Escribir, una mediación para transformar el pensamiento

Ilustración de Davide Bonazzi.

Es sabido que la escritura no solo es un instrumento para relacionarnos con los demás, sino también una poderosa mediación para transformar el pensamiento. Cuando escribimos nos comunicamos con otros, pero, de igual manera, entramos en relación con nuestra mente. De esta última utilidad de la escritura es que deseo hablar en los párrafos siguientes.

Es probable que no nos percatemos de las operaciones cognitivas que suceden cuando escribimos. Tal vez no advirtamos lo que la escritura le ha permitido a nuestro cerebro. Walter Ong decía que al escribir objetivamos el pensamiento; lo podemos ver y, al hacerlo, logramos tomar distancia de nuestras ideas, comprenderlas, darnos cuenta de sus entretelas, apreciar su forma de manifestarse. Y sabemos que esa propiedad de la escritura fue clave para que se desarrollara el análisis, la argumentación, el pensamiento lógico. De allí que sea tan útil echar mano de la escritura cuando se quiera mejorar nuestra forma de pensar. Ella misma ayudará a percatarnos de las falencias, las incoherencias, o la consistencia de nuestras ideas. Al ver lo que produce nuestro cerebro, al tener la evidencia de ese producto, la escritura se convierte en una herramienta muy eficaz para evaluar o sopesar el alcance o limitación de nuestras ideas; se transforma en un yunque que contribuye a “templar” o “pulir” las operaciones intelectivas. Cuanto más escribimos mejor cuenta nos daremos de la vaguedad de lo que expresamos, de su poca ilación o de nuestra incapacidad para darle extensión y consistencia a una opinión, un juicio o una propuesta. Tal constatación se convierte en una poderosa auditoría sobre nuestro tipo de pensamiento; es decir, logramos constatar si está plagado de lugares comunes, de limitadas y conocidas razones o si, por el contrario, tiene motivos suficientes para volar alto y decir cosas novedosas o dignas de interés.

Pero, además, cuando nos adentramos en la escritura descubrimos que ella misma nos exige ejercitar otros recursos cognitivos, otras operaciones reflexivas a las que no estamos habituados o que hemos descuidado: inferir, relacionar, hacer conjeturas, argumentar, sacar conclusiones, disociar, estructurar, hacer síntesis. Todo ello se pone en movimiento cuando escribimos. Consignamos una idea y, para avanzar a la siguiente, tenemos que pensar si deseamos ampliar, derivar, contrastar completar o contradecir el anterior enunciado. Tal reto a nuestro entendimiento se complejiza aún más cuando nos abocamos al segundo párrafo y tenemos que responder a la coherencia, a la continuidad lógica, a la exposición estructurada. Cada momento la escritura nos somete a dar cuenta de lo mismo que expresamos; nos obliga a meditar, a observar con detenimiento los asuntos o las cosas, a vencer el inmediatismo de la charlatanería o la sinrazón.

De igual modo, resulta interesante descubrir cómo la escritura contribuye a diversificar nuestras formas de enunciación. Porque no es lo mismo escribir un cuento o un ensayo, que un poema, una reseña, un resumen o un informe. Cada tipología textual hace que nuestra mente diversifique sus maneras de expresión, enriquezca sus esquemas cognitivos, multiplique las posibilidades de decir lo mismo desde diferentes enunciaciones; se obligue a ser plural y no condenada a una única vía comunicativa. Escribir, entonces, es prefigurar un lector, una audiencia y, al mismo tiempo, es saber elegir el mejor recurso para abordar un determinado contenido. Esta variedad textual dota a nuestro cerebro de cierta plasticidad que le permite hacer correspondencias entre cosas diversas, establecer simbiosis, analogías, sinestesias; de elaborar traducciones y lograr la habilidad del multiformismo. Lo interesante de este abanico de recursos es que nutre a nuestro entendimiento de unos atributos cognitivos con gran utilidad para la creatividad y la innovación.

La escritura, en cuanto registro de los hechos vividos, es también un valioso documento de nuestras acciones, nuestras ideas, nuestras iniciativas. Al dejar constancia de las peripecias de una vida tenemos la posibilidad de convertirnos en arqueólogos de nuestro pasado y, a la vez, en hermeneutas del relato de nuestra historia. Al escribir dejamos marcas, evidencias, huellas visibles de lo que vamos siendo en nuestro paso por el mundo. Dotamos de sentido nuestra consistencia temporal. Más tarde, esas mismas escrituras servirán para reconstruir los hitos, los acontecimientos, los incidentes críticos de nuestra existencia o conformarán un itinerario preciso, unas coordenadas de nuestra autobiografía intelectual que nos permitirá revisar de qué manera fue nuestra relación con el conocimiento, con la tradición de un saber o con el legado que llamamos “la cultura”. Pero no solo esto; al tener esos registros, al transformarnos en documento, se contará con un medio de soporte para la prospectiva existencial o para darle un horizonte de expectativas a nuestro proyecto vital. Así que, la escritura contribuye a tener una mirada crítica sobre nuestro pasado, al tiempo que vislumbrar paisajes desconocidos sobre nuestro futuro. 

Sumado a lo anterior, en la medida en que se aumenta la producción escritural o se va elaborando un cúmulo de diversas obras (de uno u otro género, de diferente tipología textual), ese mismo capital escrito sirve de referente en dos sentidos: tanto para seguir avanzando sobre determinada temática, motivo o asunto; como para obligar a la mente a no decir lo mismo después de un tiempo considerable, a buscar otras alternativas, otros caminos de solución a algo que se había pensado con anterioridad. Quien tiene algo escrito, si desea seguir reflexionando o creando sobre dicho asunto, no tendrá que partir de cero; la propia escritura se vuelve un detonante o una huella de la meta ya alcanzada. Y, al mismo tiempo, pone a la mente en el reto o la necesidad de decir otra cosa, de innovar, de no caer en la repetición expositiva o la monotonía intelectual. Cada producto, cada texto escrito dice “hasta aquí he llegado” y, a la vez, genera el desafío cognitivo de responder a la pregunta de “¿ya no queda más por decir?”; o si es posible derivar, disociar, objetar, precisar o profundizar sobre un asunto, una historia, una situación o determinada problemática que nos interesa. La escritura, entonces, permite hallar unas dendritas para las conexiones próximas y es una espuela o aguijón para incitar o provocar producciones inéditas, diferentes, innovadoras.

Otra bondad de la escritura es la de provocar o mantener la continuidad del pensamiento. Si hay esa voluntad por escribir de manera continua, si se mantiene en vilo una preocupación, un campo de curiosidad o una parcela intelectual, lo más seguro es que se mantendrá ocupada la mente en tales asuntos y, con ello, estarán activas las diferentes funciones de la inteligencia que, si se las estimula con asiduidad, avanzan no de manera aritmética, sino geométrica. Porque lo común es lo episódico del pensar, lo frecuente es la intermitencia al abordar una temática; pero si la escritura tiende esos puentes, poco a poco se van creando hábitos de reflexión más profundos, más fuertes en sus resultados, más vigorosos en su modo de abordaje o comprensión. Si se tiene en la cabeza un proyecto de escritura la mente “siempre estará ocupada”, encontrará filiaciones, hará sendas por caminos poco o nada transitados. La continuidad regula la atención, prorroga los descubrimientos en el tiempo, agudiza la memoria, dota al espíritu de cierta constancia o un talante reiterativo para enfrentar lo difícil, lo complejo, lo enrevesado o desesperadamente complicado. Hay una semilla de perennidad que la escritura arraiga en la mente de quienes la frecuentan, una forma de pensar en la que abundan los encadenamientos, la imbricación de todo tipo de signos, la capacidad cognitiva para estar en constante reanudación. Cada escrito terminado origina una serie de resonancias intelectuales que provocan nuevas ideas, gestándose así una prolongación de las preguntas que llevaron a tal síntesis parcial y que, siguiendo esa tensión del pensar, aspiran a conquistar nuevas tesis que incentiven otras antítesis en un genuino proceso dialéctico.

