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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: LECTURA

Carta a un futuro lector de poesía

16 domingo Ago 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cartas, LECTURA

≈ 10 comentarios

Etiquetas

Alimentar el espíritu, Antologías de poesía, Leer poesía

André Letria

Ilustración de André Letria.

Estimado amigo,

El hecho de que me hayas compartido tu inquietud de empezar a leer poesía o, como afirmaste, de “aprender a degustar los versos”, ya es un buen indicio de un espíritu sensible a este tipo de escritos. Si la inquietud y la curiosidad se suman a una porosa sensibilidad, lo que deseo comentarte a continuación ya tiene una buena tierra para tus deseos. Y, si como he comprobado, disfrutas de la música, del cine, además de preocuparte por la fragilidad de tus semejantes, te será más fácil y placentero entrar en los rítmicos y concentrados ambientes de la poesía.

Antes de cualquier cosa, déjame decirte que la poesía hay que empezar a degustarla con lentitud. No es un alimento para “atragantarse” o comer a toda prisa. Esto exige un tipo especial de disposición o, si lo prefieres, un estado del espíritu para dejarse “habitar” por un verso, unos términos precisos, una metáfora. Más que leer de afán, la poesía pide a sus lectores la rumia, la relectura, el ir encontrando la melodía oculta tras cada línea de palabras. Es posible que muchos poemas no te digan nada en un inicio o que parezcan demasiado herméticos al entendimiento, pero si vuelves una y otra vez a ellos, si afinas tu escucha interior, seguramente descubrirás el mensaje entreverado entre el bosque de imágenes.

Pero, ¿por dónde comenzar?, te estarás preguntando. Sé que hay muchas vías para llegar a la poesía. A veces es un regalo casual o el encuentro de un libro de versos en una librería que, por simple curiosidad, abriste al azar un poema y hubo como una revelación en aquella corta composición. O puede suceder que alguien habla de un poeta que le fascina, de una obra que admira, y tú, entusiasmado por esos comentarios, buscas el libro para comprobar tal exaltación, aunque al tenerlo entre tus manos descubras que no producen en ti ni las emociones ni el fervor del que hablaba tu amigo. Hasta es posible, aunque eso no es lo común, que en tu mente hayan quedado recuerdos de tus estudios escolares de literatura y quieras seguir indagando en otras obras poéticas de un autor que aprendiste de memoria… Pero, si nada de esto tienes a tu favor, yo te recomiendo adquirir o empezar a leer antologías de poesía. Estos libros recogen un buen número de poetas y una muestra representativa de sus obras. Es como tener en una sola mesa diversidad de platos de diferentes latitudes, con múltiples sazones y variados sabores. Allí podrás catar, degustar, provocarte y decidir después, si lo prefieres, alimentarte leyendo un particular libro de poemas de un poeta. Las antologías son como una galería en la que apreciamos estilos, tendencias, motivos recurrentes, formas y tonalidades reunidas en un solo lugar, y al que podemos acceder con solo abrir una de sus páginas.

Aunque hay preferencias también en esto de las antologías te voy a mencionar algunas de las que, para mi gusto, son un buen principio para adentrarse en la lectura de poesía. La primera es la Antología de la poesía moderna en lengua española, “Laurel”, de editorial Séneca, que luego en su segunda edición fue editada por Trillas, de México. El prólogo de la primera edicición lo hizo el poeta Xavier Villaurrutia y el epílogo de la segunda, Octavio Paz. De esta antología destaco el excelente ojo selectivo de los compiladores y unas notas en las que podrás hallar los títulos de obras de poesía de los autores recopilados que te permitirán profundizar en los poetas de tu mayor interés. La segunda antología, que visito con devoción, es la de José Olivio Jiménez: Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea 1914-1970. El compilador y prologuista hace un perfil de cada poeta seleccionado que resulta de gran ayuda para los neófitos en este campo de la lírica. Un tercer libro, si es que deseas enterarte y ponerte en contacto con los grandes poetas universales es la antología de Francisco Rico titulada Mil años de poesía europea de editorial Crítica. Además de presentar datos claves de cada uno de los autores, la antología abarca desde El romancero castellano, pasando por figuras como Dante, Góngora, Milton, Hölderlin, Byron, Keats, Baudelaire, Cavafis, Rilke, Pessoa,  hasta poetisas contemporáneas como Wyslawa Zymborska; contiene variedad de nacioanalidades y, hacia el final, incluye un índice de procedencias de los textos que te será de gran ayuda por si quieres adentrarte en alguno de esos maestros del verso. Me gustaría recomendarte, de igual modo, la Antología de poesía en lengua española (1950-2000), titulada Las ínsulas extrañas, cuyos compiladores son cuatro grandes poetas: Eduardo Milán, Andrés Sánchez Robayna, José Ángel Valente y Blanca Varela. La obra muestra un rigor y mantiene un criterio que avalo y me parece fundamental en obras de este tipo; es decir, en “escoger siempre poemas unitarios” y no fragmentos. Finalmente, y para no hacer demasiado extensa esta misiva, me gustaría sugerirte un libro más. Se trata de la Antología de la poesía colombiana, seleccionada por Rogelio Echavarría y publicada por el Ministerio de Cultura y el Áncora editores. El viaje que propone este volumen te llevará desde los poetas y poemas más conocidos en la lírica colombiana hasta otros autores nacionales del siglo XX.

Lo indicado, entonces, es elegir una de esas antologías, tenerla a la mano y comenzar el ritual que llamo “alimentar el espíritu”. Se trata de sacar un tiempo en tu jornada cotidiana para leer uno de esos poemas, saborearlo con atención y, en lo posible, guardar en la memoria uno o dos versos. Te confieso que llevo muchos años con esta dieta nocturna de poesía y he descubierto que no sólo he nutrido mi alma con exquisitos manjares de cincelada poesía, sino que he notado cómo ese pan de palabras me ha posibilitado educar mi sensibilidad, aguzar mi mirada sobre mi mismo y los demás, volver más dúctil mi mente para establecer relaciones y flexibilizar las aristas de mi temperamento. Desde luego, no es que ese ritual muestre en pocas noches tales beneficios; más bien se trata de ir creando un espacio en tu interioridad para dejar que la poesía repose su vuelo de ave sutil; de que dispongas el corazón –si te resulta más cercana la expresión– para comprender los mensajes de este modo de conocimiento que no prefiere los largos tratados o las argumentaciones interminables, sino más bien la síntesis expresiva, lo alusivo, el reverberar de la connotación y una complicidad hecha de confesiones y testimonios a sotto voce. Todo ello te irá acostumbrando a un modo de comunicación en el que cuenta la música de las palabras, el ritmo entre ellas, a la par que una cuidadosa y tallada organización de las palabras. Si esto haces, te aseguro que con el tiempo irás encontrando un sentido a los poemas que antes te parecía extraño o inasible. De alguna manera, acercarse a la poesía se parece mucho a los escarceos y adivinaciones, a las preguntas ansiosas y los misteriosos silencios que padecemos cuando estamos comenzando una atracción amorosa.

