Aburrido me voy

«La tormenta» de Antonio Diogo da Silva Parreiras.

Saúl era un lipemaníaco. Le venía a veces una tristeza profunda al final de la tarde, a la hora del sol de los venados. Le empezaba con una desazón. Si estaba sentado en una banqueta acompañando a Beatriz a lavar la loza, sentía la necesidad de cambiar de sitio y buscar una banca que estaba recostada en una de las paredes de la cocina. Mientras trataba de seguir en aquella posición el diálogo con la mujer, al momento estaba de pie, mirándola por la otra puerta, la que daba al guanábano que servía de gallinero.

—Pero, mijo, a usted como que le pican las hormigas —le decía Beatriz, sin levantar la cara del platón en que lavaba los platos semiocultos por la espuma del jabón.

Saúl sonreía, tratando de quedarse en ese solo sitio, pero de un momento a otro le daba como un ahogo que lo llevaba a volver a la banqueta.

—Biata, me regala tantica agua —pedía como si hubiera llegado de muy lejos, igual a cuando había cogida de piña y tenía que hacer tres o cuatro viajes seguidos a la carretera.

Beatriz buscaba una totuma y le acercaba a Saúl el líquido, con unas pepas de limón sobrenadando en la superficie. Esa agua algo le ayudaba a bajar aquella desazón por todo el cuerpo. A veces la lipemanía se le subía al corazón en forma de taquicardia. Saúl sentía que el corazón iba como más rápido y parecía salírsele del pecho. Entonces, lo mejor era poner un costal en el andén de cemento, al lado del patio, dejando que los golpes de brisa aliviaran ese malestar. Y cuando ninguno de esos remedios le ayudaba a mitigar ese estado de alteración interna, tomaba cualquiera de los caminos que salían o llegaban a la casa de los Rodríguez. A veces se dirigía hacia el norte, por el camino que llevaba a La Palma, desde donde contemplaba por unos minutos el sinuoso Magdalena; en otras ocasiones, buscaba una senda que conducía a uno de los potreros aledaños del lado oriental de la casa, para ver y escuchar los ruidosos jirigüelos sobre las cercas de alambre de púas. O echaba hacia arriba, como si fuera a hacer una de sus necesidades, pero en realidad tomaba el rumbo del charco, el nacimiento del cual se sacaba el agua para la alberca, para tomarse unos sorbos del cristalino líquido. En todo caso, tomara el camino que fuera, lo que lo tranquilizaba era caminar. Al andar sin un fin determinado, dejando que los pies eligieran su norte, el corazón se le iba calmando y ya no sentía tanta opresión como cuando estaba en la casa. Caminar y silbar, porque esa era otra medicina extraordinaria para apaciguar esa tristeza que asediaba en emboscada su tranquilidad. Le gustaba imitar el sonido de los pájaros, especialmente del toche, esa ave amarilla con alas y cola negras, que produce un canto festivo y como de música celestial. Tal vez Saúl silbando como los pájaros se sentía como ellos, libre, o lograba que la tristeza de su alma fuera escuchada por los árboles, por las piedras, por los aguacatales, los yucales o los pastizales… Quizá la naturaleza, en ese lenguaje de gorjeos y trinos, de silbidos con variedad de tonos, supiera, ella sí, darle cuenta del motivo o la causa de su penar, de su hondo abatimiento. “El que silba y canta sus penas espanta”, solía decirle Misael, cuando iban de cacería. A veces, Saúl empezaba silbando y terminaba tarareando o cantando una canción, como las interpretadas en aquellos años por Lucho Vásquez, y que se escuchaban en todos los transistores que los campesinos ponían amarrados de los guamos cuando había cosecha de café…

Aburrido me voy

me voy lejos de aquí

donde nadie pregunte

de lo que perdí…

No era que estuviera decepcionado por un amor, aún no, pero esa canción calaba hondo en su ser. Expresaba bien lo que sentía. Porque su lipemanía estribaba especialmente en eso, en querer irse de donde estuviera, en un afán por huir, por no lograr sentirse bien del todo en algún lugar, por una necesidad de estarse fugando. Tal vez fue esa tristeza la que lo llevó a pensar en volarse de la casa paterna, en buscar otras tierras, creyendo que lejos de las montañas de Capira encontraría la justa medicina para sus dolencias.