Y ni qué decir del beneficio de escribir para expresar libremente la subjetividad o de hacer pública la propia voz. Esta dimensión de la escritura se asocia mucho a lo que Kant, en la perspectiva del desarrollo moral, llamaba la “mayoría de edad de la razón”. Es decir, de un pensamiento que puede liberarse de ser sólo la réplica de voces foráneas o de una sumisión a lo ya dicho o protegido por una auctoritas incuestionable, para lanzarse a pensar por cuenta propia, sin muletas o cabestros, ese calificativo que tanto le gustaba usar al maestro Estanislao Zuleta. La escritura otorga ese salvoconducto para entrar a esos territorios vedados de la intelectualidad, lo teórico, del mundo de las ideas, en los que pareciera que únicamente acceden los científicos, sabios y eruditos. Sin embargo, así sean reducidos los productos escritos que se hagan, lo cierto es que ya son la toma de posesión de una mente particular en el concierto de otras obras del pensamiento. Esto es algo que merece celebrarse porque muestra el carácter propositivo de los seres humanos, y es un avance en el desarrollo de las condiciones básicas dadas por la naturaleza. Al escribir potenciamos y activamos, en clave particular, las funciones latentes del pensamiento.

Como puede evidenciarse, la escritura es más que un ejercicio de redacción; se trata, en verdad, de un proceso superior del pensamiento con enormes beneficios para la reflexión, la introspección, la capacidad de juicio, la innovación y la producción personal de las ideas. Mal haríamos, por tanto, en reducir el escribir a un simple ejercicio de destreza gramatical cuando en verdad lo que dinamiza o cualifica son los esquemas con que opera nuestra mente y su incidencia en la producción de conocimiento.

Hospedar la palabra del otro

Ilustración de Alessandra Olanow.

Joaquín: ¿Y ese milagro de ver a su reverencia?

Óscar: Para que vea, yo soy la prueba de que los milagros existen.

Joaquín: No, en serio, casi no podemos sacar el tiempo para tomarnos un cafecito…

Óscar: En algo ayudó el bajón de la pandemia, y que ya acabé de dictar un Seminario con monjitas, en Fusagasugá.

Joaquín: Tú siempre andando entre sacerdotes y monjas… ya casi eres un cura.

Óscar: Ofertas me hicieron, pero yo no sirvo para estar encerrado en un convento.

Joaquín: Además, con ese espíritu tuyo tan poco obediente…

Óscar: Joaquito, digamos más bien, con un espíritu libre como el viento…

Joaquín: ¿Y sobre qué era el Seminario? Si se puede saber…

Óscar: Sobre las bondades del diálogo…

Joaquín: ¿Y por qué no invitó? Me hubiera apuntado; y de paso me hubiera echado una calentadita.

Óscar: Era un evento cerrado. No para pecadores como tú…

Joaquín: Pues cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte…

Óscar: ¿Y dónde estás aprendiendo ahora esas citas bíblicas?

Joaquín: No sólo los que hablan con monjas son los que echan mano de San Pablo…

Óscar: Sorpresas nos dejó esta pandemia… Mi querido Joaco ahora leyendo la Biblia…

Joaquín: Sólo me gloriaré de mis flaquezas… Bueno, pero no me envolates lo que te pregunté: ¿sobre qué trataba el Seminario?

Óscar: Pues del significado que tiene el diálogo y su importancia para todos aquellos que se sienten llamados a servir o aconsejar a otros.

Joaquín: ¿Y eso fue por qué?, ¿cuál era el motivo de ese encuentro?

Óscar: Hacía parte de una lectura atenta de la encíclica del Papa Francisco Fratelli tutti…

Joaquín: ¿Es decir?

Óscar: “Hermanos todos”.

Joaquín: Interesante. ¿Y tú eras el único invitado?

Óscar: Había otros conferencistas, varios sacerdotes jesuitas. Yo era el único laico…

Joaquín: ¿Comprometido?

Óscar: Sí, señor, con Marilyn, la que tú conoces…

Joaquín: Pero dejando la broma a un lado, yo sí creo que lo del diálogo es un asunto de gran importancia para los seres humanos. Fíjate, todos estos meses, casi años, encerrados, sin la posibilidad de reencontrarnos, de darnos un abrazo, de sentir a nuestros amigos o seres más queridos al lado, no fue una cosa de menor importancia. No creo que las pantallas o las breves reuniones por un monitor suplan el calor y la emoción de estar frente a frente con quienes más queremos o más necesitamos.

Óscar: De acuerdo. Parte de los cuadros depresivos de muchos conocidos tiene que ver con eso, precisamente. La falta de contacto entre los seres humanos fue como un retroceso en nuestro avance de socialización.

Joaquín: Y no sé si te has percatado de lo que ha venido después: una especie de reacción agresiva ante cualquier contacto, un desfogue en la violencia, una furia interior difícil de explicar.

Óscar: Sí, puede ser una consecuencia de haber estado enclaustrados a la fuerza. Como las calderas, pero sin ese desfogue por donde sale el vapor que evita la explosión.

Joaquín: Basta analizar el caso nuestro. Aunque contábamos con celular, WhatsApp y zoom, y nos hablábamos con frecuencia, pues añorábamos estar compartiendo este café, aquí juntos, uno al lado del otro. No sé a ti, pero dialogar contigo es una manera de reiterar el afecto, la amistad de tantos años, la certeza de la fraternidad.

Óscar: Igual pienso. El diálogo es el modo como se gesta y se reafirma la cultura del encuentro, que entre otras cosas es una idea del Papa Francisco en su encíclica.

Joaquín: El encuentro, sí señor. Pero mucho más fuerte es en el reencuentro; reencontrarse es una especie de alegría, como cuando uno se topa de pronto con algún dinero que dejó olvidado en un pantalón… Es una manera de ratificar cosas, de subrayar los vínculos o de actualizar el pasado para darle sentido al presente.

Óscar: Insisto en que la pandemia te dejó secuelas teológicas y filosóficas.  

Joaquín: Aunque se burle, y usted sabe que me gusta la filosofía, lo cierto es que el aislamiento va minando el espíritu, lo va opacando o quitándole la luz que proviene de un otro que está fuera de ti.

Óscar: El Papa habla de encuentros reales, de que dialogar es “darle tiempo” a otro; de tomarnos en serio a los demás…

Joaquín: ¿Lo del prójimo?

Óscar: Lo del próximo, como le gusta decir a él. Dialogar es romper lejanías de toda índole, es abrir el corazón o, para recordar algo de lo que dije en el Seminario, es una capacidad para “trascenderse en una apertura a los otros”.

