es un continuará. Porque siempre es posible la nueva corrección, porque pasado el tiempo nos percatamos de otras falencias o consideramos innecesario un término que en un primer momento nos pareció una reiteración contundente. Pero, además, porque el escritor va cambiando, porque va cosechado nuevas experiencias, porque tiene más oficio de escritura a sus espaldas. El trabajo de corregir la escritura es otra de las tareas de Sísifo. Tal vez por eso, y la frase si mal no recuerdo es del maestro Alfonso Reyes, nos lanzamos a publicar. Para no seguir haciendo copias. Aunque permanece la posibilidad de la segunda edición. Recordemos que para un escritor auténtico, el libro impreso es, de alguna manera, una copia bastante limpia pero no por ello cerrada a la admisión de nuevas correcciones”. (p. 82).

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“Lo importante es que cuando lea un texto ponga a trabajar también su pensamiento. Atrévase a poner en discusión una idea, a sostener un punto de vista opuesto, a desarmar los elementos de una afirmación; debata, reflexione, tome distancia; agregue cosas, aplíquelas a su contexto más inmediato, halle relaciones inéditas”. (p. 88).

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“De allí que en la fiesta o en el seminario lo importante sea mantenerse activo, atento, aprovechando cualquier oportunidad, sacando el mayor partido de todos los eventos imaginables. Y sin tener miedo a las incertidumbres, sin afanarse por las certezas. Porque una fiesta y un seminario también parti­cipan de ese “espíritu de aventura” en el que importa más el recorrido que el final. Más el viaje que la meta”. (p. 93).

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“La convivencia hay que aprenderla, fomentarla, propiciarla. No es un logro de buenas voluntades o de políticas demagógicas. La convivencia es una tarea que nos reta y nos compromete a todos y en todos los escenarios donde nos movemos, desde la familia, la escuela, hasta nuestro trabajo o nuestra ciudad… Quizá hoy más que nunca, en países como el nuestro, convivir se ha vuelto una tarea de primer orden porque de los resultados de ese proyecto depende, en gran medida, nuestra sobrevivencia”. (p. 111).

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“Concluyamos llamando la atención sobre otro aspecto del comentario: el hecho de ser un género o un tipo de discurso encaminado a orientar la opinión. Si habláramos en términos aristotélicos, sería una modalidad del género epidíctico. Censurar, elogiar, vituperar, ensalzar. Género para cualifi­car el gusto, o para acabar de gustar una obra, o para resaltar o menospreciar la belleza, o para enjuiciar las virtudes artísticas o intelectuales. Género, en últimas, que apunta a educar socialmente, a servir de punto de referencia. Por tanto, responsabilidad, criterio, moderación, prudencia, le son imprescindibles. Pongamos punto final diciendo: el comentario es el género de la opinión propia que anhela convertirse en opinión pública.” (p.p. 114-115).

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“Escribir es aprender a conocer la escurridiza piel de las palabras. Escribir es aprender a tratar con ellas, a frecuentar sus formas, sus caprichos. Quien se lanza a la escritura debe pasar largos amancebamientos con las palabras. Porque las palabras dicen a pesar de nosotros, porque abren la boca cuando no deben y entran a la alcoba blanca de las cuartillas cuando no se las llama. Las palabras tienen cuerpo y espíritu, son temperamentales y con humores bastante disímiles. En todo caso, cuando escribimos tenemos que habérnoslas con ellas, salirles al paso, enfrentarlas, ponerlas en su sitio; aunque a veces, por su mismo capricho, debemos hacer todo lo contrario: acariciarlas, apenas tocarlas con la mano, escuchar su caminar de hada, res­petar su silencio. Tratar con las palabras: a veces, como jinetes sobre potros cerreros, para amansarlas; otras, cual narcisos nocturnos, para dejarnos se­ducir por el misterio de sus aguas”. (p. 127).

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“La elección del canon posibilita ese juego de atracciones y alejamientos, de ortodoxias y deslindes, de lecturas y relecturas sobre determinadas obras. Esa es otra bondad de hacer visible un canon: la de convocar a la comunidad docente alrededor de ciertas obras que actúan como un fuego atemporal tanto para despertar las ideas de otros como para favorecer la propia producción de conocimiento”. (p. 130).

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“Además de ser un lugar informal de aprendizaje, la tertulia es también un ambiente para conocer formas de pensar de otras personas, para renovar afectos extraviados en el tiempo y para rubricar, con colegas de oficio o profesión, inquietudes o búsquedas semejantes. La tertulia nos recuerda el símbolo profundo de compartir la mesa: ese acto de participar conjuntamente de un pan de la palabra tan valioso para nuestro espíritu como para calmar en parte el apetito insaciable de nuestra curiosidad”. (p. 132).