—Saúl tenía muy buena voz —recordaba Héctor—, cuando supo de la muerte del amigo de infancia.

Me voy lejos no más

aburrido me voy

no más quiero que digan

que no fue por temor…

Cantando esas canciones, silbándolas por pedazos, sin darse cuenta se iba alejando de la casa paterna y lo sabía, porque al darse vuelta para contemplar las montañas de El Cerro o de Lomalarga, veía abajo el humo y las tejas de zinc. Entonces, se acurrucaba o buscaba una piedra para sentarse y prendía un cigarrillo. La mirada de Saúl se detenía especialmente en las golondrinas que al cerrar del día empezaban a revolotear como desesperadas en el cielo. Murciélagos y golondrinas salían al tiempo, haciendo cabriolas en el aire, corriendo en direcciones zigzagueantes, abriendo con sus alas el inicio de la noche. Después de terminar el cigarrillo, a sabiendas de que su padre lo iba a regañar por estar perdiendo el tiempo, empezaba su retorno, pero con los ojos puestos en algún palo de leña seco que le sirviera de disculpa a su inexplicable salida. No era que ya no tuviera esa tristeza esparcida en el cuerpo, sino que al menos no lo atacaba con tanta violencia.

Con el palo seco al hombro, pasaba de largo por el lado izquierdo de la cocina nueva, e iba directo hasta el sitio donde se apilaba la leña para cocinar.

—¿Dónde andaba? —lo interpelaba Ulises—, que a esa hora estaba sentado en la mecedora, esperando la comida.

—Buscando leña —respondía Saúl, sin mirar hacia arriba.

—Leña es lo que hay —replicaba su padre—. Y luego, con voz autoritaria le decía: —Más bien póngase a hacer algo útil y pile maíz.

Saúl no respondía nada. Obediente iba hasta la habitación más al oriente de la cocina vieja y de allí sacaba la manija. Enseguida salía por atrás del pequeño cuarto e iba a buscar el pilón que estaba en el andén norte de aquella casa de bahareque. Dejaba metida en el pilón la manija y seguía de largo en busca de la otra cocina. La idea era no tener que pasar por delante de su padre.

—¿Hay maíz para pilar? —Le preguntaba a Beatriz.

—Sí, hay un poco, ahí adentro, está en un platón. 

Saúl entraba a la cocina, pasaba al otro cuarto que servía de pequeña despensa de yucas, plátanos, verduras, granos y panela, y sacaba el platón de aluminio con el maíz amarillento brillante.

—¿Y para qué va a pilar maíz a estas horas? —preguntaba Beatriz.

—Toca —respondía Saúl—, mirando a Beatriz con ojos resignados.

—Ya voy a servir —le respondía Beatriz—, moviendo con un gancho de hierro uno de los aros de la cocina de leña.

Saúl salía del cuarto con el platón de maíz y empezaba su tarea. Cada vez que levantaba la manija, brillante ya por el uso, y veía cómo una de las puntas del utensilio, la más aguda, se metía entre los granos, haciendo que varios de ellos salieran disparados del pilón, pensaba en que todos los oficios que Ulises lo ponía a hacer eran otra forma de castigarlo. Castigos sin rejo ni ramas de juanajuana, castigos sin lágrimas, pero con el mismo efecto sobre su corazón. Mentalmente, en silencio, a la par que alzaba y descargaba con sus brazos la manija, empezaba a tararear la canción que lo había acompañado durante un buen trecho de esa tarde…