Joaquín: Me gusta esa idea de la trascendencia vertida hacia lo humano.

Óscar: Es que, para dialogar, hay que salir de uno mismo, en el sentido de dejar en remojo las propias creencias, las propias ideas, para que sea posible escuchar lo que otra persona trata de decirnos. Porque a veces no dialogamos, sino que monologamos o queremos imponer a los demás lo que pensamos. Trascenderse es romper el cascarón del propio mundo para dejar abierta la posibilidad de lo inédito o lo inesperado…

Joaquín: Además, al otro ser humano debo considerarlo valioso; considerarlo importante, digno, para sentarme a dialogar con él.

Óscar: Así es… y por eso el Papa habla de hospitalidad, de ese don para encontrarse con la humanidad de otro o de otros…

Joaquín: Me gusta esa idea, así no haya leído la encíclica, eso de que dialogar es como ser capaz de hospedar la palabra del otro.

Óscar: Tú, siempre sacando provecho de tus buenas lecturas de poesía…

Joaquín: Para algo deben servir los años que he releído a Pedro Salinas, el gran conocedor de las minucias del tú y el yo…

Óscar: Ilumíname, querido amigo, con algunos de esos versos que cargas en tu mente como si fueran un equipaje lírico.

Joaquín: “Ven a mi desde ti, no desde tu cansancio de ti…” “Que hay otro ser por el que miro el mundo porque me está queriendo con sus ojos…” “Mundo, verdad de dos, fruto de dos…”

Óscar: “La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida”.

Joaquín: Pues parece que el religioso también tuvo su conversión por la poesía…

Óscar: No, Joaquito, es un verso de Vinicius de Moraes que trae a colación el Papa cuando habla de la nueva cultura del poliedro…

Joaquín: Ahora sí tienes que explicarme eso con plastilina, y despacito.

Óscar: Lo que sucede es que el Papa echa mano de esta figura para hablar del modo como debemos hoy entendernos, sin en verdad nos interesa la convivencia pacífica. Se trata de comprender que el mundo o la sociedad actual tiene multitud de caras, puntos de vista diferentes y que, si lo miramos bien, se iluminan recíprocamente. No es que haya unos lados más importantes que otros. Él lo expresa, si mal no recuerdo, así: “nadie es inservible, nadie es prescindible”. Entonces, dialogar es ser capaces de reconocer esas diferentes caras del poliedro, reconocer al distinto, permitirse cambiar de perspectiva.

Joaquín: Y la luz de una cara puede iluminar la sombra de otro rostro.

Óscar: Sí, ese es como el sentido. La riqueza está ahí: hay que permitirle a nuestro oído que resuenen distintas voces… Detrás del poliedro está una crítica a los fundamentalismos excluyentes y los fanatismos de todo tipo.

Joaquín: Pero para eso se requiere ser flexible, ¿no crees?

Óscar: Sí, y de eso también habla el Papa en su encíclica… Es difícil dialogar con alguien que tiene duro el espíritu, calcificado el pensamiento de solo mirar por una cara del poliedro… ¿Y sabes de qué otra condición para dialogar habla Francisco?

Joaquín: ¿De cuál?

Óscar: De la amabilidad. “La amabilidad como liberación de la crueldad…” La amabilidad que no solo permite, sino que estimula el afecto entre las personas, el nacimiento de los vínculos.

Joaquín: Yo creo que esa amabilidad de igual modo crea las condiciones para que se cree la confianza. Sin confianza es casi imposible que un diálogo sea genuino o que alcance la hondura de lo humano.

Óscar: De acuerdo. Cada vez me convenzo más de una cosa: para alcanzar el umbral de la confianza se requiere tiempo compartido con la otra persona, es vital acceder a los itinerarios de su historia y eso demanda sentarse tranquilamente a conversar, dejando que fluyan las palabras, pero también dándole espacio a los silencios…

Joaquín: Y ni qué decir de la discreción, que es como el ángel guardián de las confesiones y los secretos compartidos. Hay muchos diálogos fracturados precisamente por eso, porque la confianza fue desmoronada por la imprudencia, por no frenar la lengua o por la falta de cuidado de ese otro ser.

Óscar: La confianza es una manera de entregarle a otro nuestra fragilidad, y crece en la medida en que salvaguardamos sus secretos, su vida privada.

Joaquín: Asunto que en nuestra época parece en contravía de lo ventilado a diario como trofeo por los medios masivos de información y lo que, con saña y venganza, se divulga en las redes sociales. 

Óscar: Hemos ido dejando que lo privado sea secuestrado por el afán de notoriedad.

Joaquín: Asocio lo que dices con otro ambiente propicio para el diálogo, me refiero al respeto. Un valor que cada día nos está resultando difícil de practicar o testimoniar.

Óscar: Pienso que somos irrespetuosos porque, muy en el fondo, el otro no nos importa, porque es alguien que no merece nuestra consideración. Se ha ido perdiendo esa dimensión sagrada de lo que es una persona. No nos importa ni su edad, ni su experiencia, ni sus sueños, ni sus problemas. 

Joaquín: Para respetar a otro se requiere sentirnos corresponsables de su existencia, de su historia. Y al no respetarlo, rompemos su autoestima y, con ello, generamos el resentimiento, el odio.

Óscar: De pronto esta época de la prisa y del consumo masivo en que vivimos nos ha vuelto sordos para escuchar la singularidad de las personas…

Joaquín: Sabes que sí, ya nadie quiere ni tiene el tiempo para escuchar a otro, llámese colega, familiar o vecino.

Óscar: El Papa advierte que, por esa falta de escucha, es que hemos ido perdiendo la sabiduría. Tengo acá en mi agenda de notas del celular, una de las frases que usé durante la presentación. ¿Te interesa escucharla?

Joaquín: Sólo oídos…

Óscar: “La sabiduría no se fabrica con búsquedas ansiosas por internet, ni es una sumatoria de información cuya veracidad no está asegurada. De ese modo no se madura en el encuentro con la verdad”. Y el Papa afirma que esa verdad brota, precisamente, del diálogo, “entre espíritus libres y dispuestos al encuentro”.

Joaquín: No sé dónde leí, pero me acuerdo de un filósofo que dijo que “se aspira a la sabiduría frotando y limando el cerebro propio con el de otro”.

Óscar: Sí, esa fue también la apuesta del viejo Sócrates, ¿no?

Joaquín: Y fue mediante diálogos como Platón nos enseñó a buscar la sabiduría.

Óscar: ¿Sabes otra idea que trabajé con las monjitas? La del diálogo como síntesis superadora…

Joaquín: De nuevo la plastilina, por favor…

Óscar: Que dialogar no es sumar diversas opiniones, sino llegar a un punto en que las diferencias se enriquecen iluminándose recíprocamente, en que la complementación es superior a mis ideas o las tuyas. “El todo es más que la mera suma de las partes”. La síntesis superadora es el nosotros.

Joaquín: ¿Y cómo respondieron las monjitas a tus reflexiones?

Óscar: Receptivas, propositivas, con excelente escucha…

Joaquín: Mi tía Purificación, que fue educada por monjas, decía que las monjitas eran las que le ponían la carne al espíritu del evangelio.

Óscar: Yo he comprobado en ellas su vocación de servicio, su dedicación a curar las heridas de su prójimo… Y ahora que lo recuerdo, el Papa Francisco dice eso en la encíclica, “el servicio es, en gran parte, cuidar la fragilidad”.

