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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: OFICIO DOCENTE

Autoentrevista sobre «El quehacer docente»

25 viernes Oct 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Libros, OFICIO DOCENTE

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P: Para empezar, ¿de dónde nació El quehacer docente?

R: Surgió al igual que han nacido otros libros míos semejantes: de las propias necesidades de enseñar, del trabajo en el aula, del afán por ayudarles a mis estudiantes, de la reflexión sobre la propia práctica, de investigaciones cotidianas…

P: ¿Y si uno hace todo eso, es fácil llegar a publicar un libro como el suyo?

R: Lo fácil es tener una experiencia que sirva de motivo para los textos, lo difícil es tener el hábito y la persistencia para escribirlos.

P: ¿Y usted es disciplinado?

R: Sí, tengo la disciplina de escribir todos los días, en las mañanas, por lo menos tres o cuatro horas.

P: ¿Todos los días?, ¿Aún los festivos?

R: Todos los días. Ya es un hábito que se confunde con una pasión. Porque si no hay pasión al escribir todo queda en tareas o compromisos laborales. La pasión le quita a la disciplina su máscara de obligación asfixiante.

P: ¿Qué manía tiene al escribir?

R: Como todos los que tratamos de aprender a escribir, cargo conmigo una libreta de notas. Hago apuntes del natural, como los pintores, o esbozos de una idea, un cuento, una situación, un evento. Me considero un etnógrafo o un explorador de lo cotidiano.

P: Noto que buena parte de los textos de El quehacer docente están escritos a la manera de ensayos, ¿por qué?

R: El ensayo, como lo decía el maestro Alfonso reyes, es un centauro de los géneros y eso le da una flexibilidad especial, única. Es útil para hacer crítica, para analizar un problema o para, y eso sí que es importante, presentar una tesis personal, para hacer pública nuestra propia voz.

P: ¿Aunque noto que intercala otros géneros de escritura?

R: Sí, es algo que me ha interesado en éste y otros libros anteriores. El explorar en diversas mediaciones escriturales para interpelar a diversas audiencias: el contrapunto, el diálogo de herencia platónica, la crónica, el comentario, el guión, la carta, el aforismo…

P: ¿Hay algún texto de este libro por el cual sienta más afecto?

R: El mayor afecto siempre es por el texto que se está escribiendo en el momento. Pero en este libro voy a publicar un método personal de hacer análisis de contenido, un método que entre otras cosas ya lo han validado los estudiantes de la maestría en Docencia y otros estudiantes de posgrado.

P: ¿Por qué la imagen de la portada?

R: La idea que le confié al ojo creativo de Paola Rivera, la diseñadora de nuestra Universidad, fue la del espiral, de la evolución, un símbolo de la formación incesante, de lo que empieza como una pequeñez pero que tiene la posibilidad de expandirse hasta lo ilimitado… Porque en eso consiste el quehacer docente: en crear condiciones para que otro ser se desarrolle, para que ensanche o despliegue sus posibilidades y talentos…

P: ¿Tiene algún nuevo proyecto de escritura?

R: Desde luego que sí. Ya está en proceso de diseño un nuevo libro sobre el ser de la poesía y las particularidades del texto poético, se llama La palabra inesperada….

P: ¿Le gusta mucho la poesía?

R: Si uno quiere darle plasticidad a sus ideas lo mejor es frecuentar la palabra relacional de la poesía. El lenguaje poético hace que los conceptos se tornen plásticos y más plurales para el lector.

P: Y para terminar, ¿a quién está dedicado este libro?

R: Lo he dedicado a mis colegas de la Maestría en Docencia con quienes he compartido y discutido muchas de las ideas contenidas en la obra, y a mis alumnos, que son el motivo y el objetivo final de esta publicación. Mis estudiantes que constituyen la otra opción vital, el otro motivo por el que considero tiene sentido mi existencia.

