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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: LECTURA

La lectura profunda

05 miércoles Ene 2022

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios, LECTURA

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Comentario de libros, Lector vuelve a casa, Lectura profunda, Maryanne Wolf

Ilustración de Gianni De Conno.

En su libro Lector, vuelve a casa. Cómo afecta a nuestro cerebro la lectura en pantallas (Deusto, Barcelona, 2020), Maryanne Wolf, después de revisar las implicaciones cognitivas de una cultura influenciada digitalmente (lectura superficial, de picoteo, con bajos niveles de atención y centrada esencialmente en el entretenimiento), propone la estrategia de la lectura profunda como un modo de recuperar “la calidad de nuestro pensamiento” y “desarrollar vías completamente nuevas en la evolución cerebral de nuestra especie”. Por ser tan valiosas las ideas de esta profesora e investigadora norteamericana para maestros y formadores de diferentes niveles educativos, voy a recoger diez puntos que sintetizan su “defensa de la lectura profunda y el pensamiento crítico en tiempos digitales”.

Uno: La lectura profunda supone la capacidad de “formar imágenes” de lo que vamos leyendo con el fin de “ayudarnos a acceder a las múltiples capas de significado que subyacen en un texto”.

Dos: La lectura profunda implica “entrar en los sentimientos, la fantasías y los pensamientos de otros a través de un tipo concreto de empatía”. Es decir, al leer de manera profunda nos liberamos de nuestras propias creencias para acceder a los significados, aspiraciones, dudas y emociones presentes en un texto. Se trata, en últimas, de que al leer entremos en una “dimensión modificadora” que nos permita sentir lo que “de otro modo jamás llegaríamos a conocer”. Leer en profundidad es tener la capacidad de “adoptar la perspectiva del otro”. La lectura profunda, en la medida en que nos torna más empáticos, “puede aportarnos distintas y variadas razones para encontrar formas más compasivas de tratar con el otro en nuestro mundo”.

Tres: La lectura profunda nos invita a tener “paciencia cognitiva” para “sumergirnos en los mundos creados por los libros y las vidas y los sentimientos de los ‘amigos’ que los habitan”. La paciencia cognitiva consiste en “recuperar el ritmo del tiempo que nos permita atender consciente e intencionadamente los pensamientos a comprender, la belleza a apreciar, la cuestiones a recordar, las ideas a desarrollar”. Ser un lector profundo es tener esa “calidad de inmersión” en los textos que leemos.

Cuatro: La lectura en profundidad exige flexibilidad cognitiva; es decir, “estar más capacitados para dejar de lado nuestros particulares puntos de vista y adoptar la perspectiva del otro”. Tarea muy importante hoy cuando “empieza a percibirse cada vez menos motivación para pensar de un modo más profundo, y menos aún para enfrentar a visiones que difieren de la nuestra”.

Cinco: La lectura profunda supone ampliar nuestro bagaje intelectual; demanda superar lo que ya sabemos para lograr así “aumentar nuestra capacidad para inferir, deducir o hacer analogías”. Es un hecho comprobado que “cuanto menos sabemos, menos posibilidades tenemos de establecer analogías, aumentar nuestros poderes inferenciales y analíticos, y expandir y ampliar nuestro conocimiento general”. Sin esa amplitud del “bagaje cultural” acompañado de nuestros procesos analíticos, corremos el riesgo de “consumir información sin digerirla”, de leer “sin preguntarnos si la calidad o la procedencia de la información de que disponemos es correcta y libre de intereses y prejuicios externos”.

Seis: La lectura profunda involucra la observación, la hipótesis, la predicción, la deducción, la evaluación, la interpretación y, especialmente, “requiere el uso del razonamiento analógico y la inferencia si queremos descubrir las distintas capas de significado en lo que leemos”. “El pensamiento analógico y el razonamiento inferencial nos ayudan a comprender qué hay bajo la superficie del cada vez más complejo mundo que examina”.

Siete: La lectura profunda lleva necesariamente al análisis crítico. Cuando se lee en profundidad se hace aduana de la información inmediata y superficial; se ponen en salmuera las propias creencias, los “prejuicios latentes” y las “posiciones preestablecidas”; se contrastan las informaciones. El lector profundo hace preguntas al texto, tiene paciencia para leer la letra menuda, entiende que el significado no es fácil de hallar porque sabe que los textos tienen distintas interpretaciones. La lectura en profundidad apuesta por las ideas complejas y la “ardua tarea de buscar la verdad”.

Ocho: La lectura profunda aboga por el “ojo tranquilo” para no sucumbir a la angustia novelera del exceso de información, a la dictadura del entorno; para sortear el picoteo y el ojeado de la “mente saltamontes”. El lector profundo lucha para no tener una “atención troceada”, discontinua y espasmódica. De alguna manera, el lector en profundidad no simplifica, no actúa por ráfagas; por el contrario, presta atención a los detalles, a la “secuenciación de la información”, a la “densidad de las frases”. Un lector en profundidad emplea con frecuencia las “estrategias del énfasis”.

Nueve: La lectura en profundidad conlleva a la relectura, al repaso, a la activación de la memoria funcional. Un lector en profundidad activa todo el circuito de lectura: atención, recordación, conexión, inferencia, análisis.

Diez: La lectura en profundidad tiene siempre que ver con la conexión: “conectar lo que sabemos con lo que leemos, lo que leemos con lo que sentimos, lo que sentimos con lo que pensamos, y cómo pensamos con cómo vivimos nuestras vidas en un mundo conectado”. En síntesis: leer en profundidad consiste en «aprender a conectar la lectura con los sentimientos, el pensamiento y la imaginación moral”.