Seguramente,  el ritual de “alimentar el espíritu” con poesía te irá llevando a conocer un poeta que te guste, que haga sintonía con tu espíritu. Cuando ya tengas identificado tal autor, lo que sigue es buscar uno de sus libros y, como supones, mirarlo, releerlo, apreciar sus recurrencias, su modo de concebir un mundo o sus aproximaciones a las múltiples manifestaciones de la condición humana. Y si las antologías te dieron la posibilidad de tener una mirada en extenso de la poesía, ahora, al entrar de lleno en un libro de un poeta específico, lo que obtendrás será profundidad. Podrás, por decirlo así, convivir con ese autor, conocer a fondo las coordenadas de su visión de las personas, la sociedad o el universo. Hasta llegarás a descifrar su tono de enunciación lírica y las marcas que lo diferencian de sus colegas de oficio; tendrás las claves de sus obsesiones, sus búsquedas, sus cuestionamientos o sus propuestas. Es posible que terminado uno de los libros de ese poeta, te resulte tan fascinante que desees adquirir otra de sus obras y proseguir en esa aventura de desciframiento y hondura en sus textos. De igual modo es posible que al comenzar esta pesquisa, leído el libro seleccionado, concluyas que no te produce el mismo efecto o que sientas que no hay unos lazos de filiación con el poemario elegido. No tienes que preocuparte por eso. Lo aconsejable es quedarte con los poemas que más te “llegaron al alma” o esos otros que “conmovieron tu inteligencia”. Los libros de poesía no son un recetario infalible o un menú en el que deben gustarnos todos los platos. Es más: a veces cuando después de un tiempo vuelvas a leerlos, descubrirás poemas que antes te parecían insustanciales y ahora, cobran un interés inusitado. Esto sucede porque la materia prima de la poesía es el hombre mismo, sus angustias, sus esperanzas, sus lamentos y sus júbilos; y por estar hecha de esa sustancia, por tener esa pátina de historia humana, cuando leemos esos poemarios, vamos subrayando los versos que, según nuestra edad, de acuerdo a las experiencias acumuladas, nos parecen tan cerca como para conmovernos hasta la exaltación o nos resultan tan lejanos que ni siquiera nuestros ojos llegan hasta el final de esos textos.

No sobra decirte que cada poema te planteará una estrategia de lectura diferente. Hay poetas que preferirán los versos rimados y otros que manteniendo una música interna usarán el verso libre. Algunos autores acudirán a las formas clásicas, como el soneto, y otros más, crearán su propia manera de decirse o experimentarán en el espacio mismo de la página. Varios de ellos pedirán de ti una inspiración larga y continua para entonar sus versos y, otros, serán tan breves que exigirán de ti una respiración rápida y ligera. Encontrarás poetas cuyos versos se ofrecerán tan claros que te asombrarás de su limpidez o su resplandor, pero de igual modo te hallarás con poemas herméticos, con un simbolismo que pedirá mucho a tu imaginación y te invitarán a husmear en las correspondencias de ese extenso tapiz de la cultura. Habrá poetas que llevarán hasta la cima más gloriosa un tema, una situación, un sentimiento, como también te encontrarás a otros rapsodas que explorarán en distintos tópicos o irán circundando territorios disímiles de la existencia. Es probable que te encuentres con hacedores de versos en los que el humor o la ironía sean su medio de interpelarte como lector, y otros que utilizando un tono profético en sus versos te desacomodarán de tus creencias más aferradas. Tal es la variedad y tal la riqueza de la poesía, como múltiples y plurales son los senderos del arte y, en particular, de la literatura. 

Ahora bien, cuando empieces a leer un poema en concreto te recomiendo seguir esta vía: lees un verso, lo relees, sigues con el siguiente, lo vuelves a leer, sumas el primero y el segundo, y luego continúas con el tercero, repitiendo este avanzar y retroceder por los diferentes apartados del poema. Terminada la última línea, llevas tu mirada hasta la primera y repasas con tus ojos todo el texto. Te preguntarás por qué recomiendo esta manera de lectura; la razón es sencilla: el poema exige de nosotros la conciencia de su estructura, su ritmo y la concatenación entre sus versos. Si no logramos establecer su continuidad nos quedaremos con muñones de palabras o con ciertas imágenes desagregadas del conjunto. O lo que resulta más grave, podemos tergiversar lo que en su esencia es el eje comunicativo del poema. Si no estamos atentos, y más tratándose de la poesía, perderemos la esencia de su concentrado perfume, la contundencia de su cauce expresivo. La reiteración de sus partes, la lectura en voz alta, la búsqueda del tono adecuado para hacerlo resonar en nuestros entendimiento, son los mejores medios para disfrutarla cabalmente. No sobra repetírtelo: la lectura de poesía es una práctica de la lentitud, del disfrute sosegado, de la dilación que permite aflorar la contemplación y el ensimismamiento, del goce que no espera concluir cuanto antes el poema, sino regodearse con la formas sintéticas de las ideas y el encuentro inesparado de las palabras.

Unas reflexiones finales, querido amigo. La lectura de poesía es un modo de cuidarnos, de cultivar el espíritu o de establecer momentos para el diálogo personal. Es una especie de oración laical, de meditación sobre nuestra condición humana, que fue durante siglos un arte valioso y profusamente encendido en las nuevas generaciones por la escuela. En nuestros tiempos, en los que la lógica de la prisa y el afán desmedido por la posesión de cosas nos han ido alejando de la conversación con nosotros mismos, en la que parece banal el cultivo de nuestra interioridad, se ha ido perdiendo o refundiendo este contacto con la poesía. Tú me has escuchado confesarte que hasta la misma escuela ha claudicado en este empeño de convertir a la poesía en una aliada para la formación de las nuevas generaciones en la sensibilidad y el conocimiento de las emociones. Por eso mismo, al escuchar tu interés por adentrarte en la poesía, me he llenado de alegría. Tal vez ese júbilo haya sido el detonante de esta carta, porque sé que al ponerte en contacto con la poesía,  entrarás a una hermandad que aboga por conservar intacto el asombro de los niños, por mantener en alto la magia de las palabras y por enaltecer las secretas relaciones entre la música y el silencio.

Así que, mientras sirvo una copa de vino –porque este licor vino tinto y el canto de la poesía hacen un maridaje perfecto– para celebrar tu ingreso a la fraternidad de amantes de la poesía, te auguro el mejor de los viajes por esta forma literaria en la que se conjugan en contados versos las palabras pulidas, la emoción recordada  y la levedad del pensamiento. ¡Salud!

Examen a la lectura comprensiva

24 lunes Feb 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, LECTURA

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Pawel Kucsynski

Ilustración de Pawel Kucsynski.

Variadas son las preocupaciones –cuando no las angustias– de los directivos y docentes al notar que los estudiantes de sus instituciones obtienen bajos resultados en las pruebas nacionales o no avanzan en la lectura comprensiva. Este problema se hace mayor al observar una merma en las prácticas de lectura de las nuevas generaciones, al igual que una falta de estrategias didácticas más enfocadas en este aspecto por parte de los educadores. Con este escenario de fondo deseo ubicar las siguientes reflexiones.

Lo básico es entender una cosa: la lectura comprensiva supone la previa enseñanza y desarrollo de habilidades de pensamiento como la relación, la inferencia, el análisis o la comparación. Digo esto porque los docentes descuidan estas operaciones de la mente, confiados en que de manera natural o espontánea crezcan en los alumnos. Sin embargo, si no se enseñan con intencionalidad y bastante constancia tendremos gran dificultad para obtener resultados favorables.