La didáctica al primer plano

07 lunes Oct 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Ilustración de Christoph Niemann

Ilustración de Christoph Niemann

Buena parte del trabajo de nuestros maestros está marcado por el activismo. Las premuras del día a día, la rutina del dictar clase, la falta de una genuina interacción con pares académicos, etc., van minando la capacidad reflexiva del docente. Le van mermando esa actitud de distanciamiento frente a su propia práctica hasta el punto de hacerle perder de vista la intencionalidad formativa, el valor de su tarea frente al desarrollo humano y, especialmente, las competencias propias de su oficio de maestro.

Tal falta de reflexión sobre su hacer es el que ha llevado al educador a considerar las Didácticas como objetos instrumentales o como técnicas de poco alcance. Pero no es así. La puesta en escena de lo educativo, la práctica misma del enseñar, comporta un saber hacer específico que no sólo vincula al docente como tal sino al campo de conocimientos que él imparte. Por lo mismo, las didácticas necesitan aprenderse, perfeccionarse, ajustarse a nuestro tiempo, enriquecerse a partir de las experiencias de otros… Y ese saber hacer, todavía tan apegado a la oralidad del maestro, merece ser reconstruido. Necesita convertirse en escritura. Entre otras cosas, porque allí hay un elemento clave en la consolidación de la profesión docente.

La didáctica, en cuanto saber hacer, nos invita a enfrentarnos con dos tipos de tareas. De un lado a delinear maneras de enseñar particulares para las distintas ciencias o disciplinas; recordemos, de una vez, que las áreas no son únicamente un depósito de contenidos. Entonces, tenemos que desarrollar modos didácticos lo suficientemente vigorosos como para deslindar unas áreas de otras, y para diferenciar o poder distinguir la enseñanza propia de un ciclo de esa otra que se hace en un grado diferente. La segunda tarea es la que tiene que ver con perfilar un estilo docente, unos rasgos que permitan vislumbrar un tipo de escuela, en el sentido más original del término; digamos para no ir más lejos, que la calidad de la enseñanza de alguna asignatura no puede depender del capricho del educador, o del grupo que le correspondió al estudiante. Toda institución educativa debe ser responsable de la manera como enseñan sus maestros. Y este aspecto debería estar explícito en los Proyectos educativos institucionales.

Por todo lo dicho, es urgente reflexionar sobre el cómo estamos haciendo educación. Desde la manera como planeamos una asignatura hasta el tipo de evaluación que realizamos; cómo manejamos la proxémica y la kinésica en el aula; cómo vinculamos las ayudas en cuanto mediaciones para el aprendizaje; cómo usamos nuestra palabra y qué herramientas de argumentación consideramos válidas… Esta preocupación por la didáctica se presenta hoy jalonada además por la urgencia de desarrollar competencias en nuestros estudiantes, por darle sentido formativo a nuestro trabajo de aula, por otorgarle a nuestras acciones cotidianas un faro de intencionalidad que nos permita salir de la improvisación y el espontaneismo docente.

Darle vuelo al pensar

30 lunes Sep 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos, OFICIO DOCENTE

≈ 6 comentarios

Ilustración de Selcuk Demirel

Ilustración de Selçuk Demirel.

A propósito del ejercicio que les propuse a mis estudiantes de posgrado de elaborar aforismos relacionados con el ser del estudiante, y dada la dificultad de muchos de ellos para lograr un producto de calidad, he vuelto a reflexionar sobre “el pensar” y sobre algunas estrategias que pueden servir de ayuda para movilizar y lubricar la maquinaria de nuestras ideas.

Lo primero que se me ocurre es que, desde una mirada retrospectiva, ha sido poco o nulo el papel de la escuela básica y secundaria en esto de enseñarnos a pensar. Los modelos de educación han reforzado una forma de aprender en la que no necesariamente se necesita desarrollar las operaciones del pensar. Y cuando algún maestro ha realizado actividades en clase sobre aprender a relacionar, sintetizar, resumir, inferir, deducir, clasificar o codificar, estos ejercicios, la mayoría de las veces, han quedado como asuntos aislados o desvertebrados de una intencionalidad formativa curricular o alejados de un proyecto educativo sólido y consistente.