Estos diez puntos pueden ayudar a responder los interrogantes que Maryanne Wolf nos plantea en su obra a todos aquellos que, de una u otra manera, estamos interesados en la enseñanza o las prácticas de la lectura: «¿Lees con menos atención y, acaso, incluso con menos memoria que antes? ¿Notas al leer en una pantalla que cada vez tiendes más a buscar palabras clave limitándote a ojear el texto? ¿Este hábito de lectura en pantalla ha mermado tu lectura en copia impresa? ¿Te sorprendes leyendo el mismo pasaje una y otra vez para entender su significado? ¿Te has acostumbrado tanto a la información rápida que ya no sientes la necesidad de hacer tus propios análisis de esta información ni dispones del tiempo para ello? ¿Te encuentras a ti mismo evitando gradualmente análisis más densos y complejos, incluso aquellos que están fácilmente disponibles? Y lo que es más importante, ¿eres menos capaz de encontrar el mismo placer envolvente que otrora sentías al leer como lo hacías antes?”.

Repertorio de útiles para lectores perspicaces

31 domingo Oct 2021

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, LECTURA

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Ilustración de Joey Guidone.

Al momento de enfrentar una lectura en profundidad o cuando tengamos algún tipo de dificultad en su comprensión, necesitaremos tener a la mano un repertorio de útiles, elementos o habilidades que contribuyan a mejorar u optimizar esta actividad. Por supuesto, este repertorio tendrá un mayor rendimiento dependiendo del tipo de texto elegido, del modo de lectura empleado y de la experiencia del lector.

Atención: La lectura exige poner toda nuestra atención; es una actividad que basa su efectividad en el grado de concentración que tengamos y en una enfocada orientación de nuestra percepción. La atención, reclama para la lectura, un cuidadoso afinamiento de la vista, una enfocada atención de procesos de pensamiento como la inducción y la deducción, al igual que una participativa actuación de la memoria. Leer es un proceso superior de nuestra cognición; los ojos sirven de detonante y medio, pero es nuestro cerebro al que le corresponde la mayor actividad. Por eso, al leer ponemos más de un sentido alerta al igual que las potencias de nuestra inteligencia. Puede resultar fácil pasar los ojos por las hojas, pero si no ponemos la suficiente atención, si no nos obligamos a percatarnos de los variados indicios que una lectura nos presenta, el resultado será precario o fácilmente olvidadizo. Quizá por eso, para darle más consistencia y una diana a la atención, el lector acucioso acude a la escritura, a la relectura, a los esquemas, a las glosas vigilantes de la interacción con el texto.

Bibliografía: Casi siempre, esta información la encontramos al cierre de los textos y, por eso mismo, parece contener información secundaria. Sin embargo, en la bibliografía están los intertextos, esos otros textos que sirven de soporte, de provocación, de refuerzo o sustento al texto que nos interesa. Aprovechar estas fuentes, cotejarlas para enriquecer lo que leemos convierte al lector en un genuino investigador o, por lo menos, en un estudioso de los textos. Todas las referencias puestas en un texto, si somos perspicaces, nos abren nuevas vías a un tema, una problemática o un asunto. Aprender a leer la bibliografía debería llevarnos a entender el mundo de la cultura como un enorme palimpsesto en el que los diferentes textos se imbrican, se conectan, se retroalimentan o van creciendo en un contrapunteo infinito. La lectura de la bibliografía ayuda a sopesar la originalidad, la creatividad de determinado texto.

Contexto: El lector perspicaz sabe que los textos necesitan ser iluminados por los contextos. La época, el ambiente histórico ayuda a entender las improntas en un texto de determinado período específico. El contexto habla de la dinámica social o las vicisitudes de determinado país que sirvieron de motivo a una obra o de las ideas circulantes que, de alguna forma, la marcaron. Dejar por fuera el contexto, ignorarlo, es privarse de otorgarle a la lectura una inserción en una visión de mundo, en una cultura determinada. Al leer el contexto detectamos las ideologías imperantes, los credos que estaban en boga, los conflictos sociales a los que responde, por acción u omisión, una novela, un ensayo, una obra científica, un artefacto creativo. Incorporar la lectura del contexto le da filiación con el pasado a los textos; los sitúa en un campo de intereses; los dota de un marco de circunstancias en las que hay tensiones, conflictos y hechos humanos controvertibles, contradictorios, en permanente dinamismo y evolución.

Diccionarios: Son aliados estratégicos para sacarle un mayor rendimiento a la comprensión de los textos. Pero además de ayudar a aclarar los significados de los términos, es necesario entender que los lectores perspicaces buscan como ayuda los diccionarios temáticos o especializados. Es allí, en esas fuentes enfocadas en un campo disciplinar o en una temática, en los que hay en concreto una información puntual, pertinente, a partir de la cual resulta más fácil ahondar en un concepto o conocer el sentido más apropiado para determinada expresión. Los diccionarios son una fuente esencial para no andar pescando generalidades o divagando sobre semánticas vaporosas. Conocer y dominar estas fuentes especializadas de apoyo resulta muy provechoso y útil cuando la avalancha de información parece devorarnos.

Ejercitar el pensamiento: Quien lee necesita mover los ojos, pero es el pensamiento el que en verdad se ejercita y moviliza de manera constante. La lectura es un proceso en el que entran a operar la inducción, la deducción, todo tipo de inferencia. El que lee compara, coteja, teje evidencias, saca conclusiones o formula hipótesis. En realidad, la lectura es una transacción entre la mente y un objeto textual: hay intercambios, trueques. Y la mente, según esté o no “lubricada” rendirá poco o mucho en tales intercambios. Los lectores perspicaces, en consecuencia, son duchos para rastrear indicios, valorar evidencias, ven la consistencia o la falacia en un argumento, aprecian la estructura de un razonamiento.