Aburrido me voy…

pues mi amor no duró

no duró tan siquiera

lo que dura una flor…

También los accesos de lipomanía lo impulsaban a buscar los más altos miradores. Cuando esto sucedía, tomaba el camino de la tía Dioselina, haciendo un desvío antes de llegar a la casa de ella, y subía hasta la cima del Cerro Colorado. Allá arriba, se acercaba a un despeñadero que daba hacia La Laguna y allí, de pie, se extasiaba mirando la hilera de montañas y las copas de los árboles. El viento, con sus ráfagas, le mitigaba un tanto esa “moridera”. O cuando la angustia se le engarzaba en el corazón como si fueran las garras de un gavilán, buscaba un barretón y tomaba la salida hacia la mata de guadua, la que llevaba a La Peña, en el pie de las montañas de Capira, al lado de la quebrada de Aguas Claras. Pasaba raudo entre cafetales, quitaba broches de cercas, atravesaba potreros y bien abajo divisaba una enorme roca que era como la entrada a esa platanera y esos yucales que su padre tenía en los límites orientales de la finca, y en los que a veces se sembraba maíz y, en otras ocasiones, piña. Saúl no entraba de una vez en esa parcela, sino que, bordeando la gigantesca roca, apoyándose en bejucos y ramas, trepaba hasta ella y, arriba, se quedaba de pie observando el blanquear de los yarumos y el sonido lejano de las cascadas en la quebrada. Miraba hacia abajo y la atracción del vacío lo llevaba a poner sus pies justo al borde, creando la sensación de que volaba, más cuando el viento que soplaba fuerte en aquella cañada, venía desde las planicies del Tolima, con el calor de Cambao y el olor a frutas de Armero. En esa posición se quedaba un buen tiempo, oyendo el sonido de las guacharacas, el ulular de las hojas de plátano y el canto siempre vivaz de los azulejos en los iguás y gualandayes que se alzaban como murallas protectoras de esa pequeña sementera. Esos miradores le ayudaban a mermar la intensidad de su tristeza. Los riscos de La Peña hacían las veces de los abrazos de su madre Eufrosina, y el aire le soliviaba la pesadez de su existencia.

Al rato bajaba de la gran piedra y sin mucho entusiasmo, con el barretón, sacaba algunas yucas, escudriñaba las papayas maduras y entre la hojarasca se fijaba si había algún racimo de plátanos ya jecho. Metía eso en un costal y empezaba su retorno a casa. Cuando ya estaba cerca, en el centro de la mata de guadua, descargaba el recado, ponía al lado el barretón, y se quedaba otro tiempo escuchando el crujir de aquellas cañas que entonaban un canto triste. Esos chirridos de las guaduas al ser abanicadas por el viento eran un símbolo de su propio dolor, un paisaje amplificado de su infinito sufrimiento. Saúl sabía desde siempre que ese lugar era el escenario perfecto para dar fin al destino de su existencia.

(Capítulo de mi novela inédita Saul Cadena).

La doble búsqueda del poeta

Ilustración de Christian Schloe.

No es el yo fundamental
eso que busca el poeta,
sino el tú esencial.
Antonio Machado

 

La búsqueda del poeta que, en una primera instancia, parece ser ir al fondo de sí mismo para expresar los más profundos sentimientos o las más recónditas pasiones, tiene una intención más importante: la de hallar en un “otro” la esencia de los seres o de las cosas. Más que un canto ególatra o con rumores de ensimismamiento, el poeta usa sus palabras para develar la esencia del mundo o los seres con quienes habita.