En esta perspectiva, el uso de los cuadros comparativos, el empleo de mapas de ideas, el ejercicio en la formulación de hipótesis, la insistencia en los procesos de clasificación, al igual que el frecuente ejercicio de la deducción y la inducción, se convierten en el caldo de cultivo necesario para que sea factible una lectura comprensiva. Por eso, la mejora de esta habilidad cognitiva no es una responsabilidad única del área de español, sino un compromiso intencionado de todos los docentes de todas las disciplinas.

Dicho esto, me gustaría señalar algunos asuntos sobre la comprensión que a veces olvidamos los dedicados al oficio de enseñar:

Uno: la comprensión es un modo de leer que demanda un esfuerzo mayor que la decodificación. No es una actividad que se dé sin el empeño y la participación activa del lector. Quien lee comprensivamente un texto necesita tener a la mano útiles de trabajo diferentes a los ojos. La lectura comprensiva exige que la práctica del subrayado y la glosa se hagan cotidianas, y que el uso de colores, fichas o esquemas sean habituales por parte de los estudiantes.

Dos: la comprensión implica acciones permanentes de relación y comparación, de contrastar inferencias, de entender el texto como un tejido en el que conviven los intertextos y los contextos. Quien lee comprensivamente vincula, hace conjeturas, tiende lazos de significado entre palabras distantes, entrevé filiaciones con otros textos o con otros órdenes de realidad.

Tres: la comprensión necesita de la explicación para tener alguna validez, para tener un soporte que le de consistencia y hondura. Y la explicación proviene de un conocimiento a fondo de los elementos constitutivos de un texto; supone una relectura atenta y un dominio de las particularidades semánticas que, a simple vista, parecen innecesarias. La explicación es reconocimiento de las partes de un texto y de su estructura; es decir, es el soporte para cualquier comprensión posible.

Cuatro: la comprensión tiene niveles o permite un avance en estratos o grados de profundidad. Por eso, cuanto más apropiado se tenga un texto y se vaya cualificando con la práctica, mayor será el avance en la comprensión. La comprensión nunca es definitiva, porque lo que se busca es alcanzar lecturas más consistentes, más abarcadoras, más llenas de sentido. Entre más traseguemos un texto, cuanto más estemos familiarizados con él, en la medida en que lo conozcamos en su variedad de significados, mayor será el grado de lectura comprensiva, más rico el resultado y los análisis obtenidos.

Cinco: la comprensión se enriquece con el diálogo entre lectores, con la discusión y el debate sobre un texto determinado. De allí que sea tan importante en la planeación de la clase, disponer tiempos y espacios para que haya la circulación de las distintas comprensiones, para que cada estudiante escuche otras aproximaciones a un texto, otras vías de acceso, otras interpretaciones sacadas de una misma partitura. Gracias a la tertulia, al conversatorio, al diálogo sobre una lectura, es que la comprensión gana en profundidad, muestra su importancia para un aprendizaje significativo.

Seis: la comprensión varía según el tipo de texto que tengamos como objetivo. Las estrategias y los modos de acceder a un texto informativo, a uno argumentativo o a uno narrativo, no son idénticas. Cada tipología textual pide una comprensión particular. Así que, saber identificar el tipo de texto que tenemos entre las manos es un aspecto crucial para saber utilizar los medios adecuados y, a la vez, prever los resultados posibles. Una buena parte de los fracasos en la lectura comprensiva se debe a que los estudiantes no diferencian el texto de estudio y, por lo mismo, usan recursos inapropiados.

Dicho lo anterior, considero oportuno ofrecer enseguida unas orientaciones didácticas a los docentes o unas pistas de ayuda para los estudiantes sobre la lectura comprensiva. Advierto que estas pistas tienen un mayor desarrollo en varias entradas de este blog o en algunos de mis libros, especialmente en La enseña literaria, La palabra inesperada, Vivir de poesía, Educar con maestría, El quehacer docente y Vías y sentidos de la lectura.

Primero: Una lectura comprensiva demanda poner en relación, más de una vez, la parte con el todo. Reconocer la macroestructura de un texto es tan importante como identificar sus elementos constitutivos. Quien así lee, puede reconocer el bosque y, a la vez, cada árbol. Un lector comprensivo teje relaciones entre lo macro y lo micro, entre las grandes unidades y las pequeñas líneas; entre las capítulos mayores y los párrafos. Ejercitar a los estudiantes en hallar vínculos o interrelacionar capas de significado, usando acetatos o papel calcante, ayuda a que la comprensión de un texto se vaya ampliando, multiplicándose, ganando en complejidad.

Segundo: Una lectura comprensiva se mueve en la dinámica de la conjetura, de la inferencia permanente. Cada idea, cada verso, cada frase está sometida a la validación de la siguiente línea, del siguiente enunciado. A la par que suponemos o conjeturamos algo sobre lo que vamos leyendo, tenemos que cotejar esas intuiciones, esos primeros significados, con aquellos nuevos que brotan de la siguiente unidad de lectura (la lexía, diría Roland Barthes). La comprensión se hila, se teje, se va engarzando, imbricando como las partes de una tela. Y si bien tenemos significados diversos al enfrentar determinada sección de un texto, esas primeras aproximaciones tienen que ser contrastadas con las subsiguientes, y éstas con las demás que constituyen el texto completo. La lectura comprensiva avanza y retrocede, moviliza la imaginación en sus probabalidades, pero, también, la validación permanente.

Tercero: La lectura comprensiva presupone una reserva semántica tanto o más amplia cuanto sea la complejidad del texto. Contar o desarrollar en los lectores un mundo amplio de palabras y de significados es fundamental no solo para precisar bien los mensajes subyacentes, sino para avizorar posibles vías de interpretación. Comprender un texto es entrar en los juegos del lenguaje, en las diversas acepciones de un término y su utilización específica en la organización de un ensayo, un poema o un artículo periodístico. Si la reserva semántica de quien lee es muy limitada o demasiado restringida, será difícil que se alcancen niveles de comprensión relevantes. No obstante, comprender un texto no es hacer un inventario de palabras desconocidas, sino otra cosa: adentrarse en los matices, en las filiaciones, en las potencialidades de las palabras. Advirtamos que las palabras en un texto están en situación; no operan como entes autónomos o independientes. Más bien  son como piezas de ajedrez que, dependiendo de la intención del autor o de la estrategia de composición textual, así será su función, su rendimiento, su eficacia comunicativa.

Cuarto: La lectura comprensiva requiere, para obtener logros destacados, la ejercitación, la práctica continua. No puede esperarse que seamos afinados lectores comprensivos si ese no es nuestro hábito, si determinado tipo de texto no es el que frecuentamos. Más bien cabría decir lo contrario: en la medida en que hagamos cotidiana la lectura de una tipología textual, en que vayamos una y otra vez a sus planos de significado, con más rapidez y calidad irán dándose en nosotros las condiciones para comprender los textos y habrá una habilidad para entender su forma de estructurarse y producir significación. Enfrentarse de forma recurrente a esta práctica lectora, crear condiciones para que eso acaezca en el aula, idear tareas bien pensadas que refuercen este modo de leer, seguramente producirán mejores lectores comprensivos.

