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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: OFICIO DOCENTE

La tarea del maestro: desarrollar lo virtual del ser humano

08 martes Abr 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Ilustración de Chris Gall

Ilustración de Chris Gall

“En la formación uno se apropia por entero
de aquello en lo cual y a través de lo cual
uno se forma”
 
Hans-Georg Gadamer, Verdad y método

Una vez más la idea de mediación se convierte en motivo para definir el trabajo del educador. La mediación como puente, como paso de un estadio a otro. La mediación como un ejercicio de permanente reinterpretación del pasado (he ahí la importancia de la hermenéutica) y, a la vez, como una tarea propiciadora hacia lo nuevo, hacia lo desconocido (campo para las poéticas y las retóricas). En ese oscilar de péndulo entre la tradición y la novedad, el oficio del educador halla su eje. Su valor.

De una parte el educador pone en contacto el presente con el pasado: teje o elabora redes de intercomunicación. Es un pasado recobrado, al estilo de Proust; un pasado seleccionado, elegido, reconstruido. No es el pasado muerto. Todo lo contrario. Es un pasado reescrito y reencontrado a partir de los nuevos indicios que da el presente. Entonces, el educador hace que la tradición perviva; propicia el encuentro; abona el diálogo. Y el tiempo del educando logra algún tipo de sintonía con esos otros tiempos del pasado. Los apropia (recordemos que esta apropiación es individual, particular). En esa labor de poner en relación (tiempos y lenguajes, sensibilidades y saberes) el educador subraya la información.

Pero de otro sector, el educador propicia también una relación del presente con el futuro. Con lo posible. Claro, al ser el hombre un proyecto, algo inconcluso, algo sin terminar; al ser el hombre siempre un devenir, el educador busca formar al educando, pero no como un objetivo académico, sino como una conquista personal. Ahora el educando debe reencontrarse. Es él y no el pasado. Es la ganancia de la conciencia sobre la especie. Tal propósito corresponde al sentido último de la educación, a esa tarea revolucionaria, de cambio, de “desarrollo humano”: reinterpretar el presente para delinear el futuro. En esa labor de poner en relación el presente con el futuro (lo inmediato con la mediatez, lo histórico con lo posible) el educador subraya la formación.

Cabe decir que al poner en diálogo información y formación se generan encuentros y confrontaciones. Es innegable que una educación de calidad debe ser capaz de producir “epifanías”, generar revelaciones, potenciar descubrimientos. Entrar en un proceso de educación es una continua tarea de reconocimiento. Y, al igual que en la tragedia griega, esa agnición produce “choques”, “desestabilidades”, “asombros”. De allí el papel fundamental de la aventura en un proyecto educativo; de allí la validez de la creatividad como herramienta estratégica. Es casi seguro que una tarea educativa de calidad, busque poner al educando en permanente encuentro y confrontación. Ponerlo en la zona de los enigmas a dialogar con la Esfinge. Porque sólo gracias a lo otro, a lo diverso o lo distinto, es como vamos constituyéndonos como identidad.

Por supuesto en ese espacio de encuentro, de diálogo, lo que el maestro busca desarrollar es lo virtual del ser humano. Sus posibilidades. La teleología profunda de la educación tiene como horizonte al hombre en plenitud, al hombre como constructor y producto de la cultura. El hombre como segunda naturaleza. Lo que la educación quiere desarrollar es una capacidad o una disposición para que el hombre pueda vivir en un mundo siempre cambiante. Si la educación avala cierto tipo de desarrollo lo hace desde esta perspectiva de formar hacia lo distinto, hacia lo diverso, hacia lo general. Desarrollar nuevas formas de hacer, nuevas formas de interactuar. No es el desarrollo economicista, no es la educación como capacitadora para el progreso, es el desarrollo como ganancia y descubrimiento del propio hombre, de la propia cultura. Lo que se quiere es que el hombre, al educarse, a la par que se descubra, conquiste nuevas “formas de hablar”. El desarrollo que avala la educación no prescinde de la tradición ni se entrega a una revolución desaforada. Más bien es en ese interregno del diálogo, de la mediación, de los vasos comunicantes, en donde la educación ubica gran parte de sus responsabilidades.