Joaquín: Bueno, como sé que tienes otros compromisos, y ya hemos repetido la dosis de café, qué tal si me compartes algunas de esas otras frases que sirvieron de motivo inspirador para tu Seminario.  

Óscar: Mi estimado Joaco, se nota que me conoces bien… Te las voy a leer para que las rumies mientras vuelves a tu apartamento o para que sirvan de aperitivo a nuestro próximo “reencuentro…”

Joaquín: Aceptada de una vez la invitación.

Óscar: Va la primera: “El diálogo persistente y corajudo no es noticia como los desencuentros y los conflictos, pero ayuda discretamente al mundo a vivir mejor, mucho más de lo que podamos darnos cuenta”.

Joaquín: Qué cierto. El diálogo no es noticia; sube más la audiencia cuando se habla del conflicto y de la polarización.

Óscar: Sigo, con mis frases destacadas…

Joaquín: Ay, sí, qué pena, vuestra reverencia.

Óscar: “Nos hemos empachado de conexiones y hemos perdido el sabor de la fraternidad”.

Joaquín: Como quien dice, mucha información, pero poca comunicación.

Óscar: Y la última, que bien parece un homenaje a nuestro diálogo de esta tarde: “La vida no es tiempo que pasa, sino tiempo de encuentros”.

Semiótica de la intangibilidad

«Tan cerca», obra de Cristina Troufa.

¿Qué puede significar la expresión “el lenguaje es un patrimonio intangible? Sé que la UNESCO prefiere hablar de patrimonio “inmaterial”, pero con un sentido análogo. Y bajo esa denominación incluye el idioma “como vector del patrimonio cultural inmaterial”, al lado de las tradiciones y expresiones orales, las artes del espectáculo, los rituales y actos festivos, las técnicas de artesanías tradicionales, entre otros. Sin embargo, motivado por el deseo de comprender mejor el calificativo de “intangible” me pareció interesante explorar en sus significados e inferir algunos rasgos característicos. Espero que estas ideas muestren la importancia de la “intangibilidad” a todos los que estudian, investigan o se interesan por las relaciones entre el lenguaje y la cultura.    

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“Tangible” es una palabra que empezó a usarse en español a principios del siglo XVII, como cultismo. Y está relacionada con el término, “tañer”, originado a su vez, en el latín “tangere, ‘tocar’ o ‘ejercer el sentido del tacto’. Esta acepción de “tañer”, según el etimologista Joan Corominas, “se conservó en castellano en toda la Edad Media, aunque desde el principio aparece también especializada en el toque de campanas y demás instrumentos sonoros”. En consecuencia, el término “intangible” está más asociado a la imposibilidad de ser tocado, a la lejanía de la mano, a algo que “no se pude percibir de manera precisa, real, concreta”, y a una secreta filiación con el silencio.

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De otra parte, intangible se asocia también con lo “intocable”, con aquello que, por su naturaleza especial, señala María Moliner, “merece extraordinario respeto y no puede o no debe ser alterado, menoscabado o violado”. Recuerdo en estos momentos el episodio de la Odisea cuando Ulises baja al Hades y las almas de los difuntos no pueden ser tocadas ni abrazadas, solo escuchadas en su “clamor horroroso”. O el momento en que Eneas, al ver a Anquises en el Hades, trata infructuosamente de abrazarlo: “Tu imagen, ¡oh padre!, tu imagen apesadumbrada, que a menudo aparecióseme, me da decidido a franquear estos umbrales. Mi flota está fondeada en aguas del mar Tirreno. ¡Dame, dame tu diestra, padre, y no te sustraigas a mi abrazo!”. Mientras así hablaba, largo llanto humedecía su rostro. Tres veces intentó rodearle con sus brazos el cuello; tres veces, en vano asida, la imagen de sus manos huyó, como el soplo ligero de los vientos, tal como un sueño que se desvanece”[1]. Este rasgo de la intangibilidad permite distinguir lo palpable del mundo profano con ese otro fuero propio de lo sagrado.

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Otro significado, más contemporáneo, es que los “intangibles” son un tipo de bienes asociados a la esfera empresarial. Se habla de activos intangibles, entendiéndolos como “variables estratégicas para el crecimiento y la rentabilidad de los negocios”. La contadora colombiana Patricia González diferencia entre activos tangibles e intangibles[2]: los primeros “crean valor de manera directa, su valor no es potencial y depende de las fuerzas del mercado; en tanto los intangibles, crean valor de forma indirecta, su valor depende del contexto y es potencial”. En el mundo de los negocios o las empresas se relacionan activos intangibles como la capacidad de gestión y de innovación, la relación con los clientes, el talento humano, los servicios, las marcas y el goodwill. Salta a la vista que otro rasgo de la intangibilidad es su potencialidad de generar valor, de producir un tipo de capital relacionado con lo intelectual o el conocimiento.

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Me detengo ahora en otra particularidad de lo intangible: su invisibilidad. Para ello, acudo al poema XVII de Rainer María Rilke sobre Las rosas[3].

Eres tú quien preparas en ti misma
algo más que tú, tu última esencia.
Lo que sale de ti, turbadora emoción,
es tu danza.

Cada pétalo consiente
y da en el viento
algunos pasos perfumados
invisibles.

Oh música de los ojos
toda rodeada por ellos,
te vuelves en el medio
intangible.

Si se mira con cuidado el poema, lo intangible de la rosa es su esencia, algo que sale de adentro de la flor, pero que se parece más al olor o al viento. Esa invisibilidad, fraguada y protegida por los pétalos, es lo que le otorga a la rosa su belleza, su atracción. La intangibilidad se fragua desde dentro, lo de afuera es apenas la envoltura de lo sustancial de su ser. Situación similar acaece con el lenguaje, con las palabras que usamos para expresar una honda pasión o una experiencia altamente significativa; esas palabras bordean o sirven de heraldos a los que está en el centro de tales expresiones; son la cáscara, porque la médula sigue siendo intangible, secreta o al menos cifrada por aquel que las usa. La intangibilidad del lenguaje trasciende sus propios medios, va más allá de las palabras. Uno de esos límites es la mística; el otro, el silencio.

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Voy a otro lugar para mostrar el aspecto imaginario de la intangibilidad. Repaso para tal fin un pasaje de los evangelistas, el de Juan, titulado la incredulidad de Tomás. Lo transcribo para quienes no les sea tan cercano: “Tomás, uno de los doce, a quien llamaban el Mellizo, no estaba con ellos cuando se presentó Jesús. Los otros discípulos le decían: —Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: —Tengo que verle en las manos la señal de los clavos; hasta que no toque con el dedo la señal de los clavos y le palpe con la mano el costado, no lo creo. Ocho días después los discípulos estaban otra vez en casa, y Tomás con ellos. Estando atrancadas las puertas, llegó Jesús, se puso en medio y dijo: —Paz con vosotros. Luego se dirigió a Tomás: —Aquí están mis manos, acerca el dedo; trae la mano y pálpame el costado. No seas desconfiado, ten fe. Contestó Tomás: —¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: —¿Por qué me has visto tienes fe? Dichosos los que tienen fe sin haber visto”[4]. Me interesa esta escena bíblica porque ilustra bien el tipo de esfuerzo que demanda la intangibilidad para ser creíble y, al mismo tiempo, porque muestra la diferencia entre la literalidad y lo connotativo del lenguaje. Si hay demasiado apego a lo material, a lo físico; si ese es nuestro rasero para valorar la importancia de algo o de alguien, muy seguramente no podremos apreciar otras cualidades que rebasan los límites de nuestros sentidos. El lenguaje es valioso no solo por su utilidad para las transacciones comerciales o el trato cotidiano, sino porque posibilita evocar, creer o crear cosas que sin ser vistas o palpadas pueden ser imaginadas. Roland Barthes sigue teniendo razón: “al volverse cualidad, la parte del lenguaje promovida es lo que éste no dice, lo que no se articula. En lo no dicho es donde se alojan el goce, la ternura, la delicadeza, la satisfacción, los más delicados valores de lo Imaginario”. Y concluye el semiólogo francés: “es posible que las cosas sólo tengan valor por su fuerza metafórica” [5]. 