Quinto: Una lectura comprensiva demanda ampliar el mundo simbólico del lector, su capital cultural. A veces se piensa que la comprensión de un texto puede reducirse a un estudio formal de sus partes; pero lo cierto es que si el lector no posee un capital cultural, una constelación de símbolos para entrever alusiones o poner en relación un texto con otros contextos, su tarea adolecerá de exploración de sentidos  y de una mínima intertextualidad; será una simple constatación de su literalidad. Conocer o saber de arte, de historia, de antropología, de literatura, es indispensable si queremos darle vuelo a aquello que leemos. Quien se considera un lector comprensivo es porque puede poner en diálogo lo que lee con las voces implícitas de la tradición y con todas las potencialidades de lo imaginario.

Sexto: La lectura comprensiva es el resultado del análisis, de la rumia, de la meditación atenta.  Es común creer que de un solo golpe de vista o con una somera lectura se alcanza la lectura comprensiva. Que es un resultado inmediato o que se puede aplicar un comodín dilucidador para cualquier texto. Lo que poco se insiste es que si no hay el tiempo necesario para cavilar, para examinar con cuidado los planteamientos en un texto, para ponderar las razones expuestas o para razonar con suspicacia los sentidos indirectos de un mensaje, los resultados estarán muy alejados de una genuina lectura comprensiva. En este aspecto, los cursos de lectura rápida o las prácticas de lectura en el entrenamiento de habilidades oculares, riñen con el estudio lento y bien masticado de la lectura comprensiva.  

Un nuevo libro centrado en la lectura

04 lunes Nov 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in LECTURA, Libros

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Carátula Vías y sentidos de la lectura

La lectura es una habilidad del pensamiento, un modo de acceso al saber, un medio de comunicación, una forma de distracción y entretenimiento. Con ella aumentamos nuestro capital cultural, nos ponemos en contacto con realidades insospechadas y hallamos respuestas a muchos de nuestros interrogantes. La lectura empieza en la infancia y, si ha echado raíces fuertes en nuestra crianza, nos alimenta el espíritu toda la vida.

Además de su uso para decodificar signos, la lectura nos permite interactuar con los códigos de una comunidad. De allí que las iniciativas de alfabetización no solo apunten a aprender unas claves de desciframiento, sino que son una verdadera manera de participar e incluirse en una sociedad. Quien sabe leer comprende un orden simbólico y puede ser tanto usuario como productor de significados.

Desde luego, leer no es una actividad uniforme o unidireccional. La lectura es una práctica social cambiante en la que intervienen intereses, técnicas, actores y contextos específicos. Este hecho es fundamental para dimensionar el alcance de las políticas estatales de lectura, la elección de mediadores educativos competentes y el impacto de usar uno u otro método de enseñanza. Hay un abanico de opciones al momento de iniciar a los más pequeños en la lectura, de ahí que resulta conveniente distinguir las ventajas o desventajas de cada modelo, de cada enfoque didáctico. Pero lo que no podemos olvidar o desconocer son los alcances y la riqueza formativa de la lectura, como la compleja relación entre el ojo, la mente y la realidad histórica, cuando hablamos de aprender a leer.

Este libro pretende ofrecer, precisamente, un repertorio de vías y sentidos de la lectura; en él se presentan ejemplos de prácticas lectoras y reflexiones sobre determinados problemas al momento de llevarla al aula, en diferentes niveles educativos. También se explora en variados modos de leer y en alternativas de abordaje para diversas herramientas culturales, ya sean escritas o icónicas, fijas o en movimiento. Se insiste en varios ensayos sobre el fomento y enseñanza de la lectura crítica, por ser esta una de las mayores necesidades de nuestra época debido a la avalancha indiscriminada de información circulante, al intencionado uso de la mentira en los medios masivos de información y el culto al emotivismo fanático sin análisis o toma de distancia comprensiva.

A lo largo de estas páginas podrán hallarse saberes y destrezas vinculadas con la lectura, aplicadas al teatro, el cine, la poesía, el cuento, la pintura, el libro álbum o la ciudad. El objetivo final es ofrecerles a los educadores, en particular, así como a otras personas interesadas en el tema, unos caminos de entrada al campo de la lectura tanto en el orden conceptual como aplicado. No he pretendido elaborar un texto con una única metodología, sino mostrar un mapa de rutas que, según la necesidad o la motivación, sirvan de recurso para jalonar la reflexión o de guía al adentrarse en el ejercicio concreto de leer un texto.

Una aspiración adicional de esta obra es incitar o animar a la lectura. Que los padres de familia no claudiquen en ese empeño de dar de leer a sus hijos; que los profesionales más alejados de las humanidades incluyan en su agenda el hábito de leer literatura, historia, poesía; que cada ciudadano encuentre en la lectura otra manera de disfrutar el tiempo libre, diferente a las insustanciales formas de entretenimiento de moda. Si se acepta esta invitación a leer, seguramente seremos menos ignorantes, ampliaremos nuestra mirada ideológica, volveremos productiva nuestra soledad y daremos alimento nutritivo a nuestra conciencia.

Confío en que el gusto por la lectura que me ha acompañado durante tantos años haya logrado impregnarlo en los diversos apartados de este libro. Porque, como es bien sabido, si hay algo maravilloso en la lectura, es su poder de contagio. En esa comunicación íntima y silenciosa está su magia y, a la vez, su fuerza para transformarnos o para abrirle a las nuevas generaciones ventanas de conocimiento y ensoñación.

Curso intensivo de lectura crítica

19 lunes Ago 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Diálogos, LECTURA, OFICIO DOCENTE

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Rafal Olbinski

Ilustración de Rafal Olbinski.

Carolina: Pachito, qué gusto verte…

Francisco: El gusto es mío. ¿Cómo van tus cosas?

Carolina: Bien. Luchando con esos muchachos. Muy apáticos para todo. Ni sé ya qué inventarme para motivarlos a leer…

Francisco: Sí, no es fácil.

Carolina: Están entregados a toda hora al bendito celular.

Francisco: ¿Y qué estrategias de lectura estás empleando?

Carolina: Lo normal, Pachito, lo normal. Las de mi área, las que trae el libro de texto y otras que por ahí he encontrado en internet.

Francisco: Pero, ¿les das alguna guía de lectura?

Carolina: A veces.

Francisco: A mí me ha ayudado mucho motivarlos antes de mandarlos a hacer la lectura. Les doy una “degustación” de lo que van a encontrar… Les leo en clase apartados y les hago mis glosas.

Carolina: ¿Glosas?

Francisco: Sí. Mis comentarios al margen. Las relaciones que hago del texto con mi materia, con otras asignaturas o con aspectos socioculturales.

Carolina: A ti te queda fácil porque es español, ¿pero a mí, en biología?

Francisco: Yo creo que puede hacerse lo mismo: leerles apartados de lo que más tarde van a leer resulta una estrategia de animación a la lectura muy eficaz. Además, tiene uno la oportunidad de mostrarles los vínculos con la materia, con su propia cotidianidad o con el mundo en que viven.

Carolina: ¿Eso lo haces siempre?

Francisco: Sí. También les hablo del autor del texto, le doy rostro a ese nombre para que dejen de hablar del señor de las fotocopias… Llevo a la clase, cuando es posible, entrevistas o busco información interesante sobre el autor.

Carolina: ¡Chévere!