En la medida en que el educador ya no es un ser de verdad sino de posibilidad (dado que él mismo es un proyecto), cada día se hará más importante que revise “las palabras que da y que recibe”. Dicho en otros términos, el maestro tendrá que estar dispuesto a hacer permanentes correcciones, continuos ajustes sobre su lenguaje, sobre su decir. Además, tendrá que estar atento a las distintas variaciones, a las diferentes traducciones que los educandos van elaborando sobre un mismo mensaje. Si de veras anhela entrar en diálogo con sus alumnos, el educador debe ser capaz de poder “escuchar” las diferentes interpretaciones. Es más: el maestro debe alcanzar un tacto, una sensibilidad para distinguir o separar lo bello de lo feo, la buena de la mala calidad de ciertas melodías particulares. Luego no es un papel de celestino mudo o cómplice fácil; tampoco se trata de destituir la corrección o el consejo. El maestro sigue teniendo algo que enseñar, pero –a diferencia de ciertos modelos de educación autoritarios–, también tiene mucho que aprender. Y aprende con el alumno. Es un proceso dual; un proyecto entre dos partes. Un acto de negociación, de diálogo. Con todos los malentendidos y todas las incomprensiones propias de un ejercicio de la palabra. Pero, por lo mismo, una tarea de mutuos descubrimientos, de progresivos intentos por la comprensión, de lucha por el sentido. El sentido que siempre es un intento de nombrar lo posible. 

(De mi libro Oficio de maestro, Javegraf, Bogotá, 2000, p.p. 27-29).

 
 
 

Innovar la docencia

19 domingo Ene 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Ilustración de Brad Holland.

Ilustración de Brad Holland.

Son tantos los problemas y demandas de la sociedad actual que es un imperativo la cualificación de la práctica docente. Los maestros necesitan revisar su propio quehacer, modificarlo, afinarlo o mejorarlo. Es urgente mermar el exceso de improvisación o de irresponsabilidad al momento de estar en el aula. En últimas, los profesores no pueden seguir contentándose con una labor repetitiva y carente de renovación.

Advirtamos, de una vez, que la única forma de mantener en alto el prestigio y la calidad de la docencia es, precisamente, no perder el deseo de mejorar o innovar la labor de enseñanza. Si un docente se conforma con una sola manera de explicar o evaluar, si hace caso omiso a los desafíos de las nuevas tecnologías, si no problematiza sus procesos de enseñanza, si poco valor le da a las potencialidades del pensamiento creativo, pues el resultado será el que los estudiantes diagnostican todos los días: el aburrimiento, la ausencia de motivación, el desconsuelo o la falta de interés por aprender. Innovar es mantener en alto la bandera de que vale la pena compartirle a otros lo que sabemos, es poner lo posible por encima de las dificultades y la desesperanza.

A veces esa innovación corresponde a un alto reflexivo del docente en el trabajo del aula para entender por qué hace lo que hace; o es un momento de evaluación para, con una mirada crítica, descubrir qué está mal o qué merece cambiarse radicalmente. También puede suceder que la innovación provenga de una contrastación de lo propio con experiencias semejantes. El hecho de que leamos lo que otros colegas hacen sirve de espejo para reafirmar las cosas positivas y de alerta cuando notamos una flagrante equivocación. En todo caso, y eso lo sabemos los maestros, es en el diálogo entre pares, en el compartir formas de operar y organizar, como podemos hacer un ajuste de cuentas con nuestra cotidianidad para sabernos profesionales anquilosados o adalides de la renovación educativa.