Escribir: Bien sea elaborando pequeñas notas en un cuaderno, o redactando una ficha temática o haciendo un comentario o un ensayo, la escritura es un recurso indispensable para acabar de leer. Acostumbrarse a transformar lo leído en escritura es un recurso privilegiado de los lectores perspicaces. La escritura es un yunque a partir del cual conocemos qué tanto apropiamos un texto o de qué manera nos interpeló. La escritura, además, coadyuva a reflexionar sobre lo leído; hace que el juicio y el discernimiento pongan en cuarentena el trabajo de los ojos. Cuando uno escribe, por ejemplo, una reseña, necesita diferenciar el resumen del texto, de ese otro momento en el que uno enjuicia o presenta su valoración. Al escribir, como si fuera un dispositivo de valoración, la lectura adquiere sentido, intencionalidad, una voluntad comunicativa. Por eso es indispensable que toda lectura concluya en algún ejercicio de escritura; que el acto de leer sea aquilatado por la fuerza de los argumentos y las razones lógicas.

Esquematizar: Esta actividad presupone el crear o diseñar un gráfico traductor del texto objeto de nuestra lectura. Esos esquemas pueden contemplar a los mapas de ideas, a los mapas conceptuales o a las redes paragramaticales. Se trata de construir un dispositivo gráfico en el que las partes se interrelacionen con el conjunto; es una manera de traducir el lenguaje puesto en línea a otro lenguaje organizado en superficie. Al esquematizar vemos, a la manera de un ave, el campo del texto, el territorio con sus accidentes principales. Por supuesto, los esquemas sintetizan información a través de cuadros, flechas, enlaces o resaltadores de colores.

Glosar: Es la primera aproximación escrita al texto que leemos. Son las apostillas o comentarios que ponemos al margen, mientras vamos leyendo. Es la escritura que traduce lo leído en el lenguaje de lo comprendido. La glosa, por lo general, se hace de cada párrafo. Tiene, a veces, la función de sintetizar, pero también puede centrarse en ubicar, de manera concentrada, lo medular del texto. La glosa contiene mucho de la propia subjetividad del lector, pero depende de la piedra de toque de las ideas que se van leyendo. Aprender a glosar es acostumbrar la mente a interactuar con el texto; es una primera conversación entre lo percibido y lo comprendido. Por lo demás, contribuye poderosamente a fijar en nuestra mente las ideas; es una técnica para ayudarle a retener a nuestra memoria la información visualizada.

Hábito: Es indudable que habituarse a leer contribuye a afinar la mirada, ganar agilidad para entrever significados, afianzar una práctica o distinguir diferentes modalidades textuales. El hábito otorga experticia, dominio en el uso de herramientas, fineza en el descubrimiento de un mensaje. Tener hábitos lectores, incorporar tal práctica, hace que no solo se gane en rapidez y rendimiento, sino que permite “interiorizar” ciertos modos de proceder, determinadas prácticas de interactuar con los textos. El hábito posee la virtud de ejercitar a la mente y al cuerpo; da fuerza y consistencia a esta labor de develamiento; permite alcanzar objetivos de largo alcance. Tener un hábito lector hace que los objetivos comprensivos sean de mayor amplitud y que lo que es ocasional tome el sendero de lo continuo y permanente.

Imágenes: Debemos tener presente que no se leen solo las palabras en los textos, de igual forma se leen las imágenes que los acompañan. Existe toda una sintaxis y una semántica de la imagen, en la que intervienen el punto, la línea, el color, la textura, la escala, a partir de la cual se compone un escenario de comunicación visual. A veces la diferencia entre figura y fondo conduce a entender la relevancia o el poco interés de una idea; en otros casos, es el color de la letra el que sirve de heraldo para señalar una jerarquía. Una textura utilizada como soporte de un texto puede llevarnos a entender cierta función de destacado o de información anexa. La imagen no es una subordinada de la información escrita; posee sus propias leyes y desempeña funciones tan relevantes como las destinadas al discurso. En varias ocasiones, el lector debe entender cómo se combina, se complementa o interactúa el texto con la imagen.

Negritas, itálicas, subrayados: Todas estas marcas en los textos son indicios o pistas para que nuestra intelección sepa distinguir, diferenciar y, especialmente, jerarquizar la información. Hacen las veces de orientadores o señaladores en medio de la superficie uniforme de la página de un libro o de una pantalla. Dejar pasar por qué a tal autor le interesa resaltar, destacar o diferenciar del resto del texto una idea o una palabra, sería una omisión imperdonable para un lector acucioso. En ciertas ocasiones, estas marcas de distinción jerarquizan la información. Unas mayúsculas quieren imponer un orden de importancia; un subrayado, nos indica que esa información es digna de recordación o que desempeña una función capital al momento de desarrollar un planteamiento. Dichas marcas tipográficas se convierten en otra ayuda capital con el subrayado para discriminar información y otorgarle a una página hitos de interés, zonas de cuidado o señales de relevancia informativa.

Notas a pie de página: Aunque no todos los textos las poseen, son pistas fundamentales para acabar de entender un texto. Son las huellas que nos deja el autor para seguir un planteamiento, enriquecer una propuesta o saber cuáles fueron sus fundamentos. Las notas a pie de página, por más que estén escritas en letra menuda, contribuyen de manera definitiva a ampliar o enfocar el sentido de un mensaje. Algunas de esas notas, si se las lee con cuidado, dan las claves para desentrañar algo que no acabamos de entender en la parte gruesa de una página o un libro. Puede suceder, especialmente para investigadores o educadores, que las notas a pie de página sean una “zona de ejemplificación”, un repertorio de ilustraciones con las cuales lo abstracto o complejo adquiere un mejor tono comunicativo o explicativo. En muchas oportunidades, a través de las notas a pie de página, podemos saber la postura ideológica o el nivel de nivel de influencia ideológica asumido por el autor.