Creo, por lo demás, que al haber preferido una educación centrada en los contenidos hizo que las prácticas de enseñanza y de evaluación relegaran a un segundo plano el valor de la pregunta, la resolución de problemas, los procesos metacognitivos y el rigor en el análisis. Los contenidos asumidos sin espíritu crítico, las tareas realizadas por el mero cumplimiento, las actividades de recopilación en las que basta compilar información,  la ausencia de la mediación escritural argumentada, entre otras cosas, nos muestran que no contamos o no tuvimos una educación problematizadora en la que nuestro pensar se viera obligado a actuar permanentemente y poner en escena todos sus recursos y sutilezas.

Desde luego, y quizá esta sea la razón de base, es que tanto profesores como estudiantes suponen que pensar es algo que ya viene con nuestra naturaleza y que, por lo mismo, no necesita de mayor enseñanza. Tal vez confundimos las posibilidades de nuestro aparato cognitivo con el conocimiento y desarrollo de las operaciones que él mismo puede crear.  Dicha naturalización del pensar nos torna desatentos y conformes con las mínimas destrezas o habilidades de nuestro cerebro, por no decir, con el potencial de nuestra inteligencia. También es posible que los diversos miembros del sector educativo nos hayamos fiado demasiado de las evidencias de la empiria, de la costumbre que hace ley, pero que de igual modo fosiliza o va secando el movimiento y el vigor de nuestras neuronas. O a lo mejor, la misma época que vivimos de “hacer todo fácil”, de “no complicarse”,  esta cultura “light”, haya ido extendiendo sus dominios hasta el punto de inmovilizar nuestro deseo por el descubrimiento, la innovación y la creatividad.  Aquí cabría decir, de una vez, que pensar implica no sólo ciertas actitudes o disposiciones de la persona sino, y esto es en lo que voy a insistir más adelante, en conocer determinadas operaciones y ejercitarse en ellas hasta el punto de interiorizarlas para que sean un órgano más o un instrumento mental tan potente como una herramienta sofisticada o un artefacto de alta tecnología.

Cabe decir otra cosa: el pensar parece haber sido el objeto de trabajo de los filósofos. Las otras profesiones y más cuando son altamente pragmáticas, huyen o se distancian de esa disciplina. En épocas pasadas, la filosofía hacía parte del pensum propio de las humanidades y con ella venían una serie de temas como la lógica, la dialéctica, el análisis. A medida que las técnicas y las tecnologías se fueron alejando de la formación humanista, en esa misma proporción, el contacto o la relación con aquella disciplina preocupada por enseñarnos a pensar se fracturó o terminó en un distanciamiento definitivo. Basta observar cómo en la elección o no de una profesión sigue teniendo mucho que ver si en el plan de estudios se obliga a cursar materias filosóficas. Para decirlo de otra forma, las nuevas generaciones –aunque no sólo las de esta época– han huido de aquellas asignaturas en las que tengan que enfrentarse con el pensar.

Pero con el fin de cumplir el propósito de ofrecer algunas estrategias para pensar, bien podemos cerrar estas primeras reflexiones y enfocar la segunda parte de nuestro escrito a dicha meta.

1. Pensar implica meditar. La rumia, el “llevar en la mente una idea”, el dejarse “habitar” por un cuestionamiento… todas esas acciones son indispensables si en verdad queremos que nuestro pensamiento se robustezca o tenga buena salud. Meditar es poner a nuestro pensamiento en una tarea de “masticación”, de triturado o destilación continua. Aquí cabría decir, que el que piensa “no traga entero”, no se conforma con lo inmediato, no acaba sus búsquedas con lo que encuentra más a la mano. El que medita pone a su pensar en movimiento, lo obliga a cargar durante el día o en la noche, una idea, un pensamiento. El que medita se ocupa en pensar.