Desde luego, un filón de la innovación está asociado a la didáctica. La didáctica en cuanto saber y en cuanto hacer; la didáctica como una práctica. Porque ya no se trata de entenderla como el componente ancilar o instrumental de la pedagogía o como un asunto de ayudas y recursos de instrucción. La didáctica, por el contrario, es lo particular de aquellos profesionales dedicados a la enseñanza, y en esa medida tiene su propio estatuto epistemológico, sus técnicas y sus metodologías. Es ese escenario el que mejor contribuye a llevar a la acción propuestas como el conocimiento guiado, la sinéctica, el uso del blog o el aprendizaje basado en proyectos. Por estar anclados en las potencialidades de la didáctica es que puede resultar interesante, por ejemplo, usar el texto poético para favorecer la formación de los afectos y los sentimientos de los estudiantes o los textos de la música rock para desarrollar su pensamiento crítico.   

No sobra aclarar que no toda didáctica es estratégica. Lo estratégico alude principalmente a la importancia de la planeación y la intencionalidad formativa. El énfasis en la estrategia pone en primer lugar la reflexión y deja en un segundo plano lo táctico, es decir, las actividades propiamente dichas. Se es estratégico cuando antes de llegar al aula, al momento de preparar la clase, se piensa con cuidado en el tiempo de que se dispone, en la secuenciación de los contenidos, en el tipo de modalidades de enseñanza y de aprendizaje que son más indicadas para un contexto y una población determinada. Se es estratégico cuando se dispone un ambiente, cuando se hace transferencia didáctica y cuando se seleccionan las lecturas que van a leer nuestros estudiantes. Lo estratégico, por lo mismo, es lo que permite diferenciar entre docentes expertos y novatos.

Cabe agregar que las innovaciones de largo aliento brotan de un trabajo investigativo. No son meras especulaciones o ideales de enseñanza. Por el contrario, nacen de una juiciosa pesquisa sobre lo que hacemos habitualmente en el aula, de revisar los aciertos y errores, de tomar en serio un trabajo de campo y reflexionar profundamente sobre nuestro oficio de enseñar. Gracias a ello, las innovaciones dejan de ser panaceas de moda o idealizaciones de la profesión docente. 

Lejos del desánimo, la apatía o la congoja, los educadores tenemos que estar más conscientes de la necesidad de mejorar nuestro quehacer e imponernos a diario –en cada una de nuestras acciones– alternativas que favorezcan la calidad de la docencia. No sobra advertir que en épocas de crisis, de confusión o declive moral, es cuando más importante resulta la profesión de los formadores de las nuevas generaciones. De allí la relevancia de innovar y, en consecuencia, el mantenernos atentos a los signos del contexto sin claudicar a la misión de ayudar a otros para desarrollar sus talentos, y buscar por todos los medios seguir capacitándonos y mantenernos actualizados. Tenacidad y ánimo parecen ser el lubricante de las renovaciones y el antídoto contra los estados de inercia o las épocas de estancamiento.

Maestro: trabajo de partero

25 lunes Nov 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Me gusta esa idea socrática retomada por Ernesto Sábato en donde emparenta la tarea del maestro con un partero, con alguien capaz de “llevar hacia afuera lo que aún está en germen”. Y me gusta por dos razones. La primera es por el énfasis en conectar o poner en relación un adentro con un afuera; el maestro es, entonces, un vaso comunicante, una mediación entre lo propio y lo extraño, entre lo privado y lo público. La segunda razón tiene que ver con ese trabajo del maestro sobre una potencialidad; esa labor de orfebre, de artesano del espíritu. En este segundo caso el maestro es agente para que la potencia se convierta en acto. O mejor, “asiste” al otro para que logre ser en plenitud.