Página legal o de derechos: Esta es otra página por la que, en muchas ocasiones, se pasa rápido o se deja de lado. Sin embargo, contiene información vital para un lector perspicaz. Ahí están, por ejemplo, datos que contribuyen enormemente a identificar el texto que nos interesa. Sabemos cuándo fue publicado, si es una traducción, cuántas ediciones se han hecho, la editorial que lo publicó y la ciudad en la que se ha impreso la obra. La lectura de esta página contribuye a tener elementos del contexto y a incorporar la obra dentro de una tradición cultural. Sirve al mismo tiempo para saber si estamos enfrentados a una bibliografía reciente, de larga data; si hay un editor que la presente, una editorial confiable o lleva bastantes años desde su primera edición.

Releer: Esta actividad es el lubricante de los lectores en profundidad o la clave para alcanzar buenos resultados en el análisis. No puede ahondarse o encontrar relaciones lejanas entre las partes de un texto, si no se relee, si no se vuelve sobre los párrafos o las páginas de un libro. Hay que decir que cada relectura dota de más elementos a la precedente; es un proceso en espiral de ganancia progresiva. De otra parte, releer ayuda a reconducir la atención, a la concentración y a proveer al ojo de cierta agudeza para advertir lo que parece escondido o insinuado en un texto. También la relectura contribuye a fijar en nuestra mente términos, líneas, apartados, que de otra manera terminarían disolviéndose entre la barahúnda de palabras semejantes.

Resumir: Es una actividad compleja en la que se elimina información secundaria para quedarnos con lo esencial de un texto. El resumen parte de la glosa y se hace, casi siempre, de capítulos o subcapítulos de un texto. El resumen implica valorar qué es vertebral y qué secundario en las ideas puestas a circular en una obra o un libro. De igual modo, al resumir necesitamos generalizar lo que hemos leído; es poder abstraer de datos desunidos un mensaje mayor o de valor estructurante. También hay que decir que el resumir es un ejercicio de mayor alcance que la glosa: implica una escritura más amplia o de mayor desarrollo; ya presupone la redacción de un discurso cohesionado o de articulación entre las ideas.

Solapas: Este es otro elemento que por descuido poco se lee o que se considera secundario. Sin embargo, en las solapas hay datos significativos sobre la identidad del autor, sobre su trayectoria y filiación intelectual. Nos permiten explorar en algunos hechos relevantes de la formación académica del autor, de su producción intelectual y de la trayectoria en determinado campo del conocimiento. De igual modo, en las solapas aparecen pistas sobre la línea editorial en la que se inscribe el texto en cuestión o a qué colección pertenece la obra. A veces, en las solapas hay una síntesis de la obra, del propósito de una colección y la mención de otras obras publicadas en el mismo sello editorial, que señalan un campo temático específico de interés.

Subrayar: Es la más importante actividad de un lector perspicaz para discriminar información contenida en un texto. Al subrayar pasamos el mensaje por filtros o tamizajes. Es recomendable subrayar con dos colores, por lo menos. Con el primero se van resaltando las ideas fuerza (esas ideas que nos interpelan bien porque son interesantes, porque nos ponen a reflexionar o porque nos resultan complejas de comprender); con el segundo color se subrayan esos aquellos apartados que respondan a un interés particular, a una búsqueda específica, a una intención previamente determinada (leemos para buscar una cita para un trabajo de investigación, para preparar una clase, para hallar argumentos a favor o en contra de una tesis). Se subrayan ideas completas y no palabras sueltas. Subrayar es un ejercicio con las ideas: ubicarlas, desagregarlas de esa mole que es todo texto.

Tabla de contenido: A pesar de que está al inicio, muchos lectores no la leen por estar con el afán de ir al interior de los textos. Esta tabla de contenido, si se lee con atención, es una carta de navegación para el lector; es el mapa inicial que orienta el caminar por una obra o un texto. De allí que sea tan importante, al igual que como si fuera el ojo de un planeador, revisarlas, analizarlas, ver su itinerario, adivinar su ruta o su recorrido previsto. Acostumbrarse a leer la tabla de contenido hace parte de entender primero el todo, antes de adentrarnos en las minucias de un texto; ese es su papel fundamental: dar unas coordenadas a partir de las cuales resulte más fácil adentrarnos en la selva de las palabras. Otro tanto cumple el índice, solo que de manera más pormenorizada; es una ruta o una guía del viaje ciudad por ciudad, pueblo por pueblo, trayecto por trayecto.

Tipos de texto: Cada texto tiene sus particularidades y pide una manera especial para ser leído. Hay diferentes tipos de texto y es bueno saberlo para emplear, según su tipología, diversas estrategias de lectura. Por ejemplo, hay textos narrativos, que buscan principalmente contar una historia; o textos expositivos, que tienen como fin esencial darnos a conocer un tema; o textos argumentativos, que se proponen persuadirnos de una tesis. Cada uno de estos tipos de texto exige del lector ciertas habilidades para descubrir su fisonomía. Si son narrativos, piden que el lector sea capaz de identificar los personajes, el ambiente, el conflicto, la trama, el punto de vista o la anécdota detonante de la historia; si son expositivos, solicitan que se identifique cuál es el tema o problema base, cómo se organiza o desarrolla esa información y cuál la conclusión ofrecida; y si son argumentativos, demos por caso un ensayo, exigen del lector reconocer la tesis planteada, los tipos de argumentos utilizados, los conectores lógicos empleados, la línea de persuasión seguida por el autor, la función de las referencias dentro del mismo texto. Conocer e identificar el tipo de texto es una de las primeras competencias de los lectores perspicaces.

Título y subtítulos: Son otra manera de orientar el camino del lector; son otras pistas para no ir de cualquier forma a los textos. Las más de las veces, dan una jerarquía al peso discursivo o a la cantidad de información dispuesta a lo largo de unas páginas. Leer el título con detenimiento e ir releyendo los subtítulos permite a los lectores perspicaces sacar sus primeras conclusiones o formular hipótesis de lo que se va a encontrar. No hay que olvidar que en una macroestructura los subtítulos hacen las veces de vigas de amarre  o de soportes para el sostenimiento en pie de un ensamblaje. Sacarle provecho a la lectura de estos descriptores o frases cortas contribuye de manera decisiva a ver en los textos niveles, estratos, dimensiones diferentes.