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“Y al repasar sus hojas, al mirarnos en esa “pantalla reflexiva y au­tocrítica”, podemos mejorar nuestras debilidades, o seguirle la pista a alguna propuesta innovadora, o empezar a revalorar ciertas didácticas o descubrir talentos sepultados por la rutina. Con el diario de campo, el investigador se transforma en investigado”. (p. 165).

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“La categorización es una etapa de abstracción de la información, un proceso de pensamiento creativo. Las categorías son constructos de la mente que, aunque parten de la información clasificada, no son exactamente iguales a ella. Las categorías ya son transformaciones de la información, una codificación de mayor complejidad”. (p. 171).

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“El insumo de la literatura parece ser el detonante o la piedra de toque para que los investiga­dores de las ciencias sociales y humanas salgan de los estrechos márgenes de los informes de investigación estandarizados y exploren en otras propuestas menos excluyentes y más acordes a los problemas relacionados con investigar las complejas manifestaciones de la condición humana”. (p. 231).

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“Lo importante en esto de “compartir experiencias”, más que demostrar qué tan potente es nuestra artillería intelectual o qué tan novedosos pueden ser nuestros planteamientos, es atrevernos a poner sobre la mesa nuestras mayores inquietudes o alguna iniciativa que nos ha dado resultado. Tal vez de esa manera, desde la reflexión permanente sobre nuestra tarea forma­dora, logremos animar a otros directivos e investigadores universitarios a reinventar lo que hacen cotidianamente”. (p. 242).

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“Decía atrás que, al publicar, nos ponemos en manos de los lectores. Eso es cierto. Nuestra escritura, desde este mo­mento, ya le pertenece a otros. Es pública. Y si antes podíamos esconderla detrás del anonimato o del sospechoso silencio, ahora ya no tenemos escudo para hacerlo. Nuestros escritos, desde el momento en que los publicamos, circulan libres y están sujetos a las mil interpretaciones de aquellos que les concedan la bondad de leerlos. Recordémoslo: el autor ya no se pertenece a sí mismo. La nueva ciudadanía trae consigo ese precio: es la comunidad académica, la plaza pública de la intelectualidad, la que desde ahora regula las peripecias o el devenir de nuestro nombre”. (p.p. 244-245).

*

“Termino estas reflexiones señalando el papel fundamental, insustitui­ble, de padres de familia y maestros en esta labor de acompañar a nuestros jóvenes. Tal vez por momentos nos parezcan “bichos raros”, de pronto no comprendamos algunas de sus actitudes o no compartamos determinados gustos pero, a pesar de ello, no podemos olvidar que están en camino, que son seres en tránsito, que sus afanes y sus “irrespetos” son los propios de quienes van o están en la búsqueda permanente. Pero si claudicamos en esta tarea de acompañamiento, si quitamos nuestro abrazo de apoyo, si les negamos una palabra de confianza y fortaleza, muy seguramente, estaremos atizando los motivos de su desesperanza y su soledad; si nos desentendemos de ellos o los ignoramos, bien poca será nuestra ayuda en ese colaborarles a desenredar las claves del mundo que les ha tocado en suerte y a descubrir el sentido de su propia existencia”. (p.p. 253-254).

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“Los modelos de enseñanza deben cumplir con al menos tres condiciones: adaptables al contexto, oportunos a la situación de aprendizaje y variados en su puesta en escena. Ni son estructuras inmodificables, ni pueden inocularse indistintamente. Cada uno tiene su público idóneo y su momento para que rinda los mayores beneficios. Y el buen maestro, el ma­gíster, es el que puede darles elasticidad, variarlos, combinarlos, innovar en alguna de sus características, ponerlos a prueba, someterlos a investigación. El magíster vuelve los modelos una caja de herramientas: es decir, según la necesidad del que aprende, así el útil empleado para enseñarle. Tal vez en esa sabiduría para elegir el modelo de enseñanza más apropiado y en el tacto para hacerlo circular en el aula es donde radique la experticia de los verdaderos maestros”. (p. 260).

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“Déjenme cerrar estas palabras invitándolos a continuar reflexionando sobre el sentido de la profesión docente. Porque es resignificando y reno­vando la práctica pedagógica, y manteniéndonos alertas para no sucumbir a la rutina o la dejadez, como lograremos dignificar nuestro oficio y darle a la discreta tarea de ser maestro el alcance que tiene para el desarrollo de los seres humanos y muy especialmente para prefigurar el futuro de una sociedad”. (p. 266).

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