2. Pensar presupone el curiosear. Al pensamiento hay que estimularlo, hay que aguijonearlo a cada rato para que no se amodorre, para que no se adormezca como si fuera un animal cansado. Entonces, no hay como la actitud curiosa, el ansia por conocer, el apetito de desentrañar enigmas. Si la curiosidad está viva, el pensar revive y se remoza. Valga la pena decir que la curiosidad demanda cierta actitud investigativa de base, un ánimo cercano a percibir el universo o la vida como algo inédito o recién creado. El curioso anda lleno de preguntas y el preguntar es una forma de darle cuerda al pensar, de exigirle al pensamiento variar o modificar las respuestas predeterminadas para ciertos estímulos. Curiosear es observar a través de muchas ventanas, tener más de un mirador, conseguir datos ocultos, hablar con la gente, recorrer muchas calles, llevar una libreta de notas.

3. Pensar demanda escribir. Al ser la escritura una tecnología de la mente, en ese mismo sentido el escribir contribuye poderosamente a pensar. En ciertos casos, el escribir ayuda a tener una radiografía de nuestro pensamiento, para ver sus fisuras o su consistencia; en otros, el escribir mismo es el mejor vehículo para decir nuestro pensar. Hay una relación muy interesante entre pensar y escribir; las dos acciones se retroalimentan, se confrontan, se contrastan. Si se tiene el hábito de escribir el pensar cuenta con una terreno fértil para empollar sus pensamientos; si se escribe y se reescribe, el pensar descubre que su verdadero ser no está en la periferia de la escritura (en el primer borrador) sino que aparece o emerge en la medida en que se ahonda en sus capas más profundas (en la segunda o tercera versión). Aunque suene redundante: el escribir hace que el pensamiento tenga un caldo de cultivo propicio para sus recientes criaturas.

4. Pensar exige concentrar la atención. Si estamos atentos, si focalizamos nuestra percepción, si no nos distraemos con facilidad, muy seguramente nuestro pensar alcance mayores resultados. Si fijamos nuestra atención en un punto, en una cuestión, si aumentamos el “zoom” de nuestro interés, el pensar se robustece, saca a relucir sus mejores galas. Este punto es clave en nuestro tiempo, porque la invasión de los medios de comunicación masiva, el abuso e intromisión de las nuevas tecnologías, el ojo omnisciente de la televisión, el ruido apabullante de la vida cotidiana, todo esto obstaculiza o pone en constante desequilibrio la atención. Nos vamos por las ramas, perdemos lo esencial, andamos a tientas ocupados y preocupados por el estímulo del momento, por la novedad que saca sus lentejuelas con luces deslumbrantes. El pensar, sin atención, tiene una constitución raquítica o endeble. La desatención, la pérdida de una diana capaz de imantar o afinar un centro, pone al pensamiento en un deambular sin norte, en una superficialidad que no le permite ahondar, profundizar, ir a las esencias o los fundamentos. La atención enfilada hace que el pensar sea un proyectil eficaz, una flecha con un objetivo determinado.