Una dieta variada de lectura

05 lunes Jul 2021

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, LECTURA

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Ilustración de Joey Guidone.

“Teme al hombre de un solo libro”.
Tomás de Aquino

 

A veces, sin darnos cuenta, terminamos leyendo solo un campo particular de información, acostumbrándonos a un tipo de texto y a una temática que, de tanto frecuentarla, nos empieza a servir de “comodín” para nuestras conversaciones cotidianas o para entender la vida, el mundo o nuestras relaciones interpersonales. Al reducir de esta manera las potencialidades de la lectura y su variedad de expresiones, nuestra mente se conforma con esa parcela de textos y va descuidando otras que, si no estamos atentos, terminará minando nuestras facultades cognitivas y, de alguna manera, constriñendo el espacio de nuestra sensibilidad. Es probable que este modo reduccionista y acotado de leer sea una de las causas del fanatismo actual y la dependencia de las redes sociales. Al haber condenado nuestras lecturas a un tópico de interés, a veces a un género y un modo de presentarse la información, hemos ido justificando nuestras creencias, además de convertirlas en un mundo autorreferencial, marcadamente excluyente y con tendencia al sectarismo.

Pensando en tal reduccionismo de nuestras prácticas lectoras y en la necesidad de ampliar nuestra mirada intelectual para acceder a variados modos de entender a las personas, la vida y el mundo que habitamos, es que presento las alternativas siguientes. Mi tesis de base es que, en lugar de servirnos un único plato de lectura, optemos mejor por enriquecernos con un menú variado. Tal vez de esta manera tendremos una vigorosa salud intelectual y, seguramente, un concierto de voces diversas que contribuyan a alimentar y fortalecer nuestra necesitada y débil sabiduría. ¿Qué deberíamos leer, entonces, para mantener en dinamismo nuestra mente y nuestro espíritu?

Para comenzar recomendaría leer diversos tipos de texto. Ensayos, crónicas, cuentos, novelas, entrevistas, fábulas, perfiles, biografías, poesía, teatro… Cada tipología textual nos exige un modo de aproximación y, a la vez, nos ofrece posibilidades de desarrollo mental y goce estético. Lo importante es no encerrarse en una única tipología, como aquellas personas que sólo leen noticias de prensa o se acostumbran a frecuentar únicamente determinada columna de opinión. O esos otros lectores que no salen de los textos de “autoayuda” o aquellos otros que reducen todas las posibilidades de la literatura al cómic. Y ni qué decir de los consumidores de redes sociales que han convertido el “zapping page” en su manera de ver sin leer o de pasar la información sin profundizarla. Mi consejo es combinar diversas tipologías textuales; tener a la mano varias de ellas, sabiendo que cada una exige estrategias y recursos cognitivos diferentes. Precisamente, ese es el objetivo de fondo de mi propuesta: que nuestra inteligencia sepa cuándo tiene que identificar la tesis en un ensayo, el conflicto en un relato, la tensión en un drama, los incidentes críticos en una historia de vida o la imagen motivo en un poema. Tal variedad de textos nos obliga también a desarrollar una fuerza de concentración diferente, acorde al tipo de texto que nos interesa. No podemos, y ese parece ser el mandato implícito de la mensajería virtual, sentenciarnos a lecturas minúsculas o imposibilitarnos a leer textos de largo aliento. Es probable que, al aceptar esta recomendación, se descubran con asombro y fascinación algunas tipologías textuales dejadas de lado porque no se ha hecho el esfuerzo de explorarlas.

Continuaría recordando la lectura cotidiana de poesía, no únicamente porque contribuye a mantener la plasticidad en nuestras ideas, sino porque es, en sí misma, la destilación rítmica y cuidadosa del lenguaje. Varias personas huyen de la lectura de poesía al suponer que es la expresión “sensiblera” y romántica de la existencia, desconociendo que es otro modo de conocer el mundo, otra manera de explicarnos el sentido de la vida y sus problemas más esenciales. Los textos poéticos le piden a nuestro pensamiento que ejercite su potencial relacionante, que sepa explotar la fuente creativa de lo analógico; esos textos nos exigen expandir las fronteras de la realidad que conocemos para entrever otros mundos construidos mediante metáforas e imágenes. Por lo demás, la lectura de poesía es una buena escuela para entender lo indecible, expresar lo que nos sobrecoge o hallar una vía de comunicación al fluir sanguíneo y difuso de las emociones, las pasiones y los sentimientos. Recuerdo ahora lo que nos enseñó Francisco Brines: “La poesía, tanto en quien la hace como en quien la recibe, es primordialmente un acto de intensidad: cumple, pues, una función exaltadora de la vida (…) Y el poeta está siempre desvelando la palabra, y penetrando con ella la alegría, el misterio, el azar o el dolor: es decir, la vida profunda”.

Considero fundamental, de igual modo, leer textos de tono filosófico porque contribuyen a que nuestra mente se esfuerce en no perder su capacidad de análisis. Es un buen recurso para poner entre paréntesis las opiniones infundadas, las generalizaciones manipuladoras, los rumores que nos apabullan con su ponzoñoso veneno de informaciones falaces o calumnias sobre determinado asunto o persona. Tener a la mano el texto de algún filósofo contribuye a que se mantengan alertas nuestras facultades de inferencia, que no se nos amellen la deducción, la inducción y los procesos lógicos del pensamiento. Resulta alentador para nuestra mente leer o releer con frecuencia filósofos clásicos, por ejemplo, los Diálogos de Platón, o explorar en autores contemporáneos como Slavoj Zizek. No digo que deban ser únicamente estos filósofos; afirmo que leer con frecuencia alguna obra en clave filosófica resulta vivificante para estimular nuestro cerebro con ideas complejas, menos simplistas, que nos potencien desalentadas formas de pensar y nos abran nuevas perspectivas para ver un problema o una situación. Me gusta citar, a manera de ilustración, al filósofo francés Pierre Hadot: “Siempre he considerado la filosofía como una transformación de la percepción del mundo (…) Percibir las cosas como extrañas es transformar la propia mirada de tal modo que se tiene la impresión de verlas por primera vez, liberándose del hábito y de la banalidad”.