Francisco: Otra cosa que hago es llevar un cuadro de contextualización de la obra en cuestión. Pongo al autor y la obra en un escenario histórico. Por ejemplo, ahora que estamos trabajando María de Jorge Isaacs, miro con mis estudiantes qué pasaba en esa época en Colombia, en América Latina, en Europa. Me gusta contextualizar las lecturas para que los alumnos tengan un panorama de la época o de las circunstancias sociopolíticas en las que aparece cada obra.

Carolina: ¿Y no te gastas mucho tiempo en eso?

Francisco: Sí. Pero se logran mejores resultados al final. Lo que me interesa es provocarlos, incitarlos, darles elementos para que no entren a la lectura sin miradores, sin focos que los ayuden a aclarar esos textos.

Carolina: Yo a veces los mando a buscar en internet.

Francisco: Eso está muy bien, pero es necesario guiar esa búsqueda para garantizar que el resultado valga la pena.

Carolina: Razón tienes, porque la mayoría de las veces ellos la consideran una tarea adicional; por eso poco la hacen o la cumplen sin entender nada.

Francisco: Yo prefiero hacer eso en la clase. Es lo que llamo la prelectura… ¿Sabes otra cosa que hago y que me ha resultado provechosa?

Carolina: ¿Qué?

Francisco: Llevo fotos de esos autores. En una presentación en power point pongo retratos o ilustraciones que he escaneado o bajado de internet con el fin de darle una identidad visual a ese personaje. Me gusta compartir con mis estudiantes esa especie de álbum del autor en diferentes momentos o etapas de su vida. Mostrarlo como parte de una época, un mobiliario, una forma de vestir.

Carolina: Interesante… Me decías que esa es la etapa de la prelectura, ¿no?

Francisco: Sí. Luego, ya en clase, me he ideado otras estrategias… Por ejemplo, inicio la clase invitando a leer los subrayados del texto. Les pido que mencionen cuáles fueron esas ideas fuerza que subrayaron…

Carolina: ¿Ideas fuerza?

Francisco: Sí. Es que antes de mandar a leer yo les he explicado varias habilidades básicas de los buenos lectores: el subrayado, la glosa, el resumen y la esquematización…

Carolina: Cuenta, a ver si aprendo para ponerlo en práctica. Aprovechemos esta media hora de descanso.

Francisco: Vale. Les enseño la importancia de subrayar al menos con dos colores. Les digo que uno, cuando subraya, discrimina la información; la tamiza, la pasa por diferentes filtros con el fin de entender lo que hay en esa mole de palabras. Y es ahí cuando les hablo de las ideas fuerza, de esas ideas que subrayamos del texto bien porque nos llaman la atención, bien porque son bastante novedosas, cuestionadoras o porque uno no acaba de entender. Entonces, cuando comienzo la clase empiezo por ahí: que cada uno vaya leyendo las ideas fuerza que subrayó y, entre todos, miramos si hay coincidencias en los subrayados o quién tiene una idea que sólo él marcó. Este es el tiempo para discutir sobre esas ideas, y para que yo amplíe o profundice sobre ellas.

Carolina: ¿Haces eso siempre al inicio de la clase?

Francisco: Algunas veces. Tú bien sabes que una de las cualidades de un buen maestro es variar sus estrategias de enseñanza…

Carolina: ¿Y después qué?

Francisco: Enseguida, aunque no siempre es lo mismo, les pido que se reúnan por parejas y traten de compartir esas ideas fuerza, que cotejen, comparen y hallen subrayados comunes. La idea es que detecten dónde ha hecho sentido el texto, dónde ha resonado en su mente. Luego, en un plenario, miramos cuáles fueron esas ideas fuerza compartidas por la mayoría del salón. De igual modo nos detenemos a analizar ideas fuerza que fueron subrayadas por unos pocos. Discutimos, miramos los pros y los contras de esos subrayados. En ese momento entro a reforzar, a enriquecer con mis explicaciones esos apartados del texto.

Carolina: Me gusta eso de combinar la lectura individual con la lectura compartida.

Francisco: Esto ayuda de manera considerable no solo al acto mismo de leer, sino para el aprendizaje.

Carolina: Muy bueno, Pachito, sigue contándome.

Francisco: Otras veces, cambio la estrategia y les pido que hagan un esquema de la estructura del texto, que saquen en limpio la arquitectura de esa lectura. Para ello les he explicado antes algunos recursos como el mapa de ideas o el mapa conceptual.

Carolina: Yo a veces empleo los mapas conceptuales, pero para explicar en clase.

Francisco: A mí me parecen útiles para dar cuenta de un texto. Aunque creo que la mayoría de mis alumnos prefieren hacer mapas de ideas en los que distinguen y relacionan las partes de la lectura.

Carolina: Sí, esa es una de las técnicas para aprender a aprender.

Francisco: Te decía que les pido ese esquema de la lectura y los ponemos en “galería”. Enseguida vamos pasando por cada uno de esos “cuadros” apreciando coincidencias, recurrencias, aspectos semejantes o detectando diferencias. Analizamos las presencias o las omisiones más notorias. Terminado este momento, en plenaria busco que todos entiendan la relación entre las partes y el todo. Que no caigan en el error de sacar conclusiones apresuradas de la lectura por haberse quedado observando únicamente un pedazo; que puedan tener una mirada amplia para apreciar la totalidad del texto. Mejor dicho, que descubran cómo es la lógica interna del texto; que observen cómo hay un engranaje oculto que soporta las piezas.

Carolina: ¿Y todos lo logran?

Francisco: Unos más que otros, eso es lo frecuente. Sin embargo, aquellos que no se habían percatado de algo, al verlo repetido en sus compañeros, tienden a irlo incorporando en sus cabezas. Otros, tienen comprensiones que antes no habían hecho.

Carolina: ¿Todas esas estrategias han sido fruto de tu larga experiencia como maestro?

Francisco: En parte sí y en parte no…

Carolina: ¿Cómo así?

Francisco: Lo que pasa es que tuve la oportunidad de asistir a un curso intensivo sobre lectura crítica, y allí nos dieron varias de estas pistas…

Carolina: ¿Y eso cuándo fue?

Francisco: A finales del año pasado. Fue un curso organizado por el equipo de Formación docente de la Secretaría de educación.

Carolina: Ah, ya recuerdo. Lo que pasa es que yo no pude asistir porque justo en esa semana estuve muy enferma con una de esas gripas que lo tiran a uno a la cama.

Francisco: Pues te perdiste de un curso interesantísimo. Allí estuvimos varios del colegio y fue muy alentador encontrarnos con estrategias didácticas útiles para incentivar, mejorar y cualificar los procesos de lectura crítica en nuestras aulas.

Carolina: Lástima. Pero, cuéntame otras cosas de ese curso en los pocos minutos que nos quedan de descanso.

Francisco: Hubo otros asuntos que me llamaron la atención. Uno que ya venía haciendo, pero que ahora entendí mejor sus beneficios. Se trata de siempre combinar la lectura con la escritura. El de pedirles a los estudiantes a la par de la lectura una reseña, un comentario, una opinión sobre lo que leyeron. Pero no largos textos, sino escrituras cortas. Y aprendí una técnica que no conocía: el contrapunto.

Carolina: ¿Pero eso no es como para profesores de música?

Francisco: No. Contrapuntear en el sentido de replicar, de responder a lo que se ha leído.