Bien podría empezar esa labor con una pesquisa sobre su propio ser. Observar con mucha atención, como es lo propio de los artistas, la geografía de su alma. Indagar en quién es en verdad y cuál es la esencia que lo constituye; adentrarse en los vericuetos de su sensibilidad o en las no menos laberínticas selvas de sus pensamientos. Ir en busca de lo fundamental de su constitución como ser humano. Esa puede ser la primera escala en su oficio de poeta. Como puede suponerse, ello demanda una tarea de filtrado, de tamizaje hondo de todo aquello que parece ser el fundamento de sí mismo; y una lucha denodada con las apariencias, el autoengaño y la falsa conciencia. El poeta escudriña al ser desnudo, al auténtico yo que anda refundido entre espejismos y vanaglorias postizas. Alcanzar tales esencias es, pues, el cometido preliminar de su quehacer alquímico con las palabras.

Pero su objetivo no concluye ahí. Necesita dar un paso más adelante, cumplir con otra etapa. Ahora requiere adentrarse no en sí mismo, sino en los territorios del Otro, en la alteridad que se le ofrece como horizonte inexplorado. Develar la frontera del tú, conocer sus pormenores y consistencias, abrirse a lo totalmente diferente es lo que en realidad persigue el poeta. Ese tú lo obliga a afinar los sentidos y la percepción en un radio de acción mayor que el empleado para el propósito inicial. El tú es escucha activa y paciente, es fineza en la relación con las personas y el mundo, con la vida y el universo. El tú es concentración suprema para auscultar los mensajes cifrados en que hablan las hojas, es tacto preciso para sentir cómo dialogan los corazones y es afinamiento de la capacidad de silencio para lograr detectar las emisiones levísimas del tiempo. El poeta ansía, desde esa actitud de criatura asombrada y maravillada ante lo extraño, hallar la esencia de la otredad, la médula de lo que lo circunda, el centro vivo de lo que lo trasciende. Entonces, usando otra vez las redes de sus palabras, intentará atrapar lo que por ser tan leve y fugaz parece huir de cualquier signo. Aun así, persistirá en esa conquista de las esencias de ese mundo ajeno, de esa otredad maravillosa que, aunque presente, deja una estela de forma evanescida.

Y por eso el poeta necesita de la música, del ritmo. Porque para acceder o atrapar ese tú esencial, esa otredad perfecta, tiene que acompañar las palabras de sonidos. Dotarlas de un imán o una cadencia que atraiga aquellos seres extranjeros. Sus versos son, en verdad, un cifrado encantamiento, una fórmula armoniosa para detener al otro, a ese tú volátil; sus versos son un espejo armonioso para que logre mirarse lo distante y, así, extasiado, poder capturar la fisonomía de su apariencia. Los versos armoniosos del poeta son el recurso empleado para detener la otredad desvanecida. Porque el tú esencial, el otro en su extrañeza, siempre es opaco, sinuoso, mudable, misterioso. De ahí la necesidad de conjurarlo con ritmos asonantes y consonantes, con rimas y juegos de palabras. El tú sólo se devela frente a la magia del sonido; la otredad suprema únicamente se hace visible con los acordes finamente producidos al poner juntas determinadas palabras.

Según lo dicho, ir de los fundamentos a las esencias, de los cimientos del yo a las entrañas del tú: ese es el itinerario del poeta. Conocer la raíz del propio ser, sí; pero, también, bajar hasta el fondo, a la sustancia de sus semejantes. Al poeta no le basta descubrir el centro de su intimidad, ansía de igual manera atrapar la entraña del prójimo. En ese recorrido aprenderá a engañarse menos consigo mismo y, lo más importante, a estar dispuesto para el encuentro con el diferente. El poeta nos enseña con sus versos cómo aproximarnos a las fronteras de lo desconocido, al territorio inédito del encuentro con las personas y el mundo humanizado. Los versos del poeta, su lectura, nos ponen en contacto con zonas personales que nos eran desconocidas y, al mismo tiempo, con seres distantes que poco o nada lograban interpelarnos.