Resulta provechoso para nuestras potencialidades imaginativas leer regularmente obras narrativas. Los relatos, de larga o corta duración, son un estímulo a nuestra facultad de contar historias, a esa capacidad narrativa que desarrolla la fantasía y sirve, además, para resignificar las experiencias. La lectura habitual de cuentos, para poner un caso, contribuye a que nuestro discurso sea más fluido, menos episódico o fragmentado; la lógica del relato nos provee de recursos para organizar una anécdota de principio a fin, dotándola de elementos interesantes e interpelativos para un posible oyente. Independientemente de la profesión u oficio que se tenga, la lectura de textos narrativos hace que nuestra estructura cognitiva, como ha dicho más de una vez Jerome Bruner, descubra un camino idóneo para crear y recrear la identidad. Y gracias a la narrativa también podemos dotar de sentido nuestro pasado y “reinventar nuestro mañana”. Por supuesto que al leer obras de esta índole satisfaremos el deseo de ocio o entretención, pero de igual modo iremos apropiando unos esquemas de pensamiento tales como los de planteamiento, nudo y desenlace, o los de introducción, clímax y final, que resultan apropiados para enriquecer nuestros recursos comunicativos, diversificar el modo de interrelacionarnos y conjugar en una trama interesante lo cotidiano con lo extraordinario.

Agregaría, a este menú, la lectura de diarios, textos testimoniales, o biografías. Las bondades de este tipo de lecturas es la de ponernos en contacto con determinadas personas para conocer las vicisitudes que tuvieron, la forma como resolvieron algunos problemas, las creencias y aspiraciones que les sirvieron de bandera y las experiencias que poco a poco modelaron su existencia. Pienso que la lectura constante de este tipo de textos permite recoger el itinerario vital de ciertos individuos y, en sentido amplio, las variadas manifestaciones de la condición humana. Al leer estas obras hallamos en otros seres, vivos o muertos, puntos de confluencia, zonas de preocupación semejantes, lazos de hermandad por situaciones conflictivas; en fin, descubrimos que sus historias pueden ser excelentes puntos de referencia para nuestra travesía existencial. Sirva de ejemplo, lo que acabo de leer de Giorgio Agamben: Autorretrato en el estudio (Adriano Hidalgo editora, Buenos Aires, 2018), “Lo que nos acompaña en la vida es también lo que nos nutre. Nutrir no significa sólo hacer crecer: significa ante todo dejar que algo alcance el estado al cual tiende naturalmente. Los encuentros, las lecturas y los lugares que nos nutren nos ayudan a alcanzar ese estado. Con todo, algo en nosotros se resiste a esa maduración y, precisamente cuando esta parece cercana, obstinadamente se detiene y se vuelve hacia atrás en dirección a lo inmaduro”.

Quedarían incompletas estas sugerencias para una vigorosa salud intelectual, si no mencionara la lectura de libros álbum. Me refiero, por supuesto, a esos artefactos culturales en los que se combinan el texto y la imagen con el fin de aguzar nuestra reflexión a la par que provocar nuestra emoción estética.  Es una lástima que dentro de nuestro menú lector no los consideremos relevantes o merecedores de ocupar el puesto de un primer plato. Tal vez se deba a creer erróneamente en que estos libros son únicamente para los más pequeños o que son una literatura menor; sin embargo, el libro álbum se ha convertido en nuestros días en un modo de presentar o resolver situaciones o hechos problemáticos, circunstancias o eventos inadvertidos, conflictos o dilemas axiológicos que a todos nos deberían interesar. Ya no se trata de textos con ilustraciones anexas, sino de genuinos productos artísticos en los que se combinan los elementos narrativos con una sintaxis de la imagen, además de propuestas de diseño gráfico que favorecen el gusto por leer y el desarrollo de un modo de pensar en el que, al mismo tiempo, atendemos lo que dicen las líneas y también lo que nos muestran las superficies.

Las recomendaciones anteriores reafirman mi tesis inicial: para no terminar inutilizando algunas de nuestras estructuras cognitivas, empobreciendo nuestro discurso o reduciéndonos a un único modo de percibir y comprender la realidad, lo conveniente es variar y enriquecer nuestro menú lector. Y si bien nos puede seguir interesando una temática en particular, lo que no debemos perder de vista es el aporte que hacen otros tipos de lectura tanto a nuestra mente como a nuestra sensibilidad. De nosotros dependerá, entonces, seguir alimentándonos de un único plato o, por el contrario, explorar en las bondades de una dieta plural y equilibrada.  

Contemplaciones

04 domingo Abr 2021

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario, LECTURA

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Apreciación de cuadros, Contemplación y pintura, La crucifixión

En la parte inferior del fresco “Crucifixión” de Giotto están los actores del relato bíblico, está la túnica, está María y los discípulos. Pero es arriba en donde sucede lo que más llama mi atención. Es esa bandada de ángeles que acompañan revoloteando al crucificado, recogiendo su sangre, rodeándolo con sus batir de alas, lo que me cautiva. La mayoría de los personajes de la parte inferior parecen desentenderse del martirizado; pero los ángeles no, ellos se muestran solícitos o atentos a las necesidades de ese ser clavado en aquel madero. Contemplo el cuadro y me pregunto: ¿he sido o puedo ser ángel para alguien atormentado?, ¿a quién cuido o puedo cuidar en su dolor?, ¿ofrezco mis manos o mi escucha para recibir el sufrimiento ajeno?