Carolina: Explícame un poquito más…

Francisco: La idea es, según le entendí al conferencista, que cada estudiante elija una idea fuerza o un párrafo que le haya llamado fuertemente la atención por cualquier motivo y a ese pedazo le haga el contrapunto. El contrapunto puede hacerse empleando diferentes técnicas: ampliando lo que allí se dice, minimizando los alcances del texto elegido, contrastando, derivando o transponiendo la información a un contexto diferente al referenciado. Lo central de esta técnica de lectura crítica es poner la voz del texto en concierto con la propia voz del estudiante. Que se atreva a debatir con los textos que lee, que opine algo en favor o en contra, que replique, que contraste, que no sea un pasivo usuario de la información.

Carolina: ¡Que novedosa esa propuesta!

Francisco: Y el conferencista dijo también que el contrapunto era una buena estrategia para combatir el “copy paste”, tan habitual hoy en nuestros estudiantes.

Carolina: Pero, para una inexperta en el tema como yo, ¿en qué consiste la lectura crítica?

Francisco: Es una manera de leer en la que el texto siempre hay que leerlo con sus contextos.

Carolina: ¿Es decir…?

Francisco: Un texto hay que ponerlo a conversar con la época, con el autor, con otros textos… No es únicamente una lectura literal.

Carolina: ¿Y qué más?

Francisco: Es una lectura que lleva a establecer relaciones, a tender puentes, a ver la parte con el todo, a mirar el texto como lo que en verdad es: un tejido. A encontrar cosas que están debajo de lo evidente, a sacar a la luz lo que está latente o disimulado.

Carolina: Ya entiendo.

Francisco: Es una lectura que obliga al lector a estar alerta, a no ser pasivo ni sumiso ante lo que lee. El lector crítico interroga, le hace muchas preguntas al texto. Ve sus fisuras, sus intersticios, sus entrelíneas. Es un experto en hacer inferencias…

Carolina: ¿En sacar conclusiones e implicaciones de lo que lee?

Francisco: Sí. Alguien que usa la deducción y la inducción para formular hipótesis plausibles, para elaborar presunciones a partir de datos aparentemente marginales o secundarios.

Carolina: ¿Y cuál es la finalidad de leer así?

Francisco: Aprender a ser sujetos críticos, a no tragar entero, a sospechar, a poner entre paréntesis, a no ser ingenuos. Si mal no recuerdo el conferencista habló de eso: de que la lectura crítica contribuía a adquirir una mirada perspicaz para no dejarse engatusar de los mensajes que a diario circulan por los medios de comunicación.

Carolina: Ah, o sea que la lectura crítica no es únicamente de textos escritos…

Francisco: Efectivamente. Se hace lectura crítica de los medios masivos, de la publicidad, de las prácticas sociales, de la moda, del consumo. Un lector crítico es como un vigía de la cultura, un lector que puede entrever formas de manipulación.

Carolina: Eso me recuerda las ideas de Paulo Freire.

Francisco: Sí. Tiene mucho que ver con los planteamientos de él. Por eso formar lectores críticos es, de alguna manera, formar ciudadanos aptos para deliberar, argumentar, defender sus derechos, tener una postura política, en el sentido de sentirse parte de una sociedad.

Carolina: Insisto, Pachito, que eso te funciona muy bien con el área de español, ¿pero a las otras áreas será que les opera?

Francisco: Yo creo que sí. Enseñar a leer críticamente es una tarea de todas las áreas. Eso depende de la manera como enfoquemos didácticamente nuestras asignaturas. Si enseñamos a los alumnos y alumnas a problematizar, a cuestionar, a mirar el envés de las cosas; si hacemos realidad la fuerza de la pregunta en los procesos de enseñanza, si eso hacemos, muy seguramente todas las áreas estarán favoreciendo la lectura crítica.

Carolina: Visto así, cada maestro puede contribuir a formar en este modo de leer.

Francisco: Además, si nuestras clases favorecen el debate, el panel, el foro, entonces nuestros estudiantes irán fortaleciendo las habilidades de sospechar, de no creerse todo lo que les dicen o ser tan ingenuos como para quedarse en la superficie de los mensajes. Y mi querida Carolina, de cara al mundo globalizado que nos tocó en suerte, hay que enseñar a digerir, a rumiar la información que consumimos.

Carolina: Mejor dicho, a ejercitar las neuronas.

Francisco: Así parece. Un lector crítico reflexiona, medita, examina las cosas más de una vez. Por eso es tan importante la relectura. Ese fue otro punto en el que insistió el conferencista: si no se relee no se pueden detectar los motivos recurrentes o ligar las pistas que están diseminadas a lo largo del texto.

Carolina: Como decía mi mamá, pura suspicacia…

Francisco: Sí. Un lector crítico debe hacer conjeturas, desconfiar, tener un espíritu escéptico, ser inquieto  intelectualmente. Recelar de lo dado por hecho o que parece incuestionable.

Carolina: No veo tan fácil esa tarea con estas nuevas generaciones que son fácilmente seducidas por la moda y el consumismo.

Francisco: Ahí está el reto de los maestros… Esa es una de nuestras labores más importantes hoy en las aulas: enseñarles a usar la sagacidad contra la tontería, convertirlos en detectives de la información circulante. Ayudarles a que aprendan a valorar, a sopesar las opiniones de la gente y de lo que ven en la televisión o bajan de internet. Que analicen, que desarrollen en suma su capacidad de juicio.

Carolina: Pachito, me tienes que seguir contando. Te dejo. Tengo clase con 10 A y no quiero llegar tarde.

Francisco: Listo. Cuando tengas un tiempo te presto mis apuntes y te facilito un material que nos dieron en el curso.

Carolina: Gracias. Me interesa. Si te parece nos encontramos a la hora del almuerzo, en la cafetería.

Francisco: De acuerdo. Más tardecito nos vemos… Y ojalá tengas suerte con tus estudiantes para conjurarles la peste macondiana de la apatía.

Carolina: Que así sea…

Un diálogo sobre didáctica de la literatura

20 lunes May 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario, LECTURA, OFICIO DOCENTE

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Didáctica de la escritura, Escritores expertos, Posgrados en literatura

Grupo de investigación UTP

Grupo de investigación en Literatura Latinoamericana y enseñanza de la literatura, Universidad Tecnológica de Pereira.

En mi pasada visita a la Universidad Tecnológica de Pereira, invitado por la Facultad de Bellas Artes y humanidades y los Posgrados en literatura, tuve la oportunidad de impartir una conferencia sobre la “Didáctica de la escritura, según los escritores expertos”. Fruto de esa charla, al final les propuse a los asistentes escribir algunas preguntas derivadas o motivadas por mi disertación. Varias de ellas las respondí presencialmente y otras son las que ahora trato de contestar aquí. Sirvan estas respuestas, entonces, como una forma de continuar el diálogo con los estudiantes y profesores de la Maestría en literatura, de la Maestría en estudios culturales y narrativas contemporáneas, del Diplomado en didáctica de la lectura y la escritura y del Grupo de investigación en literatura latinoamericana y enseñanza de la literatura, liderado por Juan Manuel Ramírez y dinamizado académicamente por Fabián Andrés Cuéllar.

¿Cómo hacer que los niños amen la lectura? (Lina María Gómez Ángel).