La vida, un regalo del tiempo

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Que la vida es, en esencia, un regalo del tiempo, nos lo subraya Quevedo en este soneto. Vivir es ser habitado por esa sangre de las horas, los días y los años. Y lo más interesante, en lo cual el poeta se detiene, es que la conciencia de la vida misma está en la memoria de ese tiempo encarnado. Sabemos de la vida, comprobamos que hemos vivido, justo cuando el manantial del tiempo empieza a secarse. De alguna manera, vivir es ir gastando poco a poco esa cantidad de tiempo que nos ha sido dado a la manera de un don o un milagro maravilloso. La respuesta sobre la vida, nos enseña Quevedo, está en lo ya vivido.

Por eso resulta extraño o por lo menos sorprendente el que, sin darnos cuenta, se nos vaya la salud y entremos en el declive de la vida. Ese tiempo que nos constituye, invisible por lo demás, opera silenciosamente en nuestra piel, en nuestros sentidos, en nuestra mente. El tiempo, y ahora las resonancias llegan hasta el gran poeta Eduardo Cote Lamus, roe nuestro ser, raspa la superficie de nuestra piel, horada la consistencia de lo que somos. Nos percatamos tarde de ese inquilino que nos devora. Son las “calamidades” las que nos llevan a reconocer que la sangre, los huesos y los nervios, los músculos y los órganos, no son más que manifestaciones materiales de una fuente incorpórea e insensible. Es nuestro “cansancio” el que realmente nos confronta con ese hacedor interior que inicia su labor en nuestra cuna y nos lleva lentamente hasta la tumba. Ese es el descubrimiento postrero: “que el ayer se fue”, “que el mañana no ha llegado”, y que el poco presente que nos queda, “se está yendo sin parar”.

Quevedo insiste en que el tiempo nos va pasando de forma continua. No hay escapatoria, entre otras cosas, porque advertimos su amenaza o su devastación progresiva. Cada día que vivimos es una mortaja del anterior. Entre más años acumulamos, más muerte cargamos encima. Somos “presentes sucesiones de difunto”. Por supuesto, de eso no nos damos cuenta. O quizá sea un recurso de la propia vida para evitar el pánico, la desazón interior o la angustia inclemente. Vivimos cada día con la certeza de un futuro; nos gusta albergar la posibilidad de ser eternos. Tal manera de asumir nuestra condición finita, extiende nuestras limitaciones hasta una frontera ilimitada. Sin embargo, cuando nuestra fragilidad o nuestro organismo empiezan a fallar, cuando nos cuesta demasiado estar de pie, cuando ya no irradiamos la misma energía, caemos en la cuenta de que el horizonte del futuro está limitado por el presente y que la sobrevivencia del día se impone a los sueños de inmortalidad. En el declive de nuestra existencia tenemos la revelación de que vivir es irse desmoronando; que el término de la vida no es una meta puesta hacia el final, sino un progresivo irse deshilvanando, el deterioro incesante de la suave ola que carcome día y noche al acantilado.

¿Qué es la vida? Una sucesión de vivires, un cúmulo extinto de experiencias, un cementerio de lo que vamos siendo. No somos solo la conciencia del presente, también a la vez somos lo que ya fuimos y, de alguna manera, lo que seremos. Querámoslo o no, el tiempo que nos conforma y nos posee, se adhiere a nuestro ser en todas sus manifestaciones. Se conjuga en el escenario de nuestra existencia. ¿Qué es la vida? Bien podríamos decir que un soplo, si la miramos desde la perspectiva del universo. O que es, en su médula, la memoria de un tránsito; el recuerdo de ese acontecimiento, con sus múltiples peripecias. En todo caso, y ahí Quevedo resulta iluminador, la vida adquiere significado en su huidiza presencia, en ese tiempo que, a la par que nos habita, huye inexorable de nosotros.

Desideria, la fanática de la moda

Ilustración de Chris Ayers.