Elijo otra obra: “Cristo en la cruz” de Bartolomé Esteban Murillo. El crucificado, a diferencia del fresco de Giotto, está solo, encerrado en su sufrimiento. El único testigo es la calavera a los pies de la cruz. La penumbra resalta la carne del sufrido; la bruma lo encierra aún más. Es una soledad parecida al abandono. Por un momento pienso que es el momento absoluto de la muerte, cuando nadie puede acompañarnos o socorrernos, el instante supremo en que nos desprendemos de abrazos y gestos amorosos, de los vínculos que hemos cosechado a lo largo de nuestra existencia. Contemplo este crucificado y recuerdo la noche cuando, en la funeraria, estábamos velando a mi padre, y tuvimos que dejarlo solo en aquella sala, únicamente acompañado por las coronas de flores. Dejarlo solo en esa alcoba extraña y, luego, llegar a nuestra casa, para sentir su vacío en todas partes.

Mis ojos se posan en este momento en el retablo “Crucifixión” de Matthias Grünewald. Es un detalle. Es un crucificado que tiene las espinas en todas las partes de su cuerpo. Es un cuerpo llagado, maltratado por el sufrimiento. La herida del costado sigue sangrando y aún se aprecia el lamento en los labios del moribundo. Más que solemnidad o heroísmo, lo que aprecio es la rendición de un hombre ante el dolor. Desgonzado, fracturado, roto de adentro hacia afuera, entregado a la evidencia de su término. Todavía quedan rezagos de su agonía, porque el pintor nos lleva a percibir, desde aquella expresiva carne amarillenta, los tenues lamentos del que siente que ya no puede sufrir más.El color del “Cristo amarillo” de Paul Gauguin rompe cualquier tipo de tristeza. El fondo del lienzo me hace creer que el misterio de la vida es más grande que el misterio de la muerte, que las sombras del dolor no pueden opacar la luz solar de la vida. Este crucificado, por el gesto de su rostro, parece que duerme; no hay expresiones de martirio o de indescriptible pena; más parece que reposa en aquel lecho de madera o que su espíritu ya no sigue en su cuerpo. Contemplo a las mujeres que están a su alrededor y parece que dialogan o rememoran hechos o vivencias compartidas con el crucificado. Las mujeres también están tranquilas. Vuelvo y miro al crucificado: él es un árbol que muere; pero, al fondo, en las colinas, renacen cientos de árboles repletos de vida. Inmediatamente, viene a mi memoria una frase del Evangelio de Juan: “si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”.

Me detengo ahora en la “Crucifixión blanca” de Marc Chagall. Todo lo que hay alrededor del sufriente, que lleva puestas unas prendas de judío, corresponde a episodios o hechos relacionados con la persecución a este pueblo, con la desposesión de sus bienes, con la diáspora a que fueron sometidos. El crucificado no se muestra como la figura principal; aparece más como un testigo de todas aquellas escenas de barbarie o sufrimiento que desfilan a su alrededor. Contemplo el cuadro y pienso en los desplazados, en los migrantes, en las personas que han debido abandonar su tierra, sus familiares, sus vínculos afectivos, por causa de intimidación, hambre, miedo o amenazas de todo tipo. Este crucificado está ahí para ofrecer esperanza, para garantizar el recuerdo, para ofrecerse como testigo de los hechos de maldad que parecen no importarles a la mayoría de las personas. A este crucificado hay que mirarlo con todo lo que está a su alrededor; es un crucificado situado en territorios y tiempos específicos. La blancura de la cruz parece disolver las llamas y el humo de las atrocidades del mundo.

Cierro este ejercicio de contemplación observando, por enésima vez, el “Crucifijo” de Max Ernst. Lo de menos es el madero, para mostrar el sufrimiento en su punto más alto. El crucificado se encuentra amarrado a una roca o a una pared que lo obliga a permanecer en una postura inclemente. Es el retrato de un martirizado, de alguien que concentra su sufrimiento en el vientre, y que prolonga su dolor en el alargamiento de sus extremidades. ¿De dónde agarrarse para aguantar toda esta pena?, ¿cómo hacer más plástico el cuerpo para que no se concentre el sufrimiento sólo en una parte?, ¿qué hacer cuando el sufrimiento nos invade hasta el punto de cubrir todo nuestro ser? Estar crucificado es sentir dureza o abandono por todas partes.

 

 

Álvaro Marín y las antologías de lectura

07 domingo Feb 2021

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, LECTURA, OFICIO DOCENTE

≈ 63 comentarios

Tuve la fortuna, a lo largo de mis años de educación primaria, de utilizar y disfrutar las antologías de lectura de Álvaro Marín Velasco. Los libros tenían como título Nuevas lecturas escolares y se inscribían dentro de la metodología de la “globalización” que buscaba desde el lenguaje “integrar” las otras áreas de formación. Las lecturas pretendían, en este sentido, “relacionar las áreas, iniciándolas o complementándolas”. El antologista había nacido en Popayán, estudiado en la Escuela Normal de su ciudad natal, recibió Cursos de Información en el Gimnasio Moderno de Bogotá y fue, entre otras cosas, maestro de escuela, director de Normales, Inspector, consultor y presidente de la Asociación de Autores Colombianos de Textos Didácticos.

Las Nuevas lecturas escolares las imprimía Editorial Prensa Moderna de Cali o la Editorial Bedout de Medellín. Eran libros que oscilaban entre las 240 o 250 páginas, con abundantes dibujos, en colores planos, elaborados por Manuel Parra, y que yo copiaba con devoción en mi cuaderno Ibérica. Una vez se presentaba cada lectura seguía la parte de los ejercicios, distribuidos siempre en cuatro momentos de la “lectura activa”: vocabulario, interpretación (a partir de preguntas), ortografía y redacción. La primera página, con varios dibujos verde oliva, estaba destinada para llenar el “pertenece a…”, y la última incluía una ficha de preguntas relacionadas con el día en que se terminó de leer el libro, el nombre de los padres y de la profesora, del establecimiento educativo y una invitación a escribir las lecturas que habían gustado más. También se dejaba un espacio para pegar el retrato del lector.