Como tantas cosas en la docencia, lo más importantes es mover, conmover a los más pequeños. Digamos que el maestro debe mostrarse, antes que nada, como un animador a la lectura: elegir bien los textos, ponerlos en escena, entonarlos, darles vida frente a los ojos de sus estudiantes. Al maestro le corresponde crear esa fascinación o dotarlos de magia. La lectura oral es esencial para este propósito. Pero, insisto: una lectura con dramatización en la voz, con pausas y silencios, con cambios en la modulación, con énfasis estratégicos. Considero que el libro álbum es un excelente recurso para que los niños y niñas empiecen a amar la lectura. La combinación entre la imagen y el texto, los contrapuntos y el doble mensaje, contribuyen a que un corto relato o una anécdota sencilla se conviertan en una secuencia maravillosa. Es decir, hay que combinar el ritmo de la palabra entonada con los múltiples recursos de las imágenes: el color, la textura, las formas, el tamaño, la perspectiva… todo ello hace que los más pequeños vayan adentrándose en un universo que les ofrecerá aventuras inesperadas.

¿Cómo puedo llegar a sorprender y/o ser escuchado, atendido, ayudándome de autores literarios, siendo en mi profesión administrador de organizaciones? (Gerson Alexander Aguirre Trujillo).

Creo que lo primero es empezar a buscar esos textos o esas obras literarias que tienen como motivo aspectos relacionados con el campo profesional de tu interés. Te sugiero revisar el cuento, la novela corta, la fábula, el apólogo, el poema… Pienso, por ejemplo, en los textos de Kafka que son una buena lectura crítica al trabajo rutinario, a la burocratización, al anonimato de los procesos administrativos. Se me ocurre ahora también el cuento Bartleby, el escribiente, de Herman Melville: una irónica alegoría al trabajo repetitivo de las oficinas, o pienso en Ramón Villaamil, el funcionario desgraciado de la novela Miau, de Benito Pérez Galdós, o en la obra de teatro La muerte de un viajante de Arthur Miller, en la que puede evidenciarse la tensión entre la ética y el beneficio económico… Hay compilaciones de fábulas, cuentos y apólogos –retomadas en gran parte de la literatura oriental– que pueden ser de gran utilidad para analizar el liderazgo, los procesos de cambio, el trabajo en equipo (por ejemplo, El círculo de los mentirosos de Jean-Claude Carrière). En este mismo blog puedes encontrar algunas de mis propuestas al respecto, usando como mediación la fábula. Sobra decir que en esas obras y otras tantas, la literatura sirve de reflejo, de crítica, de mirada comprensiva, de bisturí inclemente; lo que sigue es el trabajo del docente para provocar con esos textos literarios la reflexión, invitar al análisis social de un oficio  o ver los riesgos morales de una profesión.

¿De qué manera puedo encontrar un género literario que me apasione? (Alejandro Cortés Osorno).

Es necesario explorar, hacer varios intentos, descubrir en cuál de esos géneros te sientes más cómodo para expresarte, o en cuál de ellos encuentras el mejor camino para traducir tus emociones, tus pensamientos, tus ideas. Desde luego, hay que ir leyendo diversos modos de manifestarse la literatura. Empieza por el cuento, sigue con la poesía, adéntrate en el ensayo, revisa la fábula, el drama, la novela… No te contentes con beber de una sola fuente; sacia tu curiosidad en varias de ellas hasta que percibas una o dos que sean más afines con tu sensibilidad. Emborrona, haz muchos intentos, lleva un diario, ten a la mano una libreta de notas, experimenta, deja que fluya tu interioridad. Te recomiendo mirar mi libro Escritores en su tinta en donde hay bastantes testimonios o ejemplos sobre eso de “encontrar la propia voz” o averiguar cuál es el mejor género para empezar a escribir.

¿Qué se desnuda cuando se escribe: el alma o el cerebro?, ¿por qué es tan difícil escribir? (Lina Marcela Alvarado Vélez).

Escribir es difícil por muchos motivos. Pero hay dos que me parecen los más evidentes: el primero es, por supuesto, la falta de conocimiento y dominio de una técnica como la escritura. No siempre se cuenta con un acervo de recursos, trucos, habilidades o formas que faciliten poner en palabras una emoción o una idea. El saber y el componer con palabras un texto es ya, de por sí, una dificultad. En algunas ocasiones tenemos mucho que decir pero somos torpes o inexpertos en el dominio de esa técnica. El segundo motivo proviene de otro lugar: a veces es difícil escribir porque hay demasiado miedo a que otros vean o sepan de nuestra íntima personalidad, a volver los vericuetos de nuestra interioridad un evento público. Tememos ser censurados o criticados, malinterpretados o señalados por otros. Porque al escribir no solo desnudamos nuestra alma, sino, de igual modo, nuestros pensamientos. Esos dos obstáculos requieren superarse de manera diferente: para el primero hay que estudiar, hacer “lecturas de relojero”, para mirar con detalle cómo otros han forjado o construido un mundo con palabras; el segundo, requiere de cierto valor para atreverse a comunicar una emoción que nos atenaza el corazón, una angustia que paralizar nuestro ser. Sin ese vigor interior, sin esa sinceridad que tanto recomendaba Nietzsche, será difícil vencer el miedo a escribir.

¿Cómo sembrar en los estudiantes el hábito de escribirse y tomar conciencia de sí? (Aída Marina Jiménez Rivera).

Las respuestas son múltiples. Me atrevo a señalar unas cuantas. Empezaría por recomendarte que no te centres demasiado en la corrección idiomática o la censura a los errores de redacción. Al menos, no al inicio. Considero que las llamadas escrituras expresivas o aquellas otras más cercanas a la biografía de los estudiantes, rinden más beneficios que las consideradas académicas (demos, por caso, una reseña o un informe). Que los estudiantes encuentren los medios más idóneos para decir su mundo, sus emociones, es una buena manera de motivarlos. Puede que la elaboración de la letra de una canción sirva de puente; puede que la elaboración del “diccionario autobiográfico” de esos jóvenes sea una actividad más llena de sentido que copiar en el cuaderno un vocabulario retomado de un libro de texto. De igual modo, pienso que invitarlos a leer novelas cortas, de esas consideradas “de formación”, o textos en los que se mencione la importancia de escribir contribuye a romper la desidia o el desinterés por la escritura. He usado el “Cuaderno del escucha”, que es una especie de diario en que los jóvenes van registrando aquellas cosas que oyen en su vida cotidiana o familiar y que, por una u otra razón, las consideran interesantes. He obtenido mediante este recurso muy buenos resultados. También me he valido de las diversas formas de la autobiografía: la musical, la del relato derivado de las fotografías (puedes mirar en este mismo blog, la sección “Autobiografía”), el perfil, la etopeya… En todo caso, esas estrategias no las he utilizado para ejemplificar un aspecto de la gramática o para evaluarlos. Si de veras deseas crear el hábito de escribir en tus estudiantes lo fundamental es que ellos se descubran, se problematicen; que al escribirse, den testimonio de sus angustias, sus experiencias, sus sueños, sus miedos.

¿Cómo podemos hacer un buen diagnóstico para saber desde dónde empezar a mejorar las habilidades de la escritura? (Lourdes Angélica Palacios Bermúdez).