Hasta ahí parece apenas obvio el argumento. Sin embargo, ¿cómo poner en el afuera?, ¿cómo ser partero en la Educación? Yo diría que habría como varias instancias: un proceso. Se empezaría con unos preparativos, con un trabajo propedéutico. En este momento cuenta mucho más la actitud, la motivación, la expectativa. Una etapa, por ende, de sensibilización, de adecuación para el futuro parto. Alistar los “implementos” es, desde luego, reconocerlos; saber para qué sirve “cada cosa”, y cuándo hay que usarla. Los preparativos apuntan al logro final. Por eso no puede ser una sumatoria de datos, ni una práctica memorística. Los preparativos son más bien herramientas para un momento posterior. No es el dato por sí solo, sino en cuanto necesidad para futuras tareas. El dato-implemento, sería bueno decir.

Luego de esta tarea de preparación, vendría una segunda etapa. El trabajo del parto. La batalla con el alumbramiento. Atención: aún no ha nacido la criatura. Digo que hay un trabajo para que el germen alumbre. Ahora bien, en ese trabajo de contacto directo es en donde se puede notar la fineza, el temple del maestro. Es el tiempo de la interacción. Cómo te comunicas, qué estrategias empleas, a qué le das valor y a qué no. Todo eso cuenta. La confianza, la paciencia, el temperamento. Si uno es un buen partero, creo yo, aquí la información se transforma en formación. Es más, el éxito posterior depende de este trabajo de contacto. Acá es donde importa la “caricia”, la “ternura”, el tacto, el abrazo; la palabra, la recomendación, el estímulo. Gracias a este trabajo, casi siempre lento y repleto de incertidumbre, es como logramos que el alumbramiento sea feliz o desafortunado.

El último peldaño, la etapa final de este proceso estaría representado en el acto mismo del alumbramiento. El momento definitivo. La educación en plenitud. Cabría señalar toda una serie de estrategias, de competencias necesarias para lograr tal objetivo. Quizá, podríamos decir, diversos métodos, diversos caminos para propiciar el nacimiento. El educador sabe que lo que está en juego es una vida, y eso entraña una enorme responsabilidad ética, política y humana, en general. A lo mejor, es por ese último peldaño que el maestro educa, por ver y oír el grito de la nueva vida, de una vida a la cual él asistió y que ahora manotea libre entre sus brazos.

Sobra decir que para ser un partero hay que tener varias calidades. Por ejemplo, no temerle al contagio, a la entrega; disponer, además, de una enorme capacidad de aventura, de riesgo (los partos siempre llegan de improviso); poder resistir, con paciencia, los ritmos –invisibles– de la gestación o el crecimiento, y hacerlo, sin violentar los tiempos, sin violentar el emerger de la semilla; por supuesto, también hay que tener un espíritu festivo y juguetón para no asustarse por cualquier quejido o cada vez que en la criatura parezca no palpitar su corazón.

Calidades. Valgan otras no menos importantes: un partero a veces tiene que forzar, abrir, romper barreras para que pueda salir la vida; un partero, por momentos, debe quitar o prohibir ciertos aspectos o cosas para que, después, la criatura sea más fuerte, más sana; un partero no siempre dice a todo sí…

Si el trabajo del educador es importante, lo es porque “asiste” cotidianamente al nacimiento de otras vidas. Porque de él depende, en cierta forma, la continuidad de la Cultura. El maestro no es dador de la vida –actitud soberbia de ciertas corrientes pedagógicas–, sino mediación para la vida. Por el maestro la vida alumbra. Y en ese trabajo de “asistencia” (que es tanto ayuda como cuidado, presencia y cooperación) es donde puede evidenciarse la responsabilidad frente a la tradición y el porvenir. El maestro es un partero porque contribuye para que la sangre se convierta en espíritu, para que lo informe de la noche, sea forma repleta de luz.

(De mi libro Oficio de maestro, Javegraf, Bogotá, 2000, pp. 13-14)

Degustación de «El quehacer docente»

17 domingo Nov 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in INVESTIGACIÓN, Libros, OFICIO DOCENTE

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Con el ánimo de compartir a los lectores una muestra de mi nuevo libro El quehacer docente, editado por la Universidad de La Salle, he hecho un recorrido por la obra entresacando apartados que espero sirvan de provocación o invitación a su lectura.