Pero, lejos de hacer una evaluación de la propuesta didáctica sobre lectura, lo que me interesa es resaltar la selección de textos, el buen criterio del antologista y creador de historias, de estos libros de lectura y su valor en el proceso formativo de los estudiantes. Subrayo, para empezar, la combinación acertada de diversas tipologías textuales, el valor edificante de las anécdotas incluidas, el deseo por inculcar en los espíritus infantiles las virtudes básicas para cimentar un carácter o preparar al buen ciudadano y un repertorio de textos que incitaban la curiosidad o el asombro. Bastaría mirar con algún detenimiento uno de aquellos libros y decir algo más al respecto. Elegiré el libro tercero, que empezaba con un poema de Carmen Sylva, “Humilde y pequeño”:

Considero que para un niño que cursaba tercero de primaria, aprender estos versos de memoria era una especie de sello imborrable en su corazón, una lección sobre cómo el alcanzar grandes metas se logra con pequeños y humildes esfuerzos. Mi memoria no recuerda nada que nos hubiera comentado el profesor Paz sobre Carmen Sylva, aunque hoy sé que ese nombre era el seudónimo de la reina Isabel de Rumania, y que el poema tenía más versos de los seleccionados por Álvaro Marín.

Después de esto venía una serie de anécdotas sobre Simón Bolívar, articuladas desde su lema: “¡Siempre adelante!”. Y en las páginas siguientes estaba “La canción del herrero” de Miguel Roquendo que hacia el final decía: “Coraje, muchachos / Cargad bien el fuego / la fragua del pecho / y enciéndase el fierro/ que fue un corazón/ ¿Teméis que en el yunque/ lo rompa el destino? / No importa: quien cumple, / cayendo ha vencido: que cante el martillo/ la férrea canción: / tón, tín-tán, tín-tón”. Enseguida había una recreación de la fábula de “La lechera”, y una hermosa historia de los tipos de vivienda, y una exploración sobre los “Animales que parecen flores”, y una descripción sobre las estrellas en el firmamento… Posteriormente aparecía de nuevo la poesía, una de Rafael Pombo, que sigue resonando en mi cabeza después de tantos años:

“Mirringa Mirronga, la gata candonga

va a dar un convite, jugando escondite,

y quiere que todos los gatos y gatas

no almuercen ratones ni cenen con ratas…”

Si uno seguía avanzando en las páginas de Nuevas lecturas escolares podía encontrarse con anécdotas sobre los pieles-rojas o con poemas, esta vez uno de Víctor Hugo, traducido por Andrés Bello, “La oración por todos”, o con fábulas o  relatos aleccionadores como el de “Don Entrometido”. Esta variedad en las lecturas era el mejor remedio contra el aburrimiento y llevaba a que uno, en su casa, avanzara en el libro más allá de las tareas señaladas por el profesor. Álvaro Marín echaba mano de capítulos de obras clásicas como aquél de “La zorra y el gato engañan a Pinocho” o recurría a responder preguntas como “Por qué le ladran a la luna los perros” o ideaba historias que buscaban poner en escena algún vicio con sus respectivas consecuencias. El menú de lecturas ofrecía textos sobre historia, biología, geografía, virtudes, cuentos y una buena cantidad de poesía. Cómo olvidar ese poema heroico y de un ritmo vertiginoso de José Santos Chocano, “Los caballos de los conquistadores” que primero se recitaba en el salón y luego, el que mejor lo hiciera, era seleccionado para presentarlo en las Semanas Culturales del colegio.

Superada la página 150 el libro no perdía el interés. Uno se enteraba de las particularidades del avestruz, se entretenía con relatos como “Las peras de oro” o “Nadie debe morder el anzuelo”, o se fascinaba con el origen y exploración del petróleo o la destrucción de la ciudad de Pompeya. Ahí estaba el conejo “Sabelotodo” que servía para ilustrar la petulancia y “El príncipe feo” que lograba trasmitir su talento a la persona que lo amara, como también un poema dramático de Francisco Añón, titulado: “Antón y el eco”:

He pasado revista con algún detalle a las Nuevas lecturas escolares de Álvaro Marín porque encuentro en ellas una riqueza didáctica, un esfuerzo de armonizar el gusto por leer con una preocupación por la formación moral y el desarrollo de la curiosidad y la imaginación. Buen tino hay en la selección de los textos, atinadas las adaptaciones de los temas a la edad de los estudiantes y siempre, tal como lo afirma el autor en el preámbulo del libro, se nota la intención de exponer o tratar situaciones “de la vida misma de los niños y sus relaciones con la naturaleza, con el hogar, la escuela, conjuntamente con sus alegrías, ilusiones y conflictos”. Se observa que es un texto elaborado por alguien consagrado al oficio de ser maestro, de un conocedor de los contextos citadinos y rurales, y por un experto en la elaboración y aplicación de guías didácticas.

Cuánto necesitamos hoy en la escuela antologías de lecturas tan bien pensadas, tan fundacionales para el carácter de las nuevas generaciones como las de Álvaro Marín, o esas otras antologías tan recordadas y queridas como la Alegría de leer de Evangelista Quintana o Para los niños de Colombia de Cecilia Charry Lara. Y ni qué decir de obras magníficas como Lecturas para mujeres de Gabriela Mistral o Lectura en voz alta del mexicano Juan José Arreola. Todas estas propuestas cumplían lo que la nobel chilena consideraba las tres cualidades de este tipo de textos: intención moral, belleza y amenidad.

Álvaro Marín, “el hábito de leer para agilizar la capacidad mental de los niños”.

 

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