Basta pedirles un pequeño texto o que traigan a clase uno de los hechos para cualquier clase. A partir de ese escrito se puede conocer dónde están los mayores problemas: en la sintaxis, en la puntuación, en la competencia lexical, en el uso de conectores, en la cohesión y la coherencia. Lo fundamental es ver esas fallas recurrentes, esas carencias repetitivas. Otra alternativa es solicitarles a tus alumnos que traigan a clase, para compartir con sus compañeros, cosas que hayan escrito, bien sea cuentos, poesía, relatos, reflexiones. Oyendo esos testimonios se puede obtener también un diagnóstico de lo que debe mejorarse. A veces resulta útil emplear encuestas, en las que se les pide a los estudiantes su opinión sobre sus debilidades al escribir. Este cuestionario ayuda a delinear un campo de trabajo docente o, al menos, a fijar cuáles deben ser las prioridades en una agenda didáctica. Sea como fuere, no sobra recordar que los problemas de la escritura son particulares, por eso hay que hacer ese diagnóstico, y ya en el trabajo tutorial con cada estudiante, se irán reconociendo otras falencias que merecen una ruta de mejora específica.

¿Cómo acostumbrar el cuerpo a escribir? (Diego Alejandro Olarte Quintero).

Aunque parezca un asunto menor, este es de los mayores escollos para escribir. Por el amodorramiento, por la pereza o la falta de disciplina, no se empieza o concluye un proyecto de escritura. Se escribe con el cuerpo y, al depender de él, hay que entrenarlo. Lo recomendable es empezar poco a poco, sin forzarlo, haciendo pequeños ejercicios de escritura. Lo mejor es llevar un diario, o tener a la mano una agenda de notas en la que  redactemos  pequeñas instantáneas  de nuestras reflexiones o  de lo que observamos en la vida diaria. Si ya se cuenta con ese hábito, y hay que desarrollar una vigorosa voluntad para que no todo acabe en buenas pero fallidas intenciones, ya se podrá pensar en escritos de mayor extensión, al menos alcanzar la meta de una página. Esa puede ser una vía. Otro camino es transcribir párrafos o segmentos de algún autor o libro que nos ha parecido interesante. La copia de esos textos ayuda al cuerpo a habituarse a tener una relación con la escritura, a sentirla cercana, a percibir su ritmo y su consistencia de palabras. También puede servir elegir una cita, un aforismo, una frase memorable y hacerle una glosa o un comentario. Contrapuntear la escritura de otros, además de retador, contribuye a que el cuerpo aprenda a foguearse en las lides de la escritura. No sobra repetir el consejo de muchos escritores expertos: lo esencial es adquirir el ejercicio cotidiano con la palabra escrita, para fortalecer las “conexiones” del pensamiento y evitar que se “encalambre” la mano o se “canse” en los primeros párrafos. 

¿Cómo decidirme entre ser crítico literario o maestro? (Santiago Largo).

Si bien son oficios diferentes, es posible combinarlos. Gran parte de los críticos literarios son maestros. El trabajo del crítico, del analista, del estudioso de la literatura, enriquece y revitaliza la enseñanza de la literatura. Eso es lo deseable, para que la docencia no sea una labor repetitiva y anquilosada, sino la puesta en escena de lo que se ha investigado. Pero entiendo que tu pregunta señala una duda sobre el futuro profesional. En ese caso, lo mejor es que mires tus aptitudes, que sopeses tus talentos y cómo son tus emociones en uno u otro escenario. La labor del crítico, si se la mira desde una perspectiva de la mera producción, es más solitaria, más de estudio concienzudo y pesquisas de largo aliento. El crítico es, por excelencia, un gran lector y tiene como objetivo publicar eso mismo que investiga. El maestro, aunque no sea tan especializado como el crítico literario, lo que mayormente le interesa es compartir sus conocimientos con otros. Su labor es de motivación y animación de un área del conocimiento, como es el español o la literatura. El quehacer del maestro requiere paciencia, dedicación, sensibilidad social y altas habilidades comunicativas o de interacción. Desde luego, el maestro también hace con sus alumnos una forma de crítica literaria, quizá no tan sistemática o densa, pero, al igual que su colega, intenta desentrañar los sentidos y los significados de las obras. Como se ve, son dos posibilidades laborales que tienen muchos lazos en común, más que diferencias irreconciliables. Aunque hablando del futuro, lo mejor es explorar dónde te sientes más a gusto o cuál de ellas te produce mayor felicidad.

¿Qué es la emoción de escribir? (Abelardo Gómez).

Para los que vivimos esa experiencia, la emoción de escribir es antes que nada una sensación de libertad. Te sientes sin lastres de ninguna índole, avanzas por los vericuetos de la página en blanco como si jugaras o no tuvieras límites para tu imaginación. Esa libertad te permite dejar fluir el mundo de tu interioridad y sorprenderte de lo que va saliendo de tus manos. Mas hay otra gran emoción derivada del acto de escribir: el apreciar cómo va tomando forma un texto, cómo adquiere una fisonomía que antes no era sino difusas ideas o un maremágnum de exaltaciones y entusiasmos. Qué gran emoción se siente cuando el acto de crear se vuelve cuento, poema, ensayo concluido. Y ni qué decir de la emoción de compartir eso mismo que se escribe; en hallar un cómplice, un lector, un alma gemela que pueda adivinar o imaginar el significado escondido o resguardado por unas palabras. Esa es la emoción suprema del escritor: recuperar desde otro ser lo que salió de su corazón, pero transformado en comentario, en subrayado, en glosa o línea recordada. Aunque no sobra decir que a veces esa emoción de escribir posee sus momentos angustiosos, sus tristezas, cuando lo que tenemos adentro no logra hallar la mejor vía para manifestarse, o cuando padecemos tiempos de sequedad, o cuando las mismas criaturas hechas por nuestras manos no logran satisfacernos. No obstante, esas intermitentes alteraciones negativas, hacen parte de la emoción de escribir. Son, por decirlo así, las peripecias propias de esos consagrados alquimistas obsesionados en descubrir el elixir mágico de la palabra escrita.

¿Cómo puedo enseñar poesía para interpretar las condiciones de esta vida, para llegar al alma y sensibilizar los corazones y los actos de mis estudiantes (Ángela María Suárez Londoño).

La poesía es una escuela de la sensibilidad y la sentimentalidad. Por medio de ella aprendemos otra forma de conocer y, al mismo tiempo, otra manera de aprender a vivir. La poesía pule nuestro instinto, da voz a lo que nos paraliza, ofrece un caudal de experiencia, vertido en imágenes, que sin lugar a dudas es genuina sabiduría. La poesía, de otro lado, hace maleable nuestro entendimiento, flexibiliza la dureza de nuestra racionalidad y, lo que es más importante, es un buen lenguaje para expresar y comprender las emociones propias y ajenas. Por todo ello es que vale la pena considerarla una prioridad en nuestra labor docente. Para ello, es fundamental elegir muy bien qué poemas son los que vamos a llevar a clase, cuáles los que deseamos que nuestros estudiantes aprendan de memoria, y qué libro de poemas amerita leerse de forma completa. Hay que buscar poemas que estén cerca a las necesidades vitales de nuestros alumnos; impulsar el comentario de esos poemas y vincularlos con el mundo de ellos. De igual manera, es necesario con la lectura de poemas en clase, ayudar a superar la superficialidad afectiva que circula en la sociedad de consumo. Es urgente conversar sobre la ambigüedad de los sentimientos y la no siempre grata vivencia de las pasiones. Te recomiendo leer mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, creo que en esta obra podrás encontrar un buen recurso para tus inquietudes. 

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