Desideria, muy aficionada a la moda, buscó en internet el último diseño de caparazón. Encontró uno de nácar que le pareció mucho mejor que el material que la naturaleza le había provisto. Averiguó dónde lo podía adquirir y, con rapidez, salió al centro comercial más cercano.

De vuelta a casa, con gran dificultad logró deshacerse de su antigua protección y poco a poco atornilló el nuevo caparazón, brillante y muy llamativo. La tortuga estuvo vanidosa de su adquisición, hasta que vio en la televisión el anuncio de una caparazón de aluminio que “era a prueba de todo”. Lo que inició con alegría se convirtió en decepción. Desideria advirtió que su coraza ya no respondía a sus expectativas. ¡Tenía que adquirir como fuera esa nueva prótesis de maravillosa defensa! Buscó en su mesa de noche la tarjeta de crédito y fue presurosa a donde vendían aquella maravilla.

Cuando retornó y desempacó su compra, se quedó deslumbrada por el resplandor del artefacto. Luego empezó a quitarse la antigua caparazón, no sin alguna molestia. Los tornillos ya estaban corroídos por el agua; pero, poco a poco, logró cambiar su indumentaria por este otro ropaje más esplendoroso. Esto sí era lo último y, a medida que desfilaba ante un largo espejo, Desideria notó que por fin había encontrado lo que en verdad necesitaba. Pero esa certeza le duró poco: una amiga muy viajada le dijo que lo que estaba en furor en los países orientales era el titanio, que sólo los más ricos y la realeza, según contaban, podían usarlo. La tortuga se sintió desanimada. En su corazón albergó el sueño de viajar a esos territorios y adquirir, si era posible, una de esas caparazones para personas poderosas o con mucho dinero. A eso se dedicó muchos años de su vida. Ahorró con ese propósito y, al final, hizo un préstamo diferido a muchos años.

Recién llegó al Japón, en búsqueda del caparazón de titanio, varios comerciantes le dijeron que debía esperar unos meses hasta que saliera al mercado la última versión. La tortuga esperó ese tiempo. Al fin pudo ver lo que hasta ese momento era un sueño de su imaginación. ¡Ahí estaba, relumbrante, el caparazón! Volvió a pagar con su tarjeta de crédito y regresó con su preciado tesoro en las bodegas del avión. Ya en su casa empezó a desempacar con entusiasmo y ansiedad aquella compra venida de tan lejos. Quitados todos los plásticos quedó al descubierto esa plateada figura. ¡Era perfecta! A pesar de seguir las instrucciones para ponérsela, el peso de la coraza no le permitió acomodarla a su cuerpo. Muy cansada del viaje, dejó esa tarea para el otro día. Pero, por más que luchaba para meterse dentro de aquel vestido, no logró que le quedara ajustado a su cuerpo. Se valió de las manos de una amiga para ese fin, pero fue inútil. Buscó a expertos que le ayudaran a ponerse esa prenda, pero con resultados semejantes: algo no engarzaba, una pieza no encontraba su pareja, o lo que parecía ya quedar justo, pasados unos segundos se convertía en una incomodidad intolerable. 

Dicen que en ese rito Desideria empleó los últimos cincuenta años, de los cien que vivió.

Para leer en vacaciones III

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Ilustración de Emiliano Ponzi.

Los relatos siguientes, redactados por Martine Quentric-Séguy, hacen parte del libro Cuentos de los sabios de la India (Paidós, Barcelona, 2007).

Espejos

Un hombre muy pagado de sí mismo mandó cubrir con espejos todas las paredes y el techo de su habitación más bella. Se encerraba a menudo en ella, contemplaba su imagen, se admiraba en detalle, por arriba, por abajo, por delante, por detrás. Se sentía de ese modo entonado, listo para enfrentarse al mundo.

Una mañana abandonó la estancia sin cerrar la puerta. Entró en ella su perro. Al ver otros perros, los olfateó; como le olfateaban, gruñó: como gruñían, los amenazó; como le amenazaban, les ladró y se abalanzó sobre ellos. Fue un combate espantoso: ¡las batallas contra uno mismo son siempre las más feroces! El perro murió extenuado.