5. Pensar conlleva a cualificar los sentidos.  Los poetas y los artistas, en general, sí que han insistido en esto de “exacerbar” lo sentidos, en la disposición consciente para dejarse tocar o llevar al límite las posibilidades del ver, del escuchar, del sentir, del saborear… No sobra  recordar que el pensar opera por sinestesias; o para decirlo mejor, se  fortifica cuando lo alimentamos con las correspondencias que puede haber entre los diversos sentidos. La cualificación de la sensibilidad, ese desplazamiento del ver hacia el mirar, del oír al escuchar, del tocar al sentir… toda esa nueva corporeidad que de allí nace incide o afecta el tipo de pensar que tenemos. Entre mejor educamos los sentidos así también mejoramos los modos y las maneras de ser de nuestro pensamiento. Los sentidos dotan al pensar de emocionalidad y sentimentalidad; hacen que el pensar se apasione, o que logremos un pensar apasionado. Esta cualificación de los sentidos nos pone en la tarea cotidiana de experimentar, explorar, aventurarse, y también de reconocernos, estimularnos, prepararnos para captar de la mejor manera los lancetazos o los impactos de la realidad. El pensar, cuando adquiere ese tipo de piel, es más permeable, más perspicaz, más sensible a las particularidades de la condición humana.

6. Pensar invita a jugar con el lenguaje.  La fascinación por las palabras, las combinaciones posibles entre ellas, la variación que posibilita los cambios de sentido, todo ello, contribuye a que el pensar se vuelva más plástico, más flexible. Las denominadas figuras del lenguaje son, en sí mismas, potentes dispositivos para que el pensar se torne más dúctil y logre asumir diferentes formas bien de carácter conceptual o poético. Sobra decir que este gusto por las potencias significativas del lenguaje, además de ofrecerle al pensamiento un repertorio lúdico, le permiten desarrollar sus calidades creativas. Si la materialidad del lenguaje ocupa nuestro interés más cerca estaremos de tocar los terrenos de la invención, y más fácil brotará el apunte ingenioso o la ironía, cuando no el humor o el comentario urticante. Siempre es bueno recordar que pensamiento y lenguaje son vasos comunicantes; que no se da el avance de uno sin el desarrollo del otro. Entonces, cuanto más manipulemos las palabras, la materia lingüística, más conexiones y relaciones estableceremos para que deambule o corra a sus anchas nuestra mente.

Sobre el estudiante

18 miércoles Sep 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos, OFICIO DOCENTE

≈ 43 comentarios

Sea en un espacio educativo o de carácter informal, si hay interés y motivación por aprender, será fácil que emerja el ser del estudiante.

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El gran conflicto del estudiante es éste: creer que su deseo por estudiar es proporcional a los logros de su aprendizaje.

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Algunos estudiantes se sienten motivados hasta cuando descubren que el aprendizaje les exige renuncias y responsabilidades.

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Los malos estudiantes esperan que sus maestros hagan lo que ellos deberían hacer por obligación o compromiso.

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Lo que el estudiante reclama de la suerte debería confiárselo a la diligencia.

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La deserción es el gran abismo para las aspiraciones del estudiante. Al retirarse, lo que era inicio de un vuelo se torna en caída plena.

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El estudiante despreocupado y perezoso goza al entrar a la universidad; después de ingresar, padece cada día para lograr permanecer en ella.

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El aprendizaje tiene para el estudiante las particularidades de los oasis: parecen cercanos y fáciles de llegar pero están lejanos y exigen buscarlos por días en el desierto.

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A pesar de que el estudiante piense que su oponente es el maestro, debería reconocer que su genuino antagonista es el aprendizaje.

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Son las dificultades al momento de aprender las que miden el verdadero o falso interés del estudiante.

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El estudiante que espera la motivación externa provocada por el profesor, olvida que el maestro anhela esa motivación pero emanada de las entrañas del interesado por aprender.

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Hay aprendizajes que parecen montañas; otros, extensas llanuras; y algunos más, insondables mares. En consecuencia, el estudiante debería saber que cada uno de ellos demanda un espíritu diferente: la atención del escalador, la constancia del caminante, la resistencia del submarinista.

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Los estudiantes que confunden asistir con aprender son los mismos que se sorprenden o desaniman de sus bajos resultados académicos.

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La voluntad por aprender hace que el interés inicial del estudiante se convierta en auténtico fervor. Sin voluntad, todo empeño será frágil y sin posibilidades de crecimiento. 