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Caso contrario al apóstol Tomás sería el de los ciegos cantados por la poetisa polaca Wislawa Szymborska. Digamos que estos invidentes ya no necesitan ver para creer y, por eso, logran maravillarse de lo que escuchan, de los paisajes multicolores, de los destellos de luz, de los peces y azores que crean un susurro perfecto a la par que evanescente. He aquí el poema.

La cortesía de los ciegos[6]

Una poeta lee poemas a unos ciegos.
No se imaginaba que fuera tan difícil.

Le tiembla la voz.
Le tiemblan las manos.

Siente que cada frase
debe superar la prueba de la oscuridad.
Tendrá que arreglárselas sola,
sin luces ni colores.

Peligrosa aventura
para las estrellas de sus poemas,
para la aurora, el arco iris, las nubes, los neones, la luna,
para los peces hasta ahora tan plateados bajo el agua
y los azores tan callados, altos en el cielo.

Lee –porque es ya demasiado tarde para no leer–
sobre el niño de la cazadora amarilla en el verde prado,
sobre los rojos tejados que se pueden contar en los valles,
sobre los vivaces números en las camisetas de los jugadores
y sobre una mujer desnuda tras una puerta entreabierta.

Quisiera omitir –aunque eso no es posible–
a todos aquellos santos en la bóveda de la catedral,
aquel gesto de despedida desde la ventana del vagón,
la lente del microscopio y el destello en el anillo,
y las pantallas y los espejos y el álbum con rostros.

Pero grande es la cortesía de los ciegos,
grandes su comprensión y su magnanimidad.
Escuchan, sonríen, aplauden.

Alguno de ellos incluso se acerca
con un libro abierto al revés
pidiendo un autógrafo invisible para él.

Al igual que estos ciegos –corteses, comprensivos y magnánimos– deberíamos ser todos los que pregonamos y defendemos las bondades de la intangibilidad del lenguaje. Esa parece ser la mejor actitud de los que creemos en el patrimonio inmaterial de las palabras: escuchar, imaginar, sonreír, aplaudir.

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Cambio de perspectiva para vislumbrar una cualidad más de la intangibilidad: su atmósfera. Sirva de argumento lo que escribe el arquitecto colombiano Mauricio Cabas, recogiendo algunas ideas de su colega belga Peter Zumthor[7]: “Existen elementos en el espacio arquitectónico que son intangibles, imposibles de medir y que muchas veces solo aparecen muchos años después de haber sido construida la obra arquitectónica. Son elementos inmateriales pero extremadamente reales, que tienen que ver con los sentidos, las experiencias y afectos”[8]. Me detengo en esta idea arquitectónica y descubro que, a pesar de su inmaterialidad, el lenguaje tiene también su propia atmósfera. A qué me refiero, en principio a que las palabras crean atmósferas afectivas, impresiones sentimentales o emocionales.  Este clima afectivo es el que genera vínculos entre la imagen acústica y el significado del signo lingüístico; entre el sonido material del lenguaje y las resonancias intangibles en los afectos o las emociones. La intangibilidad del lenguaje está asociada a un ethos, en el sentido de carácter, de temperamento.

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Descubro que en el mundo de los cómics de Marvel existe una superheroína que tiene el don de la intangibilidad. Se trata de la mutante Kitty Pryde[9]. Ella logra atravesar casi todo tipo de materia física, barreras e incluso el cuerpo de las personas. Retomo este personaje de los cómics para hablar de un rasgo adicional de la intangibilidad, su capacidad de desplazamiento. Esta capacidad mutante del lenguaje, este modo de adaptarse y transformarse según la vasija que lo contenga, ha hecho que las palabras hayan logrado traspasar fronteras, territorios, épocas, a pesar de las murallas o las distancias extremas. Sirva de soporte a mi tesis un apartado del texto de Francisco Moreno Fernández, La maravillosa historia del español en el que encuentro un ejemplo para ilustrar mi planteamiento: el periplo de la palabra azúcar. Dice el sociolingüista español que “El origen del azúcar se sitúa en la India y el étimo de la palabra que lo designa es de origen persa. Aunque la procedencia de la caña de azúcar y de otras plantas de jugo dulce es asiática oriental, en la India fue donde parece que se inventó la técnica de la cristalización. Allí la conocieron las tropas de Alejandro Magno —«la miel sin abejas» le decían al azúcar— y, a través de Persia, la llevaron hasta Grecia, donde la llamaron sánjari. Esta forma fue tomada por los árabes como sukkar, que, con el artículo, se transformó en assúkkar en el árabe hispánico, desde donde pasó al español (…) El periplo seguido por el producto es sencillamente asombroso –prosigue el director del Instituto Cervantes– y el de la palabra no resulta menos llamativo”.[10]  Eso mismo afirmó el afinado prosista cubano Fernando Ortiz, en su magna obra Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar: “El azúcar tardó siglos y hasta milenios para salir de la India asiática, pasar a la Arabia y al Egipto, correrse por las islas y costas del Mediterráneo hasta las del Océano Atlántico y las Indias de América”[11]. No cabe duda de que esa capacidad de desplazamiento y mutación de la intangibilidad, es la que le ha permitido al lenguaje traspasar territorios, viajar de incognito entre la tripulación de antiguos navíos o atravesar los gruesos muros de castillos y murallas de diferentes pueblos.

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Me detengo acá y recopilo algunas de las características de la “intangibilidad” que he venido refiriendo:  su lejanía de la mano, la secreta filiación con el silencio, su relación con lo sagrado, su potencialidad de generar valor, su invisibilidad, su dimensión imaginaria, su fuerza metafórica, la capacidad de crear atmósfera y su capacidad de desplazamiento… Dicho esto, me pregunto, ¿en qué medida el lenguaje participa de esos rasgos? Y mi respuesta positiva no solo enaltece su importancia, sino que subraya un punto: ese intangible es demasiado importante para la socialización, la creatividad y los procesos de simbolización humana. Aunque, como es fácil de presuponer, lo más complejo seguirá siendo la valoración o ponderación de estos rasgos de intangibilidad. Además, sabemos que la inclusión de las diversas modalidades de patrimonio intangible, es motivo de luchas políticas, culturales y sociales, y por eso merece nuestro interés académico e investigativo y el compromiso personal de ser cuidadores de tal riqueza heredada.

REFERENCIAS

[1] Virgilio, La Eneida, canto VI, Montaner y Simón, Barcelona, 1951, pág. 234.