Un asceta pasaba por ahí mientras el amo del perro, desconsolado, mandaba tapiar la puerta de la sala de los espejos.

—Este lugar puede enseñarte mucho —le dijo—. Déjalo abierto.

—¿Qué quieres decir?

—El mundo es tan neutro como tus espejos. Según nos mostremos maravillados o ansiosos, nos refleja lo que le damos. Si eres feliz, el mundo lo es. Si estás atormentado, también lo estará el mundo. En él combatimos sin tregua nuestros reflejos y morimos en el enfrentamiento. Que esos espejos te ayuden a comprender esto: en cada ser y en cada instante, feliz, fácil o difícil, no vemos a la gente ni el mundo, sino sólo nuestra imagen. Observa esto, y todo temor, todo rechazo, todo combate te abandonarán.

El monje y el novicio

La lluvia del monzón crepitaba sobre la carretera cavando acequias, liberando las piedras. El monje y el novicio caminaban con la espalda encorvada. Esa misma tarde les esperaban en el monasterio plantado sobre la montaña. Avanzaban sin ver más allá de tres pasos por delante de ellos. A su alrededor, el mundo había dejado de existir. Estaban envueltos en una especie de capullo blanquecino y tibio que anulaba todo ruido, todo color, todo olor. Era fácil ver que no era más que ilusión.

Se habían despojado de sus sandalias de cuero empapado que serraban sus pies arrugados por el agua. Las asperezas del camino volvían a resultar perceptibles bajo el callo reblandecido que les servía de suela. Con sus atuendos monásticos pegados al cuerpo, luchaban, como estatuas móviles, ayudándose con bastones para avanzar a contracorriente. Torrentes de lodo lado bajaban rodando sobre el mundo, se arremolinaban en torno a ellos, cubriéndoles las pantorrillas y las rodillas. No avanzaban más que a costa de un esfuerzo considerable, en un mutismo de aliento ronco. Todas sus fuerzas se concentraban en echar un pie delante del otro. Les dolían las caderas, y los músculos de los muslos les ardían, debido al esfuerzo. En ocasiones, los detenía un calambre. Entonces agarraban con ambas manos el miembro dolorido, lo sacudían, le pegaban golpecitos discontinuos y lo frotaban para hacerlo entrar en calor. Cuando cesaba la crispación, inspiraban, aliviados, y reanudaban de inmediato la marcha hacia el monasterio perdido en la bruma.

Finalmente la lluvia cesó, dejando tras de sí una luminosidad inaprensible, colores avivados por el agua, un olor almizcleño a musgo y a cieno. La ruta volvió a aparecer, las montañas se manifestaron de nuevo en la estela de las nubes barridas por el viento. Se detuvieron para escurrir sus prendas y vaciar el fondo de las escudillas colgadas de su cintura. Luego reemprendieron la marcha.

En un recodo del camino, una mujer empapada, que contemplaba consternada el río crecido pro el monzón, les cortó el paso.

—Madre —le dijeron respetuosamente, pues lo monjes llaman a todas las mujeres “madre” para alejar el deseo potencial—, ¿por qué permaneces en medio del camino para mirar el río?

—Mi casa y mi familia están al otro lado: esta mañana, casi lo he vadeado, pero esta tarde el agua está tan alta que no me atrevo a aventurarme.

El novicio la subió entonces sobre sus hombros y la cruzó. Después regresó junto al monje. Se miraron un instante para confirmar mutuamente que ya era hora de seguir, y reemprendieron su ascensión, que duró varias horas más.

Llegaron a la vista del monasterio un poco antes del anochecer. Agotados por el viaje, se sentían aliviados al ver perfilarse el gran edificio sombrío y la inmensa campana de la estupa. Hicieron una pausa para recobrar el aliento. De repente, el monje se inquietó.