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El estudiante, según lo pensaba Ortega y Gasset, es un ser a quien le es impuesta la necesidad de aprender. Sin embargo, en ello radica su mayor desafío: en interesarse por lo que a primera vista no le interesa.

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De todas las virtudes del estudiante una de las más importantes es la dedicación. Gracias a ella el esfuerzo logra sus metas y el tiempo se convierte en un aliado más que un obstáculo.

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Hay estudiantes que ya no necesitan ni de escuelas ni de maestros. A esos, podemos llamarlos profesionales del aprendizaje.

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El maestro puede ser para el estudiante muchas cosas: una piedra de toque, un acicate, un enigma por resolver, un escalón, una inédita pregunta… Ya dependerá del estudiante saber convertir esas cosas en una ayuda o en un obstáculo.

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Si como enseña la etimología, estudiar significa en su origen “estar empujado hacia adelante”; entonces, el estudiante necesita en algún momento de alguien que le propicie dicho impulso.

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El estudiante cree que sus errores al aprender son un impedimento para avanzar cuando en verdad son oportunidades de mejora.

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La mayoría de edad de un estudiante empieza con su autonomía al momento de aprender.

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Los útiles recomendados por el maestro, que parecen accesorios a los ojos  del estudiante, son instrumentos de alta precisión para el aprendizaje.

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Para mantener un buen estado físico en las pruebas del aprendizaje el estudiante debe hacer diariamente ejercicios de repaso.

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Además de las tareas académicas y los compromisos de cumplir con normas y rituales, la época de estudiante de colegio es una de las más felices de nuestra vida. La razón: estamos exentos de atender a otras responsabilidades distintas a las derivadas del estudio.

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Si el deseo de aprender es genuino la condición de estudiante es un estado de permanente asombro y proliferación de descubrimientos.

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El estudiante novato supone que aprender es fácil e inmediato; el estudiante experto sabe que sin esfuerzo y tiempo no es posible comprender o tener una idea clara sobre determinado asunto.

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La motivación que es llama, necesita de la persistencia del estudiante para convertirse en un constante ardor.

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Las trampas que hace el estudiante mientras aprende no son engaños al maestro sino celadas para su propio futuro.

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Los estudiantes haraganes andan siempre inventando disculpas y urdiendo marrullerías. Los gandules son adalides de la trampa y la inmoralidad.

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Existen personas para las cuales resulta innecesario ser estudiante. Confían en la mera experiencia. Sin embargo, aún para aprender las cosas prácticas se requiere interés, curiosidad y dedicación.

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Los peores estudiantes, los más problemáticos en clase, son aquellos que sufren de desdoblamiento. Es decir, son los que tienen el cuerpo en un lugar y su mente en otra parte.

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El estudiante mediocre se conforma con el saber ya hecho y definido; el sobresaliente, se esfuerza por relativizar o cuestionar aquel saber consolidado.

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El aprendizaje repetitivo y sin sentido que algunos estudiantes practican es, en su esencia, una forma de burla al saber.

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Hay estudiantes que no soportan la pasión y el empeño con que sus maestros les enseñan. Estos maestros son para ellos como un contraste amplificado de su desinterés y su apatía.

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Los estudiantes obsesionados únicamente por obtener altas calificaciones deberían reflexionar si ellas corresponden a un mayor grado de conocimiento. Entre otras cosas porque la inmediatez de la calificación no siempre le hace justicia a la mediatez del aprendizaje.

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Hacer amigos, compartir experiencias, conversar interminablemente, y otros eventos similares que parecen ser algo adicional a las tareas regulares del estudiante, en realidad son aprendizajes definitivos en su desarrollo personal.

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Si bien Ortega y Gasset decía que el estudiante trasegaba con “necesidades muertas”, no cabe duda de que los estudiantes aplicados son los que logran revivir aquella preocupación originaria por el saber.