[2] Medición de activos intangibles, Univalle, 2017.

[3] Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán, ediciones de La Mirándola. 

[4] Nueva Biblia Española, Cristiandad, Madrid, 1977, pág. 1691.

[5] Roland Barthes, “La música, la voz, la lengua” en Lo obvio y lo obtuso. Imágenes, gestos y voces, Paidós, Barcelona, 1986. p. 278,

[6] Dos puntos, Igitur, 2008.

[7] Atmósferas, Gustavo Gili 2006.

[8] Mauricio Cabas: Lo intangible del espacio arquitectónico, Corporación Universidad de la Costa, 2021.

[9] https://marvel.fandom.com/wiki/Katherine_Pryde_(Earth-616)

[10] Pág. 61

[11] Fernando Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, Editorial Ayacucho, Caracas, 1978, p., 49

Elementos para una didáctica de la oralidad

Para María Pilar Núñez Delgado

No sobra recordar que un elemento es un principio básico, una parte fundamental o primordial de un campo de saber o una práctica. Perfilemos, entonces, un conjunto de elementos relacionados con la didáctica de la oralidad.

  1. El desarrollo en clase de cualquier género, modalidad o técnica oral supone una secuenciación didáctica que vaya más allá de la improvisación o el activismo sin intencionalidad.

Nada más inefectivo que “hablar por hablar” en clase o darle rienda suelta a la oralidad de los estudiantes sin ningún norte o intención formativa. Si en verdad se desea emplear la oralidad como medio de aprendizaje es sustancial soportarla en una secuencia formativa en la que, por lo menos, se tengan presentes el propósito, el tipo de público, la organización de la información y la puesta en escena, algunas ayudas para la memorización y, por supuesto, los criterios de evaluación de la misma. No sobra advertir que esas secuencias didácticas dependerán del grado o nivel de los estudiantes y deberán ajustarse al contexto en el que se lleven a cabo.

  1. Combinar nuestras exposiciones de aula con diferentes hablas pluripersonales en clase no solo enriquece el aprendizaje, sino que es un potente recurso para que los estudiantes incorporen y contrasten diversos puntos de vista sobre un tema o asunto.

Sin lugar a dudas, la exposición del maestro sigue siendo uno de los recursos más usados en clase y tiene su punto máximo en la cátedra magistral. Tal estrategia es valiosa para la enseñanza de contenidos. No obstante, si en verdad queremos que los estudiantes participen y hagan vivo el aprendizaje, necesitaremos otras hablas plurales como el foro, el simposio, el debate, la mesa redonda, que permitan la confrontación de ideas y un modo colaborativo de apropiar conocimientos o realizar determinadas actividades. Por supuesto, usarlas en clase presupone atender el primer elemento antes expuesto: otorgarles una finalidad, una metodología, una logística y unos ejercicios previos que garanticen tanto su calidad como su intención formativa.

  1. Aumentar o enriquecer la competencia lexical de nuestros estudiantes es una manera de contrarrestar el reduccionismo expresivo y las agobiantes muletillas del habla.

Es apenas obvio que, si no se cuenta con una rica variedad semántica, si es demasiado limitado el número de palabras con las que tratamos de comunicarnos, lo más seguro es que proliferen las repeticiones, los lugares comunes o las expresiones “cliché”. Para subsanar esa pobreza verbal es recomendable enseñar campos semánticos y no palabras sueltas, usar y familiarizar a los estudiantes con los diccionarios razonados de sinónimos e ideas contrarias (aquellos que distinguen y precisan el uso de términos con significados parecidos) y con los diccionarios de ideas afines, conocidos también como ideológicos (esos que usamos no para buscar una definición, sino para encontrar el término preciso que encaje con una idea que deseamos formular). Más que dictarles a los estudiantes vocabularios sueltos o buscar palabras “desconocidas”, lo más indicado es ofrecerles familias de términos, redes de conceptos agrupados desde un tópico.

  1. Proveer de un repertorio variado de conectores lógicos a nuestros estudiantes es buen recurso para facilitarles la cohesión y la coherencia en sus discursos.

Es sabido que los conectores lógicos ayudan a darle flexibilidad a los discursos. Esas “bisagras de palabras” permiten que se articulen las ideas o adquieren fluidez y lógica al exponerse. Los conectores garantizan cohesión y coherencia al habla. No se olvide que los conectores lógicos tienen una variedad de usos, desde aquellos que sirven para recapitular, inferir o subrayar una idea, hasta esos otros que son útiles para ejemplificar, darle continuidad a una exposición o concluir un razonamiento. Si se desea que los estudiantes no tengan discursos episódicos, incoherentes o fragmentados los docentes necesitan enseñar a utilizar, diferenciar y practicar durante un buen tiempo los diferentes tipos de conectores lógicos hasta logren interiorizarse.

  1. Evaluar el conocimiento, desarrollo y puesta en práctica de una modalidad de la oralidad supone contar, previamente, con rejillas o rúbricas de evaluación para tal propósito.

Más que indicaciones generales o recomendaciones vagas sobre las condiciones de calidad de una modalidad o género oral, los docentes deben presentar y explicar los criterios con los que van a ser evaluados tales productos o actividades orales. Aún más: esos criterios tendrían que vaciarse en rejillas o retículas en las que se señalen los descriptores que objetivamente van a ser calificados. Esto hace parte del contrato didáctico de clase y de una armonía entre lo que se enseña y lo que se evalúa; y jamás podrán estar “ocultos” por el profesor o depender de asuntos vaporosos como el gusto o el estado de ánimo del docente en ese momento. Contar con rúbricas de evaluación de una exposición oral, de un debate o de un conversatorio es una particularidad de la evaluación formativa en la, como es sabido, importa más el perfeccionamiento de ciertos aspectos que el veredicto o el juicio inapelable.

  1. De todas las acciones orales que el maestro lleva a su clase, una de las más importantes es la lectura en voz alta y, por eso mismo, hay que ejercitarse en las cuatro habilidades básicas para dar de leer.

Es importante que el maestro lea ante sus alumnos de manera frecuente no solo para mostrar cómo hacerlo, para dar testimonio de buena dicción y entonación, sino para crear hábitos de escucha. La lectura en voz alta no hay que entenderla como impostación de la voz, sino como una vocalización educada o preparada. Cuatro son esas habilidades: la primera, consiste en subir y bajar la entonación, para ganar la atención de los escuchas; la segunda, en acelerar o desacelerar los enunciados de tal manera que provoquen la emoción; la tercera, se centra en el manejo de las pausas y los silencios que incitan la curiosidad; la cuarta, en hacer especiales énfasis sobre determinadas palabras para enfocar el interés del auditorio. Usar de manera variada estas diversas estrategias evita el aburrimiento y la monotonía al igual que estimulan lo afectivo y la imaginación.

  1. Propiciar el aprendizaje de memoria de retahílas, juegos de palabras y, especialmente, de jitanjáforas, contribuye a mostrar la riqueza expresiva de la palabra oral al igual que a descubrir su ritmo subyacente.