—¿Cómo vas a explicarle eso al lama?

—¿Qué debo explicarle al lama?

—¡Esa mujer que has tomado sobre tus hombros!

El novicio se echó a reír:

—Yo la dejé en la otra orilla. ¿Y tú? ¿Realmente la has llevado durante todo este tiempo?

La esencia de la sabiduría

El viejo rey había muerto demasiado pronto. Su joven hijo aún no había alcanzado la madurez. Subió al trono, preocupado por estar tan poco formado para el cargo que le correspondía. Tenía esa penosa sensación de que la corona se le caía de la cabeza, de que era demasiado grande y demasiado pesada. Se atrevió a decirlo. Los consejeros se tranquilizaron; pensaron: “su conciencia de no saber, de no estar listo, le predispone a ser un buen rey, capaz de aceptar consejos, de escuchar sugerencias sin precipitarse a la hora de tomar una decisión, de reconocer un error y de aceptar corregirlo. Alegrémonos por el reino”. Él, deseoso de instruirse, hizo llamar a todos los sabios del reino: eruditos, monjes y sabios probados. De entre ellos eligió a algunos como consejeros y pidió a los demás que recorrieran el mundo entero para ir a buscar y traer toda la ciencia conocida en su época, con el fin de extraer de ella el conocimiento, incluso la sabiduría.

Algunos partieron tan lejos como la tierra podía llevarles, otros tomaron vías marítimas hasta los confines del horizonte. Regresaron dieciséis años más tarde, cargados de rollos, libros, sellos y símbolos. El palacio era vasto. No pudo, sin embargo, albergar tan prodigiosa abundancia de ciencia. ¡Solo el que regresaba de China había traído consigo, sobre innumerables dromedarios, los veintitrés mil volúmenes de la enciclopedia Cang-Xi, así como las obras de Lao Tse, Confucio, Mencio y otros muchos, tanto renombrados como desconocidos!

El rey recorrió a caballo la ciudad del saber que había tenido que mandar construir para recibir tal abundancia. Se sintió satisfecho de sus mensajeros, pero comprendió que una sola vida no bastaba para leerlo, para comprenderlo todo. Solicitó entonces a los letrados que leyeran los libros en su lugar, que extrajeron de ellos la médula esencial y que redactaran, para cada ciencia, una obra comprensible. Pasaron ocho años antes de que los letrados pudieran entregar al rey una biblioteca constituida por los simples resúmenes de toda la ciencia humana. El rey recorrió a pie la inmensa biblioteca así constituida. Ya no era tan joven, veía la vejez llegar dando zancadas, y comprendió que no tendría tiempo en esta vida para leer y asimilar todo eso. Pidió entonces a los letrados que habían estudiado esos textos que no escribieran más que un único artículo por ciencia, yendo directamente a lo esencial.

Pasaron ocho años antes de que todos los artículos estuvieran listos, ya que buen número de los eruditos que habían partido hacia los confines del mundo recogiendo todo este saber estaban ya muertos, y los jóvenes letrados que proseguían la obra en curso debían leer previamente todo el material antes de escribir un artículo.

Finalmente, se le entregó un libro en varios volúmenes al anciano rey, postrado en su cama, enfermo. Rogó que cada cual resumiera su artículo en una frase.

Resumir una ciencia en pocas palabras no es cosa fácil. Se necesitaron ocho años más. Se concibió un único libro que contenía una frase sobre cada una de las ciencias y las sabidurías estudiadas. Al viejo consejero que le traía el libro, el rey moribundo le pidió en un murmullo:

—Dime una única frase que resuma todo ese saber, toda esa sabiduría. ¡Una sola frase antes de mi muerte!

—Majestad —dijo el consejero—, toda la sabiduría del mundo cabe en dos palabras: “Vivir el instante”.