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Cuando se es estudiante, a pesar de las observancias y los reglamentos de la institución escolar, existe cierto placer –muy cercano a la travesura– en no entrar a clase de vez en cuando y quedarse hablando con amigos y compañeros de curso. Este placer subraya el sentido primero de la escuela: tiempo libre.

Sobre el maestro (II)

07 miércoles Ago 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos, OFICIO DOCENTE

≈ 8 comentarios

El fracaso en el quehacer del maestro, a diferencia de otras profesiones, no es algo para ocultar o desconocer. Las fallas del proceder docente son los insumos para mejorar y perfeccionar su oficio.

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Sin planeación el maestro iría a la deriva en su labor; sin creatividad, no lograría sortear las eventualidades cotidianas. Los buenos docentes son los que siguen una carta de navegación a la vez que atienden lo imprevisible.

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Si enseñar es poner en signos, el maestro es un constructor de indicios para que sean seguidos por los aprendices. El aprendizaje es una de las artes de la cinegética.

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La sangre que hace circular la enseñanza es la motivación. La desmotivación del estudiante infarta la iniciativa del maestro.

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Al ser un líder, el maestro lleva a sus alumnos hacia lo que aún no existe. Por ser un líder, el maestro es un promotor de utopías.

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Sin vocación el maestro pierde el ardor y la constancia; sin formación, sucumbe a la repetición y a la monotonía.

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Así sea como un ideal romántico, el maestro anhela con su trabajo dejar una herencia espiritual. Esa parece ser su íntima aspiración y su mayor realización como persona.

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El rito, como se sabe, actualiza el mito. Entonces, si el maestro abandona los rituales pierde lo sagrado de su clase.

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Cerrar las puertas del aula de clase es como apagar las luces y abrir las cortinas de un teatro. El maestro empieza el espectáculo.

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Hay maestros que se destacan mejor en el gran escenario de la orquesta sinfónica; otros, necesitan del pequeño recinto de la música de cámara.

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Los maestros aspiran que su voz armonice con la de sus discípulos. Lo contrario es la vocinglería o el monólogo.

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La voz  del maestro es efímera. El viento o el tiempo la diluyen. Sólo el aprendiz atento puede recordar entre los diversos sonidos del presente esa antigua melodía.

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Enseñar y aprender es un juego de movimientos en el que las miradas y los gestos actúan al unísono con las palabras. Una lección bien dada por un maestro es una pequeña obra de teatro.

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El maestro va poco a poco conociendo a su estudiante; el aprendiz poco a poco va comprendiendo a su maestro. Uno y otro son exploradores en eso de descubrir a otro ser humano.

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La paciencia del maestro es el terreno fértil sin el cual la semilla del estudiante no logra dar su fruto.

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“Hay aprendizajes que necesitan días y otros que requieren muchos años”, eso dijo el maestro al alumno en su lecho de muerte.

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Lo que a veces el alumno solicita del maestro como “excepción” es, precisamente, lo que le falta para un cabal aprendizaje.

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Lo que constituye la vigencia de un maestro es que no pierda el hábito de estudiar. Los verdaderos maestros son permanentes aprendices.

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Los maestros experimentados saben que son necesarias algunas imperfecciones para que brille mejor la joya de su alumno.

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Un maestro sabio daba este consejo a un colega excesivamente riguroso: “cuídate de que por el afán de quitar toda la maleza de la planta no termines cercenando la flor”.

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La gran tentación del maestro es confundir la autoridad con el poder. La primera es un reconocimiento que le hace el alumno; el segundo, una fidelidad del alumno hacia él.

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A nuestros padres les debemos lo que somos; a nuestros maestros, lo que podemos ser.

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Los que ansían ser maestros deben tener presente que, a diferencia de otras profesiones en las que el objetivo supremo es el éxito personal, este oficio en cambio halla su mayor realización en ayudar al desarrollo de las posibilidades de los demás.

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