Desde las técnicas de la retórica clásica se sabe que una parte fundamental de la oralidad consiste en aprender a retener en la mente, a recordar con fidelidad, lo que se va a verbalizar después. Y uno de los medios más eficaces en el aula para lograrlo es invitar a los estudiantes a memorizar juegos de palabras que además de divertidos son, en sí mismos, una buena escuela de la musicalidad de las palabras. Desde la óptica de la oralidad, las palabras no solo significan, sino que también tienen y producen un ritmo. La memorización de esas cadenas de ritmos, de esas estructuras de sonidos rimados, de esos engarces oracionales, crean a nivel cognitivo unos caminos expresivos por los que luego resultará fácil hacer discurrir nuevos contenidos u otro tipo de géneros expresivos. Por lo demás, si no se ejercita la memorización, si no se han interiorizado estructuras de composición, será poco fluida la improvisación oral y muy limitada la creatividad discursiva.

  1. Trabajar en el aula, de manera frecuente, la oralización de discursos escritos usando la dramatización teatral tanto en forma individual (monólogo) como grupal (diálogo) permite vincular la voz con el cuerpo, el espacio, la paralingüística.

Son muchas las bondades del teatro para una didáctica de la oralidad. No solo en lo que tiene que ver con la puesta en escena del cuerpo, de la expresión de las manos, la mirada y el gesto, sino porque ayuda muchísimo a “interpretar” los discursos, a darles el dramatismo necesario para que sean realmente interperlativos, vívidos y logren contagiar al auditorio el sentido de un mensaje. Ejercitar a los estudiantes en la lectura de monólogos siguiendo las pautas de los autores dramáticos o con las adaptaciones de enunciación hechas por ellos mismos, contribuye a “animar” o tomar conciencia del efecto de la oralización en los oyentes. De igual modo, practicar la dramatización de diálogos es un excelente recurso para mostrar cómo las gamas de la entonación, del énfasis o el uso de las pausas intencionadas, expresan y movilizan emociones y tocan la fibra pasional de las personas.

  1. La analítica de discursos, especialmente en videos, continúa siendo uno de los modos más efectivos para ejemplificar los aciertos y desaciertos de la puesta en escena de la oralidad.

Llevar al aula discursos de oradores considerados de gran impacto social o que son reconocidos por su calidad discursiva, para luego analizarlos según una rejilla de criterios o buscando en la visualización las respuestas a ciertas preguntas dadas por el maestro, es un medio ideal para apreciar en vivo los elementos conceptuales o las habilidades de la oralidad. Se trata de ver a otros con detenimiento para apreciar de qué manera logran su cometido, cómo hacen el exordio, la exposición y el epílogo de su discurso, y cuáles son las marcas de su estilo para comunicarse. Estas visualizaciones sirven de referencia a los estudiantes para después imitarlos o incorporar algunas de sus técnicas. El análisis de discursos, que el maestro deberá seleccionar y mirar varias veces con anterioridad, es otra manera de presentar en el aula consejos y sugerencias de manera indirecta, pero manteniendo como objetivo principal ejemplificar o reforzar los diversos recursos retóricos propios de la oralidad.

  1. La memorización de versos memorables, sentencias y máximas, de aforismos o proverbios resulta fundamental para tener un acervo de sabiduría que le permita después al estudiante darles hondura reflexiva a sus ideas y mantener un vínculo con la tradición del pensamiento.

Invitar a los estudiantes a retener en su mente líneas de versos, estrofas que sintetizan enseñanzas existenciales al igual que aprender de memoria un repertorio de frases célebres, de citas de autores validados por el tiempo; incorporar estos condensados de lecciones de vida, será muy útil cuando el estudiante quiera ilustrar una idea, reforzar un planteamiento o concluir una exposición. Los versos como los aforismos tienen la ventaja de decir mucho con muy pocas palabras, al igual que las sentencias que, por su profundidad, agudeza o ironía, hacen que el auditorio reflexione, sonría o descubra súbitamente una verdad que lo sorprenda. Apropiarse de estos pensamientos concentrados es un medio de retomar las formas propias de la tradición oral y conjugar la voz personal con el coro de voces de la cultura. 

  1. Enseñar y ejercitar a los estudiantes en el uso de figuras retóricas es ofrecerles unos recursos expresivos para darle plasticidad a sus ideas y contar con un repertorio de procedimientos lingüísticos creativos encaminados a emocionar o conmover a su audiencia.

Más que un simple ornato, las figuras retóricas tienen la función de enriquecer la elaboración y puesta en escena de los discursos. El pensamiento figurado ofrece luces para poder establecer un paralelismo, saber precisar un epíteto, usar estratégicamente una elipsis o darle dramatismo a una anáfora. Si no se cuenta con esta reserva de recursos expresivos los estudiantes serán demasiado literales y no podrán usar con intencionada finalidad una concatenación, una enumeración o echar mano de las potencialidades de la metáfora o la metonimia. Es apenas obvio que si, por el contrario, se han ejercitado en elaborar paradojas, hipérboles, antítesis o ironías –para solo mencionar unas cuantas figuras–, tendrán más elementos de composición al hablar y un abanico expresivo con el cual afectar o impresionar a su auditorio.  

  1. Invitar a los estudiantes a llevar y compartir en clase un diario del escucha contribuye a afinar su atención sobre hablas ajenas y a descubrir las particularidades de la oralidad al igual que sus funciones y matices.

La oralidad tiene matices, intensidades y marcas regionales; puede ser susurrante o agresiva; en ocasiones parece un lamento y, en otras, efusiva hasta el delirio. De alguna manera, cada persona tiene unos rasgos particulares de esa oralidad y es otra señal de su identidad. Por eso es tan importante para los estudiantes llevarlos a afinar la escucha, a concentrar su atención para auscultar las variaciones de habla o la conversación. Los diarios del escucha son un recurso para tal propósito: en dichos útiles se irán consignando frases oídas en la calle, en el hogar, entre amigos; se consignarán también registros de los que circulan en los medios masivos de información o mensajes de audio que viajan anónimamente por las redes sociales. Después, al compartir esos registros, al oralizarlos de nuevo en clase, se podrán inferir características, condiciones, reiteraciones y atributos no tan evidentes de los discursos orales. Y, como logro adicional, con esas audiciones se podrá mostrar a los estudiantes que escuchar atentamente es la base o la garantía para que su habla sea oportuna, respetuosa y vinculante.

Los anteriores elementos son apenas una primera docena de principios para los docentes que tienen a su cargo cursos o desean enseñar algún aspecto o género de la oralidad. Pero, además, desean poner en alto relieve la necesidad de asumir con más determinación el trabajar en el aula sobre esta modalidad expresiva. Los limitados discursos que proliferan en diferentes escenarios sociales, la atronadora avalancha de palabras agresivas y soeces, el lenguaje monótono del fanatismo sectario, la poca innovación en las expresiones de la vida íntima, todo ello, nos subraya la importancia de que la oralidad sea un propósito de las instituciones educativas de todos los niveles. Porque no se crea que en la educación superior este es un asunto ya superado; más bien es una debilidad evidente: el desarrollo de las competencias comunicativas de la oralidad es una falencia en la mayoría de las profesiones. 

La solicitud

Una vez Saturno terminó el litigio sobre la paternidad de “Hombre” y abandonó la sala de audiencias, Custos quedó con cierta tristeza por no haber sido él quien le hubiera puesto el nombre a su obra de barro. Había pensado en denominar a su criatura Adán, porque le gustaba el color de su piel rojiza. También había imaginado otros nombres como “Blandito” porque la criatura cedía muy fácilmente a la presión de sus manos. En todo caso, aceptando el veredicto de Saturno decidió asumir la responsabilidad que el viejo dios le había asignado: “Tenlo contigo todo el tiempo que viva”.