“La didáctica nos pone de cara a los problemas del aprendizaje, a las estrategias de pensamiento que un educador moviliza, a las técnicas necesarias para aprender y estudiar, al papel determinante de los contextos al momento de aprender, a las variadas y complejas propiedades de la comunicación y la interacción humana. El educador imbuido de didác­tica comienza a sospechar que la suficiencia en un campo del conocimiento sea la condición fundamental para poder enseñarlo; mejor aún, comienza a entender que lo más importante no es saber demasiado, sino contar con las estrategias y el tacto necesario para que otros puedan aprenderlo”. (p.p. 15-16).

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“El que hace una guía no se pone en la aptitud del que mucho sabe, sino del que se desplaza hasta el sitial del que ignora y quiere aprender”. (p. 19).

*

“Creo que buena parte de nuestro fracaso educativo, y más tratán­dose de la lectura y la escritura, se debe precisamente a ese descuido: el de suponer que nuestros estudiantes ya saben esas cosas, que no es necesario enseñarles a hacer un resumen, que ellos ya saben glosar una cita o que eso de redactar una definición es una tarea escolar de muy baja dificultad. Ya sabemos que tales supuestos son falsos. En este sentido, el saber didáctico debe ser como un faro para nuestras labores cotidianas o como una auditoría cuando pongamos este tipo de tareas a nuestros estudiantes”. (p. 37).

*

“En cuanto mediación, el portafolio opera desde una demanda del acabar de completarse, de tratar de llenar fisuras, vacíos, baches, intersticios que van quedando o apareciendo en tal pesquisa. Digamos, de una vez, que cuando se elabora un portafolio hay que convertirse en detective de nuestra propia historia, de nuestro propio oficio o de nuestras propias obras”. (p. 41).

*

“Quien describe se parece mucho a un cazador. No solo porque define con anterioridad la presa que desea cazar, sino también porque debe seguir sus huellas o sus indicios, sin perder nunca el rastro de lo que busca. Una buena descripción, entonces, pertenece al arte de la cinegética”. (p. 49).

*

“Aunque en el taller se producen cosas, esos mismos productos no están totalmente terminados. El coordinador del taller invita con su ejemplo a que otros inicien o se animen a comenzar su propia obra, pero el fin último, la tarea definitiva nunca se concluye. Porque cada quien debe enfrentar en soledad el reverberar de las enseñanzas del maestro, ejercitarse día tras día en el dominio de las herramientas, pulir y pulimentar muchas veces lo que a primera vista parece bien hecho”. (p. 53).

*

“Las ciudades exigen, por lo mismo, un lector semiótico capaz de develar sus secretos; sus entradas y salidas, sus leyendas y sus mitologías; sus sistemas de señales y sus laberínticas redes, donde todo circula y fluye respondiendo a ciertas lógicas de la planeación o a determinadas fuerzas del desplazamiento forzado o la búsqueda de mejor fortuna. Necesitamos lectores plurales, lectores críticos, lectores propositivos. Lectores capaces no solo de habitar las ciudades, sino también competentes para dotarlas de sentido, para redibujarlas con la escritura de la participación, para convertirlas en verdaderos textos vivos de lectura”. (p. 80).

*

“La escritura es un continuará. Porque siempre es posible la nueva corrección, porque pasado el tiempo nos percatamos de otras falencias o consideramos innecesario un término que en un primer momento nos pareció una reiteración contundente. Pero, además, porque el escritor va cambiando, porque va cosechado nuevas experiencias, porque tiene más oficio de escritura a sus espaldas. El trabajo de corregir la escritura es otra de las tareas de Sísifo. Tal vez por eso, y la frase si mal no recuerdo es del maestro Alfonso Reyes, nos lanzamos a publicar. Para no seguir haciendo copias. Aunque permanece la posibilidad de la segunda edición. Recordemos que para un escritor auténtico, el libro impreso es, de alguna manera, una copia bastante limpia pero no por ello cerrada a la admisión de nuevas correcciones”. (p. 82).

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“Lo importante es que cuando lea un texto ponga a trabajar también su pensamiento. Atrévase a poner en discusión una idea, a sostener un punto de vista opuesto, a desarmar los elementos de una afirmación; debata, reflexione, tome distancia; agregue cosas, aplíquelas a su contexto más inmediato, halle relaciones inéditas”. (p. 88).

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“De allí que en la fiesta o en el seminario lo importante sea mantenerse activo, atento, aprovechando cualquier oportunidad, sacando el mayor partido de todos los eventos imaginables. Y sin tener miedo a las incertidumbres, sin afanarse por las certezas. Porque una fiesta y un seminario también parti­cipan de ese “espíritu de aventura” en el que importa más el recorrido que el final. Más el viaje que la meta”. (p. 93).

*

“La convivencia hay que aprenderla, fomentarla, propiciarla. No es un logro de buenas voluntades o de políticas demagógicas. La convivencia es una tarea que nos reta y nos compromete a todos y en todos los escenarios donde nos movemos, desde la familia, la escuela, hasta nuestro trabajo o nuestra ciudad… Quizá hoy más que nunca, en países como el nuestro, convivir se ha vuelto una tarea de primer orden porque de los resultados de ese proyecto depende, en gran medida, nuestra sobrevivencia”. (p. 111).

*

“Concluyamos llamando la atención sobre otro aspecto del comentario: el hecho de ser un género o un tipo de discurso encaminado a orientar la opinión. Si habláramos en términos aristotélicos, sería una modalidad del género epidíctico. Censurar, elogiar, vituperar, ensalzar. Género para cualifi­car el gusto, o para acabar de gustar una obra, o para resaltar o menospreciar la belleza, o para enjuiciar las virtudes artísticas o intelectuales. Género, en últimas, que apunta a educar socialmente, a servir de punto de referencia. Por tanto, responsabilidad, criterio, moderación, prudencia, le son imprescindibles. Pongamos punto final diciendo: el comentario es el género de la opinión propia que anhela convertirse en opinión pública.” (p.p. 114-115).

*

“Escribir es aprender a conocer la escurridiza piel de las palabras. Escribir es aprender a tratar con ellas, a frecuentar sus formas, sus caprichos. Quien se lanza a la escritura debe pasar largos amancebamientos con las palabras. Porque las palabras dicen a pesar de nosotros, porque abren la boca cuando no deben y entran a la alcoba blanca de las cuartillas cuando no se las llama. Las palabras tienen cuerpo y espíritu, son temperamentales y con humores bastante disímiles. En todo caso, cuando escribimos tenemos que habérnoslas con ellas, salirles al paso, enfrentarlas, ponerlas en su sitio; aunque a veces, por su mismo capricho, debemos hacer todo lo contrario: acariciarlas, apenas tocarlas con la mano, escuchar su caminar de hada, res­petar su silencio. Tratar con las palabras: a veces, como jinetes sobre potros cerreros, para amansarlas; otras, cual narcisos nocturnos, para dejarnos se­ducir por el misterio de sus aguas”. (p. 127).

*

“La elección del canon posibilita ese juego de atracciones y alejamientos, de ortodoxias y deslindes, de lecturas y relecturas sobre determinadas obras. Esa es otra bondad de hacer visible un canon: la de convocar a la comunidad docente alrededor de ciertas obras que actúan como un fuego atemporal tanto para despertar las ideas de otros como para favorecer la propia producción de conocimiento”. (p. 130).

*

“Además de ser un lugar informal de aprendizaje, la tertulia es también un ambiente para conocer formas de pensar de otras personas, para renovar afectos extraviados en el tiempo y para rubricar, con colegas de oficio o profesión, inquietudes o búsquedas semejantes. La tertulia nos recuerda el símbolo profundo de compartir la mesa: ese acto de participar conjuntamente de un pan de la palabra tan valioso para nuestro espíritu como para calmar en parte el apetito insaciable de nuestra curiosidad”. (p. 132).

*

“Y al repasar sus hojas, al mirarnos en esa “pantalla reflexiva y au­tocrítica”, podemos mejorar nuestras debilidades, o seguirle la pista a alguna propuesta innovadora, o empezar a revalorar ciertas didácticas o descubrir talentos sepultados por la rutina. Con el diario de campo, el investigador se transforma en investigado”. (p. 165).

*

“La categorización es una etapa de abstracción de la información, un proceso de pensamiento creativo. Las categorías son constructos de la mente que, aunque parten de la información clasificada, no son exactamente iguales a ella. Las categorías ya son transformaciones de la información, una codificación de mayor complejidad”. (p. 171).

*

“El insumo de la literatura parece ser el detonante o la piedra de toque para que los investiga­dores de las ciencias sociales y humanas salgan de los estrechos márgenes de los informes de investigación estandarizados y exploren en otras propuestas menos excluyentes y más acordes a los problemas relacionados con investigar las complejas manifestaciones de la condición humana”. (p. 231).

* 

“Lo importante en esto de “compartir experiencias”, más que demostrar qué tan potente es nuestra artillería intelectual o qué tan novedosos pueden ser nuestros planteamientos, es atrevernos a poner sobre la mesa nuestras mayores inquietudes o alguna iniciativa que nos ha dado resultado. Tal vez de esa manera, desde la reflexión permanente sobre nuestra tarea forma­dora, logremos animar a otros directivos e investigadores universitarios a reinventar lo que hacen cotidianamente”. (p. 242).

*

“Decía atrás que, al publicar, nos ponemos en manos de los lectores. Eso es cierto. Nuestra escritura, desde este mo­mento, ya le pertenece a otros. Es pública. Y si antes podíamos esconderla detrás del anonimato o del sospechoso silencio, ahora ya no tenemos escudo para hacerlo. Nuestros escritos, desde el momento en que los publicamos, circulan libres y están sujetos a las mil interpretaciones de aquellos que les concedan la bondad de leerlos. Recordémoslo: el autor ya no se pertenece a sí mismo. La nueva ciudadanía trae consigo ese precio: es la comunidad académica, la plaza pública de la intelectualidad, la que desde ahora regula las peripecias o el devenir de nuestro nombre”. (p.p. 244-245).

*

“Termino estas reflexiones señalando el papel fundamental, insustitui­ble, de padres de familia y maestros en esta labor de acompañar a nuestros jóvenes. Tal vez por momentos nos parezcan “bichos raros”, de pronto no comprendamos algunas de sus actitudes o no compartamos determinados gustos pero, a pesar de ello, no podemos olvidar que están en camino, que son seres en tránsito, que sus afanes y sus “irrespetos” son los propios de quienes van o están en la búsqueda permanente. Pero si claudicamos en esta tarea de acompañamiento, si quitamos nuestro abrazo de apoyo, si les negamos una palabra de confianza y fortaleza, muy seguramente, estaremos atizando los motivos de su desesperanza y su soledad; si nos desentendemos de ellos o los ignoramos, bien poca será nuestra ayuda en ese colaborarles a desenredar las claves del mundo que les ha tocado en suerte y a descubrir el sentido de su propia existencia”. (p.p. 253-254).

*

“Los modelos de enseñanza deben cumplir con al menos tres condiciones: adaptables al contexto, oportunos a la situación de aprendizaje y variados en su puesta en escena. Ni son estructuras inmodificables, ni pueden inocularse indistintamente. Cada uno tiene su público idóneo y su momento para que rinda los mayores beneficios. Y el buen maestro, el ma­gíster, es el que puede darles elasticidad, variarlos, combinarlos, innovar en alguna de sus características, ponerlos a prueba, someterlos a investigación. El magíster vuelve los modelos una caja de herramientas: es decir, según la necesidad del que aprende, así el útil empleado para enseñarle. Tal vez en esa sabiduría para elegir el modelo de enseñanza más apropiado y en el tacto para hacerlo circular en el aula es donde radique la experticia de los verdaderos maestros”. (p. 260).

*

“Déjenme cerrar estas palabras invitándolos a continuar reflexionando sobre el sentido de la profesión docente. Porque es resignificando y reno­vando la práctica pedagógica, y manteniéndonos alertas para no sucumbir a la rutina o la dejadez, como lograremos dignificar nuestro oficio y darle a la discreta tarea de ser maestro el alcance que tiene para el desarrollo de los seres humanos y muy especialmente para prefigurar el futuro de una sociedad”. (p. 266).

Nivelatorio: un tiempo para mantenerse en equilibrio

10 domingo Nov 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Primera cohorte, II ciclo, 2013. Maestría en Docencia, Bogotá

Primera cohorte, II ciclo, 2013. Maestría en Docencia, Bogotá.

Hemos terminado nuestro nivelatorio. Un espacio de acompañamiento que, desde la entrevista, fue un compromiso adquirido por cada uno de ustedes. Hemos trasegado un semestre en esto de cualificar ciertas habilidades de estudio, apropiar algunas estrategias de lectura y escritura, familiarizarnos con autores clave para el desarrollo del pensamiento contemporáneo y, especialmente, el propiciar una actitud de calidad y alto compromiso académico como corresponde a ser estudiantes de posgrado.

De igual modo, este nivelatorio les ha servido a ustedes para empezar a mantener una relación cercana con la escritura, con sus propios pensamientos, además de favorecer la continua reflexión sobre los diversos aprendizajes que van constituyendo su vida y su ser de maestros.

A todos los que cumplieron este compromiso, felicitaciones. A los que a pesar de la lluvia y el frío estuvieron puntualmente en esta cita de los viernes, felicitaciones. A los que, a pesar del cansancio y la avalancha de trabajo, lograron cumplir con las pequeñas tareas propuestas, felicitaciones… A los que mantuvieron en alto el entusiasmo y vivo el espíritu de la curiosidad, felicitaciones.

No sé si lo saben, pero el término nivelatorio, se deriva, por supuesto de nivel. Y a ese instrumento, los antiguos romanos lo llamaban libella, que era el diminutivo de libra, la balanza. Y por eso también nos ha quedado en nuestro haber lingüístico, el término libélula, para denominar a esa “balancita” que logra mantenerse en equilibrio en el aire… Porque un nivelatorio tiene mucho que ver con ponerse en la balanza, con sopesar qué tanto de nuestro deseo inicial al comenzar el posgrado corresponde con la realidad del día a día, de la exigencia, de las lecturas y los diversos trabajos. Nivelarse no es acomodarse, sino más bien aquilatar nuestro deseo con la realidad de volver a ser estudiantes. Pero, además, el nivelatorio subraya la capacidad, el tesón o la voluntad para mantenerse, para no dejarse caer ante el primer viento adverso o las primeras dificultades del camino; así, como las libélulas, que aunque frágiles son capaces de alinear sus sueños con las corrientes desfavorables.

Y como una manera de celebrar este “rito de paso”, bien vale la pena simbolizar el cumplimiento de su compromiso con un certificado que semejante a la ceremonia de grado, quiere ser un “avance”  del diploma que recibirán al final de su maestría. Este diploma quiere ser un talismán de muchas cosas: de lo que era incertidumbre ayer y hoy parece una certeza; de algún miedo vencido; de un reencuentro con la dignidad de nuestra profesión docente; de la persistencia que sigue moviendo montañas. Aspiro a que este certificado lo guarden en algún sitio especial; y cuando sientan que flaquean sus fuerzas, cuando las cosas no salgan como ustedes pensaban, o cuando estén tentados a claudicar o buscar la salida más fácil, vuelvan a mirarlo y renueven lo que este papel simboliza.

Una vez más, mi voz y la de sus docentes se suman para decirles: felicitaciones futuros magísteres.

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