Pero no fue nada fácil para Custos cumplir con ese mandato. “Hombre” lloraba día y noche. Sus manos se agitaban frenéticas y nada parecía calmarlo: de poco servían los brazos fuertes que lo llevaban de un lado para otro, la voz recia que lo invitaba a serenarse, la soledad en que por momentos permanecía.  Custos se vio agobiado por la tarea.

Así pasaron varios días. Pero una mañana, impulsado por las inquietudes o la impotencia, Custos decidió ir hasta el Monte Capitolino para visitar de nuevo a Saturno.

—No sé si podré cumplir con tu cometido —le dijo Custos a Saturno, apenas tomó asiento.

—¿Por qué? —le respondió el dios—, poniendo el reloj de arena al lado de su trono.

—Esto de estar pendiente de “Hombre” es una tarea nada fácil de cumplir.

Saturno escuchaba a Custos con mucha atención.

—No sabe, dios de dioses, lo que han sido para mí estos días. No he podido dormir con tranquilidad.

—¿Por qué? —interrumpió Saturno—, volviendo a coger el reloj de arena con una de sus manos.

—“Hombre” es caprichoso, varía su estado de ánimo y grita a toda hora. “Hombre” es un ser que llora y chilla como si no tuviera otra manera de expresarse…

—Recuerda que su esencia es frágil —lo interrumpió Saturno.

—Sí, lo sé. Pero nunca antes había tenido a mi cargo este tipo de criaturas. Nunca alguien había demandado tanto de mí.

—¿Pero no te parece gratificante dicha tarea?

—De alguna forma, aunque han sido más mis fracasos que mis logros.

Custos bajó la mirada y se detuvo a observar sus manos.

—Es que hasta estas manos ya no me sirven.

—¿Por qué? —volvió a interrumpirlo Saturno.

—Pues no sabía que ellas fueran tan fuertes, tan agresivas, tan violentas.

—¿Y por qué no dejas de ver tu incapacidad y empiezas a observar a la criatura? —lo interrumpió Saturno, usando el tono sentencioso de un padre.

—Me siento esclavo de lo mismo que creé—, dijo Custos de manera impulsiva y como librándose de una angustia que le apretaba el pecho.

—Modelar casualmente una criatura es más fácil que mantenerla con vida.

—¿Y si se la entregamos a Gea, seguramente ella se sentirá complacida y le resultará más fácil atender a la criatura? —replicó Custos, como última alternativa a sus preocupaciones.

—A Gea le corresponde no el desarrollo de esa vida, sino su término.

—Tengo miedo de fallar.

Saturno permaneció en silencio. Custos entendió que el diálogo con el gran dios había llegado a su fin. Hizo un gesto de agradecimiento y, meditando en las palabras de la divinidad barbada, empezó a descender del monte celeste.

Antes de llegar a su casa escuchó el llanto de la criatura. Todo parecía seguir igual que cuando se fue a visitar a Saturno. A pesar de los lloriqueos entró al dormitorio, se arrodilló al pie del pequeño ser y, haciendo un esfuerzo para serenarse, empezó a prestar mucha atención a lo que hacía “Hombre”. Se dedicó a observar y analizar a esa criatura hasta descubrir cosas sorprendentes en el reciente ser: primero supo que el niño tenía unas vellosidades diminutas en cada una de sus orejas; también notó que el color de sus ojos cambiaba según los momentos del día. Todo eso descubrió Custos, producto de su atención continuada. Otra cosa que percibió fue que “Hombre” lanzaba los gritos con diferentes frecuencias y con variados tonos.

Fruto de sus observaciones, Custos optó por no zarandear demasiado a la criatura. Ya no la agarraba de cualquier manera y se impuso, por regla, tocarla siempre después de haberse lavado las manos. Además, se propuso descifrar por qué aquel ser emitía tales gritos. Como consecuencia de su pesquisa descubrió que los gritos dependían de la necesidad de alimento y de la urgencia de su presencia al lado de la criatura. “Hombre” reclamaba con sus gritos la figura de su gestor. Eso lo descubrió Custos y empezó a ensayar turnos de guardia con diferentes regularidades. De igual manera resultó provechoso adecuar un lecho más suave para “Hombre”. Cambiar la dura madera y las burdas mantas por la paja y un puñado de plumas de ganso hicieron que ese pequeño ser conciliara por momentos el sueño.

También fue grato comprobar cómo los gritos cesaban cuando Custos se acercaba a “Hombre”, le mostraba una sonrisa y fijaba su mirada en los grandes ojos del niño de barro. También se dio cuenta de que los gritos mermaban si Custos le hablaba a la criatura muy suavecito, con palabras parecidas a un murmullo. Y supo que era suficiente un poco de leche de una de sus cabras para apaciguar los llamados estridentes.

Aunque el llanto y del malestar de la criatura no desaparecieron por completo, Custos sintió que había tenido un leve avance. Pero las dudas seguían mortificándolo. Así que, volvió a encaminarse hacia el monte Capitolino en busca de Saturno.

El viejo dios lo atendió con ojos escrutadores.

—¿Cómo va mi solicitud?

—Mejor, pero sigo temeroso de saber si estoy haciendo lo correcto.

—¿Seguiste mi consejo?

— Eso intenté —respondió Custos con algo de temor.

—¿Qué hiciste?

—Tuve que afinar mis manos, volverlas más sutiles, más tersas, para que pudieran al menos acariciar a “Hombre” sin que él se resintiera y lanzara alguno de sus agudos gritos.

Saturno seguía con atención el testimonio de Custos. Guardaba silencio, pero se mantenía con un gesto de sumo interés.

—Y además aprendí —continuó Custos— a suavizar mi voz. Ahora no hablo con tanta fuerza, sino que para apaciguar los gritos de “Hombre” volví mi torrente de voz en un murmullo, casi en un rumor tan fino y tan imperceptible como una brisa del atardecer.

—¿No te parece que en eso consiste, precisamente, tu tarea? —dijo Saturno—, echándose hacia atrás de su trono, no sin antes tomar con su mano izquierda la hoz segadora.

—Pero no sé descifrar los sonidos balbucientes de su voz, ni entender sus gestos…

Custos hizo una pausa. Levantó su mirada hacia Saturno y puso en sus palabras un tono de súplica:

—¿Y así será siempre?

—Mientras palpite la sangre en su cuerpo —respondió Saturno con un tono de sutil mandato.

La luz iridiscente de los ojos de Saturno se encontró con la mirada de Custos. Tal encuentro ocular fue como una revelación para el moldeador de la criatura de llanto inconsolable. Observó con más detalle al dios barbado y lo vio, a pesar de los años, aún majestuoso, sosteniendo en una mano el reloj de arena y, en la otra, la hoz brillante. Después se incorporó del pequeño asiento en donde había estado y, agradeciéndole a Saturno su tiempo y su disposición para escucharlo, abandonó el monte Capitolino con una idea en la cabeza y un propósito en su corazón.

—Se requiere más fuerza para atender al débil que al poderoso —dijo para sí.

Apresuró el paso porque sintió como un llamado dentro de su pecho o le pareció oír el grito desamparado de aquella criatura